«MAÑANA YA SON RECUERDOS» (prosa poética) (terminado)

CONFESIÓN FINAL

Puede que estas páginas existan porque durante muchos años no dije en voz alta lo que pensaba. Guardé versos, breves reflexiones nocturnas, imágenes pequeñas que aparecían cuando una conversación terminaba o cuando regresaba solo a casa. Escribir se convirtió en una forma tardía de pronunciar aquello que la timidez había dejado atrapado entre el pecho y la garganta. Aquí las palabras no interrumpen, no piden valentía inmediata, simplemente aparecen y se quedan esperando que alguien las lea. Tal vez escribir sea eso: abrir despacio el cajón antiguo de los silencios y colocar cada frase bajo la luz tranquila de la página, para descubrir que muchas de ellas eran más sencillas de lo que imaginaba. Decir te quiero, por ejemplo, no pesa tanto cuando la tinta ya hizo el primer gesto de valentía, mínima, necesaria. He logrado hablar sin miedo excesivo y sin sentirme señalado por alguien que me subyuga.  

Confesión final: no he conseguido escribir con paciencia; desde el principio he sentido la urgencia de terminar, aunque el proyecto apenas comenzó hace unos días.

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RELÁMPAGO

El amor no fue un relámpago, sino una lámpara encendida poco a poco. Primero iluminó una esquina de mi vida, luego la habitación entera. Cuando quise apagarla, ya no recordaba dónde estaba el interruptor. Entonces entendí que algunas luces no vienen para deslumbrar, sino para enseñarte a vivir con su claridad, incluso cuando ya no está quien las encendió.

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LA PIEL QUE TAMBIÉN SOMOS (poema en prosa)

Todo lo que vivimos deja marca. No siempre en la memoria consciente, no siempre en palabras, pero sí en esa superficie sensible que nos separa y, al mismo tiempo, nos acerca al mundo: la piel.

Me gustaría llevarte conmigo por esa zona de contacto donde lo que sentimos se convierte en reflexión, y donde lo cotidiano, mirado con calma, se transforma en pensamiento compartido. Aquí no hay dogmas ni consignas; solo preguntas que abren espacio. Y, sobre todo, una voluntad sincera de pensar la vida desde lo próximo: los gestos pequeños, las contradicciones de cada día, aquello que parece mínimo, pero sostiene nuestra manera de estar en el mundo.

Mi escritura avanza sobre tu piel con naturalidad, sin ruido, pero con una atención profunda a lo que las palabras pueden tocar. Me apoyo en mi experiencia para ir más allá de mí mismo, invitándote a reconocerla, a disentir, a seguir pensando por tu cuenta cuando quieras.

La piel, como metáfora, se convierte en un archivo vivo: todo lo que ha pasado queda inscrito en ella, incluso aquello que creemos haber dejado atrás. Este texto no busca ofrecer certezas, sino acompañar procesos. Es un poema para leer poco a poco, que se acerca a ti desde la proximidad y el respeto, consciente de que pensar juntos es una de las formas más honestas —y más humanas— de seguir vivos.

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MARÍA

Soy María y desearía… ¡No, no!, la interrumpe con un grito visceral. ¿Otra María en mi vida? Sí, otra María. Pero esta vez no te hundirás con ella. Esta vez vais a recorrer el universo desnudos y con la única intención de disfrutar de una piel que sólo sabe de deseos y caricias. El amor queda aparcado para otra ocasión que nunca llegará.

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ABISMOS

Somos equidistantes, contrarios o antagónicos. Somos tú y yo tantas cosas a la vez que nada es capaz de acercarnos. ¡Y menos un sentimiento! Porque hasta el afecto se pierde cuando dos voluntades avanzan en direcciones opuestas. Nos rozamos apenas, como dos líneas que parecen destinadas a encontrarse y, sin embargo, solo comparten el mismo horizonte. Quizá el error fue creer que bastaba con sentir para vencer la distancia. Hay abismos que no se salvan con abrazos ni silencios; simplemente existen, obstinados, recordándonos que no todo lo que se desea está hecho para permanecer unido.

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UN TEMBLOR SIN TESTIGOS

Hay encuentros que no anuncian nada y, sin embargo, desordenan para siempre el paisaje interior de quien los vive. Conocerte no fue un impacto, fue una desviación lenta e inevitable. El mundo siguió en su sitio, pero yo ya no.

Algo en mí perdió estabilidad en el mismo instante en que tu presencia ocupó mi espacio sin esfuerzo, sin ruido, con una autoridad que no se aprende. No hiciste nada extraordinario. Estuviste. Y eso fue suficiente.

Tu personalidad me cerró los ojos para lo accesorio, para lo innecesario, y me obligó a mirar hacia dentro, donde el tiempo no pasa: observa. Desde entonces, los días tienen otro peso, otra densidad, como si cada gesto llevara inscrita la posibilidad de recordarte.

Este breve cuento no busca gestos grandes ni palabras altas. Vive en lo cotidiano, en la grieta mínima por la que entran el deseo que no se nombra, la admiración que permanece en silencio y esa soledad que no nace de la falta, sino de la conciencia.

Tu presencia continúa, incluso cuando no estás, instalada en la memoria como algo que no pide permiso para quedarse. Yo escribo desde ese lugar inestable donde acercarme a ti fue aceptar el temblor y alejarme aprender a vivir con su eco.

No hay conclusiones, porque la vida tampoco las ofrece. Hay instantes de lucidez que aparecen y desaparecen, dejando la piel más sensible, el pensamiento más atento. El tiempo aquí no se pierde: se transforma. Se hace palabra, se hace recuerdo, se hace resistencia íntima.

Este temblor no quiere ser visto, pero existe. Y si lo lees con atención, tal vez sientas también tú esa vibración leve y persistente que solo nace cuando alguien nos mira de verdad.

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VIVALES

El cansado escritor regresó ayer de vacaciones. Todo placer, físico y emocional. Su pulso hoy sigue desmedido, y un último intento de agradar le reporta una leve alegría.  ¿Sabes? A pesar de ser un parásito de la diversión, he decidido vivir, convertirme en un vivales de pura raza. Y después, ponerme a escribir. Eso jamás. Pero si ahora no sabrías ni cómo entrarle a una mujer. Yo soy el ejemplo más evidente de tu incapacidad como tiburón juerguista.

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FURTIVA MIRADA

Un racimo de ebriedad en primavera, ayer. Ese que degustamos los dos sin contacto físico, sin conocernos y sin habitación compartida. Sólo nebulosas de un placer efímero. Hoy, una simple bruma de otoño camino de ninguna parte que nos deja un regusto de fruición voluptuosa de unos ojos que nunca volverán a encontrarse y que han convertido lo vivido en un atisbo de alborozo fantasmal.

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PROYECTO DE DESPEDIDA

Me hallo en el penúltimo jirón de tu piel degustando esa extraña delicia de un adiós, y volando mi alma por alamedas y claros de luna. En el pasado sentí la alegría de tu pecho, hoy has fatigado mi rama de olivo por mil transitados caminos, y mañana, tal vez mañana, tú y yo encarnemos en una ansiada ceremonia el más indómito de los proyectos. Que nadie desdeñe mi contento, que nadie vulnere mi celosía, que nadie… que nadie me impida ser tu atalaya en esta cadena de enebros y ambrosías.

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CON EL CARBALLO EN LOS OJOS

En sueños camino por la carballeira sin saber muy bien qué voy a escribir hoy. Quizá desde este instante impreciso en el que los pies avanzan mientras la cabeza se queda atrás, atrapada en una frase que aún no existe. Vengo aquí para detener lo que corre demasiado rápido, para poner palabras donde antes solo había un rumor de hojas y algo parecido al silencio. Los carballos se alzan como una memoria que no me apura. No me piden respuestas ni conclusiones. Su sombra es un refugio a veces, una herida otras, porque también aquí aprendí que el amor no es un concepto cerrado: es esta luz que entra a destiempo entre las ramas, es la humedad en el suelo que promete vida y también resbala. El desamor no llegó nunca con un golpe seco; fue más bien una distancia que creció sin hacer ruido, como la hierba que invade un camino olvidado.

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UNA NUEVA PALABRA

No, no me he olvidado del cansado escritor. Sigue sentado en su silla, frente al ordenador encendido, esperando a que nazca una nueva idea.

La pantalla ilumina su rostro con una luz fría que no consigue espantar el sueño. El cursor parpadea con una paciencia infinita, como si supiera que, tarde o temprano, las palabras acabarán llegando. Afuera, la ciudad continúa su rutina sin reparar en la batalla silenciosa que se libra entre un hombre y una página en blanco.

Sobre la mesa descansan una taza de café ya frío, un cuaderno lleno de frases tachadas y un bolígrafo que hace horas dejó de ser útil. El escritor relee las últimas líneas que escribió la noche anterior. No son malas, piensa. Simplemente no conducen a ninguna parte.

Entonces ocurre algo casi imperceptible. No una gran revelación, ni una inspiración fulminante. Apenas una pregunta.

«¿Y si el personaje tampoco supiera cómo continuar su historia?»

El escritor sonríe por primera vez en todo el día. Sus dedos vuelven al teclado. El cursor deja de parpadear solo para convertirse, por fin, en la primera palabra de una nueva página.

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CRUCEIRO

Sentado en el regazo de tu pétrea herida en una encrucijada de caminos, te ruego, hijo de la tierra de Breogán, te ruego, desvalido y lloroso, como una mariposa en el crudo invierno, como el perro que olvidó el fuego de su hogar. A la orilla de tu sombra calmo mi corazón con tu voz cariñosa, pues tus santas palabras entierran de un golpe el lento veneno que como un río de tristeza amarga anegaba, desde hace tiempo, mi risueño cantar de estrellas.

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HISTORIA

De su destartalada memoria sale una mujer, que se sienta a su lado y le tiende las manos para que él la abrace y la bese como nunca lo había hecho. Ella lo mira, le sonríe y le pide, por favor, ser la heroína de su historia mientras sus sueños hacen el amor en un orgasmo que los deja postrados en la cama y con las manos vacías.

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FRACASOS

Nunca dijo que me envidiaba, pero celebraba mis fracasos como si fueran fiestas y mis éxitos como si fueran errores del destino. Su sonrisa era un aplauso que sonaba a puertas cerrándose. Desde entonces dejé de buscar su aprobación: entendí que hay miradas incapaces de celebrar la luz porque llevan demasiado tiempo acostumbradas a la sombra.

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DESAPARECER

Aún sigo huyendo. Adivino que me persigues. Mi ventana es un secreto a voces, pero prefieres esperar en el alféizar de un sueño desmesurado.

Quieres hablarme. He dejado de leer. Te presto atención. Tus palabras suenan huecas y vacías. Nada dicen, pero me prometes la vida. Te creo.

Abro la ventana sin mover las manos. Entras como entra la noche: sin permiso y sin hacer ruido. No traes respuestas, solo el eco de preguntas que olvidé formular hace mucho. Aun así, te hago un sitio.

Me hablas de un lugar donde nadie necesita escapar porque nadie recuerda el nombre del miedo. Lo describes con la precisión de quien nunca ha estado allí. Yo asiento. La mentira, cuando se pronuncia despacio, termina pareciéndose a la esperanza.

Entonces sonríes.

Comprendo que nunca me perseguías. Caminabas detrás de mí para recoger las partes de mí que iba perdiendo en la huida. Las llevas entre las manos como si fueran pájaros heridos.

Quisiera darte las gracias, pero mi voz también se ha quedado en algún camino.

Así que te dejo entrar del todo.

Y, por primera vez, la puerta me parece una forma más elegante de desaparecer.

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LUZ

Incluso en los inviernos más largos, existe alguna forma pequeña de esperanza. No suele ser ruidosa ni brillante, más bien aparece como una luz que tarda un poco más en irse por la tarde. Caminas por la calle y notas que el cielo mantiene claridad unos minutos extra. Nadie lo celebra, pero algo cambia. Esa sensación me ha acompañado muchas veces, cuando pensaba que ya era tarde, para aprender a hablar o para intentar de nuevo acercarme a alguien. La esperanza adulta no promete milagros solo abre pequeñas grietas en la nieve del hábito y deja pasar un hilo de calor suficiente para recordar que, incluso después de muchos silencios el corazón, sigue dispuesto a ensayar otra palabra otro gesto, quizá más sencillo, menos perfecto, pero sincero como la primera luz que toca el borde de una ventana al final lento del invierno antiguo que todavía respira bajo la nieve.

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¿Espejismo o realidad? Nadie me dijo que estabas allí. De repente, unas piernas envueltas en medias vengativas inquietaron y cubrieron de heridas la tranquilidad de mi espera. Eras tú, claro. ¿Regalo del demonio o caricia de un ángel? Estuve dos minutos observándote y me parecieron dos siglos de caminos largos y crecientes mareas. ¿Espejismo o realidad? Por un momento soñé que volvías a mí con las manos bien abiertas.

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FASCINAR

La mirada cansada de tanta lectura, el cerebro exprimido de tanto sorprender al lector y el pulso maltrecho por tanta frase borrada. Aun así, nuestro escritor no ceja en su titánica porfía por deslumbrar al lector con una nueva y fascinante metáfora que le dibuje con palabras la soledad que en estos momentos siente.

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LA SOLEDAD

La soledad llegó sin hacer ruido, como el polvo sobre los muebles. Un día me senté a hablar y descubrí que solo respondía el eco, que siempre tiene mi voz, pero nunca mis respuestas. Entonces entendí que la soledad no consiste en quedarse sin compañía, sino en acostumbrarse a no esperar ninguna. Desde entonces abro las ventanas cada mañana, no para que entre alguien, sino para recordar que incluso el aire sabe irse sin despedirse.

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ANOCHECER EN LA PEREGRINA

La fresca claridad del atardecer se esparce con una alegría nueva por esta vista singular y única. Silencio, sangrado del corazón. Veo la hierba suave, la limpia línea del rojo horizonte y también el pequeño agujero herido de aquella ausencia. Una penumbra llena de flores escogidas, y una calma que antaño fueron mías bendije todos los rincones de este cariñoso lugar. ¡Que no se eche a perder este paisaje!, huele a tierra bien humedecida y a resina de castaño, a hojas del tomillo y a labios de cerezos. Silencio, el corazón vuelve a sangrar. Silencio, ya es noche cerrada, ya anocheció, gocemos este increíble sueño, silencio, calma y descanso plenos en esta generosa playa sin mar.

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DESPIÉRTAME NUNCA

Me lo dijiste aquella tarde en aquel lugar, cuando los dos vivimos el mayor de los placeres humanos: dos pieles, ajenas a la realidad circundante, enmarañadas en un permanente gozo de caricias. Las miradas eran dardos de envidia. Nos tildaron de adultos lujuriosos y soeces. Algunos comentarios nos recordaron a comportamientos inquisitoriales, pero lo que más le indignó a aquel ejército de nauseabundos envidiosos fue nuestra indiferencia, nuestra indulgencia emocional, nuestra actitud de irredentos amantes. Aún recuerdo la actitud de un joven vociferando incongruencias que denostaban con descaro y desencanto la plena vida que habitaba en dos cuerpos enamorados. Nos dio miedo, pero ciertas actitudes bebieron en épocas medievales. Estoy convencido, sentenció un jovenzuelo imberbe y acneico, de que sus hijos no tienen ni idea de lo que están haciendo sus padres. Se les caería la cara de vergüenza. Y yo, engarzado en el aroma de tu piel, sonreía con miedo y placer a un mismo tiempo. La indignación fue en aumento y se empezó a hacer irrespirable el ambiente espeso de ácidas críticas que nos circundaba. Hasta que un camarero, acuciado por una amalgama de voces y reprobaciones, nos espetó a la cara que «ya está bien, hombre, ya está bien». Los dos nos levantamos con parsimonia, recogiste tu bolso con generosa gestualidad, dejaste unas cuantas monedas en la mesa y nos despedimos con el gesto de dos inmisericordes pecadores. Todo en orden, jefe, todo en orden, sentenció con tono mortecino el susodicho camarero cuando nos vio alejarnos plenos de una voluptuosa alegría. Lo último que vimos de él fue su incapacidad por ocultar la mueca de tristeza que se dibujaba en su disgustado rostro.

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UN SEGUNDO EN A MAÍA

Rincón de tiempo asombroso, alegría y placer de un hechizante bocado, pequeña gota de mi alma que alborota este amanecer encantado. Bruma leve tiende su manto sobre las tierras dormidas, mientras el sol, suave y dorado, se frota los ojos tras los montes. Cantan los pájaros secretos de luz, y el viento de la tierra acaricia la hierba como una madre que despierta el día sin hacer ruido. Y yo, en un segundo eterno, respiro A Maía como quien bebe agua limpia de recuerdos, como quien encuentra un pedazo de sí mismo en el primer rayo de la mañana.

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PRIMAVERA

Quizá la primavera no llegó cuando debía. Tal vez pasó cerca de mi vida en algún momento y yo estaba demasiado ocupado dudando para verla. Pero los años también enseñan que el tiempo no siempre sigue un orden perfecto. Hay estaciones tardías, encuentros que aparecen cuando nadie los espera y oportunidades discretas que solo se reconocen si uno decide mirar otra vez el horizonte con menos miedo. Ahora no pienso tanto en lo que perdí, sino en lo que todavía podría ocurrir porque mientras exista curiosidad por el otro y un poco de valentía para hablar, el futuro permanece abierto. Tal vez la verdadera primavera no sea una explosión de flores, sino un gesto sencillo una conversación tranquila una puerta que por fin se abre sin ruido después de muchos inviernos silenciosos. Y si llega así, tarde, discreta, inesperada, también sabré recibirla con gratitud, calma, palabras nuevas, menos miedo y con la ofrenda de mi cuerpo.

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DESNUDARME

Desnudarme no es solo quitarme la ropa. Desnudarme es decir lo que yo pienso de verdad. Es reconocer los miedos, las inseguridades, los errores, los recuerdos que todavía me duelen y las personas que todavía me importan, aunque ya no estén. Desnudarme es aceptar que todos estamos hechos de recuerdos, de heridas, de decisiones equivocadas y de momentos que nos cambiaron sin avisar.

Y cuando algo ha ardido aparecen las cenizas. Y todos, si vivimos lo suficiente, terminamos teniendo cenizas: de relaciones, de sueños, de versiones de nosotros mismos, de promesas, de lugares a los que no volvimos, de personas que ya no están. Vivir también es aprender a caminar entre esas cenizas sin dejar de avanzar.

Este libro y este blog no pretenden enseñar nada ni dar lecciones. Solo pretenden escribir. Escribir para entender. Escribir para recordar. Escribir para olvidar. Escribir porque hay cosas que solo existen de verdad cuando se ponen en palabras.

Quizá quien lea estas páginas se reconozca en algunas líneas. Quizá no. Pero si alguna vez alguien, al leer algo de este libro, piensa «esto también me ha pasado a mí», entonces todo habrá tenido sentido.

Porque al final todos compartimos más de lo que creemos: el amor, la pérdida, el miedo al paso del tiempo, la necesidad de que alguien nos entienda, la nostalgia por lo que ya no existe y esa extraña sensación de que la vida pasa muy deprisa mientras intentamos comprenderla.

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AMULETOS

Mi camino está repleto de interminables vericuetos, edificios en ruinas y un exceso de velados amuletos. Todos ellos en el centro de mi pecho, unos me protegen de los ataques de cordura, otros me desnudan sin reservas y muestran un espíritu inerte y maltrecho. Todos ellos, perforando nubes y estrellas, se lanzan sobre mí para blindar en mi interior una calma infinita y sanar entre álamos de fe la llaga de mi cicatriz.

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CANAS

Las canas aparecen despacio, casi con educación. Una mañana descubres algunas en el espejo y entiendes que el tiempo ha seguido trabajando sin pedir permiso. No traen solo edad, también traen una mirada distinta sobre lo vivido. Cosas que antes parecían fracasos absolutos empiezan a verse como rodeos necesarios, decisiones que parecían urgentes pierden importancia y ciertos silencios dejan de doler tanto porque uno comprende el miedo que los produjo. Cuando me observo ahora, veo a alguien que todavía aprende, pero que ya no necesita demostrar tanto. Tal vez, esa sea una de las ventajas discretas del tiempo, permitir que la vida se entienda con menos dramatismo y más curiosidad tranquila, como si cada recuerdo fuera una página que por fin puede leerse sin prisa, ni culpa excesiva, solo con la atención serena de quien sabe que todo pasó para algo, aunque ese algo tarde años en mostrarse al fin.

 

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EL PAISAJE DE LA DESTRUCCIÓN

Quisiera olvidar aquella desmesurada obcecación, pero una marea de segundos, ebrios y torrencialmente despiadados, se precipita sobre mí perfilando en la semilla de mi memoria una silva de guadañas. Esclavo de una cadena de enajenadas migraciones no logro romper el filo de la intrahistoria que ahíta de encamadas pupilas sobrevoló nuestra encrucijada, y despierto todas las noches masticando una acumulación de pretextos incapaces de horadar el insondable secreto de tu ignota biografía. Tu aliento, presente en todas mis fatigadas superficies, dogmatiza cualquier postrero vestigio de luz. Tu aliento no puede evitar que se haga irrespirable el espanto de aquellas torpes palabras, y con mis horas desterradas entre cercos desolados alcanzo, exánime y exento de clarividencia, los sótanos de tu mirada.

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EL PASO DEL TIEMPO

El paso del tiempo duele porque convierte los días en recuerdos y a las personas en historias. Duele porque todo ocurre solo una vez, porque siempre hay una última vez para salir con amigos, para reír sin pensar, para ver a alguien sin saber que será la última. El tiempo no se lleva la vida de golpe, se la lleva en pequeños momentos que no vuelven. Y un día miras atrás y te das cuenta de que eras feliz y no lo sabías.

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PEREGRINACIÓN HUMANA

Impregnado de alborozados sueños y fortalecido por el bullicio de nuestra desnuda doctrina, peregrino por un espacio de gestos residuales e intuitivamente camino en busca de aquella volátil fricción que, ayer, en la intemperie nocturna, libó la sangre de nuestra monotonía. Gestualmente quise esculpir en mi rostro la vigilia de otro delirante boceto, pero, una vez más, unas umbráticas manos volvieron a quemar mi rancia expiación. Un solo segundo de lacerante sopor fue capaz de fulminar, sin más, la sardónica esperanza humana que habitaba en mi rudimentario corazón.

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NO ES IDEALIZACIÓN

No te idealizo. No quiero hacerlo. La idealización es una forma de cobardía. Prefiero imaginarte real, con sombra, con contradicciones, con zonas en las que no entro. Hay algo en ti —o en lo que proyecto en ti— que me mantiene alerta. No, tranquilo. Alerta. Esa es la palabra. Te escribo porque escribir es una manera de acercarme sin invadir. Porque la distancia también puede ser un gesto erótico. Porque no todo deseo quiere resolverse; algunos quieren durar. No busco que me respondas. No busco siquiera que me leas con benevolencia. Me basta con que este poema exista. Con saber que hubo un instante en el que alguien fue pensado con claridad y sin culpa. Si alguna vez sientes que alguien te observa desde el lenguaje, no con ojos, no con manos, sino con la paciencia de quien sabe esperar, puede que sea esto. Puede que sea yo escribiendo otra vez, sin saber si aún estás ahí. Esta es mi manera de decir: no te debo nada, no me debes nada, pero aquí queda lo que siento cuando pienso en ti. En blanco. Como debe ser.

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ALTURA

Nunca tuve miedo de ellas. El miedo verdadero era otro. Era esa sensación íntima de no estar a la altura de lo que veía delante. Cuando una mujer inteligente hablaba con pasión o cuando reía con esa libertad que llena una habitación yo sentía admiración, pero también una pequeña alarma interior preguntándome si sabría responder si podría sostener una conversación sin parecer torpe o insuficiente. Con el tiempo descubrí que esa duda no nacía de ellas sino de mí de una exigencia silenciosa casi absurda que me pedía ser perfecto antes de atreverme a decir algo. Así muchas veces elegí callar, observar o sonreír levemente y dejar pasar el momento creyendo que algún día estaría preparado. Pero la vida rara vez avisa cuando llega ese momento y mientras uno espera la oportunidad perfecta el tiempo avanza ligero y las palabras necesarias siguen quietas detrás de los labios como pájaros tímidos dormidos.

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LA PUERTA DE MI DESVÁN

Este espejo que aúlla todas las noches sesgadamente desnuda la amargura de una herida henchida de sinsabores. A él me acerco soltando las amarras de mi vida. Quiero odiarla sin límites, emanciparme de la injusta ley que preside mis actos, mas mis ojos retroceden atónitos y se sumergen en una bacanal de dudas. ¿Cómo renunciar a este remanso de viejas historias?, ¿cómo no forzar la puerta de mi desván? Algún día, ya vislumbro el horizonte­, forjaré en mi fragua nocturna la más hermosa de las mutaciones, y mis sueños ―entonces realidades― moldearán en cuerpo de mujer la más bella de las pasiones.

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AUTORRETRATO

Mi perfil es inmutable, mi cuerpo, delgado y sin memoria, mi trazo, un velo enredado a una tormenta, y mi único sentido, una muñeca libre sembrando tu afán en el nido de mi acuarela. Mi sombra es liviana, mi caminar, urente e insondable, mi huella, un sinfín de ruegos y demandas, y mi último anhelo, una vida sentada perpetuando rosas y claveles en los pies de tu cama.

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VEO

Veo una luna desconocida que crece sobre mí llena de manos infinitas. Veo mis heridas buscando en la noche el calor de una lumbre. Veo la música de la feria que acaricia dulcemente a una pareja lejana. Veo el sonido de unas palabras rodeándome muy cerca con el sabor redondo de un abrazo. Veo el latido de nuestra tierra, que es el primer hogar de las almas en cuarentena. Veo a la gente de la aldea que duerme muy despacio en un lecho de flores rojas.

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ESE HOMBRE…

Era un hombre tan convencido de su sexo que no sabía que era una mujer. Todos los días, en la intimidad de su casa, veía cómo su cuerpo, pungente catecismo de silenciosos placeres, se deshacía en el purgatorio de su incredulidad. Sus amigos más íntimos, al ver su sufrimiento, le decían que debía hablar con su sombra. Él lo negaba con una certera rotundidad y manifestaba un deseo de recomponer su cuerpo cada noche. Pero llegaba la mañana y no sabía si ponerse un pantalón o una falda. Ya estamos con los atuendos sexistas, le decía, rácanos de odio, su conciencia. Y cogía de su armario el primero que veía. Libertad, decía mientras se vestía. Y cuando despertaba de este segundo sueño no sabía qué decir. Como aquel héroe medieval, en sueños, cualquier cosa puede pasar. Puso la mano en la mujer que tenía a su lado y comprobó que su sexo era el de siempre. Dejó de sudar por un rato e hicieron, en sueños, el amor tantas veces como habían soñado sus cuerpos.

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Siempre he pensado que el amor no es solo una persona concreta. A veces es también una idea, una forma de admirar la presencia femenina en el mundo. Me ha fascinado la inteligencia inesperada de muchas mujeres, su manera directa de mirar los problemas, su risa cuando algo realmente les divierte y la naturalidad con la que habitan su propio cuerpo. Yo observaba todo eso con una mezcla de respeto, curiosidad y una distancia que a veces parecía inevitable. Tal vez porque temía romper esa belleza con mi torpeza o tal vez porque estaba enamorado de la idea misma del amor como algo amplio, luminoso, casi abstracto, que no siempre sabía cómo encajar en la realidad cotidiana de dos personas hablando frente a frente. Aun así, esa admiración persistente fue siempre sincera y silenciosa, como una música que sigue sonando incluso cuando la habitación queda vacía y solo permanece el eco.

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CANCIÓN DE UN OPTIMISTA

Quiero ser feliz en este lado de la tierra, ser un pez en el agua, no asistir a últimas cenas, y quiero reposar sin alborotos ni naufragios en una constante ribera. Turbias baladas sin acento reposan en mi orilla lenta, una jauría de cantos rodados fermenta el frugal aroma de la hierbabuena. Rezo náufrago en mi zozobra, corono de espumas una ladera, y un sinfín de quebrantos y negros espirituales llenan mi alma de tristeza. Me dicen que huela la esencia de los nardos, pero no sé cuál es su riqueza, sólo sé que hay un hueco en mi mano que espera no llenarse de mareas. Quiero proteger mi verde fronda, salvar mi último emblema, que no digan que mi verso persigue de la desidia su estela, ¡en fin!, quiero ser feliz en este lado de la tierra.

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INVENTARIO

Estoy hecho de diminutos fragmentos de inquietud. Acantilados rotos y sin dirección se abaten en mis senderos camino de algún sur. Estoy moldeado por unas tránsfugas manos que eternizan cualquier diluente señal habitándola en un desierto de cañas e informes cometas. Estoy concebido como un egregio postigo que golpea y disemina rombos azules persiguiendo de puerta en puerta­ aquellas promesas del pasado por ti hoy ya olvidadas.

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EL PASADO

Mientras paseo por los aledaños del Pico Sacro, hablo con el pasado sin idealizarlo. La saudade no me llama para volver atrás, sino para entender por qué ciertos recuerdos siguen vivos dentro de mí, cuando fuera ya no existen. Hay paisajes que persisten como un latido obstinado. Esta tierra —real y simbólica— es origen y límite: siempre regreso a ella, aunque sea solo con el pensamiento, aunque sea solo para comprobar quién soy cuando dejo caer todas las máscaras. Me detengo. Escucho. El tiempo pierde fuerza cuando dejo de obedecerlo. No creo en la productividad constante ni en la obligación de resolver lo que siento. Caminar es resistir: parar, mirar, aceptar que la soledad no es una carencia, sino un espacio fértil donde mi voz puede hablar sin interferencias. Aquí, entre árboles, la soledad me acompaña como una presencia buena, atenta, casi necesaria.

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POÉTICA

La historia de mi poesía se inició un día en el que súbitamente se cegó mi pecho y la necesidad de escribir colmó mi palabra. Bajo este cielo azul, llevo un cúmulo de años clamando por un poemario que satisfaga mis cuatro ideas   básicas: existencia, soledad, amor y tierra. Desde entonces, entre clamor y clamor, entre sombra y sombra, una chispa eléctrica ilumina las sequedades de mi alma y prende las tinieblas de mi cuerpo, y desde entonces, cautivo de una ilusión, y en el retiro de mi habitación, echo, imagino, modelo, escribo, corrijo y rompo con plena consciencia   cientos de versos. Sinceramente, pienso que los cuatro elementos básicos de mi poesía se funden en un poema cuando, en el ya no breve camino de mi vida, una mirada detiene una vez más el pulso de mi historia.

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SIN DISIMULOS

No voy a disimularlo más. Te pienso de un modo que no es neutro ni educado. Te pienso con el cuerpo despierto y con la cabeza demasiado clara como para fingir que es casualidad. Hay algo en ti que me activa, que me centra, que me lleva a un lugar donde contenerse ya es una decisión consciente. Me atraes con una fuerza que no necesita fantasías excesivas. Me basta imaginarte cerca. Tu presencia ya es suficiente. Tu manera de estar, de moverte, de mirar sin saber exactamente lo que provocas. O quizá sí lo sabes, y eso lo hace aún más intenso. Te deseo. Y lo digo así porque suavizarlo sería mentir. No escribo desde la fantasía descontrolada, sino desde un deseo lúcido. Sé lo que quiero sentir. Sé lo que despiertas. Y sé que hay una línea muy fina entre lo correcto y lo inevitable… y que contigo esa línea se vuelve especialmente tentadora. No espero respuesta. No la necesito. Esto no es una invitación directa ni una exigencia. Es una constatación.

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LA MELANCOLÍA

Habito el terreno de la melancolía desde tiempos remotos, casi decimonónicos. Esos que descubrí en blanco y negro cuando mi herida sangraba rojo pasión. En ella me siento seguro y capaz de tomar las más cobardes decisiones, aquellas que sepulté en mi tardoadolescencia por culpa de una decrepitud emocional. El día que te perdí descubrí la tristeza como compañera de fatigas. La adoro, la cuido, la venero y la amo. No como un cuerpo femenino, no. La poseo mientras araña mi nuca en un ademán de placer inalcanzable y sudo ríos de soledad. Todas las noches sueño que me abandona y tomo otra vez, cada solitario amanecer, a mi vieja canción: pero a tu lado.

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PERFECCIÓN

Durante mucho tiempo, perseguí una idea de perfección imposible. Pensaba que antes de declarar un sentimiento debía estar seguro de todo de mis palabras, de mis gestos, incluso de mi futuro. Con esa exigencia silenciosa, cada conversación se volvía un examen y cada emoción debía pasar por un filtro interminable. El resultado fue previsible, nadie puede vivir a la altura de una perfección imaginaria y, mientras yo esperaba ser mejor, la vida seguía ocurriendo sin mí. Con los años descubrí algo más simple: el amor real es imperfecto, torpe, lleno de frases mal dichas y momentos confusos, pero también es valiente porque aparece, aunque uno no esté completamente preparado. Tal vez entender eso tarde fue doloroso, pero también liberador porque desde entonces ya no busco decir lo perfecto, solo intento decir lo verdadero cuando todavía queda tiempo para que alguien lo escuche cerca, sin miedo antiguo, cerrando vez la boca.

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EL TIEMPO

Hay un reloj lento dentro de mí que no marca las horas, sino las ausencias. El tiempo no pasa, se escurre entre las manos como arena mojada, como recuerdos que ya no quieren quedarse. A veces la soledad se sienta conmigo al borde de la cama, no dice nada, pero lo sabe todo. Me mira como quien mira una casa vacía donde antes había fuego y risas, y hoy tiembla por un nombre pronunciado en voz baja. Del desamor no se muere, dicen, pero queda un pequeño invierno viviendo en el pecho, un frío que no se marcha ni cuando llega abril. Y yo sigo aquí, aprendiendo a vivir con el silencio, con el tiempo, con la sombra de lo que ya no vuelve.

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EL POETA HABLA

Estoy en desventaja con el mundo. Cada verso que escribo supone para mí un palpitante encuentro con el mar. Sin embargo, cada verso mío que leéis provoca en vosotros una niebla de risas y un gesto de hilaridad. Estoy en desventaja con el mundo, estoy en desventaja contigo. Cada verso que te recito quiere ser un manual de caricias en la tersura de tu dorada piel. Sin embargo, cada verso que me escuchas lo concibes como la burda pirueta de un torpe funambulista que se desploma destartalado en una cenicienta red.

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CAMINOS DEL ALBA

Que no echen más cenizas sobre mí, ni más zozobras, ni más reinos de promesas a sueño abierto, que no me cuenten más historias de cenicientos enredos. ¡Déjenme combatir en mi oscuridad, déjenme elegir el rumbo de mi vida!, y si por un casual me caigo, ¡Déjenme que solo me puedo levantar y a tientas, en mi pluma apoyado, mi senda proseguir!

 

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AÑOS

Con el tiempo uno aprende a mirarse con menos dureza. Durante la juventud solemos juzgar cada error como si fuera definitivo, pero los años van limando esas urgencias y enseñan que casi todo forma parte del aprendizaje. Yo también he empezado a aceptar que fui como fui con timidez, dudas, silencios largos y un exceso de prudencia. Esa aceptación no borra el pasado, pero lo vuelve más habitable como una casa antigua que finalmente se ventila y deja entrar aire nuevo. A veces recuerdo ciertas escenas y ya no siento vergüenza, sino una especie de ternura hacia ese hombre más joven que todavía estaba aprendiendo a decir lo que sentía. Quizá crecer consista precisamente en eso, en mirar atrás sin tanto reproche y entender que incluso los silencios torpes estaban intentando proteger algo frágil que necesitaba tiempo para encontrar su propia voz tranquila, humana, imperfecta, pero verdadera al fin también.

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PAISAJE

Con el paso de los años empecé a pensar en mi vida como un paisaje de invierno. No un invierno violento ni lleno de tormentas, sino uno silencioso, blanco, casi elegante, donde todo parece detenido. A veces caminaba por calles tranquilas viendo a parejas conversar con naturalidad y sentía que yo observaba ese mundo desde una ventana cubierta de escarcha. No estaba completamente fuera, pero tampoco dentro del todo. Ese paisaje interior tenía una calma engañosa porque bajo la nieve seguían latiendo deseos, preguntas y una curiosidad por la cercanía humana. Solo que durante mucho tiempo me acostumbré a contemplar en lugar de participar y cuando uno vive demasiado tiempo mirando el paisaje termina creyendo que observar también es vivir, aunque en el fondo algo pequeño, cálido, paciente siga esperando un deshielo lento capaz de abrir caminos entre la nieve antigua acumulada en silencio dentro del pecho que aún guarda calor posible.

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CAJÓN

Con los años aprendí que el silencio puede convertirse en un hábito silencioso. Uno empieza callando una vez por prudencia, luego otra por timidez y finalmente calla porque ya no sabe hacer otra cosa. Yo fui guardando frases como quien guarda cartas en un cajón. Palabras que imaginé decir, pero que nunca llegaron a cruzar la garganta. Gestos que quedaron detenidos en ese instante extraño anterior al valor. Desde fuera todo parecía tranquilo, incluso educado, pero dentro se acumulaban pequeñas tormentas de frases no dichas. A veces pensaba que algún día abriría ese cajón y ordenaría todo lo que había callado. Pero el cajón seguía cerrándose cada noche con la misma suavidad y yo terminaba convenciéndome de que el silencio también podía ser una forma discreta de vivir, aunque en realidad solo era una habitación llena de palabras esperando paciencia, tiempo y un poco de valor para salir afuera.

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TU SONRISA

Ayer se desató mi nostalgia entre sangrantes retales de vida. En ese frágil instante pude retratar tu mágica sonrisa y, en un sueño de campos verdes y cielos grises, pude morar en la humedad de tu cuerpo. Posteriormente, perdido ya en la zanja de mi pulida cautividad, recorrí con avidez los sótanos de mi memoria y en todos sus rincones hallé el manantial de tu eterna alegría. Entonces, juré, como un petrarca ante su Laura, aprehender en mis manos, y en mi memoria, tus joviales huellas, y, sorbo a sorbo, en mis momentos de soledad, embriagarme con ellas.

 

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VALENTÍA

Durante mucho tiempo pensé que la valentía era algo espectacular, un gesto rotundo, una frase perfecta pronunciada en el momento justo. Con los años entendí que a veces la valentía es mucho más sencilla. Es decir, te quiero antes de que el miedo invente una excusa. Es quedarse cuando todo dentro pide retirarse. Es aceptar que uno puede ser rechazado y aun así hablar. Yo tardé demasiado en aprender esa forma simple de valor. Siempre encontraba una razón para esperar un día más una señal más una seguridad imposible. Y mientras buscaba esa certeza absoluta el tiempo avanzaba sin pedir permiso. Cuando por fin comprendí que la valentía también puede ser torpe ya había dejado pasar muchas ocasiones. Aun así, entender tarde sigue siendo entender porque desde entonces cada palabra dicha a tiempo vale más que cien silencios elegantes que solo protegen el miedo antiguo que un día decide soltar.

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FRUSTRACIONES

Me gustaría tener una voluntad de piedra para de esta forma no asilarme en mi ya familiar tiniebla de sentimientos cautivos cada vez que navega por mi memoria esta ruleta de impulsos y desvaríos. Me gustaría tener la claridad de ideas que ostentan algunos de los fantasmas que yo evoco, y así, ¡sin más!, arrojar todos mis nocturnos temores por un verde precipicio de inocencias y desafíos.

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UNA VOZ

Qué sencillo parece decir adiós cuando uno ya conoce de la noche las dos orillas: la de los murciélagos y los fantasmas y la que tiene el sabor de las fresas. Pero siempre surge, en esa misma oscuridad herida, una voz llena de estrellas que te hiere de nuevo y vuelve pluma temblorosa tu alma antaño viajera. Qué sencillo parece decir adiós cuando uno ya conoce de la noche las dos orillas.

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EL OLVIDO

No sabes lo que luché para no soñar contigo y no quieres entender que por fin lo he conseguido. Dice la canción. Eso mismo. Dice. Pero es mentira que sea cierto. Yo no he olvidado mis sueños. Mejor dicho, mi sueño. Y en él se perfila tu sombra con la claridad diáfana de un pasado remoto aún presente que me hace sangrar como si un cilicio emocional me circundara el alma. No logro borrar aquellos besos ingenuos, atolondrados y sinceros; aquellas manos que descubrían un mundo desconocido para los dos y aquellas risas espontáneas y libres de prejuicios que blanqueaban ciertos recelos. O eso creía yo. Torpe aprendiz de vivencias adultas. Enlodado carácter que disecaba una libertad aún no disfrutada. Pasado preñado de gravidez emocional. Por esto EL OLVIDO. Porque no logro olvidar.

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ESCALÓN

Siempre he vivido rodeado de mujeres admirables, inteligentes, luminosas, capaces de habitar el mundo con una seguridad que yo observaba con asombro. Había en ellas una mezcla de belleza y claridad que me hacía sentir ligeramente desplazado como si la vida me hubiera colocado un escalón más abajo. No porque ellas me empujaran sino porque yo nunca estuve seguro de merecer ese mismo nivel. Así prefería mirar desde allí aprender sus gestos, escuchar sus ideas, reír cuando reían y admirar esa forma natural de existir. A veces alguna se acercaba un poco más y yo sentía que debía subir el escalón, pero algo dentro de mí susurraba espera un poco más todavía no estás listo. Y así la distancia se volvía costumbre tranquila, casi invisible, que terminaba pareciendo normal, aunque en el fondo supiera que solo era miedo disfrazado de prudencia antigua, silenciosa, persistente, que me mantenía quieto abajo siempre.

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MAÑANA

Cuando una fría humedad recorra tu cuerpo y te desvele en la noche, renacerá en ti aquella vieja inquietud que antaño relegaste al olvido. Aquello que latía oculto en tu pasividad te despertará fugazmente, y como un espiral de dóciles síntomas se revelará tu agotamiento, cristalizado de dudas, y tu disperso rostro se helará ante la fuerza de su mirada.

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YA ME HE OLVIDADO DE TI

Ya me he olvidado de ti. Lo puedo afirmar. En silencio. Por eso mismo te escribo este diario. Por eso sueño cada día de modo «teimudo» con una verdad que hoy es plácida mentira. Ya me he olvidado de ti. Ya me he olvidado del sabor de tu piel, azucarada, sustanciosa y placentera. Ya me he olvidado del perfume de tus labios, esponjas amancebadas en una adolescencia furtiva. Ya me he olvidado de tus besos, jengibre mortificante cuando habitaba lejos de ellos. Ya me he olvidado de tus manos, compañía amena y deliciosa en caminos de soledad voluptuosa. Ya me he olvidado de tu sonrisa, un mar de indecibles gozos e inefables experiencias. Ya me he olvidado de tus pechos, un despertar adulto cuando en mí moraba una juventud evaporada de placeres físicos. Ya me he olvidado de… soñar.

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SAUDADE

Y después vinieron las lluvias. Entonces fue cuando empezó a renacer en mí aquella tristura sin causa que jamás me había abandonado, pero que el sol estival de mi interior había ahuyentado. Y pude palpar las nieblas de la mañana, y mis OJOS se cegaron con la humedad del sol, y mi espíritu, alimentado con el calor de las lareiras, se arrulló en sueños contemplando aquel mar. Y después vinieron las lluvias. Y cuando desperté, los ojos llenos de paz, comprobé que en esta ciudad nunca llovía como en mis sueños la saudade esculpía. Y después vinieron las lluvias.

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VERDADES

Por un infundado prejuicio vivo difunto deseando, implacable y mudo, en plena inconsciencia, tu aliento fantasmal. Por un infundado prejuicio abomino de tu primavera con un ramillete de rosas negras en la solapa de mi embriaguez. Por un infundado prejuicio me ahogo, cual enjambre de palabras, en la más abrupta soledad, y me desconcierto, como un niño sin juguetes, en el aroma de tu soñada compañía.

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MARCHA

No puedo culpar a quienes se marcharon. Se cansaron de mis pausas largas, de mis dudas repetidas, de esa forma tan mía de sentir profundamente y explicarlo poco. Esperaron con paciencia a que algún día dijera algo claro, algo que confirmara que lo que veían en mis ojos también existía en palabras. Pero yo siempre estaba a punto de hablar y siempre encontraba un segundo más para callar. Al final comprendieron que ese segundo extra era infinito y que no podían vivir dentro de una espera tan silenciosa. Así un día se fueron sin ruido con una despedida breve casi amable. Yo las vi alejarse con una mezcla de tristeza y comprensión porque en el fondo sabía que tenían razón. El amor necesita presencia respuesta movimiento y yo ofrecía sobre todo contemplación, respeto, distancia y un silencio que parecía profundo, pero que en realidad era un miedo antiguo incapaz de pronunciar.

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SOLEDAD VULNERADA

El murmullo de una cíclica premonición, indomable por la ansiedad de tu equilibrio, la parsimonia de mi pulso marchito se precipita mayestáticamente, y, aunque la desnudez de tu promesa sepulta el tremor de mis fronteras, la infancia que me despierta todas las madrugadas te descubre sin ningún extraño ropaje los síntomas de una soledad vulnerada.

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