Me lo dijiste aquella tarde en aquel lugar, cuando los dos vivimos el mayor de los placeres humanos: dos pieles, ajenas a la realidad circundante, enmarañadas en un permanente gozo de caricias. Las miradas eran dardos de envidia. Nos tildaron de adultos lujuriosos y soeces. Algunos comentarios nos recordaron a comportamientos inquisitoriales, pero lo que más le indignó a aquel ejército de nauseabundos envidiosos fue nuestra indiferencia, nuestra indulgencia emocional, nuestra actitud de irredentos amantes. Aún recuerdo la actitud de un joven vociferando incongruencias que denostaban con descaro y desencanto la plena vida que habitaba en dos cuerpos enamorados. Nos dio miedo, pero ciertas actitudes bebieron en épocas medievales. Estoy convencido, sentenció un jovenzuelo imberbe y acneico, de que sus hijos no tienen ni idea de lo que están haciendo sus padres. Se les caería la cara de vergüenza. Y yo, engarzado en el aroma de tu piel, sonreía con miedo y placer a un mismo tiempo. La indignación fue en aumento y se empezó a hacer irrespirable el ambiente espeso de ácidas críticas que nos circundaba. Hasta que un camarero, acuciado por una amalgama de voces y reprobaciones, nos espetó a la cara que «ya está bien, hombre, ya está bien». Los dos nos levantamos con parsimonia, recogiste tu bolso con generosa gestualidad, dejaste unas cuantas monedas en la mesa y nos despedimos con el gesto de dos inmisericordes pecadores. Todo en orden, jefe, todo en orden, sentenció con tono mortecino el susodicho camarero cuando nos vio alejarnos plenos de una voluptuosa alegría. Lo último que vimos de él fue su incapacidad por ocultar la mueca de tristeza que se dibujaba en su disgustado rostro.
Visitas: 0