Era un hombre tan convencido de su sexo que no sabía que era una mujer. Todos los días, en la intimidad de su casa, veía cómo su cuerpo, pungente catecismo de silenciosos placeres, se deshacía en el purgatorio de su incredulidad. Sus amigos más íntimos, al ver su sufrimiento, le decían que debía hablar con su sombra. Él lo negaba con una certera rotundidad y manifestaba un deseo de recomponer su cuerpo cada noche. Pero llegaba la mañana y no sabía si ponerse un pantalón o una falda. Ya estamos con los atuendos sexistas, le decía, rácanos de odio, su conciencia. Y cogía de su armario el primero que veía. Libertad, decía mientras se vestía. Y cuando despertaba de este segundo sueño no sabía qué decir. Como aquel héroe medieval, en sueños, cualquier cosa puede pasar. Puso la mano en la mujer que tenía a su lado y comprobó que su sexo era el de siempre. Dejó de sudar por un rato e hicieron, en sueños, el amor tantas veces como habían soñado sus cuerpos.
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