Nunca dijo que me envidiaba, pero celebraba mis fracasos como si fueran fiestas y mis éxitos como si fueran errores del destino. Su sonrisa era un aplauso que sonaba a puertas cerrándose. Desde entonces dejé de buscar su aprobación: entendí que hay miradas incapaces de celebrar la luz porque llevan demasiado tiempo acostumbradas a la sombra.
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