No, no me he olvidado del cansado escritor. Sigue sentado en su silla, frente al ordenador encendido, esperando a que nazca una nueva idea.
La pantalla ilumina su rostro con una luz fría que no consigue espantar el sueño. El cursor parpadea con una paciencia infinita, como si supiera que, tarde o temprano, las palabras acabarán llegando. Afuera, la ciudad continúa su rutina sin reparar en la batalla silenciosa que se libra entre un hombre y una página en blanco.
Sobre la mesa descansan una taza de café ya frío, un cuaderno lleno de frases tachadas y un bolígrafo que hace horas dejó de ser útil. El escritor relee las últimas líneas que escribió la noche anterior. No son malas, piensa. Simplemente no conducen a ninguna parte.
Entonces ocurre algo casi imperceptible. No una gran revelación, ni una inspiración fulminante. Apenas una pregunta.
«¿Y si el personaje tampoco supiera cómo continuar su historia?»
El escritor sonríe por primera vez en todo el día. Sus dedos vuelven al teclado. El cursor deja de parpadear solo para convertirse, por fin, en la primera palabra de una nueva página.
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