Nunca tuve miedo de ellas. El miedo verdadero era otro. Era esa sensación íntima de no estar a la altura de lo que veía delante. Cuando una mujer inteligente hablaba con pasión o cuando reía con esa libertad que llena una habitación yo sentía admiración, pero también una pequeña alarma interior preguntándome si sabría responder si podría sostener una conversación sin parecer torpe o insuficiente. Con el tiempo descubrí que esa duda no nacía de ellas sino de mí de una exigencia silenciosa casi absurda que me pedía ser perfecto antes de atreverme a decir algo. Así muchas veces elegí callar, observar o sonreír levemente y dejar pasar el momento creyendo que algún día estaría preparado. Pero la vida rara vez avisa cuando llega ese momento y mientras uno espera la oportunidad perfecta el tiempo avanza ligero y las palabras necesarias siguen quietas detrás de los labios como pájaros tímidos dormidos.
Visitas: 0