La soledad llegó sin hacer ruido, como el polvo sobre los muebles. Un día me senté a hablar y descubrí que solo respondía el eco, que siempre tiene mi voz, pero nunca mis respuestas. Entonces entendí que la soledad no consiste en quedarse sin compañía, sino en acostumbrarse a no esperar ninguna. Desde entonces abro las ventanas cada mañana, no para que entre alguien, sino para recordar que incluso el aire sabe irse sin despedirse.
Visitas: 0