Con los años aprendí que el silencio puede convertirse en un hábito silencioso. Uno empieza callando una vez por prudencia, luego otra por timidez y finalmente calla porque ya no sabe hacer otra cosa. Yo fui guardando frases como quien guarda cartas en un cajón. Palabras que imaginé decir, pero que nunca llegaron a cruzar la garganta. Gestos que quedaron detenidos en ese instante extraño anterior al valor. Desde fuera todo parecía tranquilo, incluso educado, pero dentro se acumulaban pequeñas tormentas de frases no dichas. A veces pensaba que algún día abriría ese cajón y ordenaría todo lo que había callado. Pero el cajón seguía cerrándose cada noche con la misma suavidad y yo terminaba convenciéndome de que el silencio también podía ser una forma discreta de vivir, aunque en realidad solo era una habitación llena de palabras esperando paciencia, tiempo y un poco de valor para salir afuera.
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