CONFESIÓN FINAL

Puede que estas páginas existan porque durante muchos años no dije en voz alta lo que pensaba. Guardé versos, breves reflexiones nocturnas, imágenes pequeñas que aparecían cuando una conversación terminaba o cuando regresaba solo a casa. Escribir se convirtió en una forma tardía de pronunciar aquello que la timidez había dejado atrapado entre el pecho y la garganta. Aquí las palabras no interrumpen, no piden valentía inmediata, simplemente aparecen y se quedan esperando que alguien las lea. Tal vez escribir sea eso: abrir despacio el cajón antiguo de los silencios y colocar cada frase bajo la luz tranquila de la página, para descubrir que muchas de ellas eran más sencillas de lo que imaginaba. Decir te quiero, por ejemplo, no pesa tanto cuando la tinta ya hizo el primer gesto de valentía, mínima, necesaria. He logrado hablar sin miedo excesivo y sin sentirme señalado por alguien que me subyuga.  

Confesión final: no he conseguido escribir con paciencia; desde el principio he sentido la urgencia de terminar, aunque el proyecto apenas comenzó hace unos días.

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