Hay encuentros que no anuncian nada y, sin embargo, desordenan para siempre el paisaje interior de quien los vive. Conocerte no fue un impacto, fue una desviación lenta e inevitable. El mundo siguió en su sitio, pero yo ya no.
Algo en mí perdió estabilidad en el mismo instante en que tu presencia ocupó mi espacio sin esfuerzo, sin ruido, con una autoridad que no se aprende. No hiciste nada extraordinario. Estuviste. Y eso fue suficiente.
Tu personalidad me cerró los ojos para lo accesorio, para lo innecesario, y me obligó a mirar hacia dentro, donde el tiempo no pasa: observa. Desde entonces, los días tienen otro peso, otra densidad, como si cada gesto llevara inscrita la posibilidad de recordarte.
Este breve cuento no busca gestos grandes ni palabras altas. Vive en lo cotidiano, en la grieta mínima por la que entran el deseo que no se nombra, la admiración que permanece en silencio y esa soledad que no nace de la falta, sino de la conciencia.
Tu presencia continúa, incluso cuando no estás, instalada en la memoria como algo que no pide permiso para quedarse. Yo escribo desde ese lugar inestable donde acercarme a ti fue aceptar el temblor y alejarme aprender a vivir con su eco.
No hay conclusiones, porque la vida tampoco las ofrece. Hay instantes de lucidez que aparecen y desaparecen, dejando la piel más sensible, el pensamiento más atento. El tiempo aquí no se pierde: se transforma. Se hace palabra, se hace recuerdo, se hace resistencia íntima.
Este temblor no quiere ser visto, pero existe. Y si lo lees con atención, tal vez sientas también tú esa vibración leve y persistente que solo nace cuando alguien nos mira de verdad.
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