Con el paso de los años empecé a pensar en mi vida como un paisaje de invierno. No un invierno violento ni lleno de tormentas, sino uno silencioso, blanco, casi elegante, donde todo parece detenido. A veces caminaba por calles tranquilas viendo a parejas conversar con naturalidad y sentía que yo observaba ese mundo desde una ventana cubierta de escarcha. No estaba completamente fuera, pero tampoco dentro del todo. Ese paisaje interior tenía una calma engañosa porque bajo la nieve seguían latiendo deseos, preguntas y una curiosidad por la cercanía humana. Solo que durante mucho tiempo me acostumbré a contemplar en lugar de participar y cuando uno vive demasiado tiempo mirando el paisaje termina creyendo que observar también es vivir, aunque en el fondo algo pequeño, cálido, paciente siga esperando un deshielo lento capaz de abrir caminos entre la nieve antigua acumulada en silencio dentro del pecho que aún guarda calor posible.
Visitas: 0