Mientras paseo por los aledaños del Pico Sacro, hablo con el pasado sin idealizarlo. La saudade no me llama para volver atrás, sino para entender por qué ciertos recuerdos siguen vivos dentro de mí, cuando fuera ya no existen. Hay paisajes que persisten como un latido obstinado. Esta tierra —real y simbólica— es origen y límite: siempre regreso a ella, aunque sea solo con el pensamiento, aunque sea solo para comprobar quién soy cuando dejo caer todas las máscaras. Me detengo. Escucho. El tiempo pierde fuerza cuando dejo de obedecerlo. No creo en la productividad constante ni en la obligación de resolver lo que siento. Caminar es resistir: parar, mirar, aceptar que la soledad no es una carencia, sino un espacio fértil donde mi voz puede hablar sin interferencias. Aquí, entre árboles, la soledad me acompaña como una presencia buena, atenta, casi necesaria.
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