Con el tiempo uno aprende a mirarse con menos dureza. Durante la juventud solemos juzgar cada error como si fuera definitivo, pero los años van limando esas urgencias y enseñan que casi todo forma parte del aprendizaje. Yo también he empezado a aceptar que fui como fui con timidez, dudas, silencios largos y un exceso de prudencia. Esa aceptación no borra el pasado, pero lo vuelve más habitable como una casa antigua que finalmente se ventila y deja entrar aire nuevo. A veces recuerdo ciertas escenas y ya no siento vergüenza, sino una especie de ternura hacia ese hombre más joven que todavía estaba aprendiendo a decir lo que sentía. Quizá crecer consista precisamente en eso, en mirar atrás sin tanto reproche y entender que incluso los silencios torpes estaban intentando proteger algo frágil que necesitaba tiempo para encontrar su propia voz tranquila, humana, imperfecta, pero verdadera al fin también.
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