«LAS ARISTAS DE MI VERDAD» (prosa poética) (terminado)

MIEDO

No te acostumbres a justificar todas tus acciones, me dijo mientras me narraba detalladamente qué había hecho la maldita noche del plantón. Quise reprocharle que se contradecía con sus propias palabras. Yo lo puedo hacer, porque llevo una eternidad recordando tus palabras aquel día que fui capaz de esquivar mi sombra para acostarme con la tuya. No quise ir, tenía, y tengo aún, un pavor horroroso a fracasar, como siempre.

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PERDÓN

Ella lo perdonó tantas veces que se olvidó de cómo era la vida sin él. Como quien repinta una pared hasta no recordar el color original. Cada disculpa era una nueva capa, cada promesa, una brocha. Hasta que un día, la pintura empezó a agrietarse. Y debajo, encontró a la mujer que había dejado de amar.

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PREGUNTA

El bar de la facultad. Yo, como siempre, un café y un pincho de tortilla. Ella, enfrente de mí, en silencio y mirándome con una fijeza turbadora disfruta de un refresco que no bebe. Es una conocida sin nombre que me persigue sin demora y sin acercarse. Esta vez, debe de estar harta de mi indiferencia, se levanta y se planta delante de mí, y me dice crudamente y sin rima: ¿Cuándo, hombre de apariencia indefensa y verbo debilitado, me dirás con palabras lo que llevas tiempo, y en silencio, diciéndome con la mirada? Pero si nos acabamos de conocer, le comento desconcertado. Nada de eso. Tú y yo nos conocemos desde antes de nacer. Quiero responder a tal afirmación con unas palabras aclaratorias, pero un cálido beso en los labios me muda el semblante, y no sé hacer otra cosa que recoger mis bártulos e irme con el rostro lleno de lágrimas.

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SOBERBIA

Él la dejó sin explicaciones. Como ya hizo en otras ocasiones. Ella se quedó con mil preguntas y ninguna respuesta. Así es la soberbia. Como quien recibe una carta sin remitente, la leyó una y otra vez buscando sentido. Pero el silencio no se traduce, solo se acepta. Y en esa ausencia, aprendió a escribir ella sus propias respuestas.

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MAÑANA YA SON RECUERDOS

Es un honor invitarte a la puesta de largo de un mapa cartográfico del alma. No escribo simplemente para presentar un libro; quiero abrir una ventana a esos rincones que todos compartimos, pero que pocas veces nos atrevemos a nombrar en voz alta. Hoy abro una obra que late, que escuece y que, al mismo tiempo, consuela: Mañana ya son recuerdos.

Desde su propio título, este libro me plantea una paradoja desgarradora y bellísima. Me recuerda que el presente es un territorio efímero. Lo que hoy me quema las manos, lo que hoy me desvela por la noche, mañana ya será parte de esa materia difusa y sagrada que llamo simplemente memoria. He elegido el formato del poema en prosa para dar vida a estas páginas, y no es una elección casual. La prosa poética renuncia a la rima rígida para darme algo más honesto: el ritmo natural de un corazón que intenta comprender su propio dolor. Es el fluir de la conciencia cuando la casa se queda en silencio.

El viaje que propongo en Mañana ya son recuerdos transita por cinco grandes estaciones que todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos tenido que recorrer.

La primera de ellas es el amor perdido. Ese fantasma que se queda habitando en el hueco izquierdo de la cama, en las tazas de café a medio terminar y en las calles que antes se cruzaban de la mano y que ahora se vuelven laberintos hostiles. Los poemas aquí no idealizan la ruptura; retratan el desgarro de asumir que la mujer que poseía todas mis respuestas ahora es solo una extraña que sabe todos mis secretos.

Ese vacío me conduce inevitablemente a la segunda estación: la soledad. Pero en este libro, la soledad no es solo la ausencia de los demás; es un espejo implacable. Es el momento en el que el ruido del mundo se apaga y me quedo a solas con mis propios ecos. Es una soledad que pesa, que a veces asfixia, pero que también se convierte en el único suelo firme sobre el cual reconstruirse.

Y donde hay soledad y pérdida, habita el dolor. Un dolor que en estas páginas lo siento físico, que se mete entre mis costillas. Sin embargo, la sensibilidad de esta escritura logra algo milagroso: transforma el sufrimiento en belleza. Quiero demuestrar que el dolor no es el final del camino, sino la prueba irrefutable de que estuve vivo, de que arriesgo y de que tuve el coraje de entregarme.

Es a través de esa herida por donde entra la nostalgia. Esa melancolía dulce y amarga que me hace mirar atrás con ternura. En mi libro rescato los instantes diminutos —una mirada, una tarde de lluvia, un beso, una caricia, una promesa que el viento se llevó— y los elevo a la categoría de tesoros.

Finalmente, todo esto queda abrazado por el gran hilo conductor de la existencia: el paso del tiempo. El tiempo que todo lo cura, pero que también todo lo desgasta. Esa corriente invisible que me arrastra y que me convierte, casi sin darme cuenta, en el espectador de mi propia historia.

Mañana ya son recuerdos no es un libro para leer de prisa. Es un refugio. Es un texto para abrir al azar en una noche de insomnio y encontrar, en mis versos, las palabras exactas que yo no supe encontrar para mi propio alivio.

Te invito a perderte en mis/sus páginas, a dejarte conmover y, sobre todo, a recordar. Porque mientras seamos capaces de sentir el eco de lo que perdimos, seguiremos estando profundamente vivos.

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SILENCIO

Cada elogio que recibía era un aplauso interno que él no creía de ninguna manera. Se alimentaba de ellos como un rey sin reino, hambriento de coronas sin valor alguno, muy ostentosas. Vivía para ser admirado, no amado. Y cuando el silencio llegó de verdad, se sintió desnudo, sin títulos, sin trono. El vacío no aplaude, le dijo una amiga.

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DESENCUENTRO

Hablamos aquel día con palabras distintas. Nunca había sido tan claro. Te hablé de mis obsesiones, de mis complejos ―tuve que reducir la detallada enumeración porque es interminable el listado―, de mis miedos, de las partes de tu cuerpo me gustaban más ―nada de cosificación― y de un futuro en común. Fue oír esto último y tú me escupiste que entre los dos no hay sintonía, sólo desnutridos balbuceos, que saben a miradas sin respuesta, a labios sin besos. Y te fuiste sin más.

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SOLITARIO

Cruzo solitario la ciudad. Un sinfín de rostros anónimos me dice que nada será igual, que todo lo vivido junto a ti será ceniza sin memoria; y, aún así, me acerco a tu piel con la ilusión de vivirla en compañía, no en mis sueños, sino en la realidad; pero tu reparadora mano no toca mi cuerpo y yo vivo despierto un infinito placer que saborea otro cuerpo, otra sombra. 

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JUEGO DE PALABRAS

Te extraño. Y lo que más me extraña no es tu ausencia, sino que parezca no dolerte la mía. Te extraño, y me extraña que ya no me extrañes. Te lo repito porque hay heridas que sólo saben decirse de una forma: cuanto más te extraño, más me extraña que tú no me extrañes. Porque uno espera que el vacío tenga eco. Que la falta se note en ambos lados. Que la distancia haga el mismo ruido en dos corazones. Pero no. Y entonces ya no sé qué es más difícil: extrañarte o aceptar que quizá soy el único que todavía extraña.

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EN ESTA NOCHE OSCURA Y SOLITARIA

En esta noche oscura y solitaria te sigo esperando. Como hace meses. Pero ya son demasiadas las lunas que me llevan a un destino imaginario. Y el viento repite tu nombre entre las sombras, como un eco cansado que se niega a morir. Las estrellas observan mi silencio sin respuesta, mientras el tiempo deshoja su jardín sobre mí. He contado las horas en la arena de los sueños, y todas se han perdido antes del amanecer. Quizá ya no regreses por los caminos de la memoria, pero aún guardo una luz encendida para tu regreso.

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EL CAMINO DE REGRESO

Nos vimos en un lugar olvidado por ti y por mí, donde los distintos trayectos de un laberinto sin salida se volvieron visibles y plausibles. Durante unos instantes creímos reconocer sus pasillos, como si hubiéramos transitado antes por ellos en otra vida o en algún sueño obstinado que se negaba a desaparecer. Cada recodo parecía conducir a una revelación y, al mismo tiempo, a una nueva incertidumbre.

La luz, indecisa y tenue, dibujaba sobre las paredes sombras que imitaban caminos imposibles. Caminamos sin prisa, escuchando el eco de nuestras palabras, que regresaban transformadas, como si el propio lugar quisiera responder a preguntas que nunca llegamos a formular. Allí comprendimos que algunos encuentros no ocurren para resolver nada, sino para hacer visibles las preguntas que habíamos aprendido a ocultar.

Y aunque sabíamos que ningún sendero ofrecía una salida verdadera, continuamos avanzando. Había en aquella deriva una forma extraña de esperanza: la certeza de que perdernos juntos era menos inquietante que encontrar solos el camino de regreso.

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MANOS

Tu mano en mi mano y un destino compartido por delante. Ese calcado sueño, por ser imposible, es lo que más purifica mi lamento en tu ausencia. Porque cuanto más lejana te descubro, más nítida se vuelve tu figura, y cuanto más sé que no llegarás, más hondamente te espero. Hay amores que se consumen en la dicha de poseerse; el nuestro, en cambio, parece alimentarse de la distancia, como una llama que sólo encuentra aire en aquello que le falta. Y así camino, acompañado por tu sombra, sosteniendo entre las manos vacías la forma exacta de todo lo que nunca será.

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ENVIDIA

No me molestaba que ella brillara, me molestaba no ser su luz. Aplaudía sus logros con una sonrisa tan perfecta que parecía cortesía aprendida, pero por detrás me rechinaban los dientes como si cada triunfo suyo fuese una factura pendiente que la vida me había pasado otra vez a mí. Mis felicitaciones sonaban a protocolo y mis ojos, apenas disimulados, llevaban la cuenta fría de sus aciertos. Nunca quise superarla; no buscaba kilómetros por delante, sino que ella diera un paso en falso. No deseaba verla mejor, sino herida, porque así recuperaba, aunque fuera por un instante, la posición que me negaban sus pequeños espejos de éxito. Otra vez destrocé su victoria. 

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MAREA

Vuelvo a nuestro viejo escritor, que está empeñado en recordar. Incapaz de mirar su tétrico futuro, se enzarza en una imagen del pasado que le reporta un placer efímero, pero glorioso. Lleno de un placer emocional, visualiza el momento en el que conoció a Asunción, una estudiante de Filología que lo abordó cuando él iba ejercitándose en rimas y estrofas camino de la susodicha facultad. Como siempre, los nervios lo bloquearon, y un éxito amoroso se trocó en una escena patética e infantil.  El fracaso vivido fue como un castillo de arena de un niño en una playa desierta antes de un certero y repentino golpe de marea.

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DESPEDIDA DEFINITIVA

Se despidió por última vez. En esta ocasión, por su parte, sin dramas, sin lágrimas, sin promesas, sin acariciarme la piel; por la mía, como siempre, con mil ruegos, con los ojos llenos de recuerdos, con una insoportable tristeza ―según ella― y con un futuro de soledades. Como quien apaga la luz y se va sin cerrar la puerta, sabía de la certeza de nuestro adiós. No volverá, me dijo mi alter ego. No hubo despedidas, no, solo la convicción de que ya no era su lugar, ni su historia, ni su dolor, ni mi piel. Y en ese silencio, ella encontró la paz.

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ENVIDIA

No le molestaba que yo brillara, le molestaba no ser la luz. Aplaudía mis logros con una sonrisa tan perfecta que parecía fingida, pero le rechinaban los dientes como si cada éxito mío fuera una deuda suya con la vida. Nunca quiso superarme, solo quería que me cayera y que jamás pudiera levantarme. Mis fracasos eran su alimento. Y yo, lleno de heridas otra vez, la esperaba desnudo en nuestra cama de aquel viejo hotel.

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OBRA DE ARTE

Ella, recostada desnuda en un diván. Él la miraba como si fuera una obra de arte: una pintura que no entendía, pero que lo conmovía y excitaba profundamente. Se quedaba horas contemplando su cuerpo, sus gestos, sus pechos, sus palabras, su sexo, sus silencios. Pero ella, desinhibida ante él, solo quería que la vieran sin marco, sin interpretación, sin pedestal. Solo como mujer. Y él, atrapado en su admiración y arrebato, nunca la tocó de verdad.

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REDES

Publiqué mi tristeza en redes, esperando «megustas» como quien lanza botellas al mar con mensajes de auxilio. Cada reacción era una esperanza, cada comentario, una posible cuerda. Pero nadie me rescató. El mar digital no tiene costas, solo olas que arrastran sin mirar. Y mi dolor, aunque viral, seguía sin respuesta, flotando entre algoritmos y pantallas. 

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EXAMEN DEL PASADO

El cansado escritor reflexiona. Examina su pasado. Busca culpables a sus fracasos amorosos. Se obceca en una educación que no le impulsó a formar una familia, sino a permanecer, con plena libertad de acción, en la intocable casa-refugio paterna. Un ser pusilánime es imposible que emprenda una aventura en solitario. Teme la intemperie. Confunde cobijo con destino. Heredó la obediencia como una forma de quietud. Y convirtió la renuncia en carácter. Aprendió a llamar prudencia al miedo.

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ELLA

Ella me dijo «te amo» con miedo, como quien entrega un cristal que ha cuidado toda su vida. Yo le respondí «yo más» con prisa, como quien lo deja caer sin mirar atrás. El amor, tan frágil como transparente, se rompió en el suelo de tu indiferencia. Ella recogió sus pedazos sola, mientras yo seguí caminando, sin notar el sonido de la rotura. 

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EL ESPEJO

Se miró al espejo y se dijo: «Nadie me merece». No lo dijo con tristeza, sino con una arrogancia que disfrazaba su miedo. Se veía a sí mismo como un dios de mármol, perfecto en forma, pero incapaz de amar sin pedestal. Quería ser admirado, no tocado. Y así, se convirtió en una estatua rodeada de ecos, sin manos que lo abrazaran ni corazones que lo entendieran. 

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MI DORMITAR

Este lento dormitar ―lejana tiniebla de unos latidos en cadente mansedumbre― se guía de la inercia del amanecer, y como un vagabundo ofrezco la alborada de un sol sin raíces al diseño de un alba pasajera que objeta mi conciencia en un parpadeo de cuerpos celestes. Sustento y domestico con fruición mis sueños iniciándoles en el suspense de una cuenta atrás, mientras el perenne ahorcado dosifica con firmeza segundos y segundos en tomo a unos labios sin respuesta, y un alejado semblante censura impasible mi rezagada filosofía.

Sueño entonces que pierdo la vida por volver a mis silentes principios, a los primeros años de mi niñez. Entonces, sumergido en un río que espera ahogarse en el mar, mil gelatinas muertas se abren en innumerables yagas y me ofrecen un laberinto de opaca realidad.

Mas, cómplice de mi rubor, censuro cualquier átomo de luz, y camino con el silencio soldando mis talones en suelo de nadie, moldeando veladas memorias en las huellas de mis pisadas y recreándome con las cicatrices que transpiran mis sienes.

Camino sintiendo el vaho de tus palabras que, en un soliloquio de estatuas fetichistas, se ha convertido en un falso ídolo balbuciente y escrutador de cubiertas mutilaciones. Camino por un sinfín de aristas, y sueño con simbolizar la simetría de nuestras voces en un espacio donde tu distancia no se pierda por caminos desiertos, y así recuperar aquellas hospitalarias palabras sembradas bajo el ardiente sol del pasado. Camino desorientado, busco el significado de aquella sincera voz, pero sólo encuentro un fusil encañonándome la boca y escupiendo cruentos argumentos en el interior de mis entrañas.

¡Una vez más mil caretas falsificadoras velan mi memoria en una embriagada obstinación de soles de vencidas primaveras! 

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PERENNE HACEDOR DE RECUERDOS

Un instante de seducción penetra en mi recuerdo como una pasada y mutua connivencia se sumerge en el tiempo. Los signos que pueblan el análisis de nuestra generación se desbordan como ríos de lava inquieta surcados por amenazantes tormentas de pasividad. Por mi tosca frente gotas de sangre, sudor y lágrimas gimen en la madrugada como una nebulosa de fantasmas cuando mi mente se proyecta en furtivos símbolos de una pasada gloria, ¡marchitas semblanzas de un solitario corazón en estado feudal! 

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LA MISMA LLUVIA

Escucha en qué me convierte la lluvia que lleva años en mi memoria jugando con el mar. Todo es húmeda monotonía. Esta lluvia siempre repite la eterna canción de un árbol de hojas secas que espía mi sombra cuando el viento vulnera tu perfil. Entonces, imagino tu geométrica silueta al trasluz de mis ojos y te confundo precipitadamente entre la vocinglería de falsos sueños. Dibujas una elegante improvisación con las curvas de tu sonrisa y reúnes secretamente mis vibrátiles arrabales en un sótano de cúbicas esferas. Eterna lluvia de tedio y música intacta, tan solo me ayudas a descubrir que tus mejillas escuecen mis ojos cuando la oscuridad nos congrega en una misma ausencia. Nos ignoramos, nos alejamos mutuamente con la proximidad del que espera lo que nunca tendrá. Eterna lluvia de indescifrables imágenes. Eterna lluvia caprichosa. ¿Cuándo volverás a acariciar las entrañas de nuestra claridad? ¿Cuándo, agotada nuestra luz en un intacto suceso, mi ingrávida instantánea se convertirá en un paisaje de círculos congruentes? 

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EN ESTOS ÚLTIMOS AÑOS

He andado a la deriva cuando todo en mi entorno era cordura. No he acertado con el palpitar justo de las palabras cuando mi mente te resucitaba idealizada. He anclado mi lejana adolescencia en el arrullo desangrado de un nombre de mujer. No he saciado con ceremonias adorables la elemental ebriedad de mi piel. Me he perdido tras una caricia tuya que erizaba, cada noche, mi solitario placer. 

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CON ANSIA

Busco un exceso de amor donde solo hay una mano ciega. Quiero apresar la longitud de tu tiempo con la silueta de mis desequilibrios. Toco tu alma cuando sólo quieres un abrigo sin sentimientos. Deambulo melancólicamente por la embriaguez de los enamorados, y me despierto a medianoche con una amalgama de criaturas informes en mi mente que ocultan tu cuerpo desnudo. 

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EGO

Su ego era tan grande que necesitaba dos espejos para verse en su totalidad. Y aun así, se sentía incompleto. Buscaba validación en cada reflejo, en cada mirada ajena. Confundía admiración con afecto y aplausos con cariño. Construyó una imagen tan alta de sí mismo que terminó viviendo a su sombra. Cuanto más alimentaba su orgullo, más hambre tenía de reconocimiento. Porque el ego nunca dice es suficiente. Siempre pide un espejo más, una ovación más, una prueba más de que existe. Y mientras todos miraban el personaje que había creado, nadie alcanzaba a ver a la persona que se escondía detrás de él.

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MIL CAUSAS

Por transitar bordeando un acantilado del que nadie regresa, por viajar de forma inhóspita a la grupa de un galope de sueños, por silbar una irreconocible melodía en interminables madrugadas, por empeñarme en escribir un epitafio en el patíbulo de mil rompecabezas, por adornar con flores profanadas lo efímero de mi alegría, por… Por todo ello salgo huyendo cuando la huella de unos pies desnudos se hace humana en mi dormitorio. 

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MI TRISTEZA

He fortalecido mi tristeza por tener el corazón deshilachado, por tantas soledades que me embisten sin piedad, por agotar mi vida en un tobogán de amores no correspondidos, por detenerme a contar estrellas mientras sueño con aquellas inolvidables noches, por empapar de luz negra el perfil de mis párpados, por… todo y por… nada. 

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EL LIBRO DE NUESTRA VIDA

Llevo años buscándole un título al libro de nuestra vida y no lo encuentro. Tú me has ofrecido mil y todos los he rechazado por pura egolatría. No sé cómo pedirte que me ayudes a caminar por las calles desiertas de nuestra ciudad. Estoy convencido de que en aquel nuestro hotel podríamos crear un nuevo alfabeto de ungidos sentimientos bautizados con el sudor de nuestros cuerpos. 

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DESPRENDIMIENTOS

Tú y yo convertidos en floridos laureles. Nuestras sienes y nuestros cuerpos se esfuerzan en seguir latiendo y disfrutando gozosos del amor.  Pero es imposible porque nuestras noches laten ya sin pulso ni ternura. Todo se ha convertido en una canción ácida que se ha desprendido diáfana de nuestros gélidos labios. Al fin y al cabo, dos vertientes de la misma soledad. 

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MUCHAS NOCHES…

Llevo muchas noches quemando el dolor de un vacío ancestral. Llevo muchas noches siguiendo la estela de un camino de orfandad. Llevo muchas noches sintiendo frío en cualquier instante del día. Llevo muchas noches enterrando sueños enamorados cada vez que una mujer me mira. Llevo muchas noches recordando nuestro último roce de cuerpos acariciados. 

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AQUELLA TARDE

La tarde cae despacio sobre la mesa de aquel bar. Dos copas vacías, algunos recuerdos y un imposible que nos empeñamos en que sea real. Tú hablas de nuestros sentimientos como el marinero que come a nuestro lado habla de la mar: a veces están en calma y reflejan el cielo con claridad, y otras veces se agitan en tormentas que parecen interminables. Y yo, crédulo e infeliz, asiento con firmeza. No quiero saber que en este mismo momento te estoy perdiendo. 

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DESEO

Mi sombra se ríe de mí, con esa ironía silenciosa que parece conocer todos mis secretos, y me dice que el cuerpo los olvida con el tiempo. Pero no es cierto, porque basta con pensarte un instante —recordar tu piel, tu respiración, la manera en que te acercabas sin prisa— para que algo dentro de mí despierte. Entonces mi mano recuerda antes incluso de que lo decida mi mente, y comienza a moverse lentamente, con un ritmo antiguo y natural, como la marea que avanza y retrocede sin pedir permiso. Poco a poco el cuerpo vuelve a latir con una intensidad que creía apagada, y cada recuerdo se vuelve más claro: tu boca, tu lengua, la noche en que nuestros cuerpos se buscaron con urgencia mientras el resto del mundo desaparecía alrededor. Mi sombra intenta detenerme, intenta convencerme de que todo eso pertenece al pasado, pero el deseo ya ha comenzado a caminar y no escucha advertencias. La habitación parece arder despacio, como si el aire mismo estuviera cargado de una electricidad suave, y dentro de mí crece una ola que no deja de elevarse. Cierro los ojos y dejo que llegue ese momento inevitable, esa convulsión breve y profunda del placer que atraviesa el cuerpo como un relámpago silencioso. Después llega el silencio, y la respiración vuelve poco a poco a su ritmo lento mientras el cuerpo recompone su calma. Entonces me levanto, recojo las cenizas invisibles que quedan en la habitación, y escribo con ellas, porque incluso la ausencia puede convertirse en palabras. 

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CENIZAS

Me despierto entre cenizas, con la sensación extraña de que alguien intentó quemarme durante la noche, aunque también podría haber sido solamente un sueño que todavía se aferra a mi piel cuando abro los ojos. Me levanto despacio y sacudo el polvo gris que cubre mi cuerpo, como si cada movimiento despertara recuerdos antiguos, porque hubo en mí una fuerza que ardía con intensidad, un fuego antiguo que parecía imposible de apagar. Sin embargo, ahora solo quedan restos tibios, brasas ocultas bajo una capa de silencio. Me palpo el pecho casi sin pensarlo, y entonces los pezones me despiertan una memoria inesperada, como si todavía recordaran la presión de tus dientes y el eco de tus labios. Cierro los ojos lentamente y, mientras respiro hondo, imagino tu boca acercándose otra vez, tu respiración cálida recorriendo mi piel como una corriente suave que vuelve a encender lo que creía dormido. Pero la sombra aparece, inevitable, y me susurra con una voz tranquila que ya no volverás. Entonces me dejo caer en la vieja butaca, de cuero cansado y oscuro, mientras la habitación parece respirar despacio a mi alrededor. Evito mirarme en el espejo, porque sé que encontraría demasiada tristeza en ese reflejo, demasiada ausencia acumulada en los ojos. Y, sin embargo, algo comienza a despertar dentro de mí, una memoria profunda del cuerpo que se mueve lentamente, oscura pero persistente. Es entonces cuando pienso en ti, y en ese instante el deseo regresa, no como un incendio, sino como una brasa pequeña que, a pesar de todo, sigue viva. 

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MIS VERSOS

Escribir siempre ha sido, para mí, en el fondo, una forma de quedarme a solas sin estarlo del todo. Mis poemas nacen precisamente de ahí: de la necesidad de decir lo que normalmente callo, de mirar de frente lo que suelo esquivar, de poner palabras a lo que me duele, a lo que me pierde, a lo que permanece y a lo que nunca volvió.

No busco un lugar cómodo para escribir. Tampoco lo he pretendido. En mis poemas no hay textos morales fáciles ni frases bonitas para salvar el día. Hay preguntas, recuerdos, heridas, deseos, ausencias, silencios largos y pensamientos que llegan de madrugada cuando todo el mundo duerme y uno ya no puede mentirse más.

Hablo del amor, sí, pero no del amor perfecto ni del que siempre gana. Hablo del amor que llega tarde, del que se rompe, del que queda a medias, del que uno recuerda durante años sin saber por qué. Del amor que salva y del amor que destruye. Del amor que no fue y del que fue demasiado.

Hablo de la mujer, mi pasión, no como idea ni como símbolo, sino como presencia real, compleja, contradictoria, luminosa, desnuda y oscura a la vez. La mujer como recuerdo, como ausencia, como refugio, como error, como destino o como casualidad. La mujer como todo lo que cambia una vida sin pedir permiso.

Hablo de la soledad, esa compañera que todos conocemos, aunque pocos la nombramos. La soledad elegida y la soledad impuesta. La soledad que pesa y la que libera. La soledad de las ciudades llenas de gente y la de las habitaciones en silencio. Porque hay momentos en la vida en los que uno entiende que la soledad no siempre es estar sin nadie, sino no poder contarle a alguien lo que de verdad importa.

Hablo del paso del tiempo, inevitable, silencioso, constante. El tiempo que se lleva personas, lugares, versiones de nosotros mismos. El tiempo que convierte todo en recuerdo. El tiempo que me enseña que casi nada era tan importante como parecía y que casi todo era más importante de lo que yo creía.

Hablo del desamor, del rechazo, de la nostalgia, de la memoria. Desamor, vivido y sufrido en más de una ocasión, acompañado de un rechazo físico y emocional. Nostalgia por lo que fui, por lo que no fui, por lo que pude ser y no fui. Nostalgia por épocas en las que no sabía que era feliz. Nostalgia por conversaciones, por calles, por canciones, por miradas que no volvieron a repetirse. Nostalgia por Galicia, esa tierra que me vio nacer y que por razones muy diversas, desde la meseta castellana la recuerdo plena de vida y humedad.

Pero, sobre todo, mis poemas son un lugar de sinceridad. De sinceridad incómoda. De pensamientos sin maquillaje. De emociones sin corregir. De palabras escritas sin intentar quedar bien, sin intentar gustar, sin intentar tener razón.

Desnudarme no es solo quitarme la ropa. Desnudarme es decir lo que uno piensa de verdad. Es reconocer los miedos, las inseguridades, las envidias, los errores, los recuerdos que aún duelen, las personas que aún importan, aunque ya no estén. Desnudarme es aceptar que estoy hecho de recuerdos, de heridas, de inseguridades, de complejos, de celos, de fracasos, de decisiones equivocadas y de momentos que nos cambiaron sin avisar.

Las cenizas aparecen en mí porque algo ardió. Y todos, si vivimos lo suficiente, acabamos teniendo cenizas: de relaciones, de sueños, de versiones de nosotros mismos, de promesas, de huidas, de miedos, de promesas incumplidas, de lugares a los que no volvemos, de personas que ya no están. Vivir también es aprender a caminar entre esas cenizas sin dejar de avanzar.

Mis poemas no pretenden enseñar nada, ni dar lecciones, ni tener respuestas. Yo solo pretendo escribir. Escribir para entender mi vida, si es que en algún momento llego a comprenderla. Escribir para recordar todo lo que fui perdiendo pulso a pulso. Escribir para olvidar lo que no puedo olvidar, y quisiera. Escribir porque hay cosas que solo existen de verdad cuando se ponen en palabras. Los recuerdos que me rodean sin cansarse, si no se ponen negro sobre blanco, acaban perdidos en un laberinto sin salida.

Quizá quien lea esta entrada se reconozca en alguna de sus líneas. Quizá no. Quizá la desprecie y le ponga un «cero bajo cero» como calificación final. Pero si alguna vez alguien, al leer este texto, piensa «de eso quería yo hablar», entonces este lugar ya tendrá sentido, ese que llevo yo buscando con desesperación.

Al final, todos compartimos más de lo que creemos: el amor junto al desamor, la pérdida y el olvido, el miedo al paso del tiempo, la ansiedad que no el miedo, el resentimiento, la envidia por el físico de otros, los fracasos, por desgracia buscados, la efímera alegría cuando uno cree que ella le guiñó un ojo, las limitaciones de la memoria, la saudade por una tierra que sabes que no volverás a pisar, la necesidad de que alguien me entienda, la nostalgia por lo que ya no existe, la sinceridad que me da pavor y esa extraña sensación de que la vida pasa muy deprisa mientras intento comprenderla.

Esto son mis versos: un lugar para escribir sin esconderse. Un lugar para recordar. Un lugar para perderse. Un lugar para decir lo que normalmente no se dice. Y, sobre todo, un lugar para quedarse a solas con las palabras y ver qué queda cuando todo lo demás se apaga. 

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SIN TI

La maleza que crece en mi interior desde que te fuiste está repleta de animales indómitos y de jeroglíficos imposibles de resolver. Tú ya no estás aquí conmigo y lo que parecía un hombre pleno ahora se ha convertido en un esperpento, un museo de debilidades. Entonces, esa repulsiva charla que mantuvimos en la distancia y en la que tú quebraste las bases del andamio que me alejaba de mi enfermizo vértigo, se instaló en mi memoria y me desnuda de nervadura cada vez que sufro tu ausencia. Has dejado mi presente tan corito, tan seco de atractivo que a mi habitación solo vienen murciélagos y gusanos precocinados. 

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EL AMOR

Se esconde en los poros de mi piel, en los pliegues de la memoria, en la respiración lenta de las madrugadas, en los objetos que nadie se atreve a mover. Se queda viviendo en cosas pequeñas: una palabra que todavía pronuncio en silencio, una canción que ya no escucho, la forma exacta en que tu nombre se acomodaba dentro de mi boca. El nosotros, sin embargo, no sobrevivió. Quedan fragmentos. Restos diminutos como polvo sobre la piel. Pedazos de una historia que ahora caminan separados, como dos sombras que alguna vez fueron una sola. Y aquí estoy. Habitando este cuerpo que todavía sabe cómo quererte, aunque ya no tenga dónde hacerlo. A veces me pregunto si el amor termina realmente o si simplemente aprende otra manera de quedarse solo. 

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MI MANO

Mi memoria recuerda lo que el amor olvida. Por eso algunas noches me despierto con la sensación de que todavía estás aquí. No en la habitación de aquel sudado hotel que ya aprendió a pronunciar mi nombre sin testigos, sino en una parte más profunda, en ese lugar donde la piel guarda las antiguas costumbres. Hay gestos que sobreviven a la despedida. Mi mano sabe que el espacio que antes ocupabas se ha vuelto un territorio sin dueño. No entiende de finales. Solo avanza, con la paciencia ciega de quien ha amado demasiado tiempo. A veces pienso que el amor no desaparece. Simplemente cambia de lugar. 

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DESNUDO

Desnudo de todo me presento ante ti. Mejor dicho, ante tu recuerdo. Ese reptil venenoso que adula mi memoria con un jolgorio inhumano de lascivas soledades. Tiembla todo mi cuerpo en una obscena negligencia. Recorro de pensamiento toda tu epidermis y vuelvo a temblar, en esta ocasión con más intensidad. Cada poro de tu piel es un libertino dolor que me devora en esta soledad elegida por mí. ¿Lo ves? Recuerdo que me dijiste el primer día que nos vimos al demostrarme que tu cuerpo tenía una piel de seda. Y el último. La segunda vez quise, con la torpeza del niño que intenta montar su juguete el día de su cumpleaños, recuperarte sin apenas esfuerzo emocional. Y tú, en el umbral de la puerta, te diste media vuelta y hasta hoy. No. Hasta nunca, me sentenciaste. 

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SE AMARON

Se amaron en domingos lentos, en cafés compartidos, en miradas que    decían más que mil palabras. No necesitaban grandes gestos, solo la rutina de estar juntos sin prisa. Como dos páginas que se leían sin saltarse líneas, sin buscar el final. Y aunque el libro se cerró, ambos recordaron el aroma de las hojas de aquellas tardes.

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HERIDA

Sorda. Sí. Así es. No se oye. No se ve. Pero se siente. Es profunda como una sima oceánica. El dolor rezuma como la lava de un volcán destruye cuanto inunda. Es intenso. Como una plaga castiga la inocencia y deambula por mi interior cual fantasma con esputos en el alma. Este salivazo emocional me prostituye los sentidos y me deja exhausto tras leer tus ojos. Sí, esos que se clavan en mi corazón indolente con la búsqueda de una mujer que me abrace con sangre de sinfónico placer. 

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QUINCE AÑOS

Durante mi primera adolescencia fui feliz y entonces no lo sabía. La culpa —o el milagro— fue de una chica que todavía recuerdo. No sé si ella llegó a entender el efecto que producía al acercarse, al reír, al mirarme como si el mundo fuera algo sencillo que se podía compartir. Fue ella quien me espabiló. Quien me sacó del rincón tímido donde los muchachos suelen esconderse cuando el cuerpo empieza a cambiar y todo parece demasiado nuevo. A su lado el miedo no tenía demasiado espacio. Las palabras salían con una naturalidad que después tardaría años en volver a encontrar. Yo hablaba, caminaba, incluso soñaba con una ligereza que ahora me parece casi irreal. No ocurrió nada extraordinario. No hubo grandes promesas ni gestos memorables. Solo la sensación limpia de que una chica podía mirarme y encontrar en mí algo suficiente. Y así descubrimos nuestros cuerpos, con una lentitud deliberada, desde los labios hasta la perdición. Y durante un tiempo, breve y luminoso, yo también lo creí. 

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IMAGINADO

El amor imaginado tiene algo de refugio. En ese abrigo puede ser intenso, profundo, incomprendido, solitario… Sobre todo, no corre el riesgo de ser rechazado por esa mujer que se dibuja en bucle en mi memoria. Y así, sin darme cuenta, he ido acumulando inviernos. Unos, heredados de un torbellino emocional; otros, elegidos por mí sin darme cuenta. Hasta que llegó un día en el que aprendí a quedarme solo, sin el asedio de la pasión y de la necesidad de un cuerpo… No escribo estos versos para acusar a nadie de mis culpas, ni siquiera al muchacho poco sazonado que fui. Los escribo porque, al fin, empiezo a sospechar que incluso el invierno más largo contiene una pequeña grieta. Y en ocasiones basta una grieta para que el hielo empiece a fundirse. 

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CERCA

Mientras mi necesidad de vida se anega en falsos «me quieres» que el viento repite sin convicción, la sensación de tenerte cerca sana lentamente las heridas que aún me duelen. No necesito promesas ni palabras grandes: basta la tibieza de tu presencia. Porque hay heridas que no se curan con explicaciones, sino con la sencilla certeza de que alguien permanece a nuestro lado. 

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SOMOS

Estos poemas son una forma de permanecer un momento en silencio frente a lo que somos cuando nadie nos mira. Un lugar donde la memoria respira sin prisa y deja aparecer aquello que el ruido de los días suele ocultar. Tal vez escribir sea solo eso: detenerse un instante ante uno mismo y escuchar lo que queda cuando todo alrededor calla. 

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OJOS

A veces regresan sin nombre ni voz. Solo unos ojos que me miraron una vez y dejaron en mí una claridad imposible de borrar. Desde entonces viven en un rincón secreto de la memoria, como una lámpara que nunca termina de apagarse. No sé de dónde vienen cuando aparecen ni por qué vuelven en las noches más calladas. Tal vez los recuerdos caminan por dentro de nosotros como sueños que no han terminado de irse.

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EL PLACER

Lo hacemos con ahínco, con denuedo, con tesón. Desde tiempos inmemoriales. Somos dos colosos frente a una muchedumbre hambrienta de fracasos. Nos miran extrañados por ello, como si fuéramos dos objetos en el museo de la efervescencia. Dicen que nunca lo alcanzaremos, que es más fácil obtener el goce emocional que el placer físico. Ante mi extrañeza me muestran fotos de rostros placenteros en grado sumo contemplando un paisaje. Les espeto que eso es fugaz, que tal visión es inmutable y que no responderá jamás a mis caricias. Las necesito. ¿Y eso es importante? Yo preciso saborear el contacto con la piel para saber que estoy vivo. No te debe extrañar. Si no me extraña. Lo que te vaticino es un invierno cubierto de llagas por un intempestivo frío que congelará las huellas de tus dedos para que no sientas los hirvientes latidos de mi pulso. Entonces, estaré muerto definitivamente. Al final, resucitarás. Confía en mí. Yo no te dejaré morir. No sé quién me habla. ¿Me oyes? 

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AMAR LA SOMBRA

Me censuraron hace unas semanas con muy mal gusto lo que escribí en un texto semejante a este. Me dijeron ―te escupo mi opinión, es lo que te mereces― que un hombre no habla o escribe de los senos de su amada ni en público ni en privado. Y muchas cosas más muy ofensivas. Me quedé pensativo y atribulado en un rincón de mi habitación. Me sentí culpable y afloró en mis manos el impulso bloguicida. Una lectora desconocida me comentó que hay personas que no entienden la creación literaria en forma de poema en prosa. Confunden al creador del texto ―tú― con el dueño/lector ―todos nosotros―. Tú escribes literatura, tú escribes literatura y punto. Al cerrar el correo, de pronto, una sombra se irguió delante de mí y me habló con voz sincera y sensual: No hagas caso a nadie. Mi cuerpo es para ti. Y cuando digo eso es para que tú hagas con él lo que quieras: amarlo, acariciarlo, describirlo o rechazarlo. Y se sentó en la cama con una sonrisa tan generosa que brotó como un milagro de la naturaleza en mi cuerpo un placer incombustible. Luego, cogí tu sombra de la mano, te sentaste primero en la cama, luego te acostaste e hicimos el amor de una manera que jamás había soñado. Cuando desperté, tenía una nota en el suelo que decía lo siguiente: la próxima vez que quieras experimentar lo que es el verdadero amor solamente tienes que llamarme. Y no fui capaz de encontrar la sombra que me había poseído en mis sueños. 

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POR QUÉ ESCRIBO POEMAS EN PROSA

Escribo en poemas en prosa porque es en lo que mejor me escucho. No lo hago por compromiso ni por necesidad pública, sino por un placer íntimo, por esa sensación de reconocimiento que solo aparece cuando las palabras nacen en el formato en el que una parte de mí piensa, siente y recuerda. Escribo del mismo modo que leo: en silencio, sin prisas, como quien conversa consigo mismo sin esperar respuesta. La lengua me acompaña en ese espacio interior donde las emociones se guardan más de lo que se expresan, no por falta de intensidad, sino por exceso de cautela.

Siempre he sido una persona tímida. No una timidez de inseguridad constante, sino esa que observa antes de hablar, que prefiere el rincón tranquilo a la voz alta, que siente más de lo que dice. Y el poema en prosa, para mí, es ese rincón: un lugar donde las palabras pueden quedarse, reposar, no marcharse antes de tiempo. Muchas de las que escribo no han encontrado el momento adecuado para salir en otras formas. Se quedaron dentro por miedo a fracasar, a no ser comprendidas, a exponer lo que es profundamente personal: la soledad, el amor contenido, la frustración, la vergüenza, la desolación. En castellano, en cambio, se sienten a salvo.

Lo que escribo no nace de un dolor concreto, sino de una acumulación lenta de sentimientos. Son emociones pequeñas, cotidianas, a veces contradictorias, que se han ido instalando con el paso del tiempo. Y el poema en prosa me permite nombrarlas sin romper su delicado equilibrio. La soledad, aquí, no es abandono, sino elección parcial. Porque estar solo no significa estar vacío. Significa, muchas veces, estar acompañado de uno mismo, de los libros, de la memoria, de las palabras que aún no se han dicho. Y el poema en prosa es una de esas compañías silenciosas.

No pretendo explicar nada. Solo crear un espacio de sinceridad discreta. No hay grandes declaraciones ni gestos dramáticos. Hay silencios, dudas, miradas hacia dentro. Hay amor, pero no siempre correspondido. Hay deseos que no se cumplieron y otros que ni siquiera llegaron a formularse. Y siempre esa sensación de que hablar demasiado puede romper algo frágil. El poema en prosa me permite esa contención, esa manera de decir sin gritar.

Escribo poemas en prosa sabiendo que no todo el mundo se reconocerá en esta forma. Y está bien. No busco multitudes, sino lectores que entiendan que la vida emocional también se construye desde la reserva, desde la palabra que decide quedarse. Porque a veces, lo más verdadero es lo que nunca se fue. Y en mi caso, lo que nunca se fue el poema: la forma que me sostiene cuando escribo y que me devuelve, siempre, al lugar donde realmente estoy. 

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NO HAY PAZ PARA MÍ

Lo que habita en mí no descansa. Es un vaciamiento lento del alma, un cansancio del espíritu que adopta formas grotescas y crueles. La angustia se disfraza, se burla, se arremolina como miedo persistente. Todo es congoja comprimida, inquietud repetida como cuentas de un rosario que no concede fe. Naufrago en un dulzor falso, en un desasosiego clínico, en una tristeza medida en dosis mínimas que no curan nada. Me hablan de descanso eterno, de paz, pero esa palabra no figura en mi vocabulario íntimo. Nunca supe cómo pronunciarla. 

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POEMA EN PROSA INTRODUCTORIO

La noche que llevo dentro no llega con estrellas ni con luna: llega en silencio, con el peso frío de un abrigo que no encuentro. Es un cuarto sin ventanas donde mis pensamientos se vuelven faroles apagados; es la paciencia de un reloj que ha olvidado su tic, el rumor lento de la sangre que conoce atajos en la sombra.

Camina por mis venas como quien recita un poema en idioma ajeno: sabe de horarios, de despedidas, de nombres que ya no encajan en la boca. A veces se sienta en la orilla de mi lengua y me sopla las preguntas que nunca aprendí a responder; otras, se acuesta en mi pecho y me enseña a escuchar el latido como si fuese un mapa.

Hay en esa noche un país de pequeñas certezas: la lámpara que rehúso encender, la silla que siempre queda vacía, el olor a libro cerrado. Pero también hay feroces escondites: risas escondidas en un pliegue, una música que aparece al azar y me devuelve un instante que pensé perdido. No pretende destruirme: apenas ordena mis pensamientos en fila, les pide que se miren la cara y, si quieren, que se abracen.

Cuando aparece la mañana ―y a veces no aparece― la noche que llevo dentro no se va del todo; se queda como un huésped prudente que guarda mi abrigo y me deja salir con la promesa de volver. Y yo camino con ella, enseñándole las aceras, mostrándole la luz que conozco, aprendiendo a nombrarla sin pedir permiso para dormir.

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ANSIEDAD

Estoy asfixiado por la ansiedad y mi viejo deseo de ti se ahoga en el mar con una mano vacía y otra llena de perversa fortaleza. Quiero que no me perforen los nervios, esos buriles de hierro que habitan en mi alma desde tiempos inmemoriales y que me clavan los sentidos en una romería de cuerpos desnudos y camas yermas que de nuevo se ahoga en el mar. 

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OTRA VEZ

Quiero que me invites a un placer sin nombre, clandestino, de esos que no dejan huellas, pero abren mil puertas para que nuestros cuerpos pierdan el norte y suban, cegados, a una cima de goces invisibles. Y tú me repites que la delicia de esa gloria solo la conoceré contigo, que será un goce secreto, un pacto de piel y saliva. Mi fidelidad a la soledad es tan feroz, tan limpia, que no veo nunca el sol, que para mí siempre llueve. Y yo sigo aquí, empapado de espera. 

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LLOVIENDO

Hoy la oscuridad es absoluta, como si el mundo se cerrase sobre sí mismo y solo quedase el ruido de la lluvia interior. Llueve en los recuerdos, en las preguntas sin respuesta, en las palabras que no encuentran salida. Pero, aun así, algo permanece encendido, pequeño y terco, como una luz que no sabe apagarse. La esperanza no hace ruido: aprende a quedarse, a respirar hondo, a esperar su momento. Sé que el día existe incluso cuando no se ve, porque ya ha vuelto otras veces. Cada nube lleva dentro el cansancio de tanta agua y también la promesa del cielo abierto. No es debilidad esperar, es una forma de valentía silenciosa. Sigo avanzando a paso lento, sosteniendo el corazón con las dos manos. La lluvia no dura para siempre, por más convincente que parezca hoy. Y cuando menos lo espere, me dicen, la luz encontrará el camino y el día despejará. 

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LA TIERRA

La tierra es recuerdo, es cuerpo, es lugar del que se viene y al que siempre se vuelve, aunque sea solo con la cabeza. Se mofan de mí porque hablo de las aldeas del pasado, de las aldeas que ya no existen, de las que quedaron a medio camino entre la memoria y el abandono. Hablo con cariño, pero también con dolor, porque querer algo no implica cegarse. Y yo estoy ciego. 

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LOS SILENCIOS

Me duelen los silencios que no sé romper y me duele el alma, cansada de querer a medias. Camino por su interior con cuidado, como quien pisa un suelo frágil para no volver a caer. No es que falte amor, es que sobra desgaste y ya no queda fuerza para fingir. A veces, sentir pesa más que callar, y el «no» se vuelve un acto de honestidad. Descansar también es una forma de seguir vivo por dentro. Hoy me quedo aquí, en calma, cuidando lo poco que aún siento. 

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MI VOZ EN SILENCIO

No quiero ser un grito ni un canto. Quiero ser sombra tranquila, presencia que permanece cuando todos se han ido. Escribo sin retorno, como quien guarda una carta que nunca será enviada. Por la noche camino por mi casa como por un libro cerrado, y cada habitación es un recuerdo que respira. El silencio no está vacío, está lleno de nombres, de pasos que ya no vuelven, de palabras que no llegaron a decirse. Mi voz en silencio es solo esto: convertir la ausencia en algo que permanezca. 

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ADONIS

Se adora tanto que confunde el amor propio con la incapacidad de amar a otras mujeres que le ofrecen una belleza física inalcanzable para la mayoría. Habita en un jardín cerrado, lleno de flores que nadie puede tocar. Una mujer, que yace a su lado, quiere excitarlo sin dejarse acariciar, pero no se protege lo suficiente y florece en su sexo un diamante tan brillante que solo verlo le produce un orgasmo a Adonis. Nadie lo puede ver. Sólo él. Las manos masculinas quieren cogerlo, pero en un instante el jardín se troca en un museo de cuerpos femeninos intocables. Y él, su único espectador, se cansa de mirar siempre lo mismo sin poder experimentar un orgasmo semejante al primero.

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Y DALE

Circunloquio de la necedad. Me dices que soy una auténtica mentira. Que he reconstruido un pasado sobre unos cimientos inexistentes. Me dices que yo no tengo ninguna credibilidad, que soy un despojo de un residuo de hemética pasividad. ¿Recuerdas cuando te pedía un compromiso, un simple compromiso? Y tú lo convertiste, influido por esa «magna familia» que presidía todos tus actos, en una exigencia de altar y alianza. ¿Cuántas veces te dije, sincera como el cristalino, que eso era una patraña? ¿Cuántas veces te escribí ríos de tinta argumentando que toda relación debía avanzar para no pudrirse como un charco de aguas estancadas? Y tú, dale que dale, que no te querías comprometer lo más mínimo, que tu libertad era intocable. ¿Recuerdas tus últimas palabras? Las relaciones precipitadas mueren sin remisión. ¿Quién dijo eso?, te espeté. Y tú guardaste silencio. No. Perdón. Repetiste lo de siempre. Y dale, te dije. 

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LA PRIMERA NOCHE

Aún recuerdo el dolor que sentí la primera noche sin ti. El vacío existencial y emotivo que ardió en mi interior ha dejado en mis labios secuelas de las que me ha sido imposible reponerme. Fue a traición. ¿Y hablas tú de traición? Una tarde en la que no había nubarrones entre los dos. Una tarde en la que el sosiego presidía mis actos. Una tarde en la que experimenté por primera vez lo que era decirte llanamente la verdad. Una tarde en la que no había influencias perversas y nocivas en mi entorno. Una tarde en la que no había palabras de terceros. Una… Y llegó la noche. Y yo vulnerable. Enquistado en tu recuerdo. Con sangre en lugar de lágrimas. Y un rosario de reproches en mi conciencia. Y un cilicio de verdades en la memoria. Y, por tu parte, eres un mentiroso. 

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EL SEXO

El sexo, cuando arde despacio y se deja crecer, no es solo un encuentro: es una tensión que se estira entre dos cuerpos que ya se han elegido antes de tocarse. Hay algo eléctrico en esa cercanía, en la forma en que la piel anticipa lo que vendrá, en cómo una mirada puede recorrer más que unas manos. Y cuando por fin sucede, no estalla, sino que se desliza, se enrosca, se construye como un fuego que sabe durar.

Acercarse a la mujer en ese territorio es entrar en un ritmo que no se domina, que se sigue. Es aprender a leer sus pausas, la forma en que su cuerpo responde, cómo se abre y se repliega como una respiración viva. No hay prisa, porque el placer se espesa cuando se alarga, cuando se roza lo suficiente para que cada instante pese más. Y en ese juego, uno deja de ser uno mismo para convertirse en parte de un pulso compartido.

Todo tiene música ahí dentro: el movimiento, la tensión, la forma en que el deseo sube y baja como una marea cálida. El sexo no es solo placer, es una especie de vértigo suave que conecta con algo antiguo, algo que empuja desde dentro con insistencia. Y cuando termina —si es que realmente termina— queda esa sensación suspendida, como si el tiempo hubiera respirado más hondo, como si por un instante la vida hubiera marcado su ritmo con el cuerpo. 

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EL DÍA QUE OLVIDE TU NOMBRE

El día que olvide tu nombre me tendré que empezar a preocupar. Habita en mí desde mi adolescencia. Se fundió con mi piel en una unión que parecía, por entonces, imperecedera, pero mi inmadurez y mi pusilanimidad la redujeron a cenizas. Yo me empeño en hablar de adolescencia, pero que un «significativo» profesor de Filosofía habló muy claro aquel día en el que, nefasta coincidencia, tú me dijiste que lo nuestro era todo pasado y que no tenía, por mi culpa, nada de futuro. Los jóvenes de hoy en día vivís en una continua tardoinfancia. ¡Cuánta razón en esta pequeña frase! Podré olvidar mi lugar de trabajo, mi libro favorito, las canciones de Enrique Urquijo, el pulso de mi sombría vida, hablar de pacatos sentimientos, explicar determinado tema en un aula, el sangrado anímico de todas las noches y esa trasnochadora y diaria embriaguez con una foto que guardo como oro en paño. Podré… pero el día que olvide tu nombre dejaré de tener una razón para vivir. 

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HE TENIDO UN MAL SUEÑO

He tenido un mal sueño. Rompía todas tus fotos, todas tus cartas, todas tus canciones, todos tus recuerdos. Y me despertaba vacío de memoria, como un pobre anciano, tras decenas de años vividos en ausencia de ti, con las manos llenas de lágrimas. Era incapaz de incorporarme en la cama. Tu ausencia pesaba como un cuerpo muerto. Pero lo intenté de nuevo. Por ti lucho hasta la extenuación, gritaba en mi soledad desesperada. En mis sueños, tu rostro mostraba una sonrisa amarilla, de tiempos remotos, aquellos tiempos en los que tú y yo fuimos felices. Te equivocas, José María, te equivocas. Nunca fuimos felices. Nunca estuviste a mi lado. Vivimos una hermosa historia, pero desde el minuto uno sabía que lo nuestro era imposible. ¿Y me lo dices ahora? Nunca quisiste afrontar la verdad. Esa ha sido tu vida: una huida constante. Y sigues huyendo. ¡Cómo me conoces! Y no te veo desde hace… 

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DESDE QUE NO HABLAMOS

se han tornado en bisiestos todos los años.

Desde que no hablamos se han entumecido mis sentimientos como si hubiera ejecutado una pirueta emocional alardeando de una seguridad que no habita en mí desde que me dejaste.

Desde que no hablamos los subterfugios de la inmisericordia me escupen culpas y responsabilidades que, por mi carácter pusilánime, ya no sé cómo asumir.

Desde que no hablamos un ángel caído nocturno me invita a una ceremonia de placeres solitarios que hieren como alimañas, y que me enredan en un egoísmo onírico que coloca mi alborozo en una añoranza tan punzante que me impide actuar con generosidad.

Entonces, en mi circunstancia ególatra, volátil y nada elegante, tú sonríes, arropas mi mano y me cubres de besos inexistentes. Y me duermo acunado por una lacerante ingratitud. 

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MIL DERROTAS Y UN TRIUNFO

Con la voz vencida por mil pretéritas leyendas con moldes de derrota y el aliento quebrado por esta enésima ilusión, he alzado la vista ante ti, y la unción con tu estrella ha esculpido en mi nueva primavera un sinfín de ilusiones, un sinfín de nuevas letras, que espero algún día los dos fundamos en una faz sin tinieblas y con los cuerpos desnudos. 

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LA INSPIRACIÓN

Nuestro escritor se despertó en una realidad metaliteraria. Estaba enmarañado en una red de ficción y verdad. Palpó el lado derecho de su cama y notó que estaba caliente y que conservaba la forma de un cuerpo humano. Acercó su nariz y percibió un aroma a cuerpo femenino que le embaucó por unos segundos en un alumbramiento casi salvaje. Le volvió su inherente concepto de la culpa, pero su frágil voluntad hizo que se enredara en un bucle de recuerdos y soledades. Se levantó estimulado por un hechicero olor a café. ¿Quién lo ha preparado?, se preguntó entre la sorpresa y el temor. Lleno de curiosidad se acercó a la cocina y allí vio dos tazas: una sucia por un uso reciente y otra limpia y preparada para él. Imaginó que todo había sido obra de la mujer que lo visitó ayer. Con lo cual tengo razón y esa mujer existe, dedujo abducido por el aroma del café. Se sirvió tres cuartas partes de la taza y dos dedos de leche. Un primero sorbo prolongado le supo a gloria, cerró los ojos y experimentó placenteramente el despertar de sus neuronas. Tuvo la tentación de encender un cigarro. No puedo caer en el vicio que tanto me costó dejar. Aquí sí obtuvo un rotundo éxito. Está concienzudamente convencido de que sigue siendo un fumador que no consume tabaco. Se tomó el pulso. Lo tenía extrañamente acelerado. Mil proyectos en la mente y un documento en blanco. Tornó a su estudio y se sentó frente al ordenador, su potro de tortura. Una mirada a la pantalla y otra historia más evaporada. ¿Cuándo se acabará esta deshidratación creativa enquistada? De nuevo el acechante ordenador se abre ante él. ¿Qué hacer?, pensó. Volver al camino, aunque sangren las yemas de los dedos. Y se puso en disposición de darle vida al deshabitado documento en blanco. Alguien, en una ensoñación real, le susurró una palabra al oído y no supo seguir. 

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UNA BARRIGA CERVECERA

Defensa de la barriga cervecera atacando a los que teniéndola se burlan de mí.

Decís muchas cosas de mi barriga, con esa facilidad que da hablar de lo ajeno cuando el juicio va justo de equipaje. Os recreáis señalando, ampliando el defecto como si fuera una hazaña, y sin embargo pasáis de largo ante lo evidente: lo vuestro también está ahí, bien alimentado, cuidadosamente disimulado bajo capas de excusas y posturas estudiadas. Tenéis el espejo delante, pero preferís usarlo como decoración. Cada cual se vende como delgado por convicción, mientras esconde su pequeño tonel con una dignidad bastante frágil.

La diferencia es sencilla y, a estas alturas, casi elegante: la mía no se esconde. Se presenta sin rodeos, sin esa hipocresía tan trabajada que os gusta cultivar. Es redonda, sí, pero también honesta; fruto de momentos disfrutados y no de negaciones impostadas. En cambio, la vuestra vive en ese terreno incómodo entre la envidia y la negación: ni se permite el placer ni tiene el valor de admitirlo. Una especie de virtud fantasma que se desvanece en cuanto aparece una copa y deja al descubierto todo el teatro.

Así que quizá convendría bajar un poco el tono. Porque al final, expuesta al sol y sin disfraces, mi barriga tiene algo que la vuestra no alcanza: coherencia. Y, sobre todo, una tranquilidad que no depende de fingir hambre para parecer mejor. 

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OTRA BARRIGA CERVECERA

En defensa de la barriga cervecera con un ataque a los que se burlan de mí.

Tengo barriga, sí, y no es ningún accidente ni descuido vergonzoso. Está ahí porque ha sido cultivada con constancia, con devoción casi artística, a base de brindar, repetir y celebrar. Nada de esa pereza que tanto os gusta imaginar ni de excesos grotescos; lo mío tiene más que ver con una fidelidad alegre a la espuma y al momento compartido. Mientras otros se empeñan en comprimirse en moldes estrechos, tensando el vientre como si la vida fuera una competición de sequedad, yo llevo esta curva con cierta dignidad, como quien acepta que la cebada también deja huella… y qué huella.

Porque no, no es una simple panza. Es más bien una especie de archivo viviente, un escudo dorado donde han quedado registradas las pequeñas victorias de cada ronda, cada charla larga, cada risa que se alargó más de la cuenta. Y ahí sigue, resistiendo al tiempo con una serenidad que ya quisieran muchos. Así que adelante, criticad si queréis, vosotros, los enjutos, los disciplinados hasta el bostezo. Contad vuestra historia de privaciones. Yo, mientras tanto, me permito el lujo de reír sin prisa, con amplitud… y de seguir brindando por esta gloriosa redondez.

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MI POESÍA Y OLALLA

En 1995, cuando publiqué el libro de poemas De donde nace mi voz, de tono muy personal, era un no tan joven aprendiz de poeta. Tan desconocido como en la actualidad. El poeta José Félix Olalla tuvo la generosidad de escribir el prólogo de mi libro. Yo era entonces otra persona, o quizá la misma con muchos menos años, menos lecturas y menos conciencia del tiempo, pero igual de tímido y reservado. Él ya era por entonces un poeta con voz propia y con un camino recorrido. Autor de varios poemarios como Ciudad pasajera, que fue reconocido por su calidad nada más ser publicado en 1981.  Luego vinieron, entre otros, Los pies del mensajero, Después de nosotros o, el último creo, Más amor si más hubiera. Aun así, aceptó acompañar aquellos poemas míos con sus palabras, como quien se detiene un momento a iluminar el comienzo del camino de otro.

Con los años he comprendido mejor lo que significa ese gesto. Un prólogo no es solo un texto que abre un libro: es también una forma de confianza, una manera de prestar la propia voz para que otro empiece a encontrar la suya en la intemperie de la página.

Ahora, mientras reviso, ordeno y rehago muchos años de mi propia poesía, vuelvo también a aquellas palabras suyas. Y desde esta distancia, que ya no es solo de tiempo sino también de vida y de escritura, todo adquiere un significado más hondo. Hay gestos cuya verdadera dimensión solo aparece cuando los años han pasado y uno mira hacia atrás con otra luz.

Quiero dejar aquí ese prólogo como quien abre una puerta antigua, con respeto, con memoria y con una gratitud que el tiempo no ha hecho sino agrandar.

ANTES DE CRUZAR EL PÓRTICO (JOSÉ FÉLIX OLALLA)

Si tomáramos la vieja comparación de la vida humana con el curso de los ríos, el mero título de este libro haría referencia a las fuentes, a la roca madre a partir de la cual brota el manantial y por eso, igual que ocurre en los hontanares, los poemas aquí se acortan y los versos adelgazan bruscamente en la agilidad de las torrenteras. Lo que se quiere decir se dirá en adelante sólo con pinceladas, con los trazos esenciales que no se vierten en otros cauces más anchos, propios de un estado anímico diferente.

De donde nace mi voz es el segundo eslabón en la cadena literaria de José María Máiz Togores, maestro y licenciado en Filología Hispánica, que tiene el privilegio de poder trabajar en una tarea vinculada directamente a su pasión por las letras. Hace un año apareció en Madrid su primer libro Ya no es duda en un registro diverso de1 actual como si pretendiera antes que nada liberar las urgencias de un corazón abatido y como si ahora se retomase tranquilamente los pasos por el principio.

Así, antes de empezar hay que atravesar un pórtico, una poética que Máiz escribe como aviso para caminantes, innecesario quizá para los más atentos, pero esclarecedor para los que no leyeron su obra anterior.

Con leves y significativas diferencias, el asunto de este pórtico se repetirá en el poema La historia de mi vida y mediante una superposición comprenderemos que el anhelo por un texto perfecto (vida literaria) es equivalente al anhelo por una mirada (vida real) y que la necesidad de escribir lo es al llanto o tal vez a la devoción, pues la naturaleza del artista participa seguramente de los dos materiales. Del valor simbólico de la mirada, como pequeño vestigio de «eros» volverá a hablarse en el poema Pasado y presente y de los otros atributos por los que también se da a conocer el amor (la voz, el nombre, la piel) se dará cuenta en otros lugares.

Ahí, en la página de arranque, están las que Máiz denomina sus tres ideas básicas: la existencia, el amor y la soledad, que, en el retiro de su habitación, a través de la tarea del orfebre, irán encontrando su síntesis. Pero como ya ocurría en su libro anterior, será la noche el asunto recurrente. La noche porque quizá en ella, liberado ya del trabajo y de las tareas que diariamente le reclaman, José María encuentra la soledad para reflexionar, el amor para soñar y la existencia para poder ser. Si los sentidos permanecen abiertos y se sobreponen al cansancio, Máiz sabe que es en la noche por dentro donde podrá buscar la plenitud de sus tres dimensiones.

Por consiguiente, nos encontramos con una colección de poemas cortos que a veces se aproximan al haiku constituidos acaso por una sola frase ―véanse los poemas Invitación o Si la rosa― o por dos oraciones brillantes, contrapuestas, con la rima apuntada, como sucede en los poemas titulados Incienso o Declaración. Todos ellos están escritos con un mismo tono emocional que da unidad al libro y que sin duda es testimonio de un período concreto, con perfiles notablemente marcados, en la evolución de Máiz Togores.

Educadamente, yo diría que tímidamente, restalla a veces un tono delicado de queja, como un corto lamento, un poco a la manera de la malograda poetisa italiana Antonia Pozzi: Estoy en desventaja con el mundo ―dirá Máiz― y en otro lugar, cuando el amanecer no haya resuelto la carga pesada del insomnio, se escribirá en voz alta: Todo es confuso. Sin embargo, también se afirmará en tono de proclama quiero ser feliz en este lado de la tierra, pero su optimismo será circunstancial.

Porque en este libro no se quiere ocultar al yo personal, sino transparentarlo, medirme cara a cara con la pluma que escribe mi historia, en un combate sin refugios, aunque estos sean legítimos y hasta convenientes en la creación literaria. Fue Gerardo Diego quien explicó que la función social del poeta consistía precisamente en interpretar para los demás el ser profundo, el núcleo medular de la existencia. Fueron muchos los que hablaron entonces de la generosidad y hasta de la desnudez del artista y otros los que acentuaron la necesidad de escribir para atenuar el curso del tiempo.

Aunque Máiz ha pretendido siempre elaborar una poesía pura, ajena a modos literarios y desprovista de referencias culturales, en este libro se incluyen ―lo que es novedad― dos poemas de asunto mitológico dedicados a dos conspicuas ninfas perseguidas por Apolo; Dafne, metamorfoseada en Laurel, y Castalia, ahogada en la fuente a la que dio nombre. Ninguno de estos dos poemas escapará no obstante de la referencia personal. Y en el caso del segundo no lo será por la búsqueda de inspiración (a la fuente del Parnaso iban los poetas a beber) sino más bien por la pulsión primitiva del hijo de Zeus.

En fin, terminada esta frugal refección, atadas las sandalias y prieto el bordón del peregrino, dispongámonos a atravesar ya el pórtico de donde nace la voz clara de este poeta compostelano. (José Félix Olalla) 

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VERSOS SILENTES

Hay versos que viven en la penumbra de mi garganta, como huéspedes tímidos que rehúyen la luz. No son cobardes, no. Son versos que aprendieron a respirar en silencio, que se tejieron con hilos de pudor y de miedo, con la tinta invisible de lo que nunca se atrevió a ser confesado.

Los escribí en márgenes de agendas olvidadas, en servilletas arrugadas, en el vaho de los espejos. Algunos hablaban de ti, otros de mí, y los más valientes hablaban de nosotros, de lo que fuimos sin ser. Pero nunca los pronuncié. Porque decirlos era invocar un temblor, una grieta, una verdad que no sabía si quería escuchar.

A veces los siento agitarse, como pájaros encerrados en el pecho. Me piden vuelo, me piden voz. Y yo los miro, los acaricio con el pensamiento, les prometo que algún día… algún día serán aire.

Pero hoy siguen siendo eso: versos que nunca dije en voz alta. Y sin embargo, me habitan. 

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EL MAR

Se amaban como niños: sin miedo, sin lógica, sin futuro. Solo presente, como un castillo de arena antes de la marea. Reían sin pensar en el mañana, se abrazaban sin calcular distancias. Pero el mar llegó, como siempre llega. Y el castillo se deshizo, dejando solo huellas en la orilla y dos cuerpos mutilados.

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EL CUARTO VIRGEN

Escribo estas palabras como quien deja una luz encendida en un cuarto donde nadie ha entrado todavía, pero que yo sé que tú algún día llegarás. No sé si reconocerás la voz que te habla, ni sé si te resultará familiar este tono con mezcla de recuerdo y deseo, pero algo en mí insiste en que mis cartas no necesitan remitente para encontrar su destino. Hay nombres que abren puertas, y el tuyo siempre me ha sonado a llave antigua que entra en cerraduras que no recordaba tener. Hay días en los que pienso que el mundo se mueve demasiado rápido, y que sólo la escritura conserva la capacidad de detener el tiempo. Por eso te escribo: porque tú, sin saberlo, te has convertido en una especie de refugio, un lugar donde reposar el pensamiento cuando el ruido de fuera daña más de lo que debería. Quizá porque tu nombre lleva dentro esa resonancia antigua, esa raíz nórdica que habla de cosas sagradas, de fuerza silenciosa, de algo que permanece cuando todo lo demás pasa. Y hoy quiero dedicarte también un poema, no para que lo interpretes, no, sino para que lo lleves contigo, como quien lleva una piedra caliente en el bolsillo durante todo el invierno. 

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CARBALLEIRA

Pienso en voz alta mientras avanzo por un camino de esta carballeira que echaba de menos. A veces lo que surge es prosa que busca un ritmo más que una conclusión; otras, preguntas que permanecen abiertas como claros en el bosque. No quiero enseñar nada, ni convencer a nadie. Quiero compartir este proceso mínimo: el gesto humilde de nombrar para que no desaparezca, de escribir para que lo vivido no se diluya sin dejar rastro. Y cuando llego al final del sendero —o quizá a su comienzo— siento que algo ha sido dicho, aunque no sepa exactamente qué. Me acompaña el olor de la tierra mojada, el crujir de las hojas bajo los pies, esa calma que no resuelve nada y, sin embargo, lo sostiene todo. Sé que mañana el tiempo volverá a apremiarme, que el ruido regresará con su insistencia habitual, pero también sé que esta carballeira permanece aquí, aguardándome. 

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SUGERENCIA NOCTURNA

Rompe de una vez con tu pasado, deja que caiga como polvo viejo entre tus manos abiertas. Olvídate de esa mujer que habita tu mente como un eco que no le pertenece. Camina ligero, sin cadenas invisibles, con el alma despejada de su sombra. Disfruta el instante como si fuera un fuego breve y necesario que te renace. Vive, y permite que tus deseos más íntimos respiren libres, sin miedo ni culpa. 

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POÉTICA

Escribir poemas en prosa y la conversión a esta forma de toda mi obra literaria no es solo una elección técnica. Es una forma de hablar sin corsé, de dejar que la emoción marque el ritmo, y no el verso. Es escribir como quien cuenta una historia junto al fuego: con pausa, con verdad. Porque hay versos que no saben a poema, y hay sentimientos que piden un camino amplio, como los que cruzan la sierra sin mirar atrás.

La prosa poética es ese camino. Para quien ve poesía en un vistazo, en un recuerdo, en una canción que se pierde entre las piedras. Para quien sabe que la belleza siempre toca.

Aquí, en este Poetario, y con el recuerdo de Galicia, aprendo a contarlo todo con la sal y con la brétema de la vida. En mi poesía río, lloro, suplico, admiro, bailo, envidio, añoro, canto… incluso cuando llueve en mi corazón. Escribir así es también eso: una forma de galleguidad desde Madrid, de hacer de la palabra un refugio, de expandir el verso en la prosa, de digerir todo tipo de emoción hasta que se vuelve ritual. La piel que habla de mí no necesita sílabas para emocionar. Solo necesita verdad. Y tiempo para que tú la leas solo o en compañía. 

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LA POESÍA COMO UN BISTURÍ

Soy hijo de un cirujano. Desde niño aprendí a mirar las manos de mi padre, firmes y delicadas, capaces de abrir la carne con precisión y, al mismo tiempo, de cerrarla con ternura. Ese gesto, esa disciplina del bisturí, se convirtió en una enseñanza que me acompaña hasta hoy. Yo no opero cuerpos, pero opero palabras. En el aula, cuando enseño, y en mi escritura, cuando me desnudo, el bisturí se transforma en metáfora: cortar, abrir, explorar lo oculto, y luego suturar con la delicadeza de quien sabe que cada herida necesita tiempo para cicatrizar.

La poesía es mi cirugía íntima. Cada palabra abre una capa de mi alma, cada verso es incisión, cada frase una sutura que intenta recomponer lo que se ha roto dentro de mí. Escribir es mi manera de resistir, de recuperar un fragmento de silencio entre el ruido, de darle voz a lo que quedaría sepultado bajo el peso de la ciudad y de la vida.

Soy un hombre triste y melancólico, habitado por la sombra de la morriña y el peso de los fracasos. Pero también soy hijo de una disciplina que me enseñó que incluso la herida puede ser camino de conocimiento. La poesía me permite transformar la tristeza en palabra, la melancolía en música, el fracaso en cicatriz que brilla.

Madrid me resulta dura, como si cada calle me devorase poco a poco. La ciudad me engulle con su ruido, con su velocidad, con su indiferencia, y yo me siento perdido entre multitudes que no me ven. Escribir se convierte en mi refugio, en mi manera de recuperar un espacio íntimo donde la palabra se gesta lentamente, como una herida que busca cicatrizar.

Galicia es el hilo invisible que atraviesa cada línea. En su tierra y en su mar moran mis recuerdos y mi voz. Allí aprendí que la morriña no es solo dolor, sino también raíz, memoria, pertenencia. La poesía me une a esa tierra, me devuelve a sus aguas, me recuerda que incluso lejos sigo habitado por ella.

La poesía es confesión y bálsamo. Es bisturí y cicatriz. Es el espacio íntimo donde la palabra se convierte en sostén, en columna invisible que me impide caer. Es mi manera de abrirme, de dejar que otros entren en mi herida y reconozcan en ella su propia historia.

Quien se acerque a mi poesía encontrará fragmentos de vida, retazos de dolor y de esperanza, confesiones que quizá también le resulten propias. Porque escribir es compartir la intimidad, la morriña, los fracasos y las pequeñas luces que nos sostienen en medio de la oscuridad.

La poesía, para mí, es eso: un bisturí que corta y revela, una sutura que recompone, una cicatriz que brilla en la memoria. Es mi manera de decir que sigo vivo, que sigo buscando, que sigo aprendiendo a transformar la herida en palabra y la palabra en luz. 

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LA MANO IZQUIERDA

Escribo con la mano izquierda porque es la que piensa diferente. No me enseñaron a usarla al principio: fue ella quien se impuso cuando era un chaval, como un río que no quiere seguir el cauce marcado. La izquierda no es solo mano: es memoria, es resistencia, es una forma de tocar el mundo al revés. Mientras otros escriben hacia fuera, yo escribo hacia dentro, dibujando letras que nacen del lado olvidado del cuerpo. Cada trazo es una pequeña rebelión, cada palabra una forma de decir: «Aquí estoy, y no sigo el camino del reloj». Porque la mano izquierda no obedece: crea. Y en su pulso va mi verdad. 

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GALICIA

Verde hierba. Mar total. Tierra mojada. Piedra milenaria. Saudade ancestral. Brumas intactas. Irrepetibles camelias. Sombras desnudas. Milagroso paisaje. Celestial marisco. Perfecta lluvia. Sagrada calma. Inmortal corredoira. Infinita belleza. Bendita niebla. Incomparable costa. Gloriosa gastronomía. Irrepetible hospitalidad. Radiante soledad. Fecunda ausencia. Melancólico sueño.

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LO QUE VENGA

Ahora que el reloj ha dejado de marcarme las horas ajenas, se abre ante mí un tiempo sin dueño, un territorio blando donde la morriña es bruma y también semilla. No quiero hablar de lo que termina, sino de lo que brota: una vida que respire a mi compás, donde las palabras sean casa y refugio, y escribir no sea tarea sino necesidad, como quien enciende la lumbre en las tardes húmedas. Que el futuro no me sea ingrato, que me trate con la delicadeza con que se sostiene una taza de porcelana heredada, y que la salud me acompañe como un río manso que no hace ruido, pero da vida. Que no haya envidias que envenenen el aire ni sombras que me roben la luz, y que la soledad emocional no me carcoma por dentro como la polilla en la madera antigua. Quiero sentir que cada amanecer es una página en blanco que me pertenece, que puedo llenarla con el latido sincero de lo que fui y de lo que todavía deseo ser. Si la morriña llega, que llegue dulce, como un recuerdo que aprieta, pero no ahoga; y que en el silencio encuentre no un vacío, sino un espacio fértil donde seguir creciendo, escribiendo, viviendo a mi manera, sin miedo y con esperanza. 

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TU PIEL

Tu piel fue la primera geografía que aprendí a leer sin mapas. No tenía fronteras, solo ondulaciones suaves, como el despertar de mi niñez al amanecer. Era piel de niebla y de fuego, piel que guardaba la sal de las lágrimas que nunca lloré, piel que sabía a hierba mojada y a pan de maíz recién cocido.

Cuando te acercabas, el tiempo te hacía reverencias. Las horas dejaban de contar, y los días se convertían en canciones sin letra. Tu piel me hablaba sin palabras, con una tilde que solo entendían quienes sueñan con las manos.

Era piel de fiesta y de luto, de romería y de invierno. Piel que sabía esperar sin pedir nada.

Ahora que eres recuerdo y viento, sigo buscando el aroma de tu piel en las páginas de los libros viejos, en las piedras calientes del mediodía, en las voces que se cruzan en la memoria. Y a veces, cuando el sol se reclina sobre el mar, creo sentirla otra vez: esa piel que fue casa, que fue refugio, que fue poema antes de que yo supiera escribir. 

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GASTADOR DE SUEÑOS

Infinitas palabras al viento, mil y un dibujos que alivian generosos como un avezado faquir mi vital desasosiego. Infinitas palabras al viento, que tornan vestidas de azules augurios y forjan férreos eslabones en la fragua de mis cimientos. Infinitas palabras, como mil y una mariposas que irradian incombustibles en mi pertinaz lucha cual tregua en pleno apogeo. Al fin y al cabo, tan solo eso, infinitas palabras al viento que nadie quiere compartir, que nadie quiere leer.

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ENTRE SOMBRAS Y SILENCIOS

A veces, en los momentos tranquilos del día, me sorprendo a mí mismo escondido detrás de una voz que no termina de salir. Siento un impulso interno que quiere hablar, asomarse, respirar… pero se detiene justo antes, como si le diera vergüenza mostrarse por completo. Me cubro con una especie de niebla suave que apaga mis gestos y mis palabras, mientras mi corazón late tranquilo, cuidándose, esperando su momento.

Las palabras vienen a mí, revolotean inquietas, pero no se animan a tomar vuelo. Mis ojos buscan refugio en el suelo, como si allí pudieran ocultarse del mundo. Y mis susurros, pequeños y frágiles, se quedan atrapados en mis dudas, navegando en ese mar interno que a veces me sobrepasa.

Aun así, dentro de ese silencio hay algo valioso. Un pequeño mundo íntimo, delicado y honesto, que florece en lo profundo. Allí guardo lo que soy, lo que todavía no muestro, lo que espera el instante justo para abrirse sin temor. Es un lugar donde mi aparente fragilidad se transforma en fuerza, donde mi sinceridad brilla sin necesidad de hacer ruido.

Entiendo que la timidez no es un muro: es una puerta. Y detrás de ella hay un corazón vibrante, que desea ser visto y abrazado tal como es. Aunque a veces me esconda entre sombras y silencios, sé que por dentro se está gestando un despertar. Llegará el día en que mis palabras dejen de temblar, en que mis ojos se levanten hacia el mundo, y en que mi voz fluya sin contenerse.

Porque en mí, detrás de esa bruma, vive una verdad que no se apaga: mi silencio también habla, y mi timidez no es más que el paso previo para mostrar un corazón que, cuando se atreve, ilumina sin esfuerzo. 

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SIN RESPUESTA

Me has acariciado como a un niño. Lo que en un principio consideré un cándido piropo, a los pocos minutos lo vi como un hiriente menosprecio. Estábamos en nuestro destartalado pub de la calle Hermosilla. Sí. Aquel. Sí. El del olor, según tú, a prurito de vulgaridad sucia y pordiosera. ¿Sabes? Eres letal con las comparaciones. Quise mi mejor versión para tu fragante y balsámica piel. Y tú que si un niño mimado. ¡Dios! Y yo, ológrafo de un extrañado y vencido hombre, muerto antes de reconocer cada poro de tu piel. Y tú que qué exudación de ordinariez. Y yo que si un susurro, que si una caricia, que si una invitación. Y tú, palabras sin compromiso. Y yo, que es nuestro recóndito espacio para nuestras confesiones. Y tú que si tus medias de cristal valen más que las consumiciones de este garito. Y yo, escuchimizado y raquítico a tu lado, le pedí al hombre del piano que tocara nuestra canción. Y tú, que ya no es mía…dijiste. 

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CARTA

Quizá algún día leas esto. No es una confesión. No es una declaración. Es solo mi manera de poner orden a lo que sentí por una mujer cuyo nombre no quiero escribir. No porque no lo merezca, sino porque el nombre la encierra, y yo solo quiero quedarme con el misterio. No sé si existió tal como la recuerdo. A veces pienso que fue una luz que me acompañó cuando todo estaba oscuro. Otras veces creo que sí la toqué, que sí estuvo, pero ya no recuerdo su piel. Sea real o inventada, lo que dejó en mí fue verdad: tristeza, alegría, soledad, un amor que nunca llegó a ser, una nostalgia que no sé de dónde viene. Todo eso junto. Todo eso revuelto. A veces me hunde. A veces me salva. 

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LA POESÍA

La poesía no se escribe, se escucha como se escucha el mar dentro de una caracola. Vive en libros viejos, en páginas dobladas, en la prosa olvidada que nadie vuelve a leer. Habita en los días iguales, en la lluvia sobre los cristales, en los caminos de tierra, en los recuerdos que vuelven solos. Mi poesía no grita, es una luz encendida en una casa vacía, una voz baja que habla con la memoria. Nace en Madrid, pero camina por Galicia, entre niebla, mar y piedra. Escribo para que el tiempo no borre del todo mi paso.

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TU NOMBRE

Hay personas que pasan por la vida como hojas llevadas por el viento; y otras, que sin hacer ruido, dejan raíces profundas en los lugares por los que pasan, aunque se detengan fugazmente. Tú perteneces a estas últimas. Hay algo en tu manera de estar ―esa mezcla de firmeza y delicadeza― que hace, cuando te recuerdo, que el mundo que me rodea se ordene un poco mejor. No necesitas levantar la voz para que te escuchen. No precisas explicar quién eres: se adivina. Tu fuerza no es de piedra, es de río: constante, paciente, inevitable. Y quien te conoce, aunque sea por medio de un nombre escrito en una carta, entiende que hay en ti una claridad que no se aprende, una especie de tranquila sabiduría que no presume, pero que acompaña. Si algún día estas palabras te llegan ―lo veo casi imposible porque no sé dónde estás― quiero que sepas esto: no han sido escritas para impresionarte, sino para honrarte. Porque hay nombres que merecen ser dichos con respeto, y el tuyo es uno de ellos.

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TUS OJOS

En tu nombre duerme la noche antigua, esa que conoce los secretos del fuego antes de que tuviera nombre. Llevas en los ojos la memoria de la tierra húmeda, esa que no olvida, ni perdona, ni miente. Cuando caminas, el aire hace un gesto de respeto, como si reconociese en ti una verdad que no se puede explicar porque yo la convertí en mentira. Y yo, que soy un simple eco en el corredor de las sombras, escucho tu paso como quien escucha una promesa que no se atreve a pedir. Si algún día lees estas palabras, que sea de noche, cuando el mundo calla y solo queda lo que es cierto. Porque tú eres una llama que no se apaga, una frontera que no se cruza, una pregunta que no duele. Y ahí, justo ahí, es donde nace lo inmortal. (Poetario) (1994-2026)

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LA NOCHE QUE LLEVO DENTRO

La noche que llevo dentro no llega con estrellas ni con luna: llega en silencio, con el peso frío de un abrigo que no encuentro. Es un cuarto sin ventanas donde mis pensamientos se vuelven faroles apagados; es la paciencia de un reloj que ha olvidado su tic, el rumor lento de la sangre que conoce atajos en la sombra.

Camina por mis venas como quien recita un poema en idioma ajeno: sabe de horarios, de despedidas, de nombres que ya no encajan en la boca. A veces se sienta en la orilla de mi lengua y me sopla las preguntas que nunca aprendí a responder; otras, se acuesta en mi pecho y me enseña a escuchar el latido como si fuese un mapa.

Hay en esa noche un país de pequeñas certezas: la lámpara que rehúso encender, la silla que siempre queda vacía, el olor a libro cerrado. Pero también hay feroces escondites: risas escondidas en un pliegue, una música que aparece al azar y me devuelve un instante que pensé perdido. No pretende destruirme: apenas ordena mis pensamientos en fila, les pide que se miren la cara y, si quieren, que se abracen.

Cuando aparece la mañana ―y a veces no aparece― la noche que llevo dentro no se va del todo; se queda como un huésped prudente que guarda mi abrigo y me deja salir con la promesa de volver. Y yo camino con ella, enseñándole las aceras, mostrándole la luz que conozco, aprendiendo a nombrarla sin pedir permiso para dormir. 

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CONTRA EL OLVIDO

Nos desnudamos como quien deja caer el último recuerdo del día. La noche cerró la puerta y nos quedamos dentro del silencio. Tu piel era una casa antigua y mis manos entraban despacio, como quien vuelve a un lugar que amó. Afuera llovía, o tal vez la lluvia éramos nosotros. Nos abrazamos para no desaparecer, para engañar al tiempo, para que la soledad tuviera, al menos, forma de cuerpo.

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¿QUIÉN SOY?

Mi nombre pesa como la madera mojada. Como un bosque que no se ve entero, pero se siente alrededor.

Soy firmeza callada, tradición sin exhibición, resistencia que no se rompe porque sabe doblarse. Mi apellido no pasa deprisa por la boca; se queda. Tiene algo de antiguo, de piedra húmeda, de hojas que se deshacen lentamente bajo la lluvia.

Nací varias veces.

La primera, en una casa donde el silencio no era distancia, sino una manera torpe de querer. Allí aprendí que el amor no siempre habla. A veces simplemente permanece.

La segunda vez nací cuando entendí que amar no era una emoción, sino una forma de mirar el mundo. Desde entonces, todo lo mido con ese temblor.

Aprendí a observar antes de hablar. A sentir antes de explicar. A guardar.

Tengo raíces hondas. No me muevo rápido. La noche me pertenece porque en ella nadie exige claridad inmediata. Necesito tiempo. Mis decisiones no son impulsos; son sedimentaciones.

Por fuera parezco contenido. Por dentro, ardo despacio. No sé amar a medias.

Me cuesta marcharme porque cada vínculo lo entiendo como si fuera tierra donde plantar algo. Cuando amo, planto un árbol. Y lo riego aunque el clima sea incierto. Y espero. Y confío.

El centro de lo que escribo —y también lo que callo— es una mujer concreta, real, imperfecta, viva. No la convierto en símbolo: la habito. El amor, para mí, no es idea; es casa. Es territorio elegido. Es destino asumido con una mezcla de gratitud y miedo.

Escribo para no perderla. Escribo desde ella.

Y a veces escribo contra el terror secreto de que un día lo que siento deje de ser verdad.

Lo que más temo no es el abandono. Es olvidarme de la intensidad con la que hoy amo. Mi mayor virtud no es la pasión. Es la fidelidad silenciosa. 

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LA QUIETUD QUE ME NOMBRA

Camino entre voces, pero me quedo en silencio. No es miedo, aunque a veces lo parece, es un peso de aire que se posa en mi pecho y me recuerda que observar también es una forma de estar. Mis manos quieren hablar, pero se esconden en mi abrigo. Mis palabras ensayan en la mente frases que tal vez nunca pronuncie, y sin embargo, dentro de mí suenan claras.

La timidez no es ausencia, es un jardín cerrado. Quien no conoce su puerta piensa que detrás no hay nada, pero yo he visto cómo florecen colores que nadie imagina, cómo se guardan en silencio historias enteras que esperan el instante preciso para brotar. Hay quienes caminan hacia el mundo como si no hubiera barreras. Yo avanzo lento, con pasos que miden distancias invisibles, y quizá no llegue antes, pero mi llegada siempre se siente íntegra. Aprendí que la timidez no es un muro. Es un velo que se aparta con paciencia. Y algún día, cuando la luz me toque con delicadeza, saldré al centro sin temblar, sin dejar de ser quien soy. 

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DESPEDIDA

Te levantaste callada, herida y desnuda, mientras yo consumía un gélido café que me llevó al paraíso de los orgasmos sin placer. Me miraste con ojos inmisericordes llenos de una caduca lujuria. Tu tiempo pasó, me dijiste con una mezcla de indignación y condescendencia. Y yo me lo creí con la generosidad de los pusilánimes derrotados. Me dejaste solo. Aún sigo así. 

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ESCRIBIR

Escribo porque ya no sé hacer otra cosa que aguantar mientras algo se deshace por dentro. Lo que aparece aquí no es valentía ni lucidez, es resto, es basura emocional sin filtrar ni pedir permiso. No me importa sonar patético, roto o excesivo, porque es mi estado actual. El corazón de lo que escribo no quiere ser leído ni comprendido, quiere ser expulsado de una vez. Si queda algo en pie después, será por error, no por fuerza de mi escritura.

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CAMINO

A veces camino sin saber por qué. Como si algo viejo, algo que no habla, pero insiste, me empujara a seguir. Estoy frente al mar. Siempre vuelvo aquí sin pensarlo. Me llama, me recoge, me borra. La sal se lleva mis huellas como si quisiera decirme que no soy tan importante, que todo pasa. Y en este ruido suave, en este olor que se queda en la piel, me nació una necesidad: escribir. No el poema, no las palabras exactas. Solo escribir. Porque hay cosas que no caben dentro para siempre. Y hay silencios que, si no los abro, me pesan más que el cuerpo. 

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SOMBRAS Y SILENCIOS

A veces, en los momentos tranquilos del día, me sorprendo a mí mismo escondido detrás de una voz que no termina de salir. Siento un impulso interno que quiere hablar, asomarse, respirar… pero se detiene justo antes, como si le diera vergüenza mostrarse por completo. Me cubro con una especie de niebla suave que apaga mis gestos y mis palabras, mientras mi corazón late tranquilo, cuidándose, esperando su momento.

Las palabras vienen a mí, revolotean inquietas, pero no se animan a volar. Mis ojos buscan refugio en el suelo, como si allí pudieran ocultarse del mundo. Y mis susurros, pequeños y frágiles, se quedan atrapados en mis dudas, navegando en ese mar interno que a veces me sobrepasa.

Aun así, dentro de ese silencio hay algo valioso. Un pequeño mundo íntimo, delicado y honesto, que florece en lo profundo. Allí guardo lo que soy, lo que todavía no muestro, lo que espera el instante justo para abrirse sin temor. Es un lugar donde mi aparente fragilidad se transforma en fuerza, donde mi sinceridad brilla sin necesidad de hacer ruido.

Entiendo que la timidez no es un muro: es una puerta. Y detrás de ella hay un corazón vibrante, que desea ser visto y abrazado tal como es. Aunque a veces me esconda entre sombras y silencios, sé que por dentro se está gestando un despertar. Llegará el día en que mis palabras dejen de temblar, en que mis ojos se levanten hacia el mundo, y en que mi voz fluya sin contenerse.

Porque en mí, detrás de esa bruma, vive una verdad que no se apaga: mi silencio también habla, y mi timidez no es más que el paso previo para mostrar un corazón que, cuando se atreve, ilumina sin esfuerzo.

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IDEALIZACIÓN

No te idealizo. La idealización es una forma de cobardía. Te prefiero real. Con sombras. Con contradicciones. Con lugares donde no me dejas entrar. Hay alguna sombra en ti —o en lo que imagino de ti— que me mantiene alerta. Intranquilo. Despierto. Te escribo porque escribir es una forma de acercarme sin tocarte. Y la distancia, cuando hay deseo, también es una forma de erotismo. No todo deseo quiere cuerpos. Algunos solo quieren durar. Quieren imaginar tu cuerpo desnudo sin tocarlo. Quieren dejarte sin ropa dentro de la mente. No busco que me respondas. Ni siquiera que me leas con cariño. Me basta con que existas en un pensamiento mío y que quizá yo exista en uno tuyo. Aunque sea un segundo. Aunque sea con el cuerpo. Si alguna vez sientes que alguien te mira desde las palabras, sin manos, sin ojos, con paciencia, Imagina que soy yo. Puede que sea yo escribiendo otra vez, sin saber si estás donde te imagino. Esta es mi manera de decir: no te debo nada, no me debes nada, pero cuando mi mente te desnuda en silencio, el mundo se vuelve un lugar mucho más lento. Y mucho más peligroso.

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ESPEJISMO O REALIDAD

Nadie me dijo que estabas ahí. De pronto, unas piernas enfundadas en unas vengativas medias cubrieron de heridas la tranquilidad de mi espera. Eras tú, claro. ¿Regalo del demonio o caricia de un ángel? Estuve dos minutos observándote y me parecieron dos siglos de largos caminos y crecientes heridas. ¿Espejismo o realidad? Por un momento soñé que volvías a mí con las manos bien abiertas y dispuesta a acunar mi soledad.

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REFLEXIÓN POÉTICA

A la lumbre del eco poético, mis versos encuentran su morada definitiva. No son palabras sueltas en el espacio, son incandescentes palabras que continúan ardiendo incluso cuando yo, poeta, he sucumbido al silencio. El fuego nunca es estático, él se mueve, se transforma, consume y alimenta; y así es la poesía que en mí crece. Cada verso no es un mero reflejo, es un nuevo nacimiento, una pulsación que sigue viva y que, distorsionada por el paso del tiempo, no pierde su esencia. El eco, como guardián de mis versos, me protege del fuego, permitiendo que sus llamas sólo iluminen otros caminos, quizá otros corazones, quizá nuevos sueños. Cuando termina, no hay silencio absoluto, solo la continuidad de la palabra que se entrega al viento y se deja llevar por el fuego y por el eco, fundiéndose con el universo y tornándose parte del infinito. La poesía es la lumbre de ese eco y jamás se apaga. Ella trasciende a la muerte en cualquier tiempo, resiste a la oscuridad y encuentra siempre una nueva forma de existir. 

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EXPLICACIÓN Y PRÓLOGO DE «YA NO ES DUDA»

En el año 1995, con fecha del 94, publiqué, en autoedición, un libro titulado Ya no es duda en una editorial que no cumplió dos acuerdos establecidos: una corrección de las galeras en condiciones y una distribución de los 300 ejemplares editados. Yo cumplí mi parte pagando una «no pacata» cantidad de pesetas. No hubo distribución por parte de la editorial y un buen día me encontré en mi casa, a la vuelta del trabajo, tres cajas con los 300 ejemplares. Quise distribuirlos yo, pero lo que hice fue una «cutredistribución» ―mi conocimiento de esta actividad era, y es, nulo― y logré vender 76 ejemplares. El resto, sí, el resto, los regalé a familiares, escritores, cantantes, concejales de cultura de una infinidad de ayuntamientos… Fue una «generosa inversión» la asumida por mí: sobres de gran calidad y sellos para los gastos de envío a casi todas las ciudades y pueblos de España. La cifra fue mareante. Especialmente me dolió muchísimo el mayoritario silencio que recibí.

Inciso: me recordó a Cruyff cuando, el 17 de febrero de 1974, nos calló «in situ» a todo el madridismo al meter el tercero gol, creo, en una de las más dolorosas derrotas del Madrid con el Barça.

Fue como una bofetada de realidad: a muy poca gente le interesa la poesía. ¿Tampoco a tu familia? Corramos un tupido velo. Aquí tengo que hacer mención a dos librerías que llevaron la medalla de oro y la de plata en agradecimiento a la labor publicitaria que ejercieron.

La librería Pérgamo, sita en la calle General Oraá 24, regentada por dos hermanas, especialmente la mayor, Lourdes. Esta mujer publicitó mi libro en el escaparate, lo aireó a voz en grito y lo vendió con una desaforada generosidad. Eternamente agradecido. Si algún día leyera esta entrada, querría que supiera que mi agradecimiento no conoce límites temporales.

En segundo lugar, la entrañable Rubiños 1860, sita en la calle Alcalá 98, donde el dueño me permitió tener en el escaparate quince días mi libro. Como es normal en esa zona, el «triángulo chupón» la devoró evaporando el ancestral y embaucador aroma de los libros que exudaba, por mucho que dijeran que mantendrían el espíritu de la librería en un lugar prominente del gigantesco edificio que poseen. No es el mismo. Sin estas dos librerías, ¿cuántos libros hubiera vendido? Ninguno. El libro Ya no es duda, incorporado ahora a Versos que no dije en voz alta (1995-2025), recopilación de todos mis poemas en prosa, fue prologado, es la parte más importante del libro, por el catedrático de la Complutense, y profesor mío, Eduardo Tejero, ya tristemente fallecido. Mi agradecimiento también es eterno.

A MODO DE PRÓLOGO.- «YA NO ES DUDA»

En José María, la dedicación poética es vocación sostenida, no pasatiempo efímero, y logos paliativo para la soledad de quien cree andar menesteroso de comunicación. Al margen del hedonismo al uso, ya que rinde de nuevo el malestar de la cultura, este joven inquiere, busca, golpea con la palabra y la imagen depurada para hallar caminos en la muda desesperanza. Como profesional de la literatura que ejerce y como poeta responsable, acumuló lecturas de clásicos siempre redivivos: Rubén, Aleixandre, Cernuda, Dámaso y otras muy respetables compañías. En ellos bebió el esencial poético, a saber, la interrogación retórica frente al mundo y la pregunta íntima, tan lacerante a veces, reservada a la vida cotidiana. Ítem más, el dominio de la forma, ya canalizada en la rima asonante o fluyendo rítmicamente en el verso libre. Así lo demuestra en tantos poemas de Ya no es duda y de varios inéditos que por generosa amistad llegué a conocer. Si los títulos son premonición y aviso de caminantes, puede verse una temática reiterada para quien se considera buscador de sombras y pasa la noche oscura del alma: Tiempo de silencio, La soledad amparada, El túnel del amor, Memorias nocturnas, Disfraz nocturno, Septiembre negro, Sondeos nocturnos, Peregrinación humana, Nocturno, otra vez. La poesía, que Juan Ramón deseaba para la inmensa minoría, es brisa y se catarsis en días de incertidumbre. Tengamos a los poetas temor reverencial, pues ellos escudriñan y alumbran el tenebroso laberinto que somos. José María, buen amigo, ojalá perseveres en tan firme y sincera escritura y recibas el asentimiento y la acogida cordial que en justicia mereces. Y allá va la despedida con el sablazo de tus versos más propicios y alentadores: Que nadie desdeñe mi contento, que nadie vulnere mi celosía.

Eduardo Tejero Robledo, Catedrático en la Universidad Complutense

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LA TIMIDEZ

La timidez que llevo no es una debilidad, es una forma delicada de sentir el mundo. Cada palabra pesa y cada gesto necesita valor. Hay noches en las que el silencio duele y mañanas en las que desearía desaparecer. Eso no me hace menos, solo me muestra cuánto cuido de mí y de los demás. Dentro de ese pudor hay una fuerza tranquila: la capacidad de observar con atención, de escuchar con ternura y de brillar en momentos pequeños, pero verdaderos. Quiero avanzar a mi ritmo, celebrar los pasos diminutos y recordar que, quienes me quieren, ven la belleza de mi sensibilidad, incluso cuando aún no la veo yo. 

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LA LECTURA

Abrir un libro es como abrir mi propio refugio. No necesito que nadie me entienda. Basta con que las páginas me hablen. Dicen que leer es perder el tiempo, pero yo sé que en cada palabra encuentro un latido, en cada historia una forma distinta de respirar. Los libros me regalan pensamientos que me sostienen, sueños que no se desgastan, silencios que me acompañan cuando el mundo se vuelve demasiado ruidoso.

En la calma de la tarde, la voz escrita se convierte en compañía. Es un río que nunca se agota, una música que me envuelve sin fin. Cada página es un sendero que me invita a caminar despacio, cada verso un horizonte que me abre los ojos. Leo sin prisa, guiado por la luz de la palabra, como quien sigue una estrella en la noche.

Cuando todo calla, el libro permanece abierto, paciente y fiel, aguardando por mí. Y entonces sé, con certeza, que el verdadero viaje no necesita mapas ni relojes: basta una página, basta un corazón dispuesto a escuchar lo que la tinta guarda.

Y a veces, mientras paso las páginas, siento que no estoy solo. Que alguien, en algún lugar, escribió estas palabras para mí, sin saberlo, y que en ese gesto invisible se esconde la más pura forma de compañía. Leer es, al fin, reconocerme en otros, y descubrir que mi vida también se escribe en silencio. 

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AQUEL SUDOR

Aún habita en mí. Aquel hotel. Aquel día tórrido de un Madrid ochentero con ínfulas de europeo acomplejado. Aquel silencio que navegaba entre nosotros con la fuerza de un desprecio que empezaba a nacer en ti. Lo noté en tu mirada cuando me dijiste con el candor de una ninfa acostumbrada a ser observada que ya no volveríamos a vernos. Puse mis labios con ansias vivo en una gota de sudor que recorría procaz la piel erizada de tus pechos y diste un respingo tal que tus ojos se clavaron en mi desnudez mientras yo te perdía perdón. Eres repugnante, sentenciaste llena de pronto de un pudor claretiano. Y me dejaste suspenso en aquella destartalada cama. Todavía conservo en mi almario el sabor de aquella sudorosa despedida. 

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TAL VEZ, ALGÚN DÍA ME LEES

Escribo sin saber para quien. Escribo como quien deja una luz encendida en un cuarto vacío, como quien cierra una carta y no pone remite en el sobre. Por ello, tal vez, estas letras nunca lleguen. Quizá estas palabras aprendan a envejecer solas, a dormir en un cajón, a respirar el polvo de los días que pasan sin remedio. Pero yo escribo igual. Porque mi escritura es una llamada sin respuesta asegurada, un gesto lanzado al tiempo, una voz que no quiere morir sin ser oída. Y si cuadra, algún día, cuando ya no te esté buscando, cuando tú no sepas si aún te sigo escribiendo, abrirás esta carpeta como quien encuentra un mensaje olvidado en un viejo bolsillo. Entonces, por un segundo, yo existiré de nuevo en tus ojos. Y será suficiente porque todo lo que escribo es sólo esto: la humilde esperanza de que alguien, en algún lugar, me lea. 

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HISTORIA DE UN AMOR IMPOSIBLE

Como una promesa que se deshace en el aire, entré en el bosque de los cuerpos sin nombre, donde los árboles latían como venas abiertas y los pájaros cantaban en idiomas que solo la piel entiende. La noche mojaba mis hombros con una lengua de niebla y sal, y cada estrella era un ojo que me desnudaba sin juicio, sin tiempo, sin moral. Caminaba por un río de espejos, donde cada reflejo era una versión distinta de mí: una mujer de fuego, un hombre hecho de arena, un animal que respira por entre los dedos. Las manos que me tocaban no tenían dueña, eran viento, eran deseo, eran recuerdos de otros cuerpos que nunca viví. Y yo me dejaba llevar, como quien se entrega a un sueño que sabe que es mentira, pero que sabe mejor que verdad. La piel, desnuda, era un altar donde se ofrecían los silencios, los latidos, los escalofríos que nacen entre la clavícula y el abismo. Una boca sin rostro murmuraba versos en mi oído izquierdo, mientras el derecho escuchaba al mar hacer el amor con las rocas. Y yo, desnudo, sin nombre, sin historia, era solo carne que piensa, pensamiento que arden, ardor que se expande como tinta en un lienzo húmedo. En el centro del mundo había un corazón hecho de fuego y miel, y allí, entre sus latidos, descubrí que el placer es también una forma de oración, que el cuerpo es templo, y que la piel, desnuda, es la única verdad que nunca miente. (Enviado a una revista literaria (Rechazada su publicación)

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ESTOY PERDIDO

Estoy perdido. Me dicen que siga escribiendo, pero mi anhelo bucea por un océano repleto de pirámides y de lechos mortuorios. En uno de ellos leo que ha desparecido mi literatura, que la ha devorado un gran tiburón blanco que está recubriendo el fondo marino con poemas firmados por mí, un tal José María Máiz Togores.

Estoy perdido. Despierto del sueño y no me encuentro. Sigo perdido. No en un bosque de palabras, ni en una ciudad extranjera, ni en una despoblada aldea gallega, sino en el pasillo sin paredes donde mis palabras se desvanecen antes de tocar el papel. Me dicen los maledicentes, que son mayoría, que ya no soy capaz de asentarlas en un poema.

Estoy perdido. Escribo como quien lanza piedras al agua esperando que alguna flote. Imposible. Son tan densas que el volumen de agua que desplazan por su interior no pesa lo suficiente para contrarrestar mi propio peso, y por eso se hunden, por eso me hunden.

Esto es lo que te ocurre a ti cuando escribes, sentencia una meiga a la que he acudido menesteroso y angustiado. Cada línea pesa más que tu propia vida y sucumbes con una sonrisa en los labios que se ha bebido toda el agua del planeta.

Estoy perdido. No hay mapa, ni brújula, ni voz que me indique por dónde se llega a mí, por dónde empezar a escribir.  A veces, en sueños, creo que lo hago para encontrarme. Otras, para no desaparecer del todo.

Pero hay días en que la tinta se vuelve niebla, y cada frase es un eco que no me reconoce. Entonces, lloro porque me ha traicionado mi espacio, porque ya nadie me puede localizar.

Estoy perdido. Me pregunto si la causa de mi fracaso literario está en el acto mismo de no escribir. Me produce un placer a veces incalificable el simple acto de sostener una pluma sin usarla, porque es una manera de estar presente y disfrutar de un momento sin una exigencia literaria.

Estoy perdido porque en el temblor de la mano, en el suspiro que se cuela entre dos versos, en el intento de nombrar lo innombrable encuentro un paisaje desértico en el que habito desde hace un tiempo.

Estoy perdido. Quizás escribir no sea llegar, sino quedarse. Quedarse en el borde de la vida, en el umbral, en ese lugar donde el sentido aún no ha nacido, pero ya respira.

Estoy perdido, sí. Pero en esta pérdida hay una música que no cesa. Una melodía que me empuja a seguir escribiendo, aunque no sepa para quién, aunque no sepa por qué, aunque no sepa si alguna vez podré enlazar dos frases seguidas porque no sé si este hilo es mío, porque no sé si a ti te interesa lo que escribo. Sí. Estoy perdido. 

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MI ANSIEDAD

Vivo estrangulado por la ansiedad, como si el aire se negara a entrar del todo. Dentro de mí, el deseo se contradice: una parte se marcha con las manos vacías, la otra se queda aferrada a una fuerza aprendida a base de resistencia. Solo pido que cesen los punzones, esos nervios afilados que desde hace siglos se alojan en mi alma y atraviesan mis sentidos sin pedir permiso. Me recorren como una procesión errante de cuerpos sin abrigo, de camas abandonadas, de espacios donde ya no existe la palabra hogar. 

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UNA CALLE DE MADRID

Camino por una calle que no existe en este Madrid mojado. Es mi forma de pensar en ella sin romperme. Cada paso trae una pregunta que no sé contestar. La tristeza siempre llega primero, como una sombra que se adelanta. Es la tristeza de lo que no fue, de lo que callé, de lo que ya no tendrá lugar. Pero luego, sin avisar, aparece una alegría pequeña: imaginar su sonrisa, recordar un gesto que quizá inventé, una mirada que tal vez nunca ocurrió. Y esa chispa mínima, esa luz que dura un instante, me basta para seguir caminando. 

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LA SAUDADE

La añoranza y la saudade son el hilo que cosen todos mis sentimientos. La saudade, esa palabra nuestra que no necesita traducción, es la que mejor explica lo que me pasa: la presencia de una ausencia, el calor de un recuerdo que no se apaga, la herida dulce de algo que no volverá, pero que tampoco quiero olvidar. La playa de A Lanzada, con su terminable horizonte, es el escenario perfecto para esta mezcla de emociones que me acompañan desde hace tanto tiempo. 

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AUSENCIA

Ausencia es ver como la oscura nieve golpea con blanca crueldad y saña, una vez finalizada, la ardiente caricia que extendiste por todo mi cuerpo. De esta manera verás cómo quedan nuestros cuerpos desnudos sobre un solitario lecho de ácido placer, y tu perfil, entre mil sombras acariciado, desaparece cubierto del sudor de nuestras almas. Entonces, mi cuerpo llora tu ausencia repleto de soledades.

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ANHELOS ÍNTIMOS

Tú no has visto nunca la luna llena, me dijiste una madrugada. Yo te contradije, y después de ver nuestros cuerpos desnudos a la luz de la guardiana de las estrellas, puse mi mano en tus senos, los acaricié con parsimonia, me acerqué a besarlos y tú sonreíste al ver erectos tus pezones. Me quedé con los labios congelados cuando me dijiste que no habría otra noche así, que ella no estaba de segundo plato. Y después de mirar con desprecio al disco de plata suspendido en el cielo te tumbaste encima de mí a merced de tus anhelos más íntimos.

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LA MAREA DE LA VIDA

Un recorrido por mi interior se confunde con el recorrido que hago en mi mente todos los veranos por la costa. Cada texto que escribo es una marea distinta, unas veces en calma, otras veces brava. No busco respuestas ni conclusiones. Solo quiero dejar constancia de lo que estoy sintiendo, de lo que voy aprendiendo, de lo que he ido perdiendo y de lo que espero ganar. Tal vez algún día me leas tú, lector desconocido. Tal vez algún día alguien me entienda que estas palabras no hablan sólo de una mujer, sino de todas las formas que tiene el amor cuando no me atrevo a pronunciarlo en voz alta. El mar seguirá aquí, eterno, borrando y escribiendo historias en la arena. Y yo seguiré caminando por la playa con la esperanza de que cada paso me lleve un poco más cerca de mí mismo.

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NOCHE SOSEGADA

En unos segundos sentí el sabor de su voz y durante largos minutos juré no olvidar la nostalgia de nuestro encuentro. Sin embargo, me susurraron al oído que la unión experimentada en aquel humanizado espejo fue una marchita pesadilla, y harto de tantas ilusiones el pulso de mis arterias se desvaneció como un fantasma enamorado. Todo fue una simulada aproximación que por unos instantes maniató la mente de un cuerpo presa de ceremonias y encubierto de inéditas creencias. A la par se aceleró con inusitada emoción mi memoria y viajó como un reloj atemporal a la suerte de mi infancia. 

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DÍAS

Hay días en los que el pasado regresa sin hacer ruido, como un mal sueño que se desliza por la penumbra de la mañana. No golpea la puerta ni anuncia su llegada. Simplemente aparece y se sienta a mi lado como si nunca hubiera marchado. Me mira en silencio y espera. Y en ese silencio las horas se vuelven lentas, como si el tiempo dudara. Entonces la memoria abre sus ventanas y vuelven los rostros, las palabras olvidadas, la tenue luz de lo que fuimos. 

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PRESIDIO

El microtexto es el presidio que confina e inmoviliza mis pensamientos y los caracteres limitados, la cárcel que enclaustra mis sueños. ¿Y te quejas? Según esta teoría, tú eres el carcelero de tus propias creaciones. ¡¡¡Magnífica incongruencia y paradoja!!! ¿Y te quejas? Algo estás esperando que no te corresponde. 

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OTRA VEZ MI SOLEDAD

Otra vez regreso a mi soledad como quien vuelve a una habitación cerrada desde dentro. La noche pelea conmigo y me ofrece, como único combate, la orfandad y el desamparo. Si supieras invitarme —aunque fuese sin nombre, sin promesa— a un placer discreto, de puertas que no crujen, quizá me dejaría llevar hasta una altura donde el gozo no necesita testigos. Dime que esa felicidad será solo mía, que nadie más sabrá pronunciarla. Porque debes entender que mi fidelidad a esta cautividad es tan auténtica como la bandeja de entrada de un correo llena de invitaciones que nunca acepté, mensajes fríos que no llegaron a ser palabra. 

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ACTOR

A veces pienso que vivo como si caminara sobre un escenario invisible. Cada día diseño un gesto, una voz, una manera de mirar al mundo, y salgo a representar un papel. No siempre es una mentira; muchas veces es simplemente la forma en la que aprendo a convivir con los demás. En el trabajo interpreto seguridad; en la familia, ternura; y ante los desconocidos, prudencia. Pero detrás de cada máscara hay algo verdadero que respira en mí. Fingir, en ocasiones, no es engañar: es proteger lo que aún no sé cómo mostrar. Soy un actor, sí, pero también soy el autor del guion que voy escribiendo con cada decisión, con cada vivencia. Tal vez mi sinceridad no consista en no actuar nunca, sino en no olvidar quién soy cuando baja el telón. Y quizá mi vida sea precisamente eso: una obra imperfecta donde, entre papel y papel, busco el instante en el que por fin dejo de representar y simplemente soy. 

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‘MEGUSTAS’

Publicó su tristeza en redes, esperando «megustas» como quien lanza botellas al mar con mensajes de auxilio. Cada reacción era una esperanza, cada comentario, una posible cuerda. Pero nadie lo rescató. El mar digital no tiene costas, solo olas que arrastran sin mirar. Y su dolor, aunque viral, seguía sin respuesta, flotando entre algoritmos y pantallas. 

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DESCUBRIMIENTO

Yo no sabía que el amor tuviera este hilo tan fino. Pensaba que era luz, o promesa, o una casa encendida cuando afuera hiela. Creía que amar era encontrar refugio. Pero amar es también quedarse sin techo.

Descubrí que amar es permanecer cuando todo en uno quiere huir para no sentir tanto. Es sostener la herida sin convertirla en espectáculo. No hacer del dolor una identidad.

Hay un dolor que no ensucia. No humilla. No grita.

Trabaja en silencio, como el agua que desgasta la piedra sin violencia, pero sin descanso.

Un día entendí que algo en mí había sido pulido. No reducido. No quebrado.
Pulido. El amor me estaba afinando. Quitando exceso. Quitando orgullo. Quitando miedo.

No es heroísmo quedarse. Es claridad.

Amar así duele. Duele porque te expone. Porque te obliga a mirarte sin máscaras.

Pero cuando atraviesas ese dolor, el espíritu queda más limpio. Más verdadero. Más simple. Y ya no quieres amar de otra manera. 

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LA AMABA TANTO

La amaba tanto que aprendió a leer sus silencios como quien estudia constelaciones: con paciencia, con devoción, con la esperanza de encontrar sentido en lo invisible. Creía que cada pausa era una palabra oculta, cada mirada perdida una confesión. Pero nunca supo que ella gritaba por dentro, como un volcán dormido, esperando que alguien escuchara el temblor antes de la erupción. Él interpretaba sus silencios como paz, cuando en realidad eran gritos contenidos. 

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LLEVO MUCHAS NOCHES

Llevo muchas noches buscando unos labios que me quemen antes del beso. Llevo muchas noches viviendo dentro de un corazón que sólo me genera un sinfín de sufrimientos. Llevo muchas noches sin reconocer unos ojos y unas manos en mi pulso caliente. Llevo muchas noches sin beber el cálido aliento de tus firmes pechos. Llevo muchas noches que me garanten un electrizante beso sin sombras de miedo. Llevo muchas noches sin experimentar el placer que me una a ti definitivamente. 

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GRITO DE NOCHE

Grito en la noche para que me oigas tú.

Grito cuando la casa se queda demasiado grande y el silencio pesa más que los muebles. Grito mientras los pájaros se posan en mi ventana y me miran con esa paciencia antigua que tienen las criaturas que no esperan respuesta.

Tú no me escuchas. O quizás sí, pero desde lejos.

Y mi voz se queda suspendida en la oscuridad como una cuerda que nadie sujeta.

Grito no para que vuelvas, sino para que no se apague lo que siento. Grito para recordarme que aún estoy aquí, que aún amo, que aún me duele tu ausencia como si fuera un órgano más del cuerpo.

Los pájaros inclinan la cabeza. Ellos sí escuchan. Ellos sí recogen el eco. Y convierten mi vida hambrienta en un sufrimiento que brilla. Porque hay dolores que iluminan, aunque quemen.

Grito cuando la madrugada parece no tener fin. Grito para no convertirme en piedra.

Grito porque amar y callar al mismo tiempo me desgarra.

Si alguna vez me oyes, no busques reproche en mi voz. Es solo necesidad.
Es solo amor intentando no morir en silencio.

Grito en la noche hasta que el alba empieza a borrar mi voz y me quedo, otra vez, solo con el latido. 

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IMPOSIBLE

Intuyo que casi fuimos felices durante unos minutos. O al menos eso creo. Así es lo nuestro: quiero tu ausencia, pero detesto tu presencia. Te deseo, pero no me toques. ¿Por qué haces público lo nuestro?, me preguntaste tras observar tu móvil. ¿Por qué haces imposible lo nuestro?, te objeté. Silencio total. Ninguno de los dos supo qué decir.

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EL DESEO CARNAL

El deseo carnal llega a mí como una tormenta de verano: rápido, caliente, inevitable. Pero el desamor se hace cargo de todo y deja en mí un frío lento, persistente, como una sábana húmeda que no hay manera de secar. Y empapa mis miserias como si nadie quisiera visitarme. La fiesta nocturna donde el sudor, el alcohol y la niebla se mezclan hasta formar una única sustancia que no se puede explicar, sólo vivirla al máximo. Entonces, tu cuerpo caliente y vivificante, esa madrugada de verano, refrescará mi cuerpo enardecido de soledad. Y me dices que deje que el orballo reconforte mis ansias, que no quiera una misericordia de cuerpo desnudo porque al final, cuando duerma en tus brazos, me saciarás plenamente. 

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LA MEMORIA

La memoria, hija bastarda de la verdad, rara vez me visita cuando la clarividencia se apodera de mí. Aparece como un rastro, como algo que permanece cuando el tiempo ya ha pasado lentamente sobre las vivencias y ha dejado su indeleble huella. Es malvada porque no siempre guarda lo que debería, guarda lo que ella quiere. A veces protege aquello que creíamos perdido y, en cambio, deja escapar como pájaros que no quieren jaula lo que pensábamos que permanecería siempre. Estos poemas nacen del territorio incierto de una biblioteca que pierde volúmenes cada noche. No intentan reconstruir una historia ni explicar el pasado porque ese mapa ya no tiene caminos. Son fragmentos. Instantes que quedaron suspendidos en la piel de lo vivido. Momentos que no terminaron de extinguirse y que regresan, de pronto, con la forma difusa de una mirada, de una voz cercana, de una cálida mano, de un gesto que vuelve sin pedir permiso. Quizá la memoria sea justamente eso: un lugar donde lo que alguna vez ardió continúa dejando señales como las hojas en otoño. No fuego ya… sino una tibieza persistente, como la ceniza que todavía guarda calor cuando uno se acerca lo suficiente. Los textos que siguen no pretenden descifrar esas huellas ni darles un sentido definitivo. Solo se acercan a ellas con cuidado, casi como quien roza algo frágil con los dedos, sabiendo que toda memoria es incompleta y que, incluso en sus silencios, permanece algo vivo que todavía quiere ser escuchado. 

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SILENCIOS

Me duelen los silencios que no sé romper y me duele el alma, cansada de querer a medias. Camino por su interior con cuidado, como quien pisa un suelo frágil para no volver a caer. No es que falte amor, es que sobra desgaste y ya no queda fuerza para fingir. A veces, sentir pesa más que callar, y el «no» se vuelve un acto de honestidad. Descansar también es una forma de seguir vivo por dentro. Hoy me quedo aquí, en calma, cuidando lo poco que aún siento.

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PARCHE

Cada selfi era una declaración de poder. Se alimentaba de píxeles como Narciso del reflejo, buscando en cada imagen una versión mejorada de sí mismo. Pero detrás del filtro, había una soledad que no se podía retocar. Una tristeza que no cabía en el encuadre. Y cada «me gusta» era un parche, no una cura. 

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AUNQUE DUELA

La soledad camina conmigo. No la amarga. La otra. La que te deja escuchar lo que de verdad sientes. No consuela. No pregunta. Solo te deja estar contigo, aunque duela. Ahí entiendo que el desamor no siempre es perder algo. A veces es aceptar que lo que uno quiere no puede ser. Y que la vida sigue, sin esperarnos, aunque duela. Y aun así, el amor platónico me sostiene. Ese amor sin cuerpo, sin tiempo, sin posibilidad. No es pequeño. Vive en lo que imagino, en lo que no se toca, en lo que no se estropea. No pide nada. No exige nada. Solo existe. Y a veces existir es suficiente, aunque duela. Si quieres, puedo llevarlos todavía más lejos: más rotos, más mínimos, más como pensamientos que uno escribe sin levantar la cabeza de la almohada. ¿Quieres que los haga aún más íntimos o prefieres que los deje así? 

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ROTURA

Ella le dijo «te amo» con miedo, como quien entrega un cristal que ha cuidado toda su vida. Él respondió «yo más» con prisa, como quien lo deja caer sin mirar atrás. El amor, tan frágil como transparente, se rompió en el suelo de la indiferencia. Ella recogió los pedazos sola, mientras él seguía caminando, sin notar el sonido de la rotura. 

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EGOÍSMO

Se amaba tanto que no cabía en ninguna relación. Era un castillo sin puertas, solo espejos que reflejaban su propia imagen una y otra vez. Quien intentaba entrar, se perdía en laberintos de su ego, sin encontrar nunca una habitación donde quedarse. El amor propio se volvió muralla, y la soledad, su única huésped. 

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MEMORIA

Ella sonríe. ¿No la conoces? Silencio absoluto. El viejo escritor confunde con nitidez realidad y ficción. Su pulso emocional le lleva a una adolescencia mal vivida, por dispersa y disparatada, pero la realidad de su vida lo envuelve en un viscoso magma de irreproducibles recuerdos, por una hiriente pérdida de memoria. 

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CINES

Nuestro viejo escritor, cuando, en un arrebato de nostalgia, se puso a pensar en las aventurillas furtivas de los cines en la adolescencia en horario escolar, aquella época en la que había salas por doquier y la novedad de cada una de ellas se convertía en una invitación a la clandestinidad académica. 

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AQUEL BESO

Aquel beso, aquella mano, aquel deseo. Los tres, desde hace tiempo, por ti, abiertos a fuego vivo. Los tres, desde hace tiempo, por ti, de tu cuerpo enamorados. Los tres, desde hace tiempo, por ti, habitantes de un sueño dormido de caricias. Aquel beso, aquella mano, aquel deseo, guardados entre los suspiros de un verano sin retorno, duermen en mi oscura memoria, lejos de tus ojos, muy cerca de mi alma. Fueron sólo un instante y ya son la eternidad.

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AUTOESTIMA

Se miró al espejo y se dijo: «Nadie me merece». No lo dijo con tristeza, sino con una arrogancia que disfrazaba su miedo. Se veía a sí mismo como un dios de mármol, perfecto en forma, pero incapaz de amar sin pedestal. Quería ser admirado, no tocado. Y así, se convirtió en una estatua rodeada de ecos, sin manos que lo abrazaran ni corazones que lo entendieran. 

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LA PRIMAVERA

Se abrazaron como si el invierno dependiera de ellos, como si el calor humano pudiera detener la nieve. En ese instante, fueron primavera: brotaron sonrisas, florecieron sus miedos, se derritieron las distancias. Pero la estación pasó, y el frío volvió sin pedir permiso. El abrazo quedó como un jardín secreto en sus memorias. 

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UN TIPO NORMAL

Sí. Soy un tipo normal. De esos que se enamoran cuando conocen a una mujer de encantos hechiceros, verbo atareado y mirada enigmática. De esos que no saben decir cuando la otra persona, en este caso tú, pide con clemencia un sí posesivo y mordiente. De esos que caminan por la calle como quien conversa en secreto con la tierra. De esos que buscan el calor de una mano femenina mientras lloran el último desencuentro amoroso. De esos que abren la ventana por la mañana para que la luz del día entre descalza y se acueste con él. De esos que, guarnecidos en su casa, esperan ilusionados un guasap con una palabra de afecto y cariño. De esos que, mientras sostienen una taza de café caliente entre sus desangelados dedos, confunden un beso con una mentira. De esos que miran el horizonte como si esperaran una respuesta antigua. De esos doctorados en impericia sentimental, aunque hayan besado mil labios de mujeres desbordantes y generosas. De esos que escuchan la lluvia de la noche como quien atiende una sincera confesión del cielo. De esos que se marchan de los sitios solitarios dejando la puerta entreabierta para que alguien cultive su silencio fértil. De esos… Sí. De esos… Un tipo normal de esos. De los que se pierden en la calle y desconocen que ya no tienen una cama que compartir. Dejémoslo ahí. Soy un tipo de esos. 

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DIAPASÓN

Carezco de él. Nunca lo acaricié. Nunca supe el valor de una buena afinación. Desacertado. Torpón. Obtuso. Crédulo. Desmañado. Zascandil. Todo. Pero enamorado de una ilusión óptica y mental que fue realidad en un pasado ya casposo y amarillento. Eso no es justo. ¿Te avergüenzas de él? No. Jamás. Aquella mujer quiso envarar a un avaro de la egolatría. No tuvo suerte. Pudo más mi cerviz edulcorada de un mutismo familiar que me encerró en un círculo concéntrico de egoísmos. Hoy no me reconozco en él. Soy un simulacro de un joven que se enamoró abruptamente allá en los años… Sí. En esos. Desde entonces soy un hombre en busca de un diapasón que me perfeccione y sutilmente me convierta en un adulto responsable. Esa mujer ya no existe. Lo sé.

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TRISTEZA

Habita en mí desde tiempos pretéritos. Creo que nací con ella. Es mi eterna compañera. Con ella dialogo, con ella me inspiro, con ella amo y con ella me desvivo por una caricia sincera. Me dicen que debo deshacerme de ella como un niño rompe con su pasado cuando descubre que lo han engañado. Me desnudo con ella como si fuera mi imperecedera amante viva, esa que se muestra ante desde mi juventud desnuda e inalcanzable. Y sueño que le doy esquinazo, pero en el instante que levanto la cabeza libre de sombras enfermas me toma por la cintura y de nuevo me posee con la misma fuerza que la primera vez. Soy incapaz de engañarla. Me supone un acto impúdico y la mayor de las traiciones. 

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TIEMPO

Ella le pidió tiempo, creyendo que el amor podía esperar. Él le dio distancia, creyendo que el amor podía sobrevivir sin presencia. Como relojes en husos distintos, nunca coincidieron. Sus minutos no se alinearon, sus días se volvieron paralelos. Y al final, el tiempo se convirtió en olvido, y la distancia en costumbre. 

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AUTOESTIMA

Cada vez que alguien lo elogiaba, él crecía un centímetro. Su autoestima era un globo inflado por aplausos, por miradas de admiración, por palabras que lo hacían sentir valioso. Pero vivía con miedo: el miedo a que un día, el silencio lo pinchara. Y entonces, desinflarse sin saber quién era, sin saber si quedaba algo más allá del aire, si toda su memoria había sido una pesadilla. 

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NACISTE EN MI MEMORIA

También naciste en mi memoria, pero esta vez no estabas sola: alguien —tal vez yo mismo— te vistió de ilusiones, te llenó de promesas que no sabían sostenerse. Mi corazón, convertido en refugio de inquietudes, encontró en tus ojos una sombra que no supo descifrar, una grieta mínima por donde empezó a filtrarse la duda.

La fe fue intensa, febril, y al mismo tiempo amarga. Permaneció en silencio, como si hablar pudiera romperla, mientras me encadenaba a una sucesión de instantes invisibles que parecían tener sentido solo porque tú estabas en ellos. Ahora sé que no debes seguir velando mis emociones, porque en el fondo siempre supiste que mi alma ya cargaba con la ausencia de tu amor.

La desconfianza ya no irrumpe: se desliza despacio, cansada de la fatiga y del desgaste. Miro mi vida y no encuentro en ella el reposo que imaginé. Y aun así, persiste una ilusión distinta, todavía enamorada, que no se extingue del todo. Crece en silencio cada vez que tu imagen reaparece, fija, grabada en mí, como si esa huella —y solo esa— fuera capaz de sostener lo que queda. 

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EL PUERTO

Creía que el dolor era parte del amor. Eran dos náufragos abrazados a la misma herida, flotando en un mar de dudas, sin saber si nadar o hundirse juntos. El amor se volvió salvavidas, pero anclaron a destiempo. Ella, con un estilo firme y sereno, lo esperaba sonriendo; él, confundido e incrédulo, llegó a la orilla de un puerto ya despoblado. 

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LO DEJÓ

Ella lo dejó por no saber quererla, por confundir amor con posesión, ternura con control. Ella no se quedó porque él no sabía despedirse. Se fue buscando el aire que en sus manos se extinguía, comprendiendo que el lazo era en realidad un muro. Cambió el refugio inerte por su propia valentía, y el eco de un adiós por un mañana más seguro. 

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LA ILUSIÓN AMOROSA

Ayer naciste en mi memoria, desnuda, sin forma ni defensa, y después llegaron las quimeras a cubrirte, a inventarte una piel que no era del todo tuya. En medio de esa invención, mi corazón —acostumbrado a la penumbra— encontró en tu luz no una certeza, sino una duda persistente, casi luminosa.

Creí en ti con una fe amarga, callada, obstinada, como si cada latido fuera un eslabón invisible que me ataba a una primavera que nunca terminaba de llegar. Ahora te pido que no perturbes más lo que en mí aún intenta ser verdadero, porque hay una parte de mi alma que ya se reconoce sola, como si hubiera enviudado de algo que nunca llegó a poseer del todo.

La desconfianza ha ido creciendo lentamente, como una sombra que se instala sin hacer ruido. Estoy cansado de sostener heridas abiertas, de esperar una paz que no termina de alcanzarme. Y, sin embargo, algo persiste: una ilusión casi vacía, casi desierta, que guarda tu imagen con un cuidado secreto, como si en esa memoria inmóvil todavía quedara una forma posible de esperanza. 

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ÉL Y ELLA

Se miraban como si el mundo fuera a acabarse: con urgencia, con fuego, con hambre, con la certeza de que cada segundo que pasaba mordía una cuenta hacia atrás que se estaba consumiendo en la agonía de un orgasmo que todavía no había explotado. Eran dos llamas bailando en medio del incendio, sin pensar en el humo ni en las cenizas. Cuando todo terminó, sin darse cuenta, no supieron apagar el fuego que ardía a sus espaldas. Siguieron ardiendo, pero ya no juntos. Cada uno se convirtió en su propia hoguera de recuerdos. 

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RAZONES «LÓGICAS» POR LAS QUE YO ESCRIBO POEMAS EN PROSA

En un mundo literario donde las formas tienden a compartimentarse ―el poema, la novela, el ensayo―, el poema en prosa aparece como una criatura poética que tiende un puente entre lo lírico y lo narrativo. Escribir poesía en prosa no es simplemente rechazar el verso, sino explorar una libertad distinta, un lenguaje que no necesita cortarse en versos para ser intensamente poético.

El poema en prosa se libera de la métrica y de la rima, pero no renuncia a la música. La cadencia se convierte en una cuestión interna: el ritmo nace del aliento, de la elección precisa de palabras, de la disposición secreta de las frases. Este tipo de escritura permite que la emoción fluya sin las interrupciones del corte versal, sin la necesidad de justificar cada verso con un patrón formal.

La prosa poética es ideal para el pensamiento que no se acomoda a una forma cerrada. Permite vagar, dudar, asociar ideas con imágenes, buscar una verdad emocional sin tener que llegar a una conclusión. Es el formato perfecto para explorar el paisaje interior: lo que se siente, pero no se sabe decir del todo.

Un poema en prosa puede contar una historia, pero lo hará con la economía y la intensidad de un poema. Puede reflexionar como un ensayo, pero se deslizará entre símbolos y silencios como un sueño. Su fuerza radica en esa hibridez: es literatura que resiste ser clasificada, que se desliza entre géneros sin pedir permiso.

Vivimos en una época de fragmentos: pensamientos interrumpidos, emociones superpuestas, memorias que llegan como ráfagas. El poema en prosa responde a esa sensibilidad. Es una forma ideal para capturar lo fugaz, lo que no se desarrolla del todo, pero deja una profunda huella. La brevedad no es una limitación, sino una forma de condensación.

Aunque parezca moderno, el poema en prosa tiene una larga historia. En el siglo XIX, Baudelaire ya lo usaba para sacudir los límites del lenguaje poético. Rimbaud, Aloysius Bertrand, Pizarnik, Cortázar, Lezama Lima, Luis Cernuda o Anne Carson han explorado esta forma como un campo de resistencia. Escribir poemas en prosa es dialogar con esa tradición que no tema la transformación y el progreso.

El poema en prosa permite experimentar: jugar con el tono, la sintaxis, la repetición y la imagen. Es un espacio donde el lenguaje se estira, se tuerce, se reinventa. En su interior, el escritor no está obligado a ceñirse a una fórmula, sino a seguir una pulsión, una voz interior que dicta su propio ritmo.

Escribir poemas en prosa no es sólo una elección formal: es una declaración estética. Es optar por un lenguaje que fluye libremente, pero sigue siendo exigente, una forma que no necesita del verso para emocionar, una vía abierta para decir lo que no cabe en lo convencional. Para quienes sienten que la poesía está en todas partes ―en una idea, en un recuerdo, en una imagen fugaz―, la prosa poética es el territorio natural para habitar y vivir.

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RAZONES «SURREALISTAS» POR LAS QUE YO ESCRIBO POEMAS EN PROSA

En el reino flotante entre la palabra y el silencio, los poemas en prosa surrealistas son criaturas ambiguas: no son del todo verso, pero tampoco prosa libre; existen como peces que respiran aire, nadando en ríos de sintaxis para formar una alquimia emocional que desafía la lógica lineal.

Un poema en prosa surrealista no se disculpa por su forma: se desliza sin rima, pero con música secreta. Su genética es caótica: nace del sueño, de la intuición, y a veces del que os habla que sueña palabras. Es el diario íntimo de lo absurdo, donde una silla puede llorar y un reloj puede hablar en dos lenguas que no conocen.

El surrealismo abraza lo inconsciente, y el poema en prosa es su mejor conspirador. André Breton lo entendería como un acto de rebeldía sintáctica, donde los significados se evaporan antes de aterrizar. Se revela en imágenes inesperadas: «El cuchillo pensó en la luna, y el espejo ladró cuando vio a mi nostalgia llorar». ¿Tiene sentido? No. ¿Tiene verdad? Absolutamente.

Estas obras no buscan claridad, no van dirigidas a su comprensión lógica, no, buscan la desorientación lúcida. Las palabras se reúnen como insectos alrededor de una bombilla fundida: atraídas por una luz que no existe ya y no se puede tocar. En lugar de describir la realidad, la desfiguran para que podamos verla más profundamente.

Así, el poema en prosa surrealista es una máquina de atmósferas, un espejo sin forma, un gato que escribe con tinta de luna.

Ejemplo de poema en prosa surrealista

El paraguas sueña con el océano. No por agua, sino por olvido. En su tela se esconden las cartas que nunca llegan, escritas por manos que no existen. Cuando lo abras, lloverá dentro. 

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PRÓLOGO DE ‘LAS ARISTAS DE LA VERDAD’

Escribir ha sido siempre, para mí, una forma de quedarme a solas sin estarlo del todo. Una manera de ordenar el ruido, de entender lo que me pasa, de decir lo que casi nunca digo en voz alta. Este libro nace precisamente de ahí: de la necesidad de poner palabras a todo lo vivido, a lo perdido, a lo que dolió, a lo que salvó, a lo que todavía permanece cuando ya casi todo ha cambiado.

Las aristas de la verdad no es un libro escrito en un momento concreto, sino a lo largo de muchos años. Aquí hay textos que nacieron en 1994 y otros que han sido escritos hace muy poco. Entre unos y otros hay una vida entera: decisiones, errores, amores, despedidas, ciudades, noches largas, silencios, aprendizajes y muchas preguntas sin respuesta. Este libro es, en el fondo, un recorrido por todas esas versiones de mí que he sido a lo largo del tiempo.

No es un lugar cómodo. Tampoco pretende serlo. Aquí no hay moralejas ni frases escritas para quedar bien. Aquí hay recuerdos, heridas, deseos, nostalgias, ausencias, pensamientos que llegan de madrugada cuando uno ya no puede mentirse. Hay verdades pequeñas, dudas grandes y emociones que no siempre supe explicar cuando ocurrieron, pero que con los años han encontrado su sitio en las palabras.

Aquí se habla del amor, pero no del amor perfecto. Se habla del amor que llega tarde, del que se rompe, del que se queda a medias, del que uno recuerda durante años sin saber exactamente por qué. Del amor que salva y del que destruye. Del amor que no fue y del que fue demasiado. Porque si algo enseña el tiempo es que el amor nunca es sencillo y casi nunca se olvida del todo.

También se habla de la mujer, no como idea ni como símbolo, sino como presencia real en la vida: compleja, contradictoria, luminosa y oscura al mismo tiempo. La mujer como recuerdo, como ausencia, como refugio, como error, como destino o como casualidad. La mujer como una de las fuerzas que más cambian una vida sin pedir permiso.

Se habla de la soledad, esa compañera que todos conocemos, aunque pocas veces la nombremos. La soledad elegida y la soledad impuesta. La soledad que pesa y la que libera. La soledad de las ciudades llenas de gente y la de las habitaciones en silencio. Porque hay momentos en la vida en los que uno descubre que la soledad no es estar sin nadie, sino no poder contarle a alguien lo que de verdad importa.

Se habla del paso del tiempo, inevitable, silencioso, constante. El tiempo que se lleva personas, lugares y versiones de nosotros mismos. El tiempo que convierte todo en recuerdo. El tiempo que enseña que casi nada era tan importante como parecía y que casi todo era más importante de lo que creíamos.

Se habla del desamor, del rechazo, de la memoria y de la nostalgia. Nostalgia por lo que fui, por lo que no fui, por lo que pude ser y no fue. Nostalgia por épocas en las que no sabía que era feliz. Nostalgia por conversaciones, por calles, por canciones, por miradas que no volvieron a repetirse.

Pero, sobre todo, este libro es un lugar de sinceridad. De sinceridad incómoda a veces. De pensamientos sin maquillaje. De emociones sin corregir. De palabras escritas sin intentar gustar, sin intentar tener razón, sin intentar parecer otra persona.

Desnudarse no es solo quitarse la ropa. Desnudarse es decir lo que uno piensa de verdad. Es reconocer los miedos, las inseguridades, los errores, los recuerdos que todavía duelen y las personas que todavía importan, aunque ya no estén. Desnudarse es aceptar que todos estamos hechos de recuerdos, de heridas, de decisiones equivocadas y de momentos que nos cambiaron sin avisar.

Las cenizas aparecen cuando algo ha ardido. Y todos, si vivimos lo suficiente, terminamos teniendo cenizas: de relaciones, de sueños, de versiones de nosotros mismos, de promesas, de lugares a los que no volvimos, de personas que ya no están. Vivir también es aprender a caminar entre esas cenizas sin dejar de avanzar.

Este libro no pretende enseñar nada ni dar lecciones. Solo pretende escribir. Escribir para entender. Escribir para recordar. Escribir para olvidar. Escribir porque hay cosas que solo existen de verdad cuando se ponen en palabras.

Quizá quien lea estas páginas se reconozca en algunas líneas. Quizá no. Pero si alguna vez alguien, al leer algo de este libro, piensa «esto también me ha pasado a mí», entonces todo habrá tenido sentido.

Porque al final todos compartimos más de lo que creemos: el amor, la pérdida, el miedo al paso del tiempo, la necesidad de que alguien nos entienda, la nostalgia por lo que ya no existe y esa extraña sensación de que la vida pasa muy deprisa mientras intentamos comprenderla.

Esto es Las aristas de la verdad. Un lugar para escribir sin esconderse. Un lugar para recordar. Un lugar para perderse. Un lugar para decir lo que normalmente no se dice.

Y, sobre todo, un lugar para quedarse a solas con las palabras y descubrir qué queda de nosotros cuando todo lo demás se apaga. 

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PRÓLOGO DEL LIBRO «LAS ARISTAS DE MI VERDAD» EN EL BLOG «POETARIO.COM»

«Las aristas de mi verdad» no es un libro en el sentido habitual. No nace de un proyecto, ni de un plan, ni de una arquitectura literaria pensada con antelación. No hay aquí secciones, ni etapas ordenadas, ni una voluntad de estilo que haya guiado los poemas como si todos pertenecieran a una misma estación del alma. «Las aristas de mi verdad» es otra cosa: es el rastro de una vida.

Los poemas que lo forman han sido escritos a lo largo de más de treinta años, desde 1994 hasta 2026, sin orden, sin programa y sin otra necesidad que la de escribir cuando algo por dentro lo pedía. Por eso este libro no debe leerse como una obra cerrada, sino como un territorio: una suma de momentos, de voces, de edades, de pérdidas, de descubrimientos y de silencios.

Aquí conviven el amor y el desamor, la soledad y la nostalgia, la saudade y la incomprensión, la creación literaria, el deseo, la memoria de la tierra gallega, los días luminosos y los años más oscuros.

No hay un hilo argumental, pero sí hay una continuidad más profunda: la de la mirada, la de la forma de sentir el mundo, la de alguien que ha ido dejando palabras como quien deja piedras en el camino para poder volver.

«Las aristas de mi verdad» es también un oficio. El oficio de poeta entendido no como profesión ni como pose, sino como manera de estar en el mundo. Escribir poemas no ha sido aquí una actividad literaria, sino una forma de pensar, de recordar, de resistir, de amar, de perder y de entender, aunque sea un poco, lo que nos pasa mientras vivimos.

Por eso los poemas no están ordenados por temas ni por fechas ni por libros que nunca llegaron a existir. Se presentan como fueron escritos: en una especie de desorden natural que se parece más a la memoria que a una biblioteca. La vida tampoco está ordenada, y la memoria mezcla los años, las personas, los lugares y las emociones sin pedir permiso a la lógica.

Tal vez este libro sea, en el fondo, un archivo de la emoción, un inventario de la memoria o un cuaderno muy largo escrito a lo largo de los años sin saber que algún día todo acabaría reunido bajo un mismo nombre. Ese nombre es «Las aristas de mi verdad», el lugar donde viven los poemas, pero también el oficio de quien los escribe, y quizá también una manera de nombrar el tiempo vivido.

Si estos poemas tienen algo en común, no es el estilo ni la época ni el tema, sino la necesidad con la que fueron escritos. Todos nacen de un momento verdadero. Y eso, con el paso del tiempo, es lo único que importa.

«Las aristas de mi verdad» no pretende explicar nada, ni demostrar nada, ni siquiera gustar. Solo pretende reunir una vida escrita en versos sueltos, en papeles, en cuadernos, en archivos, en noches largas y en días que ya no existen.

Al final, «Las aristas de mi verdad» y su proyección en el blog «poetario.com» no son más que eso: una vida, pero escrita.

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