Se amaban como niños: sin miedo, sin lógica, sin futuro. Solo presente, como un castillo de arena antes de la marea. Reían sin pensar en el mañana, se abrazaban sin calcular distancias. Pero el mar llegó, como siempre llega. Y el castillo se deshizo, dejando solo huellas en la orilla y dos cuerpos mutilados.
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