El bar de la facultad. Yo, como siempre, un café y un pincho de tortilla. Ella, enfrente de mí, en silencio y mirándome con una fijeza turbadora disfruta de un refresco que no bebe. Es una conocida sin nombre que me persigue sin demora y sin acercarse. Esta vez, debe de estar harta de mi indiferencia, se levanta y se planta delante de mí, y me dice crudamente y sin rima: ¿Cuándo, hombre de apariencia indefensa y verbo debilitado, me dirás con palabras lo que llevas tiempo, y en silencio, diciéndome con la mirada? Pero si nos acabamos de conocer, le comento desconcertado. Nada de eso. Tú y yo nos conocemos desde antes de nacer. Quiero responder a tal afirmación con unas palabras aclaratorias, pero un cálido beso en los labios me muda el semblante, y no sé hacer otra cosa que recoger mis bártulos e irme con el rostro lleno de lágrimas.
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Primero el café con leche y la tortilla de patatas me encantan. Y no te sientas raro porque con una persona que acabas de conocer no tienes confianza ninguna. Yo por lo menos veo tu postura muy normal. Yo también hubiera actuado así.