«GALICIA QUEDA AL NOROESTE» (prosa de temática gallega) (terminado)

GRUTA DE TESOROS GALLEGOS

Galicia nunca se deja conocer en una sola visita. Es una tierra que primero observa al viajero y solo después, cuando cree que puede confiar en él, comienza a mostrar algunos de sus secretos. Los verdaderos tesoros gallegos no suelen encontrarse detrás de un cartel turístico. Aparecen de improviso, escondidos entre la niebla, el olor de la lluvia y el sonido inconfundible del mar golpeando las rocas.

Hay mañanas en las que el paisaje parece recién inventado. Las nubes descienden hasta rozar los prados, los eucaliptos perfuman el aire y las aldeas despiertan despacio, como si nadie tuviera prisa por empezar el día. Entonces se comprende que aquí el tiempo posee otro ritmo. No es más lento; simplemente está mejor acompañado.

El clima forma parte del carácter gallego. La lluvia no es una enemiga. Es una conversación permanente entre el cielo y la tierra. Después de un chaparrón los verdes parecen infinitos y las piedras recuperan un brillo antiguo que hace pensar en siglos de historias compartidas.

En cualquier puerto pesquero se descubre otra Galicia. Los barcos regresan con la marea mientras las gaviotas describen círculos impacientes sobre las lonjas. Los marineros hablan poco. Sus manos cuentan mucho más que sus palabras porque en ellas están escritos el frío, el esfuerzo y el respeto por un océano tan generoso como imprevisible.

Pero Galicia también vive tierra adentro. En los bosques de robles y castaños sobreviven caminos donde todavía parece posible encontrarse con alguna leyenda. No cuesta imaginar a las meigas, a los peregrinos o a los viejos caminantes que durante siglos cruzaron estas montañas buscando respuestas que quizá solo el silencio pudiera ofrecerles.

Las cocinas guardan otro de sus tesoros. No solo por el marisco, el pulpo o las empanadas, sino porque cada comida parece una celebración de la hospitalidad. En muchas casas el visitante deja de ser forastero antes de terminar el primer plato. Se habla despacio, se sirve un poco más y siempre queda tiempo para una historia.

Galicia no impresiona por grandiosidad, sino por intimidad. No necesita levantar la voz para permanecer en la memoria. Basta una playa desierta al atardecer, el sonido de una campana perdida entre la niebla o un hórreo cubierto de musgo para comprender que existen lugares donde la belleza nunca ha sentido la necesidad de hacerse espectáculo.

Quizá por eso quienes regresamos a nuestra tierra hablamos de una cierta morriña. No es exactamente nostalgia. Es la sensación de haber dejado una parte de uno mismo entre la lluvia fina, el granito de las viejas iglesias y el horizonte interminable del Atlántico. Galicia consigue que incluso quien vive lejos por circunstancias de la vida termine sintiéndola un poco propia desde la lejanía.

Cada rincón parece esconder un pequeño tesoro: una fuente junto al camino, un faro solitario, un acantilado donde el viento parece contar historias antiguas o una conversación compartida en una taberna. Son riquezas que no caben en un museo porque pertenecen a la vida cotidiana.

Quizá esa sea la verdadera gruta de tesoros gallegos: un país donde la naturaleza, la memoria y las personas siguen formando parte del mismo paisaje, recordándonos que todavía existen lugares capaces de enseñarnos el valor de la calma.

Visitas: 0

EL NORTE DE PEDRO

Pedro cerró la puerta del piso madrileño con la misma decisión con que, aquella mañana, puso el último libro en la caja marcada como «donar». Durante años la ciudad que le había dado trabajo, ruido y compañía a medias; ahora le ofrecía demasiadas luces y muy pocas estrellas de vida.

No tomó la decisión solo. Desde hacía años compartía la vida y la casa de Madrid con su hermana Pilar, también jubilada. Cuando le habló de Muxía, ella lo escuchó con una mezcla de cariño y escepticismo.

―Yo necesito, y tú, un médico que me atienda, una farmacia en cada esquina y un taxi que me lleve a todos los sitios, le dijo riendo.

Pilar amaba Madrid con la misma convicción con que Pedro empezaba a soñar con el Atlántico. Ninguno intentó convencer al otro. Se prometieron visitarse a menudo y comprobar, cada uno a su manera, que la jubilación podía tener más de una forma.

Compró una vieja casa de piedra en Muxía, allí donde la península se asoma al Atlántico, el aire huele a salitre puro y las primeras brumas —el orballo— llegan con la puntualidad de un reloj antiguo. No es una huida dramática, sino una sucesión de pasos medidos: vender lo imprescindible, despedirse de su gente y aceptar que el horario de trabajo dejaba de ser su brújula.

Los primeros días en la Costa da Morte fueron una mezcla de descubrimiento y de pequeños desastres domésticos. La cocina de leña, con más años que el primer habitante del pueblo, decidió no tirar la primera noche. Pasó mucho frío y tuvo que aprender a encender el fuego sin ahogarse en el humo. La lareira de la casa, ennegrecida por el tiempo, se convirtió en su aliada: el primer pulpo que intentó preparar fue un éxito inesperado, porque la tapa de la pota la pudo abrir con la misma habilidad con que la paciencia del vecino, Don Luís, se soltaba con las historias de los naufragios que él presenció.

Don Luís apareció una tarde en su casa como si llevara años esperándolo, le trajo unas patatas de su huerto y un consejo que Pedro aceptó con gratitud:

―Si quieres aprender del mar y de esta tierra, escoita e non fales.

Pronto entendió que vivir en un pueblo marinero no era lo mismo que vivir aislado. La taberna del puerto, un local pequeño donde se mezclaba el olor a café con el de las redes secas, se convirtió en el centro de cuatro o cinco conversaciones diarias. Allí cambió bombillas por recetas de caldeirada y noticias por consejos sobre cómo proteger sus cuatro hortalizas del viento del norte.

En una de esas charlas, la señora Carme, una de las últimas palilleiras del pueblo, le confió un secreto:

―Si quieres hablar con alguien de verdad, siéntate nas pedras da Virxe da Barca al atardecer e quedarás tolo.

Pedro lo hizo, y una tarde se encontró contemplando el océano junto a un marinero jubilado que tenía la voz tan rasgada como una red vieja. Esa noche bebió vino albariño y escuchó historias de temporales míticos, de percebeiros valientes y de romerías que ya nadie recordaba por completo.

El ritmo del mar fue enseñándole otras cosas: a esperar.

―Señorito, le dijo un día un cabronazo ―así lo bautizaron en el bar por sus malas artes― que llamaba así a los Madrid. Las borrascas vienen y se van, las mareas dictan el calendario.

Pedro plantó unos tomates en un pequeño abrigo de tierra protegido por muros de piedra que le costó semanas preparar. Las primeras hojas verdes fueron una victoria silenciosa. El día que recolectó sus primeros productos, con las manos oliendo a tierra húmeda y a mar, rio como si le hubiera contado un chiste su propio alter ego.

Hubo también frustraciones —un temporal de viento que destrozó su pequeño invernadero una madrugada o la humedad que calaba las paredes en pleno invierno—, pero cada problema encontró una solución cercana: el carpintero de la ribera le ayudó a reforzar las maderas y un joven pescador le enseñó a tratar la piedra.

En las largas caminatas hacia el faro de Muxía, Pedro redescubrió el tiempo para pensar sin interrupciones. Se cruzaba con vacas que pastaban frente al acantilado, con peregrinos extasiados que terminaban allí su camino y con el rugido de un mar que marcaba horas muy distintas a las de Madrid.

Una vez, en plena llovizna, se encontró con el tractor de un vecino cuyo remolque de leña se había quedado atascado en el barro de un camino vecinal. Sin dudarlo, ayudó a empujar y a vaciar parte de la carga, pasando a ser el héroe improvisado de una comida familiar que, minutos después, se celebró entre risas, vino de la casa y empanada de xoubas en la casa del vecino auxiliado.

Aprendió también a convivir con la soledad elegida. Las primeras noches con el bramido del océano de fondo le parecieron eternas. Más tarde, las convirtió en música: el crujir de la madera, el viento jugando con las tejas de pizarra y el insistente batir de las olas contra las rocas. Compró una radio y escuchó las alertas marítimas y los programas locales. La música tradicional que puso una tarde hizo que, sin saber por qué, le invitaran a llevar el ritmo con un pandero en la taberna —no porque fuera bueno, sino por la valentía de intentarlo—. Esa noche, al volver a casa, le dolía la cara de reírse y de felicidad.

Pilar cumplió su promesa. Llegaba algunos fines de semana cargada de libros, noticias del barrio y algún capricho imposible de encontrar en el pueblo. Disfrutaba de las vistas, de las comidas con los vecinos y de los paseos hasta la Virxe da Barca, pero al tercer día empezaba a echar de menos el bullicio madrileño. Pedro se burlaba cariñosamente de ello, y ella de sus botas embarradas y de sus horarios dictados por las mareas. Con el tiempo comprendieron que ninguno tenía razón ni estaba equivocado: simplemente habían encontrado nortes distintos.

Un año después, Pedro abrió las ventanas al amanecer, respiró el aire atlántico y, al mirar el horizonte donde el sol empezaba a teñir el agua, supo que había logrado lo que se propuso. Su pequeño terreno daba fruto, había hecho amigos sinceros de los que saludan con la mirada, y su día a día ya no estaba marcado por la prisa del reloj sino por el estado de la mar y la luz del faro.

No todo era perfecto: seguía yendo a Madrid de vez en cuando, a ver a su hermana o a buscar alguna pieza especial para la restauración de la casa. Pero la gran ciudad había dejado de ser el centro de su universo. Pedro había conseguido una vida más pausada, en contacto con la fuerza de los elementos y con las personas que los habitan.

Aquella noche, mientras las luces de las lanchas que salían a faenar se encendían en el mar como diminutas constelaciones, cerró la puerta y sonrió. Había encontrado la tranquilidad que buscaba. Pilar seguía encontrando la suya entre las calles de Madrid. Y eso, pensó, era quizá lo mejor de todo: descubrir que una misma vida podía conducir a dos felicidades diferentes.

Visitas: 1

PREGUNTA

De pronto, una mujer desconocida me provoca con una simple pregunta: Ahora que eres libre, ¿serías capaz de renunciar a Galicia, a todo aquello de lo que has prometido con grandísimo frenesí durante años por desentrañar la locura de una simple ansia de vivir en la tierra de Breogán donde ya no existen ni corredoiras ni romerías? Silencio absoluto. 

Visitas: 0

ROSIÑA

En este mundo idílico y a la vez fantasmagórico de la Galicia más rural discurren por las corredoiras más estrechas y angostas contomeladas de todo tipo, circulan por las barras de las baiucas más enxebres muchos contos de vella y se comentan en los atrios de las iglesias las más delirantes historias.

―Nesta aldea hai moita feria de Deus.

Y… ¡qué razón tienes, amigo Queixiño!

¿Recuerdas la que le montaron al pobre Rafael Rodríguez o Peideiro cuando ocurrió lo que ocurrió en la final del trofeo de la Virgen Peregrina?

Cómo olvidar aquello!

El pobre hombre tuvo la mala suerte de «liberar» una ventosidad descomunal en el mismo momento en el que su hijo tenía de intentar detener un penalti decisivo para ganar dicho trofeo.

El pobre chaval se asustó tanto que no pudo parar el balón que se le coló moi despaciño por entre las piernas. Lo cierto es que tal sonoridad fue una verdadera bomba de palenque. ¡Para que luego hablen de las que lanza Suso do Maía!

Aún recuerdo como si fuera ayer mismo los improperios que gritaron los espectadores que estaban viendo el partido. Desde un extremo al otro del campo se oyó un sinfín de divertidísimas expresiones: ¿Qué fue eso, otra bomba atómica?

!Dios, Dios, confesión, que es el fin del mundo! ¡Libertad! ¡Abrid la puerta! ¡Que
viene el lobo! ¡Eso sí que es generosidad! ¡Un médico, ese hombre va a morir!
¡Corrimiento de tierra habemus! ¡Ya tenemos himno!

Hasta un reconocido personaje de Madrid que estaba de paso comentó que tal cuesco superó claramente y con grandísima diferencia al expelido por el señor Cela en el Senado mientras elaboraban la Constitución en la época de la Transición, y que fue comentado hasta en la prensa internacional. Grand fart in Spain tituló un periódico sensacionalista de Londres.

Pero aquello fue verdad. No lo inventó nadie, que tú y yo fuimos testigos presenciales de tal estruendosa vibración. Yo me refiero a esas historias que han ido pasando de generación en generación, y que nadie se ha preocupado, ¡y a Dios gracias!, de averiguar si son ciertas o no.

Como la de la pobre Rosiña.

En ella estaba pensando yo. ¡Tenemos telepatía! Algo me dice que algo bueno nos va a ocurrir.

―Cousa dos anos máis ben.

¡Ya está el filósofo frustrado en acción!

Y ustedes, claro, se preguntarán quién es esa pobre Rosiña y qué historia sin ninguna base real se le atribuye. Si la misma es graciosa, si es una fedelidad o si es pura invención.

Ahora mismo, yo no sé exactamente quién fue la persona que, cuando aún no me dejaban beber café, me contó esta batallita. ¿O tal vez la leí en alguno de esos libros que tenían mis tíos en la finca para las por entonces interminables tardes de lluvia?

La sitúo en mi memoria en esa época de niño en la que uno es muy cruel con los animales y disfruta martirizando escarabajos de la patata en impúdicas corridas de toros en la era de la finca.

Lo que sí sé es que me hizo muchísima gracia; y que como me llegó a mí quiero que les llegue a ustedes.

Rosiña era una rapaza de diez años, pero con un cuerpo muy despierto y dicharachero. Le gustaba muchísimo subirse a los árboles por poder observar desde ellos, y con absoluta impunidad, cualquiera cosa que ocurriese en su aldea.

Un día de un caluroso mes de la Virgen, Rosiña pasaba el tiempo vacacional encaramada a una rama de un manzano atisbando el camino que llevaba a una de las casas más rimbombantes de la zona. Desde allí podía ver cómo jugaban los hijos del hombre más influyente de la comarca.

Cuando el cura de la parroquia la vio allí subida, y sin cueiros, se lo recriminó vivamente y le gritó que bajara en un abrir y cerrar de ojos.

Después de persignarse media docena de veces, le dijo en un tono más bajo y menos recriminador:

―Filliña, ¿qué haces ahí? ¿No te das cuenta de que te puedes caer y te puedes matar?

La rapaza miraba el suelo con el miedo de quien está a punto de recibir una buena calabazada. Pero no, el cura metió la mano en la faldriquera y le dio a Rosiña una moneda bien hermosa.

Para que tu madre te haga un buen cueiro y no tengas que llevar el culo a la vista de todo el mundo.

Rosiña se fue como un rayo hacia su casa y le dio la moneda a su madre con una alegría grandísima. Esta, que tenía máis voltas cos cabaliños da feira y le daba sopas con caldo a más de uno en la aldea vio el cielo abierto pensando en los cartos que le podía sacar al cura.

Dejó pasar unos días, y en la víspera del día de la Virgen, cuando el cura tenía que pasar varias veces por cerca del ya famoso manzano, quiso poner en práctica su función teatral.

Tuvo que escoger un manzano diferente al de su hija porque tenía éste las ramas muy delgadas y quebradizas para soportar su voluminoso cuerpo. Le echó el ojo a una rama bien hermosa y de gran consistencia. Se subió a ella con un enorme esfuerzo, y, después de no sé cuántos gestos y dificultades para colocar sus grandiosas nalgas, quedaron todas ellas a la vista del próximo visitante, que no era otro que el cura de la mano generosa. Para que no pasara desapercibida su presencia, se puso a silbar una llamativa y popular canción.

Cuando el viejo hombre de iglesia pasó por el lugar hizo los mismos ademanes que la vez anterior, pero no ocurrió así con sus palabras. La mujer, queriendo llamar bien la atención, realizó tales esfuerzos que se cayó escandalosamente y se despanzurró cual sapo festivo delante del cura, que, por cierto, se sonrojó con cierto aire de voluptuosidad, tal vez por la excesiva degustación del caldo encarnado de Barrantes.

¡Mala centella te mate, mujer! A tus años y haciendo cosas de nenos.

La madre de Rosiña no escuchó nada de la regañina sacerdotal, y, como un pedigüeño menesteroso, le extendió la mano en señal evidente de petición de una limosna. Este metió los dedos en la faldriquera «generosa» para darle una moneda, y con una solemnidad propia de la más alta ceremonia religiosa le dijo mientras ponía un patacón en su mano:

¡Toma, por marrana, para que te compres una buena pastilla de jabón! Parece que has dormido en un cortello en vez de en una cama.

Y sin decirle más, se dio media vuelta y la dejó boquiabierta y con un enfado de rabo e de coliflor.

Saca de aí diante, saca,
cara de filloa queimada;
que se meu avo ve o corpo
véndoche de abaixo a cara. 

Visitas: 0

RAÍCES

Aquel amanecer llegó despacio, como llegan las despedidas que nadie quiere nombrar. La niebla se levantaba del valle y el sol empezaba a colarse entre los castaños húmedos. Se oían perros a lo lejos y el silencio del campo tenía ese peso antiguo de las cosas que llevan siglos en el mismo sitio.

Domingo Troncoso estaba sentado en su sillón de hierro, frente a la casa. No miraba nada en concreto, pero lo estaba observando todo. La huerta, la capilla, el camino de tierra, la parra, los muros con verdín. Cada piedra tenía para él una historia, y aquella mañana le parecía que todas querían hablarle a la vez.

—Esta casa tiene los días contados —dijo en voz baja.

Lo decía muchas veces, pero aquella mañana sonó distinto, como si ya no fuera una queja sino una certeza.

La casa había sido durante años el centro del mundo. En verano se llenaba de hijos, de nueras, de nietos, de risas, de platos, de puertas que se abrían y se cerraban sin parar. Había ropa tendida, tomates en cajas, pan en la mesa grande, niños corriendo por la huerta y siestas largas después de comer.

Ahora todo eso parecía un sueño contado por otro.

Los hijos vivían en Madrid. Tenían trabajos importantes, reuniones, viajes, colegios, actividades, compromisos. Venían cada vez menos, y cuando venían, parecían estar de paso por un lugar que ya no era suyo.

Domingo había pasado la vida trabajando aquella tierra. Había plantado árboles que tardaban años en dar fruto, había levantado muros piedra a piedra, había arreglado tejados bajo la lluvia, había dormido en el establo esperando a que pariera una vaca. Nunca pensó que lo difícil sería eso: ver cómo todo quedaba atrás sin que nadie se diera cuenta.

Su mujer, Carmiña, salió de la casa con paso lento pero firme.

—Ya está el taxi al caer. Hay que acabar de bajar las maletas.

Domingo no se movió.

—Carmiña, dejamos definitivamente esta casa. Ya no volvemos.

—No digas tonterías —respondió ella—. Llevas toda la vida diciendo lo mismo.

Pero en el fondo sabía que aquella vez era diferente.

Carmiña había heredado la finca y siempre creyó que la familia volvería algún día, que los nietos crecerían y entenderían, que la sangre tira, que las raíces llaman. Lo creía con una fe casi religiosa, como si la tierra tuviera memoria.

Marica, la cocinera, iba y venía con las maletas.

—Señora, algún día volverán —dijo—. Cuando sean mayores. Siempre pasa.

Domingo sonrió sin alegría.

—Cuando quieran volver, esto ya no será nuestro.

Nadie respondió.

El taxi llegó puntual, como todos los años. Ramiro cargó las maletas mientras

Domingo miraba la casa por última vez. La capilla, la huerta, el castaño, el camino, la parra. Todo estaba exactamente igual que siempre, y sin embargo ya no era lo mismo.

Antes de subir al coche, Carmiña entró en la capilla. Rezó despacio, como hacía todos los años antes del viaje. Le pidió a la Virgen un buen camino, salud, y que el año siguiente pudieran volver.

Cuando salió, Domingo ya estaba sentado en el asiento trasero.

El coche arrancó y empezó a subir la cuesta que llevaba a la carretera principal. Domingo se giró para mirar la casa hasta que desapareció detrás de los árboles.

—Adiós, mi casa… meu lar —murmuró.

Carmiña no dijo nada. Sabía que hay despedidas que no se deben discutir.

Al llegar a Santiago, Domingo apoyó la cabeza en el cristal de la ventanilla. Las torres de la catedral se alejaban poco a poco. Cerró los ojos.

Pensó en los veranos con la casa llena. En los tomates con sal a la sombra de la parra. En los nietos corriendo. En las comidas largas. En las noches de vino y conversación. En la vida entera.

Y pensó que un hombre no es de donde nace, sino de donde entierra su vida.

Se quedó dormido.

Dormía tranquilo, con la respiración lenta, como si por fin hubiera dejado de luchar contra algo que llevaba años persiguiéndolo. Carmiña pensó que estaba descansando.

Pero no.

Domingo Troncoso murió en el coche, en silencio, sin molestar, como había vivido siempre. Se fue sin despedirse, llevándose con él la casa, la huerta, los veranos, la familia reunida y una forma de vivir que ya no iba a volver.

Cuando Carmiña se dio cuenta, le cogió la mano y se quedó mirando la carretera sin llorar, muy seria, como miran las mujeres de la tierra cuando entienden que la vida no pregunta, solo sigue.

Fuera, los campos pasaban uno tras otro, verdes, antiguos, indiferentes. La tierra permanece. Los hombres pasan. Y las raíces, aunque nadie las vea, siguen siempre enterradas en el mismo sitio. 

Visitas: 0

RAMIRO

En las húmedas tierras de Compostela, en la aldea de Outeiro dos Cachelos, donde la niebla se enreda con las campanas y los peregrinos confunden milagros con meriendas, dicen los beodos lenguaraces, esos que tienen la húmeda más suelta que una campana en día de fiesta, que «nació, echó alas y voló por toda la comarca» uno de los personajes más legendarios que la vella memoria popular ha podido inventar: Ramiro das Trompas. Dicen de él, sin crédito alguno, que era hijo de un delgaducho y faneco marinero que domaba las indomables y bramadoras olas de A Costa da Morte como quien doblega caballos desbocados y de una mujer de hueso ancho que recomponía el estómago a los que lo tenían caído con una mezcla de orujo y de plantas milagreiras que cultivaba en la huerta de su casa. El comentario que se le atribuye al maestro que nunca tuvo, fue que Ramiro quiso ser un gran escritor, y, para inspirarse, prefirió disciplinarse vaciando botellas de vino por todas las tabernas y furanchos que había en su contorna. Era un gran aficionado al vino de Barrantes, ese tinto espeso que tiñe la lengua y la conciencia.

Barrantes vermello vino,
alegra corpo e cabeza,
entra rindo pola boca
e sae cantando na mesa.

Según un vecino que emigró a América gracias al descarado calote (pufo) del cacique de la aldea que le compró por una insignificante cantidad de dinero el poblado bosque que habitaba a las espaldas de su vivienda, Ramiro bebía más que rezaba, rezaba más que trabajaba y trabajaba menos que bebía. Era capaz de superar al tabernero Suso da noite, un hombre que solo sabía beber vino en su propio negocio las veinticuatro horas del día, como si el mundo fuese una bodega infinita.

Si seguimos con la leyenda, en esta aldea también vivía un cura mayor, de sotana multicolor por lo desgastada que lucía y conocido por sus sermones interminables, en los que advertía siempre a los feligreses de los peligros del baile con una cita de un conocido catequista de la época: el baile vertical es la antesala de un deseo horizontal. Este cura se subía al púlpito y comenzaba, con medio cuerpo fuera, el sermón golpeando la madera con el anillo:

―¡Callaos, cona! Y carraspeaba fuertemente. Tened bien claro que el vino de Barrantes es tentación, y la tentación lleva al pecado. Pero toda la aldea sabía que el reverendo, en secreto, mojaba sus labios en la misma tentación, porque nadie se resistía a un Barrantes bien servido. El cura rezaba más fuerte cuanto más roja quedaba su lengua.

Mariquiña, mujer de 25 contundentes años, de ojos como faroles y sonrisa como cuchillo era el caldo de todas las miradas, pero solo el difuminado Ramiro se atrevía a cortejarla con trabalenguas imposibles:

Tres tintos tentaron a tres tristes tragadores, tres tristes tragadores tentaron otros tres tintos, y Ramiro sin tino, por tentar más que los tintos, tentó a María con tres tintos y tentó sin tino. Los tintos de la tentación fueron tentados por los tristes tragadores y Ramiro sin tino los tentó de nuevo con más tintos.

Mariquiña se reía porque no entendía nada, el cura se persignaba por si escondía un pecado mortal, y el tabernero seguía bebiendo al son de las «tes» de los trabalenguas. Cuentan que así pasaban las tardes compostelanas, entre chismes, frases enrevesadas y reiterados tientos a las tazas del vino tinto.

Un día posterior al de la fiesta mayor de Outeiro dos Cachelos, la taberna estaba repleta de resaqueiros y esmorgantes insomnes que intentaban despejar la mente con más vino. Ninguno y todos aprovecharon el gran auditorio para relatar que un fulano con la alegría embotellada ―al que según él, dado el altísimo nivel de la borrachera, las farolas le hacían reverencias―, alucinó cuando se enteró de que Ramiro había prometido a María que si lograba beberse tres jarras de Barrantes sin caerse al suelo, ella le daría un beso de tornillo en la plaza mayor. El cura, indignado, organizó una procesión para impedirlo, y el tabernero, emocionado, llenó las jarras como si fueran océanos.

Ramiro bebió la primera jarra y la lengua se le trabó. Bebió la segunda y los pies se le cruzaron. Bebió la tercera y entonces, milagro o borrachera, comenzó a recitar trabalenguas tan veloces que las campanas de la catedral se confundieron con su voz.

María mira a Sancho, Sancho sueña que María lo mira, si María mira a Sancho y Sancho sueña que la mira, ¿quién mira más, María que mira o Sancho que sueña que la mira?

Y volvió a darle besos de noche de bodas a la jarra. Animado, como todo borrachón, se envalentonó y soltó el más difícil todavía:

Besos besaban los besos de Ramiro, besos buscaban los besos de María, si los besos de Ramiro besaban los besos que María buscaba, ¿qué besos besaban más, los besos buscados o los besos besados?

María, divertida, no dudó lo más mínimo en cumplir su promesa. El beso fue tan sonoro y prolongado que los peregrinos lo confundieron con un milagro. El cura, resignado por no conseguir que respetaran las normas de urbanidad, declaró que aquel día Outeiro dos Cachelos, y por supuesto Compostela, habían sido bendecidas por el vino y por la risa, y añadió en su sermón:

―Si el Señor convierte el agua en vino, ¿por qué no ha de convertir el vino en amor?

El tabernero, fiel a su destino, siguió bebiendo como si el vino se fuera a escapar y con gran constancia, que es la forma seria de beber.

Y como toda leyenda que nace con la alegría embotellada necesita su música.  Los aldeanos, dicen que dirigidos por Ramiro, inventaron un canto que aún se escucha en las tabernas de Compostela cuando el vino de Barrantes corre como caballo desbocado:

Sancho bebió,
María besó,
la gente rio
y el cura rezó.
Tres jarras,
tres besos,
tres campanas
sonaron,
y en Compostela
los milagros
brindaron.
¡Barrantes bendito,
Barrantes tentado,
que el vino
y el beso jamás
se vean negados!

Así quedó escrita una de las leyendas más famosas de Ramiro das Trompas, el marinero que nunca navegó, pero que conquistó las tierras de Compostela con vino, picardía, trabalenguas, versos y un beso que aún resuena en las plazas. Desde entonces, incluso sabiendo que ningún aldeano conoció al tal Ramiro en persona, nadie fue capaz de dudar de la veracidad de dicho relato popular.

Y, desgraciadamente, en este punto tengo que intervenir como veraz narrador de este mito popular. Las mentiras tienen muy poco recorrido, sentenció un pobre que, gracias a las invitaciones, salía todas las noches de la taberna como si hubiera encontrado la solución a sus problemas en el fondo del vaso.   

Hace unos días, cuando alguien ―debo escudar su nombre― se enteró de que yo le iba a dar forma a esta leyenda en mi «afamado blog», se puso en contacto con Suso da noite para poner los puntos sobre las «íes griegas de tal historia» (sic).

Amigho Suso, un afamado afilador, que paseaba su rueda de afilar por las calles de Outeiro dos Cachelos ofreciendo su oficio, y originario de la Terra das chispas, se indignó sobremanera con la leyenda de Ramiro das Trompas y negó con la clarividencia de dos botellas de Barrantes engullidas que «fora ese carallo o protagonista».

Amigho Suso, quien te relató palabra por palabra la leyenda de un hombre sin nombre de Nogueira de Ramuín, la cuna de los afiladores, fui yo, pero como tú no distingues a ninguna hora del día tu casa de la de tu vecino ni el suelo del cielo, y por simpatía con ese etéreo Ramiro, se la adjudicaste a este como quien le cobra el vino al que no ha consumido ni una taza.

A mí, escritor de esta entrada, después de ser pillado en tal trola Suso da noite, me informó la mujer de este por carta que debía saber la verdad de todo. Mi marido, antes de la penúltima taza, mientras descansaba de no beber, juraba por la tumba de sus padres, que aún estaban vivos, que aquella leyenda no era del tal Ramiro das Trompas, sino que la trajo a Outeiro dos Cachelos el afilador antes mencionado natural de la cuna de las leyendas, Vilariño do Silencio.

El tabernero, seguía la mujer, con una cogorza tan descomunal que caminaba en plural y veía doble, pero pensaba la mitad, me juró por el Baco de turno que fue incapaz de distinguir a Ramiro del afilador, pero que el chiflo parecía darles más peso a las palabras del relojero de los cuchillos.

Sin embargo, Suso da noite fingió que seguía dudando porque descubrió que la disputa en la ubicación del protagonista le llenaba el bolsillo y cada noche que hacía caja su cabeza daba más vueltas que una rueda de bicicleta.

Desde entonces, cada vez que alguien menciona la leyenda, su taberna se puebla de «oficiales de la borrachera» para ver si el afamado misterio ve la luz.

Visitas: 0

EL AMOR IMPOSIBLE

Macías, el trovador gallego, fue llamado el Enamorado porque toda su vida estuvo marcada por el amor, un amor imposible que terminó convirtiéndose en leyenda. Su historia simboliza el amor fiel y constante, capaz de resistir el tiempo, la distancia, la prisión e incluso la muerte.

Se dice que Macías nació en Padrón y que entró al servicio de don Enrique de Aragón, marqués de Villena. Aunque era de condición humilde, tenía porte de caballero: era ágil con las armas, elegante en sus movimientos y diestro con la pluma. Pero, por encima de todo, era poeta, y su corazón vivía más en los versos que en la guerra o en la corte.

En el castillo conoció a Estrella, la hija del marqués. La llamaban así por el brillo de sus ojos y por la dulzura de su rostro, que parecía siempre lejano, como si mirase más allá del mundo. Macías y Estrella se enamoraron en silencio, sin promesas y sin palabras, porque ambos sabían que aquel amor era imposible. La diferencia social los separaba y el marqués jamás permitiría aquella unión.

Sin embargo, el amor de Macías no se resignó al destino. Decidió ganar fama y honor participando en torneos, con la esperanza de elevar su posición y poder algún día merecer la mano de Estrella. Luchó, venció y fue admirado, y poco a poco su nombre empezó a ser respetado. Pero cuando pensaba que el destino empezaba a sonreírle, recibió la noticia que destruyó su vida: Estrella había sido casada con otro hombre. Sí, Había sido casada.

Macías regresó al castillo con el corazón roto. Allí encontró a Estrella, ya casada, pero todavía enamorada de él. Sus miradas lo decían todo. Entonces Macías comprendió que su amor ya no podría realizarse nunca, pero también comprendió que nunca dejaría de amarla. Desde ese momento, todos sus poemas y canciones fueron para ella. Cantaba al amor imposible, al dolor, a la fidelidad y a la tristeza de amar sin esperanza.

Se puede ver en estos versos:
Cativo de miña tristura
Cativo de miña tristura
ja todos prenden espanto
e preguntan que ventura
é que m’ atormenta tanto.
Pero eu ben sei quen é ela
que me ten en tal estado,
ca por amar a máis bela
vivo triste e namorado.
Traducción al castellano
Cautivo de mi tristeza
ya todos sienten espanto
y preguntan qué ventura
es la que me atormenta tanto.
Pero yo bien sé quién es ella
que me tiene en tal estado,
pues por amar a la más bella
vivo triste y enamorado.

El marido de Estrella, consumido por los celos, mandó encerrar a Macías en una torre del castillo. Pero ni la prisión pudo silenciar al trovador. Desde su celda continuó cantando a su amada, porque su amor era más fuerte que los muros, más fuerte que el miedo y más fuerte que la razón.

Una noche, mientras cantaba, una azagaya (lanza) atravesó la ventana de la torre y acabó con su vida. Nadie dijo quién había sido, pero todos lo sabían.

El poeta fue enterrado en un lugar desconocido. Sin embargo, la leyenda cuenta que algunas noches aparece una luz errante sobre el lugar donde yace Macías, y que esa luz es el alma de Estrella, que incluso después de la muerte sigue buscándolo para reunirse con él. Así, ni la muerte pudo separar a los dos enamorados.

Por eso Macías quedó para siempre como símbolo del amor fiel, del amor imposible y del amor que sobrevive más allá de la vida. No fue grande por sus batallas ni por su linaje, sino por haber amado sin renunciar nunca a su amor. 

Visitas: 2

SE BUSCA VECINO QUE NO HUYA

CONCELLO DE PORTO DA BRÉTEMA

Alcaldía-Presidencia de una villa que aún no existe
Sección de Permanencias Voluntarias y Regresos no tan Voluntarios

NOTIFICACIÓN 01/3/2026

INVITACIÓN/OFERTA FORMAL 

Se comunica al vecino cuyos datos obran en poder de esta Administración que, habiéndose tenido constancia de su rechazo a venir y de su decisión de quedarse en la ciudad de Madrid, este Concello formula invitación expresa a reconsiderar dicha decisión.

A tales efectos, se le informa de que la no aceptación de la presente invitación supone la pérdida de todos los beneficios no publicitados oficialmente, pero reservados a quienes se deciden, por su bien, a instalarse con nosotros.

Entre dichos beneficios se incluyen, sin carácter exhaustivo, inmueble tradicional susceptible de adjudicación afectiva (casiña de piedra con orientación oeste), local a pie de puerto destinado a iniciativa propia y 100 sacos de patatas da terra.

El silencio administrativo en materia de arraigo será interpretado por esta corporación como una lamentable renuncia voluntaria.

Contra esta notificación solo cabe el recurso de quedarse.

Porto da Brétema, a los efectos oportunos.

O Alcalde de una villa que aún no existe

Carta no oficial encontrada fuera del concello escrita por una mujer que aún deja una luz encendida por si todavía te decides venir

No sé si esta parte debería existir. No lleva sello ni registro de entrada. Pero alguien tenía que escribirla. Soy una vecina que no figura en ningún padrón emocional, pero que nota cuando falta un nombre en la plaza. Soy una vecina que ha visto demasiadas maletas salir cuesta arriba y sabe el ruido que dejan detrás. Soy una vecina que preferiría verte abrir una persiana aquí antes que perderte entre luces que nunca saben quién eres.

No sabes todo lo que estás dejando escapar por quedarte en Madrid, aferrado a su ruido constante, a la velocidad que no te deja pensar, a esa luz artificial que convierte cada noche en una prórroga interminable. Te quedas donde todo ocurre, sí, pero donde casi nada se detiene lo suficiente como para sentirse de verdad. Confundes movimiento con avance, y vértigo con propósito.

Aquí las cosas no ocurren tan deprisa. Ocurren más hondo.  No tenemos esa prisa madrileña por llegar antes incluso de saber cuál es nuestro destino. Aquí no medimos la vida en semáforos ni en agendas que se pisan unas a otras.

Aquí las cosas no corren, se quedan el tiempo suficiente como para echar raíces. Sólo corren los perros que conocen a todos los vecinos y los saludan con un natural ceremonial canino no «veterinariado».

Dicen que te ofrecen ahí mil oportunidades. Aquí no sabemos decir esa palabra sin que suene grande. Lo que sí sabemos ofrecer, palabra de político, es una casiña de piedra, pequeña pero entera, con una ventana que mira al oeste y le roba cada tarde un color distinto del cielo. No es moderna. No tiene ascensor. Pero tiene silencio. Y el silencio aquí no pesa, acompaña.

También hay un local a pie de puerto. Otra palabra del alcalde. Reconozco que si un político cumple dos promesas es plusmarca de Guiness. Todavía no tiene nombre. Podría llevar el tuyo. Podría ser una cafetería, una librería mínima, un taller donde inventes algo que en Madrid sería uno más y aquí sería el único. No te prometo éxito. Te prometo espacio.

Los 35 grados en Madrid te invitan a un llenazo de terrazas, es verdad. Pero… ¿Y el asfalto convertido en chapapote? ¿Y esa sensación de estar en el centro cueste lo que cueste? Pero te perderías salir cinco minutos y encontrarte con el mar cuando el día ha sido un «demasié de furibundas actividades». La mejor medicina es apoyarte en el muro del puerto y dejar que el viento te ordene la cabeza sin pedirte nada a cambio.

Te quedas donde siempre hay luz, pero renuncias a ver un cielo que arde al atardecer sin competir con neones. Te quedas donde todos hablan, pero te pierdes conversaciones que no se pisan, que se dejan terminar. Y te escuchan. Aquí nadie te pregunta qué has conseguido. Te preguntan si estás bien. Y esperan la respuesta. Les interesa.

Caminar por esta costa es entender que la vida no es solo avanzar, sino resistir. Las olas rompen una y otra vez contra la piedra y nadie las aplaude. Y aun así vuelven. Y en Madrid la gente se cansa de ver las mismas caras de cabreo una y otra vez.

Lo que más me duele no es que no vengas. Es que quizá nunca llegues a saber quién habrías sido aquí. Con una casa que te habla cuando sopla el viento. Con unas contras que abres tú cada mañana. Con el océano delante, no como paisaje, sino como interlocutor.

Dicen que, si no respondes en un plazo establecido, reasignarán la casiña, el local y las patacas a otra persona. Aquí eso suena a trámite. Pero yo sé que no es un trámite: es una oportunidad que pasa solo una vez.

Quedarte en Madrid es legítimo. Pero no es inocuo. Perderse aquí no es desaparecer. Es empezar. Y todavía estás a tiempo.

Maruxiña, la que prefiere esperarte antes que ver la casiña con otro. 

Visitas: 0

CUENTOS DE VIEJO

Dios, que con magnífica ironía, me dio a la vez los libros y la noche. (Jorge Luis Borges)

Viajamos a los años 70, años en los que Galicia estaba en plena transición entre el mundo rural tradicional y una modernización aún incipiente: gran parte de la población vivía en aldeas y pequeñas parroquias, y la agricultura y ganadería de subsistencia seguían siendo comunes. La emigración seguía marcando con gran crudeza a la sociedad gallega: Alemania, Suiza, Argentina y Venezuela eran los destinos más escogidos por familias que vivían en un estado precario y que buscaban en esos lugares un futuro digno en el aspecto económico. Por ello, muchas familias dependían de las remesas enviadas desde el extranjero.

Nos trasladamos a una aldea del entorno noiés, pueblo costero que vivía del marisqueo, de la pesca artesanal, del comercio de cercanía y de nacientes parques empresariales. El casco histórico de Noia, sus playas y su tradición gastronómica atraían cada vez a más visitantes, lo que impulsaba la apertura de pequeños hoteles, de establecimientos de comida y de otros servicios turísticos en temporada alta. Todo muy incipiente.

La vida en las aldeas era muy diferente. Era una vida de relojes sin agujas, donde el tiempo no lo marcaba el calendario sino la lluvia, la siega, el canto del gallo y ese ritual antiguo que era el ordeño de las vacas, repetido todos los anocheceres con la misma paciencia que el amanecer. El banco bajo, el cubo de metal, el sonido rítmico de la leche golpeando el fondo como un latido blanco y constante. Las manos conocían cada ubre, cada carácter. Había vacas tranquilas y otras que movían la cola con impaciencia. Los campesinos hablaban con ellas en voz baja, casi como con una persona. En la aldea, los animales, las vacas en concreto, tenían nombre porque «habían sido bautizadas» como se hacía con un recién nacido: Maruxa, Rubia, Morena, Estrela… También disfrutaban de memoria y algunas que tenían un teto muy difícil esperaban a que unas cariñosas manos las trataran con esmerada ternura.

Por la noche, la aldea se recogía como un animal manso. Las puertas se cerraban sin llave, pero con confianza. La última luz de la cocina quedaba encendida un rato más, amarilla y tibia, mientras el resto del mundo se volvía sombra. El crepitar de la leña era el único reloj, marcando el final del día con chasquidos suaves.

En el verano, a esa hora mágica, pero a la vez indeterminada, del anochecer, cuando el sol se ocultaba en el horizonte, cuando todos los gatos eran pardos, cuando el cielo se convertía en una bella estampa de infinitos colores, y los pensamientos más sinceros se hacían palpables y latentes todos los niños de la vecindad, en un orden en absoluto premeditado, se sentaban en el suelo de la cocina, alrededor de un viejo hombre, componiendo un armonioso coro infantil de inspiración claramente machadiana.

Las manos de este hombre, en otros tiempos fuertes, vigorosas y diestras, cuando trabajaba el campo con una vocación de clausura, temblaban como un manojo de vides al viento sereno de este anochecer estival. La artrosis las ha ido deformando sin prisa, pero sin pausa. Y cuando viejo se asemejaban más a unas cansadas ramas de un árbol centenario que a un brote recio y macizo como eran en su mocedad y las rapazas disfrutaban de la fuerza con que las agarraba por la cintura cuando bailaba con ellas en las ferias de aldeas contiguas.

Su voz, primitiva y destartalada, nacía de una imperceptible comisura boquiangosta; y, aunque sonaba con cierta potencia, ya no era sino un alejado remedo de una certeza injustamente aniquilada por el paso del tiempo. El trabajo en el campo é una merda de carallo, decía siempre que alguien le preguntaba. En algunas ocasiones, su voz era silenciada por el chasquear y crepitar de la leña que ardía en la lumbre, como si una maquiavélica conspiración, fraguada en el corazón de la vieja lareira, quisiese evitar el nacimiento de otra interesantísima historia.

Su memoria, como un alpendre (construcción cubierta para guardar los instrumentos de labranza) repleto de inútiles trastos, fluía lenta y pausada, aunque en pocas ocasiones se detenía. En ella aún guardaba leyendas que de niño le contó cualquier vecino de la aldea mientras jugaba con una pala de madera en el atrio de la iglesia. Cuentos que en su mayoría se fueron perdiendo cuando la televisión entró de improviso en algunas casas que tenían un mejor nivel económico.

El viejo (apelativo lleno de respeto y cariño), ese día, leía un periódico con dedos espasmódicos. ¡Cada vez le costaba más esta simple tarea que venía haciendo desde tiempos inmemoriales! Pero el ansia por encontrar noticias interesantes derrotaba cualquier obstáculo que se le ponía por delante.

Non lle metades présa, falará cando lle pete. (No le metáis prisa, hablará cuando quiera). La voz de su hija se acrecentaba como esa gigantesca sombra que proyectaba la lumbre en la pared de la oscura cocina.

El viejo, con los hombros muy encorvados por la edad, hablaba con su hija de los beneficios de la comida hecha en el pote, y se quejaba con amargura de perder las costumbres de sus antepasados cuando sus hijos le hablaban de la olla exprés.

―Un árbol sin raíces no vive ni diez minutos. La fuerza que da vida a nuestro espíritu fue sembrada por nuestros ancestros hace muchísimos años en esta tierra. Al viejo le encantaba remontarse a los tiempos de su infancia, esos tiempos amarillos que fueron el germen de su vasto acervo cultural.

―Ya no hay lugar en este mundo para los viejos, filliña. La emigración nos ha arrebatado la vida y esto ―se tocaba el pulso de la muñeca― es una prórroga que nos regala cada día el de arriba. La muerte cada vez nos deja más señales en el cuerpo y en el alma.

―Por Dios, padre, no le diga esas cosas a los niños, que tienen toda la vida por delante. Tus hijos volverán, lo sabes muy bien, y volverás a disfrutar de su compañía. El gesto de incredulidad del viejo era bien plausible.

En la lumbre la ceniza de su vida y en las yemas de sus dedos los restos de la tinta negra del periódico que perdió su inocencia en sus manos. Las dos cosas eran el fruto de unas experiencias quemadas por el monótono pasar de los últimos años.

El viejo cerró los ojos como si quisiera rechazar la vida inocente de los rapaces que estaban sentados delante de él y que tenían la misma tenacidad que un hierro en la forja, pero en el fondo sabía que aquella fuerza joven era el único fuego capaz de templar su amargura y devolverle el latido que creía perdido.

Tras una pequeña carraspera, cada vez más frecuente, mostró un paulatino interés por la rapazada que tenía delante. La pérdida de la memoria era muy traicionera y algunos de los rapaces interpretaron, ante una pausa en exceso prolongada, que aquel hombre tiña xa baleira (tenía ya vacía) la antes repleta maleta de sus recuerdos.

―A ver, rapaces, escuchad bien, que voy a relataros la vieja historia de un hombre que tenía un pecho tan peludo que le llamaban Peito de Anchoa.

El raparigo que más defendía al viejo miró con unos ojos llenos de rabia y cierto desprecio al mayor, que estaba sentado en un taburete, y que había puesto en duda la memoria del anciano con una rebelde marcha del lugar como si fuera un irmandiño.

―En otro tiempo, hoy muy alejado ya, en la conocida fraga de Cecebre vivía un hombre que mostraba un pecho tan ensortijado que decían que en el habitaban pequeños fantasmas que tenían un insólito y maravilloso poder: derrotar a cualquier bicho viviente que intentara robar su comida. De aquella… cuando los árboles hablaban en susurros y el viento sabía el nombre de cada piedra, nadie dudaba de tal prodigio. En la fraga, espesa y húmeda, corría la voz entre los zorros y los mirlos de que aquel hombre no necesitaba trampas ni escopeta. Bastaba con que se sentara a la sombra de un carballo, desmigara un pedazo de pan o abriera su talega, para que una invisible guardia se desplegara sobre su pecho ensortijado como una niebla viva. Decían que, si un lobicán (cruce de lobo y perro) se acercaba demasiado, tropezaba con algo que no se veía, pero sí se sentía: un cosquilleo feroz, un temblor que la hacía huir con el rabo entre las patas. Y si un cuervo osaba picotear su merienda, un soplo leve —casi una risa diminuta— lo desorientaba en pleno vuelo. El hombre nunca confirmaba ni desmentía nada… 

Visitas: 0

«EL BUEN TIEMPO»

En Galicia el buen tiempo no existe: se declara.

Aquí «hace bueno» cuando la lluvia solo te humilla, pero no te arranca el paraguas de las manos. La lluvia no cae: ataca. En vertical, en diagonal, con vocación coreográfica. Si tuviera sindicato, ya habría pedido reconocimiento artístico.

Llevamos tanto tiempo bajo el agua que el sol parece propaganda extranjera. Algo que sale en catálogos turísticos junto a sonrisas sospechosas.

Los ríos se desbordan con entusiasmo oceánico, el jardín muta en arrozal experimental y aun así repetimos: «esto le viene muy bien al campo». El campo, si pudiera hablar, pediría tregua.

El baremo es simple:

–Si no graniza como si Dios vaciara el cenicero, es primavera.

–Si los truenos no te recalculan el pulso, es verano.

–Si llueve pero no ventea, es lujo asiático.

Los claros son criaturas mitológicas. Hay quien ha visto meigas, quien ha visto trasnos… pero un cielo azul sostenido más de siete minutos es herejía atmosférica.

Y cuando deja de llover cinco minutos, salimos a la calle como si regalaran eternidad. Gafas de sol con nubes negras. Manga corta con dignidad tiritante. Porque aquí el buen tiempo no es clima: es resistencia moral. 

Visitas: 0

TRES CITAS EN GALLEGO SOBRE LA LECTURA

A lectura é un milagre que nos abre portas a mundos descoñecidos. Cada libro é unha fiestra de luz que ilumina a nosa imaxinación. A través das palabras viaxamos sen mover os pés. Os contos e as historias ensínannos a soñar e a comprender mellor a vida. Ler é un agasallo que alimenta a mente e enriquece o corazón.

A tristura que producen os que denostan os libros é fonda e silenciosa. Cando alguén menospreza a lectura, semella que apaga unha luz no mundo. Os libros gardan soños, memoria e sabedoría que nos fan medrar. Desprezalos é pechar portas á imaxinación e ao coñecemento. Esa actitude deixa un eco frío onde podería haber palabras e esperanza.

As casas con libros enchen o corazón de ledicia e imaxinación. Entre as súas páxinas viven historias que nos fan soñar sen límites. Cada recuncho gardado nun libro é unha porta aberta a novos mundos. O recendo do papel e o silencio compartido traen paz e felicidade. Nunha casa con libros, a alegría medra coa forza das palabras. 

Visitas: 0

LA GENTE DE LA ALDEA DE LOS AÑOS OCHENTA

Cuando cierro los ojos y regreso a la aldea de los años ochenta, no veo primero las casas, ni los caminos, ni los hórreos, ni siquiera los prados.

Veo a la gente. Ellos eran el verdadero paisaje.

No tenían mucho dinero. Muchos tampoco habían podido estudiar todo lo que habrían querido. Pero poseían una riqueza que hoy echo de menos casi todos los días: sabían vivir unos con otros.

Las puertas casi nunca estaban cerradas del todo.

Entrar en una casa era tan sencillo como decir un «¿Pódese?» desde la puerta. Y antes de que terminara la pregunta ya había alguien respondiendo con una sonrisa y acercando una silla.

Siempre aparecía algo sobre la mesa. Un trozo de pan. Un poco de queso. Un vaso de vino. Un café. Lo que hubiera.

Nunca escuché a nadie decir que tenía poco para compartir. Compartían precisamente porque sabían lo que costaba ganarlo.

Recuerdo a los hombres regresar del campo con las manos endurecidas por el trabajo y el rostro cansado, pero todavía con fuerzas para ayudar al vecino a recoger la hierba si veía que el tiempo amenazaba lluvia.

Recuerdo a las mujeres. Qué injusto sería resumirlas en unas pocas líneas.

Sostenían la casa, la familia, la huerta, los animales y, muchas veces, también el ánimo de todos los demás. Madrugaban más que nadie y se acostaban las últimas. Y aun así siempre encontraban un momento para preguntar cómo estabas o para enviarte de vuelta con un plato de comida «por si luego te entra fame».

Nadie hablaba de solidaridad. Se practicaba. Si enfermaba una familia, aparecían otras cinco. Si había matanza, una parte iba para quien la necesitara. Si nacía un niño, el pueblo entero parecía crecer con él.

Y cuando alguien se marchaba para Suiza, Alemania o América, todos sentíamos que una parte de la aldea emprendía también aquel viaje.

Había discusiones, claro que sí.

Algún enfado. Alguna palabra más alta de la cuenta. Porque eran personas de verdad, no santos.

Pero las diferencias casi nunca duraban más que una cosecha. La vida enseñaba demasiado pronto que era mucho más importante llevarse bien que tener razón.

Pienso ahora en aquella forma de vivir y me pregunto si realmente éramos más pobres. Había menos cosas. Eso es cierto. Menos coches. Menos comodidades. Menos dinero. Pero también había menos soledad.

Los niños crecían entre muchas madres y muchos padres. Cualquier vecino tenía autoridad para corregirlos si hacía falta, y ninguno de ellos se sentía menos querido por ello. Aprendían el valor de la palabra dada, del trabajo bien hecho y del respeto a los mayores sin que nadie necesitara convertirlo en una lección.

Con los años llegan carreteras mejores, casas más grandes y aparatos capaces de comunicarnos con cualquier rincón del mundo.

Y, sin embargo, algunas tardes tengo la impresión de que nunca hemos estado tan lejos unos de otros.

Por eso vuelvo tantas veces a aquella aldea. No para escapar del presente.

Ni para decir que todo tiempo pasado fue mejor. Vuelvo porque allí aprendí algo que todavía me acompaña. Que una persona vale mucho más por la mano que tiende que por lo que guarda. Que la generosidad no depende del tamaño de la cartera, sino del tamaño del corazón. Y que la verdadera riqueza de Galicia nunca estuvo únicamente en sus bosques, en sus rías, en sus playas o en sus montañas.

Estuvo, y sigue estando, en esa gente sencilla que saludaba por el nombre, compartía el pan sin hacer preguntas y era capaz de convertir a un vecino en familia.

Cuando me levanto para marcharme de ese recuerdo, miro una vez más la aldea.

Ya no escucho las voces. Pero sé que siguen allí. Porque hay personas que nunca se van del todo. Mientras alguien las recuerde con gratitud, seguirán caminando por los caminos de Galicia, despacio, con la misma nobleza con la que caminaron toda su vida.

Visitas: 0

EL SEÑORITO DEL FRASCO

En todas las familias hay peculiaridades dignas de mención. Sin ir más lejos, leído en un periódico regional hace unos años, un hijo, para no olvidar la memoria de su queridísima madre, todos los santos y cumpleaños de la difunta, realizaba en su casa una ceremonia íntima que consistía en quemar, con el formato de barritas de incienso, un porcentaje mínimo de las cenizas de su madre, para respirar el recuerdo de la mujer a la que más había querido. Fue advertido de la peligrosidad de la acción, pero haciendo caso omiso del apercibimiento, lo siguió haciendo en fechas sucesivas. Todo terminó de modo brusco una noche que tuvo que ir a urgencias por encontrarse mal y un vecino accedió a su casa y vertió las cenizas en el inodoro acompañadas por tres vaciados de cisterna. El pobre hombre no descubrió nunca quién había cometido el «cenicidio».

Después de este curioso ejemplo de la España profunda o superficial, me reafirmo en que en todas las familias, sobre todo si nos remontamos a los alejados mil novecientos, ocurrieron acontecimientos que, sin caer en la petulancia de la unicidad, pensamos que son hechos próximos a la leyenda más original del romancero anónimo. Es evidente que mi familia no iba a estar ajena a tal característica.

Allá, en la hermosa y por entonces pueblerina Compostela, vivía, y vive, parte de mi familia materna y paterna. Orgullo y satisfacción, sin duda. Muchos dirán: otra de tantas. Pero lo curioso viene a continuación.

Como era de rigor, todos los veranos se celebraba en un céntrico restaurante una comida de confraternidad familiar. Se acercaban a ella los mayores, algunos con enormes dificultades de motricidad; luego, los jóvenes más despiertos eran los que facilitaban el traslado de los demás; y los más pequeños, que siempre generaban alguna situación cómica por mor de su impulsiva juventud, volaban como pollastres saltarines alrededor de los mayores, esperando un generoso aguinaldo.

Era de recibo que en estos eventos, tras disfrutar de una copiosa comida, tomaran la palabra las personas que ya peinaban canas desde hace años, sin pudor alguno, y relataran a los presentes alguna aventura privativa de la familia. La expectación siempre era máxima, aunque algunas «batalliñas» estuvieran «más sobadas» que la sotana de don Facundo, celebrante de la pequeña oración que se rezaba, buena disculpa para el gaudeamus, en el inicio del suculento banquete.

Las anécdotas más simpáticas siempre venían de una tía nuestra que tenía en su refajo más aventuras que el baúl de la Piquer. Era una mujer que cumplía ese año otra vez ochenta años, según su peculiar forma de contar y descontar años desde el día que nació. 

Tenía un cutis apenas envejecido que era la envidia de todos los presentes, pues no había en su cara una sola arruga. Ella lo atribuía a tomar todas las noches, antes de acostarse, una copita de orujo. No faltaba siempre el sobrino gracioso que le hacía el típico comentario burlón sobre el habilísimo médico que le había estirado tal cantidad de surcos faciales. Ante estos «pinchazos irónicos», ella siempre sonreía y entonces los ojos se convertían en dos líneas de luz, en dos fervientes horizontes de piedra y sol. Tenía la sonrisa de una niña inquieta y «rebuldeira» siempre dispuesta a hacer cualquier trastada que fastidiara de buena fe a algunos mayores. De memoria prodigiosa, aún era capaz de recitar aquellos versos que el bueno de su difunto marido siempre le cantaba, con acordes claramente disonantes, en su «descontado aniversario» para conmemorar el glorioso día de su primera cita: Esos tus ojos verdes, niña, / te los compro si me los vendes, / son hermosa flor de justicia, / cadena con que tú me prendes.

Sus recuerdos siempre se remontaban a los tiempos de la mermelada de cartón ―nunca explicó el significado de esta expresión―, concepto que todos los presentes tenían muy asumido. La pobre Manuela, su fiel y devota cocinera, era el blanco de sus ironías más sangrientas. Que si no sabía nada de repostería, que tenía menos mano para los dulces que el muñón de Francisco el Ceutí ―un excombatiente tullido de la guerra de África―, que en treinta años no fue capaz de hacer bien un mollete de pan, y que si cada vez que intentaba hacer un arroz con leche los obreros de cualquier obra próxima daban saltos de alegría, pues ya tenían materia prima de primer orden para encementar varias superficies.

Después de tantos cuentos picajosos y cómicos sobre la impericia de la buena de Manuela, el corazón cristiano, decía ella, le obligaba a ponderar alguna de sus escasas virtudes. Entonces hablaba de manera superficial de sus habilidades para hacer el cocido gallego con patatas de la tierra.

Da terra son todas, señora, le contestaba algo molesta la «guisandeira» una y otra vez, sin llegar nunca a entender la pobre mujer el doble sentido de la expresión.

Cuentan, y rabiaba mi tía cuando lo oía, que hasta venía de las aldeas limítrofes a degustar «la ropa vieja» algún que otro gerifalte de hojalata o cacique de ringorrango.

―Pero ya está bien, y cortaba de forma brusca los elogios, no vaya a ser que de tanto bombo y de «tanta boca llena» convirtamos esto en un confesionario. Expresión que enfurecía, todo para sus adentros, al cura que presidía la comida siempre que la oía.

―Alabo lo buena de ella y vitupero lo malo. Eso es justicia, ¿no? Pues hecha está. Y ahora, por favor, a comer.

Otras veces se cebaba en la guerra y con las calamidades que sufrió nuestra familia al morir en ella gran parte de los hombres. En un mundo de hombres y sin hombres, se quejaba con cierta rabia contenida. En otras, se explayaba con los amoríos de algunos conocidos de las aldeas y las parroquias vecinas, tan abundantes ellos, según algunos.

―Mucho «fillo de peta na porta» hay en Galicia, mucho. Y se quedaba tan a gusto con esta aseveración más que atrevida. Nadie era capaz de rechistarle.

De esta forma tan curiosa animaba la comida, y mirando de reojo al cura, que no hablaba porque no cesaba de comer, lanzó a la fama a nuestro primocho, el señorito del frasco.

Contaba que en la postguerra, nuestra familia, como tantas otras, vivió de un modo itinerante por la geografía española, siempre buscando un lugar donde asentarse y poder vislumbrar un futuro menos doloroso e incierto que el que les tocó vivir. En este punto siempre hacía una pausa para dar un dato estadístico un poco anquilosado.

―El índice de mortalidad infantil en aquella época era muy alto. Tanto, que no era de extrañar que en la mayoría de las familias se viviera un periodo de luto más o menos extenso por el fallecimiento de un crío de corta edad y de otro familiar en fechas correlativas.

Olvidé el nombre, pero sé por lo que me contaron días posteriores que habló, como única novedad, de una tía de la familia que había perdido a cuatro de los siete hijos que tuvo. Tres murieron por enfermedades propias de entonces: meningitis, pulmonía y una infección de la sangre que le sobrevino después de un viaje en tren por la comarca de Padrón. El último hijo, el «pechacancelas», que se iba a llamar Valentín, y ya lo llamaban Neco antes de nacer, falleció tras sufrir un aborto la madre al caer escalones abajo por la escalera principal de la casa.

Grandísima fue la pena que generó tal desgracia. Más de uno dijo que nadie de la familia saldría con vida de aquella. Pero la fuerza de la sangre pudo con todo. Cuentan, sin ninguna fiabilidad, que el párroco, el médico y el juez fueron autorizados para otorgarle a la madre el beneplácito, después de atinadas cartas a quien correspondía, de conservar en casa al feto con formol en un frasco de cristal. La madre, obnubilada por la fatal desventura, decidió colocarlo en un lugar preferente de la casa, junto a una radio Marconi que le habían traído de Italia, para que fuera venerado por todos los miembros de la familia y por cualquier visitante que los apreciara lo más mínimo.

―¡La radio se enciende después de la jaculatoria!, les decía a los adultos y a los niños que en ese momento se encontraran en su casa.

Todas las noches la buena mujer le rezaba un rosario y besaba el frasco con tanta devoción que, sus súplicas, tarde o temprano, tras un rosario interminable, serían escuchadas.

Por lo tanto, con tanto cambio que experimentó la familia, el señorito del frasco, como lo rebautizó la buena de Pilocha, viajó por diferentes calles de otras tantas ciudades gallegas. Esta generosa mujer, inexperta e impulsiva, institucionalizó una célebre frase en cada uno de los traslados:

―Señora, ¿qué hago con el señorito del frasco? ¿Dónde lo pongo?

―¡Qué vas a hacer, Pilocha, qué vas a hacer! ¡Cómo siempre! Pues cogerlo con las dos manos, hacer la señal de la cruz, besarlo con muchísimo respeto y no soltarlo hasta que lleguemos a nuestra nueva casa, que allí ya me encargaré yo de que lo bendigan de nuevo. Durante el trayecto, ¡demonio de mujer!, que no se te olvide rezarle una jaculatoria tras otra. ¡Caracoles con la juventud de hoy en día! ¡No saben nada!

―El señorito es mucho señorito de Dios, rosmaba con cierta admiración patética Pilocha, que no entendía nada.

Y como la benigna de nuestra tía había comido, a pesar de sus años, como un cura de aldea, el sopor de la buena digestión la sumía año tras año en tal profundo sueño que siempre les impedía a todos los presentes conocer el último destino de nuestro querido primo, el señorito del frasco. Los más pequeños se juramentaron que se lo sacarían en un mínimo momento de lucidez.

―Dejad a la tía en paz. Dejadla. No tenéis perdón de Dios si pretendéis despertarla.

―El sueño del orujo es de lo más placentero, sentenciaba un viejo camarero que había pasado, por palabras suyas, en muchas ocasiones por una situación semejante. 

Visitas: 0

AMORES QUE MATAN

María es una mujer hermosísima. Posee una belleza insultante, dicen sus amigas, que no aceptan su belleza, pues piensan que su presencia en cualquier reunión o fiesta imposibilita al resto de las presentes la más mínima posibilidad de ligar.

María es una morena voluptuosa y ardiente que, según ella, nació para el amor en el sentido más sensual de la palabra.

—Necesito desgarrar mi piel con cada caricia que me hace una mano masculina. Es como una descarga eléctrica que me exige otra más. No soporto la soledad, me hiere como un cilicio. Yo nací para vivir en compañía, para sentir el aliento masculino en cada poro de mi piel.

María interpreta el amor como un tobogán. No entiende que la rutina es algo consustancial al amor cuando se llevan varios meses de relación. Ella quiere que cada encuentro amoroso sea como una montaña rusa que la haga sentir en la boca del estómago un placer irrepetible. Por eso mismo, no hay hombre que aguante a su lado más de dos meses.

—Son unos blandos de cuidado, se acomodan enseguida. Me tienen miedo cuando yo quiero algo que ellos no pueden darme.

María tuvo una infancia y juventud llenas de alegría; mejor dicho, llenas de

rabietas, caprichos y antojos consentidos. Esa egolatría, heredada de su madre, hizo de ella una mujer insatisfecha de por vida. Solo encuentra en el dolor ajeno un placer semejante al orgasmo físico. Y cuando hiere, hiere de verdad.

—María, hija, tú siempre con la cabeza bien alta. Y si tus primos no quieren jugar contigo, mándalos a sembrar habas o a rezar la salve marinera. Tú no te achiques jamás, que sean ellos los que vengan a hacerte caso y ya verás como en el futuro tú siempre saldrás de cualquier sitio con un hombre a tu lado.

Ya en los tiempos de las primeras romerías de juventud, en las aldeas gallegas, era el centro de todas las miradas. La pandilla, compacta y siempre muy unida desde niños, comenzó a tener sus primeros problemas cuando vieron que el cuerpo de María era el único punto de referencia para los chicos que bailaban en las fiestas de las villas.

—Pero seguro que cuando abre la boca es una tonta de cuidado —decían algunos que no eran capaces de acercarse a ella para invitarla a bailar y experimentar ese escalofrío que decían algunos que sentía su espalda cuando una mano masculina se posaba en su cintura.

—Caramba, su cuerpo se arquea como el lomo de un gato en celo —decía un chico espabilado y un tanto presumido.

En la universidad, fue donde comenzó a recibir los primeros abucheos afectivos. Entonces, sus compañeros de clase, conocedores de sus arrebatos lascivos, jugaban con ella como con un colador. Y ella lloraba sin parar porque ya no era capaz de controlar la montaña rusa en la que viajaba, ahora por obligación de otro y no por su propio deseo. Y el placer se convirtió en sufrimiento.

Ahora, María, ya metida en los treinta, sueña todas las noches con volver a los dieciocho años, para que en sus rojas mejillas se vuelvan a posar aquellos dedos juveniles que le hacían perder el sentido mientras escuchaba hermosas promesas eternas.

Pero todos sabemos que los sueños, si los sacas de su esfera nocturna y atemporal, son una pesadilla inagotable que no mata, pero tampoco deja vivir a quien la sufre. 

Visitas: 2

BREOGÁN

Cuando pienso en Galicia, no pienso solo en un lugar del mapa. Pienso en una manera de mirar el mundo.

Galicia es niebla y es luz. Es el rumor constante del Atlántico, el verde profundo de los montes, la piedra antigua de las aldeas y el silencio que habita en los caminos. Es también memoria: memoria de quienes vivieron antes, de quienes partieron y de quienes, generación tras generación, siguieron nombrando la tierra como algo propio. Este texto nace de esa memoria, aunque hay conocidos míos que se empeñan en recordarme que yo no tengo nada de gallego.

Breogán evoca una figura mítica que, más allá de la leyenda, representa una raíz profunda de la cultura gallega. Breogán es símbolo de origen, de identidad y de esa antigua conciencia atlántica que conecta Galicia con historias y pueblos que miraron siempre hacia el mar.

Pero este texto no pretende hablar desde la historia erudita ni desde la leyenda lejana. Pretende hablar desde la experiencia, desde el recuerdo, desde las pequeñas escenas que forman la vida de una tierra. Porque Galicia vive en los grandes relatos, sí, pero también en los detalles: en una conversación al atardecer, en el olor de la lluvia sobre la tierra, en el sonido de una campana que marca el paso del tiempo o en la lejanía que duele cuando se palpa en esta tierra de secano y calor asfixiante.

Estas palabras son, en cierto modo, un intento de escuchar. Escuchar lo que me dicen los lugares, lo que me dicen las personas, lo que me dice la memoria. Y convertir esa escucha en palabras.

Quizá por eso el título sugiere palabras. No son solo palabras escritas: son palabras heredadas, palabras escuchadas en la infancia, palabras que han viajado con quienes emigraron y palabras que regresan siempre, como regresa el mar a la costa.

Si Breogán simboliza el origen, este texto quiere ser un eco contemporáneo de ese origen: un pequeño testimonio de lo que Galicia ha sido, es y seguirá siendo para quienes sienten su presencia más allá de la distancia.

Porque Galicia no es únicamente un territorio. Es una forma de pertenencia.

Y tal vez, al final, estas palabras no sean solo de Breogán, sino también de todos aquellos que, de una u otra manera, seguimos sintiéndonos hijos de esta tierra atlántica. 

Visitas: 0

LA LLUVIA EN GALICIA

Dicen que en Galicia llueve más que en ningún otro lugar, pero quienes la conocen de verdad saben que la lluvia no es solo un fenómeno meteorológico: es un estado del alma. Galicia llueve por dentro, incluso en agosto, incluso cuando el sol se atreve a posar su luz sobre los hórreos y las playas de agua fría. Llueve en la memoria, en la forma de mirar, en la manera de caminar despacio, como si cada paso fuera una conversación con la tierra.

La lluvia interior gallega no empapa, pero cala. No moja la ropa, pero humedece los pensamientos. Es una lluvia que acompaña, que no interrumpe, que no exige paraguas. Es la lluvia que hace que uno se detenga a escuchar el rumor de un río aunque no tenga prisa, o que mire el horizonte del mar como quien busca una respuesta que no necesita encontrar.

En Galicia llueve por dentro porque el paisaje se cuela en las personas. Los bosques de eucaliptos que suspiran con el viento, las carballeiras que guardan secretos centenarios, los caminos de piedra que parecen haber sido puestos allí para que nadie olvide de dónde viene. Todo eso se filtra, sin pedir permiso, en el carácter de quienes nacen o se quedan. Y también en quienes pasan solo un verano y descubren que, sin saber cómo, ya no podrán marcharse del todo.

La lluvia interior es también una forma de resistencia suave. Galicia ha aprendido a convivir con la niebla, con la bruma que borra contornos y obliga a afinar los sentidos. Esa misma bruma se instala en el corazón y enseña a mirar más allá de lo evidente. Por eso los gallegos tienen fama de responder con otra pregunta: no es indecisión, es una manera de abrir posibilidades, de no cerrar caminos antes de tiempo. La lluvia, incluso la que no cae del cielo, enseña paciencia.

Pero no todo es melancolía. Galicia llueve por dentro porque también llueve alegría. Una alegría que no hace ruido, que no necesita grandes gestos. Es la alegría de una mesa compartida, de un plato de pulpo que humea sobre el mantel de papel, de una conversación que empieza hablando del tiempo y termina hablando de la vida. Es la alegría de una romería que se alarga hasta que el cuerpo dice basta, o de un paseo por la playa cuando el viento obliga a sujetarse la capucha con las dos manos.

La lluvia interior gallega tiene un ritmo propio. A veces cae fina, como un recuerdo que vuelve sin avisar. A veces arrecia, como un abrazo que uno no esperaba. Y otras veces se detiene, dejando un silencio que no es vacío, sino descanso. En ese silencio, Galicia respira. Y quien la escucha, también.

Quizá por eso tantos viajeros sienten que Galicia los mira. No con ojos humanos, sino con la mirada de sus montes, de sus rías, de sus aldeas que parecen resistir al tiempo. Galicia observa, reconoce, acoge. Y cuando uno se va, la lluvia interior se queda, como un pequeño faro encendido en algún rincón del pecho.

Porque Galicia llueve por dentro, sí. Llueve en forma de nostalgia, de ternura, de calma. Llueve en forma de historias que se cuentan al calor de una lareira, o de silencios que dicen más que cualquier discurso. Llueve en la manera de querer, de recordar, de volver siempre, aunque sea solo con el pensamiento.

Y quien ha sentido esa lluvia, aunque sea una vez, sabe que no se seca nunca del todo. 

Visitas: 0

CUANDO LA NOSTALGIA ME LLAMA

Nunca sé señalar el instante exacto en el que la nostalgia por Galicia empieza a habitarme. Quizá, el día de mi bautizo en Santa María Salomé. No llega como llegan las desgracias, con estruendo y polvo levantado, sino como llegan las cosas que no quieren asustar: en silencio, sin anunciarse, ocupando un lugar que llevaba tiempo aguardándola. Tardo mucho en entenderlo, pero al final sé que no viene a herirme. Viene a llamarme. Es una llamada en voz baja, casi respetuosa, de esas que no exigen respuesta inmediata porque conocen bien su destino: tarde o temprano, responderás.

Durante mucho tiempo creo que escribir sobre el pasado es solo una costumbre, una forma de ordenar los años vividos, una disciplina íntima que me sostiene. Hoy sé que no es eso. Es una forma de vigilia. Escribo para no escuchar lo que más temo oír, para no caer de lleno en las imágenes que me miran desde la memoria: la lluvia golpeando los tejados, el tañido de las campanas en la tarde, los bosques que huelen a musgo y a leña. Porque cuando dejo de escribir, Galicia encuentra grietas por donde colarse y me inunda sin compasión. Hay recuerdos que no toleran el silencio: no se conforman con ser evocaciones, quieren volver a vivir, reclamar su sitio. Esperan con paciencia a que la mente se fatigue, a que la razón baje la guardia, a que uno deje de perseguir lo nuevo y empiece, sin darse cuenta, a ser habitado por sombras antiguas que no obedecen.

A mis años ya no me persiguen las promesas —se cansaron de mí, por desleal e informal, hace tiempo—, sino los nombres. Los nombres de las aldeas que ahora son pequeñas urbes, de los ríos que siguen cantando bajo la lluvia, de las personas que me recuerdan quién fui antes de aprender a nombrarlas. Madrid nunca sabe ser para mí un refugio: no acalla nada, no disuelve el murmullo interior. Compostela, en cambio, sí. Tal vez porque no vivo en ella. Tal vez porque la distancia afina la herida. Allí, cada paso remueve lo que creía dormido. La humedad no solo vive en las piedras; se instala en mi pecho. Cuando intento mirar atrás, es ella la que mira por mí, y en ese gesto me concede una paz antigua, casi vegetal.

Esta noche la nostalgia vuelve con una fuerza inesperada, como un ave de presa que reconoce a su objetivo desde lo alto y se lanza a por ella sin titubeos. No deja espacio a lo que estaba ocurriendo: lo arrasa. No reproduce el pasado tal como fue, sino como quedó suspendido. Afectos inconclusos, palabras que no se dijeron porque el aire parecía escuchar y decisiones aplazadas que se convirtieron en costumbres. Sombras que jamás se fueron y que ahora regresan sin violencia, con una ternura que desarma. No vienen a exigir, sino a comprobar que sigo aquí, que aún marcan el ritmo de mi respiración.

Desde la primera línea escrita entiendo que no se trata de comprender —comprender es cerrar—, sino de trazar límites: saber qué pertenece al ayer y qué aún respira en el presente. Las palabras no me encarcelan, pero me señalan. Me muestran mis errores, mis fantasmas, mis pudores. Siempre me dicen que quien vive entre fronteras acaba cruzándolas. Y es cierto: la duda no se va, se sienta conmigo, me observa, se refleja en el espejo cuando paso y se queda un instante más, solo para recordarme que sigue ahí.

Escribo porque hay palabras que persisten incluso cuando nadie las pronuncia. Palabras que saben guardar silencio sin desaparecer. En ellas el silencio no es vacío, es contención. No es calma, es densidad. Cuando empiezo a escribir creo que enciendo una luz, pero esa luz no limpia: revela. Revela lo que no fue, lo que no pudo ser, lo que aún duele. Y hay imágenes que, una vez recuperadas, ya no se retiran. No esperan una segunda oportunidad. Permanecen con los ojos abiertos, mirándome, mientras yo intento sostenerlas con torpeza.

La nostalgia no asusta. Acompaña. Es reconocer un umbral que nunca estuvo delante, sino dentro. Es comprender que a cierta edad uno no despierta: vigila. Y mientras vigila, recuerda. Y mientras recuerda, escribe. Porque empezar de nuevo no consiste en encender otra luz, sino en aceptar que el umbral siempre estuvo ahí, a mi lado, esperando a que por fin me atreviera a mirarlo. 

Visitas: 2

CUANDO LA NOCHE CALLA

Escribir en Galicia de noche es como abrir una ventana al silencio. La saudade, tan nuestra, respira con calma cuando el mundo duerme. Cada palabra es una luz pequeña que se enciende en la oscuridad, una estrella que dibuja constelaciones de identidad. Escribir en Galicia es abrazar la memoria, sembrar futuro con raíces profundas. En la noche, las voces ajenas callan y solo queda el latido del pensamiento. Entonces las ideas se vuelven más nítidas, como si la oscuridad fuera un lienzo puro donde pintar emociones. La noche regala tiempo sin prisas, y Galicia añade calor, esa música suave que nos une a la tierra y al mar.

Pero aquella noche no escribía para celebrar Galicia, sino para huir del dolor. La lluvia lavaba mi pecho mientras los ecos de risas y brindis resonaban en las tabernas. Nadie sabía por qué brindaban, solo querían ahogar las penas. Yo también. Salí muy tocado de una de ellas, buscando armonía entre las piedras benditas de Santiago, con su aroma a madera y sus tardes doradas en la Alameda. Sin embargo, mis ojos ya no te alcanzaban a ver, y nadie podía imaginar cuánto duelen las ausencias. Un fado y dos espíritus, y en mi pecho cien heridas. Así lo siente un gallego cuando marcha de su tierra… o cuando pierde el amor.

Ahora habito, por mi culpa siempre, una isla desierta y hambrienta. Los restos de un naufragio son testigos de un pasado glorioso que empezó a desvanecerse cuando tú me convertiste en una dorna sin ribera. Entonces, cuando aún creí reír, quise besar tus pechos para comprobar que no te habías ido, pero mis labios, llagas de sufrimiento, hicieron del beso un fantasma de orgasmos. Y así, entre sombras, la tierra florece… pero nosotros no. Porque escribir en Galicia es resistir y celebrar, y yo solo escribo para sobrevivir a tu memoria.

Entonces te busqué en cada palabra, en cada verso que la noche me regalaba. Creí que la escritura podía salvarnos, que la tinta era un puente sobre el abismo que nos separaba. Pero las palabras, esas luces pequeñas, no bastaron para iluminar tu silencio. Tú callabas, y yo gritaba en secreto, confiando en que el eco llegara a tu piel. No llegó. El tiempo, cruel y paciente, fue borrando tus huellas como la marea borra siempre las pisadas en la arena. Y yo, náufrago de tu ausencia, aprendí que hay abrazos que se rompen antes de nacer, que hay besos que se pudren en la memoria.

Hoy escribo para no morir del todo. Escribo porque cada frase es una raíz que se aferra al tiempo y a Galicia, aunque el futuro sea un horizonte vacío. Escribo porque la noche me ofrece un refugio, y Galicia, esa música suave, me recuerda que aún pertenezco a alguien, aunque ya no te pertenezca a ti. Escribo porque amar fue mi quimera, y perderte, mi condena. Y mientras las estrellas guardan su secreto, yo confieso el mío: que cada palabra que nace pensando en esta tierra es un intento desesperado de reconstruir la constelación rota que fuimos. 

Visitas: 0

PASEO MISTERIOSO POR EL BOSQUE

El tiempo avanza como una sombra que no pide permiso. Va dejando huellas invisibles en los muros, en los rostros, en los campos que un día fueron verdes y ahora respiran con dificultad. Camino entre las hierbas altas, ya quemadas por el sol y por el olvido, y siento que cada paso es una conversación antigua entre el viento y la tierra. El viento habla, la tierra calla, y yo quedo en medio, intentando comprender un lenguaje que se deshace entre los dedos.

Hay días en los que el mundo parece hecho de agua: todo fluye, todo escapa, todo se transforma. El agua arrastra consigo las historias que nadie contó, los nombres que ya no recordamos, los sueños que quedaron a medio abrir. Y me pregunto si la poesía no será también eso: una corriente que lleva lo que fuimos y lo que seremos, un espejo donde el hombre se mira y no reconoce su propio rostro.

El bosque, que antes era un libro abierto, va perdiendo páginas. Los árboles, cansados de esperar, dejan caer hojas que ya no son mensajes, sino advertencias. El hombre pasa a su lado sin detenerse, como quien atraviesa una estancia ajena, y no escucha el rumor de las raíces pidiendo un poco de silencio, un poco de memoria. La destrucción no llega de repente: es una lluvia fina que cae durante años, hasta que un día descubrimos que ya no queda nada que pueda crecer.

Y aun así, el viento insiste. El viento siempre insiste. Se cuela por las rendijas de las casas abandonadas, levanta el polvo de las eras, empuja las nubes como quien empuja un destino. El viento es el único que recuerda el camino de regreso, el único que sabe que la vida es una sucesión de puertas que se abren y se cierran sin aviso. La poesía nace ahí, en ese instante en que el viento toca la piel y nos obliga a escuchar lo que no queríamos oír.

La vida, a veces, es solo una pregunta que nadie responde. Otras veces es una herida que no duele, pero tampoco cura. El hombre avanza, siempre avanza, como si tuviera miedo de detenerse y descubrir que el mundo sigue girando sin él. Pero hay momentos —raros, frágiles, luminosos— en los que todo se detiene: el viento suspende su canto, el agua deja de correr, el tiempo respira hondo. Y en ese silencio, el hombre comprende que no es dueño de nada, que solo es un caminante más entre miles de caminantes que pasaron antes y pasarán después.

Quizás por eso escribo. Para dejar constancia de lo que desaparece, para nombrar lo que ya no tiene nombre, para levantar una pequeña casa de palabras donde el viento y el agua puedan descansar un instante. La poesía es el único territorio que no puede ser destruido, porque vive en la memoria de quien la lee y de quien la escribe. Es un sendero que no se ve, pero que siempre está ahí, esperando.

Y mientras escribo, siento que el tiempo se abre como una flor tardía. El bosque, pese a todo, respira. El agua continúa su curso. El viento trae nuevas voces. Y yo sigo caminando, sabiendo que cada palabra es una piedra más en este sendero que no lleva a ninguna parte y, al mismo tiempo, me conduce a todas. 

Visitas: 1

INVITACIÓN MARINA

Yo te invito a pasear conmigo, a dejar que nuestros pasos se mezclen con el rumor de las olas y que el viento marino nos envuelva como un secreto compartido. Quiero que sea un paseo sin prisas, en el que cada instante se convierta en un recuerdo, en el que cada mirada sea una confesión silenciosa.

Cuando pienso en ti, te imagino caminando a mi lado, con una sonrisa que ilumina más que el sol reflejado en el agua. Veo cómo tus manos pueden rozar las mías, sin necesidad de palabras, porque hay silencios que dicen más que cualquier discurso. Yo te invito a que descubramos juntos esa complicidad que nace cuando dos almas se reconocen en el mismo horizonte.

Quiero que sientas conmigo la fuerza del mar golpeando contra los acantilados, esa energía que nos recuerda que la vida es intensa y breve, y que por eso merece la pena vivirla con pasión. Yo estoy aquí, ofreciéndote mi compañía, mi tiempo y mi mirada, porque sé que contigo cada detalle se transforma en poesía.

Cuando nos detenemos frente a un faro, quiero que sea como una promesa: su luz guiando nuestros pasos, igual que tu presencia da sentido a mi caminar. Cuando nos sentemos en una piedra a contemplar el atardecer, quiero que sea un instante eterno, en el que el mundo desaparezca y solo quedemos nosotros, tú y yo, respirando la misma calma.

Yo te invito a que dejes que la brisa acaricie tu rostro, que la sal del mar se mezcle con tus labios, que cada paso sea una celebración de la vida compartida. No te prometo grandes aventuras imposibles, solo te prometo la verdad de mi presencia, la sinceridad de un corazón que se abre sin miedo.

Quiero que camines conmigo por los senderos que bordean los acantilados, que descubramos juntos que cada día puede ser una fiesta si lo compartimos. Quiero que sientas que contigo deja de ser un lugar solitario y se convierte en un escenario íntimo, en el que cada piedra, cada ola, cada nube habla de nuestra historia.

Te invito a sumergirte conmigo en la música de las olas, en el silencio de las mañanas serenas, en la complicidad de un gesto pequeño que se convierte en infinito. Yo estoy contigo, y contigo quiero estar, porque la vida es hermosa, pero contigo es aún más hermosa.

Y te digo con toda claridad y con toda emoción: quiero que vengas conmigo, que descubramos juntos este camino, que dejemos que la vida se mezcle entre nosotros como la espuma que se pierde en el mar. Quiero que sea un paseo que no termine nunca, porque cada paso contigo es un capítulo nuevo, cada mirada es una confesión, cada sonrisa es una promesa.

Yo te invito, con toda mi alma, a que camines conmigo, porque sé que allí, entre el mar y el cielo, entre la luz y la sombra, entre el silencio y la palabra, puede nacer algo tan íntimo y tan verdadero como lo que ahora te estoy diciendo. 

Visitas: 0

A COSTA DA MORTE

El mar respira con fuerza frente a los acantilados. Las olas llegan como animales desbocados, golpean contra la piedra y levantan un aliento blanco que se esparce por el aire húmedo. El viento sopla sin descanso, arrastra la lluvia en hilos oblicuos que golpean la tierra y hacen que todo se vuelva líquido, que todo se mezcle en una misma materia de sal, agua y memoria. A Costa da Morte vive en el presente, y cada instante es una lucha entre la belleza y la herida.

Los acantilados alzan su frente oscura, como si fueran muros levantados contra el mundo. La piedra resiste, pero también se quiebra, y cada grieta cuenta una historia de siglos. El invierno es duro, la lluvia cae sin tregua, el viento arranca hojas, arrastra ramas, abre caminos invisibles sobre el mar. La gente que habita estas tierras sabe que aquí todo se sufre: el frío que cala en los huesos, la humedad que nunca se seca, el rumor constante de las tormentas que amenazan cada noche.

Pero también hay belleza. El verde de los prados brilla incluso bajo la niebla, como si la tierra quisiera recordar que la vida persiste. Las aldeas, pequeñas y recogidas, encienden luces cálidas que se ven desde lejos, como estrellas bajas que guían a quienes regresan. El mar, cuando se calma, muestra un azul profundo que parece infinito, y los rayos del sol, cuando se abren paso entre las nubes, dibujan caminos dorados sobre la superficie.

La memoria de los marineros está presente en cada puerto, en cada piedra mojada. Los nombres de quienes murieron en naufragios resuenan en el viento, y sus historias pasan de generación en generación. Hay quien dice que las almas de los ahogados siguen caminando por las playas, que su canto se mezcla con el bramido de las olas. A Costa da Morte es un cementerio invisible, un lugar donde el mar guarda los cuerpos y la tierra guarda el recuerdo.

Y aun así, la gente sigue viviendo aquí. Planta, cosecha, pesca, construye. El invierno duro no detiene la vida, solo la hace más consciente. Cada día es una batalla contra la fuerza de la naturaleza, pero también una celebración de su belleza. El verde de los montes, el blanco de la espuma, el gris de las nubes, el negro de las piedras: todo compone un cuadro que es al mismo tiempo terrible y hermoso.

Quien escribe esto observa en presente: el mar golpea, el viento sopla, la lluvia cae. A Costa da Morte no es un recuerdo, es una realidad que se renueva a cada segundo. Aquí el tiempo no se mide en horas, sino en mareas. Aquí la vida es frágil, pero también intensa. Y quien contempla este lugar entiende que el dolor y la belleza pueden convivir, que la muerte y la esperanza pueden formar parte de un mismo horizonte. 

Visitas: 0

LA PEREGRINA Y EL BURGO

En Bertamiráns, en la finca de la familia de mi madre llamada La Peregrina, se alza una pequeña capilla que es mucho más que piedra y cal. Como se deduce, hoy sigue en pie, pero sin culto. Era nuestro rincón sagrado, el lugar donde la Virgen Peregrina nos acogía bajo su manto protector.

Cada agosto, la fiesta llenaba el aire de música, de risas y de devoción. Las campanas repicaban con alegría, y nosotros, niños y mayores, nos vestíamos de gala para honrar a nuestra Virgen. Aquel día era un encuentro de almas, un instante en el que la familia y los vecinos nos fundíamos en una misma emoción, entre el olor a rosquillas y el sonido de las gaitas que hacían vibrar el corazón.

Luego, en septiembre, el camino nos llevaba a Vedra, a la finca de la familia de mi padre llamada El Burgo, donde la Virgen de las Ermitas era la protagonista. Allí la fiesta tenía otro sabor, distinto, pero igualmente entrañable, apreciada y muy valiosa espiritualmente. En Vedra, la devoción tenía un tono más desconocido para mí, pero también muy íntimo y muy familiar. Recuerdo las procesiones, los cantos, y esa sensación de que cada piedra del lugar guardaba la huella de nuestros antepasados. Era como si el tiempo se detuviese, y nosotros, pequeños y grandes, nos sintiéramos parte de una tradición que nos trascendía.

Era como si el calendario nos regalase dos citas imprescindibles, dos paradas obligadas en el camino de la vida. Estas dos fiestas, la de Bertamiráns y la de Vedra, eran mucho más que celebraciones religiosas. Eran la expresión viva de nuestra identidad, de la unión familiar, de la alegría compartida y de la fe heredada. Cada vez que cierro los ojos, veo las luces de las fiestas, escucho las gaitas y siento el latido de las campanas. Y en el fondo de mi pecho, una gratitud inmensa crece, porque sé que esos recuerdos son el tesoro más valioso que me dejaron mis padres y mis abuelos.

Hoy, cuando regreso de vez en cuando a esos lugares, siento que las capillas siguen hablándome, aunque no tengan culto, que las Vírgenes siguen mirándome con esa ternura antigua, y que cada agosto y cada septiembre son un puente entre el pasado y el presente. Son la memoria viva de mi familia, el recuerdo que me hace sonreír con nostalgia y que me llena de orgullo. Porque allí, entre Bertamiráns y Vedra, aprendí que la fe y la fiesta, la tradición y la alegría, pueden convivir en un mismo latido, y que ese latido es el que nos mantiene unidos, generación tras generación.

Pero hoy, cuando vuelvo a esos lugares, me siento también atravesado por una herida silenciosa: sé que aquellos tiempos no se pueden recuperar, que las risas compartidas y el calor humano que llenaba cada rincón ya no regresarán. Ahora veo cómo la impersonalidad y la indiferencia crecen, cómo mucha gente, sobre todo en la segunda finca, parece ajena a mi presencia, como si la memoria que yo guardo con tanto amor no tuviese ya reflejo en sus ojos. Esa distancia duele, porque contrasta con la intensidad del recuerdo, y me deja con una profunda saudade, con una melancolía que me acompaña y que, al mismo tiempo, da sentido a mi fidelidad a esas raíces que nunca quiero olvidar.

ADDENDA.- El Burgo lo vendimos cuando yo tenía 22 años y, desde entonces, siempre ha estado en manos privadas, circunstancia que me ha dificultado, y me dificulta, teniendo en cuenta mi gran timidez, una minuciosa visita; mientras que La Peregrina la vendimos con 33 años y con la noticia de que fue el Ayuntamiento de Ames quien la compró y la convirtió en lugar de celebración de actos públicos, y privados, sede de la concellería de cultura y en un ajardinado espacio abierto para los ciudadanos de Bertamiráns. A cien metros se construyó una nueva capilla con la «vieja» Virgen Peregrina, que está siempre abierta y tiene culto diario. 

ACLARACIÓN.- Te recomiendo que, de vez en cuando, hagas clic en el enlace de josemariamaiztogores.com/ por si quieres ver la portada del blog. Yo siempre te lo agradeceré. En caso de que te molestase recibir mis entradas, ya sabes, date de baja de este blog. Mil gracias. 

Visitas: 2

LOS PIMIENTOS DE PADRÓN Y EL PULPO Á FEIRA

Hay comidas que alimentan el cuerpo. Y hay otras que alimentan la memoria.

Cada vez que veo un plato de pulpo á feira rodeado de cachelos y una fuente de pimientos de Padrón recién fritos, no pienso primero en el sabor. Pienso en las personas. Porque nunca recuerdo estos platos sobre una mesa para dos. Siempre aparecen rodeados de familia, de amigos, de voces que se pisan unas a otras y de esa alegría tranquila que solo nace cuando nadie tiene prisa por levantarse.

El pulpo llega humeando, todavía brillante por el aceite de oliva. El pimentón dibuja sobre él un rojo que parece hecho para abrir el apetito incluso al que acaba de jurar que ya no puede comer más. La pulpeira mueve las tijeras con una destreza que parece un baile aprendido hace muchas generaciones. Cada corte cae en su sitio, como si las manos recordaran solas lo que tienen que hacer.

El pan espera al lado. Nunca como el primer trozo de pulpo sin mojar antes un pedazo de miga en ese aceite teñido de pimentón. Ahí ya empieza el banquete.

Después llegan los pimientos. Verdes, brillantes, todavía cantando en el plato por el calor de la sartén. Siempre hay alguien que dice riendo que unos pican y otros no. Y siempre aparece el valiente que asegura que a él nunca le toca uno de los bravos… hasta que le toca. Entonces todos nos reímos mientras busca el vaso de vino como si en él estuviera el remedio para todos los incendios del mundo. Qué pequeñas eran aquellas felicidades. Y qué inmensas.

Recuerdo comidas que parecían no terminar nunca. Fuentes de pulpo que desaparecían para volver llenas otra vez. Cestas de pan que siempre encontraban una mano dispuesta a vaciarlas. Pimientos que iban desapareciendo sin que nadie llevara la cuenta. Y yo… yo comiendo con un entusiasmo que hoy me hace sonreír. Más de una vez terminaba con un empacho de los que obligaban a desabrochar un botón del pantalón y prometer, muy convencido, que no volvería a repetir.

Mentía. Al domingo siguiente hacía exactamente lo mismo. Y era feliz.

Porque la felicidad tiene muy poco que ver con la medida. A veces consiste precisamente en olvidarse de ella durante unas horas.

Mientras la conversación va saltando de un recuerdo a otro, miro las caras que me rodean. Algunas tienen más arrugas que antes. Otras ya solo viven en mi memoria. Pero cuando cierro los ojos vuelvo a escucharlas todas al mismo tiempo. Las bromas, las discusiones sobre si el pulpo estaba más tierno el año pasado, las recetas imposibles, las historias repetidas cien veces y celebradas como si fueran nuevas.

Comprendo entonces que el verdadero secreto de estos platos nunca estuvo en el pimentón, ni en el aceite, ni siquiera en la calidad del pulpo o de los pimientos. El secreto siempre estuvo en la mesa. En compartir.

En alargar la sobremesa hasta que la tarde se confundía con la noche.

En marcharse a casa con el estómago demasiado lleno y el corazón todavía con más sitio para los recuerdos.

Hoy vuelvo a probar un trozo de pulpo. Después un pimiento. Sonrío para mis adentros. El sabor sigue siendo magnífico. Pero lo que de verdad me alimenta no está en el plato. Está en todas las personas con las que, a lo largo de la vida, tuve la inmensa suerte de sentarme a comerlo.

Visitas: 0

GALICIA Y YO

Galicia y yo, una historia que se escribe sola. No hay manera más auténtica de volver a mi tierra sin moverme de Madrid que a través de la escritura. Aquí, entre el caos de las calles y avenidas y el frío seco de esta ciudad incansable, cada palabra que sale de mí lleva impregnada el eco de la lluvia persistente gallega. Para mí, Galicia huele a la brisa marina de las rías, a eucaliptos y carballos empapados por la humedad, a esa lluvia constante que llena el aire de nostalgia, a los viñedos de albariño esperando la vendimia en silencio, a las huertas rebosantes de patacas da terra (patatas de la tierra) y a los mercados llenos de carne tierna, pescado fresco y mariscos deliciosos traídos desde el Atlántico. Aunque Galicia no esté presente físicamente aquí, en Madrid, vive intensamente en mi memoria. Es como un perfume de raíces, de naturaleza palpitante y de recuerdos que atesoro en el corazón.

Escribir sobre Galicia es resistir, es negarme a aceptar la distancia, es querer mantener viva mi tierra y hacer menos doloroso este exilio. Galicia huele a mí, a los veranos interminables en El Burgo de Vedra y La Peregrina de Bertamiráns, esas dos fincas que marcaron mi infancia, mi adolescencia y el inicio de mi vida adulta. Ese territorio imborrable que no se marchita con el tiempo, aunque los lugares cambien sin remedio y las personas más queridas se vayan. Basta una pequeña señal ―una canción, una comida, una foto― para que esos recuerdos resurjan con toda su fuerza y me permitan revivir lo que fui. Mi niñez, mi juventud y mis primeros años como adulto reviven cada vez que mi memoria se abre y me permite ser quien una vez fui.

De repente, siento la hierba húmeda entre mis pies descalzos, el sabor agridulce de la fruta recién arrancada del árbol, el aire fresco que me envolvía mientras mis risas se unían al canto de los grillos, el aroma de la madera vieja y de las cocinas donde todo se cocinaba a fuego lento, la lluvia impredecible que caía sobre la tierra, confirmándome que Galicia sigue viva dentro de mí. Galicia huele a mí, a mi memoria, a mis raíces, a la eternidad que aún llevo dentro y a esa morriña ―exagerada y oportunista, según una amiga― que me quita el sueño muchas noches.

Quiero compartir tres anécdotas ―triviales e insignificantes, según un madrileño con aires de grandeza― que guardo como tesoros y que ya es hora de contar.

Una tarde de compras cerca del Black Friday ―¡cómo no!―, buscando algo que realmente no necesitaba en una tienda enorme, escuché a un gallego negociando el precio de un reloj, como si fuera el entrañable Suso, el dueño del bar Mahía en Bertamiráns, al que llamaban o Barateiro en el mercado de Santiago por su habilidad para regatear. No fue el reloj en sí lo que me emocionó, sino el ritmo de su voz, su firmeza serena al defender su tiempo y la forma en que cada palabra transmitía la dignidad de un paisano acostumbrado a luchar por lo que quiere. En ese momento, rodeado de vitrinas brillantes y luces artificiales, supe que Galicia estaba allí conmigo, que no era el único que llevaba su tierra a cuestas, que incluso en Madrid la identidad se manifiesta como un río subterráneo que nunca deja de fluir.

La otra escena que guardo con cariño, como cuando de niño escondía en mi armario los filetes de carne que me daban en el colegio, ocurrió en un restaurante gallego aquí en Madrid. Estaba disfrutando de un pulpo á feira con un albariño, servido en un plato de madera, cuando el camarero, con una mirada entre cómplice y desafiante, me preguntó si eso me sabía a Galicia. Su pregunta me impactó, porque no se refería solo a mi gusto, sino también a mi memoria: ¿puede la tierra viajar en los sabores?, ¿puede la infancia volver en un bocado? ―Sí, me sabe a Galicia ―le respondí―. Al humo de las incontables ferias, al sonido de las olas en las terrazas de cualquier pueblo costero, al calor compartido con mis primos y amigos en las romerías, al eco de las voces que ya no escucho, pero sí oigo, y a ese regreso imposible que me atormenta.

La tercera anécdota me llegó desde lejos, desde Buenos Aires. Cuando experimentaba con mi primer blog ―ya saben que no tengo suerte con los blogs― con el correo chioleiro@outlook.es, allá por diciembre de 2012, y que borré porque descubrí que el nombre de Chioleiro era el de un asesino gallego conocido, recibí un correo de un hijo de gallegos que vivía en Buenos Aires, enviado desde el Centro Gallego. Me agradecía mantener viva a Galicia en mis escritos. Acá la tierra se queda callada, me escribió, pero tus palabras nos hacen hablar de nuevo. Ese mensaje fue como un espejo. Me di cuenta de que escribir no es solo algo personal, sino también un puente que une orillas, que conecta a los que viven lejos.

Escribir, para mí, es una necesidad que no se discute, aunque sepa que al otro lado de este blog solo hay silencio. Es mi manera de detener el tiempo, de celebrar lo que nos duele y lo que nos salva, de aceptar que vivo en Madrid sin renunciar a mi identidad gallega. Escribir es recuncar, como decimos en Galicia: volver a decir, volver a sentir, volver a empezar. Cada palabra es un acto de fe, con la esperanza de que lo escrito resuene en otro cuerpo, en otra voz, en otra vida.

Mi deseo, como en cada entrada, es pensar que los futuros suscriptores de mi blog ―¿los habrá alguna vez?― me lean, aunque se queden en un silencio incómodo que abre una herida que no sana.

Y sepa usted, como me dijo un antiguo alumno con toda sinceridad, que casi nunca llegamos al final del texto, profe.

Y ahora, mientras cierro estas páginas, quiero despedirme con la misma calma con la que un marinero se despide del puerto antes de zarpar por última vez. Gracias por acompañarme en esta nostalgia que no es solo mía, sino de todos los que amamos a Galicia, por haber entrado en estas páginas que no son solo palabras, sino también confesiones. Espero que estas frases te acompañen como la lluvia constante, que te estremezcan como el eco de una voz que regresa de la distancia, que te protejan en la noche como el fuego encendido en una casa de aldea o como en esas noches en las que hablábamos y discutíamos ―en tiempos en los que no existía Google para resolver nuestras dudas, por ejemplo, una fecha de nacimiento― después de cenar, bajo un cielo estrellado impresionante.

Y si alguna vez sientes que la morriña te invade, recuerda que no estás solo, que cada palabra mía es otro regreso compartido, otra prueba de que Galicia está viva, y nosotros con ella, dondequiera que estemos, haciendo lo que sea que estemos haciendo. Gracias por leerme, por escucharme, por compartir parte de mi amor por Galicia. Que estas palabras te acompañen más allá de esta entrada, más allá de esta despedida, que te sostengan en tu soledad, que te recuerden que, al final, las tierras no se olvidan, siempre regresan. Y si hoy regreso en forma de escritura es por ti, Galicia. Gracias. 

Visitas: 0

LA LOCA HISTORIA DE UN CONCURSO LITERARIO

(Esta es la traducción del gallego realizada por mí. El original lo publiqué en mi blog en gallego orballar.com)

Tengo una buena relación con Uxía Fontán Vilameán, la meiga de los cuentos olvidados, que es una mujer misteriosa y sabia y que irradia un aire mágico. Vive en una aldea llamada San Caculo de Abaixo, aldea que estuve todo un día buscando en Google Maps y nada, no la encontré.

Ella sabe que tengo cierta debilidad ―la voluntad humana es un castillo de arena construido en la orilla del mar― por los concursos literarios, especialmente por aquellos que no existen. Me encantan. Por eso, como trabaja en un periódico que está cerrado desde antes de nacer, me envió la historia de un premio literario que nadie creó, pero que tiene muchos participantes que no se presentan.

Lo que te cuento a continuación es el relato detallado de ese concurso inexistente, pero lleno de misterio y guasa.

Lo primero que me remitió es el recorte de la convocatoria del concurso:

El Diario de San Caculo y alrededores

Edición especial literaria de un diario que no existe

Noviembre de no se sabe qué año

Convocatoria del Premio Literario Piedra del Demonio del año que el participante quiera.

Se convoca a todos los escritores, poetas, narradores de cuentos y demás gente con tendencia a escribir tonterías con estilo a participar en la difunta edición del Premio Literario Piedra del Demonio, organizado por la Sociedad Cultural «La Hoja sin lectores».

Las bases son las siguientes:

Lugar: San Caculo de Abaixo, parroquia sin wifi, pero con mucha alma.

Plazo: Hasta que el cura diga «Amén» o se acabe el vino de la fiesta.

Temática: Libre, pero no cualquier cosa. No. Se prefieren textos que incluyan afiladores, vacas con nombre o declaraciones de amor en bares de carretera. Debe estar escrito en gallego.

Participantes: Cualquier persona que sepa leer y escribir, para garantizar que lo haya creado la susodicha. Porque, si no sabe escribir, ¿cómo puede hacer una historia? Nadie me responde esta pregunta.

Premio: Lote de chorizos, diploma plastificado y noche en la pensión «La Cama Caliente» (desayuno incluido si no se escapa el gallo). Ni un euro porque no tenemos dinero.

Nota importante: No se aceptan de ningún modo textos escritos por inteligencias artificiales, por humanos que fingen ser inteligentes, ni por vecinos de San Caculo de Arriba, por motivos históricos que no vienen al caso.

JURADO

Está formado por los siguientes egregios hombres y mujeres:

Maruxa Castromil, la del Lomo de Vaca. Presidenta honoraria y experta en empanadas de aire. Siempre lleva un sombrero con antenas para captar ideas brillantes.

Xurxo Figueiras Loureiro, el Zorro de Montebaixo. Encargado de las puntuaciones misteriosas. Nunca revela sus criterios, pero siempre acierta.

Antón Reboiras Castiñeiro, el Hablador de las palabras retorcidas. Crítico de estilo y poesía espontánea. Habla en prosa rimada y solo bebe infusiones de tojo.

Sabela Caride Meixide, la Paspaniña de las siete lunas. Secretaria y responsable de la estética cósmica. Decide según el movimiento de las estrellas y su péndulo de madera.

NOTA ACLARATORIA: Los miembros del jurado no trabajan. Su dedicación a este gran concurso que no existe es exclusiva.

A continuación, después de muchas dudas, hago público en este blog el relato que envié al concurso.

Ourense, martes sin día de cualquier mes del año de la niebla y del pan caliente.

Recuerde el jurado que tengo 67 años y que mi abuelo murió hace ya muchas décadas.

Querido avoíño, hoy me ha pasado una cosa de esas que solo pueden ocurrir en esta nuestra tierra, donde lo real y lo mágico se juntan como la gaseosa y el vino en las fiestas de la parroquia. Estas no son palabras mías, no, son de don Armindo, párroco de pocos años que llegó, según mi parecer, antes de ser ordenado sacerdote. Ya sabes, la Iglesia y sus «cousas».

Sin saber qué decisión tomar, iba al súper pensando si comprar chorizo o seguir con la dieta que me recomendó la prima Maruxa, que hoy está tan delgada que si se colocara detrás de una escoba no se vería ni su sombra.

De repente, después de doblar una esquina, me encuentro de bruces con un afilador. Era un afilador de los de toda la vida. Llevaba un chifre que, como me contaste tú en más de una ocasión, su inconfundible melodía avisaba a los vecinos de que el afilador estaba en el barrio. El silbido se convertía en una llamada ancestral al metal y al hierro, como si las cuchillas lo reconocieran. Él me dijo que era el oficio de la sirena del afilador, que consistía, había sido contratada para ello, primero de todo, en despertar a los cuchillos dormidos.

Por su memoria y aspecto, me parecía que había vivido tres vidas y media, y la bicicleta que llevaba como mesa de trabajo parecía comprada entre los desechos de una película sobre la guerra.

Me preguntó si tenía algo que afilar, y yo, con las llaves del coche y un paquete de tabaco en el bolsillo, le respondí que no, pero que a lo mejor me podía afilar la paciencia, que la tengo puntiaguda desde que Carmiña me mandó a buscar a su gato, que se había escondido en el tejado, y me quedé sin pantalones y con medio barrio riéndose de mí.

Mientras la rueda del afilador bailaba y las chispas con ella, me fue contando que los afiladores de antaño eran unos reyes de la carretera, que tenían novia en cada pueblo y que sabían más de amor que todos los libros de literatura erótica juntos. Y, como experiencia personal, concluyó contándome que, en Xinzo, una viuda le llevó a afilar todos sus cuchillos. Le comentó que los quería muy bien preparados para lonchear a sus hijos, que no paraban de pedirle cosas. Es broma, «home». «Pouca corda tes», le comentó. La historia remata casándose con ella, que regentaba una taberna que servía el mejor vino sin molienda de la comarca.

No sé si era verdad o no todo lo que me contó el afilador, pero, carallo, aquí, ya sabes, la mentira bien contada vale más que la verdad aburrida.

Escribiéndote esto recuerdo aquellas tardes que pasábamos en tu casa, cuando tú me contabas lo de los afiladores que cruzaban montes, ríos, que sabían hablar con las piedras y que tenían un pacto con el diablo para que el chifre sonara de un modo diferente. Por el elevado número de veces que lo he intentado, mi fracaso ha sido redondo. No debo de tener voz «co demo». Todos mis intentos siempre me recordaban al «bruído» ―bramido en gallego― de una vaca al parir.

Sin embargo, después de todo soy tu nieto, y recuerdo muchas veces todas las aventuras que pasaste en la guerra. Y siempre te ponías muy triste. Aunque en esta ocasión me he acordado de aquella vez en la que me dejaste afilar el cuchillo de matar y casi le corto una oreja al tío Severino, que por suerte ya la tenía medio caída. O aquella vez que me enviaste a buscar la navaja que tenías detrás del retrato de Castelao y, como soy un cotilla, acabé abriendo el cajón de la ropa interior de la abuela para descubrir que tenía más encajes que una tienda de novias.

Tú decías que los afiladores eran como las monjas, que salían cuando menos lo esperabas, sabían mucho y cobraban muy poco. Siempre que tenías ocasión me contabas con suma picardía de la tía Circuncisión, que era monja en un pueblo de Andalucía, que ser monja era el único trabajo donde el uniforme nunca pasa de moda, el jefe siempre está mirando, y los ascensos… bueno, dependen de los rezos acumulados, y no de los correos respondidos.

Este afilador era de los monjiles. Se fue como vino. Se despidió con una bendición, sin cobrar y deseándonos salud y éxitos. En mí, como las buenas amantes, ha dejado una profunda huella por su simpatía y por su retranca.

Si lo ves por ahí, dale un saludo de mi parte y pregúntale a ver si afila recuerdos, que tengo un montón de ellos que se me están oxidando.

Cuídate mucho, no dejes que te afilen la lengua, que siempre la tuviste muy afilada y a buen recaudo. Tu lengua, según el tabernero, es como una navaja pequeña, no mata, pero puede cortar muy hondo. Y si oyes un cuerno con un sonido diferente por allá arriba, no te asustes, no es el final, es simplemente que Ourense sigue siendo Ourense.

Un abrazo grande de tu nieto ya hombre y que bien te quiere, Carliños

Jamás envié esta carta al jurado porque entonces pensé que era una mierda. Y lo sigo pensando. Por eso mismo, escribí un texto en el que le contaba al jurado mi decisión. Los amigos de la taberna me dicen que eso es una tontería, pero, como yo soy más terco que una piedra firme que jamás se ha movido, allá fue.

La carta es la siguiente:

Estimado, respetado y reconocido jurado del inexistente Premio Literario Piedra del Demonio de San Caculo de Abaixo:

Agradezco profundamente vuestra consideración y el honor de invitarme a participar en este certamen tan prestigioso como surrealista. No obstante, me veo en la obligación de rechazar cualquier tipo de galardón, aunque no haya enviado mi carta, y hago esta renuncia con toda la elegancia que me permite el café de máquina que me acabo de tomar.

Las razones son claras, aunque absolutamente inexplicables:

1.- Mi texto fue escrito bajo los efectos de una empanada de pulpo que me provocó visiones del difunto Fraga bailando reguetón.

2.- La musa que me inspiró es alérgica al éxito y cada vez que gano algo —aunque nunca haya ocurrido— se esconde detrás del microondas durante semanas.

3.- El bolígrafo con el que escribí tenía envidia de otro bolígrafo y no quiero fomentar rivalidades literarias entre el inútil material de oficina.

Con todo el respeto y un poco de arrogancia, creo que bien merecida,

Carliños (el único que hay en la aldea)

El jurado, que valoró muchísimo mi carta, respondió de este modo:

San Caculo de Abaixo, tierra de letras y de sospechas

Estimado señor Carliños:

Recibimos su carta de renuncia al premio con estupefacción, carcajadas y un leve dolor de cabeza. Agradecemos, cómo no, el esfuerzo creativo, pero nos vemos en la obligación de rechazar su renuncia. Y no por cortesía, sino por principios, por honor y porque, francamente, no le corresponde ningún premio. Como bien sabe usted, todavía no se ha premiado en el mundo entero a un no-concursante.

Tras una exhaustiva investigación —que ha incluido diversas y furtivas consultas a IA, interrogatorios durísimos, y sin abogado, a bolígrafos, un profundísimo análisis de las empanadas sospechosas y la correspondiente consulta a una pitonisa de Verín— llegamos a tres conclusiones irrefutables:

1.- Su texto, que no ha enviado, es un plagio descarado, y no escrito, de una conversación entre dos loros jamaicanos que viven en la Plaza Mayor desde que don Restituto llegó muerto de hambre de su viaje por tierras del Caribe. Tenemos grabaciones.

2.- Detectamos el uso de una inteligencia artificial que aún está por crearse, con desvergüenza y descaro, como quien va a misa con el móvil en el bolsillo y le pide selfis al cura en el campanario.

3.- El bolígrafo envidioso que menciona en su carta fue identificado como cómplice. Ya está en manos de la policía literaria de San Caculo y enseguida se pondrán en contacto con usted para ver cómo se apoderó de arma tan letal.

Por todo esto, creo que están debidamente expuestas las razones, le comunicamos que queda oficialmente «desgalardonado», «desinspirado» y «desconvocado» del certamen. Eso sí, reconocemos que tiene estilo, que tiene chispa, y que, si algún día escribe algo sin ayuda de máquinas ni de otras personas de fantasía, igual le dejamos entrar «de extranjis» por la puerta de atrás.

Sin más, y con toda la arrogancia que nos da ser jurado de un premio que no existe, un abrazo que no se merece.

Atentamente,

Doña Sabela Caride Meixide, secretaria vitalicia (y algo rencorosa) del Premio Piedra del Demonio.

Querido lector de mi blog, esta es la loca historia de un concurso literario inexistente. Me gustaría que te rieras a carcajadas al leerla. Ese es mi deseo.

La secretaria del jurado del concurso literario leyó ante los habitantes del pueblo el texto que Carliños no envió y que todo el mundo rechazó. Lástima que no se pudieran escuchar los aplausos —que no abucheos— que sonaron como si fuera el público asistente al Concierto de Año Nuevo de Viena aplaudiendo la conocida Marcha Radetzky. 

Visitas: 0

EL PESO DE MADRID

Hay días en los que Madrid pesa más de lo que debería. No por los edificios que son como jaulas que aprisionan la memoria de una ciudad que olvida su alma. No por los coches que se han apoderado de las arterias de Madrid, convirtiendo sus calles en ríos de humo y ruido donde la vida camina a contracorriente, ni por sus habitantes que andan por la calle sin mirar, como fantasmas con prisa, esquivando recuerdos que ya han expulsado de su memoria por ese afán capitalino de llegar antes de salir.

Me pesa porque no es Galicia. Porque no huele a eucalipto mojado, ni suena una gaita a lo lejos, ni se escucha el mar golpeando contra el malecón como un corazón que nunca se cansa, ni el susurro que brota entre la niebla, como si la hierba contara historias en voz baja.

Escribo desde esta ciudad que me acoge desde que nací, pero que, por tal motivo, sueño con Galicia y con aquellos veranos «pantagruélicos» que se han esfumado ―utilizo el pretérito perfecto compuesto por su valor de acción finalizada en un tiempo aún no acabado―, pero que bullen y se revuelven en mis recuerdos.

Aquí llevo viviendo tantos años que, por la inercia del ritmo de esta ciudad, debería tener vacía la mochila de los deseos; pero no, no, está aún repleta porque un instante en el recuerdo es una caricia de tiempo indefinido.

Mi intimidad, esa que se construye con silencios compartidos y recuerdos que no necesitan palabras, está cincelada con caminos y atajos de tojos, de tardes de lluvia mansa, de conversaciones al relente de noches estrelladas y de fiestas con una música ya evaporada.

Aquí, en Madrid, todo es ruido, prisa, ausencias, aislamiento ―en mi caso buscado motu proprio porque me ha derrotado el avispero capitalino― y la imposibilidad de volver, por la vida, por los compromisos que nos atan sin saberlo y por la soledad que allí puedo encontrarme. Todo esto es una herida que no sangra, aunque duele sistémicamente. Y duele cada vez que veo una foto de la aldea que ya no es, cada vez que consumo un mollete de pan gallego, cada vez que escucho el acento galaico en la calle o cada vez que leo un libro ambientado en el rural de mi tierra. Todo confluye en una punzada de alegría y tristeza. Alegría porque me satisface su memoria, pero también es un recordatorio de que estoy lejos.

La ceguera por la tierra es un amor que no necesita razones, es un amor que se siente en el estómago, que se manifiesta en la morriña y en la saudade por estar lejos. Es un afecto íntimo que me hace escribir, que me obliga a buscar palabras que me lleven de regreso, aunque sólo sea por un instante como la niebla entre los eucaliptos: breve, húmedo y lleno de misterio.

Hay noches en las que cierro los ojos y estoy allí. En la casa vieja, en la casa nueva, en la capilla, en el son de los grillos y en el frío de la piedra bajo los pies descalzos.

Hablo con mis padres, que ya no están, pero que viven en mí cada vez que mi hermana cocina caldo gallego o le echa sal a las patatas como hacía mi madre o me encuentro a alguna persona en un recóndito lugar que aún recuerda el buenhacer de mi padre como persona y como médico.

Esas noches son las que me salvan porque me dibujan quién soy, de dónde vengo y hacia dónde quiero ir yo. Es una puerta de niebla que da a un bosque de recuerdos, donde el tiempo se detiene y el alma se moja de saudade.

Esta entrada es eso: un intento de volver, de reconstruir el puente entre lo que fui y lo que soy, de compartir mi intimidad con la esperanza de que alguien, en algún lugar, se reconozca en estas palabras y que sepa que no está solo. La morriña es común y la saudade es compartida y la inclinación casi lasciva por la tierra es un lazo que no se deshace.

Si estás lejos, también sientes esa punzada en el pecho cuando piensas en Galicia, esta entrada es para ti. En ella hablamos de nosotros, de los que soñamos con la niebla, de los que llevamos la lluvia dentro, de los que sabemos que la tierra llama, aunque sea en silencio. 

Visitas: 0

EL PRIMER BESO EN UNA ROMERÍA DE ALDEA

No recuerdo el año. Ni falta que hace.

Hay recuerdos que nunca llevan fecha porque viven en un lugar donde el tiempo deja de contar. Solo sé que es verano, que la hierba está recién segada y que la romería empieza mucho antes de que suene la primera canción.

Llego caminando entre amigos. Nos reímos por cualquier cosa. A esa edad uno no necesita motivos para sentirse feliz. Basta con estrenar una camisa, oír a lo lejos la música de la orquesta y saber que la noche será larga.

La carballeira ya está llena de gente.

Las mujeres hablan formando corros pequeños. Los hombres comentan la cosecha, el ganado o el partido del domingo. Los niños corren sin cansarse nunca. De algún puesto llega el olor de los churros recién hechos. Más allá, una pulpeira levanta la tapa del caldero y el vapor se mezcla con el aroma del pimentón. Todo parece ocupar exactamente el lugar que le corresponde.

Empieza la música.

No será la mejor orquesta del mundo. Tampoco importa. Las primeras notas bastan para que la plaza cobre vida. Hay pasodobles, cumbias, alguna ranchera y esas canciones que todos conocemos, aunque nadie recuerde cuándo las aprendió.

Entonces la veo. No lleva el vestido más bonito de la fiesta. Ni falta que le hace. Hay personas que iluminan el lugar donde están sin darse cuenta. Habla con unas amigas y, de vez en cuando, aparta un mechón de pelo que el viento se empeña en devolverle a la cara.

Intento parecer tranquilo. No lo consigo.

Me acerco despacio, como quien teme espantar un pájaro si da un paso demasiado rápido. Hablamos. De cualquier cosa. Del calor, de la música, de quién ha venido a la romería. En realidad, ninguno escucha demasiado al otro. Los dos estamos pendientes de algo que todavía no sabemos nombrar.

Bailamos. Nunca fui un gran bailarín, pero aquella noche hasta los pies parecen entenderse con el corazón. El mundo entero se reduce a una canción, a unas manos que se buscan con timidez y a una sonrisa que vale más que todas las palabras.

La orquesta hace un descanso. Nos alejamos un poco del bullicio.

La luna asoma entre las ramas de los robles y alguien sigue riendo a lo lejos. Se escuchan vasos chocando, una conversación perdida y el murmullo de la fiesta que continúa sin nosotros.

Nos quedamos en silencio. Es un silencio limpio. De esos que no incomodan. Entonces sucede. El primer beso. Breve. Torpe. Maravilloso.

No hay fuegos artificiales. No suena ninguna melodía especial.

Solo el corazón, que de pronto parece empeñado en latir tan fuerte que pienso que todo el pueblo puede escucharlo.

Han pasado muchos años desde aquella noche.

La vida me regala alegrías inmensas y también despedidas que nunca imagino. Aprendo que el amor verdadero se parece poco al de las novelas. Es mucho más sencillo y mucho más valiente.

Sin embargo, cada vez que vuelvo a una romería y la música empieza a llenar la carballeira, una parte de mí regresa sin pedir permiso a aquel muchacho que descubre el mundo en un beso.

Sonrío. No porque quiera volver a ser joven.

Sino porque comprendo que hay recuerdos que no envejecen.

Se quedan esperándonos, pacientes, en el mismo rincón donde los dejamos.

Y cada verano, cuando la verbena vuelve a encenderse bajo las estrellas de Galicia, ese muchacho y yo volvemos a encontrarnos durante un instante.

Después cada uno sigue su camino.

Pero los dos sabemos que aquella noche nunca termina del todo.

Visitas: 1

EL PAPEL

Brais —San Brais empieza a hacerse famoso cuando le saca a un niño una espina que tiene clavada en la garganta muchos siglos atrás— nace en un rincón donde la lluvia no pregunta y el viento siempre tiene algo que decir. No es valiente por elección, sino por necesidad. Su carácter, prisionero de su propio pensamiento, se caracteriza por ser el fantasma de sí mismo y por andar con los pies atados con hilos invisibles.

Aprende a callar antes que a mentir, a mirar antes que a pedir y a discutir antes que a perder a un amigo.

Lleva siempre en los bolsillos recuerdos que no caben en palabras, y a la espalda una historia que nadie conoce entera.

Cada mañana, Brais se sienta en la misma mesa del bar de la esquina, justo al lado de la ventana empañada. Pide café solo, sin azúcar, y escribe en papeles frases inconexas. No son poemas ni cartas. Son fragmentos. Pedazos de algo que nunca termina de entender.

Los vecinos lo saludan con un gesto leve, como si supieran que cualquier palabra puede romper algo dentro de él. Nadie sabe dónde vive. Nadie sabe a quién espera.

—¿Por qué escribes siempre en papeles desparejados y no en un cuaderno?, le pregunta la camarera.

Brais la mira como si le hubieran tocado una cicatriz aún reciente.

—Porque el papel suelto aguanta muy bien mi locura, le responde como si fuera una sentencia.

En un papel escribe: «Hay lugares que no se olvidan porque nunca fueron visitados». Lo deja sobre la mesa y se marcha sin pagar. Piensa que su «arte» es suficiente pago.

Al día siguiente vuelve como siempre. La camarera no sabe cómo actuar. Es la primera vez que se encuentra con un tipo así.

Esa misma tarde aparece una joven con zapatos negros y una mochila a la espalda. Se sienta a su lado, sin pedir permiso, en el banco público donde Brais está fumando un cigarro.

—¿Eres tú el que escribe triste?, le pregunta.

Brais sonríe por primera vez en años.

La joven recoge con cierta alegría todos los papeles y le pide que le cuente el origen de esa afición. Brais escucha como quien recoge piedras raras en la playa.

La joven se marcha sin despedirse con un «ahora vengo».

Brais espera, pero la joven no vuelve y escribe de nuevo una frase en un papel que saca del bolsillo: «Hay ausencias que pesan más que los recuerdos». Lo deja en el banco.

Cuando Brais abre el portal y mira en el buzón, encuentra un papel que dice: «Búscame porque aún tengo muchas preguntas».

Esa noche nadie más ve a Brais, pero un testigo cuenta que esa noche deja en diferentes bancos de la ciudad papeles con frases escritas por él. Todos al mismo tiempo. Y nadie sabe lo que dicen. Solo alguien afirma que una joven se dedica todas las noches a recogerlos y a guardarlos en una desordenada buhardilla. 

Visitas: 0

DISCUSIÓN PSEUDOFILOSÓFICA SOBRE GALICIA

GUSTAVO.- ¿Verano en Galicia? ¿Eso qué es? ¿Una broma climática? ¿Un simulacro de estación? Llevas tres días en chanclas y ya tienes hongos. No hay sol, hay humedad. No hay calor, hay moho. Esto no es verano, es una primavera deprimida con complejo de otoño.

RAMIRO.- Qué bruto eres. El verano gallego es un regalo para los que no soportamos el infierno de Madrid. Aquí respiras. Aquí duermes sin sudar como un cerdo. Aquí puedes caminar sin que el asfalto te derrita las suelas. Es un verano para el alma, no para Instagram.

GUSTAVO.- ¿Para el alma? ¿Y qué hace el alma cuando lleva cinco días sin ver el sol? ¿Se alimenta de niebla? ¿Se ilumina con el gris? No me jodas, Ramiro. Esto es perfecto si eres un helecho. Pero los humanos necesitamos vitamina D, no poesía húmeda.

RAMIRO.- La lluvia limpia, Gustavo. Purifica. Te obliga a parar, a mirar, a escuchar. ¿Has oído cómo suena el agua en los tejados de piedra? ¿Has sentido el frescor de una mañana en Lugo, con el cielo encapotado y el café humeando? Eso es vida. Eso es verano.

GUSTAVO.- Eso es humedad en los huesos, eso es reuma precoz, eso es tener que llevar chaqueta en julio como si fueras el abuelo de Heidi. ¿Y el café? El café humea igual en Almería, pero allí no tienes que secarte los calcetines con el secador.

RAMIRO.- Pero en Almería te fríes. Te cueces. Te conviertes en una croqueta humana. Aquí puedes leer, pensar, escribir. Aquí el verano no te obliga a estar en una piscina rodeado de niños chillando y adultos borrachos. Aquí hay silencio. Aquí hay niebla. Aquí hay alma.

GUSTAVO.- Aquí hay hongos, Ramiro. Hongos en las paredes, hongos en los pies, hongos en el alma. Y silencio, sí, porque nadie quiere salir. Porque está lloviendo. Porque el cielo parece una sábana sucia. Porque el verano gallego es una estafa emocional.

RAMIRO.- Pues prefiero esta estafa a la tiranía del sol. Prefiero un paseo por la playa de Carnota con chubasquero que una barbacoa en Córdoba con 42 grados y moscas suicidas. Prefiero el verde que se riega solo, que el marrón que se quema sin piedad.

GUSTAVO.- Prefieres el verde porque no tienes que tender la ropa. Porque no tienes hijos que se aburren. Porque no tienes que explicar a tus amigos que sí, que es verano, aunque parezca noviembre. Porque vives en una fantasía climática que solo funciona si eres tú.

RAMIRO.- Y tú vives en una dictadura térmica. En un culto al sol que te ha dejado seco por dentro. Galicia no es para todos, Gustavo. Galicia es para los que saben mirar más allá del cielo. Para los que entienden que el verano no tiene que gritar para existir.

GUSTAVO.- Pues que se lo quede Galicia. Que se lo quede con su lluvia, su fresco, su niebla y sus poetas empapados. Yo me voy donde el verano se nota. Donde el sol no se esconde. Donde la estación no tiene complejo de otoño.

RAMIRO.- Y yo me quedo donde el verano no me obliga a fingir que soy feliz solo porque hay sol. Me quedo en Galicia, con mi chubasquero, mi café, mi alma mojada y mi paz. 

Visitas: 0

VERANOS EN BERTAMIRÁNS: UNA EPOPEYA FAMILIAR

La epopeya familiar comenzaba en la estación del Norte de Madrid. Allí, entre el bullicio de los viajeros y el silbido de los trenes, se reunía nuestra pequeña caravana: los adultos ―no todos los de la familia porque algunos se libraban― y una tropa de primos que en ocasiones llegábamos a diez. El andén se convertía en un escenario de abrazos, regañinas, maletas imposibles de cerrar y niños, nosotros, que ya empezábamos a corretear como si el viaje fuera parte de nuestro juego.

El trayecto en tren, en el «famoso» TER, de casi diez horas, era una travesía heroica que no sé cómo soportaban los mayores, especialmente mi madre. Nosotros, los pequeños ―no sé si hiperactivos― lo vivíamos como una aventura: explorábamos los vagones, hacíamos alianzas secretas para que no nos pillaran, y recibíamos regañinas constantes de los revisores que intentaban mantener el orden. Los adultos, mi madre, con un maletín lleno de bocadillos, zumos y paciencia, eran los verdaderos capitanes de aquella expedición.

Al llegar a Santiago, el desembarco era digno de una película: los bultos y maletas se multiplicaban, el taxi―camioneta lo reventábamos y Bertamiráns nos esperaba como cada verano, con sus casas abiertas, sus olores familiares y esa sensación de que el tiempo allí transcurría de otra manera.

Durante dos meses cada verano, Bertamiráns se convertía en el epicentro de nuestra historia familiar. A escasos kilómetros de Santiago, este rincón gallego nos acogía como si supiera que allí se gestaban memorias que durarían toda una vida. En el mes cumbre, agosto, llegábamos a ser diecinueve personas: padres, tíos solteros o viudos, y nosotros, diez primos de todas las edades. Una constelación humana que orbitaba en torno a tres casas que parecían expandirse mágicamente para darnos cobijo a todos.

La convivencia era intensa, a veces caótica, pero siempre auténtica. Reíamos con fuerza, discutíamos con pasión, llorábamos sin pudor cuando había que bañarse. Cada día era una aventura compartida, un capítulo nuevo en una novela que escribíamos entre todos.

Las dificultades para ver la televisión de noche por culpa de una antena rebelde se convertían en una comedia dramática involuntaria. Nos reuníamos frente a un vetusto aparato como si fuera un altar, esperando que la imagen se estabilizara, mientras los mayores ajustaban de mil formas la antena con la única intención de poder ver el primer canal, el único que se podía programar.

Los juegos en torno a los diez años eran el alma de nuestras tardes y noches. El escondite se volvía épico, con estrategias dignas de una operación militar. Digamos que no faltaban los sustos morrocotudos, no sé si intencionados.

Los menores competíamos en concursos de zurrapas, una tradición inventada por un primo mayor que mezclaba creatividad «culinaria» con valentía estomacal.

Al cabo de los años, los cigarros furtivos en el bosque, o en el triángulo, eran rituales de iniciación, compartidos entre susurros y miradas cómplices. A los 14 años, muchos sentimos esa mezcla de curiosidad, inseguridad y deseo de pertenecer, y en ese intento por crecer rápido, imitábamos gestos, palabras o actitudes que veíamos en nuestros primos mayores y que nos servían como modelos. La aldea te daba esa libertad.

Las peticiones a última hora siempre para ir a la verbena de La Peregrina ―la virgen que se veneraba en nuestra finca y que celebrábamos todo el pueblo su día mayor el segundo domingo de agosto― eran negociaciones diplomáticas que involucraban promesas de buen comportamiento y el acatamiento de un estricto horario. Nunca se respetaban.

Las galletas de nata, hechas por las manos expertas de Pepa, la cocinera, eran el manjar más esperado, y su aroma anunciaba que algo especial estaba por suceder. Nos inventamos que había que proteger como un fortín la alacena de las galletas de nata. Sarcasmo puro y duro porque éramos nosotros los que acometíamos las únicas incursiones.

A veces, los vecinos nos invitaban de noche a ver cómo ordeñaban a las vacas, y ese gesto sencillo, pero trascendental para el campo, nos conectaba con una vida rural que nos fascinaba y que desconocíamos absolutamente.

Las bicicletas eran nuestras aliadas. Con ellas recorríamos caminos, descubríamos rincones secretos, íbamos a la piscina y sentíamos que el mundo era nuestro.

En una de esas tardes eternas, yo, con quince años y una energía «gamberruna» desbordante, me rompí gravemente el brazo derecho en una fractura abierta de cúbito y radio por hacer el animal con un patinete que era para cualquier uso menos el que fabulamos los chicos en esa ocasión. Tal vez quisimos emular ―yo, el primero― a Francisco Fernández Ochoa cuando ganó la medalla de oro en las olimpiadas de invierno de Sapporo en 1972 en la prueba de eslalon. Fue un tremendo susto que se prolongó durante diez meses ―junto a la fastidiosa mononucleosis, esto merece otra entrada― y que resolvió por fin en Madrid el reconocido doctor Ladreda en La Paz con un injerto de hueso de la cresta ilíaca. Lo que debería haber sido una rectificadora lección se convirtió en una anécdota que me valió para presumir durante los años siguientes.

La habitación destinada al estudio tenía un nombre que nos hacía reír: Calabacines’s Club. Allí, los que habíamos suspendido alguna asignatura intentábamos recuperar el tiempo perdido, mientras los demás entraban a molestarnos, a charlar, o simplemente a compartir el frescor, o la lluvia, de las mañanas de verano. Era un espacio de redención y camaradería. Recuerdo que el mayor de los primos, ya fuera del colegio, con una escalera de madera tambaleante pretendía sorprendernos en un renuncio escalando por una de las ventanas del estudio.

El sábado víspera del segundo domingo de agosto, día de la Virgen Peregrina, los mayores, ayudados por las fuerzas vivas de la aldea, se volcaban en los preparativos de la misa mayor que se oficiaba ese domingo a las 11 de la mañana y su posterior procesión por diferentes carreteras que bordeaban nuestra finca. Todos nos vestíamos de gala. Nosotros, los más jóvenes, por la sequedad de la boca, hacíamos frecuentes viajes a la fuente natural de agua que había en el patio de la cocina, mientras observábamos y participábamos en la ceremonia con respeto y algo de impaciencia.

En algún momento, Jorge y yo nos propusimos hacer un periódico para sacar algo de dinero. Quizá influenciados por Jesús Hermida, que fue el narrador de la llegada del hombre a la luna para la televisión española el 20 de julio de 1969, cubriendo el evento desde Houston. La idea de nuestro periódico era buena, la ejecución caótica, pero el entusiasmo era real. Aunque no prosperó, nos dejó frases memorables y portadas imaginarias que aún recordamos.

Las excursiones a la playa de Las Gaviotas en Noia eran otro ritual. Un adulto nos llevaba en su SEAT 1500 por la mañana para pasar allí un par de horas. El agua, gélida como pocas, nos recibía con bofetadas de frío que nos dejaban las piernas amoratadas, pero felices y contentos. Jugábamos con castillos de arena, nos enterrábamos y soñábamos con aventuras marinas que eran propias de los mayores.

Ya en la adolescencia tardía, las noches configuraron otro universo. Santiago nos ofrecía su movida, había que romper tabúes, y las verbenas de aldeas cercanas a la nuestra eran el espacio propicio para divertirnos hasta altas horas de la mañana. Bailábamos, reíamos, y descubríamos que la juventud tiene su propio lenguaje, hecho de música, luces y promesas. Fue allí donde comenzaron los primeros tonteos, las miradas tímidas, los silencios que decían más que las palabras y las frustraciones por la «brevedad» del verano.

Aquellos veranos en Bertamiráns fueron más que vacaciones. Fueron una escuela de vida, un laboratorio de emociones, un refugio donde aprendimos a convivir, a compartir, a crecer. Hoy, al recordarlos, no puedo evitar sonreír. Porque en cada rincón de esas casas y en cada rincón de la era que las reunía, en cada sendero del bosque, en cada ola helada de la playa, quedó grabada una parte de nosotros. 

Visitas: 1

ENTREVISTA SURREALISTA ENTRE UN EMPRESARIO Y UN TRABAJADOR

Empresario.- Buenas tardes, caballero. Usted es el candidato número 27. Los anteriores ya se marcharon corriendo. ¿Trae algo especial para convencerme?

Trabajador.- Traigo un saco de patatas y una gaita. Las patatas son para negociar el salario y la gaita para animar las reuniones.

Empresario.- Excelente. Aquí valoramos la innovación. ¿Sabe usted hacer informes?

Trabajador.- Informes no, pero sé inventar palabras raras y ponerlas en un PowerPoint con colores llamativos. Eso siempre impresiona.

Empresario.- Eso es exactamente lo que necesitamos. Aquí nadie lee los informes, pero si tienen gráficos y palabras como «sinergia disruptiva» ya parece que trabajamos.

Trabajador.- Pues yo también puedo añadir frases en latín inventado. Por ejemplo: «Pataticus maximus». Queda muy profesional.

Empresario.- Maravilloso. El puesto es de director de nada. Tiene que mandar sobre todo el mundo sin hacer absolutamente nada. ¿Cree que puede?

Trabajador.- Hombre, yo ya mando en casa sin pagar facturas. Esto sería un ascenso natural.

Empresario.- El salario es simbólico: dos monedas de chocolate al mes y acceso ilimitado a la máquina de café, siempre que traiga el azúcar de casa.

Trabajador.- Perfecto. Yo ya estoy acostumbrado a cobrar en especie. En mi último trabajo me pagaban con entradas para la verbena y vales de churrasco.

Empresario.- Aquí también tenemos beneficios sociales: puede llevarse a casa los clips, las grapas e incluso los post-it usados. Eso sí, tiene que firmarlos como si fueran patrimonio histórico.

Trabajador.- Me encanta. Además, quizá monte un museo de material de oficina robado. Ya veo a la gente pagando entrada para ver un boli Bic medio mordido.

Empresario.- Usted tiene visión empresarial. Dígame, ¿cómo se ve dentro de cinco años?

Trabajador.- Dentro de cinco años me veo sentado en la misma silla, pero con una manta encima, porque seguro que no ponen calefacción. Y con más patatas, claro.

Empresario.- Esa ambición es la que buscamos. La empresa necesita gente que no quiera progresar, para que no nos dé trabajo despedirla. Bienvenido al equipo.

Trabajador.- Gracias. Eso sí, mañana no vengo, que tengo que ir a la feria. Pero pasado mañana igual paso a tomar un café y ya vemos.

Empresario.- Perfecto. Aquí la puntualidad es opcional. Lo importante es que parezca que trabajamos cuando vienen los inspectores. Si no viene, mejor, que así no ocupa sitio.

Trabajador.- Pues ya está. Contratado sin trabajar. Este es el mejor empleo de mi vida. Voy a celebrarlo con una tapa de pulpo.

Empresario.- Y yo con un vino. La empresa queda cerrada hasta nuevo aviso. ¡Productividad gallega en su máximo esplendor! 

Visitas: 0

EL POTE GALLEGO

El pote, en Galicia, es mucho más que un simple recipiente de barro o hierro. Es símbolo de hogar, de comunidad, de tradición y de memoria compartida. En el centro de la cocina, con el fuego a sus pies, el pote es donde se mezclan los sabores de la tierra y los afectos de la familia. En él se cuecen los caldos, los guisos, las historias y los silencios. Cada ingrediente que se añade tiene un significado, cada aroma que se eleva es parte de la identidad familiar.

El pote es un contenedor emocional: todo cabe en él, desde los recuerdos de la infancia hasta los relatos de los antepasados. Es metáfora de la vida misma, donde se mezclan momentos dulces y amargos, tiempos de abundancia y de escasez, encuentros y despedidas. Este simbolismo sirve de hilo conductor para explorar Galicia a través de sus paisajes, monumentos, personajes y sentimientos. Porque todo, incluso lo que parece pequeño u olvidado, tiene cabida en el pote de la memoria gallega.

El pote es un espacio de memoria viva, un cuaderno de viaje emocional que recorre los rincones más íntimos y hermosos de Galicia. Aquí, las palabras son semillas que crecen entre los caminos de piedra, los bosques húmedos y las brumas que envuelven las aldeas.

En torno al pote toda la familia escucha relatos que mezclan lo personal con lo colectivo, donde los monumentos no son solo piedras sino testigos del tiempo: castros olvidados, iglesias románicas que guardan secretos de siglos, pazos que cuentan leyendas de hidalgos o cruceiros que guardan miles de sueños. También, en su interior, hay espacios naturales que quitan el aliento: cascadas escondidas, playas que parecen sueños y fragas que laten con vida propia.

El pote es un espejo donde se reflejan los sentimientos que despierta en mí Galicia: la morriña por una tierra que no quiero olvidar, el arraigo familiar casi perdido, el orgullo de un origen inigualable, la espiritualidad que me transforma sin remedio, la ternura de una lluvia menuda que acaricia, la fuerza de una identidad nunca perdida y una reconfortante melancolía por las viejas costumbres. Es un diario de experiencias vividas y soñadas, de caminatas por el Camino de Santiago, de fiestas populares llenas de música y fuego y de cenas compartidas junto a una chimenea.

Los personajes que salen del pote son reales e imaginarios, vecinos de carne y hueso o figuras que la tradición mantiene vivas: el anciano que relata cuentos en la taberna, la mujer que recoge hierbas de San Juan, el marinero que habla con el mar como con un hermano, el emigrante que vuelve de la nada o del todo, la meiga satánica o la bruxa que cura el mal de ojo. Todos ellos forman parte de este universo que es Galicia.

El pote simboliza a quien ama la palabra, a quien recuerda aquella Galicia, a quien busca reconocerse en el paisaje y en la memoria, para quien entiende que cada piedra, cada camino y cada recuerdo tienen algo que decir. Porque todo, incluso lo más pequeño, incluso lo que parece olvidado, cabe en el pote de la vida gallega. Sólo queda que lo abramos todos para compartirlo. 

Visitas: 0

WENCESLAO FERNÁNDEZ FLÓREZ

La vida de Fernández Flórez fue una constante paradoja.

Fue un destacado y atentísimo cronista parlamentario, sucedió a Azorín en ABC, y un pionero del cine en España.

Era un dandi conservador que, en sus obras, cuestionaba con ironía la milicia, la iglesia, el caciquismo, la patria.

Empezó a escribir, tras la muerte de su padre, en periódicos de pequeña difusión a los quince años unos artículos muy elogiados por la crítica de entonces. A los dieciocho ya dirigía un diario, lo que muestra su determinación y talento precoz. En este punto, hace muchos años, en un viaje que hice a Ferrol, «un ferrolítico» ―dícese del ferrolano de pro que es capaz de sobrevivir a los vaivenes de la historia naval, industrial y política de la ciudad― me contó que dirigió durante año y medio el Diario Ferrolano, pero como legalmente no podía ejercer ese cargo siendo menor de veintitrés, falseó su fecha de nacimiento para poder asumirlo. Este gesto muestra tanto su determinación como su precoz talento periodístico.

Rechazó las vanguardias literarias, prefiriendo una narrativa clara, directa y eficaz, sin perder profundidad ni frescura.

Su obra está impregnada de un humor que no busca la risa fácil, sino que revela las contradicciones y absurdos de la sociedad. «La humanidad trabaja por horror al trabajo, por un afán tenaz y esperanzado de librarse de él».

Su estilo se caracteriza por una ironía aguda, que recuerda a autores como Anatole France o incluso Charles Dickens en su cordialidad humana. En obras como Volvoreta o El bosque animado, se percibe una sensibilidad nostálgica hacia el mundo rural gallego, que contrasta con su visión urbana más desencantada. En 1913, pasó el verano en San Salvador de Cecebre, y quedó tan fascinado por el entorno que volvió cada año hasta el final de sus días. Allí se inspiró para escribir El bosque animado, y hoy su casa en la calle apeadero 14 se ha convertido en museo y centro de interpretación.

Aunque sea tirarme piedras sobre mi propio tejado, le recuerdo una frase que soy incapaz de olvidar por lo que a mí toca: «No debe leerse nunca a un mal escritor, ni aun para desdeñarlo. Siempre hay un grumo de tontería que se pega».

Álvaro Cunqueiro, maestro de la narrativa fantástica y fundidor de lo mítico con lo cotidiano, habló elogiosamente de él. «Es humano, irónico, sencillo y camina con la nostalgia a la espalda. Nos vacuna contra el puritanismo y el intelectualismo, y atiende especialmente a la creación y desarrollo de un espíritu libre, humano e ilusionado. Pero nada ni nadie le librará de su melancolía, su escepticismo y su fantasía».

Llevó con seriedad la etiqueta de humorista, que le abrió las puertas de la Real Academia Española. Se caracterizó siempre por evitar el chiste fácil: «El humorista no es un clown», recordaba con frecuencia. «El humorismo ha de ser la comprensión, un poco bondadosa, del alma humana, con todo lo que hay en ella de dolor y de placer, de virtud y de malicia». Cuando llama al humorismo «la sonrisa de una desilusión», acierta plenamente. Su obra está impregnada de un humor que no busca la risa fácil, sino que revela las contradicciones y absurdos de la sociedad.

De este hombre hay muchísimas anécdotas. En su longeva vida acumuló una ingente cantidad de ellas. La que voy a narrar no es nada nuevo, pero que refleja su humor cáustico y ácido, y que nunca se calló estuviera delante de él quien estuviera.

Detestaba cualquier tipo de festejo o celebración, pero había algunos irrechazables.

En una ocasión lo invitaron a una fiesta de sociedad y no tuvo más remedio que asistir. «Estos compromisos me hacen llorar de risa», sentenciaba él.

La anfitriona, a espaldas de Flórez, para atraer a los dudosos, les dijo que iba a asistir un conocidísimo humorista.

Nuestro escritor se sentó en una silla que había en una de las esquinas de la sala con la intención de pasar inadvertido.

Las señoras, que estaban expectantes, a la par que decepcionadas por su silencio, le espetaron a la cara varias veces que no se le notaba que era humorista.

―¡Venga, hombre! ¡Cuéntenos algo gracioso!

Los desconocidos de la fiesta lo cercaron y clavaron los ojos en su rostro, aguardando que con un chiste rompiera su silencio y su actitud displicente. Con gran timidez, dijo que no, que de ningún modo y que rompiera el silencio otra persona más dispuesta a la broma y al chiste. 

―Es que en la fiesta no hay más humorista que usted, le respondieron con enorme ansiedad.

Entonces Fernández Flórez se puso en pie y dirigiéndose a la mujer «más beligerante» le espetó a la cara con los nervios muy bien templados:

―Señora, ¿cuál es la profesión de su marido?

―Cirujano, y con un prestigio intachable.

―Envidiable profesión, señora. Pues que comience él.

―Mi marido no tiene ninguna gracia, ¡cáspita!

―Es que no le hace ninguna falta. ¿No es cirujano? Pues que le extirpe el apéndice a alguien que aún lo tenga, y después yo haré lo que ustedes quieran. ¿Cómo es eso de que ustedes quieran que sea yo el único que ejerza aquí su profesión? No. No. No. Que empiece otro, ¡rayos!

Flórez volvió a su silla con una gran solemnidad. Nadie lo pudo convencer. Lo que sí consiguió es que lo dejaran en paz. Genio y figura hasta la sepultura. 

Visitas: 0

LA TRISTE HISTORIA DE ROSALINDA Y EL CHOURIZO DE BASTAVALES

Rosalinda era una mujer gallega que llevaba años intentando aprobar el carné de conducir. Tras 45 intentos, otros tantos suspensos y mil lágrimas, descubrió por fin un método infalible que le permitió aprobar á primeira. El propio director general de Tráfico, desde su despacho de Madrid, la felicitó con un noraboa, muller, y ella sintió que por fin la vida le sonreía, como si estuviera en el Monte do Gozo.

Pero su desconocimiento era grandísimo en el tema de los inventos y no registró el invento, y su marido —conocido como o Chourizo de Bastavales, experto en pufos y demás engaños varios, le robó con todo el descaro del mundo la idea.

A él nunca se le conoció preparación nin trabal/o algún. Vivía de lo que le sacaba a Rosalinda, que se ganaba la vida limpiando escaleras en Compostela. Con lo que le robaba, se iba derechito a la taberna, a gastar en viños, chourizos ao albariño y retranca barata, mientras su mujer sudaba la gota gorda cada día por unas pocas monedas.

El sinvergüenza del marido forrouse vendiendo el método, salió en la TVG y en mil cadenas internacionales, mientras se presentaba como el gran descubridor.

Rosalinda, en cambio, cayó en el olvido más absoluto y se tuvo que poner a pedir limosna en un soportal junto al Obradoiro, pues el dinero de las escaleras no le llegaba, por culpa de las sisas de su marido. Esto lo hacía con la mano extendida y el corazón roto. El mundo entero hablaba del método, pero nadie recordaba que había sido ella quien lo había creado.

Un día, paseando por las rúas de Compostela, Rosalinda se cruzó con su marido. Él, el Chourizo de Bastavales, se hizo o tolo, fingiendo no reconocerla, desviando la mirada como si nunca hubiera compartido vida con ella. Ese gesto fue más doloroso que todos los suspensos juntos.

Pero la historia dio un giro inesperado. Una abogada, apenada por la mala suerte de Rosalinda, llevó el caso de esta mujer ante Estrasburgo, y el Tribunal de Dereitos Cívicos da Terra Galega, con sede en Bruselas, y presidido por el honorable Pepiño do Carallo, dictó sentencia: detención inmediata do Chourizo de Bastavales.

Solo que, para entonces, o Chourizo ya estaba bailando la samba en las playas de Copacabana, con gafas de sol, caipiriña en mano y sin rastro de culpa.

Una periodista de Compostela experta en trapalladas, traiciones e impunidades, se prendió de la historia de una mujer humilde que inventó la llave del éxito y acabó en la miseria, mientras el ladrón de sueños se escapaba entre palmeiras y ritmos brasileiros. Le hizo una entrevista en la radio y el teléfono se bloqueó con relatos de las chourizadas do seu home.

Pero esta periodista se empeñó en que la verdadera historia de Rosalinda se hiciera famosa en toda Galicia y gastó parte de sus ahorros en hacer carteles que colgó por todos los lugares que ella conocía. Estaba empeñada en que el destino de esta mujer diera un giro copernicano.

La injusticia sufrida por la mujer corrió de boca en boca, desde Muxía ata A Guarda, y pronto se convirtió en símbolo de resistencia. Las alfombradoras de Ponteareas, los gaiteros de Ortigueira, los mariscadores de Cambados y hasta los peregrinos que cruzaban o Cebreiro hablaban de ella como «a muller que loitou contra o mundo e non perdeu a alma».

El Concello de Santiago le concedió la Medalla da Terra, y en el Obradoiro, donde antes pedía limosna, se erigió una placa que dice:

Recibió homenajes en la TVG, en la Festa da Dorna, y hasta en el Festival de Cans, donde se proyectó un documental titulado «Rosalinda: a que nunca se rendeu».

Mientras tanto, o Chourizo de Bastavales, bailando samba en Copacabana, se enteró por la prensa de que su nombre había sido borrado de todos los registros. En Galicia, ya nadie lo recordaba. Solo se hablaba de Rosalinda, a nosa heroína, que con escoba en mano y dignidad no peito, había vencido a la traición con la fuerza de su verdad. 

Visitas: 0

VERANOS EN «EL BURGO» DE VEDRA

Hay lugares que no se recuerdan: se sienten. Vedra, para mí, no es una aldea gallega, sino una emoción que se activa con el olor a tierra mojada, con el crujido de una puerta de madera, con el eco de una risa que ya no sé si fue mía o prestada. Y «El Burgo», esa finca que parecía contener todos los secretos del mundo, era nuestro escenario de aventuras, de pactos infantiles, de pequeñas rebeliones que aún hoy me hacen sonreír.

La bodega era nuestro refugio. Oscura, fresca, con ese aroma a vino dormido y piedra antigua. Allí nos escondíamos cuando llovía, que era casi siempre. Jugábamos a ser contrabandistas, alquimistas, monjes con capa de saco. Robábamos uvas con solemnidad, como si fueran hostias consagradas. Y cuando alguien nos pillaba, decíamos que era para ofrendar a la Virgen de las Ermitas, que nos vigilaba desde su capilla con una mezcla de paciencia y complicidad.

El hórreo era otra cosa. Era torre, nave, castillo. Subíamos a él como quien escala el poder. Desde allí se veía todo: los campos, el río, los adultos que no entendían nada. Nos creíamos invencibles, y quizás lo éramos. Al menos por unas horas.

La lluvia, siempre presente, no nos detenía. Al contrario: nos daba permiso. Mojados, descalzos, con las rodillas llenas de barro, corríamos como si el mundo fuera nuestro. Y lo era. Cada charco era un espejo donde nos veíamos eternos. Cada gota que caía sobre la capilla parecía bendecir nuestras travesuras.

Ahora, cuando llueve en Madrid y el asfalto huele a nada, cierro los ojos y vuelvo. A la bodega, al hórreo, a la capilla. A las risas que no pedían permiso. A las tardes que no tenían reloj. Y siento que algo en mí sigue corriendo por Vedra, con el alma limpia y las manos sucias de infancia. 

Visitas: 0

EL CAMPEONATO DE ZURRAPAS

(Esta narración es absolutamente verdadera. Tiene tintes literarios, ¡cómo es normal!, pero el fondo ocurrió hace ya unos cuantos años).

Jorge y yo, Camay, teníamos ocho años y una clara obsesión, en un principio secreta: las zurrapas.

No eran manchas de plastilina, muy utilizada en otras artes, ni mermelada de La Tejea, exquisita confitura al estilo de la abuela, ni restos de cocina sustraídos con habilidad encomiable.

Eran manchas de excremento adheridas al calzoncillo. Ya éramos independientes en la limpieza anal, pero en ocasiones ocurrían pequeñas desgracias en forma de pequeñas, palpables, traicioneras, a veces redondas, a veces alargadas, siempre inesperadas, manchas de color chocolate.

Y nosotros, cuando nos acostábamos, dormíamos en la misma habitación, en nuestra infinita sabiduría e inocencia infantiles, colocábamos los calzoncillos todas las noches en la madera que formaba el pie de la cama para que nuestras madres los vieran y así hacer un prelavado de carácter privado.

Una noche, Carlos, el mayor, que ya había entrado en los veinte, vio los calzoncillos y las susodichas manchas. Las observó con detenimiento y dedujo que podían ser clasificadas, comparadas, incluso premiadas. Nos retó a ver quién ofrecía al juez de la Audiencia Peregrina, al día siguiente, el mejor palomino.

―Cada uno de vosotros colocará mañana sus calzoncillos en el mismo sitio que hoy, y yo, con una lupa de coleccionista numismático y una cinta métrica de sastre, analizaré con todo detalle vuestras respectivas zurrapas, dijo con voz seria y rigurosa de ujier asistente del juez, después de colocarse en la cabeza a modo de birrete unos calzoncillos limpios. 

A continuación, señaló con suma claridad las bases del concurso: no vale mancharse a propósito, no vale ir a la cuadra de los Pereiro, no se aceptan zurrapas de días anteriores, y la exhibición debe hacerse con discreción después de cenar, en esta habitación y a la misma hora que hoy.

Mi primo Jorge y yo, iguales casi en edad, pero con distintos estilos a la hora de defecar, o «hacer de cuerpo», como decía el electricista que venía a casa a arreglar algún desperfecto del pleistoceno eléctrico que iluminaba nuestra finca, pasamos con una normalidad aplastante el día uno del campeonato. Éramos vigilados por Carlos en los momentos cruciales del día como si formara parte de una cadena de jueces del campeonato olímpico de marcha de cincuenta kilómetros.  

Y llegó la hora del «juicio». Los mayores se sorprendieron de que Jorge y yo quisiéramos acostarnos tan pronto, pero es que el corazón se nos desbocaba por los nervios. La sorpresa fue mayor cuando vieron que Carlos, el primo mayor, no estaba sentado en el exterior de la casa fumándose un cigarro.

Nos metimos en la cama a la velocidad del rayo, como un tren que entra en la estación sin frenos ni protocolo. Tapados hasta la nariz porque el frío húmedo se apoderó de nosotros enseguida, mirábamos continuamente el reloj y echábamos pestes de una tardanza provocada con toda calculada intención.

La escalera de madera crujió repentinamente, prueba latente de que alguien subía. Carlos asomó la cabeza y soltó una sonora carcajada al vernos tapados como si fuéramos dos bocadillos de carne y sábana.

Se colocó a la altura de los pies de las camas marcando una imparcialidad que yo ponía en duda. Es su hermano pequeño, narices. Algo tiene que pesar, barruntaba yo.

Carlos comenzó con gesto muy serio el riguroso examen de las zurrapas, como quien evalúa obras de arte.

―Esta tiene buena forma, pero poco color. Esta otra, coño, parece la firma de Picasso. Volviendo a la primera, observo que tiene textura de yogur de chocolate, pero la segunda no se difumina en ningún momento, muestra un perfil grueso y continuado.  

Nosotros aguantábamos una risa nerviosa, una pudenda vergüenza y un mal entendido orgullo.

―Me ponéis en un verdadero dilema. Las dos coinciden en que son artísticas. La valoración de una viene de la forma, mientras que la otra es brutal.

Carlos, como si estuviera jugando al stop con dos columnas solamente, anotaba en su cuaderno con calificación numérica, las diferentes características de las zurrapas: estética, calidad de la fragancia, originalidad, condensación, persistencia…

Luego supimos que el galimatías de números que tenía en su cuaderno había sido un paripé muy estudiado durante el día.

Carlos fue a buscar a nuestra tía abuela para hiciera de Magistrada Ponente de la sentencia del juez. Todo formalismo. No podía caer en el olvido y debería formar parte de los anales de la finca. Cuca se negó con un rotundo:

―¡¡¡Estáis enfermos!!!

La final fue legendaria.

Carlos traslució sus elucubraciones. Afirmó que estaba todo muy igualado.

―Yo me decantaba por la firma de Picasso. Soy un artista y valoro la dificultad de dicho perfil. Pero el otro, formateado involuntariamente, tiene la forma de Galicia, nuestra tierra. 

―Después de este silencio necesario para poder lo más objetivo posible, he decidido ya la sentencia.

El primo mayor se quedó callado y pensativo unos segundos para crear un ambiente propio de un arbitro analizando una jugada con el VAR en una final europea. De pronto, nos sorprendió con la decisión:

―¡¡¡Empate!!! Pero el verdadero ganador es el intestino de cada uno de vosotros.

Los tres aplaudimos calurosamente, pero sin saber muy bien qué significaba lo que había dicho.

Y aquí estoy yo, muchos años después, narrando el primer combate de zurrapas lleno de vergüenza y nostalgia. De nostalgia, se puede entender; pero de vergüenza, no. Era una auténtica guarrada. ¿Justificación? Era nuestra infancia, nuestra complicidad, y el poder de convertir lo más bajo en lo más alto. Aunque fuera solo por un verano.

Los mayores fueron recibiendo noticias del «campeonato» con una cara de alucinante sorpresa.

Lo primero que escuchó Carlos cuando se sentó con los mayores ―nosotros estábamos acostados― fue un mandato de corte militar:

―¡¡¡Coge esos calzoncillos!!! ¿¿¿Lo has hecho??? Levanta de la cama a tu primo y a tu hermano e inmediatamente los tres laváis los calzoncillos en el pilón. ¡¡¡Ya es tarde!!!

Y cuando nuestros padres fueron informados de los detalles del campeonato, no faltaron las sentencias:

—¡¡¡Eso no son juegos, eso es una inmundicia elevada a categoría!!!

―¡¡¡Habéis denigrado a los jueces!!!

―¡¡¡La mierda no compite, se limpia!!!

―¡¡¡Niños!!! ¡¡¡A ver si os entra en la cabeza que la higiene no es opcional!!!

—¡¡¡Más vale culo limpio que medalla de zurrapa!!!

—¡¡¡Esto no puede salir de aquí!!! ¡¡¡Nadie se puede enterar de esta guarrada!!!

Mientras Carlos, Jorge y yo frotábamos con energía las zurrapas de los calzoncillos, oímos una cadena de carcajadas, que fueron in crescendo hasta alcanzar los parámetros de un ruidoso recreo de adolescentes.

Cuando estábamos comiendo al día siguiente una riquísima tortilla de patatas, nos sermonearon contundentemente los mayores. Después de unas miradas cómplices, negaron terminantemente la explosión de carcajadas que se escuchó la noche anterior tras el campeonato. Jorge y yo, mirando al plato, fingimos un sincero arrepentimiento, pero sabíamos que, en el fondo, aunque no lo dijeran, admiraban nuestra capacidad de convertir lo innombrable en un ritual festivo. 

Visitas: 0

LA EMIGRACIÓN

Hay historias que nunca deberían olvidarse, y la emigración gallega es una de ellas. Siempre me conmueve imaginar a quienes abandonaban su tierra con una maleta pequeña y un miedo enorme. Debía de ser muy duro despedirse de la familia sin saber cuándo volverían a verse. Pienso que aquellos viajes estaban llenos de esperanza, pero también de una tristeza difícil de explicar. Muchos lograron construir una vida mejor, aunque pagaron un precio muy alto: la distancia y la nostalgia. Creo que quienes nunca tuvieron que marcharse no siempre comprenden ese sentimiento. Cada carta enviada desde el extranjero debía de contener mucho más que palabras; llevaba también el deseo de regresar algún día. Por eso considero que la emigración no solo cambió la vida de miles de personas, sino también la forma de entender Galicia y de recordar el hogar.

Visitas: 0

TU VOZ

(A Compostela, esa mujer que entonces me hablaba muy bajito al oído cada vez que nos encontrábamos en las calles de mi ciudad.)

Deseo escuchar tu voz cada nueva mañana, cada despertar claro, como si mi sangre acariciara con impulso diáfano tu cuerpo mientras nuestros sexos se despedían a los pies de un manantial cálido.

Sumergido en una noche de desmayos e hipnosis, mis manos desnudas tocaban tu cuerpo en el placer de un sueño colmado de fantasmas y realidades falsas.

Me aguijonea desde hace tiempo el verdadero deseo de un posible regreso a tu lado.

Y mi alma, anegada y adornada por la larga ausencia de nuestro último beso, casi sin fuerza y despojada de vida carnal, comienza lentamente en el regazo de la soledad a imaginar. 

Visitas: 1

EL PÁJARO

En una aldea muy pequeña y muy apartada de las más lejana Galicia moraba hace unos años un cura muy viejiño él, pero con el aspecto físico de un roble, decían quienes lo atendían en sus labores caseras. De este hombre han hablado, y hablarán mucho las lenguas de la comarca. Tenía una afición que los hombres de la aldea no envidiaban en absoluto. Esta afición de la que voy a hablar consistía en darse un baño diario en una curva que hacía el río en las afueras de la aldea. Las aguas están heladas, según los que lo intentaron como avezados nadadores. Una vez y nada más, sentenciaron al unísono. El cura seguía con su costumbre y no lo frenaba nada. Disfrutaba tanto que olvidaba siempre que muy cerca se encontraba el pilón de lavado de la ropa de uso público. Las primeras habladurías fueron las de una mujer que debía de tener el teleobjetivo de las águilas: cuando este hombre nada para atrás parece un reloj de sol. Otras, las que le arreglaban sus prendas sacerdotales se quejaban de que tuvieron que hacer unas sotanas de talla extragrande porque, si las ajustaban demasiado al talle, la feligresía perdía en un instante la devoción cuando hablaban con él en el atrio de la iglesia. El más osado era el cantinero, hombre irreverente y ateo, hablaba de un verdadero diablo entre las piernas.

Este sacerdote tenía como afición la ornitología. Salía todos los viernes, nevara, lloviera o hiciera un sol del carallo, a escuchar, en expresión de Fray Luis de León, la música no aprendida de los pájaros.

Una vez le regalaron un canario que decían que lo proclamaron campeón de España en una prueba que se celebró en Valencia con más de cien participantes. Lo cuidaba, perdón por la blasfemia, como si fuera un santo más de su capilla. En uno de estos cuidados, un día, al levantarse de la cama, notó que no estaba Severino, ya que el silencio reinaba en la casa y se podía escuchar muy bien el sonido de los ratones que caminaban por el fayado de su casa. La jaula, vacía, no volvió a ser la casa de Severino.

Su disgusto y su preocupación fueron tan grandes que decidió preguntar a sus feligreses cuando finalizó la misa mayor del domingo. No quería que «la cosa» cayera en el olvido y se puso a hacer preguntas tipo Hércules Poirot en cualquiera de sus interesantes investigaciones.

De primeras, preguntó que quién tenía pájaro. En este punto se levantaron todos los hombres y alguno de ellos de un modo muy jactancioso. No he hecho la pregunta correcta, comentó muy avergonzado para sus adentros el cura.

―A ver, amigos, a ver. Yo quiero saber si ustedes en estos últimos días han visto en la aldea mi canario, un pájaro muy llamativo y gracioso.

En este punto se levantaron de sus bancos casi todas las mujeres, unas con el rostro colorado por la vergüenza, otras, las que se quedaron en sus asientos, con cierta tristeza y resignación. Tampoco funcionó, y manifestando una aparente ingenuidad, preguntó:

―¿Quién ha visto mi pájaro?

Y como cohetes de bomba triple todas las monjas se pusieron de pie llenas de alegría.

El templo «estalló» en carcajadas.

Visitas: 0

LA PEREGRINA Y EL BURGO: RECUERDOS DE UNA VIDA

Cuando pienso en mi infancia y en mi adolescencia —la tardía también—, el corazón me lleva inevitablemente a dos aldeas que marcaron mi vida y la memoria de mi familia.

En Bertamiráns, en la finca de la familia de mi madre llamada La Peregrina, se alzaba una pequeña capilla que era mucho más que piedra y cal. Hoy sigue en pie, pero sin culto. Era nuestro rincón sagrado, el lugar donde la Virgen Peregrina nos acogía bajo su manto protector.

Cada agosto, la fiesta llenaba el aire de música, de risas y de devoción. Las campanas repicaban con alegría, y nosotros, niños y mayores, nos vestíamos de gala para honrar a nuestra Virgen. Aquel día era un encuentro de almas, un instante en el que la familia y los vecinos nos fundíamos en una misma emoción, entre el olor a rosquillas y el sonido de las gaitas que hacían vibrar el corazón.

Luego, en septiembre, el camino me llevaba a Vedra, a la finca de la familia de mi padre llamada El Burgo, donde la Virgen de las Ermitas era la protagonista. Allí la fiesta tenía otro sabor, distinto, pero igualmente entrañable. Era como si el calendario nos regalase dos citas imprescindibles, dos paradas obligadas en el camino de la vida. En Vedra, la devoción tenía un tono más desconocido para mí, pero también más íntimo. Recuerdo las procesiones, los cantos, y esa sensación de que cada piedra del lugar guardaba la huella de nuestros antepasados. Era como si el tiempo se detuviese, y nosotros, pequeños y grandes, nos sintiéramos parte de una tradición que nos trascendía.

Estas dos fiestas, la de Bertamiráns y la de Vedra, eran mucho más que celebraciones religiosas. Eran la expresión viva de nuestra identidad, de la unión familiar, de la alegría compartida y de la fe heredada. Cada vez que cierro los ojos, veo las luces de las fiestas, escucho las gaitas y siento el latido de las campanas. Y en el fondo de mi pecho, una gratitud inmensa crece, porque sé que esos recuerdos son el tesoro más valioso que me dejaron mis padres y mis abuelos.

Hoy, cuando regreso de vez en cuando a esos lugares, siento que las capillas siguen hablándome, aunque no tengan culto, que las Vírgenes siguen mirándome con esa ternura antigua, y que cada agosto y cada septiembre son un puente entre el pasado y el presente. Son la memoria viva de mi familia, el recuerdo que me hace sonreír con nostalgia y que me llena de orgullo. Porque allí, entre Bertamiráns y Vedra, aprendí que la fe y la fiesta, la tradición y la alegría, pueden convivir en un mismo latido, y que ese latido es el que nos mantiene unidos, generación tras generación.

Pero hoy, cuando vuelvo a esos lugares, me siento también atravesado por una herida silenciosa: sé que aquellos tiempos no se pueden recuperar, que las risas compartidas y el calor humano que llenaba cada rincón ya no regresarán. Ahora veo cómo la impersonalidad y la indiferencia crecen, cómo mucha gente, sobre todo en la segunda finca, parece ajena a mi presencia, como si la memoria que yo guardo con tanto amor no tuviese ya reflejo en sus ojos. Esa distancia duele, porque contrasta con la intensidad del recuerdo, y me deja con una profunda saudade, con una melancolía que me acompaña y que, al mismo tiempo, da sentido a mi fidelidad a esas raíces que nunca quiero olvidar.

ADDENDA.- El Burgo lo vendimos cuando yo tenía 22 años y, desde entonces, siempre estuvo en manos privadas, circunstancia que me dificultó mucho, teniendo en cuenta además mi gran timidez, su visita; mientras que La Peregrina la vendimos con 33 años y con la noticia de que fue el Ayuntamiento de Ames quien la compró y la convirtió en un espacio abierto a la gente de Bertamiráns para visitarla y realizar actos públicos. A cien metros se construyó una nueva capilla con la «vieja» Virgen Peregrina, que está siempre abierta y tiene culto diario. 

Visitas: 1

LA PERRA DE SIETE VIDAS

Todo el mundo sabe que el perro simboliza la fidelidad y la lealtad y que en muy pocas ocasiones aparece con una significación malvada y envilecida.

―Alguna vez tenía que ser, dijo el tío Filoso. Además, eso es porque no conocieron a Milucha, ¡demonio de perra!

Cierto es que el tío Filoso no estaba muy de acuerdo con esa premisa. Contaba él que, cuando era más joven, en la casa de A Maía, había una perra pequerrechiña que tenía unas aviesas intenciones jamás conocidas en la aldea.

―Es una sinvergüenza, una desalmada. ¿Sabes lo que me hizo ayer? Se lanzó como una endemoniada desde el desván donde estaba escondida hacia mi tobillo izquierdo y me dio en él un mordisco del carajo. Todavía tengo la marca de sus dientes. La voy a matar un día. Lo juro.

Su sobrino mayor lo escuchaba sin apenas mudar el color, pues conocía muy bien sus artimañas.

―Eres peor que ella, Filoso. Como dice el rapsoda de A Maía, no es mala, es intensa. No muerde por odio, sino por exceso de entusiasmo. Su ladrido no es amenaza, es poesía en clave canina.

―No digas eso, Carlos; que yo sólo me defiendo de sus revirados acometimientos. Sin ir más lejos, aún recuerdo el día que metió su hocico entre mis piernas y casi me convierte en un eunuco, en un castrón.

―¡Vaya, vaya! ¿Y el día en el que tú le metiste en el culo un cigarro encendido?

―¡Como no lo voy a recordar! Ese día me reí a carcajadas. ¡Dios, cómo corría la astuta por la era! Semejaba un cohete de feria. Y gruñía como un dragón medieval.

―No la juzgues por sus gruñidos. Escúchalos como quien escucha una canción en una aldea con un mensaje oculto.

―Sí. El otro día mantuve una conversación con Maximino. ¡No sabes cómo bailaba de joven la muiñeira! Y me dijo que los perros no hacen gamberradas, que son un escudo contra todo aquello que no les gusta.

―Y tú, Filoso, reconoce que no la dejas en paz.

Milucha era una perra de nadie y de todos. Vivía en la finca, pero nadie la compró. Apareció por allí como una peregrina sin destino y como había comprobado que allí había alimento de vez en cuando, una golosina, pues decidió quedarse. Pronto surgieron los problemas con los miembros más jóvenes de la familia. Al cabo de unos meses, tras mordiscos, arañazos en todos los tobillos, robo de calcetines y meadas en lugares intempestivos sólo se llevaba bien con doña María, la matriarca de la familia, que le daba siempre cobijo en su regazo como si fuera una niña.

Cuando veía a algún niño, salía a toda velocidad hacia un banco de piedra que había en la capilla y allí se escondía llena de miedo. Desde ese rincón, observaba con curiosidad a los niños y esperaba que llegara el momento justo en el que uno de esos niños se sentaba en el suelo a su lado, sin prisas, y le ofrecía una caricia sin exigencias. Porque incluso las perritas más gamberras como Milucha tienen su propio ritmo para confiar en los demás. Especialmente después de la última gamberrada.

Era una tarde tranquila, mientras la casa respiraba siesta y silencio después de comer. Milucha decidió que los cojines del sofá no estaban cumpliendo su función estética y con sigilo de ladrón de guante blanco y mirada de estratega, los arrastró hasta el pasillo. No contenta con eso, los desmenuzó como si estuviera limpiando una merluza: plumas por el aire, tela hecha jirones, y ella en medio del caos, con la lengua fuera y el pecho henchido de orgullo.

Cuando la familia se desperezó, ella se sentó sobre los restos como quien presentaba el último récor Guinness. Ni rastro de culpa. Solo la certeza de haber conseguido lo que ninguno de los pequeñajos del casero se había atrevido a hacer.

La tía María es la única que la defendió la «penúltima vez» cuando convirtió un jardín en círculo alrededor de la fuente de piedra de la era en una pateada plaza de toros.

―¡Pero, Cuca, que ha destrozado el jardín!

―¿Y qué? El jardín volverá. Pero esa chispa en los ojos… eso es vida. Y la tía María acariciaba a la perrita, que se escondía acobardada tras las cortinas del cuarto de estar.

―Yo también fui gamberra. Y mírame, aún me invitan a misa.

Una mañana bien temprano, cuando todavía la falta de luz no dejaba ver bien un cielo entoldado y que anunciaba que iba a llover «la de Dios es Cristo» el tío Filoso se apostó sin decir ni hacer nada de ruido, detrás del pilón de lavar la ropa, para de este modo poder ver todos sus movimientos y… ¡Ya veríamos entonces! Para estas cosas las pocas fuerzas que tenía se insuflaban de energía como un joven militroncho haciendo guardia.

Después de comer, se despidió y justificó un gran cansancio para dar una vuelta por la finca y luego dormir la siesta en su dormitorio. Todo fue como él había planeado. La perra, también cansada por todas las carreras que se había dado por la finca, apareció en su habitación muy modosa, como queriendo hacer las paces, pero Filoso se lanzó sobre ella y cuando la tuvo bien asida por el rabo, salió zumbando hacia el mirador que había en la parte alta de la finca sin que nadie lo viera.

Llegado al mirador, la volvió a trincar bien por el rabo y comenzó a darle vueltas y más vueltas en el aire, para tomar fuerza y así poder lanzarla lo más lejos posible. La perra gruñía cada vez más, por lo que decidió hacerlo lo antes posible no fueran a sorprenderlo en la más hiriente de sus venganzas. El vuelo libre de Milucha duró una eternidad, hasta que se escuchó un golpe seco, un tambullón, y acompañado de tres o cuatro descuidados gruñidos llenos de dolor.

Filoso pasó una tarde tranquila como pocas, ya que no había ni sombra del animal. Nadie preguntó por la perra. Feliz como un niño en su Primera Comunión cenó un buen plato de sopa y una muy bien hecha tortilla de patatas. Para sorpresa de todos, esa noche no hubo televisión ni nada. Todo el mundo en silencio. La perra no apareció por ningún lado. A la cama se fue Filoso, a seguir leyendo Los diez negritos. Subió las escaleras muy dinguilendeiro. Pero la alegría, como en la casa de los pobres, le duró muy poco. Al abrir la puerta se encontró, en medio de la cama, y con un olor repugnante, un hermosísimo y asqueroso cerollo de Milucha.

―¡Mierda! Ya lo dije yo, esta perra tiene siete vidas como los ghatos. ¡Carajo! La infravaloré. Bien, mañana vuelta a empezar. ¡Bueno es saber que sólo le quedan seis! ¡Qué mañana, esta misma noche! Y desde no se sabe qué escondite de la finca la perra Milucha parecía sonreír la muy festeiramente

Visitas: 0

ENCUENTRO CON LA REINA LUPA EN EL PICO SACRO

Subí solo, como quien busca una respuesta que no se puede formular. El Pico Sacro me esperaba con su silueta de tierra antigua, su aliento de leyenda. El viento soplaba como si quisiera decir algo, pero no encontraba las palabras. Yo tampoco.

La noche había caído sin ruido, envolviendo el monte en una penumbra azulada. Entonces la vi. No sé si apareció o si siempre estuvo allí, esperándome. La Reina Lupa, vestida con un manto de niebla, con los ojos encendidos como brasas que no se apagan. No era joven ni vieja. No era humana ni bestia. Era ella, la que traicionó a los discípulos, la que custodia secretos bajo tierra, la que conoce el lenguaje de los lobos.

No dijo mi nombre, pero lo pronunció con la mirada. Me acerqué como quien se acerca a un fuego que no quema. Su piel tenía el olor de la tierra mojada, del musgo antiguo, del deseo que no se atreve a decirse. Me tocó la cara con una mano que parecía hecha de viento. Y entonces habló, no con palabras, sino con memoria:

—Has venido a buscar lo que no se puede encontrar. Has venido a amar lo que no se puede poseer.

No respondí. No podía. Ella se acercó más, y el monte entero pareció inclinarse hacia nosotros. Nos besamos como si el tiempo no existiera. Como si el mundo fuera solo ese instante. Su boca sabía a leyenda, a traición, a redención. Me abrazó con la fuerza de quien ha esperado siglos. Y yo me dejé llevar, como quien se entrega a un destino que ya estaba escrito en las piedras.

El Pico Sacro nos envolvió. El viento dejó de soplar. Los lobos callaron. Solo nosotros, en medio del monte, éramos reales. O quizás no. Quizás fue sueño. Quizás fue delirio. Pero desde entonces, cada vez que subo al Pico, siento su presencia. Y cada vez que cierro los ojos, vuelvo a besarla. 

Visitas: 0

EL MAR DE LOS PESCADORES

Siempre he pensado que el mar de Galicia tenía un carácter propio, como si pudiera hablar con quienes vivían de él. Los pescadores salían de madrugada sin saber qué les esperaba, y esa incertidumbre me sigue pareciendo admirable. No era una vida fácil; al contrario, estaba llena de sacrificios que hoy cuesta imaginar. Sin embargo, me emociona recordar la dignidad con la que afrontaban cada jornada. Las lonjas, el olor a salitre y el ruido de los barcos formaban parte de una rutina que daba sentido a muchos pueblos. Tengo la impresión de que hoy miramos el mar más como un paisaje que como una forma de vida. Quizá sea inevitable, pero siento que con ese cambio también hemos perdido una parte importante de nuestra identidad. A veces echo de menos aquella relación tan intensa entre las personas y el océano.

Visitas: 0

LA VIRGEN PEREGRINA EN BERTAMIRÁNS

Hay días en los que uno no necesita mirar el calendario para saber que son distintos. Basta abrir la ventana. El aire trae un olor nuevo, las campanas repican de otra manera y hasta la luz parece detenerse un poco más sobre las fachadas de las casas.

Hoy es uno de esos días.

Todavía hay vecinos colocando flores, moviendo bancos y saludándose como si el tiempo transcurrido desde la última fiesta hubiera sido apenas una semana. En los pueblos ocurre ese milagro. Los años pasan, pero las personas vuelven a encontrarse exactamente donde dejaron la conversación.

Espero. No tengo prisa.

Sé que dentro de un momento aparecerá la Virgen Peregrina y, aunque la he visto tantas veces, siempre siento el mismo estremecimiento.

No sabría explicar de dónde nace esta devoción.

Tal vez empiece cuando soy niño y veo a mi madre persignarse con una naturalidad que nunca necesita explicaciones. Tal vez nazca al escuchar a mi abuela decir que hay caminos que se recorren con los pies y otros que solo puede recorrer el corazón. O quizá nazca simplemente aquí, entre estas caras conocidas, donde la fe se mezcla con los recuerdos de toda una vida.

Las campanas anuncian la salida. Entonces el murmullo desaparece. No hace falta que nadie pida silencio. Llega solo.

La imagen avanza despacio entre flores blancas y cirios encendidos. Hay quien reza en voz baja. Hay quien no dice nada y simplemente la mira pasar. Yo tampoco encuentro palabras. Algunas emociones se estropearían si intentara explicarlas.

Mientras camino detrás de la procesión voy reconociendo rostros. El hombre que fue panadero. La mujer que siempre tenía una sonrisa para los niños. El matrimonio que nunca faltó a una fiesta. También faltan muchos. Y precisamente por eso hoy los siento más cerca. En una procesión nunca caminan únicamente quienes se ven.

Nos acompañan también quienes siguen viviendo en nuestra memoria.

El incienso deja un aroma dulce suspendido en el aire. Se mezcla con el de las hortensias, con el de la hierba recién cortada y con esa humedad tan nuestra que parece abrazarlo todo sin hacerse notar.

Miro a la Virgen y, por un instante, vuelvo a ser aquel muchacho que creía que el mundo entero cabía entre la iglesia, la plaza y el camino de regreso a casa.

Qué poco necesitábamos para sentirnos felices.

Una fiesta. Unas campanas. Una mano amiga sobre el hombro.

Y la certeza de pertenecer a un lugar donde todos conocían nuestro nombre.

Cuando la imagen vuelve a entrar en el templo, las campanas repican otra vez. No siento que termine una celebración.

Siento que se renueva una promesa silenciosa. La de regresar siempre. Porque hay devociones que no se aprenden en los libros. Se heredan. Y mientras alguien las siga llevando dentro, nunca dejarán de caminar con nosotros.

Visitas: 1

LA PLAYA DE RODAS EN LAS ISLAS CÍES

La playa de Rodas, situada en las Islas Cíes, es una de las joyas naturales más impresionantes de Galicia y, según muchos, del mundo entero. Con una forma de media luna perfecta, esta playa se extiende a lo largo de más de un kilómetro, uniendo las islas de Monteagudo y del Faro en un abrazo de arena blanca y finísima que brilla al sol como si fuera nieve cálida. Sus aguas, de color turquesa y sorprendentemente transparentes, evocan paisajes caribeños, aunque con una frescura atlántica que despierta los sentidos.

Bañarse en una playa de aguas limpias y arena blanca fina es una experiencia transformadora. Al sumergirse en el agua cristalina, se siente la frescura que acaricia la piel, mientras las olas suaves invitan a jugar y relajarse. El sol brilla en el horizonte, creando un juego de luces sobre la superficie del mar. La sensación de la arena fina entre los dedos de los pies proporciona un confort especial, conectando cuerpo y tierra. El murmullo de las olas, el aroma salado del mar, el vuelo pausado de las gaviotas y la luz que rebota en las aguas crean una experiencia sensorial única.

Este entorno natural es un refugio para el alma, donde el sonido del mar y la brisa suave ofrecen una serenidad incomparable, convirtiendo cada baño en un momento de puro gozo. El entorno, protegido, garantiza la conservación de su biodiversidad y belleza virgen. La playa está rodeada de naturaleza casi intacta, con rutas de senderismo que llevan a miradores espectaculares y calas escondidas, perfectas para la contemplación o el descanso.

Este paraíso gallego ha sido reconocido como la mejor playa del mundo, destacando su belleza salvaje y el equilibrio entre acceso y conservación. Rodas no es solo un lugar para tomar el sol o bañarse: es un espacio de encuentro con la naturaleza, con la memoria del mar y con la identidad atlántica que define Galicia. 

Visitas: 0

LA MÚSICA BAJA DE ARANJUEZ

Ya me había hablado alguien de mi familia hace tiempo de Rafael Rodríguez, el Peideiro. Aquel hombre que vivía en la villa de Aranjuez en una casita conocida como La pedorreta, y que se casó con una mujer sorda, pero que sabía muy bien cómo hablaba su hombre tirando por lo bajo.

―Seré sorda, pero los otros sentidos, y se tocaba la nariz, los tengo más que desarrollados, especialmente el olfato, comentaba ella después de veinte años de vida en común.

Este hombre era un gran aficionado al fútbol, y siempre que viajaba a Galicia a saludar a la familia no dejaba de acercarse al campo de As Pateiras de Bertamiráns a ver algún partido.

En esta ocasión coincidió con la final del trofeo de La Peregrina y en las repletas gradas había unos quinientos seguidores, que cantaban, silbaban y abucheaban a los jugadores que, ya fueran los de casa o los del equipo rival, rumiaban un resacón de órdago. Unos, los más jóvenes, profiriendo cualquier insulto que se les pasaba por la cabeza; otros, los más veteranos, preferían centrar todos sus insultos en la figura del árbitro, que, según ellos, olía a vino que aturdía.

―No suda agua, carallo, suda vino y aguardiente, decía el seguidor más «experimentado» de la grada principal; y que, por tal motivo, exigía que se le permitiera decir cualquier cosa.

―Tengo más antigüedad que tu abuela, le decía al presidente del club, que peinaba unas alborotadas canas, reflejo de una noche de farra y esmorga.

El presidente, conocido como Ventolín, porque no hacía nada más que soplar de una petaca que tenía escondida en una chaqueta multicolor, habló antes del partido con el árbitro y los linieres para que no hicieran ninguna barrabasada.

―¿O no te acuerdas del penalti que pitaste cuando el delantero rival se tiró en el área como Mark Spitz, el nadador que ganó en Múnich 72? Si hay caghada, para nosotros y le regaló una botella del orujo que fermentaba en su casa.

―Aviñado, esponja, trinqueteiro, borrachuzas, carpanta, chiqueteiro… Le chillaban. Todos ellos sinónimos populares de borracho.

―Cuando corres das más bandazos que el arado del demonio cuando huye de la Virgen Peregrina.

―Duerme la mona, carallo, duerme la mona antes de venir a arbitrar.

Decían los amigos que Rafael, con los años de matrimonio y la alegría conyugal, engordó muchísimo. Algunos insinuaban que llevaba el colchón antibalas incorporado para evitar las agresiones. Tenía una barriga muy generosa, como un depósito estratégico de provisiones, que se movía rítmicamente cuando caminaba por la calle.

―Rafaeliño, tienes que adelgazar, que ya no puedes abrochar los cordones de los zapatos, le decían con un hablar amistoso. Pareces un museo andante de recuerdos gastronómicos.

Rafael, «apisonadora de las fiestas», rezaba un cartel en la puerta de la casa de sus parientes.

Aún no se olvida en la aldea lo que aconteció hace unos pocos años. Fue una anécdota que nadie ha olvidado. Algún blasfemo dijo que había que pedir la santidad para Rafael.

En el último minuto del partido, por tradición festiva, el árbitro volvió a pitar penalti cuando el equipo de casa ganaba por uno a cero. El campo quedó en silencio absoluto. Mientras el delantero rival esperaba la señal del colegiado para tirar la falta máxima, nadie hablaba en las gradas. El silencio y la tensión se podían palpar y cortar con un cuchillo. Mas en el momento en el que el nueve foráneo fue a golpear el balón, en ese mismo instante, bramó, mejor dicho, rebramó, en las gradas una ventosidad tan descomunal como «la música» de un huracán. Y claro, el delantero falló y mandó el balón a un pinar próximo al campo.

La gente comenzó a hablar aturdida y llena de un gracioso alelamiento que no podía controlar:

―¡Dios! ¿Qué fue eso?

―¡Han liberado al preso!

―¡Confesión, es el fin del mundo!

―¡Libertad!

―¡Generoso!

―¡Vaya firma sonora!

―¡Qué viene el lobo!

―¡Un médico!

―¡Este hombre va a morir!

―¡Viva la homeopatía!

―¡Ya tenemos himno!

―¡Hiroshima! ¡Nagasaki!

―¡Monja y cura juntos, carallo!

―¡Ya tenemos gas natural!

―¡Qué nos bajen el recibo!

―¡Ya tenemos orquesta!

―¡Y dicen que no había cultura!

―¡Qué viene el cambio climático!

―¡Presidente, notificación inalámbrica!

―¡Vaya contraseña!

Y no sé cuántas caralladas más.

Hasta un hombre comentó que este pedo superó claramente, y con grandísima diferencia, al que se había tirado en el Senado el señor Cela, amante de lo escatológico, en la época de la Transición y seguidor de Quevedo que dijo: «el pedo es vida, porque hasta el Papa se lo tira». Cela lo negó argumentando que él era, como todos los españoles, pedorro domiciliario y no pedorro transeúnte.

Rafael sonrió con doble satisfacción. Por un lado, liberó el gas retenido en su barriga, y, por otro, ayudó al Bertamiráns a ganar el trofeo de La Peregrina.

Los más niños reían de la sonoridad de este hooligan de la música baja, y algunos chicos intentaron valientemente llevarlo a hombros hasta el palco de la fiesta para que allí lo homenajeara la aldea. Alguien con muy buen tino lo evitó porque, dijo, como se le escape otro, manda a los chavales a Cuba.

El caso es que este trofeo pasó a llamarse, según los más acérrimos futboleros, O Cheirosiño; y la primera peña que tuvo el Bertamiráns, con motivo de esta generosa acción, se bautizó con el nombre de La música baja de Aranjuez. No hay constancia escrita de este hecho. Que yo sepa, este es el único sonoro trofeo que muestra el club en sus vitrinas. 

Visitas: 0

LA ALDEA QUE SE FUE APAGANDO

Cuando era niño, la aldea parecía el centro del mundo. Siempre había humo saliendo de las chimeneas, voces en los caminos y puertas abiertas que invitaban a entrar. Hoy, cuando regreso, siento que el silencio pesa demasiado. Me cuesta aceptar que tantas casas estén vacías y que las huertas, antes cuidadas con orgullo, se escondan bajo las zarzas. Tal vez idealizo el pasado, pero creo que entonces la gente tenía más tiempo para hablar y para ayudarse. No había grandes comodidades, es cierto, pero sobraban las conversaciones al caer la tarde y las risas compartidas. Ahora todo parece más cómodo y, sin embargo, también más frío. Cada rincón de la aldea me recuerda que el progreso tiene un precio que pocas veces se menciona. Quizá no podamos recuperar aquel mundo, pero me resisto a pensar que olvidarlo sea la única opción.

Visitas: 0

DOÑA ERNESTINA «LA GENERALA»

No hay familia que no presuma, si quiere hacerlo, de que alguno de sus antepasados participara en determinados conflictos religioso―políticos o paraculturales. Todos, cuando miramos hacia nuestros ancestros, imaginamos a alguno de ellos, para eso están las leyendas familiares, bien conspirando en algún cenáculo de corte libertario, bien sabiéndose privilegiado observador de las intrigas más eminentes de la vida cultural de la ciudad o pueblo en el cual le tocó en gracia vivir. En estas circunstancias, yo tengo que hablar de doña Ernestina «la Generala», mujer de armas tomar, que fue, durante unos cuantos años, el figurón más destacado de la provinciana, por entonces, Compostela. Para hablar de esta mujer nos tenemos que situar en los últimos años de Isabel II y en los conocidos tiempos de la Gloriosa. (Isabel II, reina de España (Madrid, 1830―París, 1904), hija de Fernando VII. Bajo su reinado sufrió el 18 de septiembre de 1868, por sus veleidades con los poderes más reaccionarios, la revolución denominada la Gloriosa, por lo que tuvo que instalarse en París. Después de varios intentos para forzar su restauración, abdicó en su hijo Alfonso el 25 de junio de 1870).

Esta mujer nació, vivió y murió en la casa más bonita y hermosa de la rúa Nova compostelana: soportal de tres arcos, cuatro luces, una fachada de una piedra labrada primorosamente y, para finalizar, una escalera majestuosa y señorial. En el frente de la casa, cuatro imponentes escudos entallados en el siglo XVIII, tiempo en el que se erigió la aristocrática casa. Doña Ernestina resumía en su sangre todas las vicisitudes de la nobleza gallega: rivalidades feudales, rencores familiares, odios heredados e incomprensiones de cualquier clase, que se resolvieron cuando sus padres se casaron, dicen que para hacer las paces de un pleito secular que afectaba a las dos familias.

―De nacer hombre, sería un glorioso militar, afirmaba ella misma extrañando el «bigotazo» que tendría en la dicha circunstancia.

Pero como no fue así, tuvo que conformarse con montar unas terribles y descomunales peleas en su entorno. Cierto es que de todas siempre salía ella como gran triunfadora. Estaba en una edad en la cual disfrutaba de cada éxito obtenido y se burlaba con obscenidad de la persona que había sufrido la humillación. Por desgracia para ella, aunque muchos lo dudaron en Santiago, su marido y su hija murieron muy pronto. El vacío que dejaban en casa era significativo, pero, como las dotes de mando eran inagotables, conservó en su casa los mismos sirvientes que cuando eran tres los habitantes de la misma.

―Yugo y vara, es mi lema con esta chusma; arengaba a su hija cuando era muy pequeña y veía en ciernes una excelente generala. Su intención era preclara: no debía alejarse lo más mínimo del camino recto y derecho de la estricta rectitud moral y emocional. Como en un principio sus dotes dictatoriales no salían del ámbito doméstico, el servicio, como decía ella, estaba harto de sus amonestaciones y sermones, pronto se convenció, para alegría de sus sirvientas, de que debía proyectar sus decretos de limpieza ética en alguna otra faceta de la vida de su ciudad.

―¡No se puede tirar por la borda una capacidad como la mía! Si me dejaran, yo los metería en cintura a la voz de ya y les pondría unas buenas y rígidas cinchas a esta manada de ateos oportunistas y librepensadores. Pensó que el terreno religioso―social era el más apropiado. De ahí que fundó y, ¡cómo no!, presidió durante años la «Asociación de damas carlistas». No conforme con esto, se hizo cargo de la dirección de las siete cofradías más importantes de la ciudad; por lo cual su poder iba desde la provisión de una canonjía vacante hasta colocar cuando ella quería a las jóvenes de la zona de Ribadavia en casas conocidas y de buena fama. (Ribadavia: localidad a 25 kilómetros de Santiago, en la provincia de Ourense. Capital de la región vinícola del Ribeiro. El último sábado de agosto se celebra en esta localidad la Fiesta de la Historia. Declarada de Interés Turístico Nacional. Por un día, la localidad se sumerge en la Edad Media vistiendo cómo se vestía en la época y representando la historia de la localidad, antigua capital del Reino de Galicia por un día. La moneda oficial utilizada es el marabedí. Es de visita obligada el castillo de los Condes de Sarmiento, construido en el siglo XV). De esta forma tan humana, se garantizaba disfrutar de la información más secreta y pudorosa de sus convecinos, que tantos golpes de pecho se daban en la próxima iglesia de Santa María Salomé. Esos conocimientos de la vida personal eran un punzante y letal aguijón que clavaba ella en la reputación del paisano que osara mancillar su limpio nombre o poner en entredicho su autoridad. Con un sólo gesto, ella confirmaba o bien tiraba por tierra cualquier «runrún» que se expandiera por la ciudad sin su sagrado consentimiento.

―¡Quien controla la intimidad del vecino, tiene la sartén por el mango! Si sabes cómo se comporta en lo personal, lo podrás desnudar sin piedad en público y mostraba una sucia dentadura, penitencia que debía soportar, decía ella, por un liviano y irreflexivo error de juventud. No quería pisar ni por asomo la consulta del doctor Mendes, porque decía que podría poner en práctica algún rito oculto para disolver su proverbial poderío, ya que lo vieron ―sic― procesionando con la nocturna Santa Compaña, leyenda que consiste en la aparición de una fila de encapuchados fantasmales cuya función no es otra que la de visitar o poner en aviso de una futura defunción. 

La asistencia o no invitación a sus bailes anuales suponían el empellón definitivo o la postergación más absoluta de una familia en sus claros deseos de integración social. Tenía la potestad de hacer y deshacer noviazgos, siempre pensando en el buen decoro de la respetuosa ciudad. Muchas jóvenes que, por su culpa, quedaron para vestir santos, la detestaban con asco y desprecio. Eso sí, siempre en silencio.

―Y se me detestáis, hacedlo con la palabra del mudo, guardando vuestra ira en vuestras entrañas y en absoluto silencio, como hago yo con mis almorroides, nombre inventado por ella para designar la majestuosa y solemne dolencia que sufría desde la adolescencia. Mis tías cuentan que sus intervenciones en las fiestas del casino de Santiago, rompiendo parejas de baile, hicieron época. También se empleó a fondo en la censura de estrenos teatrales, pues ella pensaba que era la persona idónea para decidir qué obra se ponía en cartel y cuál no. Por ejemplo, Don Álvaro o la fuerza del sino del Duque de Rivas no se representó en Compostela gracias a ella. (Don Álvaro o la fuerza del sino de Ángel Saavedra, duque de Rivas (1835), el gran drama romántico español. En relación a Don Juan Tenorio de José Zorrilla se podría aplicar el siguiente dicho gallego: el río Sil lleva el agua y el Miño, la fama). Había que verla cómo alardeó de su gran hazaña durante meses en los múltiples confesionarios de la catedral hasta que un sacerdote recién llegado le dijo que mostrara algo de humildad, calidad que no conocía en absoluto.

Hasta que un día se equivocó gravemente. Intentó censurar la ópera La Traviata de Guiseppe Verdi basada, según ella, en la inmoral y licenciosa La dama de las camelias de Alejandro Dumas. (Alejandro Dumas (hijo) narra en su novela La dama de las camelias (1848) la historia de Margarita Gautier, una cortesana del París decimonónico, que se siente redimida de su pasado por el verdadero amor que le profesa Armando Duval, un nuevo miembro de la alta burguesía provinciana, y decide retirarse con este último al campo. Gautier espera disfrutar del amor verdadero durante los últimos días de su vida, ya que no considera la posibilidad de poder superar la terrible tuberculosis que la afecta). En esta ocasión lanzó todos sus poderosos e influyentes tentáculos sobre el empresario del teatro, los actores, el arzobispo y demás autoridades y fuerzas vivas de la villa. Pero nada. La obra se representó varias veces y siempre a teatro lleno. No consiguió prohibirla. Fracasó estrepitosamente. Sumergida en una vergonzosa humillación, decidió alejarse del ambiente social a su pazo de Ribadavia, en una especie de mal entendido exilio interior voluntario.

―Así me lo pagan estos cafres incultos e ignorantes, devotos del más perverso de los dioses del cenáculo romano. Ya me echarán de menos y me vendrán a llorar. Entonces, los pondré la cada uno de ellos en su sitio. ¡Por estas y por Dios bendito!, blasfemaba a cada vez más repoluda mujer.

Pero nada de eso ocurrió. Todo el contrario. La villa creció en muy valorada libertad y caralludo jolgorio. Débil y muy enferma, regresó poco antes de morir a su casa de la rúa Nova. Quería morir como una señora, en la ciudad que la vio nacer, y no en un pueblito de mala muerte, como denominaba ella a la histórica Ribadavia. O sería, lo más lógico según ella, para que todos los estómagos agradecidos de Compostela asistieran a su entierro y la reconfortaran en su muerte, hecho que no supieron hacer en vida.

Durante muchos años se habló en la ciudad de la fastuosidad del cortejo que recorrió el trayecto que separa la antigua rúa do Bico Novo del cementerio del Rosario. Llevó mucha gente de Dios. Así manifestaban algunos compostelanos de pro el tumulto congregado. Las lenguas venenosas, que, como las meigas, haberlas las hay, decían y contaban que la mayoría de los asistentes se acercó al camposanto para comprobar in situ que esta mujer estaba muerta y bien muerta. Mis tías hablan de que cómo les contaron detenidamente que uno de los concurrentes a su inhumación lo hizo por tal motivo, así lo certificó públicamente en el casino cuando fue requerido para tal hecho. Las dudas sobre su verdadera desaparición latían en los pechos de los más incrédulos y blasfemos agnósticos. Hasta, aseveran, que se lo hicieron jurar por la fe de los pecadores ―sic―.

―Bicho malo nunca muere, murmuraba muy bajo uno de los vecinos más beligerantes en la juventud de la Generala.

―Al muerto que no está presente, la vela no se le enciende; sentenció un buen hombre que portaba un grano cirio en su mano derecha para que lo pusiera al pie de la sepultura por orden expresa de su devota y correligionaria esposa y de ese modo certificar su muerte ¡Qué por mí…!

―No hay cosa peor que un muerto vivo, culminó el más experto y aguerrido de los enterradores del cementerio, mientras echaba sin descanso palas y palas de tierra sobre el féretro de doña Ernestina. La incrédula gente abandonó el lugar cuando los sepultureros dieron por finalizado su «santo trabajo» y pudieron comprobar que allí, sobre el féretro de la Generala, había más tierra que la extraída de las minas de Almadén. A muller que morrera onte / deixou moito caldo na pota, / comamos, amigos, comamos, / non sexa o demo que volva. 

Visitas: 0

EL SUPOSITORIO DEL CARDENAL

En todos los tiempos de nuestra historia hay ingentes ejemplos que nos llevan a afirmar que no hay servilismo sin interés. Los que «fachandean» de poder siempre tienen en su alrededor a personas que los alaban de buen grado, en algunos casos hasta límites insospechados. Será porque ellos, antes de alcanzar las altas cumbres del mando, hicieron de una manera «cuspidiña» lo que otros están ahora teatralizando en su cara. La adulación es un arma de doble hilo. Paul Valéry decía que cuándo alguien te lame las suelas de los zapatos, le debes colocar el pie encima antes de que comience a morderte. Pues eso. Algún día ese meloso adulón que te mareó con elogios ocupará tu lugar porque el hombre que encaja sin protestar la adulación es un hombre indefenso. Dicen los más críticos y despiertos que cuando ven a un agobiante piropeador besando con flores el suelo de su jefe lo siguiente:

―Ya verás como dentro de poco tendrá un cargo en el que meter bien la mano o con el que cometer abusos blandiendo su imparable zarpa.

―Ese no echa elogios sin limosna, dirá otro.

Estos comentarios escuchados en cualquier lugar de trabajo reflejan la realidad de esos personajes que sólo piensan, como dije, en besar el suelo que acaba de pisar su amo o bien limpiarlo y darle brillo para que sus zapatos no se ensucien. Nadie hay más peligroso que ese tipo de personajes. Hacen la finta más prodigiosa cuando se ponen como objetivo un cargo al que aspirar a toda costa. También existen los «loanceiros» ignorantes que piensan que con su verbo y su común desfachatez lograrán en la vida todo lo que se pongan como objetivo. Unas veces, mantenerse en el cargo simplemente; otras, impedir que los justos aspirantes, porque tal vez ganaron unas elecciones, lo quiten de en medio.

―Esa entrepierna es mía, decía un procaz, desaprensivo y grosero analfabeto en el «furancho» de don José cuando veía a una mujer que le gustaba. Habituado a ver a su alrededor ese «mamoneo de tiralevitas» y obsequiosos pelotas entre las autoridades, él pensaba que «tenía derecho» y que con una cadena de elogios lograría su objetivo.

Eran unos hombres de principios del siglo XX que creían que con manifestar únicamente su deseo alcanzaban la meta sobradamente.

―«Pétame moito», carajo, «pétame moito», decía mientras bebía la penúltima taza de Barrantes, nunca la última, antes de caer en una profunda somnolencia vitivinícola.

―Es guapa, apuesta, rumbosa y gallarda. Nada que ver con las otras mujeres de la aldea. Y tornaba a su habitual modorra somnolienta.

Este es un claro ejemplo de la adulación mal entendida, porque el beodo era incapaz de lanzarle el más inocente de los elogios cuando veía a su novia sachando en la huerta que presidía su humilde casa.

Como podemos ver hay diferentes modelos de adulación, pero nosotros nos vamos a quedar con aquellos que sólo buscaban perpetuarse en el cargo elogiando la diestra y la siniestra a las cuatro o cinco caciques que, por entonces, se llamaban «fuerzas vivas de la aldea» y otorgaban los cargos a dedo.

Estos «lambecús o lambeconas» forman parte de la historia de nuestras ciudades, pueblos y aldeas de cualquier región de nuestra extensa geografía.

La ciudad de Santiago, desde hacía muchos años, era regida por un hombre al que llamaban, como dice el título de este cuento, «El supositorio del cardenal».

¿La razón? Muy sencilla. Estoy hablando de una época en la que en Santiago mandaban los curas «la de Dios». Todas las fuerzas políticas y sociales (el alcalde, el presidente del casino, el farmacéutico o el rector de la universidad) sólo deseaban una cosa: no escuchar los gritos de su eminencia. Cuando su eminencia chillaba, ¡ay!, ¡mi madre!, temblaba la Berenguela y les temblaban las piernas a los regidores de la ciudad como si fueran hojas sacudidas por un viento tempestuoso.

Los cuatro mandamases de la ciudad nombrados anteriormente escuchaban plácidamente el doblar de las dos campanas compostelanas mientras temían el bufido del cardenal cuando «explotaba» en su despacho. Bien por leer en el periódico del día un artículo anticlerical, por una información hiriente sobre sus famosos almuerzos o por no saber sus acólitos exprimir bien a los feligreses de la villa cuando recibía en una hoja la pequeña suma de las limosnas recogidas en la semana.

De este modo, y para evitar los bruñidos de su eminencia, el Sr. Alcalde, un pseudoliberal con ciertos zarpazos anticlericales, decidió acompañarlo a todos los actos oficiales de la villa, ya fueran civiles o religiosos. Él, en persona, le explicaría detalladamente todos los entresijos del acto correspondiente, y así desharía cualquier percance que le sorprendiera (eufemismo de enfadar) al purpurado. Sudaba los siete mares el regidor civil de la villa corriendo de un almuerzo de damas viudas en un restaurante tras San Martiño Pinario a una misa funeral en la iglesia de la carballeira de Santa Susana. Devoró más credos, salves y padrenuestros que la más devotas de las feligresas que hacían guardia en la capilla del Santísimo. Cada vez más delgado el alcalde, como un chincho (jurel pequeño) y cada vez más obeso y «atouciñado» su eminencia. Los dos hombres no eran proporcionales, eran como el punto y la i, eran una antítesis quevedesca hiperbolizada. Las risas eran abundantes entre los restantes comensales o asistentes a cualquier acto porque le crecía la barriga como la de un mastodonte a uno y se encogía como una lombriz el otro. Las fotos de las ceremonias siempre eran iguales: detrás del voraz comilón y coloradote cardenal iba un pequerrechiño y falto de vida alcalde que, para no enfadarlo, se ponía incluso en el culo de su eminencia.

Cuentan, aún siguen hablando de eso, en el furancho de don José, que de tanta empanada de bonito, de tantas sardiñas con cachelos, de tanta tarta de Santiago, de tanto dulce de chocolate y de tanto opíparo almuerzo alcanzó la memorable cifra de quince días sin obrar el señor cardenal.

Esa misma lengua anónima, entre carcajadas, juró que su mujer vio escondidos en un maizal al cardenal abierto en canal y al señor alcalde, camuflado con un oscuro paño. Jura la mujer que estaba el señor alcalde introduciéndole un supositorio de glicerina que habían elaborado de modo artesanal, por el tamaño que precisaba el prelado, en la botica de la villa. El regidor estaba sentado un tanto apartado para no ser manchado por lo que sería la brutal liberación purpúrea. A su vez rezaba el alcalde, no podía enterarse nadie en el casino de sus oraciones, para que no tuviera que repetir la operación. Ya llevaba embutidas cual morcilla burgalesa tres «inyecciones» en los últimos dos meses.

―Allá va, decía el arzobispo. Y los fuegos artificiales del Apóstol, por su sonoridad y por su «lucerío» se adelantaban varios meses.

―Este hombre podría «praticar» el tiro al plato en las fiestas. Ganaba el primer premio seguro, decía el regidor mientras asistía en primera fila al más bajo y desaseado espectáculo de la condición humana.

El farmacéutico contaba, entre copas de orujo, a su público fiel del casino, cuál era el tamaño del supositorio, al tiempo que ponía erecto el dedo corazón de carallada. Decían los más anticlericales, en ausencia del dicho ciscador, que todos los asistentes echaron a reír a carcajadas, mientras sobaban el mentiroso (de este modo bautizaron hace años al periódico de la villa), donde un anónimo había dibujado una caricatura ad hoc titulada: «El supositorio del cardenal». Y el maledicente maestro, próximo a la jubilación, al que llamaban los alumnos «o trespés», lanzó al aire una pregunta que nadie contestó:

―¿Se refieren al milagroso medicamento en sí, competente creación de nuestro boticario, que va camino de la beatificación, o al diestro y eficiente alcalde que supe masajear la zona manualmente y que provocó el nauseabundo y esplendoroso diluvio casi universal de nuestro rollizo prelado? 

Visitas: 0

DULCINEA

―Rapaz, las sábanas, rapaz. Se me han pegado las sábanas. Me acosté ayer muy tarde. Pasaban las horas y no conseguía conciliar el sueño. Al final, logré quedarme dormido en torno a las tres de la madrugada. Veo que ya has desayunado.

Su lentitud en la realización de las acciones propias del desayuno contrastaba con la energía que reflejaba Rafo, que estaba intrigadísimo con su tío porque no había cenado en casa el día anterior y que había llegado cerca de las once de la noche. Era inapelable ver las noticias en la pequeña televisión que tenían en el cuarto de estar. Era un apiñamiento, que no conciliábulo, de los miembros adultos de la familia para escuchar y ver las noticias de las nueve en la voz de Pedro Macía, entre otros, más conocido por «telebombón».

Rafo hizo el ademán de levantarse para ir a «troulear» (correr y saltar) por la finca en compañía de su primo Jorge.

―Quieto, rapaz, quieto. Te tengo que contar un secreto. Bajó la voz tanto que se hizo inaudible para Rafo.

―Ayer estuve con Dulcinea. Sí, sí, sí, no pongas esa cara de parvo. Ocurrió ayer por la tarde. Rafo se quedó aturdido, pues desde que le contó los amores de don Quijote y Dulcinea no tenía en la cabeza otra cosa que no fuera conocerla.

―¿Y hablaste con ella? ¿Le dijiste algo?, preguntó muy inquieto. ¿Es tan guapa como en el libro de Cervantes?

―Vamos por partes, filliño (hijo de modo cariñoso en gallego), vamos por partes. Tú bien sabes bien que yo no tengo prisa alguna. Me apremias, rapaz, y tú sabes que a fuego lento se cocina mejor.

Partió el sobao pasiego con sumo cuidado y lo echó con generosidad en una taza de café con leche.

―Tú bien sabes que yo he soñado más de una vez con una joven garrida y guapa como pocas. Y que esa mujer, que algún día sería tangible, se convirtió en mi Dulcinea particular.

―Tío, tú me contaste que don Quijote nunca logró ver a Dulcinea.

―Si yo te dijera cómo es físicamente, en un segundo sabrías el quién y el dónde. Y de este modo quebrantaría el más sagrado de los secretos. Cuando pasen las fiestas, si pasan, ya te hablaré más de ella.

Pero claro está que decirle esto a un chico de doce años, curioso como pocos, no podía quedar sólo en palabras.

―Bien, tío, así será, como tú quieras. Y se fue a jugar con Jorge, que había preparado un fabuloso circuito en la era para recorrerlo con el patín que le habían regalado a sus hermanos mayores.

Rafo quería dar la imagen de olvidadizo y, para no levantar sospechas en él, se puso a jugar frenéticamente con su primo Jorge, que le guiñó un ojo para confabularse en la treta de la amnesia de las historias filosescas.

De soslayo vieron cómo su tío se puso a liar un cigarro y a canturrear un tango de Carlos Gardel: el día que me quieras

―Lo conseguimos, pensaron los dos primos.

De anochecida, como le gustaba decir a Filoso, se despidió alegando que iba a dar un breve paseo.

Se encaminó hacia Ortoño. Lo siguieron a cierta distancia Rafo y Jorge. Vieron cómo cruzaba el río y tomaba un atajo a través del manzanal de Xosé Regal, el sobrino del cura de Trasmonte.

―¿No irá a casa de Marica da Panocha?, le dijo Jorge a Rafo. Los dos coincidían en la predicción.

La llamaban así porque desde muy pequeña le gustaba muchísimo jugar con las mazorcas de maíz.

―Por aquí no hay otra casa.

Mientras, Filoso iba silbando la canción de la película El puente sobre el río Kwai. Llevaba una cara de pícaro enamorador. ¡Carajo cómo caminaba! Iba como jamás lo vieron. Parecía un ratón de sacristía huyendo del sacristán.

Y allí llegó, a la casa de Marica da Panocha. Estaba en la huerta, sachando la tierra para sembrar. Apenas erguía la cabeza, sudaba como un galeote y blasfemaba de continuo.

Mi tío abrió una silla portátil y se sentó cerca de ella. Comenzó a hablarle del amor y de no sé qué cosas que decía un tal Petrarca.

―«Bendito sea el año, el punto, el día, la estación, el lugar, el mes, la hora y el país, en el cual tu encantadora mirada se encadenó al alma mía». Y Filoso entraba en un profundo silencio mientras contemplaba a «su amada».

Ella cada vez que se reía lo hacía con tono hombruno, y, cuando lo hacía más rudamente, echaba las manos al pecho para que no se moviera como un saco de harina.

―Señorito, perdone, déjese de tolerías, que yo tengo mucho que hacer. No estoy para locuras que no entiende ni el demo. ¡No teño a cona para lambetadas!

Y mi tío le sonreía como un imbécil enamorado. Después de recitarle no sé cuántos versos más («Tus ojos que canté amorosamente, tu cuerpo hermoso que adoré constante, y que vivir me hiciera tan distante de mí mismo, y huyendo de la gente… ¡Y sin embargo vivo todavía!»), se irguió de pronto y se despidió de ella.

―Mujer, tengo que marchar. Estoy agotado de mirarte, mas no saciado. Adiós, mi amada Dulcinea. Marica no levantó la cabeza, pero blasfemó cual preso medieval atado a la piedra de la vergüenza.

Cuando llegó a la finca, ya noche cerrada, les contó a los mayores que había estado con un buen amigo de la guerra, y que se entretuvo más de la cuenta porque estuvieron hablando de los tiempos de la huida juventud. 

Visitas: 0

COLÁS

Los años sesenta fueron años de mucha emigración a centroeuropa. Allí se instalaron miles de gallegos que desde muy diferentes lugares y aldeas marcharon camino de una vida mejor. La vuelta de algunos de ellos era un variado arco iris de actitudes y comportamientos. El que venía callado y con una mirada triste, pensando que aquello no era lo que le prometieron. El que venía presumiendo de sus éxitos en la Alemania más moderna. O el que contaba mil conquistas conduciendo un cochazo jamás visto en la aldea. Luis Roxo regresó un verano fanfarrón e hinchado como un engreído de capital.

Lo primero que hizo fue a ir a la taberna del Bauprés, hombre sensato y respetuoso que había hecho la mili en Ferrol, donde era conocido entre los quintos peludos como O Trespés, por su gran virilidad.

―Sois unos ignorantes y unos iletrados. No tenéis ni idea de la realidad europea. A ver, tú, que presumes tanto, ¿quién es Charles de Gaulle? Un silencio espeso se hizo en la taberna. Cada uno con su taza de vino en la mano y mirando al infinito.

―El nuevo presidente de la República francesa. Sois unos analfabetos, unos rebozados de merda. Como dice mi vecino, alemán de pura cepa, que sólo os interesan las  vacaciones, el sol, la buena comida y una vida de taberna. ¡Nada de traballar!

El amigo Luis, animado por la exhibición, quiso finalizar la faena con otra pregunta:

―Y el Willy Brandt? Silencio más espeso aún. Veis. Sois la escoria de Europa. Comprad libros, ved las noticias de televisión y dejaos de caralladas. Pues es el mejor alcalde de Europa. Es un gobernante serio y muy preparado, que llegará a presidente de Alemania.

Farruquiño se hartó de tanta lección y le hizo, animado por el vino, la pregunta que tenían todos en la cabeza.

―¿Y tú sabes quién es el Colás, cona da vaca? Ante lo silencio de Luis Roxo, era el nombre del emigrante, Farruquiño continuó:

―Pues el Colás es el que habla con tu mujer y le seca las lágrimas todas las noches mientras tú aprendes esas chuminadas en Europa.

La taberna rompió a reír con unas carcajadas que escuchó todo el mundo en la aldea y Luis, sin finalizar la taza, marchó en silencio absoluto y con la cabeza baja para no batir los cuernos con el marco superior de la puerta. 

Visitas: 0

SANTA MARÍA SALOMÉ

Desde hace siglos —qué digo siglos, desde que Compostela tiene nombre y piedra— ella vive entre nosotros. No como reliquia, ni como estatua fría, sino como vecina de toda la vida. De esas que no se mudan, que no envejecen, que conocen la ciudad como quien conoce el pulso de su propia piel.

Ella sabe de cada rincón, de cada sombra que se desliza por las calles como amante furtiva, de cada suspiro que se pierde entre los soportales como gemido entre lienzos. Es señora de las calles, sí, pero también matriarca, hechicera y hasta ama de cría. Firme como la piedra que sostiene la catedral, y tierna como pan recién salido del horno: aún caliente, aún dispuesto a consolar con un beso.

Los hombres la buscamos, unos sin saber por qué, otros por la fe que lleva en su interior. Lo hacemos como quien busca abrigo, o promesa, o leche caliente en una noche de tormenta. Y ella, sin decir palabra, acoge. Siempre acoge.

Con la piedra que canta, que vibra, que murmura con el fervor de una voz que no se escucha con los oídos, sino con el deseo. Porque esta mujer no es sólo gallega. Es guardiana de las almas perdidas como la mía.

De las que andan a la deriva sin saber qué buscan. De las que necesitan un cuerpo que abrace, una voz que encienda, una presencia que diga: «Aquí estoy, mi bien. Y no te dejo». 

Visitas: 0

UNA PUESTA DE SOL EN A LANZADA

Llego a A Lanzada cuando la tarde empieza a rendirse. No tengo prisa. Nunca la tengo cuando vengo aquí. Hay lugares donde el reloj pierde toda su importancia y el tiempo vuelve a medirse como lo hacían nuestros abuelos: por la altura del sol, por el viento que cambia de dirección o por el color que va tomando el mar.

La arena todavía guarda el calor del día. Camino descalzo y siento cómo cada paso deja una huella que el agua se apresura a borrar. Me gusta pensar que el mar hace eso con todos nosotros. Nos deja creer que permanecemos, pero al final acaba llevándose nuestras pisadas para que otros puedan empezar las suyas.

Frente a mí, el océano parece infinito. No hay edificios que distraigan la mirada ni montañas que interrumpan el horizonte. Solo agua, cielo y ese rumor constante de las olas que nunca se cansan de llegar. Las escucho una detrás de otra, iguales y distintas al mismo tiempo, como las generaciones de una familia.

El sol comienza a bajar muy despacio. Primero se vuelve dorado. Después aparece un naranja encendido que tiñe las nubes como si alguien hubiera acercado una brasa al cielo. Más tarde llega un rojo sereno, casi antiguo, que convierte el mar en un espejo donde caben todos los recuerdos.

A mi alrededor hay más gente. Una pareja se sienta sobre una roca sin hablar. Un niño corre detrás de las gaviotas convencido de que alguna acabará esperándolo. Un hombre mayor contempla el horizonte con las manos en los bolsillos y una calma que solo se aprende después de muchos años. Nadie parece tener ganas de romper el silencio.

Me doy cuenta de que en Galicia sabemos callar delante de la belleza. No hace falta explicarla. Basta con compartirla.

El aire trae olor a sal, a algas y a esa humedad limpia que anuncia la llegada de la noche. Respiro hondo. Ese olor despierta una memoria que no sabía que seguía dentro de mí. Me veo de niño, con los pantalones remangados, construyendo castillos que la marea derribaba sin pedir permiso. Nunca me enfadaba. Sabía que al día siguiente volvería a empezar. Quizá sin darme cuenta ya estaba aprendiendo una de las lecciones más gallegas: aceptar que todo cambia sin dejar de quererlo.

El sol toca el horizonte. Durante unos segundos parece quedarse inmóvil, como si también él dudara antes de marcharse. Después desaparece despacio, sin estridencias, dejando una franja de luz que tarda en apagarse.

Nadie aplaude. Nadie levanta la voz. Solo se escucha el mar. Y ese silencio vale más que cualquier palabra.

Empieza a refrescar. Me abrazo a mí mismo sin pensar y sigo mirando el lugar donde hace un instante estaba el sol. Qué extraña costumbre tenemos los seres humanos de contemplar aquello que acaba de desaparecer.

Entonces comprendo que la morriña quizá sea eso.

Seguir mirando un horizonte donde ya no queda nada visible, pero donde uno sabe que permanecen todas las cosas que ha amado.

Cuando me marcho, el cielo ya es de un azul oscuro sembrado de las primeras estrellas. Camino despacio sobre la arena húmeda.

No siento que deje atrás una playa. Siento que dejo atrás un instante que volverá a esperarme, paciente, cada vez que necesite recordar quién soy.

Visitas: 0

SOLEDAD EN LA PRAZA DO TOURAL

Estoy solo en la Praza do Toural, entre piedras que guardan secretos y pasos que ya no son míos. El reloj de la iglesia marca un tiempo que no avanza, como si todo Santiago se hubiera detenido para mirar cómo espero, sin suerte, por ella.

El viento baja por la rúa do Vilar y juega con las hojas caídas, mientras los balcones observan en silencio mi espera. Cada minuto es un lamento, cada sombra que pasa es un engaño, un reflejo de ella que nunca llega. La ciudad murmura, pero yo solo escucho el bullicio de la ausencia.

Las luces de los faroles dibujan en el suelo el perfil de mi soledad, y mis ojos, tercos, buscan entre la gente una mirada que ya no me pertenece. Ella prometió venir, y yo prometí creer. Ahora solo me queda esta plaza, esta noche, este frío que no es del cuerpo, sino del alma.

Santiago, sé testigo de mi espera, de mi herida quieta, de mi amor que se desvanece entre los arcos y los pasos ajenos.

Aquí estoy, como quien aguarda un milagro, como quien ama sin retorno, como quien escribe con el corazón abierto en un banco mojado de recuerdos. 

Visitas: 0

CARLOS AZCÁRRAGA TOGORES

Quien puede olvidar de viejo / los tiempos de feliz chaval, / fumando de noche a escondidas, / sabiendo que eso estaba mal, / tirando la colilla, / mi madre que me pilla, / mi padre me castigará; / y mi primera trompa / sisando de la compra / y a casa sin poder cenar.

(Primera estrofa de la canción Quien puede olvidar de viejo del solista Carlos Azcárraga Togores. Este artista también era componente del grupo musical Mahía, que en los años setenta tuvieron varios éxitos como Carnaval, Carnaval; Meu cabalo e meu can, Non penses que vou y Todos me queren. Los otros integrantes del grupo eran Juan Azcárraga Togores y Álvaro Pita Da Veiga).

Los cuentos que publico en este libro, ilustrados por la habilidosa mano de Carlos Azcárraga Togores, fueron saliendo semanalmente en un jornal de Santiago de Compostela íntegramente en gallego: O Correo Galego, después rebautizado como Galicia-Hoxe. Por tal motivo, no puedo olvidarme de dos personas que me permitieron durante cinco años asomarme a esa ventana de papel con absoluta libertad: Charo Barba y Miguel Seoane. Por causas ajenas, los traduje al castellano y los retoqué mínimamente, pero sin perder su intención original. Para finalizar, decirte que en estos relatos se mezclan libremente la tradición familiar, las lecturas complementarias y algo de imaginación.

Cuando decido echarles un vistazo a esos años de la infancia y de la adolescencia siempre me atenaza el riesgo de caer en una subjetiva distorsión de los hechos rememorados o alcanzar unos límites insospechados de melindres. Por un exceso de afecto, muchas veces, mostramos de esa época una imagen artificial, por antojadiza, melindrosa e iluminada. Cuando me encuentro en una avanzadilla estación de mi trayecto vital, siento la necesidad de reescribir aquellos años que fueron, desde la perspectiva actual, los más dichosos para mí. El problema es que en más de una ocasión la nostalgia se empapa de una tristeza que distorsiona la realidad. Intentaré no caer en eso. Pero el recuerdo del valle de A Maía, esa pequeña Galicia en grandiosa síntesis, me convulsiona de tal forma que refrenar la fuerza centrífuga que nace en mi interior es tarea harto difícil. Repito, lo intentaré. ¿Cuáles son los primeros recuerdos de la finca que poseía nuestra familia ―La Peregrina― en el lugar de Bertamiráns, capital, entonces aldea de no más de 300 habitantes, del ayuntamiento de Ames? Innumerables. Cometería una injusticia si yo me pusiera a hacer un listado de todos ellos, pues más de uno, de una carga afectiva ilimitada, permanecería enterrado en lo más profundo de mi aciaga memoria y no vería nunca la luz. Por este motivo, en este umbral no quiero hablar de los grandes recuerdos ni de las singulares ocasiones. Esos que salen en todas las fotos, esos que relatamos en innumerables ocasiones cuando alguno de nosotros se pone nostálgico y habla de los tiempos huidos o esos que fueron inmortalizados por unos inquietísimos tomavistas que nos hacían mascullar numerosos tacos cada vez que queríamos grabar sin movimiento alguna escena familiar. Quiero recordar simplemente esa primera tarde que supuso para mí descubrir que en mi familia había unos verdaderos artistas, creadores con un talento inmenso que navegaba en las procelosas aguas del mundo de la canción. En la habitación que había justo encima de la cocina dormían mis dos primos mayores. Carlos y Juan. Desde pequeño me sentí especialmente seducido por todo lo suyo. No me cuesta nada reconocerlo, aunque siempre intentaron resguardar su cuarto de cualquier injerencia familiar. Era su santuario personal, donde se gestaban desde sus bromas y juergas hasta sus creaciones artísticas más o menos exitosas. Uno de esos días lluviosos de finales de julio, cuando parecía que el verano estaba llegando a su fin, en los que el tiempo se dilata primorosamente y las tardes se hacen interminables, nosotros, los primos pequeños, intentábamos distraernos jugando al «escondite inglés» por las diferentes estancias de la Casa Vieja. Era muy difícil esconderse con cierto éxito porque siempre teníamos una voz adulta que nos daba un buen tirón de orejas y aireaba, junto al nombre, el lugar recóndito de nuestro escondite. En uno de esos intentos, escogí el fayado (desván) cuya entrada se encontraba situada justo en el techo de la puerta de su habitación. Yo los vi subir en alguna ocasión al fayado para fumarse sin ser sorprendidos un cigarro. Después de esconderme en un rincón, atemorizado por el ruido que yo creía de ratones, empecé a oír el sonido de unas guitarras. Parecía que mis primos las estaban afinando. Al poco tiempo, una voz empezó a cantar la estrofa de una simpática canción que, según nuestros amantes padres, no era apta para niños, la popular Todos me queren. Unha vella máis un vello / fixeron unha empanada, / a vella comeuna toda / e o vello quedou sin nada. Durante no sé cuanto tiempo estuvieron dándoles vueltas y más vueltas a diferentes estrofas para evitar las más ofensivas y que las seleccionadas estuvieran cargadas de gracia y de un doble sentido picarón. Ahí estaba la problemática tarea. Por eso, había que tener mucho cuidado. Yo, callado como un buen alumno, no perdí ni un detalle e intenté imaginarme una película de la escena. De pronto, sonó una nueva estrofa: O cura de Biduido / tiene la mala costumbre / de rascarse los cojones / con los hierros de la lumbre. Pienso que la intención de mis primos era seleccionar primero y posteriormente establecer el orden, ardua tarea, de las estrofas para la versión que su grupo musical (Mahía) iba a grabar en Madrid en ese mismo otoño. Su voz sonaba limpia, diáfana y muy bien afinada. Hoy recuerdo lleno de vergüenza cómo, años más tarde, cuando yo le pedí a Carlos que me hiciera para la materia de Música de Magisterio una mala melodía, para no ser descubierto en el engaño, y que me pusieran la cara colorada. Tras escuchar el seminario de Música fui acusado, justamente, de poner mi nombre a una composición ajena.

―José María, me dijo la profesora alzando poco a poco el volumen de la voz, esta mala melodía no la pudiste hacer tú. Tiene un fondo de calidad que ni de broma lo has podido hacer tú. Tu oído es cerril. Alguien te intentó ayudar haciendo mal una buena sintonía. Yo callado y humillado bajé la cabeza lleno de vergüenza. Farfullé por lo bajo una serie de tacos que me sirvieron exclusivamente como un pueril desahogo.

Disfruté tanto del concierto personal, y a veces furtivo, que el tiempo dejó de existir para mí. Escuché todo tipo de canciones, aunque todas ellas propias de la juerga más caralluda. Disfruté más que el sacristán de Coímbra. En aquella época no entendía bien esta expresión que repetía cansinamente el enjuto electricista que venía a casa. Con el tiempo, descubrí que pertenecía a una canción popular gallega muy conocida que se cantaba siempre en las fiestas populares o en las reuniones de amigos. Cuando salieron de la habitación, yo me introduje en ella sigilosamente para ver si encontraba en algún lugar las letras de las dichas canciones, pero nada, mi gozo en un pozo, pues no vi ni un minúsculo fragmento de papel escrito. Todo lo más, un bosquejo del que iba a ser el decorado del palco de la fiesta que el segundo domingo de agosto se celebraría en el campo de Las Pateiras. Todo él era un dibujo alusivo al acontecimiento que durante ese invierno convulsionara al mundo: la llegada del hombre a la luna. Con una perfecta adaptación a la idiosincrasia del lugar, aquello era una divertidísima recreación de tal evento. Salí frustrado y sorprendido. Frustrado, por no encontrar ni una letra de las canciones que sonaban aún en mi memoria; y sorprendido, porque, al tiempo que aquellos jóvenes nos incitaban a mi primo Jorge y a mí a que practicáramos otro tipo de música, en absoluto recomendable, eran dos hombres capaces de realizar cualquier proyecto que se les presentara delante. Mi admiración por los artistas polifacéticos de la familia tenía una base muy sólida. Base que con el tiempo se fue acrecentando y que, ustedes, generosos lectores, podrán comprobar al disfrutar de las ilustraciones que acompañan a mis textos literarios, todas ellas realizadas por la mano diestra y competente de Carlos Azcárraga Togores. 

Visitas: 1

AMANECER EN A MAÍA

El día no nace de golpe en A Maía. Se insinúa. Se desliza como un suspiro entre las hojas, como una caricia sobre los tejados dormidos. El valle entero parece contener la respiración mientras la luz se abre paso, tímida y majestuosa, entre Santiago y Noia.

Desde la finca de La Peregrina, el mundo parece más lento, más antiguo. Las brumas se retiran con elegancia, como damas que ceden el paso. Los prados, aún empapados de rocío, brillan como si el mundo acabara de ser creado. Y los montes, guardianes silenciosos, se tiñen de oro y de azul, como si el cielo los estuviera bendiciendo.

La casa, aún en penumbra, huele a café y madera vieja. La bodega, firme y callada, parece saludar al sol con su geometría sagrada. Alguna campana lejana marca la hora sin apuro, como si supiera que aquí el tiempo no manda. Todo es quietud, pero nada está quieto. El aire huele a promesa, a pan recién hecho, a tierra que despierta.

La Peregrina no es solo finca: es altar. Es mirador de memorias, refugio de silencios, testigo de amaneceres que no se repiten. Allí, entre los muros de piedra y los castaños que aún sueñan, uno no sabe si está en Galicia o en el corazón de algo más antiguo. Porque el valle no es solo paisaje: es latido. Y el amanecer, allí, no es solo luz: es revelación. 

Visitas: 1

SANTIAGO

En esta madrugada Santiago huele muy bien. Huele a mariposas nocturnas en un camino de estrellas y a primavera de aguas singulares; huele al bautismo del sagrado incienso que recorre las calles y a un viento fresco lleno de aguas calmas. Como un artesano diestro, la mano de este viento pule el silencio de las calles cubiertas de rocío, y su tela invisible de lino aromatiza el aire con cenizas casi santificadas. ¡Vetustas campanas del cielo doblan sinfonías de piedra!

Santiago, te llevo siempre en mi pensamiento, te llevo en la memoria herida que sana continuamente el dolor de mi sangrar. Santiago, soy como un mendigo perdido de nostalgia que recoge en este lugar santo un manojo de gardenias y una armadura de viva paz. Siempre Santiago en mi pesar. 

Visitas: 0

UNA COMIDA DE CHICHARRONES EN UN FURANCHO

No encuentro el furancho. El furancho me encuentra a mí. Siempre ocurre igual. Una flecha pintada a mano, una parra cargada de hojas, un camino estrecho entre viñas y, al fondo, una casa que no presume de nada porque nunca lo necesita.

Empujo la puerta y el olor me abraza antes que nadie.

Huele a vino nuevo, a madera vieja, a pan recién cortado y a chicharrones calientes. También huele a humo, a cocina de verdad y a conversación. Porque las conversaciones, cuando son buenas, también tienen olor.

Las mesas son largas. De madera gastada por los años, por los vasos apoyados sin cuidado y por los codos de tantas personas que han venido aquí buscando exactamente lo mismo que busco yo: pasar un rato sin mirar el reloj.

Me siento. Alguien llena el vaso sin preguntar cuánto quiero. Aquí nunca hace falta medir las cosas importantes. El vino cae despacio y tiene ese color entre rubí y granate que solo consiguen las cosechas hechas con paciencia. Lo acerco a la nariz antes de beber. Huele a tierra, a uva y a otoño.

Entonces llegan los chicharrones. Todavía crepitan un poco.

Los ponen en el centro de la mesa, sobre una fuente de loza blanca que ya ha visto demasiadas comidas para sorprenderse por nada. No espero a que nadie me invite. Nunca se hizo así. Alargo la mano casi sin pensar y cojo el primero. Después otro. Y otro más. Son de esos sabores que no entienden de modas. Crujen primero y enseguida se deshacen, dejando ese gusto que solo pide un trozo de pan y un sorbo de vino.

Sonrío. De repente vuelvo a tener veinte años.

Recuerdo aquellas tardes interminables en las que comía chicharrones con el entusiasmo de quien cree que el hambre nunca se acabará. Éramos jóvenes y teníamos una confianza inmensa en el mañana. Nadie hablaba de colesterol ni de prisas. Hablábamos de la vendimia, del baile del domingo, del primo que había escrito desde Caracas o del vecino que aseguraba conocer el secreto para podar mejor las cepas. Y mientras tanto, las manos seguían buscando otro chicharrón en la fuente, casi sin darse cuenta.

Qué bien sabían aquellas cosas sencillas.

Y qué poco caso les hacíamos precisamente porque pensábamos que durarían siempre.

A mi alrededor las conversaciones suben y bajan como las olas. Unos discuten sobre el tiempo. Otros recuerdan una fiesta de hace cuarenta años. Alguien se ríe tan fuerte que acaba contagiando a toda la mesa. Nadie mira un teléfono. Nadie tiene prisa por marcharse. La tarde parece haberse detenido entre los vasos de vino y el murmullo de las voces.

Miro las paredes. Hay herramientas antiguas, cestas de mimbre, una fotografía en blanco y negro donde un hombre posa orgulloso junto a su viña. No son adornos. Son la memoria de una familia que decide compartir su casa con quien llega dispuesto a disfrutarla.

Pienso entonces que un furancho nunca vende solamente vino.

Sirve hospitalidad. Sirve conversación. Sirve recuerdos.

Y, sin darse importancia, sirve también una manera de entender la vida.

Cuando me levanto, el sol ya empieza a esconderse detrás de las viñas. El aire trae olor a tierra húmeda y a hojas de parra. Camino despacio, con esa alegría tranquila que dejan las sobremesas largas.

Comprendo que lo mejor de aquellos chicharrones nunca está en el plato.

Está en las manos que los comparten. Y mientras el camino se aleja, sonrío para mis adentros.

Hay sabores que alimentan el cuerpo. Y otros, mucho más raros, que llevan toda una vida alimentando la memoria.

Visitas: 0

LA MATANZA

Entré en silencio, como quien pisa un templo. La piedra de la Casa da Matanza me recibió fría, pero digna, como si guardara siglos de palabras no dichas. No era una casa cualquiera. Era el último refugio de Rosalía. Aquí vivió, aquí soñó, aquí sufrió, aquí murió.

El aire tenía un peso distinto. No era solo la humedad de Padrón, era memoria. Cada rincón murmuraba versos, cada sombra parecía guardar un trozo de alma. Pasé la mano por una pared y sentí un estremecimiento. Pensar que ella, con su voz de fuego y bruma, tal vez apoyó esa misma mano en ese mismo lugar.

En la cocina, imaginé el olor del caldo, los pasos quedos, los ojos cansados. En la sala, el silencio era tan profundo que parecía que la casa respiraba. Y en el cuarto donde murió… allí el tiempo se detuvo. No fui capaz de entrar de golpe. Tuve que pedir permiso, como si la propia Rosalía aún estuviera allí, tendida, mirando hacia fuera, escuchando el río Sar.

Las lágrimas me vinieron sin aviso. No eran de tristeza, eran de reverencia. Porque allí, entre aquellas paredes humildes, nació una eternidad. Porque Rosalía no murió en A Matanza: echó raíces. Y hoy, al pisar esa tierra, sentí que yo también era parte de ese poema infinito.

Para tocar la cama en la que murió pedí permiso. No en voz alta, sino con el corazón encogido, como quien se acerca a un altar donde reposa el misterio. Me acerqué despacio, sintiendo que cada paso era una confesión. Aquella cama, humilde y sagrada, guardaba el último suspiro de una mujer que fue voz de todo un pueblo. La miré como se mira una herida abierta en el tiempo, y sentí que algo dentro de mí se quebraba y se hacía luz. No era solo la muerte lo que allí se recordaba, era la dignidad de vivir con verdad, de escribir con entrañas, de amar la tierra hasta el último aliento.

En aquel cuarto donde la muerte se posó con manos suaves, ella pidió que le abrieran la ventana. Quería ver el mar. No el mar físico, que en Padrón no se ve, sino ese mar que llevaba dentro, hecho de recuerdos, saudades y versos. Fue su último deseo: que entrara la luz, que el aire le trajera ecos de libertad, que la vida se asomara una vez más antes de partir.

Salí de la estancia sin mirar atrás, porque sabía que aquella imagen quedaría conmigo para siempre.

Desde entonces, en esa cama donde Rosalía cerró los ojos por última vez, se coloca una rosa de Getsemaní. No es solo una flor. Es símbolo de lucha, de dolor, de belleza que resiste. Es la memoria viva de una mujer que hizo de la palabra un acto de amor y rebeldía. La rosa permanece, como permanece ella, entre nosotros, en la tierra, en el idioma, en el latido.

Y yo, frente a esa cama, frente a esa rosa, sentí que el tiempo se detenía. Que el mar, ese mar que ella buscaba, estaba allí, dentro de mí.

Salí de la casa sin hablar. Solo miré hacia atrás, y la casa me pareció sonreírme, como quien sabe que ha sido comprendida. 

Visitas: 0

UN CRUCEIRO EN UN CAMINO PERDIDO DE NOCHE

No sé por qué elijo este camino. Hay otro más ancho, mejor asfaltado y con farolas que acompañan hasta la carretera principal. Sin embargo, mis pies vuelven siempre por aquí, entre robles viejos, muros de piedra cubiertos de musgo y helechos que parecen querer cerrar el paso a quien no pertenece a este lugar.

La noche cae despacio en Galicia. No se hace de golpe. Primero desaparecen los colores. Después se apagan los perfiles de las montañas. Luego llega ese instante en el que todo sigue estando delante de uno, pero ya no puede verse. Solo adivinarse.

Camino despacio. La grava cruje bajo las botas. A mi izquierda escucho correr un regato. No lo veo, pero conozco ese sonido desde niño. El agua nunca necesita luz para encontrar el camino.

El aire huele a tierra húmeda, a hojas caídas y a leña encendida en alguna casa lejana. De vez en cuando llega el ladrido de un perro que no conozco. Después vuelve el silencio. Un silencio tan profundo que casi parece tener respiración.

Entonces aparece. El cruceiro.

No surge de repente. Siempre estuvo ahí. Soy yo quien tarda en descubrirlo.

La cruz se levanta sobre los viejos peldaños de piedra como si llevara siglos esperando exactamente este momento. El musgo le dibuja manchas verdes que la hacen parecer aún más antigua. Una fina capa de humedad la cubre entera y la luz de la luna, que consigue abrirse paso entre las nubes durante apenas unos segundos, convierte el granito en plata.

Me detengo.

Nunca paso junto a un cruceiro sin bajar la cabeza, aunque nadie me enseñe a hacerlo. Es un gesto que aprendo viendo a los mayores. Igual que aprendí a quitarme la boina delante de un entierro o a guardar silencio cuando doblaban las campanas.

No sé si es fe. Tampoco sé si es costumbre. Quizá sea simplemente respeto.

Recuerdo las historias que escucho en la cocina de mis abuelos durante las noches de invierno. Cuentan que en algunos caminos las almas necesitan una oración para seguir andando. Que hay cruces que protegen al caminante y otras que guardan recuerdos demasiado antiguos para ponerles nombre. Yo escucho aquellas historias fingiendo valentía, pero nunca consigo dormir del todo tranquilo.

Con los años descubro que el verdadero misterio no está en las leyendas.

Está en la memoria.

¿Cuántas personas se detienen aquí antes que yo? ¿Cuántos carros cargados de hierba pasan junto a esta piedra? ¿Cuántos emigrantes le echan un último vistazo antes de marchar hacia América sin saber si volverán? ¿Cuántas madres rezan en silencio por un hijo que anda en el mar?

El cruceiro no responde. Nunca responde. Solo permanece.

Y de pronto entiendo que esa es su verdadera misión.

No espantar los malos espíritus. No proteger los caminos. Sino recordar a los hombres que todo pasa menos aquello que somos capaces de conservar en el corazón.

Vuelvo a caminar. No acelero el paso. Tampoco miro hacia atrás. Hay noches en las que uno comprende que el miedo desaparece cuando deja de sentirse solo. Y en este camino, aunque no vea a nadie, tengo la extraña certeza de que todos los que caminaron antes siguen acompañándome de alguna manera.

Cuando el cruceiro desaparece entre la oscuridad, el viento vuelve a mover las ramas de los robles.

Sonrío sin darme cuenta. Galicia tiene el don de convertir una piedra en un recuerdo. Y un camino cualquiera en un lugar al que siempre deseo regresar.

Visitas: 0

POSTAL LABREGA

Tengo delante de mí un rincón del mundo que se deshace en verde como amante desnuda, como si el mar, harto de sal, decidiera acostarse sobre la hierba y dormir en ella.

Una espiga dorada se alza, muy quedo y con orgullo, con el fulgor del oro viejo que no necesita presumir: sabe que brilla, y punto.

Y el pájaro —ese pájaro irreverente, terco como un viejo en la taberna— canta como quien conoce pecados que no pueden callarse, como si el viento fuera cómplice y el mundo, confesionario de bebedores.

De repente, sin aviso ni disculpa, la voz tardía y herida de un carro de bueyes me atraviesa el alma mecanizada de hoy.

No sé si viene del aire, de la tierra o de un recuerdo escondido entre las costillas.

Pero me sacude por dentro, como si un volcán naciera en mi pecho, no para arrasar, sino para desnudarse y decir: «Aquí estoy, carajo, y vengo a contarte la verdad». 

Visitas: 0

GALICIA VERDE

Respiro frescura. Siento bruma. Piso musgo. Contemplo bosques. Escucho arroyos. Toco hojas. Saboreo llovizna. Recorro senderos. Descubro matices. Abrazo la naturaleza. Vibro en colores. Recibo tu calma. Transito misterios. Acojo silencios. Cruzo valles. Bebo luz. Agradezco la vida. Encuentro paz. Celebro la existencia. Honro mis raíces. Amo la tierra.

Me acompaña el murmullo del viento entre abedules, llevando recuerdos que nunca dije en voz alta. Me acaricia la sombra de los castaños, que me ofrecen refugio cuando el mundo pesa demasiado. Me arropan los campos mojados, donde cada piedra cuenta historias que solo la lluvia entiende. Y mientras camino, dejo que el verde me atraviese, como si hubiera sido parte de mí desde siempre. 

Visitas: 0

LA REINA DE GALICIA

La Reina de Galicia es una figura imaginada, nacida del deseo de que nuestra tierra también tuviera su soberana, su voz femenina en la historia medieval. No aparece en los códices ni en las crónicas de los reinos, pero su sombra recorre los caminos de piedra y los valles húmedos, como si aún velara por el alma de un país que nunca dejó de resistir.

Se dice que gobernó desde una fortaleza entre los montes de A Maía, cuando los señoríos se disputaban el poder y la fe se entrelazaba con la superstición. Era pagana, sí, pero no ignorante: conocía los ciclos de la luna, el lenguaje de las fuentes, el silencio de los robles. Su autoridad no venía de la espada, sino de la palabra, del respeto que imponía su mirada y del misterio que la rodeaba.

Cuando llegaron a sus tierras emisarios del nuevo credo, no los rechazó con violencia, pero tampoco se rindió sin más. Los puso a prueba, como quien mide la verdad no por los dogmas, sino por los actos. Les habló de un monte donde habitaba una criatura antigua, y les pidió que fueran allí a buscar los bueyes que necesitaban para su misión. Sabía que quien no teme al dragón, merece la confianza del pueblo.

La leyenda cuenta que los emisarios regresaron con los bueyes mansos y el dragón vencido, no por la fuerza, sino por la fe. Y ella, testigo de aquel prodigio, comprendió que algo nuevo nacía. No se convirtió por miedo, sino por revelación. Cedió sus tierras para levantar un santuario, y con ello selló un pacto entre lo antiguo y lo nuevo, entre la Galicia de los mitos y la de los caminos.

Esta reina no es solo una invención: es símbolo de la Galicia profunda, la que duda antes de creer, pero que sabe reconocer el milagro cuando lo ve. Su figura encarna la sabiduría de las meigas, la dignidad de las señoras feudales, la fuerza de las mujeres que sostienen la historia desde los márgenes.

Su nombre se ha perdido, pero su espíritu vive en los montes, en los castros, en las leyendas que aún se cuentan al calor del lareira. Porque a veces, la verdad de un pueblo no está en los archivos, sino en la memoria que resiste. Y esta reina, aunque nunca existiera, sigue reinando en el corazón de Galicia. 

Visitas: 0

GALICIA Y EL TEATRO

Me dicen que estoy obsesionado con Galicia, que no sé hablar de otra cosa y que debía variar mi repertorio: es como un calcetín usado mil veces, que está deshilachado y de color arco iris porque ya no se sabe cuál es su color original. Pero yo sigo poniéndomelo, ya que se amolda muy bien a mis pies y me protege de ensoñaciones turbulentas. No quiero «pesadelos» (pesadillas) que me revuelquen en un contenedor de desechos humanos.

Es polémica mi frase en forma de máxima: no hace falta estar en Galicia para sentirla. Desde la distancia se dejan de percibir determinadas circunstancias que son pilares económicos o sociales de una trascendencia vital. Es cierto.

La Galicia que se ve desde Madrid cae en ciertos tópicos que molestan mucho a los que residen en la tierra de Breogán. Hace unos días leí en un blog que Galicia se percibe también en cómo saludas, en cómo conversas, en cómo cocinas, en cómo socializas, en cómo entiendes el tiempo: sin prisas, sin ruido, con respeto.

Madrid es un reloj sin manecillas, donde cada calle marca su propio ritmo y cada semáforo es apenas una pausa en la vorágine del movimiento que es imposible refrenar. Es como un corazón urbano con un Holter que late aceleradamente, bombeando historias. Los encuentros y las despedidas por sus arterias de asfalto conviven en cinco segundos de tiempo. La vida aquí no camina: trota, zigzaguea, se atropella consigo misma, como si el tiempo estuviera siempre a punto de escaparse por la Puerta del Sol. Y yo cada vez aguanto menos este torbellino de obscenas prisas.

En Madrid no hay acento gallego propio, no. Pero el gallego aparece cuando menos lo esperas, con lo cual te das cuenta de que los gallegos nos apropiamos de pequeños espacios madrileños en los cuales no se excluye a nadie. Es pedir «pulpo á feira», aunque estés en la calle más castiza de Madrid y te lo sirven con una sonrisa y te preguntan sin acritud si en algo se parece al de O Carballiño. Es saber que la lluvia no molesta, solo acompaña. Aquí es muy normal que la gente proteste cuando llueve dos días seguidos y se encierre en casa. El gallego, no; sales, disfrutas del agua que se cuela por los lugares más recónditos del que pasea por la calle. Y no protestas. La bendices.

Ser gallego hoy es llevar tus raíces con naturalidad. No hace falta ponerse épico. Basta con saber que vienes de una tierra que no presume, pero que deja huella. Y sí, a veces te entra morriña y se acomoda en tu interior. Pero también te entra orgullo. Porque Galicia no es solo pasado. Es presente. Y futuro.

Revisando carpetas de mi ordenador, encontré este texto titulado «teatro». Tenía una anotación en la cabecera: escrito en el hotel Peregrino de Santiago de Compostela entre los días 27 y 30 de julio de 2013. Lo hice convencido de participar en un concurso literario que un grupo de gallegos convocó en la comunidad valenciana. Exigían una escena teatral en la que se remarcaran las características gallegas. Y como tengo arranque de caballo (energía, velocidad y motivación) y parada de burro (abrupta y sin ánimo de reiniciar el camino) se quedó dormido en una carpeta del ordenador. Ingenuo de mí, no participé porque, como en otras muchas ocasiones, me lo rechazarían por «defecto de forma».

La he repescado y la he rehecho siguiendo la estela de Alfonso Guerra cuando dijo en un mitin de los años ochenta que «si ganamos, a España no la va a reconocer ni la madre que la parió». Las ilustraciones son actuales.

LA ESCENA ES LA SIGUIENTE

Escena única: «Morriña, Pulpo y Bocata».

Personajes:

  • Manolo: gallego orgulloso, unos 40 años, poético y amante del rural.
  • Luis: madrileño sarcástico, 35 años, urbanita y algo chulo.
  • Carmen: sevillana con arte, 38 años, observadora, punzante y con marcado acento andaluz.
  • Abuela Maruxa: abuela gallega de Manolo, sabia, convencida de su origen, firme y con retranca.
  • Greta: turista alemana, 30 años, confundida, pero encantada, habla español con acento.

Lugar: Terraza de un bar en un pueblo costero gallego. Hay niebla suave, cañas, pulpo á feira, empanada, y un bocata de calamares que nadie ha pedido. Se oyen gaviotas y una gaita lejana.

(La escena comienza con MANOLO, LUIS y CARMEN sentados en la terraza. MANOLO contempla la ría con mirada nostálgica. LUIS se lee con interés la carta del bar. CARMEN pide una caña y se queja de que no tengan Cruzcampo.)

MANOLO.-  ¿Veis esa niebla? Eso no es niebla, eso es Galicia respirando. Es como si la tierra suspirara.

LUIS.- ¿Suspirara? Eso parece el aliento de una nevera rota. ¿No tenéis sol o lo tenéis secuestrado?

CARMEN.- Yo pensaba que la niebla era para esconder a «loh feoh», pero aquí hasta loh percebeh tienen embrujo y duende. Me contó un percebeiro que loh trajo el apóstol Santiago de Tierra Santa.

MANOLO.- ¡Los percebes son joyas del mar! Cogerlos presenta más dificultades que el logro de una hipoteca en Madrid.

LUIS.- En Madrid no hay percebes, pero tenemos unos bocatas de calamares de…narices. Y no hay que jugarse la vida para conseguirlos. Eso es prehistórico. Aquí hace falta que llegue la modernidad.

CARMEN.- Para calamareh, loh chipironeh de Cai.

MANOLO ¡Bocata de calamares! Eso es pan con goma y anillas de llavero. Aquí el pulpo se sirve en madera, con pimentón y respeto. La última vez que me tomé un bocata de calamares tuve que ir a urgencias porque se me desencajó la mandíbula.

CARMEN.- ¿Y con mondadienteh? Parece que estáh comiendo «sushi rural».

LUIS.- Y el pan… ¿Por qué cruje tanto? Duro como una piedra. ¿Lo horneáis con truenos? No puedes hacer con ellos una tomatina porque te dejan sin ojos y con cien chichones.

MANOLO.- Porque aquí el pan tiene carácter. No como ese pan madrileño que parece hecho por becarios y más blando que las gominolas.

(Entra la ABUELA MARUXA con su bolsa de la compra. Se planta firme como una estatua de sabiduría rural.)

ABUELA MARUXA.- ¿Y este escándalo, carallo? ¿Criticando a Galicia como si fuera una serie de Netflix? ¡Vergüenza debería daros! Eso no lo hacéis en otros lugares de España. ¡¡¡Que non se me poña diante!!!

CARMEN.- Todo el mundo dise que loh andaluseh somoh unoh vagoh y que estamoh acarajotaoh y que somoh unoh chupacharcoh.

LUIS.- Señora Maruxa, yo solo digo que aquí llueve más que en una película de Almodóvar. ¿El fresco de la noche? ¿La chaquetita? ¡Una zamarra finlandesa! Es traicionero. No es una brisa: es una emboscada. Te promete calma y recogimiento, pero al menor descuido te cala hasta los huesos con su humedad milenaria, como dicen ustedes.

ABUELA MARUXA.- Es el aliento del mar dormido, la caricia del río que murmura secretos a las aldeas. En cambio, en Madrid hay tanto humo que parece que vivís dentro de una barbacoa. Aquí llueve, sí, pero cada gota trae memoria.

MANOLO.- ¡Eso es! Aquí la lluvia no moja, acaricia. Es como un abrazo húmedo de la abuela naturaleza.

CARMEN.- Y el pulpo no alimenta, emosiona. Aunque yo sigo sin entender por qué lo servíh en plato de madera. ¿No tenéih cerámica?

ABUELA MARUXA.- La madera es noble, como el alma gallega. No como esos platos modernos que parecen bandejas de avión.

(Entra GRETA, la turista alemana, con mochila, mapa arrugado y cara de confusión. Se acerca a la mesa.)

GRETA.- Hola… ¿Esto es… cómo se dice… el Camino de Santiago o el camino que hicierrrron los vikingos cuando desembarcaron en Catoiga?

LUIS.- Depende. Todo depende. Si sigues a Manolo, acabarás en una romería con gaitas y empanada. Si me sigues a mí, en un bar con reguetón y gin-tonic.

GRETA.- Yo quiero… experrrriencia auténtica. ¿Dónde está la morrrrrina? ¿Es una montana?

MANOLO.- La morriña no se ve, Greta, carallo. Se siente. Es como echar de menos algo que no sabes que echas de menos.

GRETA.- Ah… como cuando no hay cerveza frrría.

ABUELA MARUXA.- ¡Esta rapaza sí que entiende! La morriña es como el amor: no se explica, se sufre. Y se cura con caldo y silencio.

GRETA.- ¿Caldo? ¿Es sopa trrriste?

CARMEN.- No, mujer. Es sopa con alma. Aquí, hasta el agua tiene sentimientos.

LUIS.- Y humedad, joder. Mucha humedad. Yo me duché esta mañana y sigo mojado, pero no por el calor, sino por esta humedad que cala hasta los huesos.

GRETA.- ¿Y las meigas? ¿Son como brrrujas o como influencers rurales?

MANOLO.- Las meigas son sabias. No vuelan en escoba, pero te leen el alma con una mirada y un plato de grelos.

ABUELA MARUXA.- Y no se les falta al respeto. Que luego pasa lo que pasa: se te estropea el coche, se te cae el pelo, y te sale sal en el café.

GRETA.- ¡Qué mágico todo! En Alemania solo tenemos trabajo y resultados. Aquí tenéis… misterrrio y rrromerrrías.

LUIS.- Y humedad. No lo olvides.

CARMEN.- Y pulpo. Que es como el jamón del mar.

MANOLO.- Y silencio. Aquí el silencio no es vacío, es conversación con la tierra.

GRETA.- Yo quierrro quedarme. ¿Hay cursos de morrrrrina intensiva?

ABUELA MARUXA.- No hace falta curso. Quédate unos días, come bien, escucha el viento, y ya verás cómo te entra sola.

(Todos ríen. Suena una gaita lejana. La niebla se espesa. GRETA se emociona sin saber por qué. MARUXA reparte empanada. LUIS se rinde y come pulpo. CARMEN pide otra caña. MANOLO sonríe como si Galicia le guiñara un ojo.)

MANOLO.- Galicia no se explica. Galicia se vive. Y si no lo entiendes, es que aún no te ha mordido el alma.

GRETA.- Creo que ya me ha mordido… y me ha gustado.

ABUELA MARUXA Xa cho dixen, mulleriña, xa cho dixen. (Ya te lo dije, mujer, ya te lo dije).

(Telón.

Visitas: 0

SAN ANDRÉS DE TEIXIDO Y LAS MEIGAS

Llego a San Andrés de Teixido despacio, casi sin hacer ruido. Hay lugares donde uno habla más bajo sin que nadie se lo pida, como si las piedras llevaran demasiado tiempo escuchando historias y no quisieran que las interrumpieran. Aquí el viento no sopla: susurra. Baja desde los acantilados, se cuela entre las casas de piedra y parece decir el nombre de quienes ya no están.

Dicen que a San Andrés de Teixido vai de morto quen non foi de vivo. Lo escucho desde niño y nunca sé si es una advertencia o una promesa. Quizá sea las dos cosas. Quizá por eso cada vez que llego siento que no solo camino yo. También vienen conmigo mis abuelos, los vecinos que ya faltan, las voces que aún reconozco cuando cierro los ojos y la memoria hace su trabajo.

El santuario aparece de pronto, sencillo, sin necesidad de imponerse. No hace falta. Hay lugares que no necesitan demostrar nada porque llevan siglos siendo importantes para quien sabe mirar. Entro despacio. El olor a cera encendida se mezcla con el de la humedad antigua, con el del granito que nunca termina de secarse y con ese silencio que parece tener cuerpo.

Cuando salgo vuelvo a encontrarme con el viento. Es entonces cuando pienso en las meigas.

Nunca sé si creo en ellas. O quizá sí, pero de otra manera. No las imagino volando sobre una escoba ni preparando pócimas imposibles. Las imagino parecidas a las mujeres mayores que conocí en la aldea. Mujeres que hablaban poco, que sabían cuándo iba a llover sin mirar el cielo, que curaban una quemadura con una hoja, un rezo y una paciencia infinita. Mujeres que conocían el nombre de todas las plantas y el dolor de todas las casas.

Ellas nunca decían que eran meigas. Tampoco hacía falta. Había algo en su manera de mirar que obligaba a bajar la voz.

Recuerdo aquellas noches en las que el viento golpeaba las contras y alguien decía que era la Santa Compaña cruzando los caminos. Yo me escondía bajo las mantas y, aunque el miedo me hacía cerrar los ojos con fuerza, una parte de mí deseaba escuchar algún paso, algún rumor, cualquier señal que confirmara que el mundo era más grande de lo que alcanzábamos a comprender.

Con los años dejo de buscar fantasmas y empiezo a entender que los misterios importantes nunca hacen ruido.

Están en el silencio. En las montañas cubiertas por la niebla. En un cuervo que rompe el aire con su vuelo. En una anciana que recoge hierbas al amanecer. En un hórreo que permanece inmóvil mientras el tiempo cambia todo lo demás.

San Andrés tiene ese poder extraño. Uno llega creyendo que viene a visitar un lugar y acaba comprendiendo que ha venido a escuchar algo de sí mismo. No hace falta que ocurra ningún milagro. Basta con permanecer unos minutos frente al mar, dejar que el viento atraviese el pecho y aceptar que hay preguntas que no nacen para tener respuesta.

Cuando me marcho no miro hacia atrás. Sé que este lugar no necesita despedirse. Porque, de alguna manera que nunca sabré explicar, siempre camino un poco conmigo desde aquí.

Visitas: 0

MUJER VIVA

Mujer viva, única, hecha de carne y viento, cuerpo de secreto y de nostalgia, llevas en el aliento palabras que solo los corazones heridos saben descifrar. Me acerco a ti con los ojos en alto, buscando en el cielo un jardín de rosales limpios, y traigo en los labios un canto nacido en el regazo de tu estrella.

El rumor de tu piel roza la mía, y un placer antiguo, profundo, recorre cada rincón de mi cuerpo. Sé que aún es pronto para hablarte de un buen guiso o de una fragua de penas bien trabajada. Pero mi pecho está lleno de quejas dulces, de sueños desnudos y de quimeras que apenas echan hoja.

Estoy frente a ti, desnudo de miedo, lleno de esperanza, con la certeza de que un día tomarás mis manos y reconocerás en ellas el fuego de la pasión que me habita. Por eso deseo que alguien —una mujer como tú— quiera escuchar, en el secreto de mi alcoba, el blanco rumor de una cantiga bien hecha, semilla viva de nuestra tierra.

Silencio de monasterio. Nadie me escucha. Nadie me habla. Solo el latido de tus pechos soñados, velados, que rozan mis labios como caricias de viento. 

Visitas: 1

FARO DE FISTERRA

No sé cuántas veces llego hasta aquí y, sin embargo, siempre siento que es la primera. El camino se acaba de repente, como si la tierra se cansara de sostener mis pasos y decidiera dejar el resto en manos del mar. Delante de mí, el faro levanta su silueta blanca contra un cielo que nunca tiene un solo color. Aquí el azul no existe por sí solo. Siempre viene acompañado del gris, del plata, del verde oscuro del océano o del blanco de una espuma que parece no descansar jamás.

Me apoyo en el muro de piedra y dejo que el viento haga lo que quiera conmigo. No intento peinarme ni resguardarme. En Galicia el viento no es un enemigo. Es un viejo conocido que llega sin avisar, te revuelve el alma y se marcha sin pedir permiso.

Miro hacia el horizonte y me pregunto dónde termina el agua. De pequeño me decían que este era el fin del mundo. Yo me lo creía. Imaginaba que, un poco más allá de aquella raya temblorosa, los barcos caían al vacío igual que una hoja seca cuando abandona la rama. Hoy sé que no era verdad, pero hay mentiras tan hermosas que uno decide seguir creyéndolas toda la vida.

Las gaviotas gritan como si quisieran discutir con el mar. El mar nunca responde. Lleva demasiados siglos escuchando a los hombres para perder el tiempo contestando. Solo golpea las rocas una y otra vez, con una paciencia infinita, como quien sabe que todo acaba cediendo.

Cierro los ojos y el salitre se queda pegado en la piel. Huele a infancia. Huele a aquellas excursiones improvisadas de los domingos, cuando bastaban una tortilla de patatas, un trozo de empanada envuelto en papel de aluminio y una botella de vino para sentir que no hacía falta nada más. Nadie hablaba de felicidad. La felicidad simplemente sucedía.

Pienso en los marineros que salieron de estas costas sin saber si volverían. En las mujeres que esperaban mirando al mar, fingiendo una tranquilidad que no sentían. En las madres que aprendían a distinguir el sonido de cada campana antes de preguntar qué barco faltaba. Galicia está hecha también de esas esperas silenciosas. Quizá por eso aquí aprendemos tan pronto que querer a alguien es esperar por él.

El faro enciende su luz antes de que el sol desaparezca del todo. No lo hace porque tenga miedo de la noche. Lo hace porque sabe que alguien, muy lejos, necesita verla. Siempre me emociona pensar que una luz tan pequeña puede significar el regreso de una persona.

Empieza a refrescar. Las primeras sombras se deslizan por las piedras y el océano cambia de color otra vez. Ahora parece de hierro fundido. El viento trae olor a algas, a madera mojada y a ese salitre que nunca se olvida. Respiro despacio para guardar este instante donde nadie pueda arrebatármelo.

Entonces entiendo por qué vuelvo siempre.

No regreso para contemplar un faro.

Regreso para encontrarme con una parte de mí que solo sabe vivir aquí, donde la tierra termina y la morriña empieza.

Visitas: 0

EL MEJOR BANCO DEL MUNDO

Desde el mejor banco del mundo, en Loiba, no se contempla el paisaje: se escucha. El mar no es azul, es un rumor antiguo que se arrastra por los acantilados como una lengua de saudade. Las olas no rompen: susurran secretos que solo entienden los que han perdido algo. Y el viento, ese viento gallego que no acaricia, sino que interroga, se cuela por los poros como una pregunta sin respuesta.

Uno se sienta en ese banco y deja de ser turista, deja de ser cuerpo. Se convierte en memoria. En eco. En niño que corre por las tierras gallegas, en adulto que silba mirando al mar, en madre que reza para que todo siga igual. El banco no es banco: es altar. Es confesionario. Es palco de la emoción.

Allí, el tiempo no avanza. Se curva. Se detiene. Se vuelve infancia, se vuelve canción, se vuelve lágrima que no cae, pero pesa. Y uno entiende que Galicia no es tierra ni idioma: es herida dulce, es abrazo que raspa, es poema que no se escribe porque ya está dicho en cada piedra, en cada nube, en cada silencio.

Desde ese banco, uno no mira el horizonte. Lo recuerda. 

Visitas: 0

A MAÍA

Camino sin rumbo por el valle de A Maía, como quien busca algo que no sabe nombrar. El aire huele a hierba mojada y a tiempo detenido. Cada paso es un latido, cada piedra un recuerdo que no sabía que guardaba. Los árboles murmuran secretos que solo se escuchan si se camina despacio, como quien respeta el misterio de la tierra.

El cielo, siempre cambiante, es un espejo de lo que llevo dentro: nubes que se deshacen como pensamientos, claros que abren heridas de luz. Hay una calma que me envuelve, una especie de abrazo silente que me hace olvidar el reloj, el ruido, la ciudad. Aquí, en el fondo del valle, soy solo yo… y quizá ni eso.

A Maía no es solo paisaje, es estado de ánimo. Es mi melancolía hecha camino, mi alegría convertida en canto de pájaro. A veces pienso que el valle me conoce mejor que nadie, que sabe cuándo necesito perderme para encontrarme. Y entonces dejo que me lleve, que me cuente, que me cure. 

Visitas: 1

LA SANTA COMPAÑA

La «Santa Compaña» es una de las leyendas más misteriosas, arraigadas y atractivas del folclore gallego.

Es una procesión espectral de ánimas en pena que recorren los caminos de una parroquia durante la noche. Su aparición suele anunciar una muerte o una desgracia, y está siempre envuelta en un ambiente de niebla, olor a cera y al son de una campanita.

Curiosamente, no son solo espíritus: la procesión va guiada por una persona viva, condenada a llevar una cruz y una vela. Esta persona está bajo una maldición y solo puede liberarse si consigue pasar la cruz a otro mortal. La creencia en la «Santa Compaña» tiene raíces en la Edad Media y está vinculada a tradiciones europeas sobre procesiones de muertos.

En Galicia, también se conoce por otros nombres, como «Estantiga», en la zona de Ourense especialmente.

La expresión «Santa Compaña» puede venir del latín sanctam cum pania, que algunos interpretan como los que comen del mismo pan, aunque esta etimología es muy discutida.

Si te encuentras con la «Santa Compaña» en un camino gallego envuelto en niebla… lo mejor que puedes hacer es evitar coger la cruz que te ofrece el vivo y debes responder con firmeza: «Cruz ya tengo» y cruzar los brazos en forma de cruz. Esto lo obliga a seguir su camino. Además, debes portar una cruz, una estampa de un santo o una figa (amuleto en forma de mano) que puede protegerte de su influencia.

Hay aldeanos que cuentan cómo, al pasar por un cruceiro en plena noche, sintieron un viento repentino y vieron unas luces en procesión que se apagaban al acercarse. Uno de ellos asegura que se protegió haciendo un círculo en el suelo y rezando, y que la comitiva pasó sin detenerlo, pero dijo que nunca volvió a caminar solo de noche por ese camino. 

Visitas: 0

LA GAITA GALLEGA

La gaita es viento que habla, alma que respira, memoria que camina descalza por los montes de nuestra tierra. Es un grito antiguo que despierta a los robles, que hace danzar la niebla entre los peñascos, que llama a los muertos para que bailen con los vivos en romerías eternas.

En su fuelle vibra el corazón de un pueblo que nunca se rindió, y en su puntero los dedos dibujan una historia que no se olvida. Cada nota es un lamento, una alegría, un secreto guardado en las entrañas del tiempo.

La gaita es madre e hija, es fuego y lluvia, es fiesta y duelo. Cuando suena, Galicia entera levanta la cabeza y recuerda quién es, de dónde viene y hacia dónde va. Porque la gaita no es solo música: es sangre, es raíz, es libertad. 

Visitas: 0

LA POSADA DE LA BRUMA

Siempre me ha fascinado la bruma. No solo la que cubre los valles de Galicia en las mañanas frías, sino la otra, la que se instala dentro de uno mismo y hace que todo parezca más lento, más suave, más difícil de definir.

Este texto es una explicación de esa bruma interior, de esa sensación de estar a medio camino entre lo que fui y lo que seré, entre lo que recuerdo y lo que invento, entre lo que digo y lo que callo.

«La Posada de la Bruma» es un lugar imaginario, pero podría existir. Un sitio pequeño, apartado, al que la gente llega sin saber muy bien por qué y del que se marcha sin saber muy bien qué ha encontrado. Un lugar donde el tiempo no se mide en horas, sino en silencios. Donde las historias no se cuentan de golpe, sino que se dejan caer, como quien deja caer una piedra en un pozo para escuchar el eco. En estas palabras, en esta posada, se funde mi naturaleza: recuerdos, reflexiones, escenas sueltas, fragmentos que no encontraban hogar en otro lugar. Todos tienen algo en común: nacen de la necesidad de detenerse.

Vivimos en un mundo que nos empuja siempre hacia adelante, como si detenerse fuera un pecado. Pero yo he descubierto que, a veces, solo se puede avanzar si uno se permite quedarse quieto un instante. Esta posada soñada es ese instante. Un espacio para respirar, para mirar hacia dentro, para aceptar que no siempre sabemos lo que queremos ni lo que sentimos. La bruma no es confusión: es protección. Es lo que aparece cuando la mente necesita descanso.

Los textos que nacen de esa bruma no buscan enseñar nada. No son consejos ni lecciones. Son, simplemente, momentos. Instantes que quise guardar porque, de algún modo, me hicieron más humano. Hay en ellos amor, sí, pero también pérdida. Hay soledad, pero también encuentro. Hay tierra, viento, morriña, y esa sensación tan gallega de estar siempre un poco entre dos mundos.

La posada es un refugio, pero también un espejo. Al entrar en ella, cada lector verá algo distinto. Quizá un recuerdo de la infancia. Quizá una herida que aún duele. Quizá una esperanza que no sabía que tenía. Eso es lo que me gustaría, que tú fueras capaz de habitar en esta posada, aunque te duela porque el dolor sana y purifica. Este lugar no existe en realidad, existe en mi mente, lugar que te invita a posarte un instante, para que la bruma te envuelva y logres salir un poco más ligero.

Si decides entrar, hazlo como lo harías en una posada real: con calma, sin prisa, dejando que el silencio hable. La bruma no esconde: revela de otra manera. 

Visitas: 0

CRUCEIRO AL AMANECER

En el cruce de los caminos, donde la tierra se abre en duda y memoria, se alza el cruceiro como un centinela de piedra. La mañana aún no ha decidido si será sol o niebla, y mientras duda, todo se vuelve sagrado.

El cruceiro, mojado por el rocío de la noche, brilla con humildad. El musgo que lo abraza no es decadencia, sino testimonio. La cruz en lo alto, con el Cristo de brazos abiertos, no impone: acoge. Mira hacia el este, donde el sol intenta romper la bruma como quien busca una salida entre recuerdos.

Los caminos que se cruzan no tienen nombre, pero guardan huellas. Unos van hacia la aldea, otros hacia el monte, y todos pasan por aquí, como si la piedra pidiera permiso antes de continuar. Hay huellas frescas en el barro, un silencio que suena a rezos antiguos, y un mirlo que canta sin saber que canta para los muertos y los vivos.

El cruceiro no habla, pero recuerda. Es altar y encrucijada, promesa y despedida. A sus pies, alguien dejó una flor marchita, un trozo de pan, o quizás una pregunta. Y mientras el sol se atreve a abrirse paso entre las nieblas, la piedra permanece, como quien sabe que todo camino es ritual. 

Visitas: 0

CONEÍÑO

En una aldea pequeña, donde los nombres tenían más peso que los apellidos y los curas más tozudez que los padrinos, llegó el día del bautizo del pequeño de la casa. La familia estaba emocionada: era el primer nieto, el hijo de Maruxa y Xosé, y todos querían que el nombre fuera especial.

En la iglesia, el cura don Ramón, de buen humor, pero de oído fino, preguntó solemne:
—¿Nombre?

El padrino, que ya tenía el discurso preparado, respondió con voz firme:

—Avaristo.

El cura frunció el ceño, miró el libro y dijo:

—Con e.

—Avaristo —repitió el padrino, sin entender—. Porque es tradición que el nombre proteja a la familia de los truenos en las noches de tormenta.

—Con e, hombre, que se escribe Evaristo —insistió el cura, ya algo picado.

—Pero nosotros queremos Avaristo, que suena más dulce, más nuestro, máis da casa —dijo la abuela, que ya tenía bordado el nombre en un pañuelo—.

Cada generación tiene un Avaristo que trae suerte en las cosechas de maíz.

La discusión fue creciendo, como crecen los tojos en el monte, sin pedir permiso. El cura, firme en la gramática y en la tradición, no cedía. El padrino, fiel a su idea, tampoco. La abuela ya empezaba a rezar para que no se cancelara el bautizo.

Entonces, entre murmullos y suspiros, se levantó don Manuel, el vecino de al lado de la casa de Maruxa, que había ido solo por la empanada y ya llevaba media hora aguantando la batallita:

—¡Carajo, ya está bien! ¿Cómo tengo que llamar a tu nieto? ¿Qué nombre le ponemos, que ya está todo mojado y el pan está frío?

La familia se miró, el cura cruzó los brazos y firmó Evaristo en los papeles oficiales, y el padrino, con una sonrisa resignada, soltó:

—Pues, como el cura no cedió y dice que es con e… le llamamos Coneíño.

Y así quedó. El niño creció feliz, con nombre de cuento y una historia que contar en cada fiesta. Porque en Galicia, a veces, los nombres nacen de la retranca. 

Visitas: 0

RAMÓN

Ramón vivía solo en una casa de piedra, al pie de un monte que olía a eucalipto y a saudade. Cada mañana encendía la radio, no para escucharla, sino para no sentirse tan solo.

Había amado una vez, y había perdido. Desde entonces, escribía cartas que nunca enviaba, poemas que escondía entre los sacos de patatas.
Su vida era sencilla: ordeñar la vaca, regar los grelos, discutir con el gato. Pero en su cabeza, el mundo era otro: lleno de palabras, recuerdos y canciones que nadie más escuchaba.

Los vecinos decían que estaba un poco tocado, pero lo saludaban con respeto. Sabían que Ramón guardaba historias que no cabían en ningún libro.
Una tarde de lluvia, bajó al bar del pueblo con un cuaderno bajo el brazo. Lo dejó sobre la mesa y pidió un café.

Cuando se fue, el camarero lo abrió por curiosidad. Dentro había poemas en prosa, cuentos de meigas, definiciones canallas y una biografía que parecía escrita por alguien que nunca había existido.

Desde entonces, el cuaderno pasó de mano en mano. Nadie volvió a ver a Ramón, pero todos hablaban de él como si fuera una leyenda.

Dicen que su alma se hizo blog, y que quien lo lee, lo escucha respirar entre líneas. 

Visitas: 0