SAN ANDRÉS DE TEIXIDO Y LAS MEIGAS

Llego a San Andrés de Teixido despacio, casi sin hacer ruido. Hay lugares donde uno habla más bajo sin que nadie se lo pida, como si las piedras llevaran demasiado tiempo escuchando historias y no quisieran que las interrumpieran. Aquí el viento no sopla: susurra. Baja desde los acantilados, se cuela entre las casas de piedra y parece decir el nombre de quienes ya no están.

Dicen que a San Andrés de Teixido vai de morto quen non foi de vivo. Lo escucho desde niño y nunca sé si es una advertencia o una promesa. Quizá sea las dos cosas. Quizá por eso cada vez que llego siento que no solo camino yo. También vienen conmigo mis abuelos, los vecinos que ya faltan, las voces que aún reconozco cuando cierro los ojos y la memoria hace su trabajo.

El santuario aparece de pronto, sencillo, sin necesidad de imponerse. No hace falta. Hay lugares que no necesitan demostrar nada porque llevan siglos siendo importantes para quien sabe mirar. Entro despacio. El olor a cera encendida se mezcla con el de la humedad antigua, con el del granito que nunca termina de secarse y con ese silencio que parece tener cuerpo.

Cuando salgo vuelvo a encontrarme con el viento. Es entonces cuando pienso en las meigas.

Nunca sé si creo en ellas. O quizá sí, pero de otra manera. No las imagino volando sobre una escoba ni preparando pócimas imposibles. Las imagino parecidas a las mujeres mayores que conocí en la aldea. Mujeres que hablaban poco, que sabían cuándo iba a llover sin mirar el cielo, que curaban una quemadura con una hoja, un rezo y una paciencia infinita. Mujeres que conocían el nombre de todas las plantas y el dolor de todas las casas.

Ellas nunca decían que eran meigas. Tampoco hacía falta. Había algo en su manera de mirar que obligaba a bajar la voz.

Recuerdo aquellas noches en las que el viento golpeaba las contras y alguien decía que era la Santa Compaña cruzando los caminos. Yo me escondía bajo las mantas y, aunque el miedo me hacía cerrar los ojos con fuerza, una parte de mí deseaba escuchar algún paso, algún rumor, cualquier señal que confirmara que el mundo era más grande de lo que alcanzábamos a comprender.

Con los años dejo de buscar fantasmas y empiezo a entender que los misterios importantes nunca hacen ruido.

Están en el silencio. En las montañas cubiertas por la niebla. En un cuervo que rompe el aire con su vuelo. En una anciana que recoge hierbas al amanecer. En un hórreo que permanece inmóvil mientras el tiempo cambia todo lo demás.

San Andrés tiene ese poder extraño. Uno llega creyendo que viene a visitar un lugar y acaba comprendiendo que ha venido a escuchar algo de sí mismo. No hace falta que ocurra ningún milagro. Basta con permanecer unos minutos frente al mar, dejar que el viento atraviese el pecho y aceptar que hay preguntas que no nacen para tener respuesta.

Cuando me marcho no miro hacia atrás. Sé que este lugar no necesita despedirse. Porque, de alguna manera que nunca sabré explicar, siempre camino un poco conmigo desde aquí.

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