Siempre he pensado que el mar de Galicia tenía un carácter propio, como si pudiera hablar con quienes vivían de él. Los pescadores salían de madrugada sin saber qué les esperaba, y esa incertidumbre me sigue pareciendo admirable. No era una vida fácil; al contrario, estaba llena de sacrificios que hoy cuesta imaginar. Sin embargo, me emociona recordar la dignidad con la que afrontaban cada jornada. Las lonjas, el olor a salitre y el ruido de los barcos formaban parte de una rutina que daba sentido a muchos pueblos. Tengo la impresión de que hoy miramos el mar más como un paisaje que como una forma de vida. Quizá sea inevitable, pero siento que con ese cambio también hemos perdido una parte importante de nuestra identidad. A veces echo de menos aquella relación tan intensa entre las personas y el océano.
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