Cuando era niño, la aldea parecía el centro del mundo. Siempre había humo saliendo de las chimeneas, voces en los caminos y puertas abiertas que invitaban a entrar. Hoy, cuando regreso, siento que el silencio pesa demasiado. Me cuesta aceptar que tantas casas estén vacías y que las huertas, antes cuidadas con orgullo, se escondan bajo las zarzas. Tal vez idealizo el pasado, pero creo que entonces la gente tenía más tiempo para hablar y para ayudarse. No había grandes comodidades, es cierto, pero sobraban las conversaciones al caer la tarde y las risas compartidas. Ahora todo parece más cómodo y, sin embargo, también más frío. Cada rincón de la aldea me recuerda que el progreso tiene un precio que pocas veces se menciona. Quizá no podamos recuperar aquel mundo, pero me resisto a pensar que olvidarlo sea la única opción.
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