LA GENTE DE LA ALDEA DE LOS AÑOS OCHENTA

Cuando cierro los ojos y regreso a la aldea de los años ochenta, no veo primero las casas, ni los caminos, ni los hórreos, ni siquiera los prados.

Veo a la gente. Ellos eran el verdadero paisaje.

No tenían mucho dinero. Muchos tampoco habían podido estudiar todo lo que habrían querido. Pero poseían una riqueza que hoy echo de menos casi todos los días: sabían vivir unos con otros.

Las puertas casi nunca estaban cerradas del todo.

Entrar en una casa era tan sencillo como decir un «¿Pódese?» desde la puerta. Y antes de que terminara la pregunta ya había alguien respondiendo con una sonrisa y acercando una silla.

Siempre aparecía algo sobre la mesa. Un trozo de pan. Un poco de queso. Un vaso de vino. Un café. Lo que hubiera.

Nunca escuché a nadie decir que tenía poco para compartir. Compartían precisamente porque sabían lo que costaba ganarlo.

Recuerdo a los hombres regresar del campo con las manos endurecidas por el trabajo y el rostro cansado, pero todavía con fuerzas para ayudar al vecino a recoger la hierba si veía que el tiempo amenazaba lluvia.

Recuerdo a las mujeres. Qué injusto sería resumirlas en unas pocas líneas.

Sostenían la casa, la familia, la huerta, los animales y, muchas veces, también el ánimo de todos los demás. Madrugaban más que nadie y se acostaban las últimas. Y aun así siempre encontraban un momento para preguntar cómo estabas o para enviarte de vuelta con un plato de comida «por si luego te entra fame».

Nadie hablaba de solidaridad. Se practicaba. Si enfermaba una familia, aparecían otras cinco. Si había matanza, una parte iba para quien la necesitara. Si nacía un niño, el pueblo entero parecía crecer con él.

Y cuando alguien se marchaba para Suiza, Alemania o América, todos sentíamos que una parte de la aldea emprendía también aquel viaje.

Había discusiones, claro que sí.

Algún enfado. Alguna palabra más alta de la cuenta. Porque eran personas de verdad, no santos.

Pero las diferencias casi nunca duraban más que una cosecha. La vida enseñaba demasiado pronto que era mucho más importante llevarse bien que tener razón.

Pienso ahora en aquella forma de vivir y me pregunto si realmente éramos más pobres. Había menos cosas. Eso es cierto. Menos coches. Menos comodidades. Menos dinero. Pero también había menos soledad.

Los niños crecían entre muchas madres y muchos padres. Cualquier vecino tenía autoridad para corregirlos si hacía falta, y ninguno de ellos se sentía menos querido por ello. Aprendían el valor de la palabra dada, del trabajo bien hecho y del respeto a los mayores sin que nadie necesitara convertirlo en una lección.

Con los años llegan carreteras mejores, casas más grandes y aparatos capaces de comunicarnos con cualquier rincón del mundo.

Y, sin embargo, algunas tardes tengo la impresión de que nunca hemos estado tan lejos unos de otros.

Por eso vuelvo tantas veces a aquella aldea. No para escapar del presente.

Ni para decir que todo tiempo pasado fue mejor. Vuelvo porque allí aprendí algo que todavía me acompaña. Que una persona vale mucho más por la mano que tiende que por lo que guarda. Que la generosidad no depende del tamaño de la cartera, sino del tamaño del corazón. Y que la verdadera riqueza de Galicia nunca estuvo únicamente en sus bosques, en sus rías, en sus playas o en sus montañas.

Estuvo, y sigue estando, en esa gente sencilla que saludaba por el nombre, compartía el pan sin hacer preguntas y era capaz de convertir a un vecino en familia.

Cuando me levanto para marcharme de ese recuerdo, miro una vez más la aldea.

Ya no escucho las voces. Pero sé que siguen allí. Porque hay personas que nunca se van del todo. Mientras alguien las recuerde con gratitud, seguirán caminando por los caminos de Galicia, despacio, con la misma nobleza con la que caminaron toda su vida.

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