UNA COMIDA DE CHICHARRONES EN UN FURANCHO

No encuentro el furancho. El furancho me encuentra a mí. Siempre ocurre igual. Una flecha pintada a mano, una parra cargada de hojas, un camino estrecho entre viñas y, al fondo, una casa que no presume de nada porque nunca lo necesita.

Empujo la puerta y el olor me abraza antes que nadie.

Huele a vino nuevo, a madera vieja, a pan recién cortado y a chicharrones calientes. También huele a humo, a cocina de verdad y a conversación. Porque las conversaciones, cuando son buenas, también tienen olor.

Las mesas son largas. De madera gastada por los años, por los vasos apoyados sin cuidado y por los codos de tantas personas que han venido aquí buscando exactamente lo mismo que busco yo: pasar un rato sin mirar el reloj.

Me siento. Alguien llena el vaso sin preguntar cuánto quiero. Aquí nunca hace falta medir las cosas importantes. El vino cae despacio y tiene ese color entre rubí y granate que solo consiguen las cosechas hechas con paciencia. Lo acerco a la nariz antes de beber. Huele a tierra, a uva y a otoño.

Entonces llegan los chicharrones. Todavía crepitan un poco.

Los ponen en el centro de la mesa, sobre una fuente de loza blanca que ya ha visto demasiadas comidas para sorprenderse por nada. No espero a que nadie me invite. Nunca se hizo así. Alargo la mano casi sin pensar y cojo el primero. Después otro. Y otro más. Son de esos sabores que no entienden de modas. Crujen primero y enseguida se deshacen, dejando ese gusto que solo pide un trozo de pan y un sorbo de vino.

Sonrío. De repente vuelvo a tener veinte años.

Recuerdo aquellas tardes interminables en las que comía chicharrones con el entusiasmo de quien cree que el hambre nunca se acabará. Éramos jóvenes y teníamos una confianza inmensa en el mañana. Nadie hablaba de colesterol ni de prisas. Hablábamos de la vendimia, del baile del domingo, del primo que había escrito desde Caracas o del vecino que aseguraba conocer el secreto para podar mejor las cepas. Y mientras tanto, las manos seguían buscando otro chicharrón en la fuente, casi sin darse cuenta.

Qué bien sabían aquellas cosas sencillas.

Y qué poco caso les hacíamos precisamente porque pensábamos que durarían siempre.

A mi alrededor las conversaciones suben y bajan como las olas. Unos discuten sobre el tiempo. Otros recuerdan una fiesta de hace cuarenta años. Alguien se ríe tan fuerte que acaba contagiando a toda la mesa. Nadie mira un teléfono. Nadie tiene prisa por marcharse. La tarde parece haberse detenido entre los vasos de vino y el murmullo de las voces.

Miro las paredes. Hay herramientas antiguas, cestas de mimbre, una fotografía en blanco y negro donde un hombre posa orgulloso junto a su viña. No son adornos. Son la memoria de una familia que decide compartir su casa con quien llega dispuesto a disfrutarla.

Pienso entonces que un furancho nunca vende solamente vino.

Sirve hospitalidad. Sirve conversación. Sirve recuerdos.

Y, sin darse importancia, sirve también una manera de entender la vida.

Cuando me levanto, el sol ya empieza a esconderse detrás de las viñas. El aire trae olor a tierra húmeda y a hojas de parra. Camino despacio, con esa alegría tranquila que dejan las sobremesas largas.

Comprendo que lo mejor de aquellos chicharrones nunca está en el plato.

Está en las manos que los comparten. Y mientras el camino se aleja, sonrío para mis adentros.

Hay sabores que alimentan el cuerpo. Y otros, mucho más raros, que llevan toda una vida alimentando la memoria.

Visitas: 0