No recuerdo el año. Ni falta que hace.
Hay recuerdos que nunca llevan fecha porque viven en un lugar donde el tiempo deja de contar. Solo sé que es verano, que la hierba está recién segada y que la romería empieza mucho antes de que suene la primera canción.
Llego caminando entre amigos. Nos reímos por cualquier cosa. A esa edad uno no necesita motivos para sentirse feliz. Basta con estrenar una camisa, oír a lo lejos la música de la orquesta y saber que la noche será larga.
La carballeira ya está llena de gente.
Las mujeres hablan formando corros pequeños. Los hombres comentan la cosecha, el ganado o el partido del domingo. Los niños corren sin cansarse nunca. De algún puesto llega el olor de los churros recién hechos. Más allá, una pulpeira levanta la tapa del caldero y el vapor se mezcla con el aroma del pimentón. Todo parece ocupar exactamente el lugar que le corresponde.
Empieza la música.
No será la mejor orquesta del mundo. Tampoco importa. Las primeras notas bastan para que la plaza cobre vida. Hay pasodobles, cumbias, alguna ranchera y esas canciones que todos conocemos, aunque nadie recuerde cuándo las aprendió.
Entonces la veo. No lleva el vestido más bonito de la fiesta. Ni falta que le hace. Hay personas que iluminan el lugar donde están sin darse cuenta. Habla con unas amigas y, de vez en cuando, aparta un mechón de pelo que el viento se empeña en devolverle a la cara.
Intento parecer tranquilo. No lo consigo.
Me acerco despacio, como quien teme espantar un pájaro si da un paso demasiado rápido. Hablamos. De cualquier cosa. Del calor, de la música, de quién ha venido a la romería. En realidad, ninguno escucha demasiado al otro. Los dos estamos pendientes de algo que todavía no sabemos nombrar.
Bailamos. Nunca fui un gran bailarín, pero aquella noche hasta los pies parecen entenderse con el corazón. El mundo entero se reduce a una canción, a unas manos que se buscan con timidez y a una sonrisa que vale más que todas las palabras.
La orquesta hace un descanso. Nos alejamos un poco del bullicio.
La luna asoma entre las ramas de los robles y alguien sigue riendo a lo lejos. Se escuchan vasos chocando, una conversación perdida y el murmullo de la fiesta que continúa sin nosotros.
Nos quedamos en silencio. Es un silencio limpio. De esos que no incomodan. Entonces sucede. El primer beso. Breve. Torpe. Maravilloso.
No hay fuegos artificiales. No suena ninguna melodía especial.
Solo el corazón, que de pronto parece empeñado en latir tan fuerte que pienso que todo el pueblo puede escucharlo.
Han pasado muchos años desde aquella noche.
La vida me regala alegrías inmensas y también despedidas que nunca imagino. Aprendo que el amor verdadero se parece poco al de las novelas. Es mucho más sencillo y mucho más valiente.
Sin embargo, cada vez que vuelvo a una romería y la música empieza a llenar la carballeira, una parte de mí regresa sin pedir permiso a aquel muchacho que descubre el mundo en un beso.
Sonrío. No porque quiera volver a ser joven.
Sino porque comprendo que hay recuerdos que no envejecen.
Se quedan esperándonos, pacientes, en el mismo rincón donde los dejamos.
Y cada verano, cuando la verbena vuelve a encenderse bajo las estrellas de Galicia, ese muchacho y yo volvemos a encontrarnos durante un instante.
Después cada uno sigue su camino.
Pero los dos sabemos que aquella noche nunca termina del todo.
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