«EL SILENCIO LO NOMBRA» (prosa y prosa poética) (en elaboración)

LA RÉMORA DE LA TIMIDEZ

En esta exuberante hora de clausuras y opulenta de veladas intenciones una figura altanera de espiga quemada explora con ardicia mis márgenes, y la silueta de unos ojos de oscuro satén transparentan un pálido misticismo. Accesiblemente solitario paseo tras el contorno de un ciprés, y la huella que mitifica el olor de su sien permanece infranqueable en el anonimato. Intento sumergirme en otro cristal que espolee mi mente abotargada, pero el esbozo de una resonante impaciencia pende inútil de todos mis sueños, y un inteligible perfil de luz temporal no puede conjurar el miedo a otra eterna frustración. No es nueva esta situación. Cuando ya no sé si soy capaz de desterrar el vértigo de mis desdibujadas precauciones otra caricia pretende borrar la huella de viejas pisadas, pero mi piel sólo conoce un aséptico destino, y ese destino me persigue incansable, y gracias a él mis versículos siguen habitando en un sarcasmo de sauces y querubines.

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POSIBLES DEFINICIONES DEL AMOR

Es la luna que brilla inquieta en los rescoldos de mi interior. Es la búsqueda de un camino de vida. Es contener mis ansias más ocultas. Es esperar tu visita en luengas jornadas de insomnio. Es evitar un empacho de idolatría. Es afilar la noche para no descansar en una almohada de espectrales desechos. Es recoger la ceniza que sepulté bajo tus pies y dibujar con ella tu imagen ausente. Es escuchar tu nítida voz cuando resbala por mi frente una enojada fiebre. Es soñar con tu rostro reflejándose con obcecación en mi ventana.

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NO PUEDO OLVIDAR EL PAISAJE DE LA DESTRUCCIÓN

Quisiera olvidar aquella desmesurada obcecación, pero una marea de segundos, ebrios y torrencialmente despiadados, se precipita sobre mí perfilando en la semilla de mi memoria una silva de guadañas.

Esclavo de una cadena de enajenadas migraciones, no logro romper el filo de la intrahistoria que ahíta de encarnadas pupilas sobrevoló nuestra encrucijada, y despierto todas las noches masticando una acumulación de pretextos incapaces de horadar el insondable secreto de tu ignota biografía.

Tu aliento, presente en todas mis fatigadas superficies, dogmatiza cualquier postrero vestigio de luz. Tu aliento no puede evitar que se haga irrespirable el espanto de aquellas torpes palabras, y con mis horas desterradas entre cercos desolados alcanzo, exánime y exento de clarividencia, los sótanos de tu mirada.

Afónica mi voz, secreto de una destrucción no vivida, sólo conserva de ti el recordatorio de un deslizamiento por interrogantes y libérrimas simetrías.

Y esta noche, en la libertad del extraño insomne, te escribo estas torpes letras, ahora que se vuelven locos mis papeles, locos por no comprender los inefables mensajes de unos labios ennegrecidos.

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EL SUEÑO QUE SE REPITE NOCHE TRAS NOCHE

Se dilata el tiempo en bocanadas crepusculares. Tras el perentorio estallido de nuestros sacrificios, mis raíces descubren a un ser escrupuloso de vivir y diezmado por viejas secuelas.

Me gustaría escribir palabras que pudieran aniquilar la transición de la espera, y así no sucumbir ante unos labios inquietos que se preguntan cansinamente por qué tus manos, frágiles como el cristal, se clavaron en mi cuerpo como astillas en un falso pedestal.

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MAÑANA ESCUCHARÁS UNA PISADA EN ALGÚN RECODO DE TU EXISTENCIA

Cuando una fría humedad recorra tu cuerpo y te desvele en la noche, renacerá en ti aquella vieja inquietud que antaño relegaste al olvido. Aquello que latía oculto en tu pasividad te despertará fugazmente, y como un espiral de dóciles síntomas se revelará tu agotamiento, cristalizado de dudas, y tu disperso rostro se helará ante la fuerza de su mirada.

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TENERTE CERCA

Mientras mi necesidad de vida se anega de crudas imágenes, la sensación de tenerte cerca censura todos mis anatemas. Tu mirada descubre en mi conticinio el murmullo de una cíclica premonición. Indomable por la ansiedad de tu equilibrio, la parsimonia de mi pulso marchito se precipita mayestáticamente, y, aunque la desnudez de tu promesa sepulta el tremor de mis fronteras, la infancia que me despierta todas las madrugadas te descubre sin ningún extraño ropaje los síntomas de una soledad vulnerada.

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ANSIEDAD POR TRIUNFAR

Irene Vallejo, por lógica, ha vuelto a dar en el clavo: la ansiedad por triunfar ahuyenta el placer y anula el talento.

Muchos escritores, y otros tantos creadores de cualquier manifestación artística, han vivido una relación destructiva con el éxito: no solo deseaban ser leídos, sino que llegaron a depender emocionalmente del reconocimiento. Cuando el triunfo no llegaba —o cuando llegaba y no era suficiente— sufrían ansiedad, depresión, bloqueos o conductas autodestructivas.

Por no hacer un listado interminable, cabe mencionar en esa necesidad por el triunfo o por el reconocimiento público a unos cuantos que hoy son admirados mundialmente: Franz Kafka, Ernest Hemingway, Sylvia Plath, Virginia Woolf, Truman Capote o Stendhal.

Después de estudiar el caso de cada uno de los mencionados ―dejando a un lado su reconocida valía en la actualidad― se producen dos situaciones curiosas en la mayoría de ellos:

  • No lograron alcanzar el éxito en vida como Kafka o Plath. Es difícil entender que, en vida de estos autores, no hubiera ninguna voz que levantara su volumen para aplaudir su talento.
  • Alcanzaron el éxito, pero comprobaron o descubrieron que no era suficiente para calmar su ansia de perfección en la escritura, como Hemingway o Capote.

La ansiedad por triunfar es un tema cíclico en la literatura en general. Es propio de todos los tiempos comprobar por parte del escritor que el reconocimiento público de su obra puede convertirse en un baremo de su propia identidad. Y ahora que nos movemos con las redes sociales, no me digan que no es fácil escribir: Jaime López (aquí el nombre de cualquier escritor o crítico conocido) dice que la obra de José María Máiz Togores es malísima.  Y ya puedes combatir contra esa falacia en forma de sinécdoque (la parte por el todo) que la derrota está en tu casillero. Y como hoy «mola mil» resumir: José María Máiz Togores es malísimo. Y punto.

Kafka buscaba el reconocimiento, pero al mismo tiempo dudaba tanto de su obra que pidió que destruyeran sus manuscritos tras su muerte. ¡Menos mal que no le hicieron caso!

Hemingway fue una figura única por su particularidad creativa: alcanzó el máximo reconocimiento, incluido el Nobel, pero la necesidad constante de demostrar que seguía siendo un gran escritor contribuyó a una enorme presión psicológica. Sus últimos años estuvieron marcados por la depresión y el miedo a haber perdido su talento.

Sylvia Plath deseó intensamente el reconocimiento literario toda su vida y sufrió profundamente cuando vio que no llegaba. Su perfeccionismo extremo y la necesidad de validación coexistían con una grave depresión que le llevó al suicidio a los 30 años.

Y Truman Capote, después del éxito inmenso de A sangre fría, conocido por ello como «the toast of New York» («la sensación de Nueva York» o «el hombre de moda en Nueva York»), quedó prácticamente paralizado por la expectativa de superarse. Su incapacidad para terminar nuevos proyectos importantes fue una fuente constante de sufrimiento.

El escritor que deja de escribir «o que lle peta» (en gallego, lo que le place o apetece) para comprender y satisfacer las necesidades del lector, y del público en general, y buscar con ansiedad la adaptación de sus nuevas obras a esos menesteres públicos cae en un error mayúsculo. 

Con las diferencias que cada uno quiera establecer, recuerdo los comienzos de Sabina en tugurios y con un éxito ínfimo. Le decían «los expertos» de la época que las letras de sus canciones eran muy complicadas y que debía simplificarlas. Su reacción fue clara: estoy en el camino correcto. El éxito llegará. ¡Y claro que llegó! ¿Qué hubiera sido de Sabina con canciones «adelgazadas y sedosas»?

El escritor no puede buscar la confirmación de su mérito o trascendencia en cada crítica positiva en la prensa, en cada oleada de ventas de las webs de libros o en la idea malévola de que el juicio de su nuevo libro es un veredicto sobre su persona. Si el fracaso de una obra se convierte en un juicio sumarísimo a la capacidad del autor, la literatura se volvería predecible y temerosa. ¿Quién se atrevería a escribir? Un libro puede ser fallido ―me aconsejan este adjetivo en lugar de «malo»―, aburrido o incoherente, pero eso solo significa que la obra no funcionó, no que el escritor haya perdido su valor o su capacidad de crear.

Hablo de mí y de mi vieja afición a juntar palabras para crear «algo literario» ―no me atrevo a calificarme de escritor― y de la nula repercusión de mi blog www.josemariamaiztogores.com. Reconozco que soy un nefasto vendedor de mi obra, que soy incapaz de publicitar mi blog, en el que tengo colgado en torno a 900 entradas, y que soy el más torpe del actual olimpo literario a la hora de crear una obra para un posible Premio Nadal o un Premio de la Fundación Loewe de poesía.

Tengo 67 años y es una edad complicada. Todo el mundo me dice, el otro día lo hizo una compañera que me quiere mucho, que me quedan 25 años de jubilación. No quiero discutir, pero yo digo que no. Me conozco y sé de dónde vengo. Es un error garrafal esta obsesión por lo que va a vivir el prójimo.

Dado mi triunfalista pesimismo, he caído en un error, en el de la conciencia de la finitud y la catastrofización (carallo con el neologismo) y quiero oír por una vez que lo que escribo tiene un reconocimiento literario. Breve. Mínimo. Raquítico. Me llega. Tampoco llegar al extremo de «pobrecillo, díselo, que se muera en paz». Padezco de inmortansia (neologismo creado por mí), que es el estado de inquietud propio del escritor que, al sentir cercano el límite de la vida, necesita una prueba de que su obra sobrevivirá a él mediante el aplauso de los lectores.

(Inmort-: del latín immortalis («inmortal»), compuesto por in- (negación) + mortalis («mortal»), derivado de mors, mortis («muerte») y -ansia: del español ansia, procedente del latín anxia, femenino de anxius («angustiado, inquieto»), emparentado con la raíz de «ansiedad».)

Me dice mi alter ego que estoy desbarrando, que deje de escribir de madrugada y que me centre en el texto y no en el quinto de Estrella Galicia porque así sería más productivo. Me retiro. ¡Hasta mañana!

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LA NOCHE POSTERIOR AL DESCONCIERTO

Las tinieblas de la tierra se desmoronaron tras un aullido de vehementes augurios. En un ceremonial de báculos y enrojecidos credenciales intuí que ella, por primera vez, no me silenciaba. Dos astillas de luz se proyectaron en un mismo tatuaje, instantánea de una noche sosegada. En unos segundos sentí el diapasón de su voz y durante longevos minutos juré no olvidar la nostalgia de nuestro encuentro. Sin embargo, me susurraron al oído que la simbiosis experimentada en aquel tumescente espejo fue una marchita pesadilla, e irremediablemente el pulso de mis arterias viajó como un reloj intemporal a la nieve de mi infancia. Todo fue un periférico simulacro que por unos instantes maniató la mente de un cuerpo preso de ceremonias y encubierto de inéditas creencias.

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PRÓLOGO PARA «EL SILENCIO LO NOMBRA» (prosa y prosa poética)

Hay libros que nacen del deseo de decir. Otros, en cambio, surgen cuando las palabras comprenden que no pueden abarcarlo todo. Este pertenece a esa segunda estirpe.

Vivimos rodeados de voces, de explicaciones, de certezas apresuradas. Sin embargo, las experiencias que verdaderamente transforman una vida rara vez llegan envueltas en un discurso. El amor, la pérdida, la memoria, el paso del tiempo, la belleza inesperada o el desgarro de la ausencia acostumbran a instalarse en nosotros con la discreción de aquello que no necesita proclamarse. Es entonces cuando el silencio deja de ser vacío para convertirse en una forma de conocimiento.

Los textos reunidos en estas páginas recorren ese territorio donde las palabras no pretenden imponer un significado, sino acercarse a él con humildad. Cada poema, cada fragmento en prosa, parece buscar la grieta por la que asoma aquello que permanece oculto bajo la superficie de lo cotidiano. No ofrecen respuestas concluyentes; proponen una escucha. Invitan al lector a demorarse, a aceptar que hay verdades que solo se revelan cuando cesa el ruido.

El título de este libro encierra una paradoja que pronto deja de serlo: el silencio también nombra. Lo hace cuando una mirada sustituye a una explicación; cuando un recuerdo regresa sin anunciarse; cuando una ausencia adquiere más presencia que cualquier compañía; cuando el paisaje, la luz o la lluvia dicen aquello que el lenguaje apenas alcanza a insinuar.

Quizá esa sea la tarea última de la poesía: no explicar el misterio, sino acercarnos a él sin despojarlo de su condición de misterio. Nombrar no consiste únicamente en pronunciar una palabra, sino en reconocer una verdad. Y hay verdades que solo aceptan ser pronunciadas desde la quietud.

Este libro invita precisamente a ese ejercicio de atención. No exige una lectura apresurada, sino una conversación íntima entre quien escribe y quien lee. Cada página ofrece un espacio para que la experiencia personal complete lo que el poema apenas sugiere. Porque toda buena poesía queda inacabada hasta que encuentra un lector dispuesto a habitarla.

Al cerrar estas páginas, tal vez descubramos que el verdadero protagonista nunca fue el silencio. Lo fue aquello que, gracias a él, por fin encontró un nombre.

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FUGITIVO EN MÍ ESTÁ TU RETRATO

Cuando obstinado en un verbo tuyo desnudo todos los límites de mi cuerpo, tan solo una remota mirada escruta los entumecidos síntomas de nuestra monotonía. Tus ojos transparentan mis tumultos en límpidos vestigios, y con fugaz pericia se violentan nuestros estáticos párpados. Te miro sin concretar todavía un destino, me susurras al oído una elegía de soluciones, aunque invernales coartadas cercenan mayestáticamente el sosiego de nuestra leyenda. Hirsutos fantasmas dormitan en el regazo de aquella tarde. Y ya en la fatiga de mi levedad, tras una postrera transición, múltiples arrugas surten de mis cárdenos bosquejos: todas mis apócrifas mentiras tornan a naufragar en una marea de insólitas hipótesis.

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LA PASIÓN ABRASÓ TUS OJOS Y RECORRIÓ MI ESPACIO COMO UNA BENGALA

Inmovilizada toda mi fantasía en la mecedora de tu olvido me siento irreconciliable con la humanidad y un férvido sueño, caduco en tu recuerdo, convierte mi horizonte en una ancestral frustración. Solo en un cuarto de incienso mis ojos se cierran con gesto contrito, mórfica representación de una quimera inalcanzable. Oxidada mi sonrisa, ya ni se puede observar, y la doctrina de lo infinito se rebela ante mí absolutamente corita. La flaqueza acuna mis miserias en un alba donde todo fundamento se torna lógico escalofrío. Sedientos latidos reposan radiantes en mi almohada cuando, ausente aquella errática pasión, letales células alcalinas te han convertido en un beso sin rostro. Y observo cómo mi última esperanza se pulveriza en el desafío de una frase: «nadie, en tus horas de insomnio, nadie, te regalará sus sueños».

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OTRA PRIMAVERA BAJO LA MISMA LLUVIA

Escucha y contempla la lluvia que lleva años en mi memoria jugando con el mar. Todo es húmeda monotonía. Esta lluvia siempre repite la eterna canción de un árbol de hojas secas que espía mi sombra cuando el viento vulnera tu perfil. Entonces, imagino tu geométrica silueta al trasluz de mis ojos y te confundo precipitadamente entre la vocinglería de falsos sueños. Dibujas una elegante improvisación con las curvas de tu sonrisa y reúnes secretamente mis vibrátiles arrabales en un sótano de cúbicas esferas. Eterna lluvia de tedio y música intacta, tan solo me ayudas a descubrir que tus mejillas escuecen mis ojos cuando la oscuridad nos congrega en una misma ausencia. Nos ignoramos, nos alejamos mutuamente con la proximidad del que espera lo que nunca tendrá. Eterna lluvia de indescifrables imágenes. Eterna lluvia caprichosa, ¿cuándo volverás a acariciar las entrañas de nuestra claridad?, ¿cuándo, agotada nuestra luz en un intacto suceso, mi ingrávida instantánea se convertirá en un paisaje de círculos congruentes?

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