Inmovilizada toda mi fantasía en la mecedora de tu olvido me siento irreconciliable con la humanidad y un férvido sueño, caduco en tu recuerdo, convierte mi horizonte en una ancestral frustración. Solo en un cuarto de incienso mis ojos se cierran con gesto contrito, mórfica representación de una quimera inalcanzable. Oxidada mi sonrisa, ya ni se puede observar, y la doctrina de lo infinito se rebela ante mí absolutamente corita. La flaqueza acuna mis miserias en un alba donde todo fundamento se torna lógico escalofrío. Sedientos latidos reposan radiantes en mi almohada cuando, ausente aquella errática pasión, letales células alcalinas te han convertido en un beso sin rostro. Y observo cómo mi última esperanza se pulveriza en el desafío de una frase: «nadie, en tus horas de insomnio, nadie, te regalará sus sueños».
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