Esta tarde conversamos en otro decrépito lugar y me confesaste que te sentía metódicamente sola, opaca hasta la impaciencia y caminante de imperecederos soliloquios. Me dijiste que necesitabas embriagarte de sentimientos vitales e incubar locuras ocultas, y afirmaste que te obsesionaba la idea de alinearte con el viento para así estrangular este mundo sin rebeldía. Sin embargo, con plena sumisión, otra noche más sigues velando las crepusculares caricias de aquel fatídico axioma, y no encuentras la magia de un intervalo que redima la concreción de tu llanto. Fluctúas retóricamente en un marasmo de exterminadoras elucubraciones, y tu dócil presente se estremece ante tan paupérrimas perspectivas.
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