En estas noches de verano mi piel intuye la parda caricia de la ebriedad. Al instante quiero ocultarme tras un cuerpo de sombras, y esquivo la tersura de tu complicidad proyectando toda mi inquietud en un eterno conocimiento. No niego ni extingo aquel espacio, pero la evolución de mi mundo me somete y me subyuga hasta inconsciencia: ya no sé si habito en una aurora de reptiles o si soy un exhausto desterrado que suplica tu voz mientras una susurrante brisa de nostalgia envuelve mi frente. Un violento recuerdo nubla de briznas nuestras destartaladas imágenes, y, aunque no puedo dormir en esta sauna mental, mi cerebro no transige ni se desvencija ante eventuales fijaciones. Tu sonámbulo silencio me recuerda que tras esta noche tranquila vendrá otra jornada tediosa y claudicante, perdona, pero ahora no quiero pensar en ella, porque en esta noche tranquila estoy redimiendo mis penas.
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