Fue en aquel cine, ¿te acuerdas?, una mañana al este del Edén. James Dean lanzaba piedras contra una casa blanca… y entonces te besé. (L. E. Aute)
—José María, ¿tú no notas que este muchacho trae un olor muy raro? No sé… huele como a ambientador de cabaré.
Mi madre lanzó aquella sentencia mientras yo cruzaba el pasillo procurando aparentar la serenidad de un notario y la dignidad de un torero camino del ruedo.
No engañé a nadie.
A los quince años uno cree que puede disimular los nervios. Lo único que consigue es caminar demasiado deprisa, evitar las miradas y responder con un «nada» tan poco convincente que hasta un gato dormido sospecharía.
Coloqué el abrigo sobre la cama, me senté en el viejo sillón de escay de mi habitación y esperé el veredicto. Ese era el ritual cada vez que yo me salía del camino que ellos consideraban apropiado.
Mi padre aún no había pronunciado una sola palabra. Solamente el contundente: «Luego hablamos». Y eso era lo peor.
Con los años descubrí que el silencio de mi padre y esa frasecita daban mucho más miedo que cualquiera de sus broncas o regañinas.
Mientras él terminaba de cenar, yo repasaba una y otra vez la tarde como si pudiera borrar algún detalle comprometedor.
No había hecho ninguna gamberrada. No me habían parado en la puerta del cine.
Ni siquiera había probado un cigarrillo, aunque llevaba meses ensayando delante del espejo la forma de sujetarlo entre los dedos para parecerme a Alain Delon.
Mi pecado era infinitamente más serio. Había ido al cine sin pedir permiso. Y no a una sesión cualquiera. Había entrado en una película para mayores de dieciocho años cuando apenas acababa de cumplir los quince.
Hoy puede parecer una travesura de colegio. Entonces era casi una declaración de independencia.
En aquellos años los porteros de las casas controlaban las horas de salida, los padres vigilaban las horas de llegada, los curas purificaban las malas conciencias y los acomodadores de los cines vigilaban las edades y la compostura. Salvo que unas monedas les aliviaran repentinamente la vista.
Habíamos quedado a las cuatro menos diez en la esquina de Conde de Peñalver con Hermosilla.
Todavía puedo cerrar los ojos y verla. La marquesina iluminada. Los enormes carteles pintados a mano. La cola de matrimonios, soldados de permiso, parejas de novios y algún señor solitario que fumaba apoyado en la pared fingiendo esperar a alguien.
Hoy aquel cine ha desaparecido bajo un centro comercial donde todas las tiendas parecen la misma.
Pero entonces era un templo. No íbamos solo a ver una película. Íbamos a hacernos mayores. Al menos durante dos horas.
Yo llegué el primero. No por puntual. Por ansiedad.
Cuando uno tiene quince años y va a encontrarse con la chica que le gusta, siempre llega antes. Mucho antes. Lo bastante para arrepentirse varias veces de haber quedado.
Me remangué y miré el reloj. Las tres y cincuenta. Me recompuse para aparentar normalidad. Volví a mirarlo treinta segundos después.
Jorge apareció silbando, con las manos en los bolsillos y esa manera de andar que todos imitábamos entonces: hombros ligeramente echados hacia atrás, paso lento y expresión de quien ya conoce todos los secretos de la vida. Naturalmente, ninguno conocíamos absolutamente ninguno.
—¿Qué haces aquí tan pronto?
—Nada.
—Llevas esperando un cuarto de hora.
—Cinco minutos.
—Mientes fatal.
—Y tú hablas demasiado.
Se echó a reír.
Era mi primo, apenas un año menor, pero en aquella edad un año equivalía a una eternidad. Él ya se afeitaba cuatro pelos. Yo todavía esperaba con paciencia que la naturaleza hiciera su trabajo. Por eso le concedía una autoridad completamente inmerecida en cuestiones amorosas. Sabía exactamente lo mismo que yo. Es decir, nada. Pero lo disimulaba muchísimo mejor.
—Escucha —me dijo bajando la voz—. Hoy nada de hacer el crío.
—¿Quién hace el crío?
—Tú. Como te pongas colorado cuando llegue Maite, estamos perdidos.
Intenté responder con una sonrisa de hombre experimentado.
Creo que adopté la misma expresión que un conejo cuando oye abrirse la puerta del corral.
Pocos minutos después aparecieron Ana y Maite. Venían riéndose de algo que jamás supimos.
Las chicas siempre parecían conocer un mundo al que nosotros no teníamos acceso.
Llevaban aquellas minifaldas que escandalizaban a media vecindad, medias hasta la rodilla, jersey de cuello alto y el pelo largo moviéndose al ritmo de sus pasos.
Nosotros, para estar a la altura, nos metimos inmediatamente las manos en los bolsillos.
Era un gesto imprescindible. Los hombres de verdad siempre llevaban las manos en los bolsillos. Aunque no supieran qué hacer después.
—Hola.
—Hola.
Cuatro letras.
Aquello fue toda nuestra elocuencia. Ninguno se atrevía a decir nada más. Porque hablar significaba arriesgarse a meter la pata. Y nosotros la metíamos con admirable facilidad.
Compramos las entradas intentando poner voz grave. El taquillero ni levantó la cabeza.
El verdadero examen nos esperaba dos metros más allá. El portero. Todo el barrio conocía su peculiar enfermedad.
Era incapaz de distinguir la edad de los espectadores cuando unas monedas cambiaban discretamente de bolsillo. Nos acercamos procurando caminar despacio. Yo incluso hinché un poco el pecho. Creía que así parecía mayor.
Hoy sospecho que debía de parecer un pavo real con estreñimiento. El hombre sintió el tacto de las monedas. Nos miró apenas un segundo. Rasgó las esquinas de las entradas. Y murmuró:
—Venga… pasad.
Durante unos instantes caminamos sin hablar. Habíamos cruzado una frontera invisible.
Éramos delincuentes. Pequeños delincuentes de barrio. Pero delincuentes al fin.
Dentro del cine olía a tabaco negro, madera barnizada, humedad, ozonopino y colonia barata. Todavía hoy ningún perfume moderno ha conseguido borrar de mi memoria aquella mezcla. Era el olor de los domingos. El olor de las primeras citas. El olor de querer crecer demasiado deprisa.
Como buenos caballeros invitamos a las chicas a una bolsa enorme de palomitas y otra de patatas fritas. Llevábamos toda la mañana haciendo cuentas. Cada peseta tenía destino asignado: Entradas. Palomitas. Refrescos. Propina para el acomodador.
Y todavía debía quedar dinero suficiente para acompañarlas después a una cafetería. Porque un hombre podía quedarse sin cenar. Pero jamás permitía que una chica pagara. Eso decían las películas americanas. Nosotros les creíamos a pies juntillas. Lo que ignorábamos era que aquellas cuatro pesetas gastadas con tanta solemnidad iban acompañadas de un miedo atroz.
El miedo a que Ana descubriera que Jorge apenas había cogido de la mano a una chica.
El miedo a que Maite notara que yo llevaba ensayando tres semanas cómo rozarle los dedos sin parecer un torpe. Y, sobre todo, el miedo a que cualquiera de los dos descubriera la verdad.
Que debajo de aquella pose de hombres hechos y derechos seguíamos siendo dos muchachos que todavía dormían con un tebeo escondido bajo la almohada y que, cuando sus madres gritaban desde la cocina que la cena estaba lista, acudían corriendo como niños obedientes.
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