LA TIMIDEZ

En esta exuberante hora de clausuras y opulenta de veladas intenciones una figura altanera de espiga quemada explora con ardicia mis márgenes, y la silueta de unos ojos de oscuro satén transparentan un pálido misticismo. Accesiblemente solitario paseo tras el contorno de un ciprés, y la huella que mitifica el olor de su sien permanece infranqueable en el anonimato. Intento sumergirme en otro cristal que espolee mi mente abotargada, pero el esbozo de una resonante impaciencia pende inútil de todos mis sueños, y un inteligible perfil de luz temporal no puede conjurar el miedo a otra eterna frustración. No es nueva esta situación. Cuando ya no sé si soy capaz de desterrar el vértigo de mis desdibujadas precauciones otra caricia pretende borrar la huella de viejas pisadas, pero mi piel sólo conoce un aséptico destino, y ese destino me persigue incansable, y gracias a él mis versículos siguen habitando en un sarcasmo de sauces y querubines.

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