FRUSTRACIÓN

Llevo en el pecho un invierno que no se rinde al almanaque, una marea de arena que todo lo detiene. Es esta quietud forzada, este andamio invisible que frena mis pasos justo antes del vuelo. Mis manos, cansadas de moldear el viento, se cierran sobre promesas que el tiempo deshoja sin prisa. Miro el horizonte y el camino parece un eco estancado, una herida muda que insiste en su propio laberinto. El alma se me ha vuelto un rincón de relojes de arena encallados, donde el deseo choca siempre contra el mismo muro de niebla. No hay grito en este cautiverio, solo el roce constante de un cincel que esculpe mi paciencia hasta gastarla. Y en el fondo de esta noche larga, sigo esperando el golpe de luz que rompa, de una vez, este nudo eterno.

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