CAPÍTULO XIII DE «HATROZ»: LAS OCHO DE LA MAÑANA (III)

Ella tomó su teléfono y escribió algo.

—¿Y tú?

—He aplazado la reunión.

—¿Por mí?

—Por el café.

Se rieron.

La mañana avanzaba detrás de los cristales. La cafetería empezaba a llenarse. Entraron empleados de oficinas cercanas, una pareja de ancianos, dos repartidores. El camarero encendió la máquina de zumo y el ruido nos obligó a inclinarnos el uno hacia el otro.

Pude percibir su perfume. Era suave, algo cítrico, casi imperceptible. Olía más su piel. Rafo se puso nervioso. Moncha miró un instante los labios de Rafo y después volvió a sus ojos. Fue un movimiento mínimo, pero se vio. También ella debió de advertir que yo lo había visto, porque se apartó ligeramente.

—¿Qué deseas? —preguntó.

—Ahora mismo, ¿o en la vida?

—En la vida. Lo de ahora mismo resulta demasiado evidente.

Sintió calor en el rostro.

—No estoy seguro de que lo sea.

—Entonces no eres tan observador como creía.

Se refugió en la taza.

—Deseo una vida que pueda reconocer como mía.

—Eso no significa nada. Frase de calendario.

—Significa no despertarme dentro de veinte años preguntándome quién tomó todas mis decisiones.

—Las estás tomando tú.

—También se decide por inercia o por miedo o por cobardía.

—Sobre todo por inercia.

—¿Y tú qué deseas?

Moncha respondió sin vacilar:

—No ser irrelevante.

—¿Para quién?

—Para nadie en particular.

—Entonces es imposible.

—¿Por qué?

—Porque la relevancia siempre existe ante la mirada de alguien. Tu empresa, tus empleados, tus clientes, tu familia.

—Quiero dejar algo.

—¿Qué?

—No lo sé. Una organización distinta. Una forma de trabajar. Algo que permanezca cuando yo no esté.

—¿Y si no permanece?

—Habrá sido un fracaso.

—Eso me parece muy severo.

—La severidad da resultados.

—También destruye cosas.

—Todo lo que da resultados destruye alguna cosa.

—¿Eso te incluye?

Moncha no respondió.

—¿Qué has destruido? —pregunté.

—Relaciones. Amistades. La paciencia de algunas personas. Mi salud durante ciertas temporadas.

—¿Ha valido la pena?

—A veces sí.

—¿Y otras?

—Otras necesito creer que sí.

Su voz se había vuelto más baja. La seguridad con la que había entrado en la cafetería comenzaba a mostrar grietas, aunque Rafo no las interpretó como debilidad. Al contrario. Había en aquella mujer una resistencia que solo podía comprenderse al vislumbrar la fuerza empleada para sostenerla.

—Tienes miedo de detenerte —dijo.

—Sí.

—¿A qué?

—A descubrir que he corrido en la dirección equivocada.

—Siempre puedes cambiar.

—Eso lo dice un profesor que lleva doce años en el mismo colegio.

—Puedo cambiar de idea sin cambiar de edificio.

—Y yo puedo cambiar de edificio sin cambiar de idea.

—Entonces ambos estamos atrapados.

—Pero tú decoras mejor tu jaula.

Nos sonreímos.

—¿Cuáles son tus complejos? —preguntó Moncha.

—Eso sí que es directo.

—Llevamos casi una hora hablando de la muerte, el trabajo y la paternidad. La cortesía ya no puede salvarnos.

Pensó Rafo que tenía razón.

—Durante mucho tiempo me avergonzó no tener dinero. Y aún me avergüenza. Mi entorno familiar tiene más hijos y viven con una holgura muy superior a la mía.

—¿Todavía con esas?

—¿Tú te casarías conmigo sabiendo mis ingresos y mi carácter pusilánime?

Moncha se calló.

—Me has dado la razón. Pero a veces entro en ciertos lugares y vuelvo a ser el muchacho de dieciocho años que teme utilizar el tenedor equivocado.

—Aquella noche, en mi casa, parecías muy seguro.

—Estuve media hora sosteniendo una copa vacía porque no sabía dónde dejarla. Y tuve que guardarme un pincho en el bolsillo de la chaqueta porque lo cogí sin gustarme.

Moncha se rio. Su risa atrajo la mirada de varias personas.

—Yo pensé que te las querías dar de misterioso y enigmático.

—Era terror social.

—A veces producen el mismo efecto.

—También me acompleja no haber hecho nada excepcional.

—Enseñas a cientos de alumnas.

—Eso suena excepcional cuando se dice desde fuera. Desde dentro está hecho de lunes, fotocopias y ejercicios sin corregir.

—Todas las vidas importantes están hechas de cosas pequeñas.

—No pareces creerlo.

—Lo creo para los demás.

—¿Y para ti no?

—Para mí nunca es suficiente.

—Ese es tu complejo.

—Uno de ellos.

—¿Cuál es el peor?

Moncha apoyó la espalda en la silla.

—Creo que, si dejo de ser competente y brillante, nadie tendría una razón para quedarse a mi lado.

La confesión quedó suspendida entre nosotros.

Ya no éramos dos conocidos recordando una fiesta. Éramos dos extraños que, por una combinación de azar y necesidad, habían decidido decirse cosas que no contaban a las personas cercanas.

—Eso no es verdad —dijo Rafo.

—No puedes saberlo.

—Puedo saber que no debería serlo.

—Las personas no viven en el mundo de lo que debería ser.

—Algunas lo intentamos.

—Sí. Los profesores.

—Y los médicos filántropos.

—Y las niñas que sacan buenas notas para que sus madres ocupen otra tarde de compras.

Bajó la mirada. Supe que había ido demasiado lejos.

—Perdona.

—No lo hagas. Es verdad.

—La verdad puede ser cruel.

—Ahora eres tú quien utiliza esa excusa.

Rafo asintió.

El camarero volvió a acercarse.

—¿Otro?

Miramos las tazas vacías.

—Una tostada —dijo Montse—. Con tomate.

—Dos —añadió Rafo.

—Tengo hambre —explicó ella, como si admitirlo fuera una forma de intimidad.

—Yo también.

La conversación se prolongó sin darse cuenta ninguno de los dos. Rafo fue ese día mucho más tarde al colegio y Montse se perdió varias reuniones que llevaba preparadas desde hacía semanas.

Hablaron del trabajo y de las distintas maneras en que una profesión puede poseer a una persona. Rafo le contó que algunos domingos corregía exámenes con una mezcla de resentimiento y ternura. Ella confesó que revisaba el correo electrónico al despertarse y antes de dormir, como si el mundo pudiera derrumbarse durante las seis horas en las que intentaba descansar.

—Mi empresa seguiría funcionando sin mí —dijo—. Lo sé racionalmente. Pero una parte de mí necesita creer que no.

—En el colegio ocurre lo contrario. Sé que pueden sustituirme en cualquier momento, pero necesito creer que alguna alumna recordará algo que dije en el aula.

—¿El qué?

—No una fecha ni una definición. Quizá una frase pronunciada cuando la necesitaba.

—Quieres ser importante para una persona.

—Sí.

—Yo quiero ser importante para muchas.

—Tal vez porque no confías en ninguna.

Moncha no se ofendió.

—Puede ser.

Hablaron de la ambición.

Ella la describía como una fuerza moral, casi una obligación. Había recibido oportunidades que muchas mujeres de su generación no habían tenido y consideraba que desaprovecharlas habría sido una traición. Rafo, como no era nada ambicioso, defendía una ambición más silenciosa: hacer bien una tarea que rara vez recibía reconocimiento.

—La modestia también puede ser vanidad —dijo ella—. Hay personas orgullosas de no competir porque temen averiguar que perderían.

—Y la competencia puede ser una forma de no preguntarse qué se desea realmente.

—¿Crees que yo no lo sé?

—Creo que sabes perfectamente lo que quieres conseguir. No sé si sabes para qué.

Su rostro se tensó.

—Eso es injusto.

—Sí.

—Y quizá cierto.

Hablaron del deseo.

No solo del deseo físico, aunque este permanecía entre ellos, creciendo en los silencios y en los gestos que fingían no notar. Hablaron del deseo de otra vida, de otra ciudad, de otra versión de ellos mismos.

—A veces deseo desaparecer durante un mes —dijo Moncha—. Ir a un lugar donde nadie sepa quién soy.

—¿Y qué harías?

—Dormir. Caminar. Leer. Tal vez no hacer nada.

—Podrías hacerlo.

—No.

—Podrías.

—No quiero hacerlo lo suficiente.

—Entonces no lo deseas.

—Sí lo deseo. Pero deseo más las cosas que me lo impiden.

—Eso es una condena.

—También es una elección.

En un momento dado, Moncha extendió la mano para retirar una miga de pan que había quedado prendida en la manga de la chaqueta de Rafo. Sus dedos rozaron la tela. El gesto duró apenas un segundo, pero ninguno de los dos continuó hablando inmediatamente.

—Sigues llevando pana —dijo.

—¿Llevaba pana aquella noche?

—Una chaqueta verde.

—Era de mi primo.

—Te quedaba grande.

—Todo me quedaba grande a los dieciocho años.

—A mí todo me quedaba pequeño.

Se miraron de una manera distinta.

—¿Pensaste alguna vez en mí? —preguntó.

Era una pregunta peligrosa porque cualquier respuesta parecía demasiado.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Algunas veces. Al entrar en ciertos hoteles. Al escuchar hablar de Londres. Cuando alguien decía que quería conocer el mundo. Al oler tu perfume.

—Yo también pensé en ti.

—¿Cuándo?

—Cuando conocía a hombres muy seguros de sí mismos.

—No entiendo.

—Recordaba que tú no lo eras y que, sin embargo, no intentabas ocultarlo.

—Lo ocultaba constantemente.

—Lo hacías muy mal.

—Gracias.

—Era agradable.

—¿Mi inseguridad?

—Tu falta de representación. Los demás muchachos de aquella fiesta parecían estar solicitando un puesto. Tú parecías preguntarte por qué existía la empresa y por qué estabas allí.

—Seguramente quería marcharme.

—Yo quería que me pidieras el teléfono.

—No teníamos teléfonos móviles.

—El de casa, idiota.

Reímos.

—No creí que fueras a dármelo.

—No me lo pediste.

—Estabas rodeada de hombres que sabían hablar de caballos y de barcos.

—Precisamente por eso.

—Podrías haberme dado tú el número.

—Tenía dieciocho años.

—Yo también.

—Las mujeres de dieciocho años podían conquistar el mundo, pero todavía esperaban que un hombre les pidiera el teléfono.

—¿Y ahora?

—Ahora pueden dirigir empresas y seguir esperando lo mismo.

Su rodilla tocó la mía bajo la mesa.

Ninguno se apartó.

—¿Estás con alguien? —pregunté. Porque… ¿te separaste?

—Sí.

—¿Seguro?

—Sí. Silencio prolongado. Hay un hombre.

—Eso suele significar que sí.

—Nos vemos algunas veces.

—¿Está casado?

—No.

—¿Tú le quieres?

—No.

—¿Él te quiere?

—Eso dice.

—¿Y por qué te ves con él?

—Porque no me pide que cambie mi vida.

—Quizá porque no forma parte de ella.

Moncha apoyó los codos en la mesa.

—¿Siempre eres tan incómodo?

—Solo cuando falto al trabajo.

—Podría enamorarme de ti durante una mañana.

Sintió que el aire cambiaba.

—¿Solo durante una mañana?

—Después empezarías a reprocharme mis viajes.

—No lo sabes.

—Y yo despreciaría un poco tu conformismo.

—No me conoces.

—Lo suficiente para imaginar el desastre.

—Puede que no fuera un desastre.

—Puede que fuera peor.

—¿Qué hay peor que un desastre?

—Una relación en la que ambas personas se quieren, pero empiezan lentamente a admirarse menos.

La precisión de aquella frase le dolió a Rafo porque podía verla.

Él esperando que Moncha redujera su velocidad, interpretando cada viaje como un abandono. Ella escuchando sus historias del colegio con ternura al principio, después con impaciencia, finalmente con una condescendencia que ninguno de los dos admitiría.

—Crees que te juzgaría por trabajar demasiado —dije.

—Lo harías.

—Y tú me juzgarías por no querer más.

—También.

—No tendría por qué ocurrir.

—No. Pero ocurriría.

—Estás muy segura.

—Me pagan por anticipar riesgos.

—El amor no es una operación empresarial.

—Por eso.

—El amor no es una operación empresarial.

—Por eso fracasa con tanta frecuencia —respondió Montse—. Porque la gente entra en él sin saber qué puede perder, qué está dispuesta a entregar ni qué espera recibir.

—Eso suena insoportablemente frío.

—Y tú suenas como si bastara con sentir mucho.

—No basta.

—Entonces estamos de acuerdo.

—No exactamente. Tú quieres conocer el resultado antes de empezar.

—Quiero conocer las condiciones.

—Las condiciones cambian.

—También en los contratos.

—Pero el amor no permite reclamar daños y perjuicios.

—Sí los permite. Solo que los daños se pagan de otra manera.

Guardaron silencio.

Su rodilla seguía rozando la de Rafo bajo la mesa. Podía haberse apartado. Ella también. Ninguno lo hizo.

La cafetería se había llenado por completo. Los camareros se movían con rapidez entre las mesas, recogiendo platos y sirviendo cafés. Cerca de la barra, un grupo de empleados hablaba de cifras, clientes y plazos. En la calle, el sol de la mañana había terminado de imponerse sobre las fachadas.

Miró el reloj.

Eran más de las diez.

La segunda clase ya había comenzado. Y la tercera. Por primera vez desde que trabajaba en el colegio, su ausencia no se debía a una enfermedad, a una obligación familiar ni a una urgencia. Estaba allí porque no deseaba marcharse.

Aquella conciencia le produjo una inquietud casi adolescente.

—¿En qué piensas? —preguntó Moncha.

—En que debería estar explicando los movimientos de vanguardia.

—¿Y qué explicas?

—Que las personas soportan durante mucho tiempo lo que parece inevitable, hasta que un día deja de parecérselo.

—Eso también sirve para las relaciones.

—Y para los trabajos.

—Y para las familias.

—Y para uno mismo.

Moncha sonrió.

—¿Tus alumnas te escuchan cuando hablas así?

—Algunas. Otras dibujan en el cuaderno.

—Quizá las que dibujan son las que mejor te escuchan.

—Eso intento creer.

Tomó un sorbo del agua que les habían servido. Después apoyó el vaso con cuidado, alineándolo con el borde de la servilleta.

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