«HATROZ» (novela) (terminado)

CAPÍTULO XL DE ‘HATROZ’ O EPÍLOGO (y II): EL FINAL

Carmen me dijo que el libro saldría en unos seis meses, más rápido de lo habitual, como si todos hubiéramos decidido no sostener más lo que ya se deshacía. Sin final. Carmen apenas discutió y su silencio terminó diciendo más que cualquier versión anterior de nosotros. Edición de 500 ejemplares. No habría presentación ni intento de explicarlo porque ya no estaba seguro de que la historia me perteneciera, se me había escapado de las manos o quizá nunca había sido mía. Se imprimirá en buen papel como una concesión inútil y necesaria, como si lo material pudiera fijar lo que ya no me pertenecía. Tendría menos páginas, quité demasiado, quizá lo aún no escrito borré lo que ya no sabía sostener. También dejé lo que él habría eliminado, sin justificarlo, ordenando solo lo que entendía y dejando abierto lo demás. No le puse final porque cualquier cierre habría sido una forma de traición. Terminaba en un bar con una frase escrita en una servilleta y una conversación que no sé si llegó a existir. Algunos dijeron que era valiente y otros que era una vergüenza, y ambos tenían razón de una forma que no supe responder. Por eso, no habría presentación, por eso volví al bar a la misma hora y el camarero me entregó otra servilleta sin mirarme, como si ya lo hubiera hecho antes. La letra era suya y no necesité leerla para saber lo que decía. «No escribas un final que yo no autorizaría porque no lo hay. Además, no me busques porque no me encontrarás. Y, si nos vemos un día, me haré el desconocido». La doblé junto a la otra y desde entonces las releo una y mil veces. No sé si para entender a Rafo o para comprobar que siguen diciendo exactamente lo mismo. La última relectura me produjo una extraña sensación: sería capaz de jurar que la última frase no estaba allí o que no la había escrito él sino yo, como si algo hubiera empezado a corregirse sin mí o, peor aún, había empezado a terminarse conmigo dentro.

Este libro se imprimió
el 21 de abril de 2026,
San Anselmo de Canterbury,
monje nacido en Aosta
que demostró que la inteligencia
podía ser el puente más sólido
hacia lo sagrado.

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CAPÍTULO XXXIX DE ‘HATROZ’ O EPÍLOGO (I).- AUSENCIA

Tuve muchas dudas, pero al final, volví al bar de nuestra ruptura al día siguiente a la misma hora. Después de varios intentos había logrado quedar de nuevo con Carmen y como me resultó imposible localizar a Rafo ayer por la noche lo dejé al albur de su voluble intuición. Me pateé los cinco o seis garitos que suele o solía frecuentar «el fugado», pero nadie lo había visto.

—No ha venido hoy por aquí, y eso sí que es raro, me dijeron en los seis locales que visité. Parecía que se habían enviado por guasap la misma respuesta.

Después de mi infructuosa búsqueda, me senté en casa al ordenador y escribí un borrador de epílogo que me gustaría que lo leyeran Rafo y Carmen. Yo, como siempre, con ese maldito complace que me bloquea las ideas cuando hablo de Rafo.

No fue una decisión fácil volver al mismo sitio. Dudé muchísimo. Pensé, tal es Rafo, que evitaría el lugar que había sido el escenario de su huida. Además, tampoco quería que se convirtiera en una costumbre por cómo me miró el camarero al entrar. Otra vez Al Pacino en El padrino. Fue más bien una forma de aplazar algo que ya intuía, pero que todavía no quería formular con claridad. Como si repetir exactamente el mismo gesto —la misma hora, la misma bebida, la misma mesa, incluso la misma forma de sentarme— pudiera mantener en suspenso lo que había pasado la tarde anterior.

El camarero que me reconoció al instante no hizo ningún comentario, pero en su manera de dejar la cerveza sobre la mesa había una mínima pausa, como si esperara a que yo dijera algo más, como si aquel sitio, de pronto, necesitara una explicación.

—¿Y su amigo? —preguntó finalmente. Mire que era raro el tío.

Tardé un segundo de más en responder.

—Vendrá. Vendrá y le podrá decir a la cara todo lo que piensa de él, respondí seco y cortante como Jack Nicholson en Mejor…imposible, que interpreta a Melvin Udall, un escritor con trastorno obsesivo-compulsivo y que trata a todo el mundo con desprecio y sarcasmo.

No sonó convincente. Ni siquiera para mí. Estaba claro que mis poses de malhumorado con comentarios hirientes y respuestas secas era una mala interpretación por mi parte del gran Nicholson.

Asintió con una neutralidad aprendida y dejó también el cuenco pequeño con aceitunas. Las miré durante un rato. Recordé el gesto de Rafo, su manera de examinarlas como si escondieran algo más que su sabor, como si fueran una prueba o una provocación. Cogí una. La mastiqué sin ganas. No tenía nada de especial, quizá un regusto a nevera vieja de bar.

Saqué su móvil del bolsillo. Lo había cargado durante la noche. Me sorprendió lo rápido que uno incorpora a su rutina los objetos de otro, como si fueran provisionales pero necesarios. Lo encendí otra vez, aunque sabía lo que iba a encontrar.

Nada. Ni mensajes. Ni llamadas. Ni rastro de una vida que, hasta hacía unas horas, parecía desbordarse en todas direcciones. Abrí de nuevo la lista de contactos, por si ayer lo hice mal, pero nada, sólo estaba mi número. Volví a cerrarla.

Probé a llamarme desde su teléfono. Escuché el tono en mi propio bolsillo. Durante unos segundos mantuve ambos móviles en la mano, como si aquel eco absurdo fuera una forma de comprobar que algo seguía funcionando, aunque no supiera exactamente qué.

Pedí otra cerveza.

El bar seguía igual: conversaciones superpuestas, una silla arrastrándose, la máquina de café expulsando vapor con ese ruido breve y agresivo que siempre interrumpe todo. Nada había cambiado. Y, sin embargo, había algo desplazado, como si una pieza invisible se hubiera movido y el resto siguiera sin darse cuenta.

Miré la puerta varias veces al principio. Después, cada vez menos.

A la segunda cerveza ya no esperaba verlo entrar, pero aún no aceptaba del todo que no lo haría.

A la tercera, lo entendí. No iba a volver.

No hubo una revelación clara. No hubo un momento exacto. Fue más bien una acumulación de pequeñas certezas: el silencio del móvil, la repetición inútil de los mismos gestos, la sensación cada vez más nítida de que todo lo que pudiera hacer ya llegaba tarde.

Llegó Carmen y se sentó frente a mí sin decir nada. Bueno sí: tengo diez minutos.

—Rafo no quiere sacrificar la textura del papel. El verjurado no es un capricho, es parte de la respiración del libro —le dije, sin levantar la vista del ordenador.

—La respiración no paga la imprenta —respondió Carmen—. Ochocientas páginas en verjurado encarecen el coste un 40%. Eso no es estética, es inviabilidad y antiecológico.

—Inviable es publicar una vida ajena como si fuera un folleto. Esta historia exige cuerpo, peso, permanencia. El lector debe sentir que sostiene una vida, no un resumen.

Carmen no entendía nada. Vio con plausible sorpresa, que me había situado en el «bando» de Rafo.

—El lector también debe poder comprarla —replicó ella—. Y terminarla. Nadie está pidiendo un folleto, solo criterio. Tienes tres escenas redundantes, veinte páginas que repiten la misma emoción.

—Repetición no es redundancia, es insistencia. Así funciona la memoria.

—Y así se pierde el ritmo —cortó la editora—. Además, Rafo quiere decenas de ilustraciones. Cada una implica derechos, diseño, ajustes de tinta. El presupuesto se dispara y el calendario se rompe.

—Las ilustraciones son evidencia, no ornamento. Anclan la ficción en lo tangible. Sin ellas, el lector sospecha.

—El lector sospecha cuando el libro se vuelve indulgente —dijo ella, ya sin disimular el cansancio—. Tu protagonista ocupa todo el espacio, incluso el de quien lo lee.

—Porque esa es la tesis: una vida que invade otras. Quitarle espacio sería traicionarla.

—No te pido traición, te pido edición —respondió con firmeza—. Reducimos un 15%, seleccionamos cinco ilustraciones esenciales y cambiamos a un offset de calidad. Mantienes intención, ganas lectores.

—Pierde materia el libro —insistí yo—. Pierdo la fricción que obliga a quedarse.

—Ganas claridad —dijo ella—. Y un libro que puede existir fuera de tu mesa. Si no cedes en nada, no habrá libro. Habrá un objeto imposible.

—¿Y si lo imposible es precisamente lo necesario?

—Entonces publícalo como pieza única en otra editorial —concluyó la editora—. Pero si quieres un fetiche, yo no estoy dispuesta a poner ni un euro.

Miró el reloj y lo soltó como una bomba:

—Como sospechaba tu sumisión a Rafo, te dejo aquí los originales de los contratos que hemos firmado y te libero de cualquier compromiso. Silencio. Pues eso, hasta nunca; y, si cambiáis de opinión, vuélveme a llamar. Adiós.

Me quedé desnortado: sin protagonista de la historia y sin editora. Me levanté bruscamente, dejé el dinero de la consumición y me fui frustrado y muy desanimado.

Durante los días siguientes repetí los mismos movimientos, como si con ello pudiera comprender lo que estaba viviendo.

Fui a su casa con una terquedad pasmosa. Llamé varias veces. Esperé en el rellano mucho más tiempo del necesario, escuchando ruidos que no tenían nada que ver con él. Nada.

Busqué otra vez en los lugares que había mencionado en el relato de su historia, en esas conversaciones caóticas que yo mismo había ordenado y reducido para que encajaran en una narración. Me di cuenta entonces de que sabía muy poco de él. O peor aún: que sabía sólo lo que él había decidido contarme.

Llamé a dos o tres personas que yo consideraba que podrían saber algo de Rafo.

—Hace tiempo, afortunadamente, que no sé nada de él.

—Rafo siempre ha sido así. Estará encerrado en su casa sin salir y sin hacer caso a nadie.

—Seguro que aparece. Él me comentó que sufría, sin ser reconocido por un psiquiatra, una especie de conjunción de agorafobia, depresión leve y ansiedad social. Me lo dijo cuando rechazó el ofrecimiento de una antigua alumna para que unos conocidos de ella ojearan su obra literaria. Ahora mismo, seguro que sufre un miedo hatroz a salir de casa, no tiene motivación alguna y le aterra ser juzgado o humillado por otras personas. Me lo sé de memoria.

Esa frase de que «no tengo ni idea», la repitieron los tres con una facilidad inquietante, como si fuera una forma de cerrar la conversación sin comprometerse con nada.

Volví muchas veces a la servilleta. La extendía con cuidado, como si el gesto pudiera alterar lo que decía.

«Siempre creí que mi vida empezaría cuando yo quisiera. Un día me di cuenta de que esa oportunidad ya había pasado».

Al principio busqué un sentido preciso, una clave, algo que justificara su salida, que la convirtiera en una decisión comprensible. Luego dejé de buscar.

La frase empezó a tener un claro significado: Siento que ya perdí mi momento. No veo forma de empezar de nuevo, así que preferiría desaparecer antes que seguir viviendo así.

Carmen me llamó una semana después.

Su tono era más contenido de lo habitual, pero más amistoso, como si hubiera decidido no entrar en terrenos que no controlaba.

—¿Sabes algo de Rafo?

—No. Me aseguran los conocidos que está encerrado en su casa. Es como si su mente le dijera que salir es peligroso o demasiado difícil, y quedarse en casa es lo único que le hace sentir seguro, aunque eso le limite la vida.

Hubo un silencio más largo de lo necesario.

—¿Y el libro? —dijo finalmente.

Miré la pantalla del ordenador, que seguía abierta desde aquella tarde. El cursor parpadeaba en una línea en blanco que no recordaba haber dejado así.

—No podemos esperar indefinidamente —añadió.

—Ya. Pero tú rompiste el compromiso unilateralmente. No entiendo esta llamada, sino es por un gesto de humanidad.

—¿Qué vas a hacer?

Tardé en responder. No porque no supiera la respuesta, sino porque decirla implicaba aceptar algo que hasta ese momento había mantenido en suspenso.

—Terminarlo.

—¿Cómo? ¿Sigues en el bar de la fuga?

Apoyé los codos en la mesa. Miré la servilleta doblada a un lado del teclado.

—Sin él.

Carmen no respondió con rapidez. Aguantó unos segundos. Supuse que, por primera vez, no tenía nada que corregir.

—Es que me jodería que apareciera en otra editorial como yo te había propuesto por última vez.

Colgué.

Me quedé un rato sin escribir.

Y entendí entonces que, por primera vez desde que había empezado todo aquello, no era una cuestión de narrar y ordenar su vida. Era una cuestión de decidir qué hacer con su ausencia. 

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CAPÍTULO XXXVIII DE ‘HATROZ’.- LA SERVILLETA

Rafo llegó tarde, como casi siempre. No pidió perdón ni dio explicaciones. Se sentó, dejó el tabaco sobre la mesa, después el móvil y me miró como si la conversación hubiera empezado el día anterior y no hiciera falta ningún saludo. Rafo, desde que nació, siempre quiso ser el centro de atención. La realidad es muy distinta y lo ha ido colocando en su sitio.

—¿Qué has escrito esta vez? —preguntó mientras hacía una seña al camarero como queriendo decir «lo de siempre».

—Lo de Galicia. Y lo de Ana, que me ha sorprendido muchísimo.

Rafo hizo un gesto ambiguo, entre la aprobación y el fastidio, entre el aburrimiento ―¡otra vez lo mismo!― y la falta de novedades.

—Siempre escribes lo que te conviene. Lo que queda bien. Lo que parece literatura. Lo que a ti te gusta. Además, lo haces como a ti te da la gana.

—Yo escribo lo que tú me cuentas, dije muy sorprendido.

—No. Tú escribes lo que quieres que yo haya vivido. Y mi vida tiene muchos claroscuros que te los «has fumado».

El camarero dejó dos cervezas y un cuenco pequeño con aceitunas. Rafo cogió una, la miró como si fuera un objeto filosófico y se la llevó a la boca con parsimonia. Puso mala cara y la escupió al plato que soportaba el cuenco.

—Te estás quedando con mi vida —dijo de repente—. Te estás quedando con mis recuerdos. Y además los estás ordenando. Eso es lo peor. Te dije desde el principio que no quería orden.

—Alguien tendrá que ordenarlos. Me lo ha dicho mil veces tu editora.

—Mi vida no tuvo ―ni tiene― orden. Mi vida tiene un desorden aburrido y caprichoso y la editora no puede imponerme su criterio.

—El libro sí lo necesita.

Sufrí la mirada de Rafo que pasó de ser limpia y brillante a una expresión oscura, endurecida y casi demoníaca. Luego sonrió con una ironía que yo ya conocía muy bien. Guardó silencio unos segundos, carraspeó y no se frenó en nada.

—Ahí está el problema. Que quieres que mi vida tenga sentido porque te sale de las narices. Como tú eres muy ordenado, me quieres ordenar a mí y eso no se lo aguanto a nadie.

Se hizo un silencio breve, pero incómodo. De esos silencios que no son descanso, sino espera.

—Has quitado cosas —continuó Rafo—. Cosas importantes. Momentos oscuros de mi vida que quería que contaras. Y tú los has desechado como cuando antes se tiraba una colilla por la ventanilla del coche, hubiera campo o no.

—También he quitado cosas que no le importan a nadie. Lo tengo clarísimo.

—A ti no te importan. A mí sí. Y te debería bastar. El que te dio un anticipo fui yo.

—Otra vez la maldita pasta, joder. Si contáramos todo, el libro tendría tres mil páginas.

—Pues tres mil páginas.

—La editora te mata y no te leería nadie.

—Eso me importa un carajo porque sería mi libro.

—Pero ten en cuenta que, aunque no te guste, la editorial pone un dinero del que le gustaría recuperar algo.

Rafo salió sin decir nada, como siempre, a fumar un cigarro en la calle. Le importó un carajo que yo me quedara con la palabra en la boca. Él quería que ese cigarro estuviera marcando el ritmo de la discusión.

—Siempre la editora, siempre los lectores, siempre el mercado, siempre la estructura. ¿Y yo? ¿Dónde quedo yo?

—Tú estás en todo el libro.

—No. Estoy en tu versión de mí.

Bebí un trago largo de cerveza. Sabía que aquella conversación ya la habíamos tenido otras veces, pero nunca con ese tono. Esta vez Rafo parecía más cansado que enfadado.

—Te voy a decir una cosa —continuó Rafo—. Yo no quería escribir un libro. Yo quería recordar. Los libros, después de los fracasos que he tenido con la poesía, no me importan nada. Quería uno que fuera mío.

—Pues eso estamos haciendo.

—No. Recordar es desordenado. Es injusto. Es caprichoso. Son verdades a medias. Es repetir siempre las mismas historias y olvidar las importantes. Lo que tú haces es otra cosa.

—¿El qué?

—Ponerme un final. Tú quieres liquidarme. Y antes, desaparezco.

Yo no respondí a tal sentencia. Rafo con un gesto lento volvió a coger una aceituna y en esta ocasión la masticó y se la tragó.

—Ves, eso hago yo contigo como me sigas tocando las narices.

—No te comprendo. Hoy estás dispuesto a decir lo que te dé la gana cueste lo que cueste.

—No quiero final —dijo—. Mi vida no tiene final. Tiene interrupciones. Tiene desgracias. Tiene unas comeduras de coco terribles. Tiene mis obsesiones, mis crisis emocionales y mis fracasos.

En ese momento apareció Carmen, la editora, como si alguien la hubiera invocado sin querer. Luego me enteré de que la había citado Rafo. Llegó con una carpeta debajo del brazo y cara de persona que ha tomado una decisión.

—Buenas tardes —dijo—. Veo que ya habéis empezado sin mí.

Se sentó sin pedir permiso, dejó la carpeta sobre la mesa y me miró primero a mí y luego a Rafo.

—Tenemos un problema, Houston.

Rafo levantó las cejas, divertido. Le hizo gracia la forma de entrar en la conversación.

—Siempre hay problemas cuando aparece un editor. El editor es símbolo de problemón. Son expertos en acrecentarlos para arrimar la ascua a su sardina.

—El libro se está pasando de extensión. Y mucho. Habíamos acordado una cosa y tú estás haciendo otra.

—Yo no he acordado nada —respondió enfadado Rafo—. Yo solo cuento mi vida. Mientras decía esto, Carmen sacó un papel firmado por ambos con las condiciones acordadas. Se lo entregó. Rafo ni lo leyó. Su actitud habitual cuando algo le puede sacar los colores.

—Rafo, tienes que entenderlo, tu vida no cabe en ochocientas páginas.

—Pues quitamos páginas.

—Eso es exactamente lo que hay que hacer.

—No. Quitamos páginas en blanco.

Lo único que pude hacer yo fue sonreír ante tal estupidez. Carmen no. Carmen frunció el ceño porque no entendía que hubiera un conflicto en lo ya acordado.

—Además —continuó Rafo—, quiero que el papel no sea reciclado.

—¿Cómo?

—Papel bueno, de gramaje en condiciones. De ese que huele a libro de antes.

—Eso encarece la edición.

—También quiero ilustraciones. Unas quince.

—Esto no es un libro infantil.

—No. Es mi vida. Y mi vida tiene dibujos. Y no me toquéis las narices, que si no me las hace esta persona ―les entregó un papel con un nombre― os jodo el libro.

Carmen cerró la carpeta despacio, como quien se arma de paciencia.

—Rafo, no puedes cambiar todo ahora. Hay un presupuesto, un número de páginas, un calendario…

—Yo llevo toda mi vida sin decidir nada y ahora, que puedo hacerlo, queréis decidir también cómo la cuento.

La frase cayó sobre la mesa como un objeto pesado. Carmen y yo nos miramos sin decir nada.

—Siempre ha sido así —continuó Rafo—. Mis colegios, mis estudios, mis novias, mis horarios… Todo lo decidían otros. Y ahora resulta que tampoco puedo decidir cómo termina mi vida en un libro.

—No es tu vida —dije yo en voz más alta—. Es una novela.

Rafo me miró fijamente.

—Ese es el problema. Que tú crees que es una novela y yo sé que es mi vida. Me estáis jodiendo la tarde.

Nadie habló durante unos segundos. El bar seguía con su ruido normal: vasos, conversaciones, una máquina de café, una cucharilla golpeando un plato. Pero en aquella mesa parecía que todo se había detenido.

Rafo se levantó despacio, cogió el tabaco y el mechero.

—Estoy cansado —dijo—. Muy cansado.

—¿De qué? —le pregunté yo.

—De empezar siempre otra vez. De cambiar de colegio, de amigos, de vida. De empezar siempre otra vez.

Se levantó. Pagó en la barra sin mirar atrás. Carmen y yo seguimos sentados en silencio.

—Se enfadará, pero volverá —dijo Carmen.

Yo no respondí porque me temía lo peor. No había visto a Rafo de ese modo nunca. Pasaron unos minutos. El camarero se acercó con una servilleta doblada.

—Esto lo ha dejado su amigo. Dice que es para usted.

Abrí la servilleta. Había una frase escrita con bolígrafo, con una letra irregular, como si hubiera sido escrita deprisa o con la mano temblando.

La leí despacio. Me quedé quieto. Carmen me miraba sin hablar.

—¿Qué pone? —preguntó al final.

Doblé la servilleta, la guardé en el bolsillo y pedí otra cerveza.

Tardé unos segundos en responder.

—Nada —dije—. No pone nada importante. Pero no era verdad.

En la servilleta Rafo había escrito:

«Siempre creí que mi vida empezaría cuando yo quisiera. Un día me di cuenta de que esa oportunidad ya había pasado».

Miré la puerta del bar por la que Rafo había salido unos minutos antes. Pensé en llamarlo. Pensé en salir a buscarlo. Pensé en llamarlo por teléfono, pero me di cuenta de que había dejado el móvil en la mesa. Lo desbloqueé y vi que había borrado absolutamente todo y que sólo estaba en la lista de teléfonos el mío. Deduje, lleno de perplejidad, que, en esta ocasión, no era lo mismo que en anteriores arrebatos. Pero no hice nada. Estaba bloqueado.

Mientras, Carmen, sin comprender la situación, se marchó después de dejar sobre la mesa los papeles del acuerdo rotos en mil pedazos.

Me quedé sentado, con la cerveza delante, aturdido por el ruido del bar, mientras pensaba que, después de dos años escribiendo su vida, quizá nunca había llegado a conocerlo del todo.

Saqué la servilleta del bolsillo y la volví a leer. Luego abrí el ordenador. Y empecé sin él a escribir el final. 

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CAPÍTULO XXXVII DE ‘HATROZ’.- LOS CATORCE Y ALGO MÁS

El gran acontecimiento de aquellos meses fue el primer guateque. Para Rafo y sus amigos del Calderilla aquello tenía la importancia de una ceremonia de iniciación. No era una simple fiesta: era la confirmación de que estaban dejando atrás la infancia.

Durante los días previos apenas pudo estudiar. Iba del quinto al primero (pisos de la vivienda y la consulta de su padre, respectivamente) con la excusa de consultar una enciclopedia en el despacho de su padre, subiendo y bajando escaleras para alargar un trabajo escolar que le importaba muy poco y una espera que le importaba muchísimo. Su madre creía ver en aquel ir y venir una aplicación desconocida en su hijo. Rafo, en cambio, solo pensaba en la fiesta, en Maite, en cómo moverse, en cómo hablar, en cómo no quedar en ridículo.

Porque esa era una de sus condenas: siempre se sentía el peor vestido, el menos atractivo y el más torpe del grupo. Lo pensaba al ir a una fiesta, al entrar en una clase, al ponerse frente a una chica. Aquella mezcla de vergüenza y deseo lo acompañaba a todas partes.

El guateque se celebró en casa de Juan Carlos, en la calle Daimiel. Era un piso modesto, pequeño, pero abierto siempre a todo el mundo. Rafo nunca olvidó la generosidad de aquella casa ni la simpatía de la madre de su amigo, capaz de improvisar una merienda para seis adolescentes hambrientos.

El salón estaba despejado para bailar y el comediscos presidía la habitación como si fuera un altar. Los singles se amontonaban y la música fue marcando la noche. Pero para Rafo hubo tres canciones que quedaron unidas para siempre al nombre de Maite: Samba pa ti de Santana, Sellado con un beso de Bobby Vinton y El gato que está triste y azul de Roberto Carlos.

La fiesta fue una eternidad y un suspiro. Eternidad cuando Maite reía con otros o bailaba lejos de él. Suspiro cuando la tenía cerca.

Bailaron varias veces. Hubo incluso besos, torpes y nuevos, que Rafo no supo colocar en ningún sitio conocido de su vida. Durante semanas se hizo la misma pregunta sin encontrar respuesta: ¿Estoy realmente saliendo con Maite?

Ella nunca daba una respuesta clara. Cuando él intentaba concretar algo, ella se escabullía con frases ligeras, como si todo aquello perteneciera a un territorio donde las palabras estorbaran.

El guateque terminó con un sabor agridulce. Un chico invitado por uno de la pandilla robó dinero en la casa y aquello acabó con los guateques para siempre. Aquel primer y último guateque quedó así fijado en la memoria de Rafo: felicidad y final al mismo tiempo.

Con el paso de los meses, el grupo empezó a cambiar. Las reuniones perdieron verdad. Cada uno empezó a interpretar un papel. Ya no había confidencias como antes. Las tardes se reducían a jugar al fútbol, sentarse en un banco o escuchar canciones.

Rafo, que siempre había tenido facilidad para desligarse cuando algo le dolía o dejaba de encajarle, empezó a apartarse poco a poco.

La despedida definitiva llegó cuando terminó aquella etapa y sus amigos dieron por hecho que él seguiría con ellos en el Calderón grande. No fue así. En su casa, las decisiones importantes no las tomaba él. Llegaban ya pensadas por los mayores. A Rafo se le comunicó que estudiaría en el Cardenal Cisneros.

Juan Carlos intentó convencerlo para que no se separara del grupo. Maite, mucho más dura, se lo reprochó abiertamente. Entre ellos había quedado una mezcla de malentendidos, orgullo y cobardía que ninguno supo deshacer.

Y así, un día cualquiera del verano, Rafo dejó de verlos. Como le había ocurrido con colegios anteriores, amistades anteriores y etapas anteriores, cortó el hilo y siguió adelante.

El verano en Galicia le sirvió de refugio. Madrid parecía muy lejos. Pero en septiembre, cuando se acercaba el nuevo curso, todavía esperaba una llamada del pasado. No llegó.

El teléfono sonaba para su padre, para su madre, para su hermana, para su primo. Para él, no. El número que Maite había anotado quedó en nada. El grupo se deshizo en silencio.

Entonces empezó el curso en el Cardenal Cisneros.

Lo primero que lo impresionó fue la lista de apellidos en el tablón. Había nombres sonoros, familias importantes, historias de dinero y prestigio. Un compañero le fue explicando quién era hijo de quién. Rafo escuchaba con una mezcla de asombro y complejo antiguo, aunque pronto descubriría que también había chicos normales y familias trabajadoras.

Y allí, en el primer curso, de manera inesperada, conoció a una chica de nombre Ana. Imposible, inaccesible e inabordable. Un sueño. Una ilusión. Machacó, noche tras noche, los versos del maldito Bécquer.

La vio el primer día de clase y tuvo la sensación absurda de haberla visto ya alguna vez. Se acercó a preguntarle una tontería del comienzo de curso y ella sonrió:

—Tú espera y verás.

Aquella frase lo dejó temblando.

Días después, Ana lo llamó por teléfono para preguntarle una duda del curso. Bastó eso para que no durmiera en toda la noche. Al día siguiente la buscó con la mirada, pero no se atrevió a acercarse. Una vez más, quiso avanzar y no avanzó. Quiso hablar y no habló. La has cagado, amigo, le dijo Luis, su compañero desde el primer día. No está hecha la miel para la boca del asno, le sentenció.

Se dio cuenta entonces de que su vida empezaba a llenarse de momentos en los que no hacía lo que quería hacer. Y esa sensación, sin saberlo todavía, lo acompañaría durante muchos años. 

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CAPÍTULO XXXVI DE ‘HATROZ’.- LOS CATORCE

Rafo llevaba días pensando en mandar a paseo al narrador. Es decir, a mí. Decía que le corregía demasiado, que cambiaba sus palabras, que le quitaba la improvisación a sus recuerdos. Yo sostenía que solo intentaba poner orden en aquel caos para que los lectores no se perdieran. Discutíamos cada vez más a menudo, como si uno no pudiera existir sin el otro.

—Yo soy el que cuenta mi vida —decía Rafo—. Tú solo escribes.

—Yo escribo para que te entiendan —respondía yo—. Si fuera por ti, empezarías una historia por el final y la acabarías en la mitad.

Aquel día, después de fumar un cigarro en la calle y volver más tranquilo, Rafo anunció que iban a dar un salto en el tiempo.

—Vamos a los catorce años. Ahí empezó todo.

Y yo empecé a escribir.

Rafo tenía catorce años y estaba intranquilo. Sus padres esperaban que el nuevo instituto fuera el lugar donde por fin enderezara su rumbo. Aquella mañana desayunaba un tazón de leche con Cola Cao y unas magdalenas mientras pensaba en el nuevo centro, en los recreos, en los compañeros, en el miedo a volver a empezar otra vez.

Ya había pasado por varios colegios y en ninguno había encajado del todo. Recordaba especialmente el primero, donde los profesores le obligaban a escribir con la mano derecha porque la izquierda no era la correcta. Le sujetaban la mano izquierda en la espalda mientras escribía. Años después, cuando lo contaba Rafo, la gente no entendía esos métodos, pero en aquellos años era normal y nadie lo discutía.

En el otro colegio, el profesor de gimnasia, un excampeón de España, le llamaba siempre timorato, miedoso, infantil. Rafo buscó la primera palabra en el diccionario cuando llegó a casa y no le gustó nada. Él no se consideraba cobarde, simplemente no servía para subir cuerdas ni hacer proezas físicas. Pero aquella palabra se le quedó clavada durante años como una etiqueta injusta.

Al final también tuvo que dejar ese colegio. Oficialmente porque no encajaba académicamente; en realidad, también porque la subida de cuotas hacía imposible que su familia pudiera seguir pagándolo. Se fue sin amigos y con la sensación de ser siempre el que no encajaba en ningún sitio.

Por eso el nuevo centro, un instituto, era otra oportunidad.

Su padre lo llevó en un Seat 127 hasta el Calderilla ―así fue bautizado posteriormente―. El edificio era pequeño y modesto, pero el director los recibió en la puerta como si fueran importantes. Aquello le gustó mucho a su padre y tranquilizó a Rafo.

Entró en clase acompañado por el director y lo sentaron junto a un chico llamado Serafín. El día pasó sin sobresaltos. Respondió bien a un par de preguntas y nadie se metió con él. Para Rafo, aquello ya era un éxito.

Pero lo importante ocurrió al salir del instituto.

Cuando se dirigía a la parada del autobús, oyó que alguien gritaba su apellido. Un grupo de compañeros estaba sentado en un banco cerca del río Manzanares y le hicieron señas para que se acercara. Dudó. Había chicas. Eso lo puso todavía más nervioso.

—Quédate con nosotros, queremos conocerte —le dijeron.

Rafo se disculpó torpemente diciendo que tenía que irse, que otro día se quedaría, que tenía que pedir permiso a sus padres. Se fue al autobús pensando en qué excusa inventar para poder quedarse con ellos al día siguiente. Finalmente dijo en casa que querían jugar un partido en el patio del colegio y sus padres le dieron permiso, pero con advertencias muy claras: como incumpliera algo, se acababan «ciertas libertades».

Al día siguiente se quedó con el grupo en el banco. Allí cantaban canciones, alguno tocaba la guitarra, algunos fumaban y todos parecían moverse con una naturalidad que él no tenía. No hablaban de los coches de sus padres ni de casas en la sierra. El ambiente era distinto, más sencillo, más real.

En un momento, uno de ellos le ofreció un cigarro. Todas las miradas se clavaron en él. Sabía que aquello era una especie de prueba de entrada al grupo. Lo cogió con torpeza, temblando, y dio una calada que casi le hace toser. Pero aguantó. Había superado la prueba.

Miró el reloj. Tenía que irse. No sabía cómo despedirse. Entonces una chica llamada Maite le dijo que si quería lo acompañaba a la parada del autobús. La parada estaba a dos minutos, pero ese fue el paseo más largo y más corto de su vida al mismo tiempo.

Fue la primera vez que Rafo sintió algo distinto al mirar a una chica. Caminaban en silencio, rozándose las manos sin querer. Cada roce era como una descarga eléctrica. Ninguno decía nada porque no sabían qué decir, pero los dos querían que el camino no terminara nunca.

El autobús llegó demasiado pronto. Subió torpemente y apenas pudo despedirse. Desde dentro intentó verla otra vez, pero el autobús arrancó y desapareció.

Durante todo el trayecto, durante la merienda, durante la cena y durante la noche, Rafo no pudo dejar de pensar en la mirada de Maite. Algo había cambiado dentro de él.

Al llegar a casa dijo que iba a estudiar y se encerró en su habitación. Intentó abrir el libro que estaba leyendo, pero no podía concentrarse. Solo pensaba en lo que había pasado aquella tarde. En la mirada. En las manos. En el paseo. En el autobús.

Cogió un papel e intentó escribir algo. No sabía muy bien qué. Estaba nervioso, desordenado, lleno de ideas que no sabía cómo poner en palabras. Escribió unas frases, las tachó, volvió a empezar y al final lo dejó.

Guardó el papel en el doble fondo de un cajón de su escritorio, como había leído que hacía un personaje de una novela que escondía cartas de amor.

Apagó la luz, se tumbó en la cama y se quedó mirando al techo. No sabía exactamente qué le estaba pasando, pero tenía la sensación de que aquel día, sin que nadie se lo hubiera explicado, había empezado a hacerse mayor. 

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CAPÍTULO XXXV DE ‘HATROZ’.- PAELLITA

Ahora que lo voy conociendo día a día, Rafo es un tipo peculiar. Como decía Lina Morgan, es un hombre de taitantos años tranquilo, pausado y moderado externamente; sin embargo, en su fuero interno, es un hombre lleno de titubeos, cavilaciones y firmes incertidumbres. Muy aseado en el aspecto externo, del todo preocupado por el vestir, pero muy inseguro a la hora de decidir qué estilo de ropa adoptar. Es generoso, testarudo y con un pronto arrebatado que le lleva a tener que pedir disculpas en numerosas ocasiones, hecho que no le cuesta lo más mínimo.

No quiere contarme sus complejos físicos y psíquicos, que los hay en abundancia, asegura. Sonriendo, me dice que, como las meigas en Galicia, que «habelos, hainos». Algunos se dejan ver con demasiada claridad ―hablaré de ellos con cabal libertad cuando los perciba nítidamente― y otros laten escondidos en su interior como el secreto del confesionario. Volcado en su trabajo de profesor y en su familia, es muy consciente de que la primera faceta está llegando a su fin y de que en la segunda estará hasta que Dios quiera, como decía su padre.

Desde muy joven, preocupado por el aspecto externo de su físico y de su indumentaria. Él, quizá por herencia materna, siempre tiene en la boca ―lo decía de continuo su madre― este dicho, no sé si conocido o no: los jóvenes se arreglan para gustar y los mayores para no asustar.

Su madre, cuando estaba poseída por esa nube negra de la depresión, decía que era una enfermedad que no mataba, pero que no dejaba vivir. Por tal motivo, no es que cayera en el desaliño, eso nunca, jamás, muy presumida fue hasta su final, pero esa alegría que proyectaba cuando se veía favorecida en el espejo sucumbía estrepitosamente y daba paso a un arreglo en el que se podía leer que su estado anímico estaba poseído por una total y destructiva postración y sin fuerza alguna para pensar en un mayor acicalamiento.

Rafo, por lo tanto, heredero directo de su madre en este aspecto, cuando iba a la universidad, siempre condicionada su ropa por el presupuesto familiar, intentaba no asustar y sí gustar. No podía tener queja alguna, pues le compraban todo lo que pedía, aunque en contadas ocasiones eran sucedáneos de las marcas originales.

No quedaba otra opción. Perfectamente aleccionado por su madre, la colonia de Agua Brava lo acompañaba en todo momento, ya fuera para ir a por el pan como para asistir a la cita de fin de semana más deseada. Fue sustituida años después por Hugo Boss, a quien guarda una fidelidad absoluta. Por ejemplo, cuando iba a una fiesta, siempre pensaba que iba mal vestido y que era el que peor aspecto físico tenía. Bromeaba con el Quasimodo de Nuestra Señora de París por los tubérculos que tenía este en la cara. Este afán de infravalorarse, según los demás, ha perdurado en los años. Lo retomaremos más adelante.

En este punto me contó, sonriendo con cierta vergüenza, cómo le tuvieron que convencer a los nueve años, cuando la realidad de los Reyes Magos aún no había aflorado en todo su esplendor, que para que su padre sacara dinero del banco primero tenía que haberlo depositado en la cuenta que tenía abierta a su nombre. Con una testaruda rotundidad, basada en la ignorancia más exacerbada y exasperante, afirmaba que no, que su padre entraba en el banco sin dinero y que salía con el que él quería. Pues esa generosidad bancaria en la que Rafo creía de niño, años más tarde, por su experiencia laboral, la convirtió en un «pirañeo» absoluto.

Pasados los veinte años habitaba con Rafo un repulsivo acné. Como decía Lope de Vega, quien lo probó lo sabe. No era un acné común. Eran como imponentes vesubios que, en el momento más inoportuno, culminaban en una ulcerante redondez que vomitaba sin contención un asqueroso y sanguinolento pus. No hay casi fotos de Rafo en esa etapa de su vida. O son unas pocas que lo mismo él no controlaba. No soportaba salir de ese modo. Sus amigos dicen hoy en día que no lo recuerdan así, que todo es fruto de un calenturiento recuerdo de cinco o seis granos.

―Algo tendrían mis vesubios que, cuando mi padre me llevó a un dermatólogo amigo y compañero de carrera, este me pidió permiso para hacerme unas fotos de mi rostro y de ese modo incorporarlas a un minucioso estudio que estaban realizando en el hospital donde él trabajaba. Esto me acomplejó durante años. Yo, como ejemplo acneico en un manual de dermatología, tremendo.

Lo normal del acné es que brote en la adolescencia, no cuando ya están bien entrados los veinte años. En ocasiones, evitaba ir por la tarde a clase a la universidad ―si a mí me asqueaban los granos, qué no sentirían los que estaban frente a ellos― y me iba, solo, al cine Ventas a una triple sesión de películas. Hoy en día me arrepiento muchísimo de aquellas pellas, pero me dolía enormemente la cara y no de ser tan guapo, como dice la canción, no.

Esta pequeña exposición requería un silencio absoluto y una fijación extrema en sus ojos que se clavaban en mí despiadadamente. Quería transmitirme la zozobra que sentía en aquellos tiempos, desazón que nadie de la familia entendía, pues cualquier tema relacionado con su acné era infravalorado despiadadamente.

―Mira, mira, mira mi cara. Yo no tengo granos. Yo tengo mil arrugas como surcos para sembrar. Lo tuyo es síntoma de juventud, lo mío de vejez decrépita y achacosa. ¡Divina juventud, te vas para no volver!, decía Rubén Darío. Pues eso, que disfrutes de los granos… ¡¡¡Eso es juventud!!!

Y se quedaba imperturbable mi tío saboreando un cigarro sin filtro. Yo sentía el acné como un estigma facial que me hacía deambular de dermatólogo en dermatólogo. Me sentía ninguneado, porque nadie hacía caso de las dagas psicológicas, junto con otros motivos personales, que se estaban clavando con dolor cenital en mi espíritu. El último, ya a la desesperada, al ver mi bajísima autoestima, me aconsejó que fuera a un psicólogo y me recetó el famoso Roacután, que me alivió en gran medida, al cabo de unos meses, aunque tuviera como efectos secundarios una permanente rojez de piel, una sequedad casi absoluta de las mucosas y una hipersensibilidad a los cambios de temperatura.

Los dos, sentados frente a frente, con dos cervezas a medio consumir, estábamos en el punto álgido del día. Rafo no permitía la más mínima interrupción, pues aún ahora recuerda con tristeza ese pesaroso episodio forunculero que se prolongó durante varios años, los vitales de la juventud y de la primera madurez.

Me cuenta que un día que iba andando desde Moncloa a la facultad de Filología ―prefería la soledad de la avenida de la Complutense al bullicio de los autobuses universitarios― se encontró de frente con Asunción, una compañera que lo llevaba observando con insistencia los últimos días en la asignatura de Literatura gallega. Él, tardo y convencido de que no era digno de su atención, evitaba siempre esa mirada, ya que algo había en esa mujer que le perturbaba notablemente y le hacía escribir de noche versos tórridos y desnudos.

―Hola, Rafo. ¿Ya no vas a Literatura gallega? Mira que es difícil verte. Te vendes caro, ¿eh? Y, según Rafo, mientras le decía esto le clavó los ojos en el lateral izquierdo de la nariz donde habitaba un grano similar al volcán Etna.

―Llevo unos días regular y no he salido de casa, decía cabizbajo mientras pisaba reiteradamente el suelo con unos botos camperos ya muy trillados, como le gustaban a él.

―Pero… ¿Qué te pasa, tío? Yo te veo muy bien. Estás de puta madre. Ya me contarás … No sé… ¡No hay quién te entienda!

A Rafo no le atrajo siquiera el libro que sobresalía de su bolso. Llevaba persiguiéndolo desde que Rosalía de Castro y aquel profesor de Lengua lo sumergieron en la lengua gallega.

―Creo que se ve a la legua cuál es mi problema. Silencio. Rafo sentía un palpitante latido en esa zona que le bloqueaba la capacidad de hablar.

―¿Te puedo dar un beso?

Rafo, aturdido, no sabía qué decir. Dudó. Bajó la mirada, sacó un cigarro y se lo ofreció a Asun. Esta lo rechazó con absoluta normalidad, le cogió la cara con las dos manos y le dio un beso… en el grano.

―No seas, imbécil, tía. Que me da un asco terrible. ¿No ves que es repugnante?

―¡Me importa un huevo! ¿Ha sido por esto por lo que no has salido de tu casa en estos días? ¡El imbécil eres tú! ¡Te crees el centro del mundo y la gente pasa de ti! ¿No ves que a mí me importan un huevo tus granos? Me gustas tú y punto. Pero ya veo que no es recíproco.

Rafo se machacaba los padrastros de las uñas. Era incapaz de decirle que lo volvía loco, que tenía una espontaneidad natural apasionante, que el tiempo se paraba a su lado y que haría lo que fuera con tal de que no se marchara y pudieran tomar un café. Rafo no hablaba. La desesperación de Asun fue en aumento. Recortó un trozo de papel de sus apuntes, escribió su teléfono y se lo entregó decidida.

―Toma, tío, cuando te apetezca y salgas de tu imbecilidad, me llamas. O si quieres, tira el papel por el váter de tu casa. Me trae sin cuidado. Le dio un beso en la mejilla y retomó su camino en dirección a Moncloa.

Rafo, inmóvil como una estatua, ni giró la cabeza. Se dio cuenta de que había tenido una oportunidad impagable. El papel con el teléfono en la mano derecha, húmedo por el sudor, lo guardó en el bolsillo del pantalón. (Luego me enteré de que el vaquero lo echó a lavar y allá se fue el teléfono).

En los días siguientes, en Literatura gallega, Rafo observaba con tanto detenimiento como tristeza a todos sus compañeros. Asun no aparecía. Parecía que se la había tragado la tierra. Cuando le preguntó por ella a la profesora de la asignatura, esta le dijo que no era alumna, que estaba terminando el doctorado y que iba camino de Lugo para culminar su tesis sobre Aquilino Iglesia Alvariño y su etapa de catedrático de Latín en un instituto de esa ciudad.

Y, en un principio, parece que allí terminó todo. Hay almas que tienen / azules luceros, / mañanas marchitas / entre hojas del tiempo, / y castos rincones / que guardan un viejo / rumor de nostalgias / y sueños. (Federico García Lorca). 

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CAPÍTULO XXXIV DE ‘HATROZ’.- LOS TRES PRIMOS

Por aquellos tiempos de la infancia los tres primos éramos inseparables. Rosa, Jorge y yo formábamos una piña inexpugnable. Parece una expresión de matices bélicos un tanto exagerada, pero era así.

Nuestro día a día se había convertido en un continuo tobogán de aventuras ―infantiles, evidentemente― en las que nos sentíamos actores de una función polifacética. Unos días navegábamos por las procelosas aguas del pilón de lavar la ropa en unos rudimentarios barcos construidos con pequeños trozos de madera; otros, nos convertíamos en expertos detectives que, en la investigación de un indescifrable asesinato, escudriñábamos en los ocultos recovecos de la casa familiar las pistas que nos permitieran revelar un determinado enigma escogido de un vistoso abanico de posibilidades; y los menos, buscábamos escondrijos donde poder pasar horas y horas a expensas de la familia en un afán desmedido de libertad y osada desenvoltura. «Aquí nadie nos puede decir: esto está prohibido», decíamos en un ritual de raigambre atávica mientras nos atiborrábamos de unas galletas de nata capturadas al «enemigo» en una acción que parecía diseñada por el más alto experto en estrategia militar.

Nuestro mundo era una burbuja. Apenas conocíamos a los vecinos y muy pocas veces salíamos de los límites de la finca. No necesitábamos el exterior para disfrutar de los placenteros veranos. Nuestro reducto familiar era lo suficientemente grande para explayarnos en infinitas andanzas peligrosas. O así las calificábamos nosotros en aquel tiempo.

Del exterior siempre nos preguntábamos lo mismo. ¿Por qué nuestros vecinos no salían nunca de su casa? Nuestros padres nos decían, en un alarde timorato de confesión, ―debían pensar que nos asustaríamos y no dormiríamos de noche― que ellos eran muy especiales, que no podían salir porque estaban poseídos por una fuerza mayor que eran incapaces de controlar. Y ahí se callaban. No nos contaban más. Está claro que ese misterio alimentaba nuestra curiosidad. En más de una ocasión acordamos indagar esta peculiaridad vecinal. Pero, no sé si el miedo a lo desconocido o el interés por otros acontecimientos, la cuestión de los adyacentes pasaba a cuarto plano. En nuestro retiro «arcádico» nos preguntábamos constantemente cómo puede ser que unas personas no salieran de su casa ni para ir a trabajar. Nos preguntábamos que no podía ser verdad. Un primo mayor, que era un paladín de lo herméticamente enigmático, nos contaba a escondidas de los mayores que eran vampiros. Nosotros temblábamos con sólo pensar en esa posibilidad. Él lo argumentaba diciéndonos que en una ocasión los tuvo tan cerca que pudo contemplar su blanca y casi pálida piel. No pueden ser otra cosa, sentenciaba. Y nos dejaba exhaustos por el miedo y boquiabiertos.

En estos quehaceres impúberes pasábamos los días de aquellos veranos inacabables, y, por tanto, agotadores.

El único acontecimiento que rompió nuestra monótona pero placentera distracción por aquellos años fue mi Primera Comunión. Bueno, nuestra; porque Jorge y yo la hicimos el mismo domingo del mes de agosto.

No mencionaré la fecha exacta por esa especie de recato impúdico que me tiene subyugado desde hace unos años. Pienso que es una deshonesta obscenidad vociferar las fechas exactas de algunos acontecimientos. Por eso, debemos hablar de los más que avanzados años 60, casi finiquitados, cuando nuestras familias decidieron que Jorge y yo recibiéramos la Primera Comunión en la pequeña capilla familiar de La Peregrina el día de la patrona de la comarca, la virgen de homónimo nombre al de la finca.

Recuerdo de forma vaga y bastante difusa los mil preparativos, y alguno más, que mi madre estuvo esbozando durante meses. El traje de marinero era algo innegociable, aunque yo me sintiera como un grumete de baja condición. Me sentía avergonzado por llevar puesto una prenda que, en mi pacato discurrir, solo les correspondía a verdaderos héroes marineros. Lo que sentía era una mezcla de sonrojo y vanagloria por emular durante unas horas a los más altos titanes de las epopeyas marinas.

Todo transcurría como se había programado. La ropa, como he dicho, perfectamente diseñada. La cruz pectoral, en la mente de mi padrino, para que yo pudiera hacer gala de ella en las fotos que nos iban a hacer de modo casi cinematográfico. El flequillo, controlado minuciosamente por mi madre. No había día que no me hiciera peinarme exactamente como lo llevaría día tan señalado. Lo retocaba con perfeccionista laboriosidad. No podía ser que me inmortalizaran esquilado como una oveja. Los zapatos, dolorosos como si fueran los de la mili y más rígidos que los que vendían a precio moderado Los Guerrilleros en plena Puerta del Sol. Y la problemática cuestión del aseo perfectamente controlada. No pasó un día en el cual, a la hora del baño, tarea que realizábamos de manera poco concienzuda, nuestras madres ―la de Jorge y la mía― entraban intempestivamente en el cuarto de baño para controlar con rigurosa meticulosidad las orejas, los pies y las rodillas, entre otras partes más que propensas a ir almacenando, como decían ellas, «kilos de suciedad».

Ahora, con el devenir de los años, recuerdo que aquellos días que precedieron a nuestro tercer sacramentar fueron un torbellino de apercibimientos, exigencias y enseñanzas. Del primer sacramentar (bautismo) no tengo el menor recuerdo, pues se llevó a cabo apenas nacido, y el segundo (confesión y penitencia) lo experimenté con un nerviosismo tan extraordinario que me resulta imposible hoy recordar la expiación que me impusieron.

Entre apercibimientos, exigencias y enseñanzas por parte de los mayores de la casa, nuestras vidas transcurrían en un rocambolesco afán de guardar en el más alto de los secretos nuestras empresas de divertimento. Por aquellos días era muy difícil, pues casi de forma preceptuada y cronometrada, éramos requeridos por nuestros padres cada pocos minutos, para ver si seguíamos en perfecto estado de «conservación». Se temían lo peor. Los niños están hechos de la piel del diablo, decía una autoridad eclesiástica. Mi buen padre hablaba de la inocencia infantil y que era imposible presuponer mala intención en nuestras acciones, aunque éstas fueran lo más descabellado del planeta tierra. Deje, deje, que no sería el primer rapaz que tiene que retrasar la recepción de la sangre y el cuerpo de Jesucristo porque de modo horrendo y siniestro ha actuado contra la Santa Madre Iglesia. Mi padre no estaba de acuerdo con tan severa presunción, pero de modo educado y reverente callaba ante las reiteradas admoniciones de tan querido sacerdote.

Y llegó la víspera de tan señalado día. Jorge y yo estábamos muy nerviosos. Casi no pudimos pegar ojo. Todo era un permanente contencioso con nuestros padres. No recuerdo el sinfín de avisos, consejos y prevenciones. No os subáis a los árboles, no os tiréis con el patín por la verja, no juguéis al fútbol. ¡Uf! Menos mal que mañana se acaba todo, nos confesábamos los tres. Como esto dure más, tenemos que emigrar a América. Sin entender muy bien esta frase, la repetíamos constantemente. Era una muletilla que un tío mío, cuando se enfadaba con sus hermanas, soltaba abruptamente. Con ella lograba «animar» el ambiente que reinaba en las comidas.

Sábado. Seis de la tarde. En día tan señalado llegó nuestro juego recientemente descubierto: hacer de peluqueros. En nuestro escondite de la puerta del bosque, nos dispusimos a practicar lo que hacía nuestro entrañable Gabino cada cierto tiempo. No recuerdo exactamente quién fue el que empezó con dicha labor. Lo que sí sé es que nadie tuvo la culpa y los tres cometimos el delito. Con inusitado interés y no menos desacertada impericia nos enfrascamos Rosa, Jorge y yo en un interminable rasurado capilar. El resultado fue calamitoso: mi adorado flequillo se había convertido en una irregular colección de pelos desmadejados y enloquecidos sobre una frente que se dejaba ver ostensiblemente. Todo ocurrió precipitadamente. Ninguno fuimos consciente de la tropelía que estábamos ejecutando. El mundo cambió radicalmente para los tres. Minutos antes mi madre había estado presumiendo del tupido y rectilíneo tupé que había diseñado sobre mi casta y tersa frente.

Las voces se oyeron hasta en Compostela. La desesperación y el enojo se concentraron en mis padres, especialmente en mi madre. Toda mi labor de meses me la has tirado a la basura, y además con tu hermana en la cama por apendicitis, lamentaba mientras se dejaba caer con una creciente resignación en una silla. La indignación en su rostro era visible. Hay que sobreponerse, le dijo mi padre.

La Primera Comunión se celebró ceremoniosamente. Mi madre se encargó de contar a todo el mundo la «desfeita» (desastre, en gallego) cuando le preguntaban por la extraña desaparición de mi flequillo y la presencia de un sorpresivo peinado con una inusitada cantidad de laca. A mi primo Jorge apenas se le notó, ya que tenía ―y tiene― un pelo rizado que ocultó muy bien los trasquilones. Y a mi prima Rosa su madre le pudo disfrazar con harta paciencia los tijeretazos sufridos en su femenina melena.

No hay fotos mías de dicho acontecimiento. Me las hicieron en Madrid en el mes de noviembre. Un día que estaba en la cama con un fiebrón escandaloso. Yo no quería, pero mi madre me conminó a ello. Me levanté sin rechistar. Mi querida madre me dijo por lo bajini que sonriera como si en aquel momento hubiera recibido por primera vez la sagrada forma. Cierto es que cuando ahora contemplo esas fotos observo en mí cierto gesto de vejez prematura.

Cuando en la siesta de día tan especial parecía que todo se iba normalizando llegó la puntilla. Los mayores, después de un copioso y suculento almuerzo, dando cabezadas sonoras y estridentes; los jóvenes, desperdigados por la finca, maquinando la correspondiente salida nocturna. Y los tres pequeños sin dejarnos ver. Todos preocupadísimos porque no aparecíamos por ningún lado los primos protagonistas de esta historieta. Después de una concienzuda búsqueda nos encontraron al pie de un cruceiro que había en la finca tumbados y medio somnolientos. ¿Qué hacéis ahí?, bramó alguien. Cuando vieron entre nuestros tres cuerpos la colilla de un puro habano se dieron cuenta de que nos habíamos cogido una melopea descomunal al fumarnos, tras habérselo robado a mi tío, un puro que le habían regalado en un día tan señalado. Fue el remate de la fiesta. 

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CAPÍTULO XXXIII DE HATROZ: RAFO Y YO

La tercera cerveza llegó cuando el bar estaba en plena ebullición: conversaciones ajenas casi a voz en grito, risas, apuestas de a quién le tocaba pagar, el poseedor del fondo común racaneaba con arte taurina, tortillas de patas, raciones de jamón, vasos chocando y sillas y mesas arrastrándose sobre el suelo para juntarlas… El camarero quería bajar media persiana para que la gente entendiera que llegaba la hora del cierre, pero la calle, detrás de los cristales empañados del bar, no respondía: seguía entrando gente que, haciendo fuerza para subir la persiana, se sumaba a grupos que ya estaban en pleno jolgorio. El cartel de que cerraba a las 12 de la noche, junto al cartelón de las raciones que ofrecían, era ignorado con todo descaro.

Las aceitunas seguían en medio de la mesa como pequeñas balas verdes. Rafo jugueteaba con una de ellas atravesándola con el palillo y así comprobar la dureza de las mismas después de varios días en la nevera.

Yo, sentado frente a él, lo observaba con rigor fotográfico. Cada gesto, cada movimiento de las manos, con especial atención la manía de recolocar veinte veces el teléfono, el tarjetero y el tabaco. Era como observar esa parte de mí que todavía insistía en llamarse Rafo como si el nombre pudiera ordenar mi vida.

Tenía los ojos cansados. No cansados físicamente. Era otra cosa. El agotamiento de quien ha pasado demasiados años interpretándose a sí mismo.

Bebió un trago largo de la caña y después habló sin mirarme.

—Lo que más me irrita de ti es tu manera de simplificarme. Me conviertes en una especie de caso clínico con pretensiones literarias. «Rafo, el egoísta funcional». «Rafo, el hombre que convirtió la enseñanza en refugio emocional». «Rafo, el seductor incapaz de sostener el amor». Todo muy limpio, muy bien ordenado, muy inteligente. Pero mi vida no fue así.

Me incliné hacia delante.

—Explícame entonces cómo fue.

Rafo soltó una risa breve, como si fuera de una marioneta.

—Eso haces siempre. Me provocas para que yo hable y luego tú recoges las frases como un ladrón elegante. Y me traicionas, porque manipulas lo que yo te pido que escribas. Tú no creas nada. Parasitas. Eres un mierda.

—No exageres.

—¿Que no? Mira dónde estamos. En un bar mediocre, con aceitunas de supermercado y cerveza caliente, discutiendo quién escribe un libro que en el fondo solo existe porque tú necesitas justificarme y yo necesito sobrevivirme. Esa es la verdad.

Cogió otra aceituna y la mordió lentamente. La cara de repulsión fue evidente.

—¿Sabes qué ocurre contigo? —continuó—. Que tienes la obscena comodidad de la lucidez retrospectiva. Tú apareces cuando todo ha terminado. Cuando las mujeres ya se han ido, cuando los errores ya son irreversibles, cuando las palabras pueden ordenarse. Pero yo estaba dentro del incendio. Yo era el incendio. Y yo no quiero que ordenes mi vida. Acordamos un libro al ritmo de mi vida.

—Bonita frase. Pero es normal que yo desee ordenar debidamente tus relatos. En caso contrario, no hay editor que lo quiera. Tengo que mirar por tus intereses.

Rafo sonrió con desprecio.

—¿Ves? Eso mismo. No puedes evitarlo. Todo lo conviertes en literatura porque te aterra admitir que mi vida real fue muchísimo más vulgar.

Se quedó callado unos segundos. Luego añadió, más despacio:

—La mayor parte del tiempo no era un hombre complejo. Era simplemente un hombre asustado, tímido y enmadrado.

El ventilador del techo giraba lentamente sobre nosotros, removiendo el humo y el olor a fritura de refritos. El camarero secaba vasos detrás de la barra con una lentitud resignada. Veía que llegaban las 12 y nadie se iba.

Yo bebí antes de responder.

—No estabas asustado. Estabas cómodo. En esa famosa zona de confort que se han inventado los psicólogos y que tú llevas al pie de la letra.

Rafo levantó la cabeza.

—No confundas ambas cosas.

—Las confundo porque en ti eran idénticas. Convertiste la comodidad en una filosofía de vida. Tu aula, tus libros, tus rutinas, tus alumnos adorándote, las conversaciones en los pasillos, los ligues de tres días… Todo eso te protegía de cualquier posibilidad real de fracaso íntimo.

—¿Fracaso íntimo?

—Sí. La convivencia. El compromiso. La permanencia. Que alguien te vea de verdad durante demasiado tiempo. A ti, que no sea de tu familia, no te ha visto 24 horas completas. Sin separaciones.

Rafo dejó el vaso sobre la mesa. Esta vez no hubo brusquedad. Solo cansancio.

—Hablas como si yo hubiese sido un monstruo.

—No. Los monstruos suelen ser más simples. Tú eras peor: eras encantador.

Rafo soltó una carcajada seca.

—Ah, maravilloso. Ahora soy un villano sofisticado.

—No estoy bromeando. La gente soporta muchísimo a los hombres encantadores. Les perdona cosas imperdonables porque saben escuchar, porque citan poemas, porque parecen vulnerables. Tú aprendiste eso muy pronto.

Su expresión cambió apenas. Una pequeña sombra. Había acertado.

—¿Y sabes qué es lo verdaderamente miserable? —seguí—. Que ni siquiera mentías del todo. Cuando amabas a alguien, en ese instante, lo sentías de verdad. El problema era que solo sabías amar dentro de tu propia intensidad momentánea. Después desaparecías emocionalmente, aunque siguieras físicamente allí.

Rafo me observó fijamente. Con la dedicación de un científico que maneja un microscopio de última generación. Como si quisiera descubrir hasta dónde llegaba mi crueldad.

—Te encanta hablar así —dijo al fin—. Te excita moralmente. Diseccionarme. Convertirme en un mecanismo. Pero nunca hablas de lo otro.

—¿Qué otro?

—La soledad.

No respondí.

Rafo continuó hablando, ahora más despacio, casi sin ironía.

—Treinta y siete años entrando en aulas. Treinta y siete años oyendo voces adolescentes, corrigiendo exámenes buenos y malos, preparando clases que a veces salían bien y a veces eran boicoteadas por alumnos irredentos. Treinta y siete años viendo pasar generaciones enteras mientras yo seguía allí, envejeciendo poco a poco delante de chicos que cada septiembre tenían diecisiete años otra vez. ¿Tú sabes lo que hace eso con una persona?

Bebió el final de la cerveza. Pidió otra.

No aparté la mirada. No dejé de observar el brillo de los ojos. Estaban humedecidos. Y se calló porque le flojeaba la voz. Dejó pasar unos segundos para recuperarse.

—Al principio crees que enseñas literatura. Luego descubres que en realidad enseñas entusiasmo. Después entiendes algo peor: que necesitas ese entusiasmo porque fuera del aula tu vida empieza a parecerte mediocre.

El bar quedó en silencio alrededor de su voz. Estaban escuchando la confesión de un profesor jubilado herido por la soledad. Incluso las conversaciones lejanas parecían haberse apagado.

—Los alumnos me admiraban —dijo—. Y eso era peligrosísimo. Porque yo también terminé admirando la versión de mí mismo que aparecía allí dentro. El profesor brillante. El tipo ingenioso. El hombre que siempre tenía una respuesta, una cita, una reflexión. Pero llegaba a casa… y el silencio era otra cosa. Ahí ya no había aplausos invisibles. Ahí solo estaba yo con mis padres y mi hermana y, en los últimos años, solos mi hermana y yo.

Levantó la cerveza hacia la luz. La espuma había desaparecido.

—Y yo conmigo mismo soy insoportable. Me castigo con más dureza que me castigaba don… Me callaré el nombre porque no me acuerdo. Ja. Pero me ataba la mano izquierda a la espalda porque no escribía con la diestra. Y… ahora…

La frase quedó suspendida.

Yo apoyé los codos sobre la mesa.

—Por eso fracasabas con las mujeres.

Rafo sonrió sin alegría.

—No. Fracasé y fracaso porque nunca aprendí a dejar de mirarme mientras amaba.

Sentí algo parecido a una punzada. Porque esa vez no había cinismo. Ni defensa. Solo una claridad brutal.

Rafo siguió hablando.

—Siempre había una parte de mí observándose desde fuera. Incluso en los momentos felices. Pensaba: «Mira qué bien estás haciendo de hombre enamorado». ¿Entiendes la enfermedad? Nunca conseguía desaparecer del todo dentro de la vida. Siempre había una conciencia teatralizándolo todo.

—Eso soy yo —dije.

—No. Tú eres el residuo que dejó eso. Esta frase la pronunció con un desprecio hiriente.

Nos quedamos callados. Yo, con ganas de soltarle un bofetón.

El camarero encendió otra luz más tenue cerca de la barra. El bar empezó a adquirir ese aire melancólico de los sitios que saben que pronto cerrarán.

Rafo salió a fumar un cigarro y regresó con toda rapidez.

—Y aun así tuve momentos felices.

—Claro.

—No lo dices convencido.

—Porque tus momentos felices duraban exactamente lo que tardabas en volver a pensar en ti mismo.

Rafo soltó una risa amarga.

—Puede ser. Pero al menos yo viví esos momentos. Tú no. Tú eres la autopsia de mi pasado.

La frase me golpeó más de lo que esperaba. Él lo notó.

Y por primera vez sonrió de verdad.

—Ahí está —murmuró—. Ahí apareces tú. El narrador herido. El alter ego susceptible. El juez que se enfada cuando el acusado empieza a describirlo también.

Me incliné hacia él.

—Escúchame bien. Si este libro existe es porque alguien tiene que decir la verdad sobre ti.

—¿La verdad? ¿Cuál? ¿La tuya? Porque también eres un manipulador. Tomas mis recuerdos y los editas. Exageras ciertas miserias, suavizas otras, eliminas lo ridículo y conservas solo lo literario. Tú tampoco soportas la realidad completa.

—¿Y cuál es esa realidad completa?

Rafo habló con una voz baja y firme.

—Que no fui un gran hombre ni un monstruo trágico. Fui algo muchísimo más corriente: un hombre inteligente al que le costó madurar emocionalmente. Durante años he sido un niño mayor. Nada más. Y quizá nada menos. Un profesor razonablemente bueno. Un amante intermitente. Un amigo irregular. Un egoísta educado. Eso fui.

Se inclinó hacia mí.

—Pero tú necesitas que yo sea simbólico. Necesitas convertir mi vida en una metáfora del fracaso contemporáneo o de la masculinidad tardía o de cualquier estupidez elegante. Porque si admites que todo fue simplemente humano, el libro pierde importancia.

Noté la irritación subir lentamente dentro de mí.

—No entiendes nada.

—Al contrario. Empiezo a entender demasiado.

—¿Sí?

—Sí. Empiezo a sospechar que escribes porque no sabes vivir.

El golpe fue limpio. Preciso.

Durante unos segundos no supe qué responder. Rafo aprovechó el silencio.

—Mírate —continuó—. Analizas cada emoción hasta dejarla seca. Necesitas comprenderlo todo para no sentir demasiado. Yo al menos cometí errores reales. Me enamoré mal, mentí mal, bebí mal, envejecí mal. Pero tú… tú observas. Siempre observas.

Se acercó todavía más.

—Y observar no es inocente. A veces es otra forma de cobardía.

El ventilador seguía girando sobre nosotros y las aceitunas permanecían intactas.

Afuera pasó una ambulancia dejando un reflejo azul sobre el cristal del bar.

Y entonces entendí algo terrible: Rafo tenía razón.

No completamente. Pero sí lo suficiente como para arruinarme la noche.

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CAPÍTULO XXXII DE ‘HATROZ’.- PACTOS DE PAPEL

Rafo repasó, de modo obsesivo, la lista por tercera vez mientras el carísimo café del bar de Barajas le hacía un favor a sus nervios como los cinturones hacen a los pantalones: lo aprietan y, a fuerza de apretar, obligan a enderezarse. Era la lista de siempre —cargador del Nokia 3310, compra de libros, libreta, bolígrafo, camisa limpia, muda, jersey y una novela a medio leer—, pero la escribió como quien reza una letanía para conjurar el descuido que le había desarmado tantas veces: no presentarse a una cita literaria, una entrega, una oportunidad que siempre se disolvía entre su timidez y su falta de oficio.

Hoy no. Hoy no iba a dejar nada al azar. Hoy iba a Compostela no por turismo ni por impulso, sino como quien acude a una última prueba: María, la editora, le había dejado claro el precio de su atención. Si quería que leyera su manuscrito, que le diera una opinión, incluso que le abriera la puerta de una posible publicación, tendría que ceder a las reglas de su juego. «Amante», dijo ella por teléfono sin eufemismos. Él repitió la palabra en su cabeza mientras la café bajaba a su estómago y le daba coraje y vergüenza a partes iguales.

Rafo tenía cincuenta años, seguía soltero y la capacidad de un adolescente para romantizar los gestos más torpes. A esas alturas su currículum era un parche de intentos: talleres de escritura, artículos que calaban en el silencio y cuentos premiados en certámenes locales. Lo que no generaba eran contratos, ni sueldos, ni la dignidad de ser llamado escritor de oficio. Se había conformado con la etiqueta de «aprendiz de escritor fracasado» hasta que un día, por un golpe de suerte o por su persistencia insistente, consiguió que María le escuchara. Ella, dueña de una pequeña editorial, pero con criterio, le concertó una cita: «Ven a Compostela», dijo, «te leeré si vienes». Y cuando él, por una mezcla de incredulidad y deseo, preguntó cuánto, ella añadió: «Si quieres mi ayuda, tendrás que comer y dormir conmigo». Las palabras fueron un cuchillo; también fue una llave que abrió una puerta que él no sabía si era digna o apenas una rendija para su salvación como escritor.

El vuelo, corto y con pasajeros adormecidos, le dejó tiempo para imaginar. Imaginó el despacho de María, con libros alineados como soldados y una ventana abierta hacia un patio de piedra; imaginó su voz, grave y franca; la escena de entrega del manuscrito y cómo ella, después de hojearlo, le diría palabras que curaran años de rechazo. También imaginó la parte obscena del trato y se sonrojó hasta las raíces del pelo. Se rio una vez, avergonzado, y los asientos a su lado no se enteraron.

En Barajas coincidió con Jaime, viejo compañero de facultad que ahora llevaba una barba desordenada y una bolsa con libros cuya lectura parecía una promesa incumplida. Se reconocieron con la facilidad de los que comparten una historia, aunque las páginas se hayan vuelto opacas.

—Rafo, ¿eres tú? —preguntó Jaime, con esa mezcla de extrañeza y cariño.

—¡Jaime! ¡Hombre! —Rafo le estrechó la mano y luego ambos rieron como si hubieran recuperado un capítulo perdido.

Se sentaron en una cafetería y hablaron de cosas banales que sirven de puente: el trabajo, la familia, quién se había casado o divorciado. Jaime le miró con la curiosidad de quien sabe que el otro siempre está a punto de contarlo todo.

—¿A qué vas a Compostela? —preguntó, directo.

Rafo sintió la tentación de decir la verdad en su totalidad, el precio, el chantaje, la mezcla de esperanza y vergüenza, pero optó por la versión que se ha practicado desde que el mundo era menos amable: una mentira prudente, una verdad a medias.

—A ver a una editora —dijo —, a revisar unos papeles. Ya sabes cómo es esto.

Jaime pestañeó, como si viera una luz que no se explicaba.

—Suerte, entonces. Que te favorezcan las musas y las editoras.

Se abrazaron con la familiaridad de los que no se ven a menudo y Rafo, en el gesto, se sintió un poco más humano. Se despidieron. Jaime iba camino de Barcelona. Luego, el aviso de la puerta de embarque hizo que Rafo se dirigiera a la escalera móvil con la sensación de que cruzaba no solo un aeropuerto sino un umbral.

La llegada a Santiago fue un soplo de aire que no supo describir. El taxi serpenteó entre viñedos y casas bajas; la ciudad le recibió con la humedad tibia de la tarde. El taxi le dejó frente a un hotel de fachada discreta. Guardó la maleta en la habitación con la lentitud de quien negocia consigo mismo. Se miró en el espejo: cincuenta años, ojos que han conocido el desvelo por numerosos fracasos, de todo tipo, una mandíbula marcada por dos mofletes que le hacían un gesto simpático que siempre atribuyó a una cierta obesidad, y un peinado que negaba la gravedad del tiempo. Se dio una ducha larga para fingir compostura, se puso una camisa que oliera a nuevo y salió con la libreta en el bolsillo, el manuscrito dentro de una carpeta de plástico transparente, y una esperanza que se parecía a la prudencia.

La editorial de María estaba en una calle estrecha, con una placa casi imperceptible y una puerta que se abría a un vestíbulo con estanterías que olían a papel. Al cruzar el umbral, notó el silencio propio de los lugares donde las palabras se toman en serio. Una mujer detrás del mostrador lo miró y sonrió con ese gesto pequeño pero revelador que significa «estás en el lugar correcto».

—¿María? —preguntó Rafo, sin atreverse a decir que venía por la cita.

—Sube —dijo la mujer —. Ella te esperaba esta tarde.

El despacho de María no era lo que había imaginado. No había libros en perfecto orden, ni alfombra persa; había pilas de manuscritos con notas en los bordes, tazas de cafés vacías, y en una pared, fotografías pegadas sin marco. María apareció entre papeles como una aparición que no necesita anuncio. Tenía el cabello recogido de forma despreocupada y una puntualidad en la mirada que le mediaba entre la dureza y la ternura.

—Rafo —dijo, extendiendo la mano con un apretón que le gustó más por su sinceridad que por su formalidad.

Se presentaron, pero las presentaciones fueron ropa por encima de algo que no querían nombrar: el acuerdo, la condición que pesaba en el aire como un olor. María hojeó su manuscrito con una destreza que respetó a la vez que intimidó; apenas levantó la mirada y dijo lo que todos esperan y temen: comentarios precisos, cortes de escena, defectos que pulir. Rafo se sentó y habló como se habla cuando se teme que la obligación se rompa: con más verdad de la necesaria.

—Lo que buscaba… —empezó, con la voz que se parte en dos cuando uno confiesa deseos de más de lo que puede merecer.

Ella lo escuchó a medias y luego lo miró con una seriedad que convirtió el despacho en tribunal y santuario a la vez.

—Si quieres que te lea con detenimiento —dijo—, si quieres que te ayude a pulirlo y trabajarlo, hay condiciones. Ya te las dije. Te sonarán obscenas, pero hoy en día nada es obsceno. Nada.

Las palabras volvieron a abrir aquella herida vieja. Rafo se hizo pequeño en la silla, pero, a la vez, no pudo evitar una corriente de electricidad. Quiso protestar y al mismo tiempo no deseó más que aceptar. La escena que siguió fue como una coreografía pactada por dos: aceptó la condición con una mezcla de orgullo y vergüenza. Ella le dijo que le esperara.

La comida fue en un restaurante tibio, de ventanas que daban a una calle donde la luz caía en charcos. Comieron platos de la tierra, hablaron de trivialidades para no nombrar lo que había quedado fuera: del clima, del ruido del mundo, de amigos comunes. El mantel temblaba bajo el peso de las palabras que no se pronunciaban. Después, la tarde se convirtió en una cuestión de trámite y de voluntad. Visitaron algunas librerías, compraron libros, tomaron un café y a última hora volvieron al hotel.

La puerta de la habitación se cerró despacio detrás de ella. Él la miró unos segundos, como si quisiera recordar cada detalle antes de acercarse. Tenía cincuenta años y una serenidad peligrosa en las manos. Ella sonrió apenas, nerviosa, mientras dejaba caer el abrigo sobre la silla.

Él le apartó un mechón del rostro y la besó con calma, sin prisa, como quien conoce el valor exacto del tiempo. El perfume de ella se mezcló con el olor tenue del vino y la lluvia que seguía golpeando las ventanas. Ella le respondió con un beso más intenso aún. No se dejó amilanar.

Las manos comenzaron a explorarse con una intimidad antigua los dos cuerpos. Ella sintió el peso cálido de su respiración en el cuello y cerró los ojos. Él recorría su espalda lentamente, despertando algo que llevaba demasiado tiempo dormido.

El silencio de la habitación se volvió espeso. Los cuerpos se acercaron hasta perder la distancia posible entre dos personas. Ella lo atrajo hacia sí con una mezcla de deseo y desafío.

Y entonces dejaron de hablar. Sólo quedaron la respiración agitada, las caricias cada vez más urgentes y esa sensación de vértigo que aparece cuando dos desconocidos deciden dejar de ser dos y convertirse en uno.

Al terminar, en el silencio que solo admitía la respiración, María encendió un cigarrillo y lo miró con esa mezcla de certeza y distancia.

—Me debías esto —dijo—. No es personal, Rafo, es un trato profesional. Él sonrió con la ingenuidad de los que se creen vivos porque han sido amados. Ella lo besó en la frente como se besa a un alumno que ha aprendido una lección difícil.

—Mañana, a las nueve en mi despacho —añadió—. Tú vuelas a Madrid a las doce y media, ¿verdad? Eres puntual, ¿no?

Rafo asintió, como si la palabra puntualidad hubiera pasado a formar parte de su carácter. Esa noche se durmió con la sensación de haber cruzado una frontera, no de regreso, sino hacia una tierra donde quizá su trabajo tendría visibilidad. Se despertó con el alba y la certeza huella de ella en la piel. Revisó el reloj varias veces, se duchó, se vistió con una precisión sacada de la angustia y bajó a desayunar con la paciencia de quien tiene que pulir todos los detalles antes de un examen.

Dejó el hotel con una luz fría. Caminó hacia la editorial con la carpeta bajo el brazo y un estómago que hacía preguntas. Llegó puntualmente. La puerta estaba entreabierta y un silencio lo recibió como si alguien hubiera borrado todo sonido en espera del acto final. Subió las escaleras con pasos silenciosos, como los de un ladrón inoportuno. Tocó la puerta del despacho de María con la delicadeza de los que tocan reliquias.

—María —llamó, con una voz que pretendía serenidad.

No hubo respuesta. Empujó la puerta con cuidado. El despacho estaba tal cual lo había dejado: papeles ordenados en su desorden, una taza de café medio vacía, un abrigo colgado en la silla. El teléfono sobre la mesa mostró la pantalla con la hora y ningún mensaje nuevo. Miró la libreta con sus notas, buscó su bolígrafo favorito y no estaba. Las fotos pegadas en la pared seguían igual y una ventana abierta de par en par mostraba una calle donde pasaban transeúntes indiferentes. Todo en su sitio, menos ella.

Rafo esperó. Se sentó en la silla que había ocupado la noche anterior. Su paciencia no era paciente, era expectante; su corazón latía con ese ritmo peculiar de quien ha apostado una parte del alma y teme perderla. Esperó diez minutos, veinte. El reloj, puntual, marcó media hora. Llegó a la conclusión de que quizá ella tenía una reunión, una emergencia, una razón legítima para el retraso. Esperó una hora más. Llamó al móvil. Nada. Escrutó el buzón de correo electrónico del despacho por si hubiera una nota visible y encontró solo correspondencia de trabajo sin abrir. Empezó a caminar por la oficina como quien busca una señal, y en cada esquina su imaginación llenaba el vacío con versiones: un accidente en la carretera, un juez que la retuvo, una llamada inevitable. Pero la racionalidad, esa que a veces llega tarde cuando el corazón manda, le dijo: quizá no venga.

Afuera, la ciudad desplegaba su rutina como si nada hubiera pasado. Rafo sintió que el tiempo y la bondad se habían puesto de acuerdo para dejarle un hueco. Llamó a recepción del hotel para confirmar su vuelo a Madrid; quería saber si podían llamar a un taxi. Cerró las manos en torno a la carpeta, como si pudiera apretar dentro de ella la presencia de María. La carpeta, sin embargo, era solo papel.

Se dio media vuelta y salió del despacho. La calle le pareció más ancha, más indiferente. Caminó hasta el hotel, sin prisa ni prisa, conduciendo su decepción como quien guía una maleta sobre ruedas. Recogió la maleta y se montó en el taxi que ya lo estaba esperando. Los minutos perdidos en el aeropuerto fueron una sucesión de escenas neutras: viajeros, anuncios y cafeterías. Cada imagen se quedaba fuera de su cuerpo como si fuera un paisaje que no podía tocar. En el avión, se sentó junto a la ventanilla y miró el paisaje hasta que la tierra se volvió un mapa borroso. Pensó en María, en sus palabras, en la ausencia que ahora pesaba más que el encuentro. Pensó en su manuscrito, en si la entrega habría sido sincera o solo una trampa con ritmo de promesa.

Llegó a Madrid con la sensación de haber vuelto con las manos vacías y el alma cargada de preguntas sin factura. Tomó un taxi hasta su casa y, al vaciar su carpeta, notó que dentro había una nota suelta, una página que no recordaba haber leído. La tomó con la cautela de quien abre una carta que no esperaba. Era un folio manuscrito con una frase, dos, que decían: «Lo leí. Lo siento. No puedo ayudarte más». No había firma. Rafo apretó la hoja contra su pecho y la dejo caer en la mesa. Caminó por la habitación con la sensación de que había sido burlado, no por la sexualidad del trato sino por la promesa de reconocimiento que le fue retirada sin una explicación.

Se sentó en su mesa de trabajo y miró la libreta de siempre. Su hermana había salido y abrirla fue abrir un refugio y también la evidencia de su demora. Escribió una palabra larga y arriesgada: «fin». Luego tachó la palabra y escribió otra: «prueba». Se dio cuenta de que, a veces, los episodios que parecen puertas cerradas son más bien filtros que muestran qué hay que afinar. No sabía si volvería a llamar a María, si la buscaría en otras editoriales, si entablaría otra estrategia para que su obra fuese leída sin pagar con el cuerpo, con algo que, en la confusión de la edad, había confundido con la moneda legítima del reconocimiento.

Al final de la tarde, Lola intentó consolarlo y algo logró, pero había en él un fondo de fracaso que se alimentaba del silencio de los que han perdido algo que no sabían si tenía precio. Rafo sacó la libreta y se puso a escribir no para salvar el manuscrito de la edición sino para poner en palabras la escena de su propia ingenuidad. Sus frases fueron austeras, sin la grandilocuencia que a veces le traicionaba; describió la oficina vacía, el reloj inexorable, la sensación de que, en el gran comercio de las letras, él había sido servidor y no cliente.

La inmadurez que lo acompañaba a sus cincuenta años no era cosa de apariencia sino de decisiones: aceptó un precio que le urgía porque lo necesitaba; creyó que el amor o el deseo podrían ser canjeado por páginas; creyó que la editorial era un templo donde las palabras se multiplicaban por arte de fe. Ahora, solo quedaba una certeza: la redacción de su propia derrota. Pero también una posibilidad: que de esa derrota naciera un capítulo, no de la novela que llevaba en la carpeta, sino de la novela de su vida. Y con esa tenue idea empezó a escribir, porque la escritura, siempre, es modo de recomponer lo que se perdió. Y así, en su mesa de trabajo, mientras la ciudad encendía sus farolas, Rafo escribió para entender por qué había aceptado, para nombrar la humillación y, quizá, para encontrar otra forma de ganar su lugar en el mundo de las letras sin tener que pagar con lo que más le costaba dejar ir: su dignidad.

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CAPÍTULO XXXI DE ‘HATROZ’.- VECINOS

En todas las comunidades de vecinos hay ovejas negras. Lo cierto es que en multitud de ocasiones no sabemos quién es el que bautiza por primera vez a determinado morador con ese calificativo. Es como una corriente comunal que amalgama a un buen número de residentes que proyectan una ira llena de prejuicios morales sobre una diana que en muchas ocasiones se percibe realmente de modo difuminado y poco transparente.

Uno de los vecinos más ignorados por mi familia en Madrid, y al cabo de pocos años me enteré que por casi toda la comunidad, era un hosco y ceñudo señor que vivía en el tercero C. Yo solo sabía tres cosas de él: que tenía una sombrerería, que fumaba como un carretero y que tenía muy malas pulgas. De lo primero tenía noticias por los comentarios del vecindario en tomo a los clientes que frecuentaban hipócritamente dicha tienda ―no le dirigían la palabra, pero compraban en su comercio―; en cuanto a lo segundo, porque siempre que coincidía con él en el ascensor ―yo no podía subir solo, pues era menor de 14 años― me hacía el enorme favor de acompañarme en el elevador mientras me atufaba con un humo asfixiante y con un aroma que me causaba auténticas náuseas; y en cuanto a lo tercero, en más de una ocasión nos había amagado a mi hermana y a mí con damos un coscorrón si no lo saludábamos con la debida preponderancia, como decía él. Hasta que un día mi hermana se rebeló y decidió no volverlo a saludar con tanto ringorrango y observancia. Acontecimiento que fue muy aplaudido y palmoteado por el portero de nuestro edificio.

Este hombre llamado Venancio Recasens era nacido en Reus, ciudad hermosísima, según sus palabras, de la provincia de Tarragona. Conoció a su mujer, una gallega de la Costa de la Muerte (de Corme, por más señas), en un viaje organizado por el ayuntamiento cormelán por la extensa geografía catalana. Lo suyo fue un flechazo, según contaba él a quien le quería escuchar, un amor a primera vista. Son los que otorgan categoría a los contrayentes, argumentaba él con sumo aplomo cuando justificaba una boda tan precipitada como fue la suya. Corrieron malas lenguas cuando contaron que se instalaban en Madrid porque era un lugar casi equidistante de sus lugares de nacimiento respectivos. Algo esconde esta parejita, murmuraba una vecina cada vez que se encontraba en la escalera con un vecino dispuesto a oír sus habladurías.

Los primeros meses estuvieron en boca de casi todos los vecinos. Mis padres, por el contrario, callaban. Cosa que a mí me mosqueaba muchísimo. Cada vez que salía su nombre, ya fuera en el desayuno, en la comida o en la cena, mis padres se miraban y guardaban silencio. Eso a mí me hacía sentirme protagonista del mayor caso que un detective debía resolver. Con mis pocos años, yo observaba, analizaba y escrutaba. Bueno, al menos lo intentaba, pues siempre me pillaban los mayores en el lugar inadecuado.

De pronto, cuando se pudo comprobar que no había sido un matrimonio precipitado ni llevado a cabo por el denominado familiarmente el sindicato de las prisas, la relación con la pareja se fue normalizando. Hasta algunos vecinos se paraban con ellos en el portal a hablar de asuntos de poca importancia. Cuando una mañana apareció una de las hojas del portal cerrada ―lo había hecho reverenciosamente el portero, Felipe― alguien explicó a los ignorantes con sumo gusto que eso significaba que había habido un fallecimiento en la casa. Indagaron los más céleres quién había sido el fenecido y estuvieron casi todos los vecinos en el velatorio como si fueran conocidos de la difunta de toda la vida. En estas situaciones hay que olvidar las rencillas vecinales, bisbiseó, cuando entraba en la casa de la extinta, la viuda del principal a doña Carmen, que fue una de las más beligerantes en la guerra contra el escándalo y a favor de una moral pública intachable.

Lo cierto es que yo me fijaba muy poco en don Venancio, como le gustaba que lo llamaran. Mi atención iba más bien dirigida a una vecinita que se llamaba Rosaura y con la que me hacía constantemente el encontradizo después de esperar minutos y minutos en la caseta del portero agachado y enroscado como un ovillo. Señora, este jovencito va a ser un galán cuando adolescente, le vaticinaba con inflexible orgullo Felipe a mi madre cuando salíamos para pasar la tarde en el Jardín Botánico.

El caso es que la mujer del vecino enfermó y murió súbitamente la víspera de Navidad de no recuerdo el año. Todo trastocó la vida que se habían prometido ambos en un gesto de generosidad mutua. Venancio cayó en el mayor de los aletargamientos anímicos jamás conocido. Y pasó a ser un hombre aún más huraño, ensimismado y receloso del trato social.

Tras la muerte de Carmen Carballido, su mujer, Venancio pasó una temporada larga encerrado en su tienda, no quería relacionarse con nadie. Hablaba con sus clientes lo justo, pues lo que sí tenía muy claro era que lo que le daba de comer (¡y bastante bien!) no se podía abandonar. Al poco tiempo, y por recomendación de su hermana Rosa, decidió contratar a una mujer para solucionar los asuntos caseros. Si das imagen de abandono, no te entrará nadie en la tienda, le justificó escuetamente. Otros, maledicentes en grado máximo, decían que esa fue una manera «muy raposeira» de solucionar un problema que se le vino encima cuando su mujer desapareció de este mundo.

Sabela Martínez era natural de Ortoño, aldea de la provincia de Coruña y muy próxima a Bertamiráns. Tanto que pertenecían al mismo ayuntamiento. Muy diligente en sus labores caseras, pero todos decían que era un tanto churrasca y lurpia (mujer de mal vivir, dirían en aquellos tiempos). De hecho, la mandaron a Madrid a ver si se corregía. Poseía una belleza natural, pero rústica. De carnes rellenas y prietas, tenía unos andares que encandilaron desde el primer momento al todavía joven viudo. Su piel tersa y nueva olía a un limpio que despertaba hasta la libido más adormilada.

Lo cierto es que en las aceras colindantes con nuestra casa empezó a corretear al cabo de varios meses un niño que era la viva imagen de Venancio. Este hijo natural dio mucho que hablar al no conocerse en ningún momento quién fue el agraciado varón que pudo acariciar el torso de Sabela y atemperarle la constante picazón que soezmente manifestaba sufrir.

―Hay que afinar muy bien en el cálculo, maliciaron algunos convecinos de la joven madre.

Lo cierto es que todos intuían algo, pero nadie osaba a decirlo públicamente.

―¿Qué se puede esperar de una mujer que tiene todo el día en la boca la frase ¡ay, señorito, cómo me pica!

―¿Se la oíste tú alguna vez?

―No, pero más de una clienta de la tienda de su señor dice y asegura que de la trastienda han salido mil veces estas palabras.

―Habladurías que crecen como la levadura.

―De habladurías, nada de nada, hombre de Dios; que al cabo de los nueve meses el verbo bien que se hizo carne.

Y entre comentarios como éste llenos de retranca irónica transcurrían muchas veladas en los conciliábulos que se organizaban en los diferentes rellanos de la escalera. Cierto es que en ese concurrido lugar pocos acontecimientos ocurrían en el devenir diario y los asiduos de las chanzas debían aprovechar al máximo cualquier nueva circunstancia. Y aquí la pobre Sabela se convirtió en el blanco de los dardos envenenados de los más asiduos del cotilleo matutino ―y vespertino― de mi querida casa. Cuando la joven pasaba por delante y daba los buenos días se hacía un mayestático silencio, que era encubridor de los más ácidos comentarios. Del interior de una casa salían con bastantes notas desafinadas algunas estrofas de una popular canción gallega: A saia de Carolina / ten un lagarto pintado, / cando Carolina baila / o lagarto move o rabo. / Co teu amor Carolina / non volvas a bailar, / que che levanta a saia / e é moi mala de baixar. / (La falda de Carolina/ tiene un lagarto pintado, / cuando Carolina baila / el lagarto mueve el rabo/. Con tu amor Carolina/ no vuelvas a bailar, / que te levanta la falda / y es muy mala de bajar).

Marcial, o filio ventureiro (hijo nacido fuera del matrimonio), ajeno a  los  comentarios de la vecindad, correteaba por las aceras golpeando, para abrirse paso, con tal contundencia a los viandantes que le iban saliendo al paso que su nombre evidenciaba una clara alusión a su fuerte estructura ósea.

―Cuspidiño (parecidísimo) a Venancio, decía don Froilán, el párroco de la iglesia de las Angustias, un hombre que tenía por costumbre ancestral desayunar pantagruélicamente en un bar que había lindando con su parroquia; y donde, de forma discreta, lo llamaban Carpanta, por su voracidad en la ingesta alimenticia. 

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CAPÍTULO XXX DE ‘HATROZ’.- CHAPARRÓN

Rafo se levantó al alba, cuando la casa aún estaba envuelta en ese silencio espeso que sólo existe antes de que empiece el día. La luz gris del amanecer entraba con timidez por la ventana, lo justo para iluminar las páginas gastadas de Los miserables, de Víctor Hugo, que sostenía entre las manos con una especie de reverencia doméstica. Desde hacía tiempo tenía idealizado a Jean Valjean: su fuerza moral, su lucha por redimirse, esa dignidad obstinada que parecía más grande que la propia vida. Leía con los ojos todavía pesados de sueño. A veces parpadeaba largo, como si estuviera a punto de quedarse dormido otra vez, pero siempre regresaba a la línea donde había perdido el hilo. En ese momento temprano, mientras el mundo afuera apenas comenzaba a moverse, tenía la sensación de compartir algo íntimo con aquel personaje que admiraba tanto: la idea de que incluso las mañanas más humildes podían contener una forma silenciosa de esperanza.

—¡Rafo! —gritó su hermana desde la cocina—. ¡El desayuno!

Dejó el libro con cuidado y fue a la mesa. Se sentaron frente a frente con sendos cafés con leche.

—Esta mañana me tomé la tensión nada más levantarme —dijo Lola—. 13.2 y 8. No está mal.

—Yo ya ni sé cuándo medírmela —respondió Rafo—. Antes desayunaba y me iba a trabajar. Ahora parece que el desayuno es una consulta médica: la tensión, la glucosa, el colesterol…

—La glucosa hoy me dio hoy 106 —continuó ella—. El médico insiste mucho en eso de «vigilar», como si uno viviera permanentemente de guardia con su propio cuerpo.

—El jueves tengo analítica —dijo Rafo—. Y ya estoy pensando en el colesterol. Yo no creo que comamos tan mal, pero ahora cualquier cosa parece peligrosa. Uno mira la tostada como si fuera un dron cargado de bombas.

—Bueno, algo habrá que vigilar —concedió Lola—. En la última analítica yo bajé de 220 a 201. Hemos cambiado la mantequilla por esta margarina que no sabe a nada y la mermelada «con» por la mermelada «sin», que tampoco sabe a gran cosa.

Rafo sonrió e hizo un gesto con queriendo decir que en el pasado no había tanta «vigilancia médica».

—Antes el desayuno era simplemente desayuno. Y se disfrutaba. Ahora todo es una recolección de «alimentos paja».

Lola dio un sorbo al café y decidió poner orden al caos mental de su hermano.

—Bueno, vamos a organizarnos. Yo voy a hacer el pedido por internet. Tú, ponte las zapatillas y sal a dar tu paseo obligatorio, el del médico, el de «caminar con intención», no el de pasear viendo escaparates.

Rafo obedeció y farfulló un «si en este barrio ya no hay escaparates, sólo hay pisos turísticos y locales cerrados». Se duchó y luego se vistió con lo que, en su armario, pasaba por ropa deportiva: camiseta, vaqueros, una camisa sport y unas deportivas que fingían, con más voluntad que éxito, pertenecer al mundo del atletismo urbano.

Pensaba caminar a buen ritmo dos horas, aunque, como todos los días, se quedaba en abrir la aplicación del tiempo, ver que «parece que igual llueve», y decidir que mejor mañana, que hoy el sofá le necesitaba más que él a mí. De todos modos, animado por su hermana, a eso de las once de la mañana decidió pisar el asfalto.

Al salir a la calle notó que la luz había cambiado. El azul del cielo se había diluido y un gris espeso avanzaba desde el horizonte. Las nubes se amontonaban unas sobre otras como montañas de humo.

Aun así, y en contra de la opinión de su hermana, salió sin paraguas. Lola era incapaz de convencerlo en este tema. Era un santiagués de secano, pero se creía que podía callejear por Madrid como por los vetustos soportales de Compostela.

—En Santiago sólo hay dos estaciones —dijo con fanfarronería cuando su hermana volvió a insistir—: la de invierno y la del ferrocarril.

Aquella máxima, que él consideraba casi científica, bastó para reafirmarlo.

En el portal se encontró con tres vecinas que celebraron su repentina afición de caminante y le pidieron que, ya de paso, convenciera a sus respectivos maridos para que abandonaran el sillón.

—Me lo ha dicho mi médica —explicó Rafo con resignación.

La vecina más joven sonrió con ese encanto otoñal que todavía la hacía muy atractiva. Rafo se despidió de las tres y emprendió su aventura pedestre.

Tomó primero la calle Conde de Peñalver, después Goya, luego Génova, y recuperó algo de fuelle al comenzar Fuencarral. Allí tuvo que enfrentarse a uno de sus puntos débiles: los escaparates. Los contemplaba con deleite mientras bajaba la calle tarareando una vieja canción de Radio Futura: Zapatos nuevos, son de ocasión…

Avanzaba con la tentación permanente de detenerse en una zapatería ―su vicio― o en una camisería. Pero resistió. Cuando terminó de recorrer la calle hizo discretamente la uve de la victoria con los dedos. No había comprado nada. Para él, aquello ya era una pequeña victoria moral digna de Jean Valjean.

Entonces el cielo cambió de humor. El viento se detuvo. El aire quedó inmóvil y pesado. La luz adquirió un tono amarillento extraño. Un relámpago dibujó durante un instante el contorno gigantesco de las nubes. Luego llegó ese silencio previo al agua, ese momento en que todo parece contener la respiración. Y de pronto el aguacero en forma de un tambor de nubes descargando su furia líquida.

La lluvia cayó con una obstinación casi personal, como si el cielo hubiera decidido ensañarse con él. Parecía que alguien arriba estaba lavando Madrid en modo intensivo. En pocos segundos Rafo estaba empapado de arriba abajo: camisa, pantalón, zapatillas y todas las zonas intermedias y pudendas del territorio textil.

Buscó desesperadamente un portal y vio uno abierto. Corrió hacia él con la determinación de un atleta fondón. Era un hotel. El contraste entre el lujo del vestíbulo y su aspecto resultaba devastador: la ropa pegada al cuerpo como recién salido de una lavadora industrial, el pelo chorreando y formando una pasta repugnante según se iba mezclando el agua con el elegante gel fijador y la expresión de la cara entre heroica y derrotada.

Un empleado perfectamente trajeado le pidió que se identificara para evitar sorpresas.

Rafo permanecía en el umbral intentando sacudirse algo de agua, aunque sin darse cuenta de que estaba fregando el suelo del hotel con sus propios zapatos. Entonces una mujer se abalanzó sobre él.

—¿Rafo? ¿No me conoces? ¡Soy Maite! ¡Del Calderilla!

Rafo se quedó paralizado. No reaccionó y se quedó mirándola como una estatua del Icehotel de Suecia.

—¡Qué bien…estás! —dijo finalmente, cuidando de no pronunciar aquella frase terrible: «¡Qué bien te conservas!».

Maite seguía siendo muy guapa.

—¡Estás seca! —observó Rafo—. Yo estoy empapado como un pollo de una granja gallega en invierno y tú pareces recién salida de un salón de belleza. El nerviosismo le disparó la lengua.

—Mírame: sin afeitar, fatalmente vestido y empapado. Soy un desastre de los pies a la cabeza.

Le dio un beso en la mejilla y parte del maquillaje de Maite quedó transferido a su cara, que le produjo aún más vergüenza.

—Estás hecho un cuadro —dijo ella riéndose.

Decidieron ir a comer a un restaurante que estaba justo enfrente, diseñado como un vagón de tren. A la izquierda se extendía una barra llena de gente joven. Por cierto, Rafo se olvidó de llamar a su hermana.

—Son ofensivamente jóvenes —comentó Maite—. La juventud no debería existir cuando ya no disfrutas de ella.

Se sentaron en el único compartimento libre, pero Rafo apenas prestaba atención al entorno. Su problema era otro: los goterones seguían cayendo por su cuerpo como una pequeña red hidrográfica personal.

Uno especialmente decidido descendió por el cogote y terminó infiltrándose en el bóxer. Aquello era intolerable. Rafo tomó una decisión estratégica: ir al baño.

Se levantó con la mayor dignidad posible y avanzó dejando tras de sí una constelación de gotas que lo delataba como un caracol humano. Justo al pasar junto a la barra, una gota rebelde se liberó de la pernera del pantalón en el momento más inoportuno. El pie resbaló medio centímetro. Rafo ejecutó una pirueta involuntaria, mezcla de paso de baile y maniobra de equilibrista. Durante un segundo quedó suspendido con los brazos abiertos como si saludara a un público invisible.

Dos jóvenes levantaron sus copas en un brindis silencioso. Rojo como un semáforo, Rafo continuó hacia el baño. Diez minutos después volvió exactamente igual de mojado. El secador no funcionaba y tampoco había papel higiénico. Maite se seguía riendo sin piedad.

Hablaron de trabajos, de compañeros antiguos y de sus vidas actuales. Rafo estaba cabreadísimo porque había soñado con este reencuentro mil veces y lo había idealizado como en un atardecer otoñal perfecto y no convertido en una farola parpadeando bajo la lluvia. Intercambiaron números de teléfono. Rafo lo hizo prometiéndose a sí mismo una norma férrea: «él no escribiría primero».

—Me tengo que ir —dijo Maite de repente. La cara de desilusión de Rafo era un cromo, pero no tuvo más remedio que aceptarlo.

Recordaron entonces cómo, en sexto de Bachillerato, ella desapareció del instituto sin despedirse. Después vino aquella timidez adolescente que ninguno de los dos supo romper.

En ese momento una gota especialmente cruel cayó dentro del café que estaban compartiendo y Rafo, que tenía prohibido el café porque lo ponía nervioso, se lo bebió de un trago.

Intentó levantarse para pagar y calculó mal. El exceso de humedad convirtió el asiento en una pista de patinaje. Rafo perdió el equilibrio y cayó de culo al suelo con un golpe seco que resonó en todo el local.

Un segundo de silencio. Luego estallaron las carcajadas como un aguacero repentino en pleno verano, de esos que empapan hasta los pensamientos y no piden permiso.

Intentó levantarse apoyando la mano en el suelo y notó inmediatamente que la palma se hundía en una sustancia grisácea cuya naturaleza era mejor no investigar demasiado.

Las risas aumentaron al mismo ritmo que el chaparrón que le había pillado en plena calle.

En ese momento chocó con la bandeja de un camarero. Los cafés describieron un breve vuelo parabólico y terminaron —de una forma que desafía cualquier explicación física— directamente sobre su cabeza. Las carcajadas se volvieron ensordecedoras cuando los asistentes comprobaron que estaba simulando sin querer a la figura del rey Baltasar el día de Reyes.

Pagó como pudo. Maite lo acompañó al baño y vació su bolso de pañuelos para secarle la cara y el pelo. El resto era imposible.

Mientras caminaban del baño a la puerta del establecimiento, muy despacio porque a Rafo le dolía mucho la rabadilla, los consumidores que estaban apoyados en la barra, en voz alta, salmodiaron sin gracia ninguna:

―No corras tanto, que Urgencias está abierto las veinticuatro horas.

―¡¡¡Santillana en el Bernabeu!!!

―¡¡¡Hugo Sánchez goleando al Atlético!!!

―¡¡¡Viva el Carnaval!!!

―¡¡¡Gento corriendo la banda!!!

―¡¡¡Pichichi, amigo, pichichi!!!

Se despidieron con un beso húmedo y nunca soñado por Rafo, que se dirigió lo más rápido que pudo a urgencias. La radiografía confirmó que no había fractura, sólo una buena magulladura en el coxis. Después de un exhaustivo reconocimiento, no faltó lo esperado.

—Tengo curiosidad —dijo la médica—. ¿Qué le ha pasado exactamente?

Rafo relató toda la aventura con pelos y señales. A medida que avanzaba la historia, la sonrisa de la médica crecía. Salió de la consulta con alivio. Cerró la puerta. Y desde dentro se escuchó una carcajada tan sonora que todos los pacientes de la sala de espera la oyeron.

Regresó a casa en metro, quería pasar inadvertido. Cuando abrió la puerta, su hermana, cabreada porque no le había avisado de que no comía en casa, lo miró durante varios segundos en silencio.

—¿Te has peleado con una tormenta o te ha atropellado un camión de estiércol?

—Ha sido un día muy complicado —dijo Rafo con dignidad fatigada.

—Complicado… Pareces un espantapájaros después de una noche de fiesta.

Rafo avanzó hacia el baño.

—No te acerques mucho —añadió ella retrocediendo—. No sé qué traes encima, pero estoy bastante segura de que no es perfume.

—Necesito una ducha.

—Necesitas una ducha, una lavadora industrial y posiblemente un exorcista. Diez minutos después, bajo el agua caliente, Rafo regresó al mundo de los seres humanos razonablemente secos. 

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CAPÍTULO XXIX DE ‘HATROZ’.- INFIERNO

Estaba muy inquieto y receloso por el silencio de Rafo. Eran frecuentes estas lagunas de absoluto mutismo que duraban varios días. Esta era especialmente preocupante porque el guasap que me mandó la víspera de su prolongada mudez era más crudo que los bautizados por mí como «desnortados», que eran los más frecuentes: «A veces siento que el mundo seguiría girando igual si yo soltara por fin el borde del abismo al que me aferro en silencio. Quizá mañana, cuando amanezca, nadie note que decidí dejar de luchar contra la caída». El cabrón, hasta en plena agonía emocional, sabía mantener el tono poético en sus mensajes.

Llevaba varios días sin saber nada de él, circunstancia habitual como he dicho, pero extraña a la vez, porque cualquier frugal motivo le hacía contactar conmigo de un modo desesperado a cualquier hora del día. La última, otro oasis en medio del taitantos desierto verbal, fue a las tres de la madrugada, me dijo que se había quedado sin tabaco y que estaba desesperado. «Necesito hablar con alguien», me espetó con todo descaro. Cansado de tanto infantilismo, le contesté en un tono abrupto que en Juan Bravo 70 había un estanco nuevo que estaba las 24 horas de todos los días del año abierto. El cachondo me dijo que no me cabreara, como si fuera lo más normal llamar a una persona a esa de la madrugada por semejante gilipollez.

En plan peliculero, en estado de máxima ansiedad, heredado de mi madre, y para tranquilizar ese falso sentido de la culpabilidad que me corroe desde mi más tierna infancia, y con este tipo más, llamé al sanatorio que él considera de cabecera, «pues tienen todo mi prolijo historial», presumía. Después de una prolongada espera, una voz femenina me dijo que no, que en ese sanatorio no estaba registrada ninguna entrada con ese nombre.

Me acosté tarde algo nervioso y me puse los cascos para escuchar en bucle las canciones que tengo seleccionadas en Spotify. No sé si por mi carácter gallego, influenciado por las meigas y las bruxas, mientras repetía y siento que mi vida fracasó de Quiero beber hasta perder el control de Los Secretos, el sueño me venció como un desmemoriado Titán. Durante mi ensoñación casi mortuoria, en forma de contundente pesadilla, aposté por algún incidente grave en la jaranera vida de Rafo.

Me despertó, como siempre, el móvil a las cinco de la mañana. Me puse en pie con rapidez. Sigo sin tener la más mínima pereza en esta tempranera acción, aunque reconozco que en los últimos tiempos casi me subyuga la sanguinaria tentación de quedarme en la cama. No obstante, desde esos provocativos tiempos, con gesto donjuanesco, la venzo de un guantazo y me levanto adormilado, a la par que contento.

En aquella ocasión, mi intención era darle forma a una nueva entrada de mi blog con las notas que había ido tomando en una aplicación del móvil. Ese blog que estaba atascado en el fracaso y que lo miraba, no era ninguna novedad, con ojos de bloguicida. Lo sigo mirando igual.

Desayuné con mi hermana y hablamos de cosas simples y banales, debido a que no era hora para temas de trascendencia vital. No era el momento para desnudar la ansiedad que se ha convertido en mi perenne compañera como ese astuto lazarillo que trampeaba con el deshumanizado amo de turno. Le volví a dar el turre con el tema de todo profesor: el mal comportamiento y nulo estudio de algunos alumnos, que se contrastaba con la exquisita atención y estudio de unos pocos. Mi hermana era, y es, mi paño de lágrimas con este y otros temas.

A las 6 de la mañana encendí el ordenador y me dispuse a escribir, siempre con esa nube creativa acechante que me esputa que hoy es imposible, que hoy no hay ideas y que hoy es mejor cerrar el documento y ponerme a tocar, a pesar de que no tenga ni idea, la guitarra. Lo harás mejor, imbécil.

Salí a la calle a dar una vuelta para ver si se despertaba mi creatividad. Me puse a andar por las calles aledañas a mi casa, incómodas y negadas para el paseo, y una lluvia de ideas se amontonó de modo súbito en mi cerebro. Satisfacción pasajera. Las fui analizando una a una y las descarté, seco de imaginación, en su totalidad. Subí a casa y como un fornido gladiador ante un desesperado condenado a muerte me senté decidido frente al ordenador.

De pronto, sonó el teléfono. A quien le importa de Alaska. Respondo por educación. El ruido de fondo era espantoso ―vasos, tazas, máquinas tragaperras, televisión…― y apenas pude escuchar la voz de mi interlocutor. Era un voz cazallera y madrugadora, que me decía que estaba viviendo una situación alarmante y que no sabía realmente qué hacer. Después de un saludo rutinario, comenzó su parrafada.

―Ayer cerré mi bar como todos los días, a la una de la mañana y comprobé que todo quedaba en orden. Me fui a casa a descansar porque estaba muy jodido. Hoy abro de nuevo a las 6:30 para preparar los desayunos de los madrugadores y recoger el pedido de churros y porras cuando la mujer de la limpieza se abalanza sobre mí para decirme que no puede abrir la puerta del baño de los hombres. Bajo a toda prisa y compruebo ―en un principio, intuyo― que hay un cuerpo atravesado en el suelo que impide que entremos. Después de varios intentos, logro acceder y me encuentro a un hombre durmiendo casi inconsciente. Está todo mojado y con restos húmedos de vómito en la camisa. He intentado reanimarlo y, sí, sí tiene pulso, muy acelerado, pero tiene. He logrado que abriera los ojos y sin mediar palabra me ha soltado con voz gangosa este número de teléfono. Por eso yo le llamo. No tengo ni puta idea de quién es él ni de quién es usted. Sólo sé que o viene usted a por él o llamo en minutos a la policía. No aguanto más esta situación. Mis clientes no pueden ver eso.

Le dije que se tranquilizara, que lo iba a buscar yo y que me hacía cargo de todo. Le puntualicé, después de escuchar la dirección y consultarla en Google mapas, que tardaría una media hora en taxi.

Cerré el ordenador, llamé a Radiotaxi y me vestí a toda velocidad para no perder ni un minuto.

―Este tipo te va a quitar la vida. Lo tienes que mandar a paseo o, como digo yo, a pastar, me dijo mi hermana cuando escuchó la razón de mi repentina marcha.

En tanto que el taxi me trasladaba a dicho lugar, me pregunté mil veces que qué hacía Rafo en el barrio de los Carabanchelitos. No por desmerecerlo, no, y sí porque se encontraba a más de diez quilómetros de su casa y de su radio de andanzas nocturnas.

―Joder, que Rafo no tiene carné de conducir ni coche, se me escapó en alto. El taxista me miró por el espejo retrovisor con los ojos de un hombre acostumbrado a las más rocambolescas situaciones a cualquier hora del día.

Después de convencer al taxista para que nos esperara en la puerta del bar y de este modo tomar cuanto antes el camino de regreso, me bajé del taxi y accedí al bar, que a esa hora estaba casi lleno de trabajadores que tomaban su primer desayuno. El sonido de la televisión era ensordecedor y, con ese punto de ansiedad que me genera Rafo, bajo al baño a buscarlo.

―Pero…tío… ¿Qué haces aquí? ¿Quién te ha traído? ¿Sabes dónde te encuentras? Cada vez me lo pones más fácil para mandarte a la mierda.

Con una voz pastosa y las comisuras de los labios impregnadas de un líquido cuajado y consistente, me dijo que salió a dar una vuelta y que se perdió.

―No, Rafo, no, no me jodas. Uno no se pierde y se va a trece quilómetros de su casa sin coche. Alguien te ha tenido que traer aquí y, cuando bajaste al baño, lo mismo se largó el tío con el que venías porque se hartó de esperarte. Siempre te he dicho que tanta soledad es muy mala.

Lo convencí para que se levantara a fuerza de repetirle que el dueño del bar iba a llamar a la policía. Intentó caminar con su elegancia innata, pero no, se trastabilló varias veces con una resacosa torpeza al subir las escaleras. Descalzo, y pisando lo que la buena mujer de la limpieza había fregado, logramos alcanzar la planta principal y sentarnos a una mesa que estaba libre. Rafo estaba asqueroso y repulsivo, en nada semejante a la imagen de dandi trasnochador que expande cuando salimos por su barrio o cuando nos sentamos en su bareto preferido para hablar del blog.

Aluciné con el pingajo que tenía delante. La cara llena de chorretones negros, de habérsela frotado con unas manos que parecían haber sido rebozadas con betún o algo parecido. Despeinado y con el pelo lleno de grumos de vómito, intentaba pronunciar alguna coherente frase. La camisa, impregnada casi en su totalidad del líquido regurgitado y con un nauseabundo olor a ácido estomacal. Estaba descalzo, en esa época no usaba calcetines, y fue incapaz de decirme dónde había perdido los zapatos. Siempre ha presumido de tener unos pies cuidadísimos, pero en esa ocasión lucían sucios y pringosos. Los pantalones, mojados por haberse orinado encima y con más lamparones de grasa que cuando tomábamos en plan salvaje pulpo á feira en las verbenas gallegas.

Comprobé que no tenía ni un euro en los bolsillos. Bajé de nuevo al servicio y me encontré, colocados por la mujer de la limpieza encima de la cisterna, las llaves de casa, el tarjetero y el teléfono. Me ayudé con un poco de papel higiénico para rescatar sus pertenencias y limpiarlas en el lavabo. El olor era repugnante y me dieron varias arcadas mientras lavaba las llaves de su casa. Los subí, los puse delante de sus narices y le exigí que los guardara en sus bolsillos.

―Perdona, pero yo no me meto esa mierda en los bolsillos. Dile al camarero que me los limpie, contestó con ese ramalazo de hombre acostumbrado a que le hicieran ciertas tareas de limpieza de complementos.

No le hice ni caso, claro está, y se los metí con cierto aire violento en su bolsillo derecho después soltarle tres o cuatro insultos irrepetibles.

En ese momento terció uno de los clientes que se estaba desayunando un «sol y sombra» (coñac con anís dulce), acompañado de un café con leche y tres churros.

―Bah, eso no es nada, hombre. Como si lo viera, mañana ya ni se acuerda. Tres lavados de estómago me hicieron a mí, ¡tres!, y aquí me tienes, entero como un roble. La primera vez fue por celebrar un ascenso en el trabajo que no era ni mío; la segunda, en El Escorial, por despecho; y la tercera… bueno, la tercera fue porque sí, que también hay que ser constante en la vida. Y mírame ahora: el médico me saluda por mi nombre y todo. Aún me invitan a bodas. Y me comporto como un señor. Anda, llévatelo a casa, dale agua y una sopa, que lo peor que tiene no es la borrachera… es la resaca que le va a enseñar mañana mucha humildad.

Le metí un poco de prisa con el argumento de que estaba esperándonos un taxi en la calle. El conductor, ante el aspecto hediondo y sucio de Rafo, se negó a que se subiera a su taxi.

―Tiene cinco meses y me lo va a dejar hecho un cristo.

El dueño del bar, al ver el generoso redondeo que le puse en la mano por los servicios prestados, salió con una sábana tamaño 4XL para que la extendiera en el asiento de atrás y así no tocar en absoluto la tapicería. El taxista lo examinó y cedió, pero me exigió que fuera generoso con la remuneración en destino.

Sobra la marcha decidí que tenía que verlo un médico y que no le venía mal una cura de humildad sanitaria. Sin decirle nada a Rafo, nos dirigimos a su sanatorio de cabecera y lo dejé sentado en el vestíbulo de urgencias, después de asegurarme que conservaba la tarjeta de su aseguradora privada. La enfermera lo reconoció y, sobrecogida porque el habitual olor a colonia se había convertido en un emético aroma a detritus, tomó nota de las circunstancias sin necesidad de mirar la tarjeta.

Sin ningún remordimiento, salí precipitadamente del sanatorio y me puse los cascos de música para aislarme de la experiencia que acababa de vivir. Saltó la canción de Ignacio Canut y Carlos García Berlanga, interpretada por Enrique Urquijo, Encerrado en este hospital…

Al anochecer recibí un guasap de Rafo: «eres un cabronazo. Me has hecho pisar el infierno en un lugar que tenía una imagen irreprochable. No hay derecho. Lo que me has hecho hoy es un putadón como nunca he recibido en mi vida. Mañana, sin falta, a las 13 horas, en Santa Bárbara, en Alonso Martínez».

Ni una palabra del pastón que me había dejado en el bar y en el taxi. Eso le importaba un carajo. ¿Lo importante? Su imagen en su sanatorio de cabecera. Lo demás le importaba un carajo. 

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CAPÍTULO XXVIII DE ‘HATROZ’.- LA PINTURA ORIGINAL

Ayuda al señor arzobispo / cuando tenga que evacuar, / que Dios desde el cielo / bien te lo ha de pagar.

Mientras consumíamos una caña en una terraza de la Plaza de Santa Ana, pude constatar, algo ya intuía, que a Rafo le encantaba volver a su infancia o a esos años en los que se gestaron las anécdotas más graciosas y disparatadas en el entorno de su familia. Creo que tiene muy idealizada esa época, circunstancia que le ha hecho encallarse en un tiempo que jamás volverá. En esta ocasión no respiraba el resquemor de otras ocasiones. Había aparcado el tono hiriente y faltón. Era un verdadero espectáculo contemplar a este hombre relatar cualquier incidente, natural o provocado, que hubiera ocurrido en los aledaños de Compostela, ese locus amoenus que le hacía olvidar los desvelos y las ansiedades generados por lo que él llamaba los fracasos rotundos de su vida.

Hablo desde un presente ―2026― que él califica como la tormenta perfecta porque, por diversos factores de riesgo emocional, dice que llegará tarde o temprano una verdadera catástrofe, acompañada de una viscosa lava de autorreproches, como el culmen de una vida dedicada exclusivamente a vivir sin fruto alguno y a rememorar esas vivencias de su pasado que le anudan la garganta.

Localizado el escenario en las inmediaciones del mítico y legendario Pico Sacro y su desaparecida torre ―se dice que quien pasara por algún camino próximo a ella, durante la noche, oiría con gran nitidez los lamentos y los gemidos de una señora que había sido encantada por un gigante sin que nadie pudiera auxiliarla―, Rafo se dispuso a teatralizarme con admirables gestos faciales y manuales un  sucedido que fue «o acontecemento do mundo mundial», según el matusalénico alcalde la localidad, que cada año ampliaba con una addenda el anecdotario de la comarca. Los paisanos de hábitos taberneiros apostaban, año tras año, en qué siglo acabaría el susodicho libro.

Cando se tome o derradeiro viño que prometerá hai vinte anos, sentenciaba el más conspicuo de los presentes que presumía ser el más retranqueiro de la aldea.

Daquela, teremos que ver antes ó seu paxaro xantar lacón con grelos, le respondía un retador de ironías que no sabía tomar sólo un vino.

Y echaban a reír todos imaginando al bueno del alcalde sin catar «o viño do Ulla» y dándole a su pájaro las sobras de tan selecto plato.

La mandamás de la casa de los Máiz, mujer de armas tomar, allá en los años veinte, decidió que las comidas de la familia, en plena canícula veraniega, tenían que ser un interminable recordatorio de todas las historietas, enredos o intrigas que habían sido protagonizados, unos por su familia, otros por los más insignes invitados y los de más allá por los anónimos habitantes de la aldea. Comentaban los residentes de esa casa que, cuando se le contradecía, se enfadaba como un huracán y daba unos botes, impulsados por sus andariegas piernas, que tocaba el techo con el moño que se hacía todas las mañanas después de llevar a cabo sus diarias abluciones en su dormitorio.

Un vecino de la finca de El Burgo, en Vedra, llamado O estralador, por su hartera forma de reventar las anécdotas antes de que culminara exitosamente su relato, era un digno representante, a pesar de ello, de la narrativa y rumorología oral gallega más ancestral.

―Porque no hay otro igual, decían las lenguas empapadas en vino en la taberna de O corneador do Ulla, por su infructuoso afán de ponerle los cuernos a su resignada mujer.

Este hombre, integrante activo de las diferentes tertulias que en las casas rurales de la comarca ulloana se celebraban, poseía un caudal de historias, unas verdaderas en lo elemental y otras sin ninguna base real, producto de una portentosa imaginación, que iban conformando un rico patrimonio de historietas rurales.

La fiesta de la Virgen de los Dolores, la que más fama tenía en la zona, en el año 1913, culminó sin sacerdote. Este era el titular de la anécdota que manuscribió el alcalde. Robada de un manzano mimado por la familia, una rotunda manzana lanzada por el hijo de diez años de O corneador do Ulla, cual Robin Hood con su arco, atinó a sacudirle al celebrante ―el arzobispo de Santiago― tal golpe en la cabeza mientras hacían las peticiones que cayó desmayado en el suelo como un orondo saco de patatas. Allí acudió el médico de la aldea, amoratado como el vino de Barrantes, a prestarle los primeros auxilios. Además de una micromisa, la fiesta patronal se quedó sin procesión porque el portador del estandarte lo olvidó, como consecuencia de una renombrada beodez, en no se sabe qué lugar de la periferia vedresa.

Las familias de los niños que iban a recibir la Primera Comunión ―tradición que empezó a asentarse a finales del siglo XIX― cayeron en un estado de ansiedad monumental porque intuían que sus hijos se iban a quedar a dos velas y con un palmo de narices si no se recuperaba el noqueado mitrado… de los efluvios vinícolas que expelía por la boca el dispuesto facultativo.

Coincidiendo con la fiesta de la comarca, también se celebraba la Primera Comunión de los pequeños de la aldea que estuvieran en disposición de recibir el mencionado sacramento. Sus esmeradas madres habían cuidado con enorme afán, el peinado y el traje de los primocomulgantes. Un buen negocio había hecho el peluquero el día anterior porque les cortó el pelo y los repeinó de tal modo con el fijador Patrico, para seguir la moda en una época que se llevaba el pelo engominado o el cabello hacia atrás con raya marcada. Era Patrico, en cierto modo, el equivalente español de las pomadas clásicas americanas, pero con un toque propio y un olor fuerte muy característico.

Recuperado del manzanazo el celebrante, más amigo de la calle que del convento, pudo otorgar, muy satisfecho y a toda velocidad, la Primera Comunión a todos los niños, aunque sus ojos estaban puestos en la opípara comida que habían preparado con todo lujo de detalles.

―Necesito recuperarme cuanto antes, acertó a decir con una voz aún herida.

Aquellas fiestas eran pantagruélicas, tanto en la celebración del acto religioso ―aunque en esta ocasión fue de chichinabo, como la tildó un madrileño que llevaba muchos años a la sombra del Pico Sacro― como en la comilona que era la esplendorosa culminación de un día inolvidable para toda la comarca. Decenas de curiosos posaban sus ojos en los diferentes concurrentes que asistían con sus mejores galas al acto casi más importante del año. Como aprendices de tertulianos televisivos, soltaban sus hirientes dardos, bien en forma de sonora carcajada, bien en modo de calificativos irrepetibles, contra todo ser viviente que mostrara un aspecto merecedor de la más dura diatriba.

Las burlas giraban también en torno a la renombrada cogorza que se iba a coger el señor alcalde, a los traspiés que los más torpes cometían en sus andares por el peligroso acceso que circundaba a la casa o en los llamativos trajes que algunos ―sin rubor ninguno― lucían cual esperpento valleinclanesco.

Pero concretemos más. Se organizó un auténtico fangal por culpa de una lluvia torrencial en la zona y la puerta principal, parecido el lugar a un fotocol de famosos, se convirtió en una «chocolatada de barro y agua». De nada sirvió que el acto religioso, por la indisposición del arzobispo de Santiago, fuera fugaz y deslucido. La chuvieira ―lluvia intensa con viento― que cayó fue muy inoportuna y todos los vecinos pudieron disfrutar, con mayor saña que otros años, del hundimiento reiterado de los zapatos en el cenagal que se había formado. Los invitados se vieron obligados a descalzarse para limpiar con esmerada voluntad los casi por seguro ya inservibles zapatos. Las risotadas de los espectadores fueron de escándalo. Ver de esa guisa al médico, al farmacéutico o a la alcaldesa, que tenía unos juanetes que parecían un sexto dedo en plena independencia, era impagable. Estaba asegurada una temporada en la taberna de O corneador do Ulla.

Por entonces, a principios del siglo XX, en estas casas no había cuarto de baño que dispusiera de un inodoro como los de hoy. Uno de los grandes problemas de estos eventos era, cuando se juntaban personajes de cierta entidad, cómo facilitarles la evacuación de sus aguas menores y mayores. El aseo diario se llevaba a cabo en un elegante lavabo que había en cada dormitorio. Las personas que trabajaban la finca se encargaban de dejar la jarra de agua bien repleta y una jofaina limpia para que los durmientes pudieran hacer a primera hora sus purificadoras abluciones.

En la parte posterior de estas viviendas, en la planta baja, en un lugar poco visible, había un excusado llamado común que servía de cagadoiro, como decía vulgarmente la gente de la aldea. Los más refinados se negaban a utilizar ese nombre y hablaban con unos eufemismos dignos de admiración: el excusado, el visitador, el inevitable o el solitario. Consistía en una construcción de madera en la que cabía a duras penas una persona de pie. A la altura de las rodillas había colocada una tabla de madera con un agujero redondo en el centro, lugar por el que se colaba la liberación humana, después de acomodar bien las posaderas, hacia un pozo negro.

Ante este hecho, y con la absoluta certeza de que a lo largo del día el reverendísimo arzobispo iría a visitarlo, un miembro de la familia de la mandamás le dijo entonces a un rapaz que raposeaba por allí:

―Cuando vaya su excelentísimo arzobispo a hacer hueco (a cagar, rapaz, a cagar, ante la cara de sorprendido del chiquillo), estate bien atento, para que en el momento de terminar su liberadora tarea ―no puedes quitar ojo de su libramento, ¿eh?―, tú le pasas por la enlodada comisura de sus nobles nalgas un palo con un paño de tela muy fina ligeramente humedecido con agua y untado con el aromático jabón que elaboramos en nuestra finca. De este modo, su ilustrísima no se ensuciará en absoluto ni la ropa interior ni los faldones de la sotana. La labor tuya es vital para que el único olor que percibamos sea el del aroma del jabón de Consuelo.

El chaval, acobardado, estuvo practicando con esmero desde que fue elegido para tal «ilustre tarea», pues hablaban de las malas pulgas que manifestaba el prelado cuando algo no acababa como él tenía previsto.

Fuco, llamemos así al chaval, al recibir la señal salió como un cohete y se colocó justo detrás del armazón de madera que daba rudimentaria forma al precario retrete. La madera rugió dolorosa cuando los voluminosos glúteos del mitrado descansaron en el tablón agujereado. Gracias a que el maderamen estaba un poco húmedo no se quebró como una plancha seca. Allí, el asustado rapaz tenía los cinco sentidos puestos en la acción liberadora del que había pronunciado minutos antes, como colofón de la comida, un «emotivo sermón» sobre las tentaciones del matrimonio cristiano.

Cuando el joven, magníficamente adiestrado pensó que el ciscador ya había terminado ―el volumen del vaciado y la trompetería que lo acompañó fueron de récord Guiness―, le ajustó el palo a su entrenalgas y frotó con una energía brutal. El mitrado, ante tan sorprendente y enojosa caricia, se puso tieso como un roble. Fuco pensó que tal vez no había realizado una limpieza completa, ya que no subía el aroma del jabón. Debía realizar una segunda e higiénica tarea que le asegurara que estaba todo limpio como una patena. Repitió la operación con más diligencia e impetuosa porfía si cabe. Pero… ¿Cómo iba a pensar el raparigo que el zampón prelado iba a meter la cabeza en el maloliente agujero para ver qué había ocurrido? El resultado fue que, en lugar de limpiarle por segunda vez el trasero, le endilgó unas buenas zurrapas que se habían adherido al paño en la primera limpieza en su rostro que brillaba coloradote por el vino consumido.

El buen hombre bramó como un cerdo por San Martín, despotricó de los hombres y de todo lo que no se encontraba en los escritos. Sin pudor alguno, se presentó en el remate de la comida ―podía ser cena, por la hora― con la cara enmarronada y exigió, tras unas cuantas expresiones malsonantes, que se esclareciese cuanto antes el móvil de aquella sucia ofensa y que se castigara con severidad al desvergonzado responsable. La reparación debería ser pública y notoria.

Y allí había que ver al pobre Fuco, delante del señor arzobispo, que no había permitido que le limpiaran la cara con diligencia, por lo que aún llevaba, según los asistentes que permanecían en riguroso silencio, pero con unas locas ganas de soltar una carcajada, en el rostro algunos restos de lo ingerido copiosamente en el desayuno y comida. Fuco le pidió perdón reiteradas veces ―nada se supo del instigador― con la cabeza gacha y sin mirarle a los ojos. Le aseguraron al gran libertario que el escarmiento iba a ser de los que harían época.

Los rapaces, solidarios con Fuco, estuvieron una semana sin salir de casa por la mañana, pero, por las tardes de esos días nadie les impidió ir al río a bañarse.

Durante esos días, los parroquianos, después de hablar con algún testigo de excepción, decían, entre burlas y parodias, que el verdadero responsable de la trastada sonreía más de la cuenta, como si una alegría interior rebosara de continuo por los poros de su plisada piel. Y este no era otro que el único tío soltero de la familia.

De la pintura del señor arzobispo habló toda la aldea durante meses. Hasta dicen que el hijo de Mariquiña, la de la tienda de comestibles, que pintaba muy bien, por cierto, hizo un lienzo para inmortalizar la heroica hazaña de Fuco. La verdad es que nadie lo vio.

En la tasca de la aldea sí se escucharon, durante bastante tiempo, muchas chanzas cuando los sedientos discípulos de Baco iban al común. Cuentan que salían disparados del estudio de pintura del señor arzobispo (así fue rebautizado el común de la taberna), por si alguno de los pícaros que por allí correteaban los confundían con su reverendísima.

―De la ceremonia religiosa decapitada y del sermón admonitorio sobre los peligros del baile moderno nadie habló lo más mínimo. Lo que se recuerda de la fiesta aún hoy es el gracioso y maloliente incidente del mitrado. Tantos preparativos por parte de la familia y de los vecinos para caer sin remedio en el más injusto olvido, se lamentó Rafo cuando terminó, satisfecho, la narración de la pintura original

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CAPÍTULO XXVII DE ‘HATROZ’.- LA NOCHE DE LAS AVIONETAS

He tenido tres horas para escribir y corregir este capítulo. Rafo me entregó las pinceladas del mismo a las 6 de la tarde y me exigió que debía estar en internet colgado a las 9 de la noche. Le dije que era imposible, que tenía otras cosas que hacer, pero todo cayó en saco roto. Cuando Rafo se pone testarudo es imposible que razone. Si tú, lector, encuentras alguna errata, te pido disculpas de antemano. Insiste Rafo que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

La romería comenzaba mucho antes de llegar al campo de la fiesta. Empezaba en la carretera estrecha, entre montes oscuros y eucaliptos húmedos, cuando los coches avanzaban despacio siguiendo las luces de otros vehículos que parecían perderse entre la niebla. Risas, voces, canciones, ruidos malsonantes, ocupaban la carretera a esa hora de la noche. Los conductores se exasperaban porque los caminantes invadían continuamente la calzada.

Aquella noche del verano de 1978, Jesús conducía el Seat 124 de su padre con una mano apoyada en la parte superior del volante y la otra sujetando un cigarrillo que apenas fumaba.

—Como volvamos a coger otra curva así, me bajo y sigo andando —protestó Clara desde atrás.

—No exageres —contestó Jesús—. Esto no es una carretera, es una prueba de supervivencia.

Pedro soltó una carcajada.

—Pues yo creo que vas más rápido que otras veces para impresionar a Sofía.

—Mira quién habla —respondió Jesús—. El que lleva media hora peinándose con el retrovisor.

—Eso es mentira.

—No es mentira. Y además has gastado más colonia que mi padre en Nochebuena. Apesta el coche.

Sofía, sentada junto a la ventanilla, negó con la cabeza mientras sonreía porque presagiaba que iba a ser una gran noche.

—Los hombres sois ridículos cuando queréis haceros los interesantes.

—Y vosotras disfrutáis viendo cómo hacemos el ridículo —dijo Pedro.

—Eso también.

Detrás venía la furgoneta donde viajaban Carmen, Luisa, Julio, César, Tomás y Marga. Desde lejos ya se escuchaban sus voces.

Cuando por fin aparcaron junto a una hilera de coches mal colocados sobre la hierba, todos bajaron hablando al mismo tiempo.

—¡Madre mía, qué frío hace aquí! —dijo Marga, cruzándose los brazos.

—Frío ahora —respondió Julio—. Espera a las cuatro de la mañana.

—A las cuatro de la mañana tú no distingues entre el frío y una farola.

—Porque a esa hora ya se alcanza la sabiduría.

—No, Julio. A esa hora tú ya no sabes ni cómo te llamas —contestó Carmen.

El campo de la fiesta aparecía iluminado al fondo, lleno de bombillas de colores suspendidas entre postes de madera. La música de la orquesta llegaba amortiguada por el aire húmedo.

Sonaba una canción de Fórmula V y varias parejas bailaban ya sobre la pista de hierba desigual.

El olor a churros, vino y pulpo hervido se mezclaba con el humo de los puestos y del tabaco de los asistentes.

Tomás observó aquello con una sonrisa tranquila.

—Hay algo en las romerías gallegas, este ambiente festivo y familiar, que no existe en ningún otro sitio.

—¿El qué? —preguntó Clara.

—Que aquí nadie viene solo a divertirse. La gente viene a sentirse parte de algo, parte de una fiesta que cada año que pasa está más concurrida.

—Mira qué profundo vienes hoy —se burló César.

—Es que todavía no bebió.

Aquella frase provocó las primeras carcajadas serias de la noche.

Y como si fuese una señal, Pedro levantó el brazo señalando hacia el otro extremo del campo.

—Primera parada: las avionetas.

Todos aprobaron la idea inmediatamente.

El puesto estaba rodeado de gente. Un hombre con camisa remangada llenaba pequeñas tazas de barro mezclando licores de varias botellas alineadas frente a él.

Un cartel pintado a mano decía: AVIONETAS ESPECIALES.

—Yo sigo sin entender qué llevan exactamente —dijo Luisa.

—Nadie lo sabe —respondió Julio—. Y probablemente sea mejor así.

—Seguro que eso lleva gasolina.

—O aguarrás.

—O directamente veneno.

El hombre del puesto los miró con media sonrisa.

—Mucho hablar y luego repetís todos.

—Porque no aprendemos —contestó Jesús.

Pidieron una ronda completa.

Las avionetas quemaban la garganta y dejaban un calor instantáneo en el pecho.

Sofía cerró los ojos tras el primer trago.

—Esto puede arrancar la pintura de una pared.

—Eso significa que está bueno —dijo César.

—No, eso significa que mañana voy a despertarme ciega.

Pedro levantó la taza.

—Escuchadme bien. Esta noche tenemos tres objetivos importantes.

—Ya empezó —murmuró Carmen.

—Primero: bailar.

—Aceptable.

—Segundo: no perder a Julio.

—Difícil.

—Y tercero: conseguir volver todos vivos.

Tomás asintió solemnemente.

—Ese último me preocupa.

La orquesta cambió de canción.

Comenzaron los primeros acordes de Déjame, de Los Secretos.

La zona de baile empezó a llenarse todavía más.

Marga agarró de la muñeca a Luisa.

—Ven conmigo antes de que nos quedemos aquí oyendo tonterías toda la noche.

—Yo no bailo.

—Eso decís siempre y luego sois las últimas en dejar de bailar.

—Porque insistís demasiado.

—Porque si no insistimos os pasáis la vida apoyadas contra una barra mirando cómo viven los demás.

Luisa terminó cediendo.

Mientras caminaban hacia la pista, César se acercó a Tomás.

—Te digo una cosa. Marga tiene razón.

—¿En qué?

—En eso de mirar cómo viven los demás. Hay gente que viene a las fiestas y parece que tiene miedo de pasarlo bien.

Tomás encendió un cigarrillo.

—Porque hay gente que piensa demasiado.

—¿Y tú?

—Yo llevo años pensando demasiado.

—Pues deja de hacerlo esta noche.

Las bailonas hacían que la fiesta fuera un desmadre de movimiento.

La orquesta tenía un cantante con traje blanco brillante que sonreía incluso cuando no cantaba. Parecía feliz de estar allí, bajo aquellas luces, viendo cómo la gente coreaba canciones conocidas.

Jesús empezó a bailar con Clara casi por obligación.

—No me pises.

—Entonces deja de moverte tanto.

—Eso es bailar. Hay más agujeros que en la carretera de la playa.

—No. Eso es intentar derribarme.

Clara soltó una risa sincera.

Pedro, mientras tanto, intentaba acercarse a Sofía sin parecer demasiado evidente.

—¿Te apetece bailar?

—¿Y tú sabes?

—Lo suficiente para no hacer el ridículo.

—Eso ya es bastante.

Comenzaron a bailar despacio.

Pedro estaba mucho más nervioso de lo que aparentaba.

—¿Siempre vienes a esta romería?

—Casi todos los años.

—Entonces igual ya nos habíamos visto.

—Puede.

—Yo me acordaría.

Sofía lo miró divertida.

—Qué seguro estás de ti mismo.

—No, de mí no. De ti.

Ella bajó la mirada un instante.

La música siguió sonando.

Cerca de los puestos, Julio ya había encontrado conversación con un grupo de hombres mayores que discutían sobre fútbol.

—Os digo yo que el Dépor va a cambiar muchísimo en diez años —decía uno.

—Sí, claro. Y yo voy a acabar siendo titular del Celta.

—No os riais. Las cosas están cambiando mucho en el fútbol.

Julio intervino levantando la taza.

—Pues mientras cambian, habrá que seguir bebiendo.

—Eso sí que no falla nunca —respondió uno de los hombres.

Poco después fueron hacia uno de los puestos del pulpo.

Las mujeres cortaban los tentáculos con enormes tijeras sobre platos de madera. El vapor subía espeso hacia las bombillas de colores.

El olor era irresistible.

—Ahora sí que soy feliz —dijo César cuando le entregaron su ración.

—Tú eres feliz con muy poco.

—Eso es una virtud.

Se sentaron todos en bancos largos de madera.

Durante unos minutos apenas hablaron, concentrados en comer.

El aceite rojizo y el pimentón manchaban el pan y las servilletas.

Tomás observó al grupo con calma.

Jesús discutiendo con Clara. Pedro intentando impresionar a Sofía. Julio hablando demasiado alto. Marga riéndose de cualquier cosa.

Carmen y Luisa compartiendo churros antes incluso de haberlos comprado.

Y sintió una especie de nostalgia extraña, como si aquella noche ya estuviese convirtiéndose en recuerdo mientras todavía la estaban viviendo.

—¿En qué piensas? —preguntó Carmen.

—En nada.

—Mentira. Tú siempre estás pensando.

Tomás tardó un poco en responder.

—Estaba pensando que dentro de muchos años vamos a recordar esto exactamente así.

—¿Así cómo?

—Con ruido, con humo, con orquestas infames y creyéndonos eternos.

Julio soltó una carcajada.

—La música no es mala.

—La canta alguien vestido como una lámpara.

—Eso es elegancia.

Después del pulpo llegaron los churros. El puesto estaba lleno de humo dulce y niños con las manos pegajosas de azúcar.

Marga pidió chocolate caliente para todos.

—Esto entra solo —dijo Clara.

—Como las avionetas —añadió Jesús.

—No compares una cosa sagrada con una bebida hecha para matar gente.

Sofía observó el movimiento continuo de la romería.

—Mira alrededor.

Pedro siguió su mirada.

—¿Qué pasa?

—Nada. Solo que parece que aquí el tiempo tiene un ritmo distinto.

Él asintió.

—Eso es verdad.

—La gente se ríe más.

—Porque aquí nadie piensa en mañana.

—Eso da miedo.

—¿Por qué?

—Porque las noches mejores son las que luego uno no consigue olvidar.

Pedro se quedó callado unos segundos.

—Entonces espero que no olvides esta.

Ella no respondió enseguida. Solo sonrió levemente.

Más tarde fueron hacia el puesto de tiro.

Tomás insistió en competir con César.

—Te gano fácil.

—Llevas diciendo eso desde pequeños.

—Porque es verdad.

El feriante les entregó las escopetas de balines.

Varias personas comenzaron a mirar.

—Venga, Tomás —gritó Marga—. Demuestra que tantos años cazando moscas sirve para algo.

—Cuando gane quiero respeto.

—Si ganas te compramos otra avioneta.

Los disparos comenzaron. Latas cayendo.  Botellas vibrando. Balines perdidos golpeando la madera.

César derribó más objetivos y alzó los brazos victorioso.

—Aprende del maestro.

—Ha sido suerte.

—No. Ha sido talento.

El premio era un peluche horroroso con forma de perro. César se lo entregó ceremoniosamente a Carmen.

—Para ti.

—¿Y yo qué hago con esto?

—Recordar por siempre esta noche.

—Preferiría una empanada.

La música seguía creciendo. Cada vez había más gente bailando. Las avionetas continuaban circulando de mano en mano. La noche parecía avanzar más rápido de lo normal.

Cerca de las dos de la madrugada, Julio se subió a un banco con una taza en alto.

—¡Silencio un momento!

—Eso nunca es buena señal —dijo Luisa.

Varias personas alrededor comenzaron a mirarlo divertidas.

—Quiero decir algo importante.

—Bájate antes de romperte la cabeza —gritó Jesús.

—Escuchad primero.

Julio carraspeó teatralmente.

—Pasamos el año entero trabajando, estudiando, aguantando problemas y escuchando a gente aburrida. Y luego llega una noche así… y de repente todo parece más sencillo.

—Eso es la bebida que te suelta la lengua —dijo Clara.

—No. Eso es la verdad. Miradnos. Dentro de veinte años igual estamos casados, calvos o viviendo lejos unos de otros… pero esta noche la vamos a recordar siempre.

Hubo varios aplausos y silbidos. Incluso algunos desconocidos levantaron sus vasos.

Tomás sonrió mirando al suelo.

—El idiota tiene razón. Dentro de veinte años lo mismo ya no hay fiestas como esta.

La orquesta empezó otra canción rápida. Jesús sacó a bailar a Carmen. Pedro volvió a acercarse a Sofía. César y Marga discutían riéndose. Luisa, que al principio aseguraba no querer bailar, terminó girando en mitad de la pista.

Las luces de colores atravesaban la niebla ligera que comenzaba a levantarse desde los prados.

Por momentos todo parecía un sueño. Un lugar suspendido fuera del tiempo.

Cerca de las tres de la mañana, algunos niños dormían sobre las sillas mientras los mayores seguían bebiendo y cantando.

La voz del cantante de la orquesta sonaba ya cansada, pero nadie parecía dispuesto a marcharse. La fiesta estaba a punto de terminar porque sonó el Miudiño.

Pedro y Sofía caminaron unos metros apartados del ruido.

Detrás de los coches aparcados apenas llegaba la música.

—¿Sabes una cosa? —dijo él.

—¿Qué?

—Llevo toda la noche intentando parecer más interesante de lo que soy.

Ella soltó una risa suave.

—Eso ya lo sabía.

—¿Y funciona?

—A ratos.

—Bueno, algo es algo.

Hubo un silencio tranquilo.

—No quiero que esta noche termine —dijo Sofía.

—Entonces no termina.

—Sí termina. Todo termina.

Pedro la miró con atención.

—Puede. Pero hay noches que luego se quedan contigo muchos años.

Ella suspiró.

—Eso precisamente es lo peligroso.

Cuando regresaron junto al grupo, Tomás estaba sentado sobre la hierba fumando en silencio.

Jesús se dejó caer a su lado.

—¿Cansado?

—Un poco.

—Pues todavía queda amanecer.

Tomás miró hacia el campo iluminado y observó cómo la orquesta iba recogiendo todos los instrumentos.

—¿Sabes qué pasa?

—Qué.

—Que uno cree siempre que estas cosas van a repetirse eternamente.

—Y no.

—Y no.

Jesús permaneció callado unos segundos.

—Por eso hay que vivirlas bien.

La niebla cubría ya parte del campo y el palco se empezaba a quedar vacío y oscuro.

Los feriantes empezaban a cerrar algunos puestos.

Olía a hierba mojada, café recién hecho y humo apagado.

Marga se sentó en la hierba abrazándose las rodillas.

—No quiero volver.

—Nadie quiere —respondió Carmen.

Julio señaló el horizonte que empezaba a ponerse gris claro.

—Mirad eso.

Todos guardaron silencio un instante.

Las primeras luces del amanecer aparecían detrás de los montes.

Y de pronto, sin necesidad de decirlo, todos entendieron que aquella noche quedaría unida para siempre a sus vidas.

No solo por las canciones. Ni por las avionetas. Ni siquiera por los bailes y las risas.

Sino porque durante unas horas fueron exactamente quienes querían ser. Jóvenes. Libres. Y completamente felices.

Cuando arrancaron los coches, todavía seguían tarareando canciones de la orquesta.

El campo de la romería quedó atrás entre niebla y bombillas apagándose lentamente.

Y mientras la carretera volvía a perderse entre montes húmedos y aldeas dormidas, todos llevaban encima esa sensación extraña que solo dejan las noches verdaderamente importantes.

La sensación de haber vivido algo irrepetible: la noche de las avionetas.

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CAPÍTULO XXVI DE ‘HATROZ’.- ADJETIVOS

Rafo es un hombre sorprendente. En lo bueno y en lo malo. En lo primero te lleva a horas de gran entretenimiento, y a soltar alguna espontánea carcajada, en lo segundo te hace pasar por indignos momentos en los que disfruta, como quien triunfa humillando al otro, si muestras una actitud servil y aduladora. Es prematuro para ver en él atisbos de una madurez serena y reflexiva. Sigue siendo un inmaduro de injustificadas rabietas, de silencios castigadores, de sarcasmos fuera de tono y de un victimismo propio de los adolescentes. Me escribió hace unos días un guasap interminable. Son los que le gustan. En este mensaje me comentaba que había encontrado entre sus papeles un texto que presentó a un concurso literario convocado por un ayuntamiento extremeño en el año 2000, el año siguiente de la muerte de Enrique Urquijo. Estaba pletórico sin causa, con esa positividad farandulera que emana de las cuatro «avionetas» que te has bebido en la fiesta de La Peregrina. Me recuerda a James Dean cuando, en la piel de Jim Stark en Rebelde sin causa, trata, con desesperación, de encontrarse a sí mismo en medio de una juventud igual de confundida y perdida como él.

―Tal vez me influyó el torrente de nostalgia que me invadió cuando leí en un banco de la calle Goya la noticia de su fallecimiento y las especulaciones del momento al aparecer su cuerpo en un portal de la calle Espíritu Santo del barrio madrileño de Malasaña. Sensible, frágil y vulnerable, decían de él los que lo conocieron en persona. Tres adjetivos, salvando las distancias, con los que me siento plenamente identificado.

―Antes de que te dé el bajón, volvamos a tu guasap, Rafo. Refleja una inusitada alegría, la propia que precede a un posterior bajón anímico espeluznante… ¿O me equivoco? Te lo digo muy clarito: está a punto de salir a la luz con toda su irreflexiva inmadurez. Dices que te encantaría que yo lo incorporara a Hatroz, pues forma parte de mi idiosincrasia amorosa. Así me entenderás algo más, sentencias. ¿No crees que tus lectores, si es que los tienes aún, están muy hartos de tu pasado, de ese tu primer amor? Joder, Rafo, parece que te has quedado encasquillado en ese momento. Deja en paz a esa Maite. Me tienes a mí hasta las narices… pues a tus lectores… Estoy siendo abiertamente franco contigo…Quizá te duelan mis palabras, pero es lo que pienso.

―Sí, claro que me joden. Y ahora no pongas esa cara de sorprendido. Sí. Estoy torciendo el gesto para que lo veas «muy clarito». Eres un imbécil de cojones. ¿Ahora me vienes con esas, cuando tú has sido quien ha alimentado esa idea, la de novelar mi vida? Soy yo el que está hasta el gorro de ti y de tus innumerables advertencias. No he visto escritor, salvo tú, ―y hace un gesto con el índice y corazón de ambas manos― tan pejiguero y tocapelotas.

Sin levantar los ojos de la mesa, se va encendiendo poco a poco.

―Tío, desaparece de mi vista. Piérdete. Esfúmate. No me des más la chapa. Si estás harto, lárgate de una puta vez. Me haces un bizum con lo que te he adelantado y ancha es Castilla, como dice un conocido mío. Estás y no estás. Quieres que te cuente mi vida y, cuando así lo hago, surgen los «esques» y los «peros». Tío, prefieres la comodidad del «pero» a la incomodidad de actuar. Escribe, coño, escribe.

La tensión se masca. Yo he llegado a mi límite. No aguanto más. Apago mi ordenador, lo cierro y lo meto en el maletín. Me levanto sin decir nada, bajo las escaleras, pago la cuenta y no vuelvo la vista en ningún momento. Entiendo que el libro no se está escribiendo: se está imponiendo. El silencio y la calle son lo único que no intenta dictarme.

Rafo se quedó desenmascarado con su copa a medio terminar en Tula, en la calle Claudio Coello 116. Ese lugar mítico de la noche madrileña, ampliado y renovado en la actualidad, aunque con el recuerdo de los años ochenta impregnado en sus paredes y en su música. Tanto Rafo como yo lo pateamos con explosiva juventud, con palpitaciones amorosas y con una sed de diversión incontrolables.

Rafo saca su móvil, lo coloca frente a él y abre el guasap. Es tan previsible en sus movimientos que me los imagino, camino de mi casa. ¿Te has equivocado? No lo veo, pero seguro que no me equivoco lo más mínimo. Rafo se dispone a seguir con su historia.

―A mí no me deja ni dios con la palabra en la boca. Mientras no me llegue el bizum, el tío este sigue siendo mi escritor, y vuelve a hacer mentalmente el gesto que con anterioridad hizo con las dos manos. Como si nada hubiera ocurrido, su guasap retoma la conversación de un texto que había mandado a un concurso literario en el año 2000. Eran las correcciones.

―Como siempre ―él debe de pensar que seguimos frente a frente―, no gané ni el premio de consuelo o de cartón, como dicen algunos. Nada. Después de muchas gestiones, internet en el año 2000 estaba en pañales, de cambios de gobiernos municipales y traslados a sedes más amplias y más prestigiosas, me pude hacer con el periódico en el que publicaron los textos premiados. Un profesor universitario, y sigue mirando hacia donde estaba yo sentado, después de leer los tres premiados y el mío en cuatro folios sin nombre y nada identificable, escogió sin dudarlo el escrito por mí. No digo más.

El texto es el siguiente. Tú, sigue escuchando mi guasap, y, si te sale de las pelotas, lo cuelgas en mi blog, para mañana que es un día clave para los lectores, y dejas que estos lo juzguen.

Me envía el guasap pensando que lo voy a leer antes de acostarme. Está muy equivocado. Oigo cómo suena mi teléfono, pero no me levanto de la cama y sigo con la relectura de «El conde Montecristo», de mi adorado Alejandro Dumas, novela en la que Edmundo Dantès, envidiado por su entorno, y acusado de agente bonapartista, sufre una de las penurias carcelarias más sangrantes de la literatura mundial.

Rafo sale de Tula muy desconcertado y mirando con obsesión el teléfono para ver si se marcaban las dos rayas azules de lectura. Se encamina hacia su casa, envarado como si llevara un corpiño antiguo imaginario, se encuentra a dos vecinos a los que saluda con un fingimiento hatroz y que se ofrecen a ayudarlo en lo que fuera ―en esto los despacha con displicencia― mientras lo observan cómo hace esfuerzos ímprobos para planchar con las manos las arrugas de su camisa de algodón egipcio almidonada. Antes muerto que sencillo. Tumbado en su cama, navega entre un mar de cabreos, otro de falacias y el tercero de reproches injustificados. El guasap sigue gris. Lo termina, obsesivo él, con una innecesaria aclaración: piensa que este texto es de diciembre de 1999 y está sin tocar en su parte esencial, lo único que he corregido son tres cositas de… Y se queda dormido.

Maite fue mi primer amor. Era una chica de dieciséis años, uno más que yo. Tenía el pelo moreno y el cutis blanco, salpicado por unas pecas en torno a la nariz que hacían de ella, cuando se reía, una chica de una absoluta fascinación. Recuerdo de ella también unos labios generosos y rojos, unos ojos dulces, una sonrisa caliente y un aliento que te seducía sin argucia alguna. La nostalgia hace que el recuerdo se aproxime al endiosamiento.

El recuerdo del primer amor lleva incorporado un placentero mérito. Jamás recordamos los malos momentos ni los defectos. Se produce en nuestra mente el mismo efecto que cuando usamos un tamiz: la harina que nos hace sufrir no se filtra y no cae en el saco de los recuerdos positivos, para contaminarlos, que está ansioso de recibir y casi de espiritualizar las vivencias «reales» del pasado. Recordamos los ratos de placer, de aquellas tardes interminables al lado de ella, hablando de un mundo aislado y que solo nosotros podíamos palpar. Esa burbuja que se instala en nuestro cerebro es indestructible y aguanta con una fortaleza desaforada los hirientes golpes de la memoria posterior al primer amor. De vez en cuando se despierta y nos dice que está ahí, reproduciendo un idílico pasado, y que por nuevos amores que vengan, ninguno será como él.

Los recuerdos nos proyectan una película que jamás encontraremos en ninguna parte y que, por lo tanto, aunque los protagonistas y el encuadre espacio-temporal fueran los mismos, nunca podremos saber el grado de veracidad de esa evocación. Es una película de un tono ceniciento con algunas notas de color ―influencia del presente― que vemos en un inexistente cine ―el Mármol de aquella época― con una mezcla de voluptuosidad, ensoñación y nostalgia. Voluptuosidad, porque nos recreamos en el recuerdo de unas vivencias que causan en nosotros un placer inigualable. Jamás gocé como aquellas tardes quinceañeras, dicen algunos con un tono agridulce… pero que, a la par, esa ensoñación les deja un sedimento de tristeza y de acidez emocional imposible de borrar. Y nostalgia porque, desde la soledad actual que sufrimos algunos, amamos con verdadera fogosidad nuestro pasado, y pensamos que nadie puede llenar esa hornacina que permanece vacía de emociones en el día de hoy. ¿Alguien me puede negar que lo que vivimos, piel con piel, Maite y yo bajo el puente que cruzaba el río Manzanares cuando estaban construyendo la M30 no existió?  Por otro lado… ¿Cómo soy incapaz de recordar los malos momentos? ¿Por qué soy un incompetente a la hora de escenificar el instante en el que ella me dejó o yo la dejé? No lo sé. Eso también alimenta la voracidad y la sublimación de ese amor en una invulnerable vanidad. ¿Por qué no me ahogan las discusiones, las peleas, los celos y las malditas horas de silencio esperando ―ella o yo― la deseada llamada que no llegaba? ¿Por qué cada vez que echo atrás la vista el espejo de mi sueño brilla con mayor fulgor?

Son tantas las preguntas que me vienen a la mente que no me dejan vivir en paz porque no sé quién me las podría responder. Pero siempre entre ellas se asoma el rostro de ese primer amor que sacia cualquier carencia presente. Es un huésped permanente que, silencioso y oscuro, como un rayo electrizante, me visita con nocturnidad e invade mi memoria con el deseo de compartir el brebaje efímero de la nostalgia. Desde entonces, tengo sed todas las noches y bebo de él en un vaso como si fuera el santo grial. Nuevo recuerdo, vieja locura. 

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CAPÍTULO XXV DE ‘HATROZ’.- LA INOCENCIA

Bendita sea la inocencia, / mi abuelo siempre rezó, / mientras yo abría los regalos / que el Rey Mago en mi portal dejó.

Rafo, ya lo vas conociendo, es muy terco y tozudo. Me argumenta, cuando me propone saltar a la infancia, que ya me había advertido que no quería linealidad narrativa. Soy así y, otra vez, como la carta que escribe mil veces, pero nunca envía, sale a la luz la amenaza de deshacerse de mí como narrador. Terco y tozudo como ese espejo que solo refleja lo que uno quiere ver o como ese muro que crece en altura cada vez que alguien ―yo, por ejemplo― intenta escalarlo.

Rafo se debía levantar de forma sigilosa, en una acción clandestina y oculta como el asesino de la hermosa mujer del doctor Kimble en El fugitivo. Nadie sabía sus intenciones. Si alguien las hubiera descubierto, seguro que lo hubieran reprendido en extremo con una advertencia severísima de que, ante un comportamiento tan desmandado, los Reyes Magos pasarían de largo y no dejarían ninguna de las peticiones que había plasmado en la ya tradicional carta.

Durante la cena se esmeró en bostezar ruidosa y estridentemente repetidas veces. Varias advertencias paternas sobre la educación y los malos hábitos cuando estaban sentados a la mesa salpicaron una espera que temía que se le fuera de las manos. Nada más terminar el postre, fue conminado a abandonar el comedor y a meterse en la cama nun chiscar de ollos e nun airiño de Deus. Dos expresiones gallegas muy conocidas por su padre que, así sumadas, le invitaban al receptor del dictado a hacer diligentemente lo que se le indicaba.

Embozado hasta las cejas, el corazón se le desbocaba y sonaba con gran estruendo en el silencio de su habitación. Había tenido una infinita paciencia fingiendo que ya estaba inmerso en uno de sus fantasiosos sueños infantiles. Escenificó acertadamente la estrategia que había tramado con esmerado detallismo, pues la última vez que entró su padre en el cuarto se cercioró de que no estaba despierto. Reprodujo el sonido gutural que profería el dormido con tanta perfección que su padre le confirmó a su madre que estaba descansando. Como buen gallego, dijo: parece que duerme.

Calculó cuánto tiempo tardarían sus padres en conciliar el sueño. Son unos pesados, dijo para sí, porque no paraban de recorrer el pasillo una y otra vez. ¡Hasta han salido a la calle! ¡Esto es como una canción desafinada que no deja de sonar!, dijo para sí reproduciendo las palabras del párroco de Ortoño cuando lo escuchó en las pruebas de canto para el coro.

Por aquel tiempo Rafo no era consciente de las dificultades de su madre para conciliar el sueño. Le oía comentar que el insomnio es como un teatro donde la mente no baja el telón o como un laberinto sin salida. No sabía aún que su lucha contra el desvelo con un silencio forzado le producía un nudo en la garganta que apretaba más con cada palabra no pronunciada. Rafo no sabía a esa edad de la lucha de su madre desde tiempos lejanísimos.

―En esa edad temprana todo me parecía tan sencillo que, cuando llegué a la preadolescencia, y me enteré con todo detalle de la realidad, me sentí un poco culpable por no haberme percatado de ciertas experiencias vividas, me comentó el día que estuvimos hablando de este capítulo.

De pronto, explotó el silencio en la casa. Ni vecinos ni camiones por el paseo. O eso creía Rafo en su fingido sueño, porque la noche del 5 al 6, en aquella época, era una auténtica locura con la compra de los regalos descolgados que los niños habían solicitado en la carta a los Reyes Magos.

De vez en cuando, lo que retrasó voluntariamente la puesta en pie de Rafo, un viento gélido golpeaba el cristal del balcón y se colaba por las rendijas de la montura de madera que no asentaba bien. Esto era una cancioncilla que en tiempos pasados habría sido la causa de una apresurada y meteórica incursión en la cama de sus padres.

El miedo era extraordinario como un abismo que empezaba en la almohada y el crujir de la madera era como un invitado no deseado que no se quería ir. Ni aún con la promesa del vellocino de oro se hubiera quedado en su dormitorio otra noche cualquiera. El objetivo que se había planteado para esa noche era tan importante que el éxito de dicha expedición vencía el miedo a cualquier incursión de elementos extraños en su habitación.

Metido en la cama con tres mantas zamoranas, y tapado hasta la nariz, se sentía muy orgulloso por no escapar de la musiquilla maléfica de la puerta del balcón, aunque al otro lado estuviera la señora Danvers, el ama de llaves de Rebeca. No le castañeaban las muelas por más que sintiera en el estómago el aleteo de inquietas mariposas.

Pensó que ya debería levantarse, pero no era capaz de destaparse, paso previo para ponerse en pie y comenzar de este modo sus indagaciones reales. Hacía mucho frío en la habitación y añoraba Rafo la lucecita que sus padres enchufaban de noche para que no cayera en el pavor nocturno, ese miedo que se convertía en un huésped que no veía pero que sabía que estaba a su vera. Lo de la lucecita no lo sabían en el colegio para no ser pasto de las burlas de los compañeros, que siempre presumían de dormir en la más absoluta oscuridad. Hasta su compañero Pedro, cuando hablaban del miedo decía como un fanfarrón: Si viene a asustarme, que traiga algo nuevo, porque los fantasmas ya me aburren. Yo no tiemblo, yo hago temblar al miedo.

Por fin se puso en pie, tanteó la pared y esquivó con suma habilidad la ruidosa baldosa que estaba suelta, mil veces sellada, pero que mis «tranquilos juegos» hacían que se desprendiera reiteradamente. A causa del desasosiego que me generaba la situación llevaba el pijama pegado a la espalda. Hacía un frío invernal, pero sudaba. La zozobra de la situación lo mantenía en vilo, atacado por los nervios y con la mente neblinosa. Estaba convencido de que iba a descubrir uno de los mayores secretos de la humanidad: el mapa del tesoro estaba dibujado con la letra de mamá.

Avanzó por el pasillo como un niño que camina entre dos mundos: el de la fantasía que quiere conservar y el de la verdad que está a punto de descubrir. Olía la presa. Aspiraba un ligero aroma a licor. Era incapaz de distinguir el tipo de bebida que descansaba en la mesa del comedor. Allí estaban las tres copitas llenas con sus respectivos dulces y servilletas. Ajajá, esta noche los pillo seguro, pensó mientras le subía a la boca una regurgitación estomacal. El maldito pudin que se empeñó en cenar ―había sobrado de la comida― haciendo caso omiso a las «advertencias profesionales» que su padre le había hecho sobre los inconvenientes nocturnos de dicha ingesta. Ahí la terquedad infantil es un grado, además de la cierta permisividad que habita en los progenitores en épocas navideñas.

Rafo tenía ocho años y una misión, repetida mil veces en su mente, muy clara: descubrir de una vez por todas quiénes eran los verdaderos Reyes Magos. Le había dicho Mateo, un compañero de clase con la rotundidad de un niño envalentonado:

―Los Reyes no existen. Son los padres los que compran los regalos. Ayer, mientras rebuscaba en el armario de mis padres, encontré una bolsa llena de juguetes con etiquetas que decían «Para Leo», «Para Clara» y «Para Mateo». Y claro descubrí la mentira: los Reyes Magos no son quienes traen los regalos… ¡son los padres!

La profesora, al enterarse, habló con Mateo. Le explicó que la magia de los Reyes no está en saber si son reales o no, sino en compartir ilusión, esperanza y alegría.

Mateo, avergonzado, comprendió que había roto algo más que un secreto: había chafado la ilusión de sus amigos.

Esa noche, escribió cartas a cada uno de ellos, pidiéndoles perdón y prometiendo que, aunque supiera la verdad, nunca volvería a apagar la magia de los demás.

Los padres de Rafo, cada año, le hablaban de Melchor, Gaspar y Baltasar, pero él, después de escuchar a Mateo, sospechaba que algo no cuadraba. Así que esa noche, la noche mágica del 5 de enero, había decidido ejecutar la operación secreta que había urdido sin decir nada a nadie.

Colocó una manta en el sofá del salón, justo frente al portal de Belén que presidía el salón. Tenía una linterna, una libreta para tomar notas, y hasta un reloj con alarma. Dejó los zapatos bien limpios bajo el portal, junto a los dulces para los Reyes y el agua para los camellos. Todo estaba listo.

—Esta vez no se me escapan —susurró, mientras se acomodaba en el sofá. Pero los nervios y el cansancio, compinchados con sus padres, lograron el milagro: se quedó profundamente dormido. Había luchaba contra el sueño como un titán, pero sus párpados pesaban como piedras y no pudo más. A las cuatro de la madrugada, la alarma sonó… pero él no la oyó. Dormía profundamente, abrazado a su linterna.

A las siete de la mañana, sintió una mano suave en el hombro.

—¡Feliz Día de Reyes, campeón! —le dijo su padre.

Rafo abrió los ojos y vio el salón lleno de regalos, los zapatos rebosando de sorpresas, y los dulces mordisqueados.

—¡No puede ser! ¡Me dormí! —exclamó, frustrado.

Su padre sonrió, cómplice.

—Los Reyes son muy rápidos. Quizás el año que viene tengas más suerte. Tal vez los Reyes solo se dejan ver cuando uno no los espera. Quizás la magia está en no verlos.

Rafo miró su libreta vacía y suspiró. Pero en el fondo, sabía que la magia no estaba en descubrir el secreto… sino en que realmente existían los Reyes Magos. 

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CAPÍTULO XXIV DE ‘HATROZ’.- LA GUISANDEIRA

Falan que as guisandeiras son as mellores cociñeiras, falan todos moi ben delas como si aínda as houbera.

(Cuentan que las guisandeiras son las mejores cocineras, todos hablan muy bien de ellas como si aún las hubiera).

―La comida casera es una parte esencial en el desarrollo de los jóvenes y no esas porquerías que comen en los bares a los que van.

Así hablaban los queridos ascendientes de los pequeños cuando sesteaban delante de la casa vieja de La Peregrina después de un buen elaborado almuerzo en una vella cocina de leña.

Lo cierto es que en verano todos engordaban unos cuantos kilos. Mil argumentos varios para una realidad gallega: las patatas gallegas, el pan, los huevos de corral… ¡Hasta algunos decían que el aire puro del valle de Amaía engordaba más que el contaminado de Madrid!

Rafo, cuando era pequeño, escuchó reiteradas veces un elogio un tanto desmesurado de las patatas gallegas y los tres pequeños iban a la cocina con la misma frase. 

―Pepa, no hay nada como as patacas da terra.

La buena guisandeira miraba a Rafo, a Jorge y a Rosa con cierto gesto de incredulidad campesina y paciencia quincuagenaria, se frotaba las manos y les soltaba con profundo acento gallego:

Da terra son todas.

Y volvía a sus tareas culinarias.

Jorge aclaró que la frase era respuesta de Maruxa, una mujer que trabajó en su casa durante muchos años.

―Nunca conseguiréis que acepte el doble significado de esa expresión. Sois muy tercos. Cada verano le decís lo mismo con el afán vuestro de que en esa oportunidad se vaya a reír con vosotros. Ni lo soñéis. Pepa es de una simpleza argumentaría que no buscará nunca el doble sentido de esa palabra. ¡Ojo que lo digo como elogio y no como descalificativo!

Así hablaba el tío Filoso cada vez que veía que se multiplicaban las visitas de los pequeños a la cocina.

En realidad, las incursiones al «territorio de Pepa» tenían en muchas ocasiones una razón muy diferente. Eran las «requetefamosas galletas de nata» las responsables.

Pepa las elaboraba con la nata de la leche de las vacas recién ordeñadas cada noche en una granja vecina. Cuando los quehaceres de la cocina de leña le permitían otros cometidos, los pequeños lo celebraban con gritos de alegría que querían imitar al linajudo e inconfundible aturuxo (grito agudo, fuerte y prolongado que se emite en señal de alegría en las fiestas mientras se realizan algunas labores agrícolas).

Anhelaban que entre esos otros cometidos estuviera la elaboración de las inimitables y singulares galletas de nata. Todo dependía de la inexistencia de algún encargo familiar.

Hacía muy pocas galletas para la cantidad de comensales que estaban dispuestos a saborearlas. En algunas ocasiones protestaba polo miúdo (en voz baja) cuando podía comprobar que esa noche se había pertrechado el más escandaloso de los ataques. El placer, con el recuerdo actual, no se sabe si estaba en la galleta, que seguro que sí, o en la sensación de exención de culpa cada vez que, en la fría y húmeda oscuridad de la noche, se abalanzaban casi obscenamente sobre el bote que las albergaba.

Pepa se levantaba muy pronto. A las seis de la mañana ya había ruido de cacerolas en la cocina. Así lo aseveraban los primos mayores de la casa que, como habían llegado de madrugada, se quejaban de tal alboroto organizado. Su cuarto se encontraba justo encima de la cocina. Los suelos de madera de entonces no aislaban lo suficiente para amortiguar los golpes protagonizados por la guisandeira cuando preparaba todo para la comida del día. Mientras reposaban en los mullidos colchones de lana, oían con absoluta nitidez el vetusto ritual de Pepa, en forma de sintonía culinaria. Únicamente se mitigaba cuando el aroma inconfundible de un caldo gallego se colaba por las rendijas que tanta madera vieja ofrecía. Hoy, con el dolor de la nostalgia que destroza realidades pasadas, recuerdan todos aquel exquisito caldo elaborado a fuego lento y en cocina de leña. El crepitar de la leña era música de un galán que cortejaba a los ingredientes del caldo gallego.

Su afán era tener todo dispuesto a media mañana, para poder dedicar algún tiempo al tratamiento de sus variados achaques médicos. Las varices, la tensión… y cuantas dolencias habitaban en su pequeño cuerpo.

Como tenía muy cerca de la cocina el baño que ella utilizaba para sus abluciones matinales y otros menesteres, no había que ser muy lince para imaginar que, cuando la comida reposaba a medio elaborar en las diferentes mesas de la cocina, y la «circunstancia física» lo requería, las visitas al excusado eran reiteradísimas.

No le gustaba nada que hubiera fisgones mientras ella cocinaba. Los expulsaba de su pequeño reino como el más déspota y despiadado monarca. A la familia, los espectadores, siempre les dirigía unas palabras que hoy nadie es capaz de recordar. He buceado en la memoria de los familiares que aún viven con saña inquisitorial, pero nada. Todo ha sido baldío. Esas palabras les hacían salir a toda velocidad de la cocina y disimular ante ella que cumplirían a rajatabla tal indicación.

Duraba el precepto unos cinco minutos. La curiosidad infantil, en muchas ocasiones, era superior a la de los adultos cuando eran expulsados y amagaban con marcharse para dar vueltas continuas con el único afán de seguir fisgando en la «propiedad de Pepa».

Célebre fue la reacción de esta buena mujer cuando visitó a su médico de toda la vida y le recetó unos supositorios. La cara de ella era todo un poema, cada vez más impactante, según iba escuchando al doctor lo que le había recetado para atenuar ciertos dolores que tenía en la zona baja del vientre.

―Lo que le receto en esta ocasión es algo novedoso para usted, pero que es muy efectivo si se utiliza debidamente. Los supositorios son muy positivos para aliviar el dolor de modo casi inmediato. ¿Me entiende usted? ¿Lo ve? Y le mostraba uno como referencia visual. Es un medicamento sólido de forma alargada y acabado en punta que usted debe introducir por el ano con una presión continua hacia el interior hasta que usted se percate de que no va a salir. Puede ser que haya experimentado en ocasiones otros tratamientos también exitosos que se utilizan introduciéndolos por la vagina. Cuando lo introduzca por el ano debe cerciorarse de que lo retiene perfectamente en su interior para que el supositorio libere su ingrediente activo cuando se funda con la temperatura del cuerpo.

La cara de Pepa iba de susto en susto. Lo único que le apaciguó el pudor que invadió su rostro fue la contundencia de las palabras del médico cuando le aseguró su efectividad. Sus palabras fueron persuasivas y concluyentes.

―Lo tiene que hacer usted. No tenga reparo alguno. Esto es una práctica muy frecuente hoy en día. Es evidente que no es un tema para una conversación, pero si usted indaga un poco, muchas mujeres le corroborarán mis explicaciones.

La salida de la consulta fue todo un concierto sin preludio. La ansiedad le había producido una gasificación que no fue capaz de reprimir y hubo una liberación absoluta de música de viento.

Su enrojecido rostro subió de tono al recibir el frío de la mañana y el camino hacia el taxi lo hizo cabizbaja y consternada.

No abrió la boca en todo el recorrido de la consulta a La Peregrina. Se bajó aturullada y torpe por los nervios, y se tropezó con el patinete que había en la era. Rogó a lo más alto que ningún hombre de la casa le preguntara por la visita al médico.

―Por poco la tengo que llevar a urgencias, le dijo el taxista. Algo muy grave le ha tenido que comentar el médico para postrarla en ese azorado atontamiento. Espabile, mujer, espabile, que seguro que no es nada grave.

Pepa, haciendo caso omiso a cualquier comentario que llegaba a sus oídos, se introdujo en la casa vieja mirando fijamente al suelo y con el rostro aún encendido de vergüenza. No veía el momento en el que pudiera descansar en su dormitorio a solas. Era su mayor deseo en ese instante. El movimiento de la llave se oyó con nitidez en la acera de la casa vieja. Golpe seco y firme con el siguiente significado: no me molesten.

―Algo peliagudo ha tenido que ocurrir, comentó el tío Filoso, mientras saboreaba un cigarrillo perfectamente liado con mano habilidosa y ducha en esta labor desde la adolescencia.

Como la comida estaba hecha, Pepa no salió de su habitación hasta el atardecer. De hecho, varios miembros de la familia golpearon con los nudillos en la puerta de su dormitorio y no encontraron respuesta alguna. La preocupación era evidente. Empezaron a barajar la posibilidad de que lo hablado en la consulta del médico fuera más allá de una simple dispensación de recetas.

―Ningún médico sensato se lanza a hacer un diagnóstico sin pruebas previas. Tiene que ser algo muy molesto, pero nada grave. Es lo mínimo. A no ser que fuera, que no lo es porque lo conozco yo muy bien, o carniceiro de Reboredo, cerca de San Andrés de Teixido que sajaba los granos de la cara haciendo tres grandes cortes en distintas direcciones para así garantizar la extracción de todas las impurezas.

―Ninguén o fai mellor ca eu. E, cando me reclaman anestesia, doulles un augardente de oruxo blanco de 50º, o mesmo que utilizo después para limpiar a pel, que os deita na cama como si recibiran un puñetazo en seco de Mujamá de Alí.

Los pequeños, a lo suyo como es evidente, entraron reiteradas veces en la cocina con la esperanza de que estuviera elaborando galletas de nata. Estos «tres elementos» ―Rafo, Jorge y Rosita― no podían calibrar la gravedad de la posible enfermedad de Pepa. En la niñez no se conocen nítidamente los imponderables que se van presentando en la vida adulta. Ninguno de los tres valoró los achaques que sufría la buena de Pepa y que la postraron de aquel modo tan significativo.

En el silencio del atardecer, y entre ronquidos indignantes, parecidos a una motosierra, de algún familiar, se oyó de pronto el chirrido de las bisagras de una puerta. La madre de Rafo levantó la vista del punto que estaba calcetando y, en un silencio casi nocturno, se puso en pie y se dirigió con rapidez a la cocina. Después apareció la madre de Jorge. La de Rosa no estaba presente porque se había a dar con su marido el paseo de todos los días.

Allí estaba Pepa, en el umbral de la puerta que daba acceso a su territorio con la caja de los supositorios en la mano derecha en plan de afrenta medieval.

Las hermanas se interesaron y le preguntaron si precisaba algún tipo de ayuda con las croquetas de la noche.

―Ustedes tranquilas. La masa ya está hecha y sólo me falta envolverlas en pan rallado y huevo. Ahora voy al baño, ya saben ustedes, y luego las envuelvo.

Lo curioso de la noche es que todos se sorprendieron muchísimo cuando las madres de Rafo y Jorge decidieron no tomar croquetas esa noche. Si es vuestro plato preferido, les bombardearon todos mientras se iban sirviendo ritualmente.

Nadie supo la razón. Bueno, sí, dos personas. 

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CAPÍTULO XXIII DE ‘HATROZ’.- SIN ALGODONES (II)

Rafo, a los dieciocho años, había comenzado una relación que se le estaba yendo de las manos. Sabía que era un inmaduro para afrontar algo serio y con proyección de futuro. En su casa la presión era muy grande, o él la sentía así, para que abandonara esa «amistad», ya que se negaban a tildarla de noviazgo. Ella era la que se obstinaba en mantener una relación más seria y él la procuraba más física que sentimental. Yo me dejo llevar por una inercia egoísta y cobarde, decía en la intimidad a sus amigos sin rubor ninguno. Iba de la respuesta más desabrida al beso más turbador en un abrir y cerrar de ojos.

Todo esto que estoy narrando me lo contó Rafo de una tacada mientras comíamos en Mingo, restaurante especializado en pollos asados y sidra de elaboración propia. No soportaba la grasa de los pollos, pero reconocía que la pechuga asada, él no comía ni muslos ni zancos, era riquísima.

Hizo una pausa en la narración y se le fue de la mente la idea que estaba a punto de comentar. Distraído, y con un cigarro sin encender entre los dedos, se mostraba incapaz de mantener la mirada. Sabía que estaba dejando al descubierto una personalidad pusilánime y endeble. Hablar de ese pasado tan lejano le suponía hacer un esfuerzo tal que sólo le estimulaba el café que se ofrecía aromático y retador delante de él. Estaba frío por la tardanza en su consumición. Su rostro, mientras, reflejaba las lejanas huellas de una ruptura que él llevó a cabo de forma torpe, abyecta e innoble.

Marisa nunca entendió el motivo aducido por Rafo. Nunca. Él cortó por lo sano una noche en la que le repitió infinitas veces ese endeble argumento de la falta de libertad y ese manoseado hasta la saciedad por los adolescentes de que no podía atarse a una mujer en edad tan temprana. Marisa vislumbró detrás de esas palabras la sombra de los padres de Rafo. El argumentario no resistió ni la más nimia de las réplicas de Marisa, que fueron consistentes y lúcidas, como era ella. Con la sencillez de la verdad, le hizo unas cuantas preguntas que él, acunado por una alcurnia de hojalata, respondió con muy mal gusto y con cierto tono de oligarca emocional, dada su incapacidad para afrontar la verdad simple y transparente.

Me confesó que le daba un miedo pavoroso la naturalidad con la que se regía Marisa en todos los ámbitos de su vida.

―Yo, un tempestuoso mar de titubeos, miedos y desaciertos; ella, siempre cabal, íntegra y decidida. Te lo juro, yo me pasaba tres noches en vela dándole vueltas a una simpleza que era incapaz de resolver y ella con una clarividencia insultante la solucionaba exitosamente en cinco minutos. Y siempre acertaba, joder, siempre acertaba.

Esto le retraía y ponía en evidencia su incapacidad en la toma de decisiones. Y esperaba como agua de mayo que llegara el sábado. Cada vez más mentiras de compromisos que ni él mismo se creía. Sonaba el teléfono y un Te esperamos en La Cruz Blanca rompía cualquier expectativa de pareja tradicional. Fue la primera huida hacia delante que terminó con las grandes ilusiones de un futuro compartido que habían pergeñado Marisa y él. Más Marisa que él.

Por otro lado, volviendo a los inicios universitarios, el comienzo de Rafo fue de sentimientos encontrados. Muy encontrados todos ellos. Y aquí encajaba perfectamente el título de la entrada.

¿Agridulces las sensaciones? Fue un auténtico encontronazo con una realidad que Rafo desconocía, aunque la profesora de Historia de COU algo les había insinuado. Corrigió enseguida lo dicho por un compañero y enumeró de modo claro y diáfano las características de una dictadura.

―Y si no me comprenden, no tienen ningún derecho a realizar estudios universitarios, remató. Vayan al museo de cera que están montando cerca de aquí y muéstrense en él tal como son ustedes: unos alcornoques revestidos de piel humana. Y se quedaba tan tranquila sin hacer ni caso al profesor de Formación del Espíritu Nacional, que le reprobaba que cargara de ideología sus clases. Este último entendía que hablar de los éxitos de Franco no era inyectar de ideología a los alumnos.

―Le dijo la sartén al cazo, y apagaba el cigarro en el cenicero de pie con una virulencia casi inquisitorial la libertaria profesora de Historia.

La mampara ideológica que su familia había diseñado a su medida durante décadas todavía aguantó unos embates más, pero se observaban en ella, cada vez más nítidas, unas grietas que daban luz a una realidad para él desconocida.

Se pueden imaginar el aspecto que proyectaba Rafo en esos años. Barbilampiño como era, con una cara de crío descomunal, con una forma de vestir pseudopija y con un abanico de temas de conversación tan limitado que fue enseguida catalogado por un descarnado profesor como un burguesito inmaduro. A tanto llegó el incomprensible desprecio que le profesaba ese barbado docente de magisterio que cuando quería intervenir en un debate abierto sobre temas muy polémicos le estaba a la cara:

―Usted baje la mano que sus argumentos serán rancios e insustanciales. Le aseguro que no aportarán nada nuevo, sólo una visión retrógrada y ultramontana de la realidad española.

En aquella época ni derechos del estudiante ni nada. En aquella época había que apechugar con lo que decía el profesor y punto. Esto lo digo yo y no nuestro protagonista.

Rafo decidió no comentar en casa nada de lo que escuchaba en la universidad y menos aún lo que le escupían a la cara. Nada. Lo que sí es cierto es que empezó a entender algunos comentarios que oía a universitarios mayores en un bar de la calle Conde Peñalver llamado La Cuba. Expresiones como cambio, constitución, democracia, rojo, traición, libertad de expresión, franquista, censura o derechos civiles fueron tomando forma en una época de convulsiones ideológicas. Lo que tristemente le sorprendía era que un profesor que estaba educando a futuros educadores se mostrara tan sectario e insultante.

Un día, ya en Filología, entró en la cafetería con aire tímido e indeciso. Le habían dicho que no había clase de Latín porque estaba indispuesto el profesor, una tal Agustín García Calvo, desconocido en ese momento para Rafo, pero posteriormente lector compulsivo de su poesía. Sus compañeros, aún desconocidos para él, estaban allí. Con esa manida falta de seguridad, echó un vistazo a las mesas ocupadas y de pronto vio una mano levantada al compás que escuchaba su nombre. Una chica le estaba indicando que se sentara con ellos. La mesa estaba ocupada por tres chicas y dos chicos. Así podemos jugar al mus por parejas, barruntaban. Rafo no conocía ningún juego de cartas y desbarató con una sonrisa el lúdico propósito de sus nuevos compañeros de clase.

A su lado estaba sentado un joven al que todo el mundo llamaba Lete. Manuel, Manolo, Manolete. Simpático, juerguista y con enormes ganas de vivir los tiempos que estaban diseñando los políticos de la época. Hubo un momento de cierta tensión, porque se dieron cuenta de que Rafo no había dicho la verdad cuando hablaron de la ideología de los padres. Como siempre, el complace que crecía obscenamente en él. Hizo mención a Paracuellos y un perturbador silencio se extendió por toda la mesa. De pronto, sin comerlo ni beberlo, un recién incorporado llamado Quique le preguntó:

―¿Tu padre ha estado en la cárcel?

Rafo, inmaduro y desconocedor de la «otra realidad» como había empezado a calificar su padre, balbuceó muy bajo.

―Mi padre es un hombre honrado.

Desafortunado por ignorante. Muy desafortunado por una ignorancia que cada vez se aireaba más. El compañero saltó como un muelle.

―Más honrado que él mío, no. Lo que pasa es que mi padre ha estado cinco años en la cárcel por rojo.

Rafo se quedó petrificado y apenas pudo atender a las explicaciones de Quique: un conflicto que hubo en los años sesenta en la universidad y que supuso prisión para varios profesores universitarios, su padre entre ellos. Llevaba varios días noqueado por este comentario y cuando él lo creyó oportuno, una reunión familiar de las muchas que había, lanzó la preguntita comprometedora:

―¿Alguien de la familia ha estado en la cárcel?

Hubo un silencio muy significativo y miradas comprometedoras. De pronto, un familiar intervino de forma tajante:

―Algo más habrá hecho ese tipejo. Seguro. Más que dar clase, como es su obligación, habrá vociferado mítines políticos en el aula. Ahora resulta que todo hijo de vecino justifica su paso por Carabanchel con las revueltas antifranquistas de los años sesenta. Todos han sido unos luchadores clandestinos contra la dictadura. Yo leo la prensa a diario y no salgo de mi asombro por la cantidad de hombres y mujeres que han sufrido un «exilio interior» y que han participado en todos los motines que proliferaron en los «últimos años franquistas». Crecen como setas. Aunque nosotros bien lo sabemos.

Rafo era un experto inquisidor que, como no lo frenaran, no soltaba la presa. Su padre bien lo sabía. Los mayores vieron que la conversación tomaba unos derroteros incómodos y embarazosos. El padre de Rafo le dijo con tono paternal:

―Vete a tu cuarto a estudiar, que, ante los exámenes que se te avecinan, aprovecharás más el tiempo que con preguntas que ya te contestaré yo otro día. Aquí, ahora, no… ¡Venga!

―Sí, ese día que nunca llega, dijo para sí Rafo.

Sabía que ese melón lo abriría su hijo con sumo placer y «minaría» la reunión con un sinfín de preguntas.

Rafo, malhumorado, se fue a su habitación y, en lugar de estudiar, actitud infantil, se puso a escuchar mil veces La otra España, de Mocedades que le había grabado en un casete un compañero de clase. Aquí entenderás muchas cosas, muchas, le dijo con tono críptico. Entendió que era una canción que versaba sobre la emigración de aquella época y no vio el claro mensaje político que algunos decían que transmitía. 

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CAPÍTULO XXII DE ‘HATROZ’.- SIN ALGODONES (I)

Rafo, cuando la familia vivía en el Paseo de Santa María de la Cabeza nº 1, según iba creciendo, se empezó a dar cuenta de ciertas realidades que chocaban con una visión idílica del vecindario. Él, en su ingenuidad infantil, pensaba que todos los vecinos tenían un «trabajo honrado y decente», creyendo con fe absoluta las palabras de su padre y de Felipe, el portero que velaba, desde su ilimitada bondad, por una comunidad bien avenida solventando todos los problemas que surgían día a día.

Pero un día, en el que la vecina del cuarto centroizquierda requirió la atención de su padre, los ojos de Rafo observaron unos movimientos extraños y los oídos, conversaciones en voz muy baja.

Rafo, curioso como todos los niños, se lo preguntó a su padre y este le contestó sin ningún tipo de remilgos con una sentencia que levantó más dudas que aclaraciones:

―Hijo, en medicina no debe haber ningún tipo de miramiento cuando hay que atender a un enfermo. Ninguno, hijo, ninguno.

La vecina de este piso, Marijuana, no tenía un oficio conocido. Eso decían. Como decía un vecino excombatiente, es una «roja». Sé positivamente que participó en todas las algaradas antirreligiosas de la República. Una elementa, Felipe, una elementa de aúpa. Y ya no hablemos del oficio actual.

Su padre, cuando lo consideró oportuno, subió andando con su hijo las seis plantas y le hizo una radiografía de cada vivienda. Cuando pasaron por delante del piso de la susodicha, su padre carraspeó y sólo le dijo su nombre. Esto abrió un interrogatorio por parte de Rafo que su padre bandeó con palabras y expresiones inconexas de muy difícil comprensión para él.

En una época en la que cada vecino vivía en su casa, pero a la vez en la de todos. El recato, palabra que era bandera de lustrosa visibilidad en la convivencia de los residentes de todas las comunidades de vecinos, debía brillar con total nitidez. Según los parámetros que regían el recato vecinal, esta mujer no los cumplía, y los inquilinos que decían ser modelos de decoro público la evitaban como si fuera portadora del más infecto comportamiento.

Para el padre de Rafo no existía esa pudibundez cuando era reclamado para realizar una revisión médica, como en este caso, porque se encontraba indispuesta con una fiebre muy alta.

Rafo se empezó a dar cuenta de que sus padres se habían obcecado desde bebé en protegerlo con unos intranspirables algodones para que su contacto con la calle en la adolescencia no perturbara su educación y su formación. Eran conscientes de que lo que se planteaba en los primeros años de la educación de sus hijos luego crecería recto y auténtico. Por eso nunca entendió, quizá fuera por desesperación, que en la crucial edad de los catorce años lo matricularan en un instituto de la ribera del Manzanares, donde los orígenes familiares eran de una clara diversidad ideológica y social y no tenía nada que ver con la homogeneidad del colegio anterior.

En el Calderilla «empezó a ver» situaciones familiares y a «escuchar» frases que le conectaron con la ocupante del cuarto centroizquierda de su casa. Hablo del primer quinquenio de los setenta, muy convulso en todos los sentidos. Las manifestaciones, las protestas, las huelgas y los registros empezaron a ser el pan nuestro de cada día en las zonas más populares de Madrid. El cabeza de familia, entonces el padre, era consciente de que en la capital había una serie de reivindicaciones que él ocultaba a sus hijos por un, llamémosle miedo, a que los «árboles crecieran torcidos y pútridos».

La desprendida y lenguaraz madre de un simpático compañero de clase llamado Serafín, cuando celebraron en su casa los quince años del joven, le preguntó a Rafo si su padre médico era un represaliado. Guardó silencio porque no sabía lo que significaba esa palabra. Era nueva para él. La madre, sin quererlo, estropeó la fiesta, que era el primer guateque al que asistía Rafo, porque la frescura de los quince años se vio ahogada por el peso de una mochila familiar que muchos creían tener a buen recaudo. Ese primer guateque será pieza primordial de otra entrada.

―Papá, ¿qué es un represaliado?

El padre de Rafo tragó con cierta dificultad el trozo de pescado que se había llevado a la boca. Guardó silencio durante unos interminables treinta segundos, y, después de mirar a su mujer, expuso, en un paradójico circunloquio, aquello que él consideraba que su hijo debía saber.

―Mira, hijo, hemos vividos unos esplendorosos años y ahora, en los setenta, vivimos una crisis económica brutal. Es la conocida como crisis del petróleo. Los empresarios seleccionan muy astutamente a los trabajadores que quieren contratar. Y no quieren problemas. Los conflictos, del tipo que sean, nadie los desea en su negocio y según este criterio los que aún no han aceptado la nueva realidad española tienen muchas dificultades para ser contratados. Te estoy hablando de republicanos y simpatizantes de la República, miembros del clero y laicos católicos perseguidos. Estos, según la legislación actual, deben ser juzgados y encarcelados y de este modo nunca serán contratados. Y punto.

―Entonces…don Fausto, el del sexto derecha, y los vecinos que se acercan a ti después de misa para pedirte ayuda porque su marido lleva muchos años sin trabajar…

―Aunque sea en silencio, pero el resentimiento arraigado que manifiestan los que tú mencionas en un claro impedimento para que puedan empezar una nueva vida.

―La madre de Serafín me comentó que haber pasado por el TOP era una cruz insalvable. ¿Qué es el TOP?

Los padres se dieron cuenta de que había sido un craso error la elección del centro escolar. Estaban comprobando que su hijo se adentraba en una poblada fraga, como la de Cecebre, residencia del generoso bandido Fendetestas, protagonista de El bosque animado de Wenceslao Fernández Flórez.

―Un tribunal, hijo, un tribunal como otro cualquiera. Juzga delitos. Y punto. A la cama, y, como dice tu hermana, chimpún. Se acabó.

―Pero la madre dice que su marido no ha hecho nada malo. Y no lo entiendo. ¿Juzgarte por no hacer nada?

―Venga, me estás cansado. Tengo que estudiar un poco, que mañana tengo dos operaciones muy importantes.

El sintagma que titula esta entrada se hizo muy famoso en posteriores años, en el entorno universitario de Rafo.

Sus comienzos, en horario de tarde por las consabidas razones familiares, le ofrecieron una sucesión de imprevistas novedades. El primer paseo por la cafetería le mostró una fotografía viviente que le retrotrajo a los años del Calderón de la Barca.

Después de hablar con un grupo que estaba disfrutando de un bocata con un refresco, no quiso decir ni palabra, empezó a entender muchas circunstancias que él había vivido siempre bajo el prisma familiar. Las manifestaciones por el paseo de las Delicias, los comentarios airados de unos pocos feligreses en el atrio de María Auxiliadora, las críticas soterradas de alguna madre de sus compañeros de clase cuando lo invitaban a merendar, las visitas continuas de dos policías a un profesor del Instituto con apellido vasco…

Rafo estaba desconcertado y en ese lapso temporal de tres años de magisterio intentó desenmarañar un ovillo que estaba lleno de nudos. En esos tres años se sintió incapaz de procesar tanta novedad. La familia tenía todavía un peso decisivo en su formación y las valoraciones de sus diferentes integrantes, la mayoría, de modo compacto iban en una misma dirección. Hay que desmantelar tanta mentira, decía un tío suyo.

Aunque Rafo quería evitarlo, casi siempre coincidía en la barra de la cafetería de la universidad con un «agitador político y subversivo», según palabras de su padre cuando le comentaba las valoraciones de dicho compañero.

―Tío, y se envalentonaba el Sindiós, hiperactivo y metomentodo, parece que te han bautizado en el puto Vaticano, le decía con cierta frecuencia para poner sobre la mesa su ramalazo anticlerical cada vez que se quejaba del café, que a Rafo le parecía un exceso casi ofensivo decir que venía directamente de Colombia.

Nuestro protagonista en esa época era un aprendiz de hombre. Como dice ahora en tono humorístico, en esa época era un hombrín. Corazón y razón estaban enfrentados a sangre y fuego. Estaba muy confuso porque por entonces él entendía que simplemente escuchar ciertas ideas era traicionar a la familia. 

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CAPÍTULO XXI DE ‘HATROZ’.- DESNUDO

Mientras tomábamos un café en Milford ―el paraíso de la juventud, según Rafo―, hablamos torpemente de nimiedades, especialmente porque Rafo salió del colegio indignado e incendiado por el comportamiento de un grupo de alumnos en la última clase de la tarde.

Bebió compulsivamente el café. No le salían las palabras y yo comprendí que no era un buen momento para una prolongada conversación. Me dijo que le dejara diez minutos, que le permitiera dar una vuelta a la manzana, que con eso le llegaba. Salió taquicárdico y cayó de nuevo en el tabaco. Dos caladas y al cenicero público. Se llamó mil veces imbécil y juró que no lo volvería a hacer.

Rafo entró con un rostro un poco más relajado. Estuve a punto de llevarlo a urgencias, preocupado por el estado de nerviosismo que reflejaba su aspecto. Al despedirnos, me dijo que yo me había comportado como un señor, porque lo había acompañado a su casa y me dijo que luego me mandaría un guasap para confirmar su mejoría. Así fue.

Una nueva cita, pero esta vez en el Penta de la calle de la Palma. Me planteó tres exigencias: no tomar nota de nada, no releer ni reescribir lo escrito y no matizar nada. Yo protesté con palabras gruesas y, animado por la cerveza, hice el ademán de irme, pero Rafo ni se inmutó, dio un trago a su cerveza y se puso a leer los guasaps que latían en su teléfono. Había uno, según él, que esperaba con acongojante zozobra.

―Te lo repito, me dijo, como lea algo matizado o reescrito por ti, te planto. Te dejo y que me escuche otro tío. Tú, no. No me cuesta nada cambiar de negro literario o escritor fantasma en cuanto te desvíes de mi camino. Peculiar e inexplorado, pero es el mío. En el caso de que no te lo creas, provócame y lo verás. Te planto sin decir adiós. Los anillos que nunca he tenido no se me caerán por ello.

―Pero… ¿Quién te crees que eres? Si nadie te conoce. Eres el genio anónimo detrás del bostezo literario o el autor favorito de nadie. Perteneces a la más vulgar de las intrahistorias de este país. Además, utilizas unos adjetivos trogloditas y altamente casposos. Si cierras el blog, piensa que yo tengo todas las contraseñas, ¿nadie pierde, nadie? ¿Y tú? El gran perdedor. Porque al final, como decía Freddie Mercury, eres el gran farsante, el gran simulador. Los grandes perjudicados somos tú y yo. Tú, porque te conocerán como el escritor fantasma que ni los fantasmas leen; y yo, seguiré con mis deudas. Nada. Piénsatelo bien. ¿Otro autor en la sombra? ¿No ves que el problema eres tú y tus descabelladas condiciones?

Rafo guardó silencio ante mi invectiva y sólo hizo un gesto de enfado, que se quedó en una ridícula mueca de fastidio.

―Dejando esto a un lado porque así no se avanza, te comento dos aspectos de mi vida literaria: lo que yo escribo lo leo, lo releo y corrijo mil veces. No me puedes pedir que no rehaga los errores porque puede ser caótico. Aún estoy reescribiendo poemas que escribí en los años 90. Ya sé muy bien tus principios, pero…también tienes que entender cómo soy yo. ¿Qué prefieres? ¿Lo caótico o lo perfectamente estructurado? Si me obligas a no retocar textos, nuestro blog se puede convertir en algo calamitoso y nada apetecible.

―Pues eso es lo que quiero, joder. Mi vida y mi cabeza son caóticas, pues que mayor constatación de ello que los relatos muestren una atractiva anarquía.

―De atractiva, nada de nada. Tú no lees los correos que me envían zascándome por el desorden. Sería un galimatías. Además, tengo muy mala memoria. Lo mismo confundo escenarios, frases o vivencias. Entonces… Si no me ajusto a lo dicho por ti… ¿Vas a creer que yo no he matizado nada y que todo ha sido fruto de mi incapacidad de plasmar en azul con exactitud absoluta lo narrado por ti? Me los vas a reprochar. Y te cabrearás. Por favor… ¡déjame tomar notas!

Me comenta que me tiene que dejar cinco minutos porque tiene que contestar una llamada importantísima para él. Vital, la califica. A los cinco minutos exactos vuelve y se sienta, en esta ocasión, frente a mí y no a un lado como elegí yo. Yo, a lo mío.

―Observo que eres feliz relatándome episodios superficiales y candorosos de tu vida, pero están tan deshilvanados que me resulta inexcusable no meter mi pluma. Me exiges objetividad, que me convierta en un componedor de textos ajenos y no en un narrador omnisciente que sabe todo de ti, el protagonista. Por tal razón, no me permites ver tus miserias, tus vergüenzas y tus debilidades. Las tengo que intuir y colegir de lo que tú me cuentas. Creo que es un grave error no permitirme hacerlas públicas.

―Tú, cuando escribas, no deduzcas, no; tú, escucha, teclea y cuelga en el blog. ¿Que me quieres decir algo de viva voz? Pues adelante, suéltalo. Si fuera boxeador, diría ―y lo dice muy convencido― que soy un encajador que se faja muy bien en las distancias cortas.

―Lo considero un trabajo hatroz, que si no fuera por mis necesidades económicas lo mandaría todo a pastar. Me desasosiega saber si mi visión de la realidad que tú me relatas y la que yo transcribo se compenetran como una pareja bailando un sensual tango.

Hacemos una pausa mientras guasapea con una lentitud que me relaja. Aún hay personas más torpes que yo.

―Por lo que voy conociendo de ti, y por lo que me cuenta tu entorno, puedo decir, en una espontánea lluvia de calificaciones, que eres noble, que no linajudo, generoso en las acciones, poseedor de un pronto muy dañino, sincero y raudo en la petición de perdón, muy buen escuchador, desubicado geográficamente ―son palabras tuyas―, parco en palabras, prolífico intermitente en la escritura ―también son palabras tuyas―, nada altanero, desinteresado en lo material, abatido por nimias preocupaciones, lleno de debilidades y dudas, disfrutador en la intimidad de tus pocas certezas, agradecido con los gestos ajenos y con una tendencia clara a la soledad. Y, por último, con un póker de complejos que nunca desvelas.

―¿Y todo lo has deducido de nuestras conversaciones? ¡Ah, perdón! Que hablaste con mi entorno. En contra de mi voluntad.

―No me lo prohibiste radicalmente.

―¿Y ahora qué hago contigo? ¿Me largo? ¡Eres un auténtico cabrón, tío! Y yo confiaba plenamente en ti.

―Tus certezas siempre se tambalean cuando vuelves los ojos a tu infancia y tu adolescencia, tanto la temprana como la tardía. No deberías caer, como muchos de nosotros, en valoraciones extremas cuando hablamos de aquellos años. Lo que ocurre es que te gusta la sangre emocional, te gusta exudar congojas y desdichas.

―Sigue, sigue. Estoy alucinando.

―No puedes hacer un juicio sumarísimo de la época en la que sufriste algunas experiencias impropias de un adolescente. Pero… ¡no te equivoques! No pierdas la perspectiva… ¡Mucha gente sufre como tú y muchísimo más!

Sé sincero y noble, ya te juzgará el lector. Creo que fuiste un niño feliz y, como dices tú, un tardoadolescente hipersensible con las afecciones, enfermedades y fallecimientos de tu familia. Hoy serías un PAS clarísimo.

―¿Cómo?

―Persona Altamente Sensible.

―¡¡¡Lo que me faltaba!!!

―Yo creo que tienes un miedo pavoroso a que se resquebraje esa imagen celestial que tú has cincelado a lo largo de los años. Pero tienes que entender que este paso que tú has dado va en esa dirección. Es absurdo que te quieras convertir en un segundo principito cuando tú eres realmente un hombre de carne y hueso, con tus virtudes y tus defectos. Una compañera tuya ―torció el gesto― me dijo hace unos días que te encantaba darle lustro a esa segunda vida que muchos creen que tienes.

―Cuando sale ese tema, se sonríe como un tuno en una rondalla y se le ponen unos ojillos de inocente libertino que me encantan, me susurró confidencialmente.

―Vamos a ver. Vamos a ver. Como soy un lector compulsivo de la literatura decimonónica y de las primeras décadas del XX, no soy ni un desahogado juanitosantacruz ni un disoluto baudelaire. Pero si me retas a elegir, te diré que tengo más del primero que del segundo, aunque… Estoy soltero y el buey suelto bien se lame. No tengo yugo alguno que me impida cualquier movimiento. Me encanta la palabra. Soy un crápula.

Nos despedimos con un fuerte abrazo y acordamos que nos guasapearíamos para concertar otra entrevista.

Tú, lector de este blog, o de un futuro libro, te habrá extrañado muchísimo mi silencio como narrador en algunas entradas anteriores. Como bien sabes, en un principio, mi única fuente de información era la voz de Rafo porque no me atrevía a fisgar en su entorno. Si llegara a sus oídos, la capitulación sin acuerdo posible sería inmediata.

Yo he puesto en duda algunas partes de su relato. Me parece increíble que tuviera dentro de su casa un comportamiento filial―paterno ejemplar que no se movía un ápice del ideario o credo familiar. Ahí empezó, en mi opinión, su pernicioso y famoso complace. No quería dar disgustos a su madre. Los académicos eran otra cosa. Ahí no había complace alguno. Y en la calle vivía lo mismo que la mayoría de los adolescentes del momento.

Luego, cuando decidí hablar con el entorno, lo tenía muy fácil realmente, porque algunas voces me dijeron enseguida que no era oro todo lo que relucía y que los años universitarios ―como hemos visto en entradas anteriores― los vivió, por muy diferentes motivos, que retomaré en otros momentos, anegados de emprendedoras juergas y temerarias francachelas con sus amigos de toda la vida. No sé el porqué de su empeño en ocultar unos largos años de descarado e imprudente desfase. 

En lo que se refiere a enfermedades, situaciones familiares difíciles de soportar y fallecimientos de parientes se atiene a la verdad más absoluta en su justa medida. Como dice él: con este tema no me gusta la fabulación. Todo ha sido y es como yo lo cuento.

Cuando habla conmigo, no miente; ya que está convencido plenamente de que lo que narra es la verdad absoluta. No es consciente de que a esos momentos de evocación les está poniendo un filtro de adulto. Era un joven incoherente en su grado máximo. Se creía adulto cuando era un adolescente o joven poseído por una inmadurez, que no le impedía sentir física y emocionalmente, como es lógico, los primeros latidos del crecimiento. Pero las responsabilidades académicas se perdían en innumerables promesas que se evaporaban en dos o tres días.

Yo sabía con quién hablar para confirmar expresiones, valoraciones o acontecimientos que me dejaban perplejo, pero que no los hago públicos por respeto a él. Mis artimañas han logrado romper su hornacina emocional y alguna perla ha soltado. Rafo no miente. Lo afirmo. Oculta, que es diferente. ¿Ocultar no es mentir? Rafo, en este punto, ha exteriorizado la misma inmadurez que ha regido sus actos a lo largo de su vida: un miedo hatroz a romper la imagen que tienen ahora los que lo conocen. En los temas familiares, ha esperado a que la mayoría de sus parientes de más edad fallecieran para ceibar (soltar) la lengua.

Lo poquito que he podido recabar en su entorno me confirma que fue un niño feliz y un adolescente lleno de pulsiones, inquietudes y obsesiones que habitan per sécula en una negra nube que no se ha separado de él desde entonces.

Otra de sus obsesiones era su madre. Él no quería que sufriera por su culpa, pero no lo logró. Sus juergas, su tío Filoso, su endeblez en los estudios no hicieron más que acrecentar el insomnio y las depresiones de Lola madre. No quiso, no pudo, no supo, no entendió que él era, en esos años, un puntal para su madre y el hacerle compañía no era suficiente.

Un psiquiatra con el que coincidí en una cena de amigos ―conocidos, mejor― me dijo, al consultarle mi miedo de tergiversar las palabras de Rafo, que la memoria siempre traiciona, ya sea la de un pez o la de un elefante.

―¿Uno recuerda el pasado tal como pasó? Imposible. La memoria tiene sus triquiñuelas que ponen en duda los hechos que uno relata con una certeza absoluta. Pero eso le pasa a todo el mundo, hasta a los que juran tener una magnífica memoria. Sólo con olvidar un dato, ya estamos tergiversando esa verdad.

Aprendí que la psiquiatría se mueve entre dos planos básicamente. Uno, la alomnesia o ilusión del recuerdo, que consiste en falsear el recuerdo provocando una rememoración errónea. Se recuerdan las situaciones de una forma equivocada. La persona no tiene conciencia de la alteración, mostrándose convencido de su recuerdo. Y, por otro lado, hablamos de amnesia anterógrada o de fijación, que manifiesta la incapacidad para la aprehensión o la fijación de nueva información. También se conoce como olvido a medida.

―Creo que, en tu actuación como narrador de la historia de Rafo, estás entre las dos situaciones, de ahí tu obsesión por tomar nota de todo aquello que te cuenta el protagonista. 

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CAPÍTULO XX DE ‘HATROZ’.- LOLA HIJA

En la madrugada de ayer me despierta el móvil y el ordenador. Me anuncia Rafo, por medio de un acongojado guasap que me ha enviado un correo con el capítulo que le falta a la novela Hatroz, uno dedicado a su hermana Lola.

Desde que empiezo este afán de «malnovelar» episodios de mi vida, se resiste a airear algunos de la suya. Como soy un plasta le digo: o todo o nada. Me repite una y otra vez que hay un acontecimiento que no, que no sale a la luz mientras yo esté viva.

De este modo, escribo 39 capítulos. Espero que los hayas leído todos. Cuando Lola acepte ser el capítulo XX, le daré el cierre definitivo a este engendro de narración que sólo quiere ajustar cuentas con mi memoria, aunque esta nunca es lineal ni es capaz de poner orden a mis escombros.

Lola y yo hemos hablado mucho. Por fin, antes de ayer, me da el plácet para que escriba las partes que yo le esquematizo en un papel. ¡Por fin consigo convencerla para ponerlo todo negro sobre blanco! Por tal motivo tengo que reordenar los capítulos para situar el de mi hermana en el lugar que yo quiero, que es el capítulo XX. Exijo, termina, que, a diferencia de algún otro capítulo, esté escrito en presente porque yo quiero que quien lo ojee lo sienta en la actualidad.

Después de leerlo varias veces y de hacer infinitos cambios, me resulta difícil encadenar con fluidez los diferentes episodios de este capítulo que voy a narrar porque algunos son compactos y muy cerrados, y no admiten una clara transición para no distorsionar el espíritu que quiere transmitir Rafo, que no quiere aceptar que una congénita timidez sirva de explicación para todo.  

Lola Máiz Togores nace en el Sanatorio del Rosario de Madrid el 3 de octubre de 1954. Ella le repite a quien le quiera escuchar que «nace de nalgas y que el parto dura unas 32 horas». En un tono no sé si humorístico culpabiliza a estas dos circunstancias las futuras desgracias de su vida. Ella explica, sin convencimiento alguno, que el destino o el carácter de una persona están determinados desde el nacimiento: si alguien «nace de nalgas» (es decir, de una forma considerada poco favorable o fuera de lo normal), entonces sus dificultades futuras son consecuencia de esa condición inicial.

No le gusta que la llamen Loli a los 71 años que tiene, en cambio acepta el apodo de «Woolite» porque se lo ponen con mucho cariño nuestros dos primos mayores. Habría que investigar si algo tiene que ver con el carácter fuerte que manifiesta, una clara herencia de los Bermejo por vía paterna, y el poder suavizante del susodicho producto.

Estudia el bachillerato en el colegio Mater Salvatoris en la calle Límite donde son 40 alumnas y luego se trasladan a Aravaca donde construyen un gigantesco edificio. Nunca habla con claridad de su experiencia en este colegio ―últimamente, sí― por esa timidez que le impide hablar y actuar con decisión, pero el término acoso está presente en muchas situaciones vividas. Sólo libra en su negativo recuerdo a la madre Madurga, que la tutela con cariño y respeto durante muchos años.

Por estas razones, una tía de la familia les recomienda a nuestros padres en varias ocasiones que la trasladen al instituto Isabel la Católica, donde, ejecutado por fin el cambio, realiza exitosamente COU. Tiene verdaderas amigas, aunque algunas se pierden con el paso del tiempo y otras diversas suertes. Es evidente que la enseñanza en aquellos tiempos es muy diferente. Sólo recordar que en el colegio le dejan solo para septiembre la 4ª evaluación de Química. Hoy eso…

En la etapa colegial, en 4º de bachillerato, sufre la corea mínor ―el conocido baile de San Vito―, enfermedad que no brota de manera brutal hasta el verano de ese mismo año. Mi padre, por entonces, vacacionaba en septiembre, pero nada más verla el diagnóstico es claro y evidente. Tiene una recuperación tan lenta que le dura varios años, asociada al doloroso Benzetacil mensualmente.

Estudia Farmacia, trabaja en diversas oficinas de farmacia, con visiones agridulces los años que a ello se dedica. Tiene la oportunidad de comprar una farmacia y ser codueña de una oficina situada en Vallecas. La experiencia no es buena. La relación es imposible con el otro dueño y decide vender su parte. Cuando se firma dicha venta en la notaría de un familiar, este le dice con clara retranca: es evidente que no llevaste lentillas cuando negociaste con él y realizaste la compra.

Deja el trabajo para casarse con un arquitecto en 1989, ceremonia que se celebra, bajo una intensa lluvia, en el colegio de El Pilar de Niño Jesús, con el objetivo de vivir en Valladolid, ciudad que había ganado el futuro marido en unas durísimas oposiciones.

Este matrimonio, por la intolerancia del novio ante unos vómitos de acetona en la noche de bodas, se rompe el día siguiente de celebrarse. Como van a Pucela a vivir, y en Madrid no tienen casa, ni ella un duro, se encuentra sola a las 11 de la noche con una maleta y una cabina telefónica. Llama a nuestro padre para ver si la acogemos de nuevo en casa. Respuesta afirmativa, evidentemente.

El matrimonio es declarado Matrimonio Rato y No Consumado (Ratum et non consummatum) por la Rota a los dos años de la ceremonia.

Lola pasa una temporada bastante larga muy mal ―con apoyo psicológico y psiquiátrico― porque no entiende nada y se siente psicológicamente maltratada por todo lo que le dice el novio, acusándola reiteradas veces de niña, entre otras cosas. Aclaro yo que conoce a Lola desde hace muchos años.

Se reintegra a trabajar en diferentes oficinas de farmacia con una nociva experiencia en algunas de ellas. En estos momentos le viene a la memoria el argumento de «cómo nace».

En 1979 fallece una tía nuestra soltera de un terrible cáncer de mama que es el sustento económico y anímico de otro hermano soltero, que no puede trabajar por diferentes causas mentales y físicas. La defunción plantea el destino de nuestro tío porque solo no puede vivir ni personal ni económicamente. Para resumir, se decide vender la casa y que se traslade a vivir a nuestra casa porque nuestro padre es médico. Un hermano de nuestro padre dice no se valoran en ningún momento las profundas depresiones cíclicas de nuestra madre. El impuesto de sucesiones entre hermanos en aquella época es brutal.

En nuestra casa, Lola le cede su habitación. Cambia un espacio, al final de la vivienda, en el que hay un pasillo con un generoso armario, una mesa camilla grande para estudiar y una cama con su correspondiente cómoda por un cuartito junto a la cocina en el que sólo cabe un sofá-cama y una pequeña mesa de estudio. Es decir, cambia la amplitud por la estrechez. Mi hermana no dice nada y manifiesta una generosidad suprema. Este periodo dura ocho años, hasta 1987 en el que muere nuestro tío.

En 1992 muere nuestra madre y supone un golpe durísimo para todos, especialmente para nuestro padre que se culpabiliza de no haber oído nada cuando todo ―el infarto súbito sufrido― ocurre de noche en la cama de matrimonio que comparten ambos.

En 1993, por las indecisiones de nuestro padre, Lola impulsa, dentro de sus posibilidades y conmigo al fondo, la venta definitiva de la finca que tiene la familia de nuestra madre en las proximidades de Compostela.

En 1995 deja de trabajar en una oficina de farmacia ―la dueña le exige una indemnización, hecho que niega el Colegio de farmacéuticos― para atender a nuestro padre durante todo el día, que sufre un deterioro progresivo de sus capacidades físicas y mentales por varios ictus que sufre.

Curioso es decir que lo que pagamos a la persona que cuida de nuestro padre, ocho horas al día, en un periodo breve es muy superior al sueldo de mi hermana en la farmacia. Por tal motivo, decide colgar la bata y entregarse al cuidado de nuestro padre con una ayuda puntual una hora al día para bañarlo y asearlo. Esto dura hasta 2002, año en el que fallece nuestro padre en casa, no en una residencia como nos recomiendan algunos conocidos. La atención fue excelente y continua por sus conocimientos farmacéuticos y por la generosísima ayuda permanente de un amigo anestesista de nuestro padre. (Perdón por repetir tantas veces nuestro padre).

Lola, en su faceta privada, después de este fallecimiento, e impulsada por mí, intenta retomar su vida social con un antiguo amigo, que se trunca por el fallecimiento de él. Lola me cuenta que este hombre la llama semanas antes de la boda para confirmar si ella está dispuesta a casarse con el arquitecto. Como la respuesta es un sí, él desaparece de su vida.

Como consecuencia de ese deseo mío de que retome su vida social, una noche, un cabrón de muy buena facha, con el que comparte una cena, la acompaña hasta el ascensor de nuestra casa y ahí, debajo de las escaleras de acceso a los pisos, la ataca, la reduce por la fuerza física y mantiene con ella una relación sexual contra su total voluntad. Lola lo único que hace es llorar. Se acuesta en casa llorando y como no para de sangrar la ingresan en una clínica por orden de su ginecólogo, donde le tienen que dar varios puntos de sutura por la violencia sufrida. El daño que le causa la acompaña durante años. Es una herida que nadie puede ver, pero que no puede borrar.

Tras esta brutal experiencia, confirmada en todos sus términos por el ginecólogo que la trata, hay quienes expresan recelo con ese relato, como si la verdad necesitara pruebas imposibles. A la violencia sufrida se añade otra forma de sufrimiento: la incredulidad de algunos miembros de nuestra propia familia. Ahora me viene a la memoria aquel juez que, ante una situación en nada parecida, utiliza como eximente del hombre la minifalda de la mujer. Es decir, hay personas de nuestro entorno que buscan la explicación del resultado en una característica de quien lo padece, en lugar de analizar principalmente la inicua conducta de quien toma la decisión de realizar tan ignominioso acto. Con otras palabras, se culpa a quien sufre la violación por el daño que otro decide causar o se traslada la responsabilidad del agente a la víctima.

Esto lo comento en contra de la férrea voluntad de Lola, pero me importa un carallo, porque quiero manifestar que también hay violaciones con traje de Armani o violadores que fingen conocer a la familia ―es el caso de mi hermana―, para lograr un espacio y un entorno que le permita lograr su nefando objetivo. Hay una persona que dice que malinterpreta la timidez de Lola. Asqueroso y vomitivo.

Mi hermana no quiere que lo cuente porque tiene inoculada desde el nacimiento esa obsesión de que no se puede contar nada por vergüenza, cuando ella es la que sufre un ataque sexual que no busca ni provoca en ningún momento.

Saltamos al día de hoy. Recibe una ayuda económica generada por la atención a nuestro padre y por no haber cotizado lo suficiente, ya que por tal dedicación familiar se quiebra de golpe su etapa laboral.

Como consecuencia de una educación muy tradicional, encuentra en la atención de nuestro padre su particular purgatorio. Esta frase la escribo porque no entiendo ―y eso que le doy vueltas para encontrar un mínimo resquicio de razón― que alguien pueda justificar una silenciosa, pero hatroz violación.

Con los años Lola «se acostumbra» a lo vivido, pero no lo olvida porque lo que le marca aquella noche sigue formando parte indisoluble de ella. Si yo no lo olvido, y lo tengo presente todos los días, ¡cómo lo va a olvidar mi hermana!

Ahora, tras dos mudanzas en los últimos veinte años, vivimos armoniosamente los dos juntos en un pequeño piso de La Guindalera. Los dos solteros, y tras un sincero ajuste de caracteres y acuerdos convivenciales, disfrutamos de uno de los periodos más tranquilos de mi hermana.

Como finalización, una lluvia de ideas para clarificar qué carácter tiene Lola: genio y pronto muy fuertes, pero se diluyen enseguida, insegura, generosa, cabezota, impulsiva, ingenua, animalofóbica, risueña, impaciente, sufridora de varios complejos e incapaz de superarlos, bondadosa, botellín, solitaria, de poco trato, derrochona con todo el mundo, insomne, negativa, se autoculpa siempre por todo, hasta del hundimiento del Titanic, miedosa, poco ambiciosa, acuafóbica, cierta incapacidad para tomarse las cosas a broma, ansiedad social, temor al ridículo y a meter la pata en público, poseedora de un dañino complace, minuciosa, sin aires de superioridad… 

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CAPÍTULO XIX DE ‘HATROZ’.- EL OCASO LABORAL (II)

Cuando los profesores nuevos escucharon por primera vez esa frase se sonrieron, entendieron que era la resolución de un carrozón y lo observaron con una mirada cargada de una clemente conmiseración.

―La acrobacia generacional es de tal dimensión que el humor, en apariencia casposo y trasnochado, provoca en ti generosas dosis de lejana hilaridad. Debes valorar en su justa medida, te lo recomiendo con afecto, la estima que dices que tu entorno laboral proyecta sobre ti.

―Me siento descolocado. En mi historia laboral ya todo es pasado. Me queda muy poco para echar la llave a mi estancia en el colegio y se entremezclan varias sensaciones: alegría por el trabajo bien realizado, tristeza por dejar a unos compañeros que se han comportado conmigo insólitamente bien, bonanza por poderle dedicar más tiempo a mi hermana, escepticismo ante un futuro desconocido para mí, congoja por una brusca escisión con unos alumnos que me han hecho crecer año a año, sosiego por apartarme de un maratón escolar que me ahoga en la actualidad y placidez por el convencimiento de que los que vienen detrás de mí lo harán mucho mejor.

―¿Y tu experiencia?

―¿Qué entiendes por experiencia?

―Llevas treinta y siete años en el aula. Eso es una barbaridad. Lógico que haya luces y sombras en un periodo temporal tan amplio.

―Yo diría mejor, sonrisas y lágrimas. Copiando el título de una película que hoy es, junto con otras, el centro de atención de la corrección política. En un aula puedes reír y llorar en apenas cinco minutos. No voy a negar, sin opulenta vanidad, que he tenido éxitos que me han provocado una silente satisfacción. Y esperaba rematar así.

―Siempre me has dicho que hay muy buen ambiente en tu colegio.

―Y me reafirmo en ello.

Rafo estaba muy nervioso y no era capaz de captar la razón. Lo escruté con severidad y escuché un ligero temblor en su cascada voz, como si hubiera trasnochado cinco días seguidos y al sexto le solicitaran declamar en solitario, ante un selectísimo auditorio, un recital poético de su obra.

―Por otro lado, dejemos a los jóvenes por lo que ellos consideran su camino. No podemos hacer otra cosa que no sea estar a su disposición para cuando soliciten un consejo o una información, pero nunca agobiarlos con una tormenta de recomendaciones que en muchas ocasiones son obviedades que ellos mismos sabrán afrontar en el aula. Son jóvenes, que no incapacitados para afrontar problemas. ¿Errores? ¡Como todos! Lo bueno de los errores es saber rectificar, y, si es necesario, pedir disculpas.

Rafo en este punto cayó en un taciturno silencio. Apoyados los codos en la mesa, y mientras manoseaba el vaso de la consumición solicitada en la terraza del hotel Room Mate Alicia en la plaza de Santa Ana, le sonó el teléfono. Me sorprendió el tono de llamada. Llevaba años con el gallego Pousa pousa y lo había sustituido por un potentísimo A quién le importa de Alaska. La tierra por una declaración de principios.

―Tiene un valor simbólico. Es un grito de libertad ante el pensamiento único y agendado que nos quieren imponer hoy en día. Es algo hatroz lo que está ocurriendo con esta obsesión por controlarnos absolutamente y por uniformar la hermosísima diversidad de nuestra sociedad. No soporto el circuito cerrado que diseñan los nuevos pensadores de una sociedad que quieren homogeneizada y maleable como el blandiblup.

Después de una misteriosa conversación de dos minutos, volvió a caer en un compungido silencio, pero a los treinta segundos lo rompió con una sonrisa morriñenta, con una sonrisa picarona, con esa sonrisa que muestra cuando quiere contar una anécdota que sabe ocurrente.

―¿Sabes? Llevaba muy pocos años en el colegio cuando me ocurrió una simpática anécdota en el aula. En la tutoría de profesores no la comenté nunca porque aún imperaba en mí una injustificada timidez. Carraspeó nerviosamente.

En la clase reinaba un gran ambiente. El tránsito de una asignatura a otra lo ocupaban las alumnas en cotilleos escolares, en entonar alguna canción conocida o en proyectar la salida del viernes, estuviera cercana o no. Entré en clase como siempre, con mis libros en la mano y con un silencio en los labios que tenía que repetir en varias ocasiones. Logré superar la maldita tarima de madera que, en los últimos cursos, se había convertido en un peligroso obstáculo. Una vez en lo alto de la tarima, consulté el plano de sitios que estaba adherido en la mesa del profesor para desmontar los engaños que algunas alumnas provocaban con «despistados» cambios de mesa. Abrimos el libro de Literatura y les expliqué la obra de Garcilaso de la Vega y el Renacimiento. Observé en el extremo superior derecho de mi mesa un papel doblado. Como tenía la seguridad de que no era mío y ante la duda de ser una posible chuleta lo arrugué y lo tiré a la papelera. Terminamos la clase con un comentario pormenorizado del soneto V del autor antes mencionado, aquel que termina con unos versos inolvidables que encierran lo que nadie ha sabido manifestar con tanta claridad: Cuanto tengo confieso yo deberos; / por vos nací, por vos tengo la vida, / por vos he de morir, y por vos muero. Se produjo un emotivo silencio y en cada mente adolescente se dibujó el nombre de algún chico.

Volví al día siguiente con otro memorable soneto en el que Lope de Vega definía el amor con un alarde de paradojas y contradicciones, y de este modo vimos las características del Barroco: Desmayarse, atreverse, estar furioso, / áspero, tierno, liberal, esquivo, / alentado, mortal, difunto, vivo, / leal, traidor, cobarde y animoso… Esto es amor, quien lo probó lo sabe. Volví a encontrarme un papel esquinado en la mesa. Lo volví a arrugar y a tirar a la papelera. Salí con paso firme y tranquilo, haciendo un alto en la carpeta de apuntes de una alumna que, según parecía ella, me sorprendió gratamente: ¿Dónde estás, señora mía, / que no te duele mi mal?, / o no lo sabes, señora, / o eres falsa y desleal. Me mola mil, profe, me dijo. Hoy echo de menos esa costumbre de escribir textos para lucirlos «públicamente».

Al día siguiente tuvimos un examen para reconocer las características del Renacimiento y del Barroco, según fuera el texto. Estaban todas sentadas y colocadas en filas individuales. Repartí las hojas del «encuentro individual con un texto», como decía una profesora. El texto era de Gutierre de Cetina: Ojos claros, serenos, / si de un dulce mirar sois alabados, / ¿por qué, si me miráis, miráis airados? / Si cuanto más piadosos, / más bellos parecéis a aquel que os mira, / no me miréis con ira, / porque no parezcáis menos hermosos. / ¡Ay, tormentos rabiosos! / Ojos claros, serenos, / ya que así me miráis, miradme al menos. Mi paseo sorteando las mesas logró que yo no viera a nadie copiar. Eso no quiere decir que no lo hicieran, porque en esa clase había «buenísimas doctoras» en esa especialidad.

Al día siguiente, clase a las ocho de la mañana. La mayoría, dormidas. Lo sabía. En mi mesa había un folio horizontal con la siguiente leyenda: ¡¡¡No me tires y léeme!!! Con una flecha dibujada que me llevaba de nuevo a la esquina superior derecha de la mesa. Obedecí y leí el papelito después de deshacer las mil dobleces que presentaba. Ponía: Para quererte sólo valgo. Sabían mi devoción por Los Secretos y en especial, en aquella época, por la canción Otra tarde, en la que Enrique Urquijo nos invita a reflexionar sobre nuestras propias luchas emocionales. Lo interpreté en aquel momento, estábamos en invierno aún, como el irreprimible brote primaveral de una adolescente que no sabía a quién decírselo ―me eligió a mí― y el secretismo de una situación que la encendió sobremanera. No niego que la curiosidad me incitó a hacer con los ojos, desde mi sitio, un barrido visual por todas las mesas. No logré nada. El grupo de teatro que teníamos en pañales por entonces había logrado que una alumna hiciera una grandísima actuación. Sigo sin saber su autora.

―Eso es lo de menos, le dije. La anécdota tiene su gracia. 

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CAPÍTULO XVIII DE ‘HATROZ’.- EL OCASO LABORAL (I)

El viernes pasé la tarde y la noche con Rafo. Me pidió que lo recogiera en su casa a las seis y me dijo que me llevaría un sorpresón cuando me dijera el lugar al que quería ir. Nada más sentarse a mi derecha, vi sus intenciones. Después de un tímido carraspeo, burdo pretexto de una naturalizada timidez, se explayó con banales argumentos sobre los beneficios anímicos que les reportaría la visita a su antigua facultad. Deseaba recordar su época universitaria. Me olía mal. Lo que quería era que yo conociera la facultad donde estudió, donde realizó su querida Filología, que viera que era verdad, donde despertó a un mundo que él apenas conocía y donde se dio cuenta de que había tenido una adolescencia entre algodones. El recorrido fue muy tranquilo y lleno de anécdotas añejas y antediluvianas, como decía él.

Llegamos a la facultad de Filosofía y Letras, que desde 1975 compartía sus aulas con Filología, cerca de las siete de la tarde. No quiso sorprenderse por la gran cantidad de carteles que adornaban la entrada y me dirigió con certero paso a la cafetería. Allí tomamos un pincho de tortilla y un café con leche creyendo el pobre hombre que su ingesta lo retrotraería a aquellos primeros ochenta en los que cada día se desayunaba con una novedad política, social o cultural.

Se levantó repentinamente y me pidió que saliéramos, que nos fuéramos, que ya había visto todo lo que quería ver. Es decir, nada, ausencia total de recuerdos. Su rostro dictaba una frustración absoluta y reflejaba que las segundas partes, cuando había un lapso temporal tan amplio, no eran recomendables si lo que se pretendía era recuperar el pasado.

Como si nada hubiera ocurrido, o como si ya estuviera más que acostumbrado a las frustraciones, me pidió que fuéramos a la Cervecería Alemana en la plaza de Santa Ana, cuyos dueños, acertadamente, la califican de madrileña, bulliciosa y cosmopolita. Yo le advertí que por la cantidad de clientes que acudían cualquier día de la semana a este sanctasanctórum de la noche madrileña era un lugar incómodo para mantener una tranquila conversación como él quería. Le ofrecí otros baretos que habíamos pateado los dos, pero todos cayeron en saco roto porque tenía entre ceja y ceja «La Alemana».

En ocasiones ocurría que Rafo se ilusionaba con un establecimiento por el simple recuerdo subjetivo de unos ojos que allí se cruzaron en su camino. Entonces, lo empezaba a dibujar con el mismo pulso que como cuando copiaba con enorme interés apuntes sobre Rosalía de Castro en las clases de Literatura Gallega con la inolvidable Marina Mayoral. Estos arreones emocionales y consumistas le otorgaban un gran conocimiento de bares, tabernas y tugurios que poca gente de su entorno dominaba. Todo comenzó, en soledad, en la Bodega de la Ardosa, hoy desaparecida, en la calle Hermanos Miralles, hoy General Díaz Porlier; El Barril de Goya o la Cervecería Alemana de la plaza de santa Ana. Se prolongó durante años con algunos compañeros de la facultad en El anciano rey de los vinos de la calle Bailén. Y la puntilla, con mi entorno más cercano e íntimo, se movía entre La Cruz Blanca, La Gallina loca, Cleo, Narizotas, Tula, El Escenario, La Cesta, My Flower, Fass… Rafo disfrutaba callejeando en solitario con el único afán de saborear una cerveza bien tirada y poder apuntar en su cuaderno de notas cuatro versos impactantes, condensación de una experiencia frustrada.

Cuando entré yo en su vida, por decirlo así, siempre me invitaba a compartir con él esos cenobios o templos del bebercio nocturno. Conocí de este modo lugares en nada higienizados, lugares con un aroma a cerrado que se habían convertido en perfectos comunicadores de virus, lugares con un ambiente tan cargado que necesitábamos pico y pala para entrar en ellos que, por ejemplo, nadie había repuesto las bombillas fundidas.

―Esta luz opaca y tenebrosa, como dices tú, es el arte de la noche, le dijeron mientras le servían una caña en un vaso que tenía ligeramente marcada pintura de labios.

―No se confunda conmigo, no. Me gusta lo cutre, lo añejo y lo ochentero, pero limpio e higienizado. No disfruto oliendo una butaca con olor a culo. Y siento mucho esta expresión.

Su primo Jorge tenía un compañero de clase Alfonso M., que vivía en la calle Velázquez, muy cerca del Retiro, y que, forrada de pasta la familia, él vestía con ropa vieja y descuidada, pero limpia, limpísima. Esa es la imagen que le encantaba a Rafo.

Ponderaba siempre esa atmósfera de encanto misterioso, de solitaria intimidad en compañía de una creadora melancolía.

―Es mi deriva de ser asocial, se justificaba entre dientes mientras jugaba muy torpemente con el móvil. Quizá por los nervios.

Cuando accedimos a la cervecería, me miró buscando mi aprobación. Joder, el caso es que ahora le tengo que agradecer el haber seleccionado un sitio limpio y bien iluminado, me dije sin palabras.

Durante la cena, mientras saboreábamos un doble de cerveza y un pulpo a la vinagreta, me habló de sus primeros años de trabajo en un colegio del barrio de Salamanca. Estaba triste y apenado porque se le iba el tiempo de las manos.

―No puedo con este tiempo transitorio y fugaz. Me despierto en ocasiones con el verso de Quevedo de soy un fue, y un será, y un es cansado y en otras con el pensamiento de un joven de 30 años que se quiere comer el mundo. Entonces unas certeras palabras de los que me rodean me colocan en mi sitio bruscamente. Esos cinco segundos de gloria se evaporan y vuelvo a mi realidad con otros versos de Quevedo: Ya no es ayer, mañana no ha llegado; / hoy pasa y es y fue, con movimiento / que a la muerte me lleva despeñado.

Esta visión negativa del paso del tiempo hizo que su rostro se tornara trascendental y en un zigzag nada cerebral me dijo que todo era literatura, que se recreaba en los versos más letales para purificar un alma dolorida y dañada por no saber atrapar el presente:

Que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde. / Como todos los jóvenes, yo vine / a llevarme la vida por delante. / Dejar huella quería / y marcharme entre aplausos. / Envejecer, morir, eran tan solo / las dimensiones del teatro. Pero ha pasado el tiempo / y la verdad desagradable asoma. / Envejecer, morir / es el único argumento de la obra.

Me recitó estos versos de Gil de Biedma con el apoyo de su móvil ―siempre la maldita memoria, casi bramó―. «No volveré a ser joven». No los conocía. Me comentó que los leyó por primera vez hace mucho tiempo, pero lo que le impactó fue oírlos en la voz de Gonzalo de Castro.

(https://www.youtube.com/watch?v=EGN-cVssLbc&list=LL&index=145)

―Esa voz, Dios mío, esa voz. Luego pude escucharlos recitados por el propio autor y en otra ocasión musicados por Loquillo y Ara Malikian.

Los repitió. Una pareja de jóvenes que estaba en una mesa contigua le preguntó por el autor de esos versos.  Rafo, feliz por su interés por la poesía, recibió un tortazo:

―Es que soy un admirador de Loquillo y me falta la «canción que usted ha leído».

Miré a Rafo rogándole que no actuara como un profesor indignado por la mala expresión de un joven porque, aunque fuera de modo desafortunado, se había interesado por la poesía. Le dio el enlace y punto.

―Atiende, Rafo, el remordimiento por no haber aprovechado el tiempo es un lugar común y el teatro es una metáfora extraordinaria para expresarlo. Borges decía que ese sentimiento no me abandona. Siempre está a mi lado / la sombra de haber sido un desdichado.

Lo veía venir. Lo veía. Cuando empezó a hablar de sus principios laborales y de su actual cansancio psíquico, le dio un trago a la caña y silabeó con orgullo su laudatorio veredicto:

―Entré en el colegio gustando a algunas alumnas, luego empezaron a fijarse en mí algunas madres y hoy en día me miran con buenos ojos algunas abuelas jóvenes.

―Eres muy pesado con algo que yo considero un juicio certero y gracioso, pero que si lo conviertes en una sentencia repetida cien veces perderá toda la simpatía que tuvo el día que lo creaste.

No me hizo ni caso. Una sonrisa picarona se dibujó en su rostro. He dado en la diana, debió pensar. Yo le insistí en que no podía convertirse en un disco rayado. Eres como una enciclopedia de queso manchego: madura, sabrosa, pero siempre abierta en la misma página. Me sentí orgulloso por la metáfora, aunque cerró este tema contundentemente:

―Soy como un reloj sin manecillas: no marco la hora, marco territorio. Y, si repito, es porque mi historia merece eco.

Nos levantamos y le oferté la posibilidad de sentarnos en una terraza de Santa Ana. Aceptó dócilmente porque iba saboreando la rotundidad de su metáfora y no me prestaba la menor atención. 

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CAPÍTULO XVII DE ‘HATROZ’.- SU MADRE

Y llegamos a Dolores, Lola o Lolita.

Tras la guerra civil, empezó a trabajar en las oficinas del Banco de España. Había que arrimar el hombro. No había hombres suficientes que pudieran sostener familia tan numerosa. Este trabajo la mantuvo activa en unos tiempos dificilísimos. Lo curioso de esta ocupación, a la par que dramático, es que en muchas ocasiones los trabajadores eran recompensados con alimentos no perecederos como garbanzos o lentejas y no con dinero contante y sonante.

De esta época poco sabemos fehacientemente. Lo más que me ha llegado es que empezó a sufrir un insomnio severo y crónico, así lo calificaron los psiquiatras de la época, pues se veía claramente afectada su salud, ya que estaba «enquistado» en su rutina diaria. No puedo decir si era «extrínseco» (causado por una dinámica de interacción con el exterior) o «intrínseco» (el que es consecuencia de una alteración en el funcionamiento del cerebro). En el entorno familiar habían ocurrido suficientes desgracias para que el lector se decante por el primero, pero esto es opinable y no basado en datos médicos. Algún miembro de la familia opinaba que era genético porque había un silencio glacial y nada analítico en torno a las singularidades de la enfermedad y fallecimiento de la madre.

El noviazgo con José María Máiz Bermejo fue lento y cansino. Cada vez que llegaba a casa, su hermana María Rosa le preguntaba por «alguna novedad» y la respuesta era breve y escueta: no. Para sacarle una sonrisa a la situación, propia de la parsimonia de José María, su hermana le cantaba: Quizás, quizás, quizás… [Se dice que la historia que hay detrás del bolero Quizás (1946), del compositor cubano Osvaldo Farrés, se remonta a su juventud, cuando un insistente enamorado que cortejaba a su hermana Olga le preguntaba «¿Bailaremos alguna vez?», a lo que ella siempre respondía: «Quizás… quizás… quizás»].

Se casó en 1953 con José María, médico que aceptó plenamente las incipientes circunstancias vitales de Lola. Tuvieron dos hijos con una diferencia de cuatro años. Entre Woolite y Rafo padeció un aborto que le hizo llorar como si no hubiera un mañana. El primer parto duró treinta y dos horas y, aunque la niña venía de espaldas, la habilidad del experto doctor Matanzo, en el sanatorio del Rosario de Madrid, logró que viniera al mundo de nalgas, hecho que utiliza siempre como argumento de por qué «le ha ido de culo» en la vida.

Como ya he dicho, la familia vivía en el Paseo de Santa María de la Cabeza número 1, 5º Dcha. Piso alquilado, junto a dos habitaciones en el primer piso que realizaban la función de consulta médica. En este piso vivieron hasta el año 1976. Tuvo una vida tranquila, pero enseguida un desaprensivo estrés, el pozo negro de la depresión y la hiriente ansiedad la empezaron a visitar de modo recidivante con una crudeza desmesurada. El insomnio seguía lacerando su vivir diario. «Es como actuar en una obra en la que tengo que fingir estar bien mientras me desmorono por dentro», le decía a José María padre cuando hablaban de cómo afrontar el día a día. Por diagnóstico psiquiátrico, para «tratar» el insomnio, se le aplicó en dos ocasiones «una cura de sueño» (inducir al sueño día y noche con medicación durante seis días para «normalizarlo»), una terapia intensiva que en la actualidad es germen de mucha controversia y que hoy ya no se administra.

Estos sucedidos perfilaron progresivamente su carácter. Le hacían caminar por un bosque denso envuelto en niebla, sin saber dónde estaba ni hacia dónde iba.

Físicamente era una mujer muy guapa, que sabiamente potenciaba cuando se arreglaba y se pintaba con una habilidad envidiada por muchas personas. La visita a la peluquería, donde la trataban con un cariño sincero y espontáneo, era semanal. Bueno, en ocasiones, cada dos o tres días, para que le dieran un retoque.

Tenía tendencia a la obesidad, aunque se cuidaba mucho. Una anécdota graciosa se repetía casi diariamente. Hubo una temporada en la que cenaban una tortilla francesa, bien de un huevo, bien de dos, acompañada por un trozo de queso de Arzúa a la par que un trozo de pan y dos galletas. Lolita, como le gustaba que la llamaran, «devoraba» el plato y, después de unos minutos de placer gustativo, repetía: «volvería a cenar otra vez».

En el apartado culinario, Woolite, la hija mayor, decía que Rafo estaba muy mimado y que le consentían todo. «Fíjate, le decía a su tía María Rosa, si estará mimado que cuando sale un huevo frito perfecto se lo dan a él, nunca a mí».

Cuando la «nube negra» se situaba, anclada con amarres infalibles, en su cerebro, era una mujer necesitada de cariño, comprensión, ternura, devoción y todo tipo de ayuda. Ver el sufrimiento ajeno en una madre, marcó en cierto modo el carácter de sus hijos. Rafo ha contado en diversas ocasiones una durísima anécdota cuando tenía veinte años: un sábado por la tarde, ya en Hermanos Miralles, su padre tenía que hacer unas visitas médicas y le previno diciéndole que estuviera atento y que evitara que su madre se acercara a los balcones de la casa. Rafo lo tiene grabado a fuego en la memoria.

Pero cuando la «nube negra» pasaba, era recurrente en el tiempo, y salvaba una nueva, pero no última etapa, se convertía en una mujer simpática, alegre, charlatana, cantarina y con una bondad nada impostada. Cocinaba muy bien y tenía una gran imaginación para crear platos en tiempos que no había otro manual que el Picadillo. Cuando les pregunté a sus hijos por el plato preferido, dijeron, entre otros, carne mechada, huevos rellenos, tocinillos de cielo, flan, arroz con leche o volován de gambas. Era una divertida conversadora, sociable y ocurrente en las reuniones familiares y sabia escuchadora con las personas que se acercaban a ella. Generosa e incapaz de ahorrar siempre que le pedían dinero. Especialmente, cuando lo hacía su hijo. Gran experta en «hacer punto», proveía a sus hijos de jerséis, chalecos y chaquetas, así como complementos para el cuarto de baño.

La ingenuidad le llevó a caer en todas las inocentadas que le gastaba año tras año su sobrino Carlos. La más sonora tuvo lugar unas navidades, un 28 de diciembre, cuando su sobrino se hizo pasar por Emilio Núñez, un gallego de pro que era muy generoso con la familia en los meses de agosto en La Peregrina. La llamó por teléfono y le dijo que iba a recibir inmediatamente un regalo de cigalas, camarones y almejas. A toda velocidad empezó a preparar cazuelas para cocer todo lo que estaba a punto de llegar. Cuando Carlos entendió que la inocentada «podía tildarse de excesiva», la llamó para decirle la verdad. Carlos se lo repitió dos o tres veces, pero Lolita le cortaba cada intervención con un «déjate de tonterías que estoy agobiadísima en preparar unas cazuelas para cocer el marisco que ha anunciado Emilio Núñez». Su sobrino tuvo que utilizar mil estrategias para que se diera cuenta de que «todo era una broma». En absoluto se enfadó y todo se convirtió en una agradabilísima sesión de risas y carcajadas.

Era una experta en cambiar regalos. Estamos en una época en la que era frecuentísimo que el paciente le hiciera un regalo al médico que lo trataba y notaba en él una atención filantrópica. En ocasiones, porque reunía varios regalos exactos; en otras, porque no encontraba el modo de «colocarlos» en casa. Cuando se encontraba en una situación de las mencionadas, se iba incansable a la tienda donde el paciente había comprado el regalo y se inventaba cualquier excusa contundente: tengo varios en casa, a mi marido no le gusta nada, rompe la estética de mi casa… En algunas ocasiones, la negativa del vendedor era firme y tenía que recurrir a sus argumentos más convincentes. Cuando salía de la tienda con el objetivo cumplido, la cara de satisfacción era un poema quevedesco.

Una de sus preocupaciones era la fragmentación de la familia. Siempre sonreía cuando veía que en casa estaban todos y cenaban juntos los cuatro, o los cinco cuando se sumó su hermano José Luis. En un principio Rafo, por mor de su inmadurez, luego le hicieron ver que estaba equivocadísimo, argumentaba que en su familia nunca le habían incitado a que formara una nueva. Sal, diviértete y haz lo que quieras, pero luego vuelve a tu casa. No lo olvides. Esta es tu casa.

Una noche, un 2 de abril del año 1992, cuando parecía que el matrimonio Máiz Togores dormía plácidamente, Lola, debilitada por un catarro propio de la primavera, murió de un infarto que sufrió en la madrugada, quizá por una crónica y descontrolada ansiedad nocturna que le paró el corazón súbitamente. 

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CAPÍTULO XVI DE ‘HATROZ’.- FILOSO

Las cosas con Rafo han cambiado algo. Muy desafortunada la entrada del otro día, me dijo mientras disfrutábamos de una cerveza en Santa Bárbara. Debe ser que «alguna incursión literaria» que he realizado en su vida le ha sentado a cuerno quemado, pensé yo.

―A partir de ahora, yo leeré, antes de publicarlo, cada capítulo que escribas.

―Me niego a ello, le dije. Si tú lees antes de tiempo cada entrada, estarías actualizando esos rescoldos absolutistas que tanto desdeñas. ¿O ya no recuerdas tus críticas a ese pasado tan autoritario que te había doblegado  de modo consciente? Volvemos, observo, a la censura con mano firme y sin remordimientos.

Rafo se calló porque se dio cuenta que había tocado una fibra sensible de su tardoadolescencia.

―Nunca te he permitido hablar de mi familia con tanta profundidad. Nunca. Esto no es una justificación, pero hay algún dato erróneo que me ha jodido muchísimo. Y cuando me dijiste que ibas a hablar de Filoso, me puse en guardia.

―Además, querías ser tú el único protagonista y metiéndome en tu vida así, me das un protagonismo que dice muy poco de ti. Me tienes que dejar libertad y que luego el lector deduzca si es real o literario. También te tengo que decir que la información que me has ofrecido en algunos casos es mínima. ¿El capítulo VII? Pero… ¿si tú fuiste más detallista que yo en la narración final de ese capítulo?

Antes de irse, analicé profundamente su rostro. Estaba satisfecho y orgulloso, pero se lo reservaba para él. Seguro. No he entendido nada. Esos ramalazos de injustificada injerencia en mi redacción me han descolocado. Más aún, cuando lo vi salir de la cervecería. Todo eran atenciones y gestos simpáticos con los camareros, aunque no pagara. Eso me tocó a mí.

Yo, como narrador, creo que debo tocar todos los temas desde la sombra, hasta los más delicados y censurados por el protagonista de nuestro recopilatorio de anécdotas. No me puede condicionar el hecho de que no le gusten.

Para escribir esta entrada he hablado con algunos familiares cercanos y otros conocidos de los mismos que aún viven. Tengo que aclarar que otros muchos ya han fallecido y me ha resultado muy difícil entrar en detalles particulares.

José Luis, Filoso para los más conocidos, nació en 1916, en una habitación de la finca La Peregrina, en Bertamiráns, el único. La mayor parte de sus parientes son compostelanos. Cinco hermanos conformaban su familia: José Luis, Elena, Dolores, Maruja y María Rosa. Los hermanos eran en un principio siete.  La mayor se llamaba Mercedes y murió a los pocos meses de nacer. Se convirtieron en seis cuando nació Carlos, el último de la fila, que falleció muy pequeño cuando contrajo una septicemia, por la infección de un grano en un labio que no pudo ser atajada, pues no había penicilina en aquellos tiempos. Volvieron a ser cinco.

Salvo estas dos desgracias puntuales que fueron vividas con gran sufrimiento, a pesar de que en aquellos tiempos era frecuente el fallecimiento de niños recién nacidos, la infancia fue tranquila y sin otras circunstancias que la alterara. Dicen que cuando no hay recuerdos de esa etapa de la vida se puede calificar como plácida y amable.

La adolescencia fue otra cosa. En 1934 falleció su madre. Cuando uno pierde a los quince años a su madre, la huella de dolor y tristeza se agranda según va tomando uno conciencia de la ausencia de ese pilar de la familia. La casa de los Togores Paramés se tiñó de luto y, cuando empezaban a levantar cabeza, por una labor encomiable de los familiares cercanos, llegó otro golpazo. El padre, en septiembre del 36, tras unos incidentes vividos como consecuencia de la guerra civil poco aclarados ―estuvo retenido en una checa― falleció en su casa tras un fulminante infarto de miocardio.

Paralelamente a esta defunción, entre el 7 de noviembre y el 4 de diciembre, se produjeron miles de masivas ejecuciones extrajudiciales de presos encarcelados en checas madrileñas en Paracuellos del Jarama, por parte del gobierno de la República, en un enfrentamiento terrible con los sublevados por el control de Madrid. En estas ejecuciones fueron fusilados tres tíos directos y un tío abuelo.

Como consecuencia de todo ello, los cinco hermanos Togores Paramés quedaron huérfanos. Circunstancia que conmovió a todos los familiares. Tras varias reuniones, en una familia en la que apenas quedaban hombres adultos, se decantaron por un «quíntuple reparto» de los hermanos entre los diferentes miembros de la parte Togores. Esta decisión no satisfizo en absoluto a una tía abuela de los jóvenes que, haciendo gala de una fuerza emocional brutal, resolvió asumir la educación y el mantenimiento de los cinco hermanos, que continuaron de este modo unidos, deseo primordial de esta mujer. María Paramés, conocida como Pía, era el nombre de esta corajuda fémina.

Centrémonos en dos de los cinco hermanos. José Luis, el mayor, como dije antes, nació en la Finca La Peregrina, en la aldea de Bertamiráns, residencia en los meses de verano de la familia Togores Paramés. Su locus amoenus. Y el  de Rafo. Se licenció en ciencias exactas, pero todos los intentos de trabajar se vieron frustrados por una quebrada salud mental muy tocada por todas las causalidades que sufrió en sus primeros años de vida adulta. Vivió con su hermana María Rosa y con su tía abuela Pía en una casa alquilada de la calle Castelló de Madrid. La tía Mota, como era llamada por sus sobrinos, trabajó durante muchos años en la biblioteca del CSIC y fue el sustento generoso y desinteresado en todas las penalidades psiquiátricas que sufrió Filoso, apodo cariñoso de José Luis.

Filoso era un hombre con un agudísimo sentido del humor y una poderosa retranca que manifestaba en las mil y una anécdotas que contaba o inventaba y que mantenía a sus sobrinos atentos durante minutos y minutos. Pero cuando los ciclos de su enfermedad se apoderaban de él, la convivencia se hacía muy difícil. Sufrió tratamientos psiquiátricos muy duros ―el adjetivo en grado superlativo absoluto «muy duro» aquí puede hiperbolizarse sin exageración ninguna― y difíciles de entender hoy en día y pasaba temporadas en un sanatorio en los aledaños de Compostela dedicado a los trastornos mentales tipo esquizofrenia y otros. Algunos psiquiatras actuales se atreven a calificar de «desmesurados y excesivos» los tratamientos psiquiátricos de los años 30 y 40.

María Rosa, la tía Mota para los sobrinos, murió en 1979 por un agresivo y metastatizado cáncer de mama, que por razones pudorosas ―las amigas la amenazaban con decírselo al padre de Rafo, si ella no lo hacía― y una absoluta carencia de pautas de prevención en aquella época, fue detectado muy tarde. La coincidencia de una visita de María Rosa a su hermana Lolita con la casual presencia del doctor Máiz Bermejo hizo que la consulta no se demorara. José María, que así se llamaba el padre de Rafo, nunca manifestaba con el rostro lo que tenía delante para diagnosticar, en esta ocasión sufrió un golpe emocional brutal porque la realidad superaba cualquier ficción cancerígena. La operó urgentemente, pero estaba tan extendido que su futuro tomó una dirección funesta y un final trágico. Fueron años de un sufrimiento hatroz por parte de María Rosa Togores.

Como era imposible que José Luis pudiera mantenerse económicamente, y mucho menos la casa, hubo que tomar una apremiante decisión con él. Además de sus problemas psiquiátricos, era paciente de un problema circulatorio implacable, seguía fumando como un carretero ―frase coloquial utilizada para describir a alguien que fuma en exceso o de manera desmesurada―, circunstancia que era muy difícil de controlar, pues por entonces tenía cierta libertad de movimientos para acceder a estancos y farmacias.

La familia decidió, no he llegado a saber cómo se produjo tal determinación, que se fuera a vivir a casa de Rafo, ya que el padre era médico y podía ser atendido con mayor dedicación y cercanía. Lola, la hermana de Rafo, dice que fue una petición directa de María Rosa a su padre. Todo el mundo pensó en Filoso y nadie, absolutamente nadie, en su hermana Lola Togores, que sufría unas incapacitantes depresiones cíclicas y un insomnio hatroz. Ha llegado a mis oídos un comentario que realizó una mujer de la familia residente en Coruña: tal vez, por la enfermedad de Lolita, no es la casa más idónea. Aún así, Filoso ocupó, por «cesión voluntaria de Lolita hija», su habitación, que de un dormitorio con pasillo, un armario propio de cuatro puertas, una mesa camilla para estudiar aislada, una voluminosa cómoda, una comodísima cama y una cierta independencia, pasó a un cuartito pequeño junto a la cocina, perdiendo absolutamente la privacidad. Woolite, que era como la llamaban cariñosamente sus primos, no manifestó ni la más mínima queja ante tal permuta. La aceptó plenamente. Pero hay que recalcar que cambió una generosa cama ―ella también padecía de insomnio― por un sofá cama bastante incómodo. En esa habitación sólo se podía estar acostado en la cama, sentado en ese mismo sofá o sentado en una silla. No se podía hacer vida alguna. ¡Ah! Y sin armario.

Filoso vivió allí casi ocho años. Los gastos que suponía contratar a un hombre para que lo lavara y lo arreglara a diario, y otros numerosos gastos diarios fueron sufragados en los primeros años con el dinero que recibió tras vender la casa que había comprado, con alguna ayuda externa, su hermana María Rosa. La cuantiosa liquidación de Hacienda del piso fue cubierta con parte del dinero antes mencionado.

En la casa de Hermanos Miralles (hoy, General Díaz Porlier) hubo de todo, momentos muy buenos y momentos muy malos. Las costumbres nocturnas (insomnio, radio a gran volumen, fumar en la cama, paseos continuos por la casa para ir al baño…) y una cada vez mayor dificultad por controlar los esfínteres modificó los hábitos de toda la familia. A las 10 de la mañana quedaba perfectamente aseado y perfumado por el enfermero que iba a realizar a diario esa tarea y sentado cómodamente en su sofá preferido. Todo fenomenal. Pero a las 12, por no controlar los esfínteres, volvía a estar todo sucio. Decía él que no le hacían falta los pañales. ¿Quién afrontaba la labor de lavarlo y vestirlo de nuevo? Pues ese, el de siempre. Rafo. La habitación de Rafo, que daba pared con pared con la de Filoso, era su lugar de «peregrinaje nocturno». Entraba con una linterna en la mano y se la enfocaba en los ojos a Rafo en distintos momentos de la noche para solicitarle cualquier ocurrencia de nula relevancia: cambiar una pila a la radio que se oía a todo volumen, un poco de charleta o buscar el mechero que había perdido…

El deterioro físico llegó a tal extremo que Lolita, la hermana de Rafo, planteó abiertamente que había que ingresar en una clínica a Filoso. La amputación de un dedo de un pie engangrenado y el progresivo deterioro físico le llevó a situaciones límite, que por pudor y petición propia de Rafo no transcribo porque sólo alimentarían el morbo y no aportarían nada relevante. Se decidió ingresarlo en una clínica para que lo atendieran debidamente. Allí falleció pocos meses después, en 1987. La decisión tomada entonces por razones estrictamente médicas cayó muy mal en parte de la familia, que veían en ella una resolución desproporcionada. Antes del ingreso se barajaron otras casas familiares, pero cuando eran informados los posibles afectados de las andanzas nocturnas de Filoso y de las necesidades higiénicas a cualquier hora del día rechazaban dicha posibilidad «porque era necesario descansar». Rafo lo quería muchísimo, pero era imposible compaginar estudio, descanso y andanzas noctámbulas, y por ello, junto con otras razones menores, tuvo que cambiarse al horario nocturno de Filología.

Rafo quería sobremanera a Filoso desde siempre. Era una adoración mutua que quizá empezara cuando tenía cuatro años y su tío se sentaba todas las tardes pacientemente a leer un libro con él ―Páginas de la infancia― y así practicar la lectura, que era una de las «cojeras» de Rafo niño. Digo esto porque llegó un momento en que la vida se hacía insoportable. Cuando estaba acostado, a la derecha tenía al nocherniego Filoso ideando qué danza tocaba esa noche y a la izquierda la voz lacrimógena de su madre lamentándose de su insomnio.

Como ejemplo de lo difícil que era, en ocasiones, el trato con él, el día de la mudanza a Hermanos Miralles, la madre de Rafo envió a su hijo al mercado de Hermosilla a comprar merluza fresca para la cena. Preparada con esmero y todo el cariño del mundo, no la tomó porque estaba demasiado fresca y sabía a agua.

La vida de Filoso era monótona, constante y rutinaria. Las comidas las repartía entre las casas de sus hermanas Elena y Maruja, periplos que, en un principio, realizaba en autobús y posteriormente en taxi, cuando la salud se tornó quebradiza. Esas «excursiones diarias» eran el alimento de una vida inútil y de carga familiar, como la calificaba él mismo en los momentos de «bajonazo psíquico». Descanse en paz. 

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CAPÍTULO XV DE ‘HATROZ’.- DOÑA MARÍA

Cuando degustamos vino / todos queremos cantar, / después de la panza llena / la lengua sale a juzgar. En gallego: Cando gorxeamos viño / todos queremos chiar, / cando estoupa o bandullo / a lingua sae a cardar.

Era de raigambre remota el atractivo que esta tierra de la comarca de A Maía ejercía sobre todos los miembros de la familia de Rafo. No es un sentimiento exclusivo. Es obvio. Pero, con la inocencia del que no conoce otro mundo, lo vivió en sus primeros años como una regalía que sus ancestros habían otorgado a su familia de modo privativo en siglos pretéritos. Evidente que luego la celebérrima Lo que el viento se llevó inmortalizó      aquellas inolvidables frases de Escarlata O’Hara pisando la tierra de Tara que lo sacaron  de golpe de su exclusivo pensamiento: A Dios pongo por testigo que no podrán derribarme. Sobreviviré, y cuando todo haya pasado, nunca volveré a pasar hambre, ni yo ni ninguno de los míos. Aunque tenga que mentir, robar, mendigar o matar, ¡a Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre!

La película de La Peregrina tuvo un desenlace muy diferente, pero que muy diferente. No voy a entrar ahora en los pormenores y menudencias de un finiquito que sólo le atañe a la familia de Rafo. No viene al caso. Ya lo contará él.

―La fuerza de la sangre puede con cualquier obstáculo que entorpezca el desarrollo de esta finca, sentenciaba, con un gesto algo más derrotado que la protagonista antes mencionada, una de mis tías mientras se encargaba de ir a la bodega a por el vino para la comida del día de la fiesta. Sólo ella, y por delegación explícita de la mano masculina que mecía la despensa vinícola, podía encargarse de tan trascendental tarea.

Esa era una jornada muy esperada por toda la comarca a lo largo del año.

El párroco, hombre taciturno, con vocación ermitaña y muy rácano en palabras, cuando veía que se acercaba dicha fecha, era incapaz de fabular una disculpa axeitada (apropiada) y cumplía con rigor británico asistiendo a la comida que para conmemorar la fiesta de la aldea se celebraba todos los años en el comedor principal de la Casa Vieja. Aún, en sus últimos días, recordaba cuando en una ocasión tuvo que personarse con un fiebrón descomunal ―lo que le acarreó una semana de cama― y en otra que casi es llevado de las orejas por la tía abuela de Rafo porque había insinuado su inasistencia, ya que había sido invitado a una reunión extraordinaria por el señor arzobispo.

―Usted a su Excelencia Reverendísima la puede ver cualquier día, pero la fiesta patronal de nuestra aldea sólo se lleva a cabo una vez al año, así que no me venga con farrapos de gaita (disculpas huecas) y mañana sin falta está usted oficiando nuestra misa y presidiendo nuestra mesa. Cuando hablaba doña María, subía el precio del pescado.

―Pero, doña María, no es de recibo hacerle un feo al arzobispo que acaba de tomar posesión.

―Por eso mismo, como acaba de llegar, tardará en marcharse. Y tendrá harta paciencia en recibirlo. ¡Y no digamos días!

Y así fue. Los miembros de la familia sabían que debían callar cuando hablaba una voz autorizada como la de doña María. Nadie podía rechistar lo más mínimo. Cuentan las malas lenguas que, cuando se dio media vuelta y bajaba las escaleras de la rectoral de Ortoño, comentó por lo bajo:

―¡Por encima de mí nos va a robar al párroco el monigote del arzobispo! Lo reto a que recuerde los detalles de mi intervención cuando en la primera misa que ofició al llegar como párroco se encontró la capilla vacía. ¡La aldea me escuchó casa por casa!

En diversas situaciones o circunstancias, siempre que alguien intentaba pronunciarse sobre cualquier tema referente a la familia, no había posibilidad de que fuera aceptado dicho comentario por parte de la litigante facción femenina de la casa.

―Nosotras debemos ser las mayores defensoras de este vínculo atávico que es la fuerza de la sangre con la que nuestros ascendientes levantaron hace dos siglos los muros de esta finca. ¡Debemos defender todo lo que en ella se cuece!

Protegían a la familia con una fiereza tal, que eran capaces de sacarle los colores al más renombrado vituperador o entrometido fisgón. No toleraban que de fuera vinieran dardos envenenados.

―Como el caracol, le encantaba decir a la tía María. Y todo el mundo la entendía.

Pero esto no excluía que cada vez que uno de los jóvenes imberbes ―como los llamaba― transgredía las seculares normas de la casa, este fuera reprendido severamente y conminado a una rectificación inmediata y cuasi definitiva. Entre nosotros, en esta ocasión, los jóvenes no le hicieron ni caso. Rafo todavía no estaba en ese grupo de carilampiños. Hacía relativamente poco que aún había dejado los pañales. Era un privilegiado observador.

―Los trapos sucios familiares se lavan en casa. Nada de airearlos y hacerlos públicos.

Cuando visitó Rafo la zona allá por los años 90 ―la finca ya estaba en otras manos― aún se recordaba con gran regodeo en las tabernas de la aldea la durísima respuesta que le espetó en la cara al cura párroco de una aldea vecina, en otra ceremoniosa comida, cuando a este se le ocurrió censurar en voz alta, la vida de «algunos jóvenes», que preferían, víctimas del materialismo imperante en la época, las fiestas profanas a las religiosas. Todo ocurrió en una gran comilona que se celebró en el claro de una carballeira (bosque de robles) de la comarca bajo un sol implacable del mes de septiembre. En el ágape participaron alrededor de cuarenta personas, y entre ellas lo más granado de la zona: el maestro, el farmacéutico, el médico, el titular del pazo que lindaba con el robledal y que apenas salía de su residencia… La discusión comenzó por la justificación por parte de los donceles de las múltiples ventajas del turismo. Era la época en la que la costa mediterránea empezaba a poblarse de jóvenes de fuera que ponían en peligro la decencia inmaculada de la juventud española.

―No hay más que ver las últimas romerías de la comarca. Son un dislate. Esa música pecaminosa e instigadora de malas conductas. Esos lascivos movimientos de cintura y provocadores de las pasiones más bajas. El baile actual es la realización vertical de un deseo horizontal. Y los jóvenes, borrachos de novedad, lo ejercitan con esmerada diligencia. ¡Dios nos libre de tanta perversión pecaminosa! Seguro que ustedes están al tanto de los comentarios de las personas bien pensantes de la comarca, sentenció unos de los religiosos que asistían a dicho ágape.

Y ahí terció como un templado cirujano con su bisturí mi tía abuela.

―Cuando tenga en mente decir algo de los jóvenes de esta casa, primero consúltelo con Roma; y si le autorizan a decirlo, encomiéndese al Santísimo porque de aquí no sale vivo. ¡Por estas! Y continuó tomando sin el más mínimo atisbo de alteración el consomé que había cocinado a fuego lento en una improvisada cocina de leña.

La intervención fue como un hachazo. Nadie se atrevió a rechistar. Cada uno mirando su respectivo plato deseando que se hiciera eterna la degustación de dicho caldo.

Acabado el plato entrante, sin el más mínimo rubor por lo dicho, y agarrándole con el debido respeto el brazo derecho, le susurró al oído:

―Padre, le ruego que siga con su reflexión sobre la permisividad y falta de pudor que hoy en día impera en la juventud española. Estoy fascinada con su valoración, es de alto interés para mí, dijo protocolariamente después de retirar con un extremo de la servilleta unas minúsculas migas que tenía adheridas en la comisura de los labios.

El párroco de la aldea circundante experimentó en su propia piel el lacerante modo de actuar de doña María, la tía abuela de Rafo, a la par que madrina, cuando alguien osaba mentar, de modo directo o indirecto, a cualquier miembro de su familia.

―¡Demo de muller!, (¡demonio de mujer!), farfulló para sí el orondo y coloradote eclesiástico.

Esta comida ―Rafo me recuerda la anécdota que le contaron sus padres― fue también célebre por el gracioso desenlace que ofreció.

Cuando se terminaba la parte sólida de la festividad, y después de los breves discursos con palabras balbucientes de las autoridades de la zona, se empezaba con la tanda hídrica para ayudar a la digestión de la opípara comida. Es decir, los licores; que era tan importante o más que la de las viandas.

Uno de los más renombrados asistentes, solo en apariencia, era un anticlerical recalcitrante y bastante blasfemo. No soportaba, año tras año, tanta solemnidad eclesial y a cada paso intentaba emponzoñar, ayudado por los efluvios del vino, la situación. Cierto es que solo blasfemaba en voz baja, cosa que causaba bastante extrañeza en el resto de los comensales.

―Si blasfema, que lo haga delante de los curas y demás autoridades, especialmente de doña María, no a escondidas y en voz alta. Es un cobardón y un medroso, lo calificaban por lo bajo. Cuando se acusa, se hace de tal modo que lo oiga todo el mundo.

Era habilidoso a la hora de sentarse en esta tertulia. Un poco apartado y con el farmacéutico y el maestro a diestra y siniestra, dos personajes curiosos. Por la mañana eran capaces de ondear ardorosamente, a escondidas, la bandera republicana y por la noche, en la tertulia de adeptos al régimen ponderaba descaradamente los logros del alcalde falangista. Siempre encontraba el momento oportuno para hacer el comentario hiriente. Ese año le tocó a una humilde y apocada recién casada, que se convirtió en la chanza de todos sus furibundos ataques, que terminaron con una apostilla bastante soez sobre una circunstancia intrascendente como era el buen sonido que ofrecía ese año la campana parroquial. Quería explicarle las circunstancias del hecho a la mujer del farmacéutico.

―Mujer, mira, atiende… Todo el mundo estaba bastante disperso y atendían muy poco a las diferentes conversaciones. Mira, mujer, yo te lo explico. Cuando se rompió el badajo de la campana, subieron los dos, a escondidas, a repararlo. ¡Y cómo lo arregló o Carallón! Todos sabemos de las habilidosas maneras de Santiago en solucionar ciertos asuntos colgantes. Y rompió a reír escandalosamente mientras se levantaba y aderezaba sus palabras con una serie de movimientos con las piernas abiertas bastante obscenos. Todo esto evitando astutamente las miradas del resto de comensales, que formaron un círculo aparte para hablar de la descristianización que estaba sufriendo la sociedad. Todos habían sido bautizados años ha, pero ya no asistían nunca a misa, se quedaban en el atrio de la capilla fumando y hablando. En una de esas interminables comidas que se celebraban después de la misa mayor, los «bautizó» como «los soldados del arco iris» un feligrés ―que hoy nadie recuerda su nombre― porque habían probado una docena de diferentes licores de muy diversos colores.

―A ver, Camay, le dijeron a Rafo, que estaba con otros niños jugando con una pelota, acércate a la improvisada cocina y trae una botella de licor que hay junto a la mesa que tiene los restos de comida.

Rafo hizo con diligencia el encargo, pero confundió, sin darse cuenta, una botella de aceite con una de licor. Y así, el clérigo principal, después de apurar el vaso de un buen lingotazo, no le quedó más remedio que aceptar como broma lo que había sido un trágico error de Rafo.

―Gamberrazo, ya vendrás a mí cuando seas mayor, le susurró el sacerdote en son de burla al oído mientras le tiraba «cariñosamente» de las orejas.

El bien lubricado clérigo, después de tan grata experiencia, tuvo que ir sin demora a un claro del bosque que refrescaba las espaldas de los comensales para liberarse de todo lo que «había agilizado» improvisadamente el «riquísimo licor». Estaba, por lo que había observado, en una zona del bosque que se tragaba sus propios árboles como si estuviera en plena creación de un cuadro diarreico. La defecación, acompañada de palabras muy gruesas que nadie escuchaba, salvo Rafo que se había escondido para ver el daño que había ocasionado, fue muy espontánea y sonora, como un retumbante festín de vehemente cohetería.

Liberado y satisfecho, algunos burlones decían que había adelgazado cinco quilos, recibió encarecidas e interminables disculpas por parte del padre de Rafo, que había sido «el autor del trágico error». 

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CAPÍTULO XIV DE ‘HATROZ’.- PROLONGACIÓN

Rafo llevaba mucho tiempo anclado en un pasado que le obsesionaba. Interiormente necesitaba explicaciones que no se atrevía a plantear: empezaba a conocer jóvenes como él que ideológicamente no tenían nada que ver. Estaban en las antípodas de lo que él había escuchado en su familia. No entendía «su rareza» y él, que siempre se había manifestado tímido y timorato, encajaba como un buen fajador de boxeo las sentencias que escuchaba con una rotundidad pasmosa sobre una época que en su familia no habían cesado de calificar como «de progreso y paz». Un pasado del que empezaba a conocer situaciones que le costaba mucho asimilar a bote pronto porque el martillo pilón de la paz franquista le llevaba a un escenario en el que el protagonista no era el profesor de Formación del Espíritu Nacional y sus sátiras sobre la traición de Suárez porque lo más frecuente era escuchar chistes del tipo siguiente: Un español regresa a España y charla con un familiar. «¿Y por aquí cómo estáis?», pregunta. «No nos podemos quejar», le responde. «Entonces, bien, ¿no?», dice. «No, no: que no nos podemos quejar».

Rafo, ilusionado con el comienzo del curso académico era un pequeño pulpo que se iba reforzando con experiencias ajenas. En su etapa de universitario, en la Complutense de Madrid, en Magisterio, antes de Filología, experimentó que sus pulmones se iban oxigenando con un aire nuevo porque había conocido bruscamente un mundo que jamás imaginó que existía. Era el mundo de una juventud desinhibida, apenas politizada, sin prejuicios familiares y con unas ansias locas de vivir sin derramar un segundo de su destreza festiva.

La Escuela de Magisterio se encontraba en la calle Jerte, en un lateral del conjunto conventual de aspecto catedralicio San Francisco el Grande. Entró en la escuela tan despistado que sintió la mirada de unos jóvenes que ya eran habituales, bien porque llevaban disfrutando de las «glorias» de la cafetería, bien porque su objetivo primordial era meter la cabeza en algún seminario.

Rafo comprobó que «la selva humana de la juventud» era tan dispar que le resultó imposible hacer una clasificación de la riqueza de familias estudiantiles que tenía delante. Se adentró en la cafetería y se sentó a esperar que le sirvieran. Nada. No había camareros a la vista. Todos detrás de la barra. Para aparentar que tenía todo controlado encendió un cigarro, abrió la carpeta que llevaba bien agarrada y con un cerco del sudor de la mano, notoria manifestación de su nerviosismo.

Consumido el cigarro, se levantó y emprendió el camino hacia la barra para pedir un café con leche y un pincho de tortilla. Solicitó lo dicho con aparente tranquilidad, lo abonó y se lo llevó a la mesa para tomárselo con imaginada intimidad. Lo siguiente sería componer su horario de asignaturas y aulas. Tenía controlado el panel en el que se mostraba toda la información necesaria. Mientras se tomaba la tortilla, una joven se plantó delante de él y se presentó con una frescura y una desenvoltura rayanas en el descaro, sería el calificativo de su padre. Y tras una pausa, rematar con un «estas jóvenes de hoy en día se pierden, se pierden…».

―Soy Asun y te veo hecho un lío. Tu aspecto, perdona que te lo diga, es el de un imbécil perdido. Bueno, ¿me vas a decir que me siente o lo tengo que hacer yo?

Ante el bloqueo de Rafo, Asun se sentó enfrente de él tras dejar su bolso y carpetas en una silla del otro lateral de la mesa. Todo ello para poder observarlo con un rigor que le excitaba sobremanera… ¿A los dos?

―Joder, tío, ¿me vas a decir tu nombre o tengo que ir a la cárcel de Carabanchel a pedir información sobre ti?

Asun se rio de su propia ocurrencia mientras la cara de Rafo era un poema. En su familia Carabanchel era sinónimo de revolucionarios, maquis y conspiradores contra un régimen que estaba en absoluta demolición. O eso creían los más optimistas.

―Soy Rafo. La boca pastosa como un saco de harina mojada y sintiendo en esos instantes que la tenía llena de trocitos de tortilla que era incapaz de tragar. El semáforo rojo de la timidez había frenado repentinamente la ingesta. Dudó, balbuceó y logró ingerir el resto de la comida. Bebió el café derramando un hilillo que se prolongaba por la barbilla con aires de grotesca exhibición de que no controlaba la situación.

―Tranquilo, tranquilo, que yo voy a comprar una ficha para llamar a mi madre y decirle que llegaré tarde a cenar, si llego.

Rafo no salía de su asombro. Él siempre era el que daba el primer paso, después de dos o tres cañas. Nunca la chica. ¿Porcentaje de éxitos? Decía, con una mueca en la boca, que «no mal», como respondía un tío suyo cuando le preguntaban por su salud.

Deslizó hacia la derecha de la mesa la taza vacía y se dispuso a recordar las asignaturas que tenía en ese primer curso. Pero se encontraba aturdido con la «incursión beligerante» de Asun.

―A ver, cuéntame qué haces aquí. Pareces salido de una urna en la que has estado metido toda tu vida.

Lo de la urna le fastidió mucho porque también se lo había dicho alguna conocida con la que él había intentado ligar.

―Chico, respira, sé natural, deja para otras ese sombrío gesto… Esto se lo habían dicho en varias ocasiones. Hasta una vez, en El Narizotas, le dijeron que estaba más envarado que César, un compañero de COU que llevaba, por culpa de un desvío de la columna, un corsé ortopédico que le aprisionaba todo el tronco.

Rafo no hablaba. Estaba avergonzado de su comportamiento infantil. Intentó proseguir la conversación, más había entrado en un serpentín de silencios que lo mantenían bloqueado y sin palabras. Faltaban sus amigos, el primero también primo, Jorge y Víctor, los dos puntales que rompían su mutismo con algún chascarrillo descarado y con sus diestras «buscarrespuestas».

―Recoge tus cosas, que nos vamos a tomar un vino a la Cava baja. Ante la estatua que tenía delante, le soltó un tío, espabila, que nos van a dar las doce de la noche en esta «acogedora» cafetería y son las doce del mediodía.

Salieron tranquilamente, enfilaron la calle Bailén, posteriormente la calle de Don Pedro y allí entraron en el primer local que vieron abierto. Sortearon a los clientes que enfilaban la barra discutiendo acaloradamente de política y lograron ocupar una mesa que estaba en una esquina del viejo bar. Pidió Asun una botella de vino con dos vasos y unas patatas fritas.

Rafo comenzó con un discurso que tenía muy sobado, pero que era como una carta de presentación cuando no le salía nada o en su mente bullía aquel manido «¿estudias o trabajas?»

―Nunca he sido un buen estudiante. Nunca. Tampoco malísimo como dice una prima mía. Tampoco. La apatía en el estudio, la falta de interés por nada y un comportamiento timorato y hablador, según mis profesores, me han convertido, hasta la actualidad, en un tío perdido en los estudios. Mi padre, esperando una reacción que todavía no ha llegado, me cambió de colegio en varias ocasiones. Pequeños fracasos de un hijo que no sabe lo que quiere ni en el día de hoy.

―A mí lo que me gusta es leer. Leer. Silencio largo. A Asun le había dado por observar y no hablar.

―No sé si habrás leído El Buscón de Quevedo. Termina la primera parte del libro así: Y fueme peor, como vuesa merced verá en la segunda parte, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres. Esto lo llevo grabado en el frontis de mi vida.

―¿Y te sabes de memoria esa cita? No te entiendo. Si eres capaz de memorizar a Quevedo… ¿cómo no tienes narices de estudiar su vida y su obra? Por ejemplo. Eres un tipo muy curioso. ¿Eres un gamberro?

―No. Gamberro nunca. Lo que te he dicho antes. Creo que soy buena gente, aunque esto lo tienen que decir los que me conocen. Me sentí ridículo cuando Ana, una compañera de COU, en un desayuno en Dickens soltó que tenía clarísimo lo que quería estudiar y ser en el futuro: abogada. Yo la veía tan decidida que me dejaba siempre muy jodido. Yo no sabía qué hacer. Y eso alimentaba que mostrara un nulo interés por todo.

―No busques disculpas. Mal estudiante y punto.

A Rafo le sentó fatal que dijera eso, aunque lo hiciera sin intención de ridiculizarlo.  Le recordó a su querida prima cuando en medio de una reunión soltó aquello de «malísimo». Esto ocurrió hace unos años. Sí. Pero aún le duele porque notó un tono fiscalizador muy desafortunado.

Él nunca se consideró un mal estudiante. Como cualquier adolescente, culpaba de todo a los profesores, algunos con infinita razón, pues no tenían, con alumnos como él, ninguna mano izquierda.  Otros, los menos, como Don Luis, director del Calderón de la Barca, que se volcó en ayudarlo para que saliera adelante. Quizá la vocación de boxeador en su juventud le configuró como un experto en situaciones difíciles.

(Como narrador de la vida de Rafo, quiero que sepan ustedes que sí cambió de hábitos y costumbres, aunque no mudó de sitio. La imagen de Rafo, en la actualidad, después de 37 exitosos años de profesor en el mismo centro, es la de un hombre satisfecho y querido por su alumnado. Me permito copiar las palabras de una madre tras tener a su hijo como alumno. Si se entera que lo hago, me mata; pero los narradores somos así. La carta dice: Muchísimas gracias por tantas veces que te has interesado por nosotros, por tus consejos y por tus ánimos. Ha sido un placer volver a coincidir contigo un curso más. Se agradece enormemente cuando das con personas que sienten verdadera vocación por su profesión, más aún cuando se trata de los hijos. Espero que con C. volvamos a coincidir porque has sido un bonito regalo para ella. Mi más sentido respeto hacia tu manera de enseñar y ayudar a tus alumnos. De llevar sombrero me lo quitaría. O bien esta otra: ¡¡¡Hola, José María!!! Soy A. A. No sé si te acuerdas de mí. Fuiste mi tutor en 1° de BTO hace 9 años. Te escribo para decirte que ayer elegí plaza para hacer la residencia de Psiquiatría en el hospital Puerta de Hierro de Madrid. Lo que siempre había querido. Hay que dar las gracias a las personas que te han ayudado durante el camino para conseguir lo que quieres. Y tú fuiste una de ellas. Cuando en el colegio todos los profesores me decían que pensara en hacer otra carrera, o en irme a una universidad privada, porque no todo el mundo podía hacer medicina, tú fuiste casi el único que confió en que podía conseguirlo. Te estaré agradecida siempre. Te deseo lo mejor en la vida. Te lo mereces. Un abrazo enorme.

Esta es una pequeña muestra de todas las que ha recibido a lo largo de su dilatada experiencia y que guarda como oro en paño. El primero, una excelente persona con dificultades académicas; el segundo, una alumna con una carrera siempre exitosa. Repito, si se entera me mata).

Después de unos ridículos chupitos de vino ―no era lo suyo―, Asun le puso la mano sobre la suya y la acarició con extrema suavidad. A Rafo le gustó y de golpe le vinieron a la memoria inolvidables escenas que vivió con Marisa. Asun sintió un leve movimiento de la mano que interpretó como repudio y no como un síntoma de aceptación. La realidad era que tenía la mano sudada.

―No me rechaces. Tú me gustas, seas quien seas. Me trae sin cuidado. Lo que quiero saber es tu respuesta en caso de que empecemos a salir. No quiero imberbes y antojadizos. Y tengo la sensación de que tú eres las dos cosas. Por lo que me has contado de Marisa, me das un miedo hatroz. Quiero salir contigo, pero no quiero que nadie se ría de mí.

No supo qué decir. Dejó que Asun se sentara a su lado y lo besara en los labios. Él no lo rechazó en absoluto y le correspondió debidamente al segundo beso que le dio.

―Vaya, joder, vaya. Si eres un saco de sorpresas. Para ese aspecto de ingenuo adolescente que tienes besas muy bien.

Al cabo de unos minutos se levantaron, pagaron en la barra y salieron a la calle. En la puerta del bar se miraron durante unos segundos. El gesto de Asun no le dijo nada bueno porque daba a entender que no le había gustado lo que había leído en los ojos de Rafo. Se vieron en tres ocasiones más, intensificando la relación, y en la última acordaron una cena en un lugar típico del Madrid bohemio.

―De acuerdo, nos vemos el sábado.

Cada uno enfiló calles diferentes, pues sus destinos familiares eran distintos.

Rafo pasó unos días anclado en lo que había vivido. No sabía qué hacer. Su breve historial de plantones, propios y ajenos, lo llevaban a un laberinto con más difícil salida que el de Creta.

El sábado salió una hora antes de lo acordado. Le gustaba patear un poco Madrid en solitario para dejar que la imaginación volara y le pintara un futuro inmediato que lo alejara de los malos augurios que alimentaban sus miedos y temores.

Rafo volvió a mirar el reloj y se percató de que lo lógico era aceptar un nuevo plantón. Había perdido toda esperanza de verla, aunque un hilo de ilusión subyacía en su memoria. ¿O era un espejismo? Antes de conocerla, en soledad, se crecía ante el mundo; ahora, en soledad, sin ella, era un rastrojo de crepúsculos opacos.

Perdió la cuenta de las veces que miró el reloj. El camarero que le sirvió la copa hizo un particular gesto como queriendo descifrar las cavilaciones que plasmaba en una hoja que veía emborronada y llena de frases. Se sintió mínimamente importante por su celo en saber lo que estaba escribiendo. O eso creyó.

Por lo menos alguien se fija en mí, pensó fiel a su desaliño emocional.

Dos sentimientos se entremezclaban en su interior: el abatimiento, porque la ausencia de Asun llenaba de ebria locura su vacío existencial; y la nostalgia porque el breve pasado que vivieron nunca regresaría por mucho empeño que pusiera.

A Rafo le corroía la posibilidad de que su espacio estuviera ocupado por otra persona, porque sabía que había jugado con ella a ser un niño grande otra vez. Ella, harta de sus incertidumbres y vacilaciones, le había respondido con un silencio punzante y acerado.

―Mira, tío, no entiendo que no puedas hablar por teléfono sin que te escuchen tus padres. Yo le digo a mi madre que me deje sola en el cuarto de estar y ya está. Me voy a una cabina telefónica cuando tengo verdadero interés en hablar con alguien. Tú eres un mierda. Te callas como un crío y eso me repatea. No te importo nada.

Ahora ya no había vuelta atrás, ahora no podía pedirle al sol que volviera a calentar el presagio de un otoño sombrío y glacial. No era capaz de descifrar su silencio. Aún así, seguía esperando, anclado en una utopía casi suicida, un gesto suyo que le hiciera revivir emocionalmente el páramo en el que se había convertido su vida.

Pero esa noche estaba más ausente que nunca. Rafo vivía el todo de la nada. Y le dolía el volumen de su ausencia como si llevara en sus entrañas un cilicio de desvanecimientos y universos falsos. No sabía cómo ni por qué, pero había vuelto a exhibir el polvoriento rosario de sus interminables disculpas. Tenía mil palabras para justificar su actitud, pero ella era evidente que no lo quería escuchar. Soñaba con una cena en la que él no se limitara a escribir en una servilleta su nombre y luego dejarla olvidada en la mesa o simplemente dejarla caer.

Lo que tenía escrito en una hoja era el borrador de un futuro texto poético en prosa. Dudó mucho en llevarlo o no. En entregárselo o no. Lo escribió en una noche de desvelo casi eremita.

Tu nombre enturbia mi sangre y lacera mi espíritu. Te prometo que el aturdimiento y la insensibilidad de aquel día, si te haces visible, los tornaré en un rayo fecundo de sinceridad y pasión. Te garantizo que nunca te volverás a sentir sola en mi compañía. Porque a solas, sin ti, he podido comprobar hoy que no soy nadie. ¡Con cuánto desacierto y torpeza masculina he actuado! Te sentía tan segura a mi lado que jamás vislumbré la posibilidad de que eligieras otro puerto. No te imaginaba viajando por el vastísimo enjambre de otras manos. Solo un día sin verte y mi vida zozobra, mi vida naufraga calamitosamente en un mar de canciones tétricas y siniestras. Si me vieras en estos instantes vociferando tu nombre por los rincones más recónditos de mi existencia, seguro que correrías a mi encuentro y me aceptarías otra cita. Pero eso ya no es posible. Te has perdido, no entre los sublimes y generosos, no, sino entre los que no niegan sus deseos. Tal vez por dicho motivo hoy no me has querido ver. O tal vez sí. No lo sé. Lo mismo ahora estás soñándome. Y yo no tengo fe suficiente para atisbar tal situación. Me han alertado tanto de que lo que vemos o nos parece ver en sueños, no es otra cosa que un sueño viviendo en otro sueño. Un sueño que me ha convertido para ti en un torrente de malentendidos y desconfianzas. Pero te sigo esperando. Porque amar, como decía Pessoa, es cansarse de estar solo. En las últimas letras de esta carta te adivino enganchada a otro perfil con la furia de un titán. Y yo, Quasimodo de los pies a la cabeza, te espero abierto de espíritu y enemistado con la humanidad.

(En un principio no quise incorporar en este capítulo este texto. Lo distorsiona y lo vuelve melifluo. Yo quería destacar una realidad social de Rafo: en el segundo lustro de la década de los setenta era un joven desnortado en todos los aspectos. Cuando estudió en el Calderón de la Barca percibió algunos sucesos y comentarios que le entreabrieron los ojos. Su padre, con un discurso perfectamente trillado por sus tiempos en las juventudes de Acción Católica, lo convenció de que esas «verdades» eran la voz de una minoría de ingratos rebeldes que no se quisieron incorporar a la nueva España. Ahora, con la eclosión de la «democracia real, no la orgánica», lo que decía su familia, lo que veía en la universidad, lo que leía a escritores exiliados que regresaban, lo que editaba El País y El Alcázar, lo que escuchaba a algunos profesores, lo que veía en las manifestaciones, lo que susurraba un vecino de Santa María de la Cabeza comparado con una nueva vecina de Hermanos Miralles… Todo ello, asimilado sin orden ni concierto, llevaron a Rafo a unos años de convulsión ideológica que le ocasionó algunas discusiones con su primo Jorge).

Rafo seguía absorto en la relectura de su carta. Estaba tan abstraído, que no se percataba del grupo de amigos, habituales en el local, que iban por la segunda ronda de cañas, ni de la pareja de turistas que saboreaban una sangría con patatas bravas, ni los dos enamorados, más arreglados que el resto, y que se comían con la mirada, fase previa del intercambio salivar, ni de los que iban «de solanas a pescar pareja», ni de los dos camareros, uno agradable y algo curioso, y otro, gran coleccionista de desplantes y borderías.   El primer camarero, que no paraba de moverse entre los clientes para renovar las consumiciones que veía vacías, no quitaba el ojo de Rafo. Lo miraba con cierta pena, era consciente del plantón, y le sirvió una nueva copa a la par que se le trocaba el gesto de curiosidad en la más viva mueca de conmiseración. 

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CAPÍTULO XIII DE ‘HATROZ’.- CONQUISTA

Ser adulto es cosa valiosa, / pero es mayor perfección / hablar brillante y pausado / como si fuera un gran cicerón. (Rafo cuenta que escribió estos versos el día de su Primera Comunión bajo la sombra de un castaño en un pequeño cuaderno con candado que le regalaron sus tías de Ferrol. No tenía ni idea de los cuadernos Moleskine que eran los herederos del histórico cuaderno usado por Vincent Van Gogh, Pablo Picasso o Ernest Hemingway).

―Este rapaz ten que falar menos e traballar máis, decía Filoso mientras simultaneaba la lectura de un ejemplar de El Correo Gallego, único periódico, eso creía, que por entonces llegaba en el día de su edición a Bertamiráns, y la escucha de una anécdota que Rafo estaba intentando narrar con afectado tono policíaco. ¿Sentencia premonitoria de lo que posteriormente sería una frecuentísima adenda en sus notas? No lo sabemos. Tal vez. Lo cierto  es que el tío Filoso poseía tal sagaz zorrería que era capaz de intuir las futuras peculiaridades de Rafo.

Tras dar por terminada precipitadamente su incongruente historieta, nadie le prestó verdadera atención, se dispuso a jugar con plastilina mientras intentaba cantar una canción que les había escuchado a sus primos mayores. No era la primera vez que Rafo, entonces era Camay, intentaba entonar una melodía a la par que procuraba realizar con una brillante torpeza no sé qué rocambolesca figura. Se desesperaba y cerraba los ojos como cuando su padre, a la par que hacía un chasquido con la boca, leía una noticia que le contrariaba. Cuando apenas tenía conocimiento del mundo, le enfurecía que su desmaña para con   los trabajos manuales se manifestara con tanto escarnio y fulgor. Poco a poco, y con el paso del tiempo, se fue confirmando, ante la desesperación de sus mayores, que lo suyo no era la manipulación habilidosa de materiales ya fueran más o menos maleables. Nadie se explicaba, la ayuda de sus primos debió ser manifiesta, el periódico que lograron diseñar a los diez años los primos pequeños de la casa.

―Perseverancia, rapaz, perseverancia, comentaba otra voz adulta a sus espaldas. Todo en esta vida se puede conseguir con perseverancia.

A Rafo esas frases realmente le sonaban a chino. No las soportaba. Y si coincidía dicha reflexión adulta con la creación de los ojos del busto que estaba realizando le introducía los dedos hasta el cogote como cuévanos quevedescos.

Rafo, desde que había descubierto lo placentero que era platicar, no paraba  de hablar por los codos con quien tuviera a su alcance. Y si no, los buscaba desesperadamente para que lo escucharan. Era un sablista de la charleta. Y si no, solo. Ahí lo veían al pequeño Rafo manteniendo animadísimas charlas con los objetos más disparatados que uno se puede imaginar, desde el grifo de la bañera hasta el plato en el que descansaba  el bocadillo de la merienda. Ante esta locuacidad, unos se reían a carcajadas  escuchando algunas de sus incongruencias, otros se encolerizaban y se marchaban a un lugar más tranquilo, pues no les dejaba concentrarse en lo que en ese momento estaban haciendo. Su primo Jorge cogía el patinete que le había traído de Suiza su padre y subía hasta la puerta de la finca muy despacio para luego bajar a toda velocidad simulando perfectamente el ruido de una moto de carreras. Él, ante estas reacciones, se quedaba mirándolos unos segundos y salía después escopetado ―con lo que se podía correr a esa edad― en dirección a la bodega, donde, por la oscuridad y la humedad del lugar, pensaba que se gestarían las grandes aventuras ese verano.

En otros momentos del día, su primo Jorge y Rafo pasaban mucho tiempo sentados  en la arena de la era jugando a lo más dispar. Desde la conversión en auténticos héroes utilizando como arma de ataque las ramas desprendidas de algunos árboles o una  simple escoba ―con el consabido disgusto de las madres― hasta el aprisionamiento en pequeñas cárceles o jaulas de plástico de inofensivos escarabajos de la patata. Por entonces, estos animalitos les parecían peligrosísimos miuras que posteriormente serían toreados por los dos en un improvisado albero diseñado en la acera de una de las casas.    En aquellos años el género por excelencia de música de la fiesta taurina era el pasodoble Suspiros de España, que Jorge lo tarareaba con gran perfección como inicio de la posterior faena, otro de los rasgos de su primo que le despertaban una corrosiva envidia. El ritmo alegre y festivo de la canción conectaba con la tradición española y les impulsaba a los dos canijos a perfeccionar «la fiesta» elaborando con gran animación unas banderillas, con los colores de la bandera española, con alfileres sustraídos del alfiletero del costurero de la madre de Rafo.

Aunque los protagonistas más frecuentes de sus juegos eran los paracaidistas, los indios y los vaqueros. Lanzaban desde la ventana de una habitación del piso superior un muñeco de plástico que llevaba enrollado un paracaídas; y que gracias al débil impulso ejercido por su parte subía escasamente para luego descender mientras se abría espectacularmente el paracaídas. Bueno, no siempre ocurría así. Entonces el tortazo era de época y nosotros lo celebrábamos como la llegada del hombre a la luna. Con los indios  y los vaqueros siempre había pelea. Los dos queríamos ser vaqueros, pues era evidente que los indios eran siempre derrotados por un habilísimo cowboy, que era capaz de disparar hasta de espaldas. ¿Y por qué le tocaba a Rafo en casi todas las ocasiones ser indio? ¿Incipiente complace? Buena pregunta.

A su corta edad, y por consiguiente aún muy limitada su formación, ya empezaba a sentir admiración por algunos de sus mayores. En cada uno de ellos, desde su pacata perspectiva, se iba perfilando una peculiaridad que le hacía que la fascinación agrandara el afecto que ya iba sintiendo por cada uno de ellos. Rafo pensaba que podía levantar alguna ampolla. Ese miedo pavoroso al qué dirán lo atenazaba ya de pequeño. Es la visión de un niño de muy poquitos años. De su tía María Rosa, la abnegación familiar; de su padre, la entrega y el altruismo; de su tío José Luis, la inteligencia y la naturalidad; de su tío Filoso, la fabulación literaria y personal; de su abuelo Luis, el conocimiento y la bonhomía; de su madre, la bondad y el tormento; de su tía Elena, el carácter y la decisión; de su madrina Cuca, la elegancia y la historia; de su tío Luis, la constancia en el aprendizaje; de su tía Maruja, el estudio y la sociabilidad…

Yo, como narrador de esta historia, creo que ya es suficiente. No quiero que el lector se pregunte: ¿Y tan pequeño era capaz de ver todas estas cualidades? Hombre, es cierto que resulta muy difícil deslindar ciertas cualidades en espaciados periodos temporales, y sobre todo siendo tan menudo, las singularidades de las personas. Después de hablar con él, se reafirma en lo dicho.

Como ya contaré más adelante, un grupo aparte lo merecen sus dos primos mayores. Bueno, no quiero adelantemos nada más. Ya lo hice homeopáticamente en un capítulo anterior. Ya tocará.

En este tejer y destejer de las tardes de verano, y cuando la sombra le ganaba el pulso al sol, las conversaciones de los mayores invadían con parsimonia levítica la acera de la llamada «casa vieja», por ser la más antigua. La perfecta orientación de la misma favorecía que los atardeceres fueran interminables y hubiera a sus pies un calmoso y constante trasiego humano. Algunos familiares iban ocupando las sillas que estaban libres, otros se levantaban para iniciar una diferente tarea en otro apartado rincón de la casa, pues el bullicio y la algarabía en ocasiones se hacían insoportables. Las fieles a la cita eran las mujeres, que no les quitaban el ojo de encima, pues según su criterio, si los dejaban ceibes (libres, en gallego) eran capaces de provocar un cataclismo.

―Como te vuelvas a mojar, te pongo a hacer pis como las mujeres. Esta lapidaria amenaza ―hoy, insignificante; pero por entonces tan terrorífica como una burla hiriente de tu mejor amigo en la adolescencia delante de la chica que te gusta― rondó por la cabeza de Rafo semanas. Tal vez meses. Estaba en esa etapa del crecimiento en la que se empezaban a mirar con extrañeza inusitada a los niños que aún llevaban pañales.

―¿Todavía no le quitaste los pañales a tu hijo? (Este uso verbal de tiempos simples es propio de los gallegos). Pero si Lolita los dejó antes.

―Ya ves… Tengo miedo a que…Y en esas disquisiciones se eternizaban la madre de Rafo y sus hermanas, sentadas todas ellas delante de un velador de piedra, a la sombra, y cada una de ellas enredadas en su labor manual preferida: el punto, los bordados, el ganchillo… O la lectura.

―Lo que tienes que hacer es amenazarlo ―ya sabes, con cariño― con la frase que te decía antes. Es como mano de santo.

Rafo nunca pensó que su madre fuera a llevar a la práctica tal conminación, pero hoy todavía habita en él la duda de saber qué hubiera hecho sin la amenaza. Espabiló como el día que le pusieron la primera vacuna. O ya o el sufrimiento eterno. Pues ya. Lo cierto es que ese mismo verano empezó a olvidarse de los pañales. Es cierto que más de un día hubo «alguna sorpresita», pero unas veces el astuto de su primo mayor y otras su querida Carmen se encargaban ―según sus palabras posteriores― de disimular semejante «desfeita» (desastre, en gallego).

Y así procesionó sin pañales el día de La Peregrina. Todos los mayores estaban encantados con su decisión de incorporarse con «ropa de adulto» a la comitiva religiosa.

―Se está haciendo mayor.

―¡Qué buen rapaz es!

Todos veían en Rafo una propensión hacia los hábitos eclesiásticos, cuando en realidad lo único que ocurría es que, habiendo abandonado ya la «ropa de bebé», se sentía como un adulto más. Concentrado, recto como un carballo (roble, en gallego) y perfectamente sincronizado con las dos filas que conformaban el desfile caminó portando una vela que cada dos por tres se apagaba. Él se sabía el centro de las miradas y ante tal situación su pequeño cuerpo se estiraba aún más hasta alcanzar las proporciones de un legionario en plena parada militar.

Aquel día recibió mil felicitaciones. Todas ellas acogidas con cierto orgullo disimulado, pues ya entonces su carácter se iba configurando de modo paulatino. La mayoría destacó su emotividad gestual; algunos, su elegancia imperturbable y los menos hablaron de cierta agonía sensitiva. Su madre presumía de un perfecto y rectilíneo flequillo.

Nadie cayó en la cuenta de que su verdadera razón, y por la que fui mentalizado noblemente por su tío Filoso, fue la exquisita promesa, si se portaba bien, de ser recompensado con dos helados de la todavía marca Camay escogidos por él libremente. 

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CAPÍTULO XII DE ‘HATROZ’.- DESCONCIERTO

Rafo pecó de excesivo la noche anterior al desconcierto. Aquella noche se le turbó el entendimiento porque el dueño del pub que él frecuentaba por entonces en los aledaños de la Glorieta de Bilbao se empeñó en enseñarle los borradores de poemas que había escrito en su juventud. Era un conjunto (en gallego, feixe) de papeles amarillentos y llenos de manchas, que no de tachones y correcciones. Manifestó el mismo defecto que en su adolescencia: parco en palabras y rebosante de una buscada soledad. Se sentó de nuevo en su apartada mesa, colocó sobre la mesa el «poemario de San Miguel» y se dispuso a leer los versos horizontalmente para salir del paso lo antes posible. Sólo pudo comprobar que eran unos poemas soeces, sin ninguna sonoridad y un título absolutamente provocador. Tras unos minutos de atención, pudo conformar una opinión en nada ofensiva.

―Todo el mundo tiene plena libertad para escribir lo que quiera, pero si me pides mi opinión, te diré que les has dado muy pocas vueltas, están a medio hacer. Se ve que son superficiales y un tanto burdos porque la única temática que tienen es cómo conseguir una penetración lo antes posible.

A Miguel, el dueño del pub, se le quebró la sonrisa cuando escuchó las palabras de su admirado cliente. Podía haber tenido más tacto, coño, pensó. Luego entendió que Rafo obraba con sinceridad y que había logrado aparcar ese complace que desde la adolescencia le acompañaba.

―Hay versos logrados. Hay versos que sólo necesitan una pasada. Pero hay otros que son el esqueleto de algo futuro que puede llegar a tomar vida.

Rafo le dio un trago a la copa, sonrió a Miguel y remató diciéndole que insistiera en la forma, que era mejor insinuar que enseñar, y que podría alcanzar con esfuerzo y dedicación un aceptable nivel de calidad.

La compensación de Miguel, no tenía a mano otra, fue recargar muy generosamente la copa que estaba un tanto calentorra ya. Rafo tenía la vista nublada y la palabra torpe, tarda y poco diestra. Raro en él. Rafo se plantó y le dijo que eso no eran dos dedos horizontales, que eran verticales. Conocía perfectamente sus límites y antes de trastabillar por la calle, logró salir del Miguelón y coger un taxi con cierta rigidez muscular. Todo se solucionó cuando se vio entrando en su portal de Ferrer del Río. Una pareja intercambiaba fluidos bucales en la parte más oscura, donde era casi imposible verlos, pero se oía con claridad la resonancia, que no la vibración, de los besos. Eran como pequeños descorches de benjamines que sonaban cuando las bocas hacían un vacío en el ósculo y se «destapaban» cuando se separaban unos milímetros.

Y llegó el día del desconcierto. Se levantó el domingo un poco espeso. Se encontró a su hermana desayunando en la cocina e inmediatamente le pidió disculpas por haber hecho ruido. Estaba equivocada. Lo que realmente le despertó fue el zumbido que sus oídos habían percibido cuando se dio media vuelta en la cama, casi se cae por la estrechez de la misma, y empezó a sonar el Pousa pousa en su teléfono. Le dijo a su hermana que no lo había despertado ella, que había sido esa música gallega, que algunos calificaban de cargante, que ponía en su móvil para poderlo oír en la calle. Estaba muy harto de los bocinazos de sus amigos cuando le decían si era el profesor Tornasol, el anciano rey de los sordos o un Cuasimodo cualquiera. Le comentó que después de la ducha se iría a la cuesta de Moyano a ver libros, uno de sus mayores placeres.

―¿Para qué vas? Ya te digo. Las últimas diez o doce veces que has ido has vuelto con las manos vacías y con un cabreo monumental. Es cierto eso de que quien la busca la consigue, pero en ti se debe cumplir la excepción en toda regla. Pero, tranquilo, no seré yo quien te quite la ilusión.

Rafo callaba porque era incapaz de contradecir a su hermana cuando tenía más razón que un santo. Desayunó una magdalena de La Bella Easo con un café con leche bien cargado. Seguro que alguno de sus compañeros de trabajo le diría que era lamentable la mala alimentación que ingería a diario. A Rafo las reglas academicistas de la comida le parecían una ñoñez y se guiaba en todo momento por sus gustos y apetencias. De ahí ese generoso flotador que le cubría toda la cintura, por no hablar del colesterol. Cuando se miraba en el espejo, sonreía con una tristeza gélida, pero era incapaz de seguir un régimen o hacer ejercicio de un modo continuado. La última mujer que le vio el cinturón de grasa humana que le rodeaba la cintura se enamoró de ese complemento el primer día, hasta le hizo gracia, pero después de varios meses lo rechazaba con la misma contundencia que un perro rehúsa siempre una medicina, aunque vaya en el interior de una croqueta. A Rafo no le valían las croquetas.

Se duchó, se vistió, se acicaló con todo cuidado, se perfumó como siempre y echó un vistazo a su dormitorio por si se dejaba algo importante. Cogió el metro, dudó si tomar un taxi, y tras varios trasbordos ocasionados por su desconocimiento y su rechazo a consultar los paneles informativos, salió en la Estación de Atocha. Vio El Brillante, famoso bar con excelentes bocadillos de calamares y tortilla, y a poca distancia la discoteca Kapital, una de las que más reputación tenía, y no solo a nivel nacional, también internacional. Esta discoteca se encontraba en la calle Atocha en lo que, por los años 70 era el Cine San Carlos, cine muy visitado por Rafo en sus épocas de soledad cinematográfica. También locales vacíos.

Vio a lo lejos la decrépita Cuesta de Moyano. ¿Por qué decrépita? Porque en aquella época, 2021 ya iniciado, era un negocio ruinoso tener una librería, aunque fuera de segunda mano.

Rafo se fue acercando a la cuesta de Moyano con paso decidido, como si en alguna de sus casetas fuera a encontrar un incunable o ese libro que desde hace años no hallaba en ninguna librería. La última vez que lo intentó fue en una vieja librería de Barcelona donde le dijeron que estaba descatalogado por raro. Pensó en un principio que eso era una contradicción porque, por el hecho de ser raro, debería estar en las primeras páginas de cualquier catálogo de libros.

La cuesta de Moyano tenía un olor peculiar. Era una mezcla del humo que expelía el tubo de escape de los coches que la bordeaban, aunque la cuesta fuera peatonal, los múltiples aromas que invadían las librerías desde el hermosísimo Jardín Botánico y el olor a libro viejo. La celulosa y la lignina eran los responsables de este último. Un papel de buena calidad contenía menos lignina que el papel que se utilizaba para imprimir periódicos y revistas. Además de ese olor a libro viejo, también eran los responsables del color amarillento del papel. Algunos, por otros elementos que llevaban, decían que olían a almendra y a otras variadas flores.

Los potenciales compradores, observó que había mucho mirón y manoseador de libros, recorrían la calle de Claudio Moyano con parsimonia y con el corazón desbocado esperando encontrar ese ejemplar que los sacará de un ostracismo jubilar en nada parecido a la actual explosión de actividades y ofertas que hay para los jubilados.

El olor a libro viejo trastornaba a todo el que se acercaba a ese mítico espacio. Cuando aún era un postadolescente de medio pelo, le oyó decir a su profesora de Literatura Francesa que el olor del libro viejo era casi orgásmico. En esa ocasión, su compañero Luis y él se miraron con la misma sorpresa que ponía cuando recibía en casa una llamada de la calderoniana Maite.

Y Rafo no encontró nada interesante en las casetas. Otra vez su hermana tenía razón. Atisbado a pocos metros el parque del Retiro, una vez terminada la hilera de puestos de libros le sorprendió que, pegado a la verja del Jardín Botánico, se encontraba un hombre joven sentado ante una mesa portátil muy parecida al chiolo de las aldeas gallegas, donde unas mujeres mayores vendían rosquillas y otros placeres gastronómicos de las aldeas de la zona en los días de fiesta. El cartel situado a los pies de la mesa rezaba lo siguiente: Libros de poesía del autor a 5 euros. Rafo se acercó con muchísima curiosidad porque siempre le había atraído el mundo del verso y encontrarse de bruces con un poeta le aceleró el interés, nunca momentáneo. Lleno de vergüenza, uno de sus lastres más dañinos, se acercó a él y le preguntó por el contenido de los libros que vendía.

―Me llamo José María Máiz Togores y como las distribuidoras no quieren saber de los escritores noveles aquí me ve usted intentando vender mis libros por mi cuenta. Son libros de poesía que un excelente profesor de la Complutense calificó como soberbios. Quizá la pasión por Ya no es duda, lo prologó él, le llevó a calificar el todo de mi obra por esta parte de ella.

―Pero…, muy sorprendido Rafo por la respuesta, pero… ¿no le interesa a nadie la poesía? Yo, en mis ratos de libertad laboral, me siento a escribir versos un tanto deslavazados pensando en que un día me decida a darles una unidad y una calidad que ahora mismo no tienen.

―Pues dedíquese a otra cosa, amigo. En este país somos más los poetas que los lectores de poesía. Así de claro se lo digo. Escribir es llorar. Sólo una decena de escritores, que tienen gran calidad, han logrado encauzar sus obras en editoriales de prestigio y solventes. Los que pretendemos meter la cabeza en ese mundo sólo recibimos falsas promesas que nunca se ven cumplidas.

―Aquí tiene usted tres libros publicados. ¿Me permite ojearlos?

Antes de acabar la pregunta Rafo tenía en su mano un ejemplar de cada libro: Ya no es duda, De donde nace mi voz y Algunas tardes al borde de mí. Abrió el primero y se puso a leer algún poema de modo arbitrario. Estaba muy nervioso porque José María tenía sus ojos clavados en él y con el mismo pensamiento repetido a lo largo de la mañana: muy interesante, pero no puedo comprarlo.

Rafo se paró unos segundos en unos versos breves pero muy certeros a la hora de expresar lo que sufre una persona cuando siente cerca a la persona amada: Mientras mi necesidad de vida / se anega de crudas imágenes, / la sensación de tenerte cerca / destruye todas mis miserias. Se quedó pensando unos segundos y le vino a la memoria esa mujer que le obsesionaba convulsamente en los últimos meses.

―Quiero un ejemplar de cada uno.

La cara de sorpresa de José María dejó a la vista unos ojos marrones brillantes y expresivos. Rafo vio en ellos un halo de tristeza y un rastro dolorido de experiencias de vida poco afortunadas.

―Mire, ahora mismo no tengo dinero para los tres libros. Le podría pagar con tarjeta, pero usted no tendrá datáfono, como es normal. Voy inmediatamente a un cajero y saco el dinero necesario. Ya no uso metálico. Desde la pandemia sólo empleo tarjetas. ¿Le parece bien? José María asintió con la cabeza.

Bajó con paso decidido la cuesta de Moyano, cruzó varios semáforos y, después de recordar el banco en el que su padre tenía la cuenta corriente, localizó en el mismo local un banco diferente, pero con un cajero reluciente. Tuvo que esperar más de la cuenta porque tenía una numerosa cola. Impaciente y nervioso, miraba fijamente a una pobre señora que no se aclaraba con las múltiples opciones que ofrecía el cajero. Si yo sólo quiero actualizar mi cartilla, se le oía decir quejosa. Una pareja de policías que patrullaba a pie por la zona, después de ser reclamada por uno de los integrantes de la cola, se dirigió a la mujer y le indicó que eso lo tenía que hacer en el interior del banco. La acompañamos nosotros. Venga usted. A Rafo le vino a la memoria la canción de The Buggles Video killed the radio star. El resto pudo satisfacer sus necesidades monetarias con gran fluidez.

Rafo deshizo el camino de bajada, aunque en esta ocasión sustituyó la parsimonia por un andar raudo y veloz. Según se iba acercando al lugar donde había dejado a José María Máiz Togores, pudo comprobar que en esa esquina no había nadie. Se paró en el punto exacto del chiolo y, desconcertado, examinó cada baldosa meticulosamente. Nada. Hasta que al levantar un poco la vista vio colgada en la reja del Jardón Botánico una bolsa de plástico. Se acercó y vio su nombre escrito en ella. La cogió y observó su contenido. Allí estaban los tres libros de José María Máiz Togores. Echó una vista a su entorno y no lo vio. Abrió el primero y leyó con mucha calma la dedicatoria: Dice Simone de Beauvoir que escribir es un oficio que se aprende escribiendo. No ceje en su empeño. El éxito se palpa cuando uno siente que ha escrito el mismo libro que estaba en su génesis. Aunque sea sin lectores. Gracias por leerme.

Rafo se dio cuenta que escribir es un oficio miserable. Horas, días, semanas, meses para escribir un poemario de sesenta páginas y tener que regalarlo para que tenga al menos un lector. Junto a los tres libros, dentro de la bolsa, un papel firmado por él con unos versos con letra atolondrada. Después de leerlos, le vinieron a la memoria otros versos en prosa que escribió ante el silencio de una escritora que había recibido un libro suyo y que presumía de contestar a todos los noveles o desconocidos.

Escribí con la sangre que no supe llorar, verso a verso, como quien reza en ruinas, pero mis palabras convertidas en cenizas nadie las mira, nadie las quiere tocar. Fui jardín de tinta y semilla en el viento, soñé con mil lectores como frutos sin par, pero solo crece en mi interior el silencio y un estante repleto de versos en difunto carnaval. ¿Dónde están los ojos que debían leerme? ¿Dónde el temblor ajeno al sentir mi verdad? La poesía es fuego… pero aquí, en mi vida, una ardiente soledad, que lo único que quiere es morir sin sepelio ni funeral. No vendo un libro. No vendo un alma. ¿Será que en este mundo egoísta los gritos de mis versos son solo una sombra fantasmal?

Rafo se introdujo en el Retiro y advirtió un banco apartado y solitario. Abrió uno de los libros y leyó unos certeros versos que cierran esta historia: Entonces, juré, como un petrarca ante su laura, aprehender en mis manos, y en mi memoria, tus joviales huellas, y, sorbo a sorbo, en mis momentos de soledad, embriagarme con ellas. 

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CAPÍTULO XI DE ‘HATROZ’.- EL TUGURIO

El Tugurio estaba resucitando, o eso creía Rafo, después de unas décadas en las que los clientes se podían contar con los dedos de una mano. El local soportaba con enorme dificultad el paso del tiempo. Nela pensaba, era muy testaruda en su idea, que había que mantener un modelo clásico ―viejo y trasnochado para algunos―, porque siempre habría una minoría que lo eligiera como lugar para tomar copas. Pero su idea había fracasado estrepitosamente. Con el nuevo siglo, locales que parecían incombustibles tras unos duros noventa cayeron en el olvido más absoluto.

―Lo viejo, si no se cuida, se hace más viejo y se deteriora enseguida, sentenciaba la dueña con una voz de resignación carmelita.

Hace unos meses tuvo que echar al pianista porque ya nadie le daba propinas ―cuando eran generosas, podía vivir con cierta holgura porque el borracho «propina» con mucha generosidad― y la caja pasaba más hambre de monedas y billetes que el escudero del Lazarillo. Encontró una razón muy ajustada en los desperfectos que sufría el piano. Sonaba muy triste porque las notas estaban fuera de tono, algunas teclas no respondían al presionarlas y tenía un timbre extraño, digamos que más bien era un chirrido.

Rafo se sentía muy cómodo en ese local y eso que en la última temporada vislumbraba día a día un posible cierre, dado el desencanto y cansancio que proyectaban los ojos de Nela, la dueña. Esta mujer conocía muy bien a Rafo y observaba en silencio su ritual: mirada de gran angular para localizar una mesa, espera de unos decisivos segundos y ocupación de la que estaba más apartada. Sacaba ceremoniosamente el smartphone, miraba con la fijeza de un inspector de aduanas la puerta y las otras mesas, luego le hacía un gesto mínimo de aprobación a Nela y, por último, comenzaba su ritual creativo anotando en primer lugar la fecha del día en la aplicación descargada unos meses antes por recomendación de una compañera.

―Será el recipiente de tu mundología imaginativa. Y si algún día me quieres enseñar lo que escribes antes de colgarlo en tu blog, estoy a tu entera disposición. Soy una gran lectora, le decía con cierto aire engatusador.

Un compañero que sólo respiraba por su órgano testicular pensaba que llevaba varias semanas tirándole los tejos.

―Desde luego, eres imbécil si todavía no te has dado cuenta. Joder, Rafo, queda un día con ella y que surja lo que surja, si tiene que surgir algo. Los dos sois libres. Pero no había mentado en ningún la diferencia de edad. Rafo le tenía un «respeto papal» a las mujeres de treinta años, las veía empoderadas y con una cristalina clarividencia a la hora de cenar con alguien.

Rafo lo escuchaba con parsimonia, pero tenía muy claro que el trabajo y el ocio deberían tomar caminos paralelos, nunca cruzados. Era consciente de que algo sentía cuando la recién llegada lo miraba, pero él se escudaba en una simple admiración nunca en reverdecimiento de pasiones que sentía alcanforadas. En su pesimista carácter tenía una idea muy clara: no quería construir un hermoso castillo de arena porque estaba muy cerca del mar. El amor a mi edad es una distorsión patética de la realidad, pensaba. Se había aficionado a las sentencias y con eso se conformaba.

Le encantaba el sonido de reúma articular que producían las viejas sillas de El Tugurio. Asientos que habían soportado el peso de grandes actores y cantantes, según Nela, frecuentes consumidores durante años de unos combinados que en la década de los ochenta y casi noventa poca gente conocía en Madrid, pero que ahora, en los comienzos de la segunda década del siglo XXI, habían pasado de moda y la infidelidad clientelar le dio un sablazo mortal. Se había convertido el garito de Rafo en un club de viejas glorias taciturnas e individuos que no buscaban nada más que degustar una buena copa en un silencio solamente violentado por una tenue música de fondo, que podía ir desde un caduco Jim Morrison a una llorona Chavela Vargas, pasando por el bourbon de Tom Waits o la entrañable tristeza de Enrique Urquijo.

Se rompió la monotonía ambiental con la entrada de dos bulliciosos adolescentes, siempre ruidosos ―Rafo bien lo sabía―, despreocupados por el entorno y ansiosos de tomar un refresco y hablar. Esto le recordaba a Rafo que debían de ser menores de edad. Él, a su edad, intentaba engañar como podía al camarero. Nunca tuvo éxito, cierto, su cara le traicionaba, pero lo intentó infinitas veces. Dejaron la pesada mochila de los libros en el suelo. Les daba igual que este tuviera mil manchas de diferentes consumiciones resecas y adheridas con «Loctite». Los chicos se sentaron entre continuas carcajadas recordando, casi todo el mundo los podía oír de modo intermitente, la última ocurrencia del profesor de Lengua cuando les planteó un debate literario sobre un tema que Rafo no llegó a oír, pues en ese momento hablaban en voz baja, pero con latigazos de pequeños aullidos. Se empujaban continuamente, porque él quería intimar más de lo que ella permitía. Esa mano masculina que intentaba traspasar una frontera que parecía estar muy bien delimitada.

―Hazte de rogar, hija, hazte de rogar, eran las sabias palabras de la madre. Lo fácil el joven de hoy lo detesta. La hija las escuchaba con mucha paciencia y con el convencimiento de que era un postureo maternal, ya que tenían muy poca vigencia en la actualidad.

Él la intentaba besar con gran torpeza, como si acabara de aprender una nueva lección que quería poner en práctica lo antes posible. De pronto, ella le recordó el examen del día siguiente:

―Cinco temas de historia. Y mi padre me los preguntará a las doce de la noche. Como falle, otra semana sin móvil. Tú tienes suerte porque como pasas de todo, no tienes el agobio que tengo yo.

Pidieron dos batidos de chocolate. Bebida nada frecuente en el lugar que le hicieron recordar a Nela los escarceos amorosos de su adolescencia. Mientras llegaba la consumición, ella le soltó de improviso:

―¿Hablaste con tus padres del verano?

El silencio del joven era revelador de un respeto ancestral a sus padres en ese terreno, que era incapaz de superar. A escondidas, todo; a la cara, nada.

―Tu familia será aburrida, a veces un dramón… pero no puedes dejar de cumplir sus deseos. Como me cuentas tú mil veces de tu querido Antonio Flores, que no había roto el cordón umbilical con su madre y por eso la palmó quince días después. Pues tú estás igual, joder, igualito.

―Multa. Sabes que tengo que buscar el momento oportuno para plantear situaciones rupturistas, como decía su profesor de Lengua cuando les hablaba de las vanguardias.

―Otra vez lo mismo, joder, le dice ella. Tú te irás a Galicia y yo a Gandía y en dos meses te olvidas de mí seguro. Te tengo calado.

El silencio se hizo espeso. Eran como dos estatuas que estaban en diferentes museos. Como si alguien hubiera pulsado el «freeze» de un proyector.

―Es decir… ¿No les has planteado que yo quiero ir a pasar quince días a tu casa? Silencio monacal. Pues sabes lo que te digo, que te vayas a tomar por culo.

Habían acordado una lista de multas por cada taco que dijeran. Se acordaron de la obra Los ochenta son nuestros de Ana Diosdado, que habían leído en clase de Literatura.

―No te aguanto más. Conmigo tienes el corazón tan inflado como un globo, pero cuando te plantas delante de tus padres te desinflas como si te hubieran pinchado los huevos. Dices que es por culpa de tu timidez, pero, joder, cuando me quieres meter mano, poca timidez veo.

La chica se levantó, cogió sus libros y se fue llorando a la velocidad del 5G. Él no hizo ademán de seguirla. Su pusilanimidad era evidente. Era la viva imagen de la desolación del niño que se ha perdido en la tómbola. Se sentía derrotado, se sentía tan infantil que le vino a la memoria aquella Primera Comunión en la que se cortó el flequillo a hurtadillas y del posterior castigo que cayó sobre él. Alguien le había dicho que primero la familia y él no supo comprender el verdadero significado de esas palabras.

Rafo cerró la aplicación del móvil. Pensó que lo que había escrito tenía visos de ser leído con cierto interés. Con esmero y muchísimo cuidado lo colgará en su blog y planeó hacer lo mismo en la cuenta de Instagram, pero recordó que estaba a punto de cerrarla. Bebió de un trago el culín aguado de la copa y pagó automáticamente con el móvil. Con ella acordó hace meses, incluida una buena propina, un precio fijo. Le quedaban treinta exámenes por corregir.

―Pues a por ellos, que son pocos y cobardes, le dijo Nela rememorando a un inolvidable Loquillo.

Se levantó y el dolor articular que experimentó era el suyo y no el de la silla. Salió a la calle Francisco Silvela con la mente limpia de malos recuerdos y memorizando la Generación del 98, que era el tema que le esperaba sobre la mesa que había habilitado para corregir en su nueva casa. Se encaminó a ella con el infortunio del que sabía que la infelicidad era quien gobernaba sus pasos. Una pareja de jóvenes embriagados, como diría su padre, lo abordaron pidiéndole un cigarro y fuego a la vez. Ante la manifestación del tópico no fumo, el más alto le soltó a la cara con palabras espesas, parsimoniosas y ocurrentes:

―¡Joder, otro ecologista!

Multa, pensó Rafo. Sin nada más remarcable, los tres prosiguieron sus respectivos caminos, uno muy seguro de cuál era el suyo, otros con paso trastabillante hacia un lugar que nadie sabía su nombre ni su ubicación. 

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CAPÍTULO X DE ‘HATROZ’.- PISOS

Aquel fue un día muy especial. Tenía planificado desde hacía tiempo recorrer el barrio de su infancia y de su primera adolescencia. Hay diversas opiniones sobre la vuelta al lugar de la infancia. Desde la más ecuestre, que nos invita a galopar sin mirar atrás, sin escrutar el pasado, y saltando cuantos obstáculos se presenten en el camino, hasta la más porcina que dice que, como los gorrinos en la comida, en la cochiquera, hay que hozarse en el pasado con un placer casi solemne y pomposo. Rafo nunca dudó de que ese recorrido algún día tendría que hacerlo.

Salió del colegio donde trabajaba a las cinco en punto, cogió el metro y tras varias dudas y equivocaciones salió, por fin, en la Estación del Arte, nombre que lo confundió por unos minutos. Vio que donde había un banco vendía sus productos un Decathlon, que donde estaba el cine Infante rezaba una iglesia evangelista y que el ultramarinos que proveía a la zona estaba ocupado por una cafetería.

Tomó el paseo de las Delicias con paso decidido, a él daba la ventana de su habitación, y entró en el hotel Carlton, en cuyo restaurante comían los cuatro miembros de la familia frecuentemente los domingos y fiestas de guardar cuando el estado emocional de su madre estaba tocado por esa maldita depresión endógena. Lo vio absolutamente renovado y, de nuevo, un despiste, porque no era capaz de localizar la cafetería, aunque tenía un lugar prominente en la planta de la calle. Se sentó, pidió una copa y sacó el móvil para tomar nota de todo aquello que le causase una mezcla de alegría y tristeza.

Pensó en subir al quinto derecha del número 1 de Santa María de la Cabeza, pero no las tenía todas consigo. Otra vez la maldita timidez. Se tomó la copa con un sabor agridulce, pagó y giró por la calle Murcia para acceder al paseo donde él vivió sus primeros 17 años. No conocía nada. Todo era nuevo, hasta el garaje donde guardaba su padre el coche. Cómo no, abundaban también los locales vacíos e inhabitados desde tiempo atrás. Al ver mentalmente ese pasado le vino a la memoria la vivienda en la que residieron esos primeros años.

Al llegar al número 1 del Paseo de Santa María de la Cabeza, casa que de continuo le traía unos imborrables recuerdos, se detuvo frente a ella, la miró con una extraña resignación, mezcla de morriña y soledad, y se sentó en un banco que había a sus pies. Dudó si sacar un cigarro o no. De modo imprevisto, golpeó su memoria un sinfín de recuerdos: los juegos infantiles y las pillerías de Camay en el Jardín Botánico, el enorme bullicio de los disparatados sanjosés por el número de asistentes, en los cuales se mezclaban los canapés, las tartas, las bebidas y las risas de los numerosísimos familiares que allí se reunían, los partidos de fútbol en los pasillos y en mi habitación, donde el cristal del balcón superó la prueba de fortísimos pelotazos, las tabletas de chocolate que yo hacía desaparecer por las noches, los libros de Julio Verne debajo de los cuadernos de estudio, las llamadas furtivas desde la consulta de su padre jugándose casi la vida, el despertar con aquella Maite del «Calderilla» que hoy es ilocalizable, los retrasos en el regreso del colegio argumentando falazmente que había sufrido un mareo en el autobús 36, la mastodóntica construcción del scalextric de Atocha a los pies de nuestra casa, los cigarrillos a escondidas en las proximidades del colegio de los salesianos, las ansias por participar en los partidos de los domingos en los patios de ese colegio y que una rígida timidez le impedía decirlo, los recuerdos de unos veranos agotadores por un severo sol que «castigaba» durante todo el día, las tardes de los domingos de una duración casi imperecedera, los paseos por la cuesta de Moyano para comprar libros…

Rafo no subió a su antigua casa. Rafo hizo el amago en varias ocasiones, pero le imponía lo estrambótico de la idea. Se juramentó que de la próxima vez no pasaba. Tomó de nuevo el paseo de las Delicias, lo cruzó y esperó a coger un taxi que lo llevara a su actual domicilio. Mientras esperaba, sus recuerdos, viajaron a las interminables obras del corpulento scalextric, se inauguró en 1968 con la intención de que fuera el salvavidas del caótico tráfico de la zona, que fue un sufrimiento atroz para los vecinos. Un taxi libre le pitó reiteradas veces. «Se había dormido» comprobando ―ahora que estaba desmontado― todo el interés urbanístico de la glorieta que se había ocultado con el mencionado «pulpo circulatorio». La habitabilidad de la zona había ganado muchos enteros. El trayecto de regreso, cargado de recuerdos, lo realizó en un profundo silencio, a pesar de que el conductor quería hablar sobre la situación actual.

Posteriormente, en torno a 1975, y por un golpe de suerte en la lotería, la familia se pudo trasladar de casa. El doctor Máiz Bermejo abandonó el alquiler de su piso de soltero por una casa en propiedad. «Simpática y berlanguiana» ―surrealista, por lo difícil de imaginar hoy en día, pero absolutamente posible en la época― fue la escena en la que mi padre, rodeado de la familia, firmó un sinfín de letras mensuales a pagar durante veinticinco años. La vivienda estaba situada en la calle Hermanos Miralles 43, luego bautizada con el nombre de General Díaz Porlier.

En esta casa Rafo se hizo hombre. Fueron treinta años. Allí disfrutó de una imborrable postadolescencia y del trabajo en un colegio, el actual, que le hizo crecer como persona. En un piso de 180 metros cuadrados, que estaba diseñado sin los largos pasillos de Atocha, rio, gozó, lloró, creció, se enamoró, sufrió, golfeó, cantó, mintió, estudió, discutió, «noctivagueó», escribió y más cosas que no debo contar sin el permiso del protagonista. Según él, ocupará un capítulo más adelante. La familia había aumentado en un residente. La muerte de su tía María Rosa, por un terrible cáncer, hermana de su madre, soltera que compartía el piso con un hermano también soltero y con múltiples problemas de salud, ocasionó que este, por motivos de cercana atención médica, fuera a vivir con la familia del doctor Máiz Bermejo. Recordemos que su padre era médico.

Con estos recuerdos, durante la interminable carrera en taxi, empezó a pensar que cuál de las dos viviendas le evocaba más cariño. Llegó a la conclusión de que cada una tenía su aquel, su encanto, y que era imposible hacer un podio con ellas.

Con el agradable fluir del taxi por el Paseo del Prado pudo pasar página y se plantó en el momento en el que tomaron la decisión su hermana y él de vender el piso de Díaz Porlier e irse a una zona más económica y a una casa más pequeña. Fue una decisión muy dolorosa porque Díaz Porlier se había adherido a su piel cual tatuaje diseñado por todo el cuerpo. Se trasladaron a la calle Ferrer del Río en el año 2006 que, después de treinta años en la «almendrita de oro», según compañeros de trabajo, parecía que iba a ser el definitivo asentamiento, y que en esos 120 metros cuadrados ―cruzada la báscula económica de Francisco Silvela― envejecerían con dignidad y total tranquilidad. En este piso Rafo vivió años pletóricos de soledades, añoranzas, alegrías, penas… y gastos, como en Díaz Porlier. En este «piso guindaleriano» se tomó en serio escribir. Cierto es que en la «almendrita de oro» publicó varios libros y pasó muchas horas con bolígrafo y papel en mano, pero fue un naufragio literario peor que el del Titanic. Nadie quería leer sus libros. Nadie. Es duro decirlo, pero desde los inicios sintió una soledad literaria terrible. Y aún la siente. Compraron su libro algunas alumnas ―eternamente agradecido se ha mostrado siempre con ellas―, algunos amigos y algunos familiares. No ha negado jamás Rafo que su timidez social, que no en el aula, ha alimentado ese anegamiento literario. Solamente se comportó con él con una seriedad y una generosidad plausibles Lourdes, la dueña de la librería Pérgamo, en la calle General Oráa. Bendita mujer. Dejemos esto para otro capítulo, así como sus penurias blogueras. En Ferrer del río, en el espacio cómodo y creativo de su estudio, logró «cerrar» unos libros de prosa poética, en formato digital, tanto en castellano como en gallego. La estancia en este piso, al salir definitivamente de él, la calificó como grata, feliz y de una gran bonanza personal. Algunos vecinos y Jesús y Pilar dejaron una imborrable huella.

¿Último piso? No fue así. No. Circunstancias cíclicas de la vida que todo el mundo puede figurarse dieron paso, al cabo de 16 años, a un nuevo piso de 70 metros cuadrados en la misma zona.

La progresión espacial es significativa en todos los aspectos. En este piso han aumentado las incomodidades, pero, como Rafo y su hermana tienen buen conformar, los engorros los han convertido en holguras confortables. Eso dicen. Yo no me lo creo.

Hay que hacer un alto aquí. La importancia de los libros en la vida de Rafo. Yo le he dicho que este texto es un poco cursi, pero se ha empecinado en que lo incorpore en este capítulo y así lo hago.

Una librería en casa es mucho más que un mueble con libros: es un refugio, un mapa de lugares, pasiones, dudas y descubrimientos. En sus estantes se guardan no solo historias, sino fragmentos de quienes somos o soñamos ser. Tener una librería en casa es permitir que el tiempo se suspenda y las ideas respiren. Es rodearse de silencios elocuentes que nos esperan sin prisa. Es, quizás, una forma de resistencia: frente al ruido, el vértigo y el olvido, la presencia quieta y poderosa de los libros.

El escrutinio en el paso de Atocha a Díaz Porlier fue cruel: todos los libros que injustamente llamaron mis padres «infantiles» se quedaron, no se mudaron y ahí perdí definitivamente la inocencia literaria de la infancia y la primera adolescencia. No viajaron conmigo unos doscientos libros que tenía yo en mi habitación: Tintín y Milú, Astérix el Galo, Los cinco, Los siete secretos, Emilio Salgari, Julio Verne, Stevenson, Roald Dahl, Mark Twain, Marcelo Lafuente Estefanía…

El taxi perfilaba la calle Francisco Silvela y al ver Yago el café de sus recuerdos, le solicitó al taxista que parase en ese lugar. Era el café Molière. Algo destartalado y poco frecuentado, pero entrañable y acogedor para él. Se sentó, pidió una copa y empezó a valorar su excursión anímica por los aledaños de su primera casa. Rápidamente esto fue sustituido por el problema que le acuciaba en la actualidad: cómo gestionar algunas vivencias que había empezado a sufrir en el aula. No quería hablar con nadie de ciertos latigazos y bajones emocionales que sufría cuando algún alumno ―cada vez más― se manifestaba grosera y ofensivamente. Esto le ponía muy nervioso porque veía que era incapaz de controlarlo debidamente.

El paseo por la Glorieta de Carlos V tuvo, en un principio, un fin terapéutico, pues el enfado y la tristeza estaban refrenados por esa nostálgica que a él le encantaba. Era lucha encomiable la de un hombre que no quería que se aposentara en su interior un poso de amarguras, tormentos y aflicciones.

Se alternaban los pensamientos optimistas de un hombre satisfecho con su trabajo con otros que eran desesperanzados y agoreros de un futuro en nada atractivo. La enseñanza media, a su edad, era un camino de punzantes espinas. Unas, agradables y salvíficas como pétalos de aromáticas rosas; otras, de una aridez vivencial más dura que un lecho de ariscos cardos borriqueros.

El pulso lo tenía menos acelerado, pero, como una recidivante arcada, vuelve la frase con la que concluyó su última clase vespertina: son ustedes capaces de sacar mi peor yo y un genio amonestador que me encorajina no saben cómo.

El café era un lugar peculiar. Tenía una mezcla de abandono intencionado y de placer ochentero. Se llevaba lo usado, lo que proyectaba una imagen de desatención y dejadez.

Finalizo con las librerías de las diferentes casas de Rafo: abandono dañino de unos doscientos libros en Santa María de la Cabeza. En Díaz Porlier reunió unos tres mil libros de toda índole: poesía, teatro, narrativa, español, gallego… Además del despacho de su padre que estaba repleto de libros de medicina y alguno de carácter literario. El traslado a Ferrer del Río fue durísimo porque la reducción fue drástica, pero nada en comparación con la llegada a Béjar. En Ferrer del Río se quedaron muchas «joyas literarias» que le hicieron en su momento llorar lágrimas de tristeza. 

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CAPÍTULO IX DE ‘HATROZ’.- SUS PRIMERAS PALABRAS

Los primeros meses de vida de Rafo fueron tranquilos, plácidos y bonancibles. Alteraciones nocturnas propias de un bebé que tenía en perfecto estado los esfínteres. Se liberaba con una precisión y una regularidad británicas de las aromatizantes cacas cuando su padre estaba profundamente dormido. El proceso siempre era el mismo: el olor se apoderaba del olfato de su madre, que se lo comunicaba con un cariñoso golpe a su padre. La madre avisaba a Chon que asumía la tarea de limpiarlo con gran diligencia. Los ronquidos del padre se oían en toda la casa, hecho que encorajinaba a su madre, que tenía un dormir, digámoslo así, «muy muy muy superficial».

Salvo las características fiebres, las propias mucosidades y las nada edificantes pataletas, podemos entender que los tres adjetivos aplicados en el inicio se refieren a un permanente descubrimiento de objetos, sensaciones y sentimientos.

―Tienes un mundo a tus pies, hijo, un mundo que, si actúas con rectitud, te ofrecerá más luces que sombras. Y el pequeño Rafo le hacía a su padre unas pedorretas bucales que significaban que le importaban un bledo sus «profundas palabras».

Los recuerdos son nulos ―y eso que el día que hablamos de esta época Rafo hizo unos esfuerzos titánicos, casi sobrehumanos, para «reencontrarse» con algún episodio vivido― y lo que sus padres le comentaron posteriormente ―su padre era médico― no va más allá de lo que Piaget estableció los dos primeros años como periodo sensoriomotor y de dos a siete años como periodo preoperatorio. Y aquí me paro. Me niego a seguir con Piaget porque sería un verdadero ladrillo. Para ti, lector, motivo suficiente para «colgar» este libro. Cuando Rafo estudió sus teorías evolutivas, le vino la misma sensación de aburrida matraca que cuando se propuso leer el Ulises de Joyce tras perder una apuesta en el bar de la escuela con el mejor jugar del «póquer de los garbanzos».

―Esto me retrotraería a mi etapa universitaria, se dijo en alto Rafo. Y como decimos en gallego inda é cedo (aún es pronto).

Me importa mucho más el momento en el que pronunció sus primeras palabras. Cuando empezó a hablar. Debe ser inolvidable y casi taumatúrgico el momento en el que los padres logran establecer una conexión verbal con su hijo. El lenguaje es el milagro humano. Los seres humanos nos comunicamos a través de un maravilloso vehículo lingüístico que es el lenguaje. Cierto es que hay otros vehículos de comunicación. Genéticamente, dicen los especialistas, nos vienen dadas unas capacidades lingüísticas que no se desarrollan hasta la plenitud de la vida, lo cual sucede alrededor de los 5 años. Neurológicamente hablando, según los entendidos, un niño de 5 años es un hablante adulto. Hasta esa edad, el cerebro madura a través de unas etapas poco flexibles, siendo el periodo de los 2 a 4 años el que tiene los puntos más críticos de la formación de las vías lingüísticas neurológicas. Las combinaciones de palabras aparecen alrededor de los 2 años. Pero hay niños que comienzan antes de los 2 años a hablar. Y en la familia de Rafo hay testimonios de ello.

En esta época quiero situar a nuestro protagonista.

En los primeros inviernos madrileños ―estos periodos del año siempre los ha vivido en Madrid― fue descubriendo poco a poco su entorno. De un modo muy primitivo claro está. No era consciente de los logros según los iba consiguiendo. Tranquilidad, que no voy a hacer una exposición de la evolución de Rafo como bebé, pues podríamos encontrarnos con un abanico amplio de experiencias de todo tipo, pero especialmente escatológicas. Sus padres, él no lo recuerda, celebraron con gran algarabía cuando consiguió controlar los esfínteres y mostró por primera vez un continuado y avezado interés por sentarse en el inodoro. Su abuelo, en Santiago, lo celebró con una oración de gratitud ante el apóstol Santiago.

Por más que se empeñe, no son recuerdos lo que tiene de este periodo de su vida sino más bien memorización de situaciones mil veces narradas en los años posteriores por sus padres o por las personas que se encargaron en esos años de su atención y cuidado. Según ellos, la frase más repetida desde que comenzó a caminar era: no toques eso.

Quiso demostrar su arte pictórico cuando, en una pared recién pintada, plasmó con «pintura marrón» una recreación gráfica de la finca de Bertamiráns.

―Ayé, ayé. Y le mostró a su padre su «picassiana obra».

―Tranquilo, hijo, tranquilo, le dijo su padre mientras reprimía una verdadera regañina «mordiéndose las muelas». Su padre le quiso explicar que las deposiciones no deberían salir del inodoro. Hijo, para pintar están los cuadernos que te hemos comprado y que no los usas.

Rafo se empezó a reír con una energía que exasperó a su padre. Lo sentó de nuevo frente a él y, mientras intentaba aclararle dónde debía pintar, Rafo lo celebró con una batería de pedorretas bucales que le dejaron la cara repleta de húmedos salivazos. 

Por lo demás, hay un categórico vacío. Lo que sugiere una normalidad absoluta en su progresión como niño. Habrá quien piense que de esos años sólo se recuerdan las experiencias traumáticas, que las placenteras ―si por placentera se puede entender el destete o la salida de los dientes― caen en el olvido más absoluto. Cada vez que, ya con la madurez del adulto, hizo sus pesquisas sobre esos primeros años las repuestas siempre fueron las mismas: sin novedad. Todo transcurrió con la normalidad de un niño que empieza a descubrir un mundo nuevo para él. Nada de acciones heroicas, de comportamientos intrépidos y mucho menos de acontecimientos homéricos.

La primera vez que escuchó estas palabras sintió una enorme frustración, pues todos pensamos que, como vemos en ciertas películas, nuestros primeros años son un cúmulo de patrioterismos hogareños y caseros.

―Comías, dormías y crecías, le dijeron una multitud de veces.

―¿Tantos meses reducidos a tres simples verbos? ¡Qué frustración! Yo que, cuando por primera vez escuché de los mayores mis experiencias infantiles, había imaginado que no habría horas suficientes en un día para hablar de mis epopeyas. Mi proceder entonces sería un cúmulo de espeluznantes aventuras, intrépidos lances y arriesgadísimas andanzas. ¡Cómo mi hermana me había salvado de morir cuasi electrocutado por meter los dedos en los enchufes!

―Nada, hijo, había unos inventos magníficos que se metían en los enchufes y que impedían que los niños hurgaran en ellos.

¡O cómo fui capaz de poner en funcionamiento la olla exprés para preparar leche merengada al baño María!

―Nada, hijo, si la olla estaba siempre fuera del alcance de los niños.

Cuando fue consciente de mayor de que en esos primeros años no tuvo empresas peligrosas, quizá comprendió un poco, la venganza se sirve fría, por qué en su edad escolar fue tan proclive a recibir toques de atención por parte del profesor por ciertos escarceos en el aula utilizando los rotuladores como perfectas y dañinas espadas.

Según me cuentan, el invierno de sus tres años fue variopinto en su aprendizaje. Días graciosos por ser el causante de muecas y gestos candorosos, y días, llamémoslos inapropiados, por ser una constante lucha contra el dolor de dientes, incisivos y muelas y por una balsámica muda de pañales. En los periodos del invierno que su abuelo paterno pasaba en Madrid no había otro objetivo por su parte que el niño se soltara a hablar. Y todo era una sempiterna frustración, pues lo solucionaba todo con un ayé mayestático.

¿Quieres un vaso de leche? Ayé. ¿Vamos al Jardín Botánico? Ayé. Hay que irse a dormir. Ayé. Llegó un momento en el que la preocupación empezó a invadir la mente de los mayores. Veían cómo niños de su edad y menores ya pronunciaban frases con cierta coherencia mientras Rafo se mantenía en un solitario y convulso ayé. Su abuelo, farmacéutico militar con una profundísima formación humanística, desdramatizaba la situación con un sentido del humor a la vez bullicioso y calmante de ánimos.

―Todos buscamos aprender idiomas porque consideramos imprescindible el dominio de dos lenguas por lo menos para podernos manejar por el mundo. Y este rapaz, egregia criatura del futuro más inmediato, lo soluciona todo con una palabra. Es la reducción del esperanto a su mínima expresión. Pura practicidad. Y soltaba una pequeña carcajada.

Y llegó el verano. Viaje inconmensurable por la magnitud de los bultos. Casi tan numeroso como los trofeos del Cid después de una victoria: incontable el botín. Pues aquí incalculable el número de paquetes y maletas. Ocupaban medio vagón del tren rápido ―ja, casi diez horas de viaje― con destino a Santiago de Compostela. La travesía era una auténtica odisea para los adultos. Sólo basta mencionar que eran diez individuos ―entre adolescentes y niños― y 5 ó 6 personas mayores. Digo individuos porque era como se dirigía a nosotros un tío nuestro cuando nos quería regañar: individuo, venga usted aquí. Su comportamiento deja mucho que desear y… a continuación venía una entrañable reprimenda. Inútil de todo. Duraba el efecto cinco minutos. Algarabía, carreras, caídas, risas y juegos. Cuando no regañinas por parte del revisor, que en aquella época nos parecía, por su uniforme, un comandante de la Marina.

La llegada a Santiago y el posterior traslado a Bertamiráns en diversos taxis era una auténtica liberación para los adultos. La llamada nocturna a los «padres de familia», que trabajaban en Madrid, informando del éxito de la misión era poner una pica en Flandes. Y ese verano fue absorbente, cautivador y ameno hasta lo inimaginable. Pasar casi dos meses con toda la familia materna en pleno campo no tiene precio hoy en día. La naturaleza alimentaba una vivificante ansia de vida campestre.

El dormitorio lo compartía con un primo suyo al que le lleva once meses llamado Jorge. De su hijo mayor Rafo es el padrino en la actualidad. Ya hablaremos en otro momento de las aventuras que pasaron los dos en Galicia. Hoy me remito sólo a ese periodo de tiempo. Escuchar a Jorge era un orgullo, pues hablaba casi con absoluta perfección. Una mujer de allí le llamaba humorísticamente el Académico. Mientras Rafo, que era mayor, seguía con su famoso ayé. Lo curioso es que después de unas intensas y vividas vacaciones, se produjo un sonado trasvase. Llegó el mes de septiembre cuando se trasladaron a Vedra sus padres, su hermana y él, para pasar el mes de septiembre con la familia paterna y la situación cambió radicalmente: Jorge se apoderó del solemne ayé y Rafo se convirtió en un incipiente Castelar. La situación causó cierta gracia en algunos y algo de hilaridad en otros. El ayé de Jorge fue efímero como una huella en la arena o una tarjeta de felicitación. Rápidamente retomó su buen hablar.

La llegada a Vedra fue un rotundo éxito, pues su abuelo Luis, que los esperaba lleno de ansiedad, pudo comprobar que su nieto se había convertido en un competente, a la par que inagotable, disertador. Hablaba, hablaba y hablaba. En algunos momentos no era consciente de lo que decía y en otros erraba más que una escopeta de feria. Pero las frases salían con fluidez de su antaño balbuceante y rácano aparato fonador. Varias veces en situaciones embarazosas y reservadas para los mayores, fue reprendido con una frase que se hizo desde entonces muy familiar: cala, fillo, cala un pouco (Calla, hijo, calla un poco).

A moito falar, moito errar (Quien mucho habla, mucho yerra), le decía, después de ponerlo firme delante de ella su abuela María, poseedora de un colosal genio. Rafo salía corriendo y repitiendo una palabra que le había oído en Bertamiráns a su tío Filoso:

Tururú, tururú, tururú, tururú…

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CAPÍTULO VIII DE ‘HATROZ’.- EL DESEO

Rafo pasó unos años oscuros y un tanto descontrolados. Él no me quiere decir con exactitud los años en los que perdió el norte y se sumergió en un carrusel de bares nocturnos de mínima categoría. Él, que siempre se ha esmerado en aparentar una estética elegante y cuidada, durante esos años encontró una serie de pubs en los que las noches eran anárquicas y desmesuradas en todo momento.

El aire en el club es un denso cóctel de humo, sudor y perfume barato, pero Rafo solo percibía la presencia de Soledad. La había visto días antes, pero nunca se había atrevido a dirigirse a ella.

Está al otro lado de la pista, perfila una silueta que se mueve con la música, su vestido rojo es una segunda piel que promete más de lo que cubre. Rafo, se sorprende como si hubiera intercedido Zeus, porque acepta su invitación en forma de guiño de ojo prolongado. Se autoengaña y se justifica a sí mismo diciendo que es por pura curiosidad. Pero ahora, viéndola más cerca, el huroneo se transforma en algo más visceral. Su figura voluptuosa se realza con un elegante traje rojo entallado que abraza sus curvas con precisión y confianza. El escote sutil insinúa sin exagerar, mientras que la tela satinada resplandece bajo la luz, revelando un equilibrio entre vulgaridad y sensualidad. Ese escote del traje es pronunciado pero cuidado, mostrando lo justo con una clase chabacana y tosca. Las mangas ajustadas enmarcan sus brazos firmes, mientras que la cintura entallada resalta la forma de reloj de arena que define su figura. El vestido, de caída recta hasta la rodilla o quizá con una ligera abertura lateral, sugiere movimiento con cada paso que da, dejando entrever unas piernas torneadas que se elevan sobre unos tacones altos, desgastados y afilados.

Su cabello cae en cascada, largo y ondulado, oscuro como la noche o quizás teñido en tonos caoba que brillan bajo la luz. Se mueve con una mezcla de poder y sensualidad que no necesita exageración: basta su andar firme, el vaivén sutil de sus rudas caderas, la mirada segura con la que recorre el lugar. Sus ojos, intensos y ligeramente entrecerrados, parecen analizarlo todo, y sus labios, gruesos y perfectamente delineados en rojo profundo, se curvan en una sonrisa enigmática, cargada de intención.

Su presencia impone sin esfuerzo. No necesita levantar la voz ni hacer gestos exagerados para ser notada; de hecho, el silencio le sienta bien. Donde ella está, el ambiente cambia: las conversaciones bajan de volumen, las miradas se desvían hacia ella, y hay un aire de expectación, como si algo importante estuviera a punto de ocurrir.

Más que bella es poderosa y contundente. Hay una fuerza interna en su forma de estar que hace evidente que no busca agradar: se viste de rojo porque quiere, se muestra porque lo elige, y su estilo refleja una confianza que no se aprende, se conquista. Es el tipo de mujer que no se olvida fácilmente, no por lo que dice, sino por lo que transmite de impudicia.

Soledad se abrió paso entre los cuerpos. Cada paso, una provocación silenciosa. Cuando se detuvo frente a Rafo, el espacio entre ellos vibró con una electricidad palpable. Su voz, un susurro ronco apenas audible sobre el estruendo de la música, le llegó directamente al oído.

―Rafo, pensé que te acobardarías. Me he equivocado. Nos vimos el otro día en una situación semejante y estaba convencida de que no querías nada conmigo.

Una sonrisa ladeada y peligrosa apareció en el rostro de Rafo.

―Nunca me subestimes, Soledad. Especialmente cuando hay un desafío de por medio. Y menos si el desafío eres tú. ¿O ya no te acuerdas cómo te despediste? Hablaste de un desafío. Yo me escaqueé. Estoy arrepentido.

Ella soltó una risa baja y gutural, un sonido que se deslizó por su piel como el licor.

―Me gusta eso. La noche es larga, Rafo. Y mis ganas… insaciables. Se deslizó un poco más cerca, su muslo rozando el suyo a través de la tela. El calor que emanaba de ella era un fuego que amenazaba con consumirlo.

―¿Y qué tienes en mente, Soledad?, preguntó Rafo, con voz más grave, y una mirada fija en el leve temblor de sus pechos bajo el vestido.

Soledad inclinó la cabeza, su cabello oscuro y suelto le rozó el cuello, erizando los vellos de su nuca.

―Lo que te atrevas a imaginar. Pero primero, un pequeño juego. De su diminuto bolso sacó una flor de jazmín y, con una lentitud exasperante, la acercó a la solapa de la chaqueta de Rafo.

El aroma embriagador del jazmín llenó el espacio entre ellos, mezclándose con el de su propia piel. Sus dedos, finos y seguros, se demoraron en la solapa, la punta de uno de ellos rozando apenas la tela de su camisa, casi tocando su pecho. Rafo contuvo el aliento. La cercanía era una tortura para él porque su cuerpo no era la de un hombre fornido y vigoroso, como esperaba ella. La intensidad de sus ojos, una invitación descarada.

―Estas son las reglas del juego, susurró ella, con unos ojos anhelantes de romper la distancia. No podemos tocarnos con las manos. Solo con la intención. Con la mirada. Con el deseo que no podemos nombrar. Y veremos quién se rompe primero.

Rafo sonrió, una sonrisa lenta y oscura.

―Me parece un juego interesante. Pero te advierto, Soledad, que soy un animal cuando me provocan en… soledad.

Ella se echó un poco hacia atrás, sus ojos explorando cada rasgo de su rostro, deteniéndose en sus labios, luego en sus ojos.

―Eso lo veremos. El premio es… la rendición total.

La noche avanzó, y el juego se transformó en una danza cruel y excitante. Sus miradas se cruzaban a través de la pista de baile, se buscaban en los reflejos, en las sombras. Rafo la observaba y pudo comprobar que cada movimiento de Soledad era una afrenta directa a su autocontrol. Ella, por su parte, le devolvía la mirada con una intensidad que prometía cada fantasía. El baile de Rafo era tosco, rudimentario y patán.

En un momento, cerca de la barra, Soledad deslizó su mano abierta por la espalda de Rafo, a apenas un milímetro de su piel, sin llegar a tocarlo. El calor que emanaba de su palma, la promesa de su tacto, fue una agonía deliciosa. Rafo sintió un escalofrío que le erizó el cuerpo. Se inclinó, su aliento caliente rozando su oreja.

―Estás jugando con fuego, Soledad.

Ella rio, un sonido bajo y ronco, mientras la mano aún suspendida, prolongaba la tortura. ―¿Y tú, Rafo? ¿Estás listo para quemarte?

La atmósfera estaba hirviendo. Cada palabra, cada mirada, cada respiración se sentía como una caricia prohibida. El juego de la contención se volvía más salvaje a cada minuto. La línea entre el deseo puro y la prohibición se desdibujaba, dejándolos a ambos prisioneros de su propio desafío.

Los minutos se estiraban como horas, cada uno cargado de una tensión casi insoportable. Rafo vio a Soledad bailar, la tela roja del vestido tensándose con cada giro, revelando y ocultando. Sus caderas se movían con una cadencia hipnótica, una invitación silenciosa que él sentía en cada fibra de su ser. Él la siguió con la mirada, notando cómo su cabello oscuro se agitaba, revelando la curva de su cuello, una línea delicada que él anhelaba explorar.

En un instante, mientras la música cambiaba a un ritmo más lento y sensual, Soledad se acercó de nuevo. Esta vez, se detuvo tan cerca que Rafo pudo sentir el calor de su aliento en su cuello. No había espacio entre ellos para el aire, solo para la electricidad cruda.

―¿Sigues en pie, Rafo?, susurró, su voz como una seda enardecida y su aliento cosquilleando su piel.

Rafo se obligó a responder con una voz que parecía un ronquido bajo.

―Aún de pie, Soledad. ¿Y tú? Pareces… tentada. Veo que caes tú primero.

Una sonrisa maliciosa se extendió por sus labios.

―Siempre. Pero el juego es el juego.

Sus ojos, oscuros y brillantes, bajaron por su pecho, demorándose en el nudo de su corbata, húmedo por el sudor que los invadía. A Soledad le atraía ese aroma y la excitaba verle la camisa ligeramente desabrochada. Se inclinó un poco más, y Rafo juró que sintió la ligera presión de su pecho contra el suyo, una presión tan sutil que podría haberla imaginado.

Entonces, con un movimiento casi imperceptible, Soledad deslizó su pie. La punta de su zapato de tacón rozó el interior del muslo de Rafo, justo donde la tela del pantalón se hacía más delgada. Fue un roce fugaz, un destello, pero el efecto fue devastador. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, y su pulso se aceleró.

Rafo cerró los ojos por un instante, saboreando la prohibición y la promesa de ese contacto. Cuando los abrió, Soledad lo miraba, sus labios curvados en una sonrisa triunfante, sus ojos una chispa de picardía. Ella había roto su propia regla, o al menos la había llevado al límite. Y él, Rafo, sintió una descarga de adrenalina que lo hizo anhelar más y la tocó, caliente y nada recatada.

―Tramposa, murmuró Rafo con una voz apenas audible.

Soledad se encogió de hombros, con una expresión inocente y diabólica a la vez.

―Son las reglas del juego, Rafo. Quien se rinde primero… pierde. Se alejó un paso, pero la huella de su roce, la promesa no cumplida, permanecía en el aire entre ellos, densa y casi insoportable.

La música del club pulsaba a su alrededor, pero Rafo solo escuchaba el eco de ese roce, el susurro de su voz, la promesa inaudita de lo que podría venir si el juego terminaba. El filo del deseo se había clavado hondo, y la noche, apenas comenzaba.

Ella, en el umbral de la puerta del club, lo miraba ansiosa y sin vergüenza alguna. Rafo dudó, pero se acercó a la barra, pagó las consumiciones y salió camino de la estela que había dejado Soledad. Por el aroma era muy fácil seguirla.

Al día siguiente, en el colegio, cuando lo vieron con una cara con unas gigantescas ojeras, sus compañeras le preguntaron reiteradas veces por la causa de dichos socavones. El, con una elegancia proverbial les dijo:

―Ha sido una noche muy personal. Lo que pasó (o no pasó) no tiene nada que ver con el colegio. A veces las cosas simplemente fluyen de una manera sorprendente, y no hay necesidad de hurgar en ello.

―Pero…¿la conocemos?

―¿A quién?

Y recogió sus libros para seguir con las clases que marcaba su horario. 

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CAPÍTULO VII DE ‘HATROZ’.- CONFORT

Rafo desconocía el concepto de zona de confort. En su adolescencia no se había planteado nunca que existiera otro mundo al margen del de su familia y su entorno más cercano. Cuando en la infancia visitó por motivos festivos la casa de algún compañero siempre daba la casualidad de que ese hogar respiraba el mismo ambiente que el suyo.

En los cursos del Instituto Calderón de la Barca sí que vio retales de otro mundo, el de los derrotados en la guerra civil, pero no llegó a conocer que eso afectara a un número considerable de españoles. En su casa siempre le hablaron de una minoría y la palabra maquis era sinónimo de guerrilleros antifranquistas que estaban fuera de la ley y que había que detenerlos para ser juzgados. Le hablaron de los que vivían escondidos en los montes de las provincias de León y Zamora y que atacaban esporádicamente organizados en partidas de combatientes. Pasados tres años de una “merendola” en casa de José Antonio ―curioso nombre que recordaba al fundador de la Falange― le vinieron a la mente una serie de palabras que escuchó en boca del padre y que su familia no pudo ―o no quiso― aclararle: justicia histórica, la construcción del Valle de los Caídos, republicano, dictadura, ley de vagos y maleantes, terror rojo y terror blanco…

En este ambiente transcurría el mes de noviembre y como un goteo permanente las noticias sobre la salud de Franco. Todas las conversaciones de mi padre giraban en torno a tres pilares básicos:  sus pacientes, el estado anímico de mi madre y la salud del Generalísimo. ¿Los estudios de Rafo? También eran una fuente de preocupaciones. Todas las mañanas José María se levantaba, ponía la radio, se afeitaba y se bañaba con agua fría. Y un día de esos que parecía otro más la noticia explotó:

Franco ha muerto.

La voz del locutor de Radio Nacional de España, de una gravedad inusitada, y tras un silencio muy significativo, a las 6:30 horas de la mañana del 20 de noviembre de 1975, retumbó, y no por no esperada, cual cohetería fallera en el día de la fiesta mayor, en la casa de la familia de Rafo. El padre de familia se quedó mirando la radio con una expresión de tristeza y preocupación. Terminó de lavarse los dientes y decidió que había que despertar a su mujer e hijos para rezar una breve oración en memoria del Jefe de Estado que les había proporcionado cuarenta años de paz.

Sentados frente al televisor, y a la espera de que hablara Arias Navarro, presidente del gobierno por entonces, los cuatro miembros de la familia miraban fijamente al suelo como queriendo asimilar tan luctuosa noticia.

Lola, la hija mayor, se tocaba constantemente el pelo en un ademán que manifestaba unos nervios a flor de piel. Era consciente, mucho más que el hermano, de que en esos instantes, hasta en lo más insignificante, debía hacer alarde de ese complace familiar que llevaba como una losa y que había empezado a trabajar sin resultado alguno por el momento. Sabía que no estaban en una realidad cómoda y la controversia generacional, junto a un desconocimiento más que notable de la situación, podía saltar a la mínima oportunidad. Miraba con cariño a su madre y escuchaba con atención filial las palabras que estaba pronunciando su padre con una solemnidad casi pontificia. Supo controlar, con muchísimo esfuerzo ese destemplado pronto que le caracterizaba y que había heredado de la abuela paterna. Todo el mundo decía que esta buena mujer daba auténticos botes cuando se enfadaba por cualquier motivo, circunstancia que era muy frecuente. Lola, físicamente, era menuda y delgada. Había estado en tratamiento por un reconocido endocrino nutricionista, que con un marcado acento andaluz le decía una y otra vez cuando veía que no engordaba: ere mi fracaso, ere un granito de arró.

Rafo, el hijo, tenía una mirada que expresaba cierta vergüenza por tener dos sentimientos diametralmente opuestos: por un lado, el de tristeza, porque se olía que se iban a fastidiar sus salidas vespertinas durante unos días; por otro, el de su incapacidad para entender como un adulto el alcance de la noticia que había bloqueado emocionalmente a sus padres. En situaciones como esta es cuando se perciben con más nitidez los saltos generacionales.

Lola y Rafo compartían por ósmosis la ideología de sus padres. Eso decían al menos. Lola, por ser mayor, asimilaba mucho mejor las profecías de su padre cuando comentó días posteriores al luctuoso acontecimiento que alguien de muy alta condición iba a traicionar al régimen. Nunca aclaró si él aceptaría esa felonía como mal menor para España.

―Lo aclararé cuando las circunstancias lo exijan, dijo mientras la televisión proyectaba a un Arias Navarro demacrado, compungido y emocionado.

Como hijos obedientes que eran, no escatimaron esfuerzos en ello y junto a los progenitores y la familia habían asistido a todas los actos y manifestaciones que en esos últimos años se habían celebrado en Madrid en apoyo de Franco. ¡Harto difícil no dejarse llevar por la patriótica marea familiar! Nunca dudaron de que la España real era la que ellos vivían, la España que se sentía humillada por una Europa descristianizada, marxista y masona. ¿Había otra España, como insinuaba Cecilia en su canción? Su padre, después de la breve alocución del presidente del gobierno, les dijo con una suntuosidad única:

―Nunca olvidéis a los enemigos de España, que los hay y muchos. Pausa emotiva que nunca entendió el bisoño de Rafo. Me acabáis de escuchar el vaticino de una magna traición. Lo veremos. Ahora los conoceréis ―a los enemigos de España― porque saldrán de sus cómodos y calientes hogares y se atribuirán una lucha antifranquista que nadie ha visto ni intuido en estos últimos años.

Con estas palabras Lola y Rafo tuvieron una visión retrospectiva compartida y recordaron varias populosas manifestaciones que habían visto asustados por algunas de las principales arterias que bordeaban su vivienda en el Paseo de Santa María de la cabeza nº 1. En ellas habían oído con toda claridad gritos contra Franco y en favor de la huelga general. Su padre achacó dichos movimientos populares a reclamaciones puramente económicas por una crisis que afectaba a toda Europa. Rafo, por entonces, no se cuestionaba nada y escuchaba ―es un decir―, junto a su hermana, las peroratas dominicales de su querido padre. Su madre, ante tal «exhibición marxista», los tranquilizaba diciéndoles que esa tarde era mejor que se quedaran en casa y que rezaran por la salvación de España. Su madre sonreía interiormente cuando veía que aún sus palabras tenían el efecto planificado. ¿Cuánto durarán? Sólo Dios lo sabe.

En ese mundo vivían Lola y Rafo. Con una naturalidad difícil de entender hoy en día. Habría que aclarar que en aquellos tiempos no había ni internet, ni smartphone, ni cadenas de televisión privadas y el teléfono del domicilio estaba perfectamente controlado por los padres. El envoltorio en forma de zona de confort era muy sencillo de diseñar y ofrecía, en este caso, una gran fortaleza. Además, la inmadurez de Rafo, natural o planificada, le hacía no cuestionarse el porqué de unas manifestaciones que rodeaban regularmente la vivienda familiar en el populoso barrio de Atocha. Los dos hermanos no tenían la menor sospecha de que lo hacían dentro de una burbuja que había sido diseñada sin ninguna intención por unos padres que, desde su perspectiva sociológica, querían ofrecerles a sus hijos lo que ellos no tuvieron por causa de la trágica Guerra Civil. Pensaban que ese era el hábitat patrio de todos los españoles. Lola no podía intuir nada, o eso decía, porque, aunque ya estaba estudiando en la universidad la acomodada y prestigiosa carrera de Farmacia, las explicaciones de casa en torno a las protestas de los universitarios nunca le hicieron ver que había otra realidad paralela a la suya. Su carácter enérgico salpicado de arrepentimientos inmediatos, además de una educación muy tradicional, la convertían en una complaciente, geniuda y muy familiar hija. Se había llevado un desmesurado disgusto cuando la familia (aquí se pueden incluir muchos nombres) se opuso con negativa innegociable a que estudiara Magisterio. Lo vivido el 20 de noviembre la convenció con una ligera rapidez que tenía que ejercer en casa el papel que habían diseñado sus padres con cariño y cierto sesgo carpetovetónico para los momentos trágicos. En este terreno a Rafo había que darle de comer aparte. Parecía que no vivían en la misma casa. Rafo estaba verde ―en todos los significados de la palabra, menos el fisiológico― como ese adulto que a escondidas se quedaba prendado sin comprensión alguna de Epi y Blas en Barrio Sésamo y de Fofó, el payaso favorito de la época.

José María, el padre, con la constancia del trabajador infatigable que era, les había explicado en varias ocasiones los motivos de la Guerra Civil y los posteriores y gratificantes cuarenta años de paz. Cierto es que «algo diferente» creían ver los domingos cuando iban a misa a la iglesia de los salesianos en la Ronda de Atocha y los conocidos de mis padres los abordaban con comentarios insidiosos, según él; a la par que le enseñaban radiografías o analíticas para que manifestara su certera opinión. Esto último, la imagen de José María analizando una radiografía en medio del atrio eclesial, lo hacía con verdadera devoción médica.

―Son pequeños reductos de insubordinación porque no todo el mundo puede estar contento, decía el padre al llegar a casa.

Los hijos miraban y escuchaban con interés el relato paterno, pero el progenitor no las tenía todas consigo porque veía mucha inquietud, especialmente, en el rostro de Rafo. No podía imaginar que tal desazón estuviera motivada por causas muy diferentes.

―Lo mismo están influyendo en él algunos desafortunadísimos comentarios que algunos feligreses sueltan sin ningún miramiento al final de la misa en el pórtico de la parroquia, le decía a su mujer.

La realidad era que, a los diecisiete años, cuando las hormonas ya estaban en acción, era complicadísimo mantener viva la atención por mucho que el tema fuera trascendental para el suelo patrio, como le gustaba decir a un vecino que con toda seguridad estaba por el cuarto o quinto rosario de los misterios dolorosos.

José María era médico de profesión. Un médico de vocación filantrópica. Desde las 7 de la mañana hasta la hora que fuera, incluidos los sábados por la mañana, siempre en el quirófano, y los domingos por la mañana, ocupados en un inacabable rosario de visitas de pacientes suyos o de familiares y allegados. Siempre fue un modelo para sus hijos, que veían en él a una persona que no pensaba nunca en la remuneración de sus intervenciones y sí en la sanación de los enfermos. Veían en él la filantropía en estado puro. Palabra que buscó con ansia en el diccionario cuando la oyó por primera vez Rafo. La consulta que tenía todas las tardes de 4 a 6 en su casa era gratuita y era muy frecuente en él, cuando el paciente no tenía recursos económicos, realizar sin sus honorarios la necesaria operación con el único coste del anestesista y del sanatorio por parte del enfermo. Siempre se rigió por un nunca dejes de atender a un paciente por dinero. Jamás pensó en la remuneración económica. Muchos amigos y colegas le decían abiertamente que era «tonto», pero él tenía muy claro que su verdadera vocación arruinaba cualquier embrujo económico. Cuando falleció y publicitaron la necesidad urgente de un sustituto en la Mutualidad de futbolistas, hubo muchas renuncias entre los candidatos porque el sueldo que ofrecían, ese que recibía religiosamente el fallecido sin queja alguna, descubrieron que era una insignificancia. Una merda, dijo alguno de raíces gallegas.

En su largo historial médico había pacientes de toda índole: los propios de sus consultas, familiares, amigos, cualquier enfermo que se acercara a él con la mediación de un familiar o amigo, personajes televisivos… Un sobrino suyo ―también de apellido Máiz―, excelente médico en la actualidad, les ha comentado a los hijos que cada vez que escuchan su apellido le preguntan si tiene alguna relación familiar con el doctor Máiz Bermejo, fallecido el 18 de enero del 2002.

Una de las imágenes de su padre, de los hijos de José María, era verlo, a eso de las 11 de la noche, sentado en su despacho, estudiando las últimas novedades que se iban produciendo en traumatología y en cirugía general. El médico tiene que estar al día, decía.

Mención aparte merece su carácter. Fuerte, impulsivo y de un pronto que hacía retumbar los cimientos de la casa. A los cinco segundos caía en un arrepentimiento que era muy poco comprendido por algunos miembros de la familia; los cuales, con comentarios sibilinos y acerados, rechazaban radicalmente ese temperamento. No se sabe si este ―o la venta de La Peregrina― fue el motivo por el cual en los últimos años de su jubilación ―cuentan Lola y Rafo― cogía el teléfono pensando en que alguien llamaba preguntando por él y sólo se encontraba con el silencio más absoluto. También recuerdan los hijos con mucha pena las lágrimas que le producían a su padre las vivencias del último verano en Bertamiráns, en el 1993.     

José María les transmitió el miércoles por la noche previo al fallecimiento, cuando un amigo personal le comunicó que no había sanación posible en la enfermedad terminal de Franco, que el infausto momento había llegado. Llevaban varios días anunciando la muerte del Jefe del Estado, pero ese día no llegaba, aunque parecía que estaba al caer. Ante el silencio filial de Lola y el nerviosismo del hijo ―los diecisiete años le bullían en su interior como una cafetera a punto de estallar― insistió en el argumentario más que conocido de los domingos después de comer. Pero Rafo era incapaz de quitarse de la cabeza la importante cita que había concertado con una amiga y que era la causa positiva de sus últimos desvelos y sufrimientos.

Rafo sabía jugar muy bien las cartas con su padre. O eso creía él, más bien. Para sus padres la cita era con una amiga que era, como gran parte de su familia, más franquista que Franco. Tranquilidad familiar por ello. Ella, les teatralizaba como nadie el adolescente a sus padres, sí ha bebido y digerido con sanísima asunción la ideología del momento.

―Es lo normal, papá. Queremos comentar los últimos acontecimientos.

Semanas más tardes se percató de todo lo contrario y pudo conocer en primera persona la traición que estaba en boca de su padre por esas fechas.

Rafo, con el pasar de los años, y con una lentitud que hoy se podría calificar de premiosa, llegó a la conclusión de que en él se había producido, con la naturalidad de la época, una profundísima ideologización ―como he dicho antes― por ósmosis. La primera vez que se lo dijo a un primo suyo, se llevaban como hermanos, tuvieron una discusión colosal que sólo supieron atemperar con las cañas de La Cruz Blanca.

Pero la realidad era muy distinta, muy diferente. Con quien había quedado era con una compañera de COU, que después de un sinfín de equívocos, producidos todos ellos por la inmadurez congénita de Rafo, le había respondido afirmativamente a la última proposición de salir. Guapa, sincera, espontánea y con unas ganas locas de comerse el mundo, mientras él era un atribulado y tímido joven que siempre pensaba que era el más feo, el más soso y el peor vestido de cualquier fiesta o reunión. Esta joven, que se llamaba Marisa, lo impulsaba a que tomara las riendas de su vida, a que dejara ese complace familiar que lo estaba machacando.

―Parece que te tienen en casa entre algodones. Fuera de tu zona de confort hace mucho frío, le decía ella, pero hay muy buenos abrigos y un sinfín de coyunturas que tú tendrás que valorar.

Rafo, junto a ella, se bebía el mundo a grandísimos sorbos, pero cuando estaba solo no sabía ni dar un paso, fruto de una educación muy paternalista y complaciente, a no ser que fuera después de haber consumido unas cuantas cervezas.

En las calles había una efervescencia inusual. Parecía que todos los viandantes, muchos de ellos mirando al suelo, tenían algo importantísimo que realizar en esas primeras horas de la mañana. Posteriormente, en un mismo bar convivirían el aperitivo que unos pocos se podían permitir entre semana o la rutinaria comida de día laborable que otros tenían obligatoriamente que realizar. A la hora del desayuno, en ese lugar común para los madrileños, convivían ese significativo e inolvidable jueves diferentes pareceres. Los que peligrosamente bromeaban de la situación con el viejo chiste de «a la mierda el régimen», y se lanzaban a comer grasientos aperitivos, los que mostraban una indiferencia absoluta y sólo pensaban con preocupación en la endeblez de su trabajo, en su novia o en las infinitas letras del piso que aún le quedaban por pagar y por último los que, plenamente convencidos del día aciago que estaban viviendo, llevaban corbata negra o se colocaron antes de salir de casa en la manga derecha a la altura del bíceps una cinta negra en señal de luto. Eso sí los desayunos caseros, por un motivo o por otro, se seguían sirviendo a un ritmo endiablado y muy vivo.

El portero de la casa en la que vivía la familia de Rafo, excombatiente en Teruel, con una diligencia casi pareja al horario de la muerte de Franco, se había encargado de cerrar la hoja derecha del portal como símbolo del luto que iban a vivir en los siguientes días. Ningún vecino podía dudar de su fidelidad al régimen. Sorpresivamente vio cómo entre los vecinos de la casa, tras unas semanas de exteriorizada aflicción, empezaron a surgir demócratas de toda la vida. Y el silencio se apoderó de él porque no quiso, a partir de esos momentos, que los vecinos lo situaran ideológicamente. Se preveían tiempos revueltos y de muy difícil pronóstico. La mujer, ya entrada en edad, desde que apenas cumplió los treinta años no conocía otro color que no fuera el negro riguroso de luto o el gris de alivio de luto, pues desde esa temprana edad en su familia se habían encadenado con fechas muy estratégicas varios fallecimientos.

―Estoy presa de la cadena del luto, decía ella con resignación a la madre de Rafo. Aunque, lo que realmente me mata es esta bili que se me sube asín a la boca después de comer. Tendré que hablar con su marido. Y la pobre mujer se acostaba todas las noches muy revuelta. 

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CAPÍTULO VI DE ‘HATROZ’.- COMPLEJOS

La tardoadolescencia de Rafo era una pura contradicción. En ocasiones, anhelaba la libertad de la vida independiente y no quería saber nada de «cadenas emocionales». En otras, envidiaba el equilibrio que observaba en otros amigos casi de la misma edad que él, y buscaba ante este resquemor la cariñosa caricia de su madre. Llevaba toda su corta vida viviendo anímicamente de unos pocos recuerdos y, aún peor, de recuerdos de recuerdos. Debo romper el cordón umbilical con mi entorno y familia.

―No es, le explicaría a mi madre, dejar de vernos. No. Yo siempre estaré a tu lado. Nunca te abandonaré, pero te tienes que dar cuenta de que hay facetas de mi vida en las que yo soy el protagonista y la familia no tiene nada que decir.

―¿Que le vas a decir a tu madre eso? ¿Con esas palabras? No te lo crees ni en broma. Son palabras, seguro, que las has copiado de una de esas novelas dramáticas que te da por leer. La veneración que sientes por tu madre no te permitiría darle el más mínimo disgusto, le censuraba su primo cuando unos días antes le propuso que escuchara, para que le diera su opinión, el discursito que quería pronunciar en casa.

―Rafo, nuestra familia es así, te guste o no. Para lo bueno y para lo malo. Estas palabras de su primo reflejaban con toda claridad el peso que tenía el ambiente familiar. Ya te lo dije un día: diversión y familia, eso es lo que tienes que saber compaginar.

Sentado en su habitación, en el sofá cama, pinchó en el tocadiscos Samba pa ti de Carlos Santana. Mientras escuchaba la canción que lo revolucionó a los quince años, cuando asistió a su primer guateque, y conoció a Maite, se acordó del diagnóstico del padre de un amigo psiquiatra, una tarde que fue a recogerlo a su casa, cuando le esclareció que el vecino del tercero se había quitado la vida porque, cuando se fue a la mili, aún no había roto el cordón umbilical con su madre. Se recreó un poco en este diagnóstico de ligazón emocional con la madre.

Es verdad que Rafo sintió, recién cumplidos los 17 años, esa imperiosa necesidad de independencia y de equivocarse en la toma de sus propias decisiones. Pero no se produjo emocionalmente. Seguía unido a su madre, aunque cada vez hacía más vida fuera de casa que en el domicilio paterno. Le daba pudor hablar de esto. Tenía que buscar el modo de «liberarse» de determinadas ataduras emocionales. Cuando caminaba solo por la calle, sentía que alguien lo acompañaba y le susurraba al oído palabras que era incapaz de comprender. La voz era similar a la de su madre. No lo comentaba con nadie porque lo llamarían lunático o majareta. Lo achacaba a su mal dormir, a sus pesadillas nocturnas y a su búsqueda constante de encontrar afecto y cariño en las personas de su entorno.

Después de despedirse de su madre, salió de su casa, echó los tres cerrojos de la puerta, y le dio un pequeño golpe con el hombro para asegurarse que estaba bien cerrada. Su madre se quedaría así tranquila hasta que llegase Juani, pensó con cierta desazón. Cogió el metro en Juan Bravo instintivamente y realizó el mismo trayecto que otras tantas veces tendría que realizar si al final se decidía por estudiar magisterio. Destino: La Latina. La universidad estaba junto a la iglesia de San Francisco el Grande.

La visita fue muy interesante. Le enseñaron las instalaciones y quedó muy satisfecho del espíritu educativo que allí se vivía. Le dieron las pautas para realizar la matrícula y le comentaron cómo serían los primeros días de clase. Satisfacción plena. Ahora sólo te queda estudiar, se dijo a sí mismo.

Salió muy contento y volvió a tomar el metro con dirección a «La Cruz Blanca» de Goya, donde había quedado con su mejor amiga, Lucía.

Entró en la cervecería y le saludó con gran afecto el Cafetero, el veterano y atentísimo camarero que cuidaba y vigilaba la caja y que veía en Rafo a ese hijo que nunca tuvo. Se sentó en una mesa del primer piso y pidió lo de todos los días que paraba en dicho establecimiento antes de comer. Lo conocían algunos camareros y lo saludaban con el mismo afecto que manifestaba él. Sonreía cuando le preguntaban reiteradas veces por su actividad diaria.

―Me gusta muchísimo el diseño de esta cervecería, les decía, así como el de su hermana Santa Bárbara. Los camareros sonreían ante tal volantazo, pero seguían, eran auténticos mihuras y no los podía torear fácilmente.

―¿Trabajo sin lugar donde currar o matriculado en una facultad que no existe? Y se reían todos cuando Rafo dudaba y no sabía qué decir.

¿Por qué dudas?, reflexionaba.

Por la ventana del primer piso se percató del titubeo de Lucía, bajó las escaleras a toda velocidad y le hizo una seña para indicarle dónde se encontraba. No era la tradicional ventana que estaba cerca de las escaleras que dirigían a la clientela al cuarto de baño. No. Era una mesa en la primera planta.

―Te estás buscando un problemón, le dijo sin saludarlo, mientras se sentaba en una silla un poco desvencijada. Al igual que la mesa.

―No aguanto estudiar. Vengo de la Escuela de Magisterio y ya he perdido toda la ilusión que allí me transmitieron.

―Pero… ¿Qué has hecho, tío? ¿Matricularte en Magisterio? Si no estudias nada. No haces nada. Además, clarito como el agua, y esta palabra la pronunció con un marcado tono irónico, clarito como el agua, tu padre quiere que hagas una carrera universitaria tipo Medicina. Lo has hablado con él mil veces y con don Pedro, ese amigo de tu padre que le sirve de consejero educativo. Lo que pasa es que tu Selectividad les ha trastocado todas sus ensoñaciones de que fueras médico.

―No lo soporto. Estoy quemado. Tengo que estudiar una carrera universitaria. Nadie tiene la culpa de mis titubeos. La tengo yo. Nunca me he visto en esta situación. Lo que perturba mis actuaciones y trastoca mis decisiones es un sentimiento externo a mí. Hay en mí un vínculo con un «algo», no sé cómo llamarlo ni cómo identificarlo, que me sujeta y que inmoviliza mis acciones. Soy un mar de dudas y mi padre se altera cada domingo que me pregunta después de comer por mis intenciones académicas. Cuando le hablé de realizar en un principio Magisterio para seguir con una filología, se sobresaltó. Recuerda, lo lamenta una barbaridad, cuando me forzó a estudiar el bachillerato de ciencias. Hijo de médico, médico tiene que ser, le repetía un primo de su padre de Orense cuando hablaban por teléfono.

―Déjate de disculpas. El camino está muy bien pensado. Tienes las puertas abiertas para estudiar en primer lugar Magisterio, como tú bien has dicho, y posteriormente Filología. De este modo, pruebas la enseñanza y en caso de aborrecerla das el salto a Filología, pero como investigador. No busques disculpas y, si rechazas este plan, reconocerás que te estás equivocando mogollón. Mientras no lo hagas, no podrás encauzar tu futuro. Como me sentenció mi profesor de Matemáticas, después de intentar enseñarte a derivar. Ese amigo tuyo es un pusilánime, un timorato.

Además, medio molesta y cabreada, le dijo a Rafo que ella no venía para elucubrar sobre tu futuro.

―Vengo porque no soporto lo que estás haciendo y miró con fijación la caña que tenía en la mano.

Lucía abrió el sobrecito de azúcar y volcó su contenido en el café con leche que tenía frente a sí. Revolvía y revolvía con insistencia, pero no logró su absoluta disolución. Desistió y se bebió en diez segundos el café.

El silencio presidía la mesa porque Rafo sabía que Lucía estaba buscando el momento para soltarle su principal reproche.

―Gracias a Dios, ya tengo el futuro diseñado. No es el más idóneo para una familia que está acostumbrada a grandes éxitos en carreras superiores y de jodida dificultad. Voy a ser el «garbancito negro de la familia».

―Ya te veo venir. Aquí explotará «tu ser acomplejado». Enumérame tus complejos, que ya los olvidado…¡Son tantos!

―No te cachondees. Los complejos son anclas en mis pies que no me dejan crecer, que hacen que me aferre a «un mundo feliz» que he construido en mi soledad, donde no aireo mis complejos.

Lucía sacó un papel de su bolso y se dispuso a leerlo. Le dijo que un tío suyo, psiquiatra en el Marañón, le estuvo aclarando conceptos en una reunión familiar.

―La comprensión de los complejos es una de las herramientas psicológicas que necesitamos para la vida. Identificar y dar sentido a nuestros complejos (remarcó estas palabras) nos abre muchas puertas y nos ayuda a entendernos a nosotros mismos, ya que sobre ellos construimos nuestra personalidad. ¿Te queda claro? Pues, tío, espabila, que tú tienes una mierda de personalidad.

―Tú y tu maldita manía de tomar nota de todo. Ya te veo en tu reunión familiar, todos riéndose, y tú, mientras hablaba tu tío, con un cuaderno y tu inseparable Bic cristal tomando notas a todo meter.

―No cambies de tema. No cambies de tema. No puedes conformar tu personalidad en las barras de los bares. No. Todos salimos y nos divertimos. Todos. Pero hay una parte de ti que ocultas concienzudamente y que te lleva a ese progresivo aislamiento. Como le digo en broma a mi madre: este chico no tendría ningún problema en una celda de castigo.

Ni pizca de gracia le hizo a Rafo la bromita. Le costaba encajarlas. Torció el gesto claramente y tardó unos significativos segundos en volver a la normalidad.

―Mira, no me psicoanalices. De aquí me mandas a la clínica del Doctor León en una patada. No, mujer, no. Yo me manejo muy bien en mi desorden emocional y en mi anarquía psíquica.

―Entonces…¿Por qué me llamas cada dos por tres para que yo te lama las heridas? ¿Por qué tienes complejos? ¿Por qué necesitas una mano directriz para que te resuelva el caos que vives con Marisa? ¡Joder! ¡Toma tú las decisiones!

El silencio de Rafo era muy significativo.

―Sabes perfectamente que llevo semanas detrás de tus cervezas. Esto sí me preocupa más. Comprobarás que tuerzo el gesto cada vez que te veo con una caña en la mano. No lo aguanto. No te aguanto. Me voy a casa, que me espera mi madre para comer y para ir de compras luego.

Guardó silencio Rafo y, con el vaso en las manos, lo dejó bruscamente en la mesa. Sabía que tenía toda la razón Lucía. Lo sabía. Pero su voluntad de blandiblup lo acogotaba y le ponía en bandeja otra recaída emocional. Vio cómo salió su amiga sin volver la cabeza.  Cogió un taxi con una decisión que yo envidiaba. Quiso hablar con ella para refrenarla y prometerle… Pero, como en tantas ocasiones lo hizo tarde, tarde.

―Lucía, tía, no te vayas…Y la mirada del Cafetero se clavó en los ojos de Rafo y este leyó claramente el mensaje: Un mar calmado no hace marineros. 

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CAPÍTULO V DE ‘HATROZ’.- LA CRUZ

Rafo pasó otra noche de perros. Noche hatroz. Era una pesadilla recidivante. Como pecaba de ser un crédulo utópico, pensó que con la instalación definitiva en su nueva casa, y con el correr de los meses, en la calle Hermanos Miralles todos los demonios que brotaron en sus sueños la fatídica primera noche se difumarían. Rafo sufrió mucho con el cambio, pues tenía creado en su dormitorio una micromundo en el que era feliz. 

―Hijo, este piso es nuestro. Dejamos el alquiler por la propiedad. Eso es un gran avance para nosotros. Ya verás como nada de tu pasado infantil y de tu primera adolescencia se ha perdido. Todo ha venido a aquí con nosotros, no materialmente, pero sí de corazón.  Todos hemos tenido que ceder. Es el lado humano de todo cambio. Tú tienes una habitación nueva para construir tu futuro. En tu memoria están todos los libros que has leído y todo lo que allí has vivido… Pero eres casi un adulto y tus necesidades sociales tienen que ser otras. Yo te voy a seguir comprando libros, pero de otra índole. No puedes seguir apegado a los libros infantiles.

¿Tanto ha podido influir en mí el cambio de casa?, se preguntaba constantemente en un diálogo absurdo consigo mismo. Sé que abandonaba la casa de mi infancia y de parte de mi adolescencia, sé que perdería ese mundo de ilusiones y fantasías que había creado en mi habitación y sé muy bien que nada volvería a ser lo mismo. Esto debe ser lo que ha agitado mis emociones y me produce estas pesadillas.

Rafo asimilaba muy mal los cambios. Era un joven de lugares fijos. Adquiría una rutina y era muy difícil cambiarla si no era, como en este caso, por un imperativo familiar. Por tal motivo, su lenguaraz e indiscreto subconsciente aseguraba que, una vez acomodado definitivamente en el estrenado domicilio, todos esos fantasmas nocturnos que empezaron a hacerse presentes la primera noche lo abandonarían dejándolo rotundamente en paz.

Pero no fue así. Cuando le contaba a su primo Jorge el sueño recidivante y cansino que sufría, alucinaba porque él dormía como un monje de Silos.

―Una fila de gusanos sangrantes, contaba estremeciéndose, se introduce por mis fosas nasales y sale por la cavidad ocular vomitando sangre en una repulsiva sucesión casi interminable. Penetran posteriormente en mi boca y con verdadera fruición los mastico como el más exquisito manjar. Al momento me despierto despavorido, espantado y con la camiseta adherida a mi cuerpo por lo sudado en esa sobrecogedora escena. Convulso y taquicárdico miro el despertador y compruebo que sólo ha pasado una hora desde que me acosté. ¿Cómo dormir entonces?

―Rafo, se lo tienes que contar a tus padres. No es normal que un tío de 17 años tenga esos sueños, esas pesadillas. Yo te conozco bien y no hay motivo para esas alucinaciones.

Pero Rafo se lo ocultaba a sus padres, así como el hecho de que últimamente se acostaba con unas pequeñas dosis de un nerviosismo electrizante, que iban en aumento según avanzaban los minutos y que todo explotaba en la desazonadora visión mencionada.

Una noche, descontrolado por la pesadilla, abrió la ventana y profirió un alarido que su madre pudo escuchar con toda nitidez desde su dormitorio. Habitada por un insomnio lacerante, despertó muy asustada a su marido que dormía profundamente. Los dos, a toda velocidad, se hicieron presentes al instante en la habitación de Rafo, que tuvo que jurar mil veces que el grito no salió de él, que debería haber sido un grupo de gamberros que con frecuencia celebraban festines en la vivienda de enfrente.

―Hijo, los gritos venían de aquí, de esta ventana, no del patio de enfrente. Su madre le hablaba en un tono lastimero que no ocultaba una grandísima preocupación. Te veo tan excitado y todo empapado en sudor que algo terrible has tenido que soñar. 

―Papá, de verdad. Yo no he hecho nada. Estaba durmiendo plácidamente y el grito fue el que me despertó a mí dándome un susto de muerte. Tranquilos, no os preocupéis y volved a la cama.

Su madre, quizá por esa naturaleza balsámica y protectora, bajó la mirada y aceptó su explicación.

De la habitación contigua, donde dormía su hermana, se oyó un nítido «ya te vale».

Rafo se quedó recostado en la cama exhausto por lo vivido y con el convencimiento de que sus padres no se creyeron ni una de sus palabras.

Los dos salieron de la habitación con cara de desconfianza y preocupación y cerraron la puerta con un exceso de celo.

―Mañana hablamos, mañana, mañana… Frase paradigmática pronunciada con mucha frecuencia por su padre en diferentes y preocupantes situaciones.

La noche concluyó en un silencio absoluto, solo violentado en diversos momentos por el llanto de una madre que pensaba que había legado a su hijo el patrimonio de los temores nocturnos.

Su padre terminó de arreglarse y, después de beberse de pie un café con leche, se despidió con mucho cariño de su mujer, que regresó a la cama para aprovechar el último sueño, si lo hubiere.

Rafo era consciente de que cada vez duraba menos tiempo ese alarmante estado de nerviosismo, síntoma de una cómoda aclimatación a la situación.

―Me estoy familiarizando en demasía con esta alucinación.

―Rafo, tío, debes luchar porfiadamente para desterrar tal delirio, le decía su amiga Lucía mirándolo a los ojos sin pestañear. Tienes que ir al médico.

―La exigua voluntad que rige mis actos no logra ni un punto en combate tan desigual. No logro escapar de él.

―Esta frase la has tenido que leer en algún libro de tu padre. No es tu manera de hablar, joder. Habla claro y sin maestros de la fraseología médica.

Una vez comprobado que se había quedado solo en su habitación, tres acciones casi simultáneas eran las que sucedían a tan endiablada secuencia vivida hacía unos minutos. A punto de desentumecerse, y con un ligero olor a sudor, se frotaba con deleite los ojos hasta que lograba quitarse las legañas. Tras ello, y antes de ponerse en pie, un estiramiento de cuello giratorio para poder confirmar que todo seguía en su sitio. Ni sueños, ni sombras, ni palabras. Por último, una agradabilísima sensación de placer inmediato al entrar en contacto sus pies descalzos con la mullida moqueta.

―¿Por qué olvido todas las noches el lugar en el que duermo? No logro recordar el lugar en el que sufro esa pesadilla. ¿Estaré enfermo? Lucía tiene razón, debo ir al médico. Pero… ¡si lo tengo en casa! Cuanto antes me digan qué me ocurre, mejor. Esto se lo repetía mil veces, pero siempre en la soledad más absoluta. No quería que nadie conociera sus pensamientos.

De nuevo recostado en la cama, con los ojos cerrados, y aliviado reflexionaba en los acontecimientos del día anterior, y se autoengañaba con un larriano «lo haré mañana, hablaré mañana con mi padre».

En los momentos de racional sensatez sabía perfectamente que debía hablar cuanto antes con su padre para consultarle el tormentoso transcurrir de las últimas noches desde un punto de vista exclusivamente médico. Le daba miedo porque no quería ni oír hablar de herencias familiares.

Pero esa voluntad se perdía cuando, después de bañarse, «predesayunaba» (horrendo neologismo) un cargado café con leche con cualquier cosa que hubiera sobrado de días anteriores y que «dormitaba» en la nevera: un trozo de tortilla, unas croquetas o un poco de fiambre.

De nuevo vuelta a la cama. Mientras permanecía en su cama pensando en qué hacer ese día, se acordó de que había quedado con el secretario de la Escuela de Magisterio a las 12 de la mañana y posteriormente con su amiga Lucía, la Sensata. Decidido ya a levantarse definitivamente, oyó de fondo la voz de su madre lamentándose de su mal dormir y de las inquietudes de su zozobra emocional. La voz era dañina y lastimosa, aunque no lo hacía intencionadamente, era el sufrimiento que hería sus entrañas.

Corría finales del mes de septiembre de 1975. Un tiempo convulso, un tiempo que presagiaba numerosos cambios, según los más optimistas. Rafo vivía con el mayor desinterés los acontecimientos diarios que mantenían en vilo a su padre, que había sido incapaz de olvidar los logros de una guerra en la que participó cuando era un joven imberbe. Siempre que veía a su padre tan afectado al escuchar Radio Nacional, tenía unos segundos de aflicción, que se evaporaban en el momento en el que empezaba a recordar los acontecimientos del día anterior.

Como una densa niebla que se iba levantando, las legañas pesan muchísimo, comenzaron a tomar forma las risas de una noche que transcurrió entre La Gallina Loca, Cleo y el Narizotas, en la zona de Moncloa. Empezó a recordar cómo nada más llegar a casa, buscó entre sus papeles emborronados a las dos de la madrugada de otro día, esos versos dirigidos a Marisa, joven que sin intención alguna por parte de ella, lo tenía en una encrucijada que ponía a las claras su ya incipiente dificultad a la hora de tomar de decisiones: o seguir juntos o mandarlo todo a paseo y cumplir los «consejos» de su familia, que se había entrometido como elefante en cacharrería en su relación de modo directo e indirecto. Era consciente de que estaba haciendo mucho daño a Marisa y se repetía mil veces que «no se lo merece». Su padre, regente de un bar en el barrio de Salamanca, le advertía cada dos por tres que Rafo era un inmaduro incapacitado por su nula firmeza de carácter para solucionar conflictos emocionales.

―Quiere todo y nada. Sal de él cuanto antes. Cuando lo miro a los ojos sólo veo un joven enmadrado emocionalmente e incapaz de tomar una decisión de cara a su futuro.

Ella, en esos momentos de consejo paternal, se acordaba de un simpático compañero irlandés de COU que diagnosticaba su carácter con una expresión inglesa: never too high, never too low (nunca muy arriba, nunca muy abajo). Cuando lo comentó al cabo de unos años con su hermana le dijo burlonamente que parecía un lema electoral. 

Oyó cómo su madre se encerraba en su dormitorio, se incorporó y fue al cuarto de baño. Se colocó delante del espejo para observar la evolución de su perfil, meses atrás adánico y muy estilizado. Se desnudó y comprobó con repugnancia que las tetas y la barriga cada vez destacaban más y volvió a dibujar su silueta en una esquina del espejo con una barra de labios que tenía su hermana encima del lavabo. Le gustaba poner la fecha para dejar testimonio de su examen visual, aunque luego la vergüenza le hacía borrarlo. Esta locura duraba tanto tiempo como el que transcurría hasta una nueva quedada con sus amigos. Después de verificar su pronta decadencia física, y decir que era un imbécil de muestrario, borraba el pseudodibujo con un endemoniado cabreo a la par que se juramentaba en ponerle remedio a su inflado físico.  

Reflexionó sobre su culpa sentado en el inodoro y posteriormente dirigió los ojos a la bañera, que estaba a punto de rebosar de agua. ¿Gimnasio? ¿Natación? ¿Caminatas urbanas? Había probado en diferentes momentos de los dos últimos años dichas modalidades de ejercicio, pero nunca experimentó el placer de adelgazar. Nunca. Tirones, contracturas, roturas de fibras… Ese era el recuerdo de sus breves etapas de vida sana. Como decía Quevedo en El Buscón, no progresa quien, cambiando de lugar, no cambia de hábitos y costumbres. Disfrutaba con las disculpas que manejaba cuando hacía dos meses decidió darse de baja del club Ponte en forma con nosotros. Que si la piscina era una asquerosidad, que si el gimnasio era un zoco de estimulantes, que si no podía andar mucho porque tenía los pies planos y las plantillas de acero le machacaban, que si… Repetía cansinamente las mismas razones cuando los amigos más optimistas lo retaban a retomar alguna de dichas actividades en otros clubes más atractivos.

―La mierda de gimnasio que has elegido lo has hecho a propósito. Así te verías obligado a dejarlo, porque sucio estaba un rato, te ofrecían pastillas nada más entrar y «tocaculos viejos» los había a mogollón.

Cerró el grifo del baño y, antes de meterse en él, fue a su cuarto y abrió la ventana para ventilar. La rutina doméstica la tenía muy bien aprendida. Cierto es que en tres o cuatro cosas.

Comprobó que su madre seguía en su dormitorio. Regresó al baño y esta vez no se miró al espejo ni de reojo, echó gel de aceite para piel extraseca en abundancia y la costumbre diaria lo llevó a introducirse en la bañera con paso lento y calmoso. Diez minutos para relajarse pensando en la nada o pensando en su futuro, que era lo mismo. Otros diez para enjabonarse con el coraje, la furia y la rabia que destilaba su cabreo. El aclarado, como siempre, después de vaciar el baño, lo realizó con agua fría, lo cual le hacía dar un respingo y de este modo comenzar su simulacro de actuación teatral en el mundo exterior. Le dio por recordar la actuación de final de curso que tuvieron en 6º de bachillerato cuando Serafín, el alumno más aventajado y excelente imitador, presentó un programa parodiando a José María Íñigo. Aprovechó su nimia retentiva para recordar a duras penas los textos memorizados en el bachillerato. Bien, un Segismundo encerrado en una mazmorra y lamentando su suerte; bien, un Tenorio implorando la ayuda de doña Inés; bien, un esforzado pirata fanfarroneando en la proa del barco sus últimos laureles bélicos. Su recitado era tortuoso y entrecortado, pero con un timbre muy acertado porque sabía meterse rápidamente en el papel. Salió de la bañera para secarse. Intenso, minucioso y profuso, no dejó un centímetro de piel sin frotar con la toalla.

A los cinco minutos sonó el teléfono. Sabía que no era para él. Su primo debería de estar todavía durmiendo. Tenía clarísimo que iba a estudiar arquitectura y eso le hacía dormir como el angelote de cualquier capilla. Al tener que ir a cogerlo, profirió un gruñido acompañado de un molesto joder. Tomó nota del aviso para su padre y se cansó de reprocharse día tras día la aseada imagen que proyectaba en la calle y la desaliñada de su casa. Tocaba autoperorata higiénica.

Estaba harto de repetirse infinitas veces que debía tener el mismo aspecto en los dos sitios, que no le valían en absoluto las justificaciones basadas en la comodidad.

―Si pulcro en la calle, aún más en casa, rezaba el lema que su madre le repetía todas las mañanas. Y tú en casa te abandonas. No te lo puedo decir más veces.

Salió del baño, abrió la nevera y colocó sobre la mesa de la cocina un trozo de tortilla y una jarra de agua helada. En dos minutos dio cuenta de ello.

Se vistió después de probarse cinco camisas diferentes. Eran tan similares en el color y en el diseño que resultaba realmente difícil elegir una. Siempre realizaba las compras sin mirar lo que tenía en el armario. Las dos camisas que veía claramente diferentes mientras estaban colgadas, luego en la realidad de la calle se confundían como dos gemelos idénticos. Y no cedía. Nada de ver lo que colgaba en la barra de su armario antes de ir de compras. Nada. Al final, se puso unos chinos de color crema y una camisa de tono azul claro. El cinturón y los zapatos, entonados, los dos de color azul marino. Sin calcetines a pesar de estar en un «casiotoño» muy desapacible.  El aspecto sudoroso con el que se había levantado le crispaba enormemente y al verse reluciente, limpio y perfumado con Agua Brava una alegría temporal se reflejó en su rostro.

Descubrió en el pantalón que se había puesto una servilleta con el autógrafo de Tip, cómico surrealista que junto a Coll se estaban convirtiendo en un auténtico fenómeno social, ya que sus tics y frases hechas eran adoptados por el público en general como forma habitual de lenguaje. Sus coletillas, desde el «Dame la manita, Pepe Luí», pasando por «¡Hija de mis entrenalgas!» hasta el popular «La próxima semana…hablaremos del Gobierno», recorrieron en aquellos años toda la geografía española con muchísimo éxito. Su primo y él lo vieron un día en «La Cruz blanca». Se decidieron a pedirle un autógrafo. Y el entrañable Tip los regañó por no llevar un bolígrafo y un papel encima. En unos jóvenes… ¡eso es inaudito! Entonces, tras un ritual incoherente, partió ceremoniosamente una servilleta y nos escribió una estrafalaria dedicatoria, fiel reflejo de su humor absurdo y descabellado.

Recogió el ABC del felpudo de su casa y con un desdén rayano en el desprecio leyó los titulares del periódico varias veces mientras sentía ciertas náuseas que controlaba perfectamente. Lo llevó al despacho de su padre y lo colocó en la mesa de trabajo, atestada de libros de cirugía y de un muestrario de material de quirófano. Vio que había en un lateral de la mesa unos recortes del mismo periódico de otras fechas: El gobierno no está en crisisGerald Ford, presidente de EEUU visita EspañaManifestación a favor de España en ParísLa necesaria reforma económica… Se quedó mirando fijamente estos recortes y se dio cuenta de la preocupación que anegaba el mundo en el que se movía su padre mientras se sentaba en un sofá del salón cuyo brazo derecho estaba muy sobado y vaticinaba que necesitaba un tapizado nuevo. Con la grandísima preocupación de su madre ante el deterioro de cualquier mueble de la casa, no entendía que sus padres lo hubieran retrasado sine día.  Algo pasa, se decía. La pasta, joder, ¡qué va a ser! Verlo y venirle a la memoria la canción que le adjudicaban a la inconclusa catedral de Vitoria: larán, larán, larán…

Rutinariamente despidió a su hermana que se fue a la universidad. Se dirigió a la cocina con la libertad de saber que su madre todavía no había salido del cuarto de baño y se sentó en el suelo para notar el frío que transmitían las baldosas de la cocina. Al cabo de quince minutos, su madre salió de su habitación y se condujo al baño para terminar de arreglarse con el cuidado y el esmero que siempre ponía en estas acciones. Recordaba la frase que llevaba en el frontispicio de su estética: de joven me arreglaba para gustar, ahora para no asustar

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CAPÍTULO IV DE ‘HATROZ’.- EL ORIGEN

Estamos en 2025. Cervecita en la mesa. El ordenador encendido. Hago crujir mis dedos y me dispongo a escribir con el ánimo de un hombre que tiene el cerebro enjaulado para no olvidar todo aquello que le ha relatado oralmente, por correo electrónico o por guasap Rafo en diferentes momentos.

Comienza un nuevo año pletórico de ilusiones y destemplanzas. Y no estoy triste, dice Rafo.

―No quiero caer en la distopía. Nuestra sociedad, casposa y patente de una descomposición que no sabemos aún a dónde nos llevará, vive en una inmediatez vital que desbarata cualquier proyecto que pueda plantearse uno a años vista. Nos devora la política de lo próximo, ya sea en la compra de cualquier producto ―Rafo ha sucumbido en este aspecto― como en la publicación de un libro que habla de las memorias de un treintañero, entelequia producto de una alucinación natural o inducida.

Tengo un miedo Hatroz a fracasar y que esta historia de Rafo se convierta en un bodrio incomprensible. Estoy dispuesto a hacer un esfuerzo sobrehumano para no darle la razón a mi venerado Charles Dickens cuando dijo que «cada fracaso le enseña al hombre algo que necesitaba aprender». ¿He logrado aprender la lección? Mejor me callo la respuesta. Como narrador, soy teimudo (en gallego, cabezota) y sigo tropezando en lo mismo con una clarividencia insultante.

―Mi tempo a la hora de trabajar no es el actual. Me gusta la calma. Soy pausado. Soy un estorbo en las aceras. Aborrezco las prisas. Soy un obstáculo en la caja de los supermercados. No soporto andar como si tuviera un cronómetro en el obispillo y el último récor del mundo pendiente de mi velocidad.

Sentado al ordenador y con música gallega de fondo me rompo la cabeza en presentar limpio y claro este tercer capítulo de Rafo. Hablaré de su origen, de esos años en los que él ha puesto un enorme cariño y que, ya me advirtió, se extinguirá ―el cariño― en otros capítulos de esta historia. 

Rafo nació en Galicia. ¿Es gallego? No quiero ser indulgente con él. Ser gallego significa no tener miedo, ser un luchador y tener una gran capacidad de adaptación para reinventarse las veces que haga falta.

―Todo lo contrario de lo que tú eres, le dice siempre una amiga. No me fastidies, tío. Tú, Rafo, eres un ser apocado que quiere atraer la simpatía de la gente continuamente y eso te pierde. Es tu puto complace, como dices tú. No lo vas a lograr nunca. Todo lo contrario. Estás más cerca de que tus amigos abominen de ti que de que adopten una actitud de un admirado respeto. 

La palabra afouteza es la que define a la perfección al gallego. «Nada se nos pone por delante». Son palabras de Isabel Pérez Dobarro, una pianista santiaguesa de prestigio internacional involucrada en las Naciones Unidas y que actualmente realiza su doctorado en la Universidad de Nueva York.

―Tú eres un madrileño testarudo y encabuxado en decir que eres gallego porque conservas algunos vínculos con tu tierra y chapurreas la lengua de Rosalía. Mierda de tío. No tienes sangre en las venas y adoptas una postura acomodaticia que te convierte aparentemente en un ser vanidoso, pero en tu interior bulle un desquiciamiento hatroz.

Cuando escucha estas palabras en la voz de su amiga Paloma, se cabrea muchísimo, le vienen a la mente las palabras de un velliño que se sentaba en la famosa Herradura de la Alameda: o galego nace e vive onde quere. O galego non ten que xustificar a súa orixe, non. (el gallego nace y vive donde quiere. El gallego no tiene que justificar su origen, no).

Otros, por no defenestrarlo definitivamente del podio de la galleguidad, le dicen con ternura barata que es un madrigallego. Es decir, un mix de ambos orígenes. Este término fue creado en 1998 para destacar a los miembros de la Orden de la Vieira ―él no pertenece― que residen en Madrid y que, por su actividad o por su éxito profesional, han alcanzado significado prestigio y relevancia social, manteniendo estrechas relaciones con la comunidad gallega. Y Rafo, como comprenderás, no es quién para ser uno de ellos. No.

―Únicamente lo eres ―si es posible aceptarlo con una generosidad palpable― en la última condición, le remata Paloma.

Y otros, más certeros en el letal y luciferino diagnóstico, lo descalifican categóricamente bautizándolo como un simple mesetario que ha perdido la identidad de su tierra. Para ser gallego hay que vivir en Galicia, dicen estos con cierto desdén sectario. Es decir, lo ven como un apátrida o un castellano sin más.

En algunas ocasiones, cuando esa pregunta obnubila su entender por persistente, no sabe responder realmente lo que es. No sabe si sube o si baja la escalera. Todo depende. Si entra o si sale. La verdad es que se siente picheleiro (natural de Santiago), responde siempre con una pregunta y cada vez que marcha para cama su mente viaja en gallego a la capital compostelana. Las personas que lo conocen en el día a día sí afirman que tiene a flor de piel el carácter gallego.

Pero eso es lo de menos. Huyendo como Dafne de Apolo, y «convirtiéndose» en laurel paulatinamente, intenta romper ese complace personal, y adoptar una actitud unívoca y alejada de una enojosa complacencia.

Y si ando escornado (=de mal humor), comerei ferro, para non lle faltar a ninguén ó respecto (comeré hierro para no faltarle a nadie el respeto). 

Lo importante es que yo, el narrador de la historia, soy el único que conoce al dedillo la vida de Rafo. Pocos lo conocen como yo. Pocos. Querido lector, si alguien te dice que lo conoce muy bien, huye de él como de un rayo, el hermetismo de nuestro protagonista sólo ha sido vulnerado por mí. Eso sí, con su permiso.

Como comprobarás, yo aparezco de vez en cuando. Espero no caerte pesado y que no me consideres un embarazoso impedimento para que puedas llegar a lo más profundo de Rafo.

Soy un caos a la hora de relatar los avatares de su vida. Él también vive en una anárquica vorágine de emociones y calibrar un punto más o menos objetivo me ha resultado en ocasiones imposible. Esto se contradice con la pulcritud y el orden de su armario en el trabajo y en casa. Siempre que me he sentado con él a ordenar sus ideas lo único que he logrado es un cajón de sastre de andanzas y locuras. El zarandeo anímico al que está sometido de vez en cuando lo deja destartalado, emotivamente manga por hombro, pero con una fuerza motriz intacta e impoluta.

―Impórtame un carallo o que son. Veña. A traballar. Comeza a escribir. (Me importa un carallo lo que soy. Venga. A trabajar. Comienza a escribir).

Como he dicho, Rafo nació en la ciudad de Compostela. La ciudad de la piedra y de la lluvia. Su querida Santiago, que pateaba palmo a palmo (polo miúdo, en gallego) todos los veranos incansable y plácidamente en compañía de su hermana. Por razones personales, que se sabrán más adelante, llevan siete años sin ir. 

Es una ciudad especial, una ciudad que conserva la gracia ingenua de los viejos tiempos. Todos los que se acercan a ella, nativos, peregrinos o simples visitantes, lo hacen con el anhelo de experimentar un milagro. Ese es su feitizo (hechizo). Como dice Jesús Torbado, «ya conoces que apenas lleguemos a Compostela serán perdonados todos nuestros pecados, incluso aquellos que ni siquiera conocemos, pues al final de nuestro viaje nos veremos a nosotros mismos como niños recién nacidos. Veremos lo invisible». Es su Ítaca particular. Y desde esa edad tempranera quiere empezar a relatar estas memorias hatroces. O expresado de otro modo, a través de mi escritura quiere lograr que vosotros os transportéis a un mundo que él considera más humano y que disfrutéis de unos recuerdos que viven un tanto apolillados en el desván de sus lembranzas (memorias de unos hechos pasados).

Es un viaje del pensamiento a la pantalla del ordenador, del ipad o de tu smartphone. Perdona si mi escritura es desordenada. Es el desorden que manifiesto yo, el relator, cuando quiere seguir al pie de la letra lo narrado por nuestro protagonista.

¿Que si tienen un hilo conductor? Rafo. ¿Qué si es un ególatra? No lo creo. Mala historia debe de ser si no tiene algo que embaste todos los capítulos.

―Eso no me vale. Tú no sabes novelar. Te lo he repetido mil veces. Tú eres el Zeus del caos. ¿Conoces la palabra estructura? ¿Dónde tienes el guion de tu obra? Todo esto me lo dice un viejo profesor con el que comparto tertulia en el café Molière desde hace mucho tiempo.

―Ya te he dicho que el protagonista es Rafo y es el que va a servir de hilo conductor en los sucesivos capítulos. No quiere estructura ni nada que se le parezca.

―Es decir, eres la voz de su amo.

Mi intención es escribir capítulos independientes y deslavazados, pero sin caer en la anarquía más estridente. Es lo que quiere Rafo. Cada historia tiene su sentido, pero no esperéis que entre los capítulos haya un hilván que los relacione estrechamente. Esa es su determinación.

¿Que si son auténticas y verdaderas las historias? ¡Qué más da! ¿Por qué agarrarse a la simple consideración de la autenticidad de unos hechos? Lo importante es disfrutar con este viaje al pasado más personal e íntimo.

Empecemos.

¿Cuándo nació? Esto es más comprometedor. No quiere decir una fecha en concreto porque hablar de edades es altamente espinoso. Mencionaré una serie de hechos que en aquel inolvidable año fueron noticia. Habrá quien piense que no son significativos, y que faltan muchos otros. ¡Claro está! Pero eso depende de la subjetividad de cada individuo. Esa es su belleza. Los ha elegido Rafo con sumo cuidado.

Trasladémonos con la liana de la añoranza a ese emblemático año.

El Derby es, en Compostela, un excelso salón para meriendas y desayunos, el físico norteamericano Chester Carlson inventa la primera fotocopiadora, es imparable el crecimiento del número de supermercados en España, las canicas, las peonzas y la pídola se convierten en los juegos preferidos de los niños, se produce una acogida multitudinaria en Moguer de los restos mortales del poeta Juan Ramón Jiménez, muerto en el exilio y premio Nobel de Literatura, los teléfonos de Santiago tienen cuatro cifras, el cine más elegante en la época es el Yago de la rúa del Villar nº 51, un kilo de pan cuesta 0’65 pesetas, una camisa 7’50 y un periódico 0’10, en Nápoles encuentran un loro que habla inglés y recita párrafos de Shakespeare (según la prensa del día), la película que tiene mayor éxito es Las chicas de la Cruz Roja, mandar una carta a otra ciudad cuesta 0’80 céntimos y al extranjero 3 pesetas, se inaugura la base naval de Rota, un albañil no cualificado gana 9’20 pesetas al día, una noche en el lujoso Hostal de los Reyes Católicos, en la catedralicia plaza del Obradoiro, cuesta como mínimo 105 pesetas, se observa una gran proliferación por las calles de las grandes ciudades de la motocicleta con sidecar, se produce la muerte del papa Pío XII, la empresa juguetera Famosa lanza la muñeca Güendolina, presentación en sociedad de la fregona en España en la Feria de Zaragoza, Mortadelo y Filemón, agentes secretos de la TIA, entretienen a los niños del momento, el Madrid se alza con la Liga y la Copa de Europa y el otro gran invento español de la época hace furor, el Chupa-Chups.

¿Y ahora qué?

Ahora empieza lo apasionante: ese construir una sucesión de historias inconexas entre sí con los pequeños retales que voy a ir esbozando con mano firme, aunque un tanto temerosa.

―Sólo debes tener miedo de tu propio miedo, me recuerda Mon mientras consumimos una copa, ya lo conoces, en mi lugar preferido de los míticos ochenta, Tula.

En este libro habrá de todo: risa, llanto, ironía, sarcasmo, dudas, obscenidades, engaños, cuernos, denuncias, fracasos, excesos… Pero siempre con la misma intención, que es la de hacer, sin ánimo de molestar u ofender, un bosquejo más o menos acertado de diferentes momentos de su ya dilatada vida. No quiere derribar el tiempo pasado. No quiere hacer un registro del dolor. ¿Relatar hechos ocurridos solamente en la buhardilla de su memoria? Tal vez. ¿Son más lecturas que sucedidos? Él no lo cree así. De verdad. Yo soy el transcriptor de su historia. Como decía Kavafis, ten siempre a Ítaca en la memoria… porque, aunque la encuentres pobre, Ítaca de ti nunca se ha burlado. 

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CAPÍTULO III DE ‘HATROZ’.- PRESENTACIÓN

(En este espacio, en el blog, está insertado un vídeo ―sólo con la letra― con la canción «Se me olvidó otra vez». Canción interpretada por muchos artistas, pero con dos inolvidables para Rafo: Chavela Vargas y Enrique Urquijo. Las dos versiones son irrepetibles. La segunda, por alusión a su época vivida, y por diferentes fracasos amorosos, la lleva grabada a fuego. En los años 80 y 90 habitaba en él un error mayúsculo ―ya se verá en su momento― y por tal motivo repetía, en la soledad de su habitación, esta canción de modo «cansino y electrizante». En el vídeo, como verás, sólo aparece la letra. Lo ha pensado mucho ―si insertarlo o no en este mundo de la imagen―, pero al final la letra y la voz han borrado cualquier duda inicial).

Hace unas semanas, después de una deliberación previa que duró varios meses, Rafo se propuso visitar algunos de los lugares más emblemáticos de los años ochenta, unos pocos frecuentados por él, otros por referencias de amigos y conocidos y los menos por lecturas de prensa. Sabía que tendría un alto coste anímico, pues la visión idílica de aquellos años, que había construido durante décadas, desaparecería en un abrir y cerrar de ojos. Por tal motivo, habitaba en él un espanto Hatroz a que se fracturase esa burbuja de ensoñaciones que moraba placenteramente en él.

Volvamos al presente. Rafo vive un periodo de «microcrisis laboral y personal». Se encuentra totalmente desubicado y, como dicen algunos cursis, no es capaz de visualizar nada positivo en los dos ámbitos de la vida antes mencionados. Especialmente en el primero, porque la jubilación, que cada vez se acerca más, sorpresivamente, está desnudando pensamientos que nunca pensó que habitaran en él y en vivencias que, para un ser apocado, timorato y consumido emocionalmente como él, están asaetando los pocos recursos que le quedan.  En el segundo, porque van pasando los años y, por sus raíces galaicas, no sabe si está subiendo o bajando la escalera más importante de la vida. Sabe que va a echar de menos a sus compañeros, a sus alumnos y al colegio en general, pero decidida está su retirada. Nada de prolongaciones laborales.

Rafo habla con una sinceridad absoluta. No quiere desviarse del camino iniciado en este capítulo y me ha asegurado que dejará negro sobre blanco los sentimientos que surjan naturalmente en las distintas situaciones que narraré en esta historia. La crudeza de algunas vivencias, los descomunales errores cometidos y las relajaciones estudiantiles no se deben ocultar. No niega que habita en su interior un evidente desconcierto cuando le asaltan múltiples quebraderos de cabeza y esa maldita obsesión por lamerse las heridas. Le dijo una compañera, experta en analizar mentes ajenas que no la suya entre cafés americanos lo siguiente:

―Para poder clarificar tu estado de ánimo deberías estar tumbado en un cómodo diván hablando con tu psiquiatra a corazón abierto y no en tu casa, sentado frente al ordenador, esforzándote sobremanera para que salga un capítulo con un mínimo de decencia.

A Rafo los años ochenta le han dejado momentos de gloria inolvidables, pero también vivencias que aún sangran hoy en su corazón.

―Si escribiera un libro de esos años en el que participasen un ciento de vividores de esa década, estoy convencido de que habría cien opiniones diferentes, desde las más floridas a las más hipercríticas, pasando por las más cínicas e incluso las que niegan su existencia. No pretendo ser uno de esos adultos, en aquella época jóvenes, que manifiestan hoy haber estado en todas las citas emblemáticas de aquellos años. No quieren comprender que en aquella época no todo el mundo estaba en la onda de la movida, y que algunas personas, hoy en día, pueden sentir cierto rechazo por lo que algunos calificaron de transgresor y contracultural y otros de cutre y hortera. Si fuéramos contables, el concierto―homenaje a Canito en el salón de actos de la Escuela de Caminos de la Universidad Politécnica de Madrid el 9 de febrero 1980 habría tenido tranquilamente decenas de miles de asistentes. Necesitaría el Maracaná. Hace unos días leí en una web que asistieron quince mil personas. Quienes conocemos aquel recinto sabemos perfectamente de sus limitaciones. Dejemos las fingidas asistencias a la gloria de los falsarios y de los hipotecados por las mentiras.

Rafo no asistió. Lamentable, así fue; pero es la pura verdad.

De los ochenta Rafo guarda recuerdos de loables comentarios de un amigo que en aquella época ―en la actualidad imposible porque desgraciadamente ha fallecido― era un apasionado de la música y pertenecía a un grupo llamado Los voltios. Rafo escuchaba música evidentemente. Pero siempre iba a rebufo de sus amigos. Nunca era el conocedor primario de una canción. Nunca. Era de los últimos que se enteraba y cuando la intentaba reproducir su arrítmico sentido musical la destrozaba. Bueno, había otro amigo que su sonoridad musical era tan mala como la suya.

Hay una persona en la actualidad que le dice que ese mal oído era perfectamente educable por entonces. Nadie lo sabe hoy. Lo veo muy difícil.

Intentó aprender a tocar la guitarra. Como es zurdo, adaptó la guitarra «a su destreza manual», pero el desastre alcanzó límites lunáticos. Entonces, saltó a la armónica, con clara oposición de su madre, pues su hermano pequeño, Carlos, murió en los años veinte por una infección en los labios, y, como no había en aquella época penicilina, murió de una septicemia. Con manual, y decenas de horas dedicado a dicho instrumento musical, concluyó que se le daban mejor las matemáticas ―¡fíjate bien!― que la armónica. Esto es una «boutade».

La primera vez que Rafo escuchó a Los Secretos ―antes eran Tos― le resulta imposible datarla. Un sábado por la noche. Unas copas. Tabaco. Risas. Conversaciones absurdas sobre el infinito. Música. Incongruencias metafísicas. Intentos de ligoteo. Manos inquietas. Besos con sabor a cerveza o a vodka con naranja. Un sábado como otro cualquiera. Los Secretos entraron en él de modo impetuoso ―y aún siguen, aunque sea sin Enrique Urquijo― al sonar sorpresivamente en los altavoces de un bar en el que llevábamos varias horas «Ojos de perdida». Bendito sea aquel sitio en el que se comió un buen roscón amoroso ―de ahí la canción «Se me olvidó otra vez»―, pero que sirvió de presentación de Enrique Urquijo y su banda.

Un San Isidro, no puede datar el año, en la plaza Mayor, por San Isidro, tras leer una brevísima nota en un periódico ―en aquel tiempo la información sobre la naciente movida era muy sesgada y estaba muy manipulada―, los pudo ver en directo. Posteriormente en otros recintos. Aunque, por culpa suya, aún le duele una ausencia que podría adjetivar de ciclópea.

Sus lugares emblemáticos en aquella época no coinciden exactamente con los de la denominada Movida Madrileña. Algún casposo y envalentonado por las copas de la juerga nocturna, después de recibir el inmaduro de Rafo dos fuertes puñetazos suyos en plena cara, les quiso ofender con un contundente pijos de mierda. Hablamos de los «bajos de Aurrerá». En ellos habitaba lo bueno y lo malo, lo legal y lo ilegal, lo cutre y lo fetén, lo cheli y lo pijo, lo indecente y lo comedido. Sólo había que saber elegir. En los ochenta había pubs tranquilos que solían frecuentar después de quedar en «La Cruz Blanca», en «El Parador de la Moncloa», en «el Narizotas», en «La Gallina Loca», en «Fass», en «La Cesta», en la cervecería «Cleo», en «El Escenario» o en el concurrido «Chapandaz» con su famosa leche de pantera.

En esos escenarios «actuaron» debidamente y reiteradas veces el pequeño grupo de amigos que «cerveceaban» por entonces. Posteriormente, muy avanzados los noventa, los bajos de Aurrerá se hicieron irrespirables y algo peligrosos. Como otros tantos sitios, los abandonó.

Tú, querido lector, te preguntarás en cuál de ellos «volvió a actuar» Rafo en esa visita de hace unas semanas. Buena pregunta. Pero te llevarás inmediatamente una decepción ―¿otra?―, pues, después de reflexionar con una cerveza en «Santa Bárbara», concluyó que las segundas partes nunca fueron buenas ni positivas. Al contrario, suelen ser frustrantes y descorazonadoras. Como decía Lope de Vega cuando hablaba del amor: «el que lo probó lo sabe». La desaparición o la transformación en lugares nada parecidos a los mencionados quiebran la nostalgia de las evocaciones gloriosas.  El recuerdo que tenía de alguna esporádica visita que había hecho en solitario en los dorados ochenta a «El Penta» ―sale en la canción «Chica de ayer» de Nacha Pop― se vio decapitado con sangrante crueldad cuando lo «revisitó» décadas después y lo vio convertido en un decadente museo de «La Movida».

No negó que «el regreso al lugar de siempre» sufriera una visión muy subjetiva influida por el estado de ánimo del protagonista de esta historia.

Esos «lugares de siempre» le hacen un daño terrible porque lleva un tiempo en el que todo lo ochentero le hace sangrar. Su mejor amigo lleva muchos años casados felizmente, otro buen amigo, fallecido, otro, desaparecido y a Rafo lo que le queda es lamerse las heridas en tugurios de mala muerte solo o mal acompañado.

Aunque sabía que estaba equivocado por lo experimentado, quiso aplicarse, como si fuera la pócima milagrosa del druida Panoramix, para superar su acongojante abatimiento, un remedio equivocado: «visitar de nuevo sus sitios» con ánimo de recuperar el espíritu de los ochenta. Pensó que una golondrina no hace primavera. Sería una terapia salvífica anímicamente porque lo vería con ojos diferentes y con una mentalidad más positiva. Si cabe. Como avancé antes, fue un error garrafal. Con Enrique Urquijo, Antonio Vega, Antonio Flores y Manolo Tena muertos, esa intención se hizo inviable. Lo único que consiguió fue que se produjera en su interior una incomible ensalada de hirientes recuerdos, continuos pero ridículos éxitos, angustiosos silencios, sonoros fracasos, desaprensivos tormentos y frustradas ensoñaciones. Fue un desacierto descomunal aquel tour en una época en la que él no podía ni con su alma.

Pero todos los que lo conocemos sabemos que es un teimudo ―cabezota en gallego― en temas relacionados con su juventud. Decidió, para redondear la noche y salir por la puerta grande, rematar la faena en un bar de copas que, como dije antes, se sigue llamando igual:  «Tula», en la calle Claudio Coello número 116. Sincerándose conmigo, me confesó que este lugar lo machacaron mil veces un grupo de amigos durante los ochenta después de quedar en El Escenario de la misma calle como preámbulo para una exitosa actuación. Son las dos caras de la moneda: «Tula» sigue con vida, «El Escenario» bajó el telón hace tiempo.

Allí conoció de modo intempestivo, persiguiendo el rastro de una vieja novia, a Mon. Estaba con una amiga de toda la vida, que se empeñó, nada más verlo, en que lo conocía. ¡Cómo no me va a conocer!, pensó. El alcohol siembra la testarudez cuando fluye en abundancia por las venas. Todo lo que decía lo hacía con buenas intenciones, pero se tornó cargante tanta insistencia. Le preguntó a Rafo el nombre mil veces y mil veces que se le olvidó. Le vinieron a la mente aquellas «cansinadas» de los años ochenta y noventa, cuando se creían graciosos y ocurrentes, y le daban el latazo de un modo inmisericorde a cualquier chica que veían con aquel ingenuo «yo a ti te conozco». Al final se empeñó ―no quiso oponerse― en que se habían conocido muchos años atrás en ese mismo lugar en una fiesta de un tipo ―en absoluto conocido por Rafo― al que le habían tocado varios millones de pesetas en la lotería. Su frase final, después de rematar la copa y pagar, fue: «¿En esa fiesta o en el psiquiatra?» Se fue soltando una estentórea carcajada.

La verdad es que el tal Mon, cuando se marchó su amiga, se sinceró con Rafo sin comerlo ni beberlo. Se mostró muy despreciativo con Ana, así se llamaba la amiga, y le advirtió que la evitara.

―Es una esponja andante. Tiene en su bolso su peor enemigo: la pasta. De verdad. Como te coja por banda, no te suelta. Tiene más tentáculos que un pulpo.

―Es decir, que tú la usas simplemente como monedero. ¡Ya te vale, tío!, dijo Rafo. Su silencio fue muy significativo.

Le pidió que se sentaran más tranquilamente en la planta superior del bar y le respondió con una sinceridad total:

―Me tomo una copa contigo y me largo. Trasnochar ya no es lo mío. Si me hubieras pillado en los ochenta…

―Ya veremos, dijo muy convencido de sí mismo. Lo miró y sonrió calmadamente.

La hora se le hacía muy dura, ya que había perdido el hábito a esas madrugadas de copas y charlas. Las suyas estaban en el baúl de los recuerdos.

Lo más llamativo, que sirvió para empezar con buen pie una sucesión de «quedadas», es que eran del mismo año. Esto le hizo reflexionar sobre el porqué de soportar perfectamente las madrugadas este hombre y, por el contrario, su endeblez física más allá de la hora de Cenicienta.

Mon lo vio callado y con ganas locas de irse a casa a dormir. Esto se lo aclaró en sucesivas reuniones que, por petición suya, las hicieron a media tarde en el Vips que hay en Ortega y Gasset esquina a Velázquez.

―¿A qué llamas tú media tarde?

―Pues las cinco, las seis, las siete…

Después de varias quedadas pudo constatar que para Mon la media tarde abarcaba desde las cinco hasta altas horas de la madrugada. Y para engancharlo definitivamente le soltó una cita del gran Enrique Urquijo que la lleva en la frente como lema de justificación ante ciertas situaciones: «cómo explicar que me vuelvo vulgar al bajarme de cada escenario».

Esa noche fue ocupada en su totalidad por Los Secretos. Se sintieron muy cómodos haciendo un recorrido por las canciones más significativas del grupo y, por supuesto, un punto y aparte se lo llevó Enrique Urquijo. Nada positivo en cualquier otro tema. Intercambiaron teléfonos y correos electrónicos en la calle con el único fin por su parte de que Rafo convirtiera en relatos las vicisitudes de su vida.

―Por lo que has contado, tienes tantas cosas que narrar…, me dijo haciendo un alarde de orgullo y vanagloria. Yo te ayudo en lo que quieras. Quedamos cuando quieras y hablamos de lo que quieras.

―Yo tomo nota de todo lo que me dices y se lo paso a un amigo. Lleva años queriendo escribir la historia de algo o alguien y no voy a desaprovechar la ocasión. Verás que no te engaño. Tiene un blog y piensa ir colgando los capítulos, las entradas o lo que sean, que vaya escribiendo.

Se quedó en silencio viendo el rostro ilusionante de Mon.

―Pero… ¿A quién le pueden interesar mis correrías, mis amoríos o mis frustraciones?

―Seguro, Rafo, seguro que sí. Somos muchos los que hemos vivido esos años y queremos rememorarlos.

La erre, al pronunciarla, le provocaba en la boca una sonoridad que ponía en evidencia su animado estado.

―Si quieres me convierto en tu confesor profano o en tu confidente para matizar lo que nos quieras contar en tu libro.

Nos despedimos en la puerta de «Tula», y Rafo, mientras atravesaba el barrio de Salamanca, camino de su casa, reflexionó largamente sobre su proposición. Con toda sinceridad, le excitaba la idea.

―Pero, yo soy el que lleve la batuta. Nada de dos manos. Tengo experiencias pasadas que se han torcido por no tener clara la autoría. Y llevaré el orden que yo quiera…

Todo esto se lo decía a sí mismo para autoconvencerse, pues conocía muy bien «su complace» y cómo respondía ante algunas presiones emocionales.

De pronto, un buen hombre se acercó a Rafo para interesarse por lo que estaba diciendo en alto sentado en un banco. Pensaba que estaba desvariando o que llevaba una tajada como un piano. Cuando comprobó que ni una cosa ni la otra, se tranquilizó y constató que lo que estaba haciendo era grabar en el teléfono lo acontecido esa noche. 

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CAPÍTULO II DE ‘HATROZ’.- EL VIAJE DE RAFO

Rafo tenía 18 años y su vida era un caos organizado. Era un adolescente como muchos, pero con un enfoque peculiar: la diversión era su única prioridad. Los estudios los tomaba como una obligación que no podían enturbiar el deseo de pasárselo bien. Las fiestas, las copas, la música estruendosa y las luces parpadeantes de algunos pubs eran su refugio. Como he dicho, no le importaba el estudio. Las clases eran solo un trámite, una mera pasarela por la que debía pasar para seguir con su vida de esmorga, como decía Eduardo Blanco Amor en un libro homónimo en el que narraba una noche de excesos, alcohol y deriva de tres hombres en Ourense, con un tono muy crudo, humano y decadente.

Tenía esa despreocupación insolente de quien nunca ha sentido de verdad el peso de las consecuencias. Con dieciocho años vivía convencido de que la vida era una sucesión interminable de noches, música y amigos, y de que siempre habría alguien detrás resolviéndole el futuro. Estudiar le parecía un trámite aburrido y lejano, casi una molestia injusta frente a todo lo que él consideraba urgente: salir, reírse, gustar, desaparecer de casa durante horas y sentirse libre sin preguntarse demasiado de qué. Había en él una inmadurez cómoda, propia de quien confundía privilegio con independencia y diversión con vivir.

Sus padres estaban preocupadísimos porque no veían que fuera capaz de encauzar su vida académica: el sueño paterno de que estudiara medicina se había evaporado como un azucarillo en un vaso de café caliente. En una conversación nocturna y telefónica le dijo a su hermano Ramón, que vivía en Coruña:

―Bueno, Ramón, pues hasta aquí llegó mi fantasía. Supongo que una ilusión no puede sostenerse sola cuando la realidad insiste en mostrar otra cosa. Se lo decía ayer a Lola: Idealizar algo funciona hasta que los hechos empiezan a hablar más alto que las ganas.

―No es que me dé igual todo. Es que estoy cansado de sentir que cada cosa que hago está mal. Llega un punto en que desconecto porque discutir, explicarte o intentar hacerlo bien tampoco cambia nada. Paso de estudiar porque estoy agotado de tener que justificarme todo el tiempo. A veces es más fácil desconectar que seguir peleando por cualquier cosa.

José María, el padre, le contó por teléfono a su hermano Ramón los argumentos que empleaba Rafo para no estudiar lo que la familia esperaba y el «gallego», como llamaba Rafo a su padrino, no pudo refrenarse.

―Entiendo que Rafo esté cansado, pero crecer no consiste en desconectar de todo lo que no le gusta. En tu casa, José María, como en la mía, hay responsabilidades, normas y respeto, incluso cuando uno está enfadado. Que se sienta en nada comprendido no significa que pueda actuar como si nada importara. La vida no funciona solo según lo que le apetece en cada momento. Tú no estás aquí para caerle bien todo el tiempo; estás para educarlo. Y educar también implica poner límites, aunque no le gusten.

La conversación del padre de Rafo se convirtió en un desahogo, pues los esfuerzos durante meses fueron ímprobos y el resultado nulo.

Una noche de viernes, Rafo se preparaba para salir. Su habitación era un verdadero desastre: ropa tirada por todas partes, música a todo volumen y un cuaderno abierto sobre la mesa de trabajo con tres o cuatro versos escritos. Abrió la ventana y con la seguridad de que sus padres no entrarían encendió un cigarrillo que apagó a toda velocidad ante un ruido extraño en la puerta. Se miró en el espejo infinitas veces para comprobar qué tal le había quedado el pelo impregnado con una fina capa de fijador Patrico. Su reflejo le devolvió una sonrisa confiada, un aire de despreocupación que le gustaba.

―¡Vamos, Rafo! ―gritó su amigo y compañero de COU Luis desde la sala, sin respetar a los padres de Rafo que alucinaban con la escena―. ¡La fiesta empieza en una hora!

Rafo cerró la ventana después de airear la habitación, se puso una camisa azul y unos vaqueros ya muy usados, que no le gustaban nada a su madre. Se sentía listo para conquistar el mundo, o al menos, la noche. Salió de su habitación y se dirigió a la sala donde Luis les comentaba a sus padres asuntos familiares, pues, por lo visto, había alguna relación familiar lejana. Luis lo esperaba con una mochila llena de botellas.

―¿Listo para divertirnos? ―preguntó Luis, mientras, insisto, el padre de Rafo observaba la escena con una cara de alucinante sorpresa. El desparpajo de su amigo, familiar lejano, que no le valió para nada, dejó sin habla a los padres de Rafo.

―Siempre ―respondió Rafo, mientras les daba un beso a sus padres y les farfullaba que llegaría pronto.

Su hermana Lola, harta del mal ambiente que había en casa en ocasiones por culpa del mimado de su madre, le soltó a la cara lo que pensaba. Él la miró con indiferencia.

―Tú llamas libertad a ir de fiesta y olvidarte de todo. Yo lo veo como una forma de no querer mirar la realidad. No sé cómo hablar contigo ya. Cada vez que intento entenderte siento que te alejas más.

Fue cerrar la puerta y Lola, su madre, rompió a llorar con un llanto pausado, silencioso y sobrecogedor. Sumida en una profunda depresión, hablaba desde una mezcla de dolor, agotamiento, culpa y desconexión. Sus argumentos sonaban más emocionales, vulnerables y a veces contradictorios.

―No entiendo cómo puede vivir como si nada, mientras yo siento que todo se me cae encima. Me duele verlo tomarse la vida como una broma cuando yo apenas puedo levantarme cada día. Me siento muy sola viéndolo vivir como si no necesitara ya a nadie.

La música sonaba a todo volumen en la casa de un amigo de Luis, un chico que apenas conocían, pero que siempre organizaba las mejores fiestas. Aprovechaba que la casa se quedaba sin sus padres cuando estos se iban de viaje a Barcelona a un concierto del Palau. La verdad es que a Rafo no le importaba tanto conocer a gente, él creía que tenía muy bien cubierta la parcela de los amigos. De lo que realmente disfrutaba era del ambiente: las risas, las copas, las chicas y la sensación plena de estar vivo, de no sentirse ninguneado. Anímicamente lo dejaban a ras del suelo los éxitos académicos de algunos de sus primos.

Al llegar, la casa estaba llena de gente. Luis pasó a su amigo la mochila de las bebidas. Había un fondo común. Chicos y chicas bailaban al ritmo de la ELO (Electric Light Orchestra), los Rolling Stones, Rod Stewart, Bee Gees, Village People o Queen. Los movimientos de los bailones eran cada vez más exagerados y descoordinados, fruto del alcohol que corría por sus venas. Mientras, otros se agrupaban en la cocina y en otros lugares de la amplia casa, riendo y compartiendo historias. Rafo se adentró sin ninguna intención de bailar, a no ser que fuera lento, lo tenía muy claro. Por eso le insinuó al que ponía la música que pinchara a Eric Clapton, Elton John o Commodores, en cuanto buscaba a alguna chica que lo hiciera sentir aún más vivo.

En la terraza estaban los modernos, los sofisticados, los cosmopolitas, los rebeldes con elegancia o los que querían aparentar libertad y madurez compartiendo porros de hachís. Era un consumo nada callejero y bastante mezclado con un postureo intelectual o estético.

―¡Rafo! ―lo saludó una chica de cabello rubio y ojos azules, a la que apenas recordaba de una fiesta anterior—. ¡No te había visto desde la última vez!

―¡Hola! ―respondió él, tratando de recordar su nombre. Pero eso a él le importaba una mierda. Lo que quería era vivir con intensidad el momento.

Se acercaron a la barra improvisada y la chica le ofreció un trago de su cubata. Rafo aceptó con gusto. La noche avanzaba y la música se hacía más intensa. La chica, que se llamaba Susana, lo llevó a la pista de baile. Allí, rodeados de cuerpos en movimiento, Rafo se olvidó de todo cuando empezó a sonar Angie de los Rolling Stones.

―Bailas muy bien lento ―le dijo Susana, mientras se movía al ritmo de la música.

Rafo se enteró de que tenía el mejor expediente de su colegio en COU y era una clara candidata a hacer una excelente Selectividad. Se dio cuenta, pero hizo oídos sordos, de que se puede estudiar y pasárselo muy bien.

―Y tú eres una excelente compañera de baile ―replicó él, riendo.

Los vasos iban y venían, y el tiempo parecía dilatarse. Rafo se sentía invencible, como si nada pudiera detenerlo. Sin embargo, en el fondo había algo que le daba vueltas; un leve susurro que le decía que había más en la vida que solo fiestas y copas. Pero Rafo ignoró esa voz, sumido en la música y el alcohol.

En un momento de la noche, mientras se alejaba un poco de la multitud para tomar aire, se encontró con un grupo de chicos que se ponían a prueba con un juego de cartas.

―¿Quieres unirte? ―le preguntó uno de ellos, con una sonrisa desafiante.

―Claro, ¿a qué jugáis? ―respondió Rafo, sintiéndose intrigado.

El juego era una mezcla de verdad o reto con apuestas. Rafo se sentó, emocionado. Las primeras rondas fueron simples: algunos secretos divertidos y retos ridículos. Pero luego, la cosa se puso más seria.

―Rafo, te toca ―dijo uno de los chicos―. Tienes que buscar a una chica que no conozcas y decirle lo que sientes por ella.

Rafo se rio, pensando que era una broma. Pero, al mirar a su alrededor, sus ojos se encontraron con los de Susana, que lo observaba desde la distancia. Sin pensarlo dos veces, se acercó a ella de nuevo.

―No vale, a esa tía la conoces.

―¡De un baile! ―lo justificó Luis con intención de exculparlo.

―Voy a hacerlo ―dijo Rafo, decidido.

Cuando Susana contestó a lo lejos, Rafo se sintió más vergonzoso que nunca.

―¡Hola! ―dijo ella, levantando la voz por el ruido que había.

―Hola, Susana. Solo quería decirte que… realmente me gustas, que me vuelves loco. Las palabras salieron de su boca como un torrente. Nada de naturalidad. Todo, efusión verbal por las copas.

Hubo un silencio. Luego, ella se rio.

―¿De verdad? Has bebido, Rafo.

―Sí, pero eso no cambia lo que siento —respondió él, riendo, tratando de restarle importancia.

Al final de la conversación, Susana le prometió que lo pensaría. Rafo se alejó, sintiéndose un poco más ligero. Había hecho algo fuera de lo común, algo que no encajaba con su exacerbada timidez en estas fiestas de excesos.

La noche continuó, pero Rafo ya no estaba tan concentrado con las copas. Empezó a observar a su alrededor, notando las dinámicas de la gente. Algunos se reían, otros discutían, y otros simplemente estaban perdidos en sus pensamientos.

Finalmente, la fiesta comenzó a desmoronarse. La música se apagó, y la gente empezó a irse. Rafo y Luis se sentaron en el suelo, cansados pero satisfechos.

―¿Te das cuenta de lo que has hecho? ― le preguntó Luis―. Le dijiste a Susana que te gusta.

―Sí, y no sé si eso es bueno o malo —respondió Rafo, pensativo.

―A veces, hay que arriesgarse. La vida no es solo juerga; también hay que vivir otras experiencias, ¿sabes?

Rafo asintió. En ese momento, sintió que la noche había sido más que una simple fiesta. Había tomado un paso hacia algo nuevo, algo que no podía ignorar.

Los días pasaron, y Rafo continuó con su vida habitual. Sin embargo, algo había cambiado en él. Se dio cuenta de que las fiestas eran divertidas, pero había un vacío que no podía llenar con alcohol y música. Decidió comenzar a estudiar un poco más, a explorar sus intereses, pero tenía el convencimiento de que ese curso ya era tarde.

Un día, mientras caminaba por el jardín de Maldonado, vio a Susana sentada en un banco, leyendo un libro: El guardián entre el centeno, el gran libro del adolescente inconforme, según su profesor de Filosofía. Se acercó, lleno de vergüenza y con un enrojecimiento facial hatroz, pero decidido, porque, si el lunes, en clase, le comentaba a Luis que había pasado de largo, la bronca podía ser monumental.

―Hola ―dijo, y ella levantó la vista, sonriendo.

―Hola, Rafo. ¿Cómo estás?

―Quería hablar contigo sobre lo que te dije la otra noche…

Susana sonrió, y Rafo sintió que, por primera vez, estaba haciendo algo más que solo salir de fiesta. Estaba empezando a descubrir quién era realmente.

Y así, Rafo les contó a sus padres que había comenzado un viaje, no solo hacia el crecimiento personal, sino también hacia nuevas formas de conexión y significado en su vida. Las fiestas seguirían siendo parte de su vida, pero ahora, sabía que había más allá de la juerga, un mundo lleno de posibilidades que lo esperaba. El padre, después de escucharlo, se lamentó de las mil y una promesas.

―Quevedo dijo: Nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres, le comentó su padre. Es decir, hijo, cambiar de ciudad, ambiente o circunstancias no sirve de mucho si uno sigue arrastrando los mismos hábitos, errores o forma de vivir. Tú nos has prometido mil cambios y luego nada de nada. Entenderás que hasta que no veamos tu madre y yo los resultados de ese cambio no podemos fiarnos.

Y Rafo experimentó que, por su única culpa, su padre estaba harto de las promesas incumplidas del pasado y de la endeblez del equipaje que había preparado para un viaje que no tenía ningún destino claro.

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CAPÍTULO I DE ‘HATROZ’.- INTRODUCCIÓN

Cuando en 2025 decidí relatar la vida de un hombre «muy conocido» por mí, y por querer ser original en Hatroz tejí una embarullada maraña de personajes, autores y heterónimos. Y la montaña parió un ratón, diría mi profesor de Literatura del siglo XVI para calificar como una piltrafa aquello que aparentaba ser un valiosísimo tesoro. Quise crear una historia atractiva en grado sumo y, por hacerla diferente, los parámetros de la narración se alejaron tanto de la lógica habitual que sucumbí ―creo que me casi ahogué― en un monumental caos.

Nunca recibo correos o guasaps, y eso que los deseo con fervor. Cuando colgué varias entradas, allá por enero de 2025, en unos tambaleantes blogs, me llegaron a las pocas semanas tres anónimos manifestándome una gran desesperación: ¡¡¡Para ya, por Dios!!! ¡¡¡Vuelve al sentido común!!! ¡¡¡Una historia y un blog, nada de múltiples autores y protagonistas!!!

Este último comentario me hizo reflexionar durante días sobre cómo enfocar la vida de Rafo, heterónimo mío cuyo nombre me subyugó desde que se lo escuché a un grupo de adolescentes en la plaza de Colón. Mi imaginación, que se había decantado por Camay o Yago, se instaló en una estática nube creativa que me frenó toda posibilidad de retomar la historia con clara determinación. ¡Qué breve, pero qué diestro y certero fue ese último comentario! Ahora entiendo con perfecta nitidez que un compañero, mientras nos tomábamos un café en el recreo, me manifestara hace unos meses «hasta aquí he llegado, piérdete y déjame en paz».

En diferentes blogs empecé tres historias referidas a una misma persona: José María Máiz Togores, yo. A lo largo de mi proceso de creación y escritura me autoimpuse una creatividad tan descontrolada que bauticé con varios nombres, repito, a un protagonista que era yo: Camay, Rafo y Yago. Todo lo demás es pura anécdota. Un amigo muy cercano y muy fiable literariamente me soltó una buena reprimenda, mientras tomábamos unas cañitas con gambas en Santa Bárbara:

―Estás perdido. No te entiendo nada. No sé cuándo eres Camay (¿Existió alguna vez este nombre tan imbécil que además hace casi publicidad de un producto?), cuándo Rafo (¿Has matado a Camay? ¿Ha muerto Rafo, el único nombre que me gustaba, que me ocultaba algo, o se ha fugado a la playa?) y, por último, cuándo Yago (¿De dónde sale este idiota con nombre de cine santiagués?). Y ya la lías con el nombre de Hatroz, para una novela. Luego especificas el origen de este nombre. Eso me vale. José María, esto necesita una aclaración, una sincera y diáfana aclaración, si quieres mantener a los cinco o seis seguidores que tienes. Déjate de alias y sé tú mismo, cuenta tu vida, con tu nombre, con tus sombras y con tus luces. O utiliza un pseudónimo. Uno. Siempre el mismo. Los demás tienen que desaparecer. Y creo que como yo piensa mucha gente. No infantilices tu historia con ese Camay, que no me lo he tomado en serio en ningún momento.

Tras esta filípica, se marchó a trabajar y me dejó solo ante el peligro. ¿Muerte o vida? Lucharé hasta la muerte por lo segundo, me quise convencer.

Estas palabras fueron un aldabonazo en mi fase de narrador. Yo creía que había utilizado un certero recurso literario que pondría en vilo al lector. Resulta que no, que los pocos que me leían se sentían tan desorientados como si habitaran los laberintos de los Jardines de Villa Pisani, en Venecia, que cuentan que el propio Napoleón se perdió en ellos, y que cuando Hitler y Mussolini mantuvieron en Venecia algunas de sus oscuras conversaciones en 1934, ni intentaron descifrarlos. Los jardines del amor, como se les conoce popularmente, tienen el poder de doblegar a los más grandes estrategas.

Yo soy José María Máiz Togores. Soy el escritor, compositor y creador de mi vida. Toda la información viene de mí, soy el origen y el protagonista de los acontecimientos narrados. Yo soy el que se sienta al ordenador a poner negro ―bueno, azul― sobre blanco. Todo lo contado me pertenece, aunque haya algo fabulado, está fabulado por mí y para mí.

Apareceré bajo el nombre de Rafo (descubrirlo leyendo) que es el remoquete que me puso una amiga cuando leyó algunos de mis versos en la plaza de Colón, alborotada la lectura por un grupo de adolescentes que practicaban a ver quién nos molestaba más. En absoluto Camay o Yago, puramente fabulados por mí.

Yo, José María Máiz Togores, me desdoblo en dos personajes: Rafo, que es el protagonista de Hatroz, y un amanuense que es contratado para que transcriba lo contado por mí. Yo soy los dos. En algunas ocasiones, compartimos los dos el capítulo; en otras, dejo el protagonismo total a Rafo.

Si hay un desorden temporal, que lo hay, yo soy el responsable. Según vayas leyendo, irás conociendo mi carácter y la anarquía vital en la que en ocasiones estoy sumergido cuando me siento ante el ordenador. Desde el principio, en esta introducción, dejo muy claro cuál es mi trabajo y en qué condiciones lo voy a realizar: no esperes una novela ad hoc (adecuada o apropiada al concepto actual de ese género), porque el interés verdadero de Hatroz está en una nutrida sucesión de anécdotas o vivencias desordenadas temporalmente que pueden extenderse en uno, dos o tres capítulos cada una de ellas.

Cuento mi vida, mis anécdotas más simpáticas, las más horrendas y, tal vez, las nada recomendables. Todas ellas se rigen por la verdad, aunque en ocasiones la memoria distorsiona un poco lo vivido. ¿Recordamos la realidad vivida o recordamos el recuerdo de esa realidad?

En Hatroz, con todas las facilidades y alguna dificultad que entraña este desdoblamiento, porque yo quiero ser el responsable de lo narrado, yo y el protagonista, Rafo. Soy la fuente creativa y el narrador de mi historia. No te olvides de este nombre y no hagas caso a nadie. Exclusivamente fíate de los capítulos de Hatroz. Es lo único verdadero.

Gracias por todo. 

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