CAPÍTULO XII DE «HATROZ»: LAS OCHO DE LA MAÑANA (II)

—¿Te has casado? —preguntó ella.

—No.

—¿Has estado a punto?

—Dos veces.

—Eso significa que una vez quisiste y no pudiste, y otra pudiste, pero no quisiste.

—Es una buena interpretación.

—¿Es correcta?

—Bastante. Aunque las dos coinciden en los mismo: soy un calzonazos.

—¿Qué ocurrió?

Se inclinó hacia atrás.

—De la primera mujer estaba enamoradísimo. O creía estarlo. Ella quería hijos enseguida, una casa, una vida organizada. Y mi familia lo jodió. Con la segunda, yo acababa de obtener un trabajo estable y cerca de mi casa y… se vivía así muy bien. Además, mi madre…

—¿Y por qué repetiste la segunda vez?

—Ya te lo he dicho: un calzonazos. Con ella todo era fácil. Nos entendíamos, compartíamos amigos, apenas discutíamos. Pero yo vivía muy bien en mi casa. Además, mi madre…

—Suena terrible.

Rafo se rio.

—Lo fue, de alguna manera. Un día comprendí que podía casarme con ella, envejecer a su lado y no sentir nunca una infelicidad profunda.

—¿Y eso te asustó?

—Me asustó no sentir tampoco una felicidad profunda.

Montse bajó la vista hacia la taza.

—Parece una razón muy romántica.

—No lo era. Fue una razón cobarde.

—¿Te arrepientes?

—Algunas noches.

—¿Y durante el día?

—Durante el día tengo trabajo.

—Entonces usas el trabajo para no pensar.

—Tú también.

—Yo nunca he dicho lo contrario.

Aquella franqueza desarmó a Rafo.

—¿Y tú? —preguntó Rafo—. ¿Te has casado? Seguro. ¿Y eres feliz? ¿Hijos?

—Sí. Niño y niña. Viaja mucho. Trabaja doce o catorce horas. A mí me ofrecieron irme dos años a Londres. Él dijo que nuestra relación no sobreviviría.

—¿Sobrevivió?

—Sí y no. Sí, por mí; no, por él.

—Acertar no siempre significa tener razón. Los aciertos muchas veces te llevan a la soledad. ¿Lo querías?

Montse giró lentamente la cucharilla dentro de la taza, aunque ya no quedaba azúcar que disolver.

—Sí.

—¿Y te fuiste?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque sabía que, si renunciaba, algún día se lo reprocharía. Cada discusión terminaría en Londres. Cada fracaso sería culpa suya. Cada vez que viera a alguien conseguir lo que yo había rechazado, lo miraría y pensaría: tú me impediste estar allí.

—Podrías haber elegido no reprochárselo. Sería muy elegante.

—Javier no confiaba tanto en mí. Siempre pensó que yo me iría, que yo lo abandonaría.

—Eso fue honesto.

—Fue cruel.

—A veces son la misma cosa.

Moncha levantó los ojos.

—No. Esa es una frase que utilizamos para perdonarnos.

Su teléfono vibró sobre la mesa. Lo miró. Apareció un nombre que no pudo leer Rafo. Lo puso boca abajo sin responder.

—¿No tienes que contestar?

—Pueden esperar cinco minutos.

—¿Sólo cinco? ¿Sólo me dedicas cinco minutos?

—Llevamos más de media hora. No abuses de la casualidad.

Sonrió Rafo.

—Háblame del amor —dijo.

—¿Así, sin más?

—Eres profesor. Improvisa una lección.

—No doy clase sobre el amor.

—Quizá deberías.

—Sería irresponsable.

—Más irresponsable es dejar que la gente aprenda sola.

Pensó unos segundos.

—Creo que el amor es prestar atención.

Moncha hizo una mueca de decepción.

—Eso suena a frase de taza de propaganda de una tienda de recuerdos.

—Déjame terminar. No me refiero a mirar a alguien. Me refiero a verlo incluso cuando uno está cansado, preocupado o enfadado. Saber que el otro existe fuera de la función que desempeña en nuestra vida.

—¿Qué función?

—La de consolarnos, admirarnos, desearnos, cuidarnos. A veces decimos que amamos a una persona cuando en realidad amamos lo que produce en nosotros.

—Entonces casi nadie ama.

—Quizá.

—¿Tú has amado?

—Sí.

—¿Has conseguido ver a la otra persona fuera de ti?

—No siempre.

—Entonces quizá no has amado.

—¿Y tú?

—Yo he amado lo que algunas personas me hacían sentir. Y he querido a otras por lo que podían llegar a ser.

—Eso es peligroso.

—Mucho. Intentar que alguien cumpla la versión que has imaginado de él es una forma de violencia.

—No esperaba oírte decir eso.

—¿Qué esperabas?

—Que defendieras la voluntad. El esfuerzo. La posibilidad de transformarlo todo.

—En las empresas se transforman procesos. Las personas se resisten.

—En los colegios también tratamos de transformarlas.

—Pero tú dirías que las ayudas a descubrirse.

—Probablemente para sentirme mejor.

Moncha sonrió.

—Empiezas a caerme bien.

—Me alegra saber que durante los últimos treinta minutos no ha sido así.

—Me intrigabas. No es lo mismo.

—¿Y ahora?

—Ahora me intrigas y me caes bien.

—Es un avance.

El camarero se acercó para retirar las tazas.

—¿Desean algo más?

Rafo miró a Moncha.

—Otro café —dijo ella.

Consultó mi reloj. Eran las ocho y treinta y cinco. Su primera clase empezaba a las ocho y cuarto. Si salía en diez minutos, todavía llegaría… al final.

—Otro —repitió.

—¿Quieres tener hijos? —preguntó cuando el camarero se alejó.

—Sí.

—No pareces muy decidido.

—Quiero tenerlos, pero no a cualquier precio.

—¿Qué precio sería excesivo?

—Tenerlos por miedo a estar solo. O para salvar una relación. O porque es lo que corresponde hacer a cierta edad.

—La mayoría de la gente los tiene por una mezcla de todo eso.

—Lo sé.

—¿Crees que serías buen padre?

—A ratos, puede. En general, estoy convencido de que no.

—Respuesta prudente.

—Creo que sería atento. Paciente. Pero quizá demasiado preocupado y aún más permisivo.

—¿Por qué?

—Porque sé lo fácil que es dañar a un niño sin pretenderlo. Una frase dicha en mal momento puede acompañarlo toda la vida. Y crear un joven débil y caprichoso es tóxico para su desarrollo.

—También puede fortalecerlo.

—Eso suelen decir quienes pronunciaron la frase.

Moncha se quedó pensativa.

—Yo no me planteé si quería hijos. Los tuve y punto —dijo.

—¿Te ha gustado lo que has experimentado?

—A veces, sí; muchas veces, no. Porque no deseo la vida que imagino alrededor de ellos en el futuro. Y menos que me salga un enmadrado como tú.

—¿Qué vida llevas en ese terreno?

—Interrupciones. Dependencia. Culpa. Tener que dividirme en partes y descubrir que ninguna es suficiente. Baños. Mocos. Fiebres. Lloros. Pataletas… Y no sigo.

—También habrá otras cosas… buenas.

—Ya lo sé. Ternura. Sentido. Verlos crecer es incomparable a cualquier satisfacción. Un compañero, que es un poco bruto, dice que la primera vez que oyó papá lo que experimentó fue una sensación cercana al orgasmo. Una clase de amor que no se parece a ningún otro. Todo eso me lo han explicado muchas veces.

—Pero no te convence.

—No sé si aguantaré que alguien me necesite tanto. O yo a él. Me encanta la independencia.

—¿Te asusta que un hijo te necesite o necesitarlo tú a él cuando seáis mayores?

Moncha lo miró con una dureza repentina.

—Ambas cosas.

—Perdona.

—No. Has preguntado bien.

Llegaron los segundos cafés.

Moncha rodeó la taza con ambas manos. Por primera vez parecía cansada. Se quedó inmóvil. Pensó que se había excedido. Pero, después de unos segundos, asintió.

―En el colegio, cuando un alumno permanece callado después de una pregunta difícil, suelo concederle tiempo. Ese silencio es la mejor respuesta de todas. Tú has hecho lo mismo.

El teléfono de Rafo sonó dentro del bolsillo. Lo sacó. Era un mensaje de la directora preguntándole si iba a llegar.

Miró la hora.

Las nueve menos diez.

—Tengo que irme.

—Claro.

Pero continuaron sentados.

Escribió que se encontraba indispuesto y que llegaría para la segunda hora, a las 9:10. Era la primera vez en doce años que mentía para faltar a una clase. Al enviar el mensaje sintió culpa y una extraña libertad.

—¿Qué has hecho? —preguntó Moncha.

—He dicho que llegaré más tarde.

—¿Por mí?

—Por el café.

—El café se está enfriando.

—Entonces por la conversación.

El silencio de Moncha le molestó muchísimo.

―Joder… ¿Qué quieres? Tú eres de esas personas con las que uno habla una mañana y comprende que llevaba años esperándola. No porque vaya a cambiar su vida, sino porque consigue que, por primera vez en mucho tiempo, la pueda mirar de frente y decirle que esa mañana no quiere olvidarla nunca.

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