CAPÍTULO IX DE «HATROZ»: COMPLEJOS (Y II)

Este capítulo no debería estar inserto en este libro porque resulta muy poco narrativo y sí muy relacionado con la autoevaluación psicológica y la autoestima. Pero Rafo está empeñado en que quien lea este libro sepa lo más posible de su personalidad y de su historia. Me escribió este texto en un guasap, que, quien lo conoce algo, sabe de su extensión cuando escribe uno.

―Sé que muchos esperarán que dedique estas páginas a mis logros, a mis estudios, a las personas que conocí o a los momentos que cambiaron mi vida, que los hubo.

Sin embargo, antes de contar lo que hice, que casi todo el mundo intuye, necesito explicar todo aquello que durante años me está impidiendo mostrarme tal como soy.

«Mis complejos no fueron simples inseguridades pasajeras: fueron compañeros constantes que decidieron cómo hablaba, cómo me vestía, a quién me acercaba, qué oportunidades rechazaba, el resultado de mis estudios, mis fracasos amorosos y hasta la imagen que construí de mí mismo.

Cada uno tuvo un origen distinto, una voz diferente y consecuencias propias. Algunos nacieron en la infancia, otros en la adolescencia y otros aparecieron cuando ya creía haber madurado. Reducirlos a unas pocas palabras sería como intentar resumir una vida entera en una anécdota. Por eso he decidido conceder a todos mis complejos un capítulo. No para convertir, por mi place, esta autobiografía en un catálogo de desgracias, sino porque entender cada uno de ellos es entender por qué fui la persona que fui durante tanto tiempo. Si el lector quiere conocer al verdadero protagonista de esta historia, primero debe conocer a todos aquellos enemigos invisibles con los que convivió».

Un complejo no es simplemente un defecto ni una característica objetiva. Es la vivencia subjetiva de que hay algo en uno mismo que es inferior, inadecuado o vergonzoso. Dos personas pueden tener exactamente la misma característica física o social y solo una sentirse acomplejada.

Hay mil clasificaciones sobre los complejos, pero yo, Mon, que soy, por fotocopia, un anárquico marcado por el orden y un obseso de la claridad, he realizado el siguiente esquema. La rigidez del esquema no impide la certeza de lo aquí concretado.

Complejos físicos. Es decir, la maldita apariencia. En este apartado Rafo es el rey de reyes. Muy pocos han logrado tal cúmulo de complejos de tipo físico: Desde los quince años con sobrepeso. Afirma que su peso está aumentando gradualmente desde esa edad. Él lo ejemplifica con las tallas de los pantalones. No tengo cintura, tengo un flotador, se ríe.

Su entorno lo niega, pero el verbo de Rafo es muy claro: la cara, la espalda y la zona entretetas las tuvo plagadas de vesubios pustulosos entre los 20 y los 35 años. No eran granos pequeños y múltiples, no, eran voluptuosos volcanes que dolían muchísimo y se enrojecían como si fueran fresones de Aranjuez. Uno cerca de la nariz o el entrecejo y me cerraba un ojo, dice él. Con treinta años y con alumnas de 16 que clavaban los ojos en el nudo de fuego bajo la piel, en el semáforo rojo, en la perla envenenada, en el meteorito enrojecido, la moral la tenía por los suelos. Muchas tardes universitarias se refugiaba en el cine Voz de la calle Alcalá a ver tres películas porque le daba una mastodóntica vergüenza asistir a clase con tal pantagruélico grano sebáceo. Si las butacas de este cine hablaran… Él observaba y podía comprobar que en su clase no había nadie con granos. Un ejemplo de ello es el siguiente: un vecino de su padre, que era dermatólogo en La Princesa, cuando lo vio le quiso hacer unas fotos para un estudio que estaba realizando. Con el paso de los años y mil tratamientos ―incluido el Roacután―, se le enrojeció el rostro per sécula y se le escarallaron los dientes de modo cruel. Por lo tanto, los dientes, otro gran complejo.

Con el paso de los años su pecho ha adquirido un volumen que le resulta difícil aceptar. Es algo que le avergüenza y ha afectado mucho a su autoestima. Cuando no llora por ello, se ríe diciendo que con el peso de la mama sujeta un bolígrafo. Cuando no llora.

Además, por la elevación permanente del volumen en el aula durante horas y años, el polvo de la tiza, tuvo muy pronto escarallada la garganta y le impidió recitar con la debida calidad vocal textos siendo profesor de Literatura. Y la maldita hiperhidrosis. No lo concreta por vergüenza.

―Complejos intelectuales. En este terreno, tengo que resumir todo lo que me contó, pues se explayó con una generosidad aplastante. Lleva grabado a fuego en su piel, como na rapa das bestas, los problemas de memorización. Me dijo que se ha leído ―y se sigue leyendo― cientos de veces la Canción del pirata de Espronceda y es incapaz de memorizarla en su totalidad. Su vocación frustrada es la de actor, pero, claro, un actor con mala memoria es fracaso asegurado. Y esto va unido a otras lecturas, de las que le resulta imposible citar un texto. Esto se prolonga en su incapacidad de hablar ante un público desconocido. En privado y en el aula, todo lo que haga falta.

Complejos sociales. En este apartado me hizo una enumeración clarísima. Igual que en los anteriores vaciló o dudó, en este fue letal. Timidez (que lo aclare Moncha cuando en la fiesta en su casa estuvo media hora con una copa vacía porque no sabía dónde colocarla y no se atrevía a preguntarlo). Siempre ha tenido dificultad para relacionarse con personas desconocidas y un permanente sentimiento de no encajar. Le da pavor, desde los 15 años, el rechazo que puede experimentar en un grupo nuevo, y que ahora se ha acentuado. Ese encerrarse en sí mismo ha exacerbado hasta el infinito la falta de habilidades sociales. Por escrito es capaz de hablar de todo.

Complejos económicos. Feliz con mi profesión, infeliz con el sueldo, me dijo cuando tocamos este tema. Él siempre ha entendido que la enseñanza media es una de las joyas de la corona en la formación de los jóvenes, pero con el correr de los años, me dijo que el reconocimiento experimentado socialmente ha sido nulo. Me ha dicho varias veces que uno de los modos de reconocer el trabajo de un grupo laboral es gratificarlos con un buen sueldo. Y eso en Madrid brilla por su ausencia. Y siempre se compara con otras personas que tienen más sueldo, pero con trabajos de menor importancia social.

Complejos familiares. En este apartado nunca ha sentido complejo alguno. Nunca. Siempre ha estado orgulloso de su familia, aunque haya puntos con los que ha discrepado siempre. Especialmente el de «empujarlo y educarlo para formar una familia». No tiene queja alguna de la educación recibida, aunque en la actualidad dice que fueron muy permisivos con él. La depresión es una enfermedad que no mata, pero que no deja vivir. Palabras de su madre para intentar explicar el proceso depresivo que sufrió desde muy joven.

En diciembre de 1936 esta era la situación familiar por parte de mi madre: padres fallecidos. Ella, por enfermedad; él, tras una detención, sufrió un infarto en su casa. Se quedaron huérfanos 6 hermanos, que se redujeron a 5 por el fallecimiento del pequeño por una septicemia. La intención inicial era la de repartirlos por diferentes hogares de la familia. Ante este pavor dispersivo, una tía abuela soltera de ellos se hizo cargo de los cinco y, con unas dificultades enormes, especialmente económicas, salieron adelante todos. Tres tíos y un tío abuelo fueron fusilados en Paracuellos del Jarama. No quedó ningún miembro masculino mayor de edad en la familia. Por tal motivo no se le puede reprochar a su madre ese afán, casi obsesión, de unidad familiar. Podré estar en desacuerdo, pero, al final, el responsable fui yo, me dijo Rafo. Y un exceso de educación religiosa.

Complejos emocionales o de personalidad. Como Rafo vio que se estaba extendiendo en exceso en sus complejos y que le quedaba mucho por decir, quiso hacer aquí un paquete de individualidades: bajísima autoestima. PAS: personal altamente sensible. Introversión: Le ha costado siempre muchísimo decir lo que siente. Afán de perfeccionamiento que le lleva a cometer más errores. Sentimiento de culpa por lo que han podido sufrir sus padres por su falta de estudio en el colegio. Y por encima de todos: sentimiento de inferioridad.

Complejos profesionales. Como he dicho anteriormente, siempre ha experimentado una falta de reconocimiento. Ahondar en este terreno me lo ha prohibido sistemáticamente. Si entendemos su parte literaria como «profesional», por culpa de su actitud anacoreta, el fracaso está más que justificado.  

Complejos relacionados con la edad. Siempre se ha considerado de aspecto más joven de lo que su edad marcaba. Siempre. Hasta que llegó la jubilación. La jubilación lo ha machacado en este terreno. En una última conversación en una comida con excompañeros del colegio, ante su queja de sentirse mayor, la respuesta que le dieron fue letal: es que lo eres.  Escribe precipitadamente (y eso perjudica a su obra) porque tiene un miedo hatroz al envejecimiento y al deterioro físico e intelectual, que ya siente algo.

Visitas: 0