Todo relato autobiográfico se sustenta en una promesa implícita: la de contar una vida. Esa promesa, sin embargo, nunca ha significado que el autor vaya a narrar la verdad absoluta. La memoria no es un archivo perfecto; es una construcción, una selección y, con frecuencia, una interpretación. Recordamos algunas escenas y olvidamos otras; aclaramos algunos episodios y dejamos en la sombra acontecimientos que tal vez fueron igualmente importantes. Por eso toda autobiografía, incluso la más rigurosa y honrada, tiene un algo inevitable de invención, que no siempre es consciente.
El libro que tienes en tus manos, o en mi blog, no trata de resolver ese viejo problema. Al revés: nace de él.
El protagonista es Rafo, un profesor de Lengua y Literatura que ha pasado 37 años enseñando en un excelente colegio concertado y privado de Madrid. Sus años de vida en la enseñanza, en las aulas, con los alumnos, con los compañeros, superando conflictos administrativos, cambios educativos y transformaciones sociales son el trasfondo de una existencia larga y compleja.
Rafo, sin embargo, no cuenta su historia en primera persona. Mon es la voz que narra, voz distinta, cercana y lejana a la vez, que conoce al protagonista quizá mejor que él mismo.
¿Seguirá siendo una biografía escrita por él mismo?
La respuesta depende de cómo entendamos ese género literario. La autobiografía, según la definición clásica de Philippe Lejeune, se basa en un «pacto autobiográfico»: autor, narrador y personaje coinciden en una misma persona. Si esto es así, una autobiografía relatada por otra voz dejaría de ser estrictamente autobiografía para convertirse en novela autobiográfica o autobiografía novelada.
Pero pocas veces la literatura acata íntegramente las definiciones académicas. Hace décadas que muchos escritores han demostrado que la identidad narrativa se puede romper, multiplicar o hasta ocultar sin que desaparezca con ello la verdad esencial de una vida.
Marguerite Yourcenar fue la que le dio voz al emperador romano, con Memorias de Adriano. No era exactamente una autobiografía, pero lograba una maravillosa sensación de intimidad por medio de un narrador ficticio.
En Infancia, Juventud y Verano, J. M. Coetzee prefirió hablar de sí mismo en tercera persona, como si mirase desde fuera al protagonista.
En Mi lucha, Knausgård combinó recuerdos escrupulosamente reales con reconstrucciones que resultaban inevitables cuando la memoria le fallaba.
Javier Cercas ha recorrido en muchas ocasiones la frontera entre novela, memoria y realidad.
G. Sebald convirtió la memoria en un territorio donde se funden a propósito documentos, fotografías, invenciones, recuerdos.
Prueban todos que la verdad literaria no está exclusivamente ligada a la exactitud documental.
Claro que también hay voces que critican la autobiografía.
Jorge Luis Borges desconfiaba tanto del yo que llegó a decir que el escritor siempre se inventa un personaje al que llama «yo».
Paul Valéry sostenía que la memoria está reescribiendo sin cesar el pasado y que nadie se puede narrar sin alterar lo que fue.
Roland Barthes ponía en duda la autoridad del autor sobre su propio relato, mientras que Pierre Bourdieu denunciaba la que él llamaba «ilusión biográfica»: la tendencia a presentar una vida como una historia coherente cuando de hecho está llena de saltos, contradicciones y accidentes.
Estas críticas no desvirtúan la autobiografía; solo recuerdan que toda vida relatada es una construcción.
Y es ahí justamente donde este libro encuentra su razón de ser.
Lo que hace Mon no es reemplazar a Rafo, sino crear una distancia que nos permita mirarlo mejor. Todos pasamos por esa experiencia, hay momentos de nuestra vida que sólo los comprendemos cuando alguien nos los cuenta desde fuera. El que está en primera persona tiende a justificar, explicar o disculpar; la mirada ajena puede encontrar ironías, contradicciones y cosas que permanecen ocultas para el que las vive.
De alguna manera, Mon es la conciencia narrativa de Rafo. No es un biógrafo frío ni un juez justo. Es una voz acompañante, intérprete, recordadora, dudosa e incluso correctora. Hay ocasiones en que está de acuerdo con el protagonista; otras veces no. Esa tensión constituye uno de los motores de la historia.
¿Todo lo que aquí se dice sucedió tal como está escrito?
La respuesta no puede ser más que parcialmente correcta.
Los hechos fundamentales pertenecen a una existencia real: los años de docencia, la ciudad de Madrid, las personas encontradas en el camino, las alegrías, las pérdidas, las decepciones. Sin embargo, algunos personajes han sido transformados o unificados; ciertos diálogos han debido ser reconstruidos; algunos episodios se condensan, mientras que otros se trasladan en el tiempo para hacer más inteligible la experiencia vivida.
No se trata de engañar al lector, sino de llegar a una verdad distinta de la meramente documental.
Ya Aristóteles diferenciaba la historia de la poesía. La historia narra lo que pasó, la literatura intenta describir lo que podría haber pasado o expresar mejor el significado de lo vivido. Desde este punto de vista, la invención no es una traición a la memoria sino un medio para hacerla más comprensible.
Por eso, no se debe leer esta obra como un expediente administrativo ni como una declaración ante un tribunal. Es una novela erguida sobre una vida verdadera. No está en su afán registrar cada fecha con exactitud absoluta, sino transmitir la experiencia interior de quien dedicó décadas a enseñar mientras el mundo cambiaba a su alrededor.
La estructura también está respondiendo a esa idea.
La memoria no recuerda jamás con orden cronológico. Un olor, una foto, una charla, una calle, bastan para regresar a cuarenta años atrás y, segundos más tarde, volver al presente. La memoria no funciona por calendarios, sino por asociaciones.
Por eso el relato no sigue un orden estrictamente cronológico. Los capítulos van apareciendo y desapareciendo según la lógica del recuerdo, que es más emocional que cronológica. El lector notará avances, retrocesos, repeticiones intencionadas y escenas que iluminan otras mucho más alejadas en el tiempo. Esa dispersión aparente es la forma verdadera de recordar.
Bien, pongamos ahora algunas líneas de orientación. Fechas aproximadas, cambios de etapa, lugares o referencias históricas pueden servir de puntos de referencia para que el lector no se pierda en el recorrido. El desorden cronológico no debe ser confusión, sino otra manera de descubrir la unidad profunda de una vida.
Quizá el lector, cuando concluya estas páginas, no pueda estar seguro de lo que realmente sucedió y de lo que la imaginación ha transformado. No hay que ver esa incertidumbre como un defecto. En ese mismo lugar es donde la literatura puede ser libre.
Si Mon habla por Rafo no es para esconderlo sino para mostrarlo desde otro ángulo. Los recuerdos cambian de forma porque cualquier memoria cambia con el tiempo. Y si el relato va a saltos es porque así trabaja la conciencia cuando vuelve sobre una vida larga.
En definitiva, este libro no quiere mostrar cómo fue una existencia, sino entender cual fue su sentido. Hay una diferencia sutil, pero decisiva, entre fidelidad de los hechos y fidelidad de la experiencia. La primera es de archivo, la segunda de literatura.
Y es en ese terreno —donde la memoria dialoga con la imaginación, donde la verdad se expresa a través de la ficción— donde transcurre la historia de Rafo, que Mon cuenta.
José María Máiz Togores
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