AQUEL LUGAR

Me abrasaste con una pregunta que electrocutó nuestro espacio. No quiero hablar de mí, me dijiste con un gesto manual que malinterpreté como un desfalco emocional. Yo insistí mientras caminábamos con los ojos dañados por el sol de nuestra solitaria ventana. Yo insistí. Y nada. La melancolía se apoderó de aquel nuestro espacio, de aquel nuestro lugar. Cayeron las manos. El pulso, perfilado en remotas ventiscas, se detuvo azotado por nuestra incongruencia. Nos miramos. Estábamos en aquel nuestro lugar. Pero una invasora veleta te llevó a otro puerto y mi navío encalló otro día más en la más terca soledad.

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