«A LA PEREZA» (ROMANCE DESCALZO)

Corren las lenguas por las diez mil calles de Madrid que un viejo profesor de Literatura se ha inventado un nuevo poema: aquel que teniendo rima anda muy mal «silabado». Además, tiene la osadía de ponerle nombre. Mejor dicho, propone que sea el lector el que elija el nombre más adecuado. Él ofrece varias posibilidades:

Romanche: porque mancha el romance con sílabas de más y de menos.
Romance descalzo: va sin el calzado de las ocho sílabas.
Romance cojo: conserva el camino, pero renquea en la métrica.
Romance punk: respeta la actitud, no las normas.
Romance anárquico: la rima manda, el metro obedece cuando le apetece.
Romance elástico: las sílabas se estiran y se encogen.

Para no entrar en disputas que no me competen, paso a ofrecerles dicho poema, que, echándole arrestos y lo que todos sabemos, se lo dedica a la PEREZA.

(Corresponsal: Clotilde Hipérbaton de las Sílabas Desatadas. Periódico: La Crónica del Verso Inquieto. Suplemento NO literario: El Diario de la Tinta y la Métrica Insomnes. Título del artículo: ¡Qué mayor pereza que no contar las sílabas!).

ROMANCE DESCALZO A LA PEREZA
Me reta un buen amigo

a un romance descalzo,
ese que sí tiene rima, pero
anda de sílabas muy flaco.
Qué gran triunfo es estar libre,
en este sillón tan blando,
ya dan las seis de la tarde
y yo con el reloj olvidado.
Qué deleite no hacer ninguna
cosa que cause cansancio,
contemplar el techo limpio
como un deber ya ganado.
Que trabajen los relojes,
yo me lo tomo despacio,
la molicie es una reina
que me corona las manos.
Deja que el mundo dé vueltas
con su prisa y con su paso,
que yo no tengo más norte
que el calor de tu regazo.
Ni el teléfono me mueve
si suena duro o lejano;
la indolencia es un regalo
que disfruto como un amo.
Ya cumplí con el destino,
ya sudé lo estipulado,
hoy mi cuerpo solo busca
un rincón acomodado.
Las ocho de la tarde suenan,
el sol se va retirando,
y yo sigo aquí quieto,
agotado de tanto descanso.
¡Viva la santa pereza!,
don del cielo consagrado,
para el hombre que comprende
que el no hacer nada es de sabios.
(José María Máiz Togores)

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