OTRA REFLEXIÓN SOBRE LA SOLEDAD

Últimamente he pensado mucho en una paradoja que quizá nos ocurre más a menudo de lo que creemos.

Cuando alguien se encuentra bien, es fácil escribirle, llamarle o proponerle un café. Todo fluye con naturalidad. Sin embargo, cuando sabemos que esa persona está pasando una mala época, parece que empezamos a caminar de puntillas. Dudamos. Nos preguntamos si será buen momento, si estaremos molestando, si preferirá estar sola. Y, casi sin darnos cuenta, dejamos pasar los días.

Me da la impresión de que esa prudencia nace del cariño. Quiero creer que casi siempre es así. Nadie desea aumentar el peso que otro ya lleva encima. Pero también he descubierto que existe otra cara de esa misma prudencia.

Quien atraviesa momentos difíciles no siempre interpreta el silencio como respeto. A veces lo vive como ausencia. No porque espere grandes gestos ni conversaciones profundas, sino porque un simple «¿cómo va el día?» puede recordar que sigue formando parte de la vida de alguien.

Con los años he aprendido que no hacen falta palabras extraordinarias para acompañar a una persona. De hecho, las conversaciones más valiosas suelen ser las más sencillas: hablar del tiempo, de una película, de cualquier tontería que consiga abrir una ventana en medio de un día gris.

Quizá todos hemos cometido el mismo error alguna vez. Hemos pensado: «ya le escribiré cuando esté mejor». Y, sin querer, hemos dejado sola precisamente a la persona que más habría agradecido un pequeño gesto.

No escribo esto porque espere nada de nadie. Lo escribo porque es una reflexión que me ha acompañado estos días y que quizá también pueda servir para el futuro. Todos, antes o después, ocuparemos los dos lugares: el de quien duda si llamar y el de quien espera que suene el teléfono.

Ojalá, cuando llegue ese momento, recordemos que rara vez molesta un mensaje escrito con afecto. Lo que suele pesar no es una llamada inesperada, sino el convencimiento de que nadie se acordó de hacerla.

Al final, acompañar a alguien no consiste en encontrar las palabras perfectas. Consiste, simplemente, en estar. Y a veces ese «estar» cabe entero en una sola frase: «He pensado en ti y quería saber cómo estabas».

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