«O QUINTO DO TEMPO»

Perdóname que vuelva a mi adolescencia, pero es imprescindible para explicarte el nombre del blog que estás empezando a degustar. Sé perfectamente que lo que voy a narrar puede resultar molesto por la insensatez de unos adolescentes que parecían vivir ajenos a la realidad social y política de aquel momento.

En el año 1974, apenas salpicados por los conflictos que agitaban Madrid —en nuestras casas se esforzaron por mantenernos en una bien pertrechada «zona de confort» y por hacer que viviéramos «entre algodones», al margen de las turbulencias de aquellos años—, nos íbamos a Galicia en tren los diez primos, con mi madre al mando de una revoltosa expedición, para pasar esos veranos de tres meses que existían entonces en una aldea a la que las noticias llegaban con cuentagotas. O eso creía yo en aquel momento. Sin televisión y con un único objetivo por parte de los adultos: mantener a los «niños» al margen de la realidad social.

Y nosotros, sin ningún ánimo crítico, nos divertíamos con cualquier cosa durante unos meses en los que se combinaban, sin orden ni concierto, un sol pacato, una abundante lluvia, una permanente humedad, un calor extremo durante unos pocos días, la música de los mayores, mis desgraciadas caídas con un novedoso patinete, unas sempiternas risas juveniles, algunas lágrimas provocadas por ciertas prohibiciones familiares y muchos más sustantivos que soy incapaz de enumerar ahora mismo.

Cuando recuerdo las romerías de mi adolescencia, lo primero que vuelve a mi memoria es la música de unas orquestas que interpretaban las canciones de moda, aquellos bailes difíciles de ejecutar sobre un suelo desigual y unos mil ojos que vigilaban con escrutadora intención posibles contactos físicos. Era una aldea con muchas carencias, pero poseía la riqueza de la compañía y la camaradería. Nadie regresaba a casa habiéndose aburrido.

Las romerías tenían una extraña virtud: durante unas horas desaparecían las manías de cada uno. Compartíamos mesa, conversación, vino o lo que fuera, jóvenes de diferentes edades. Sin saberlo, estábamos cultivando el valor de la amistad.

A los dieciséis años creíamos que íbamos a las fiestas por la verbena. Hoy, con sesenta y siete, sé que acudíamos por algo mucho más importante: por la alegría de encontrarnos y vivir unas horas de desinhibición y risas descomunales. La orquesta y sus canciones de moda eran la salsa de unos ingredientes imprescindibles para disfrutar de la fiesta un año más.

Los puestos que rodeaban el campo de la fiesta nos ofrecían lo más elemental para no caer desfallecidos: vino, cerveza, pulpo y churros. Acostumbrados a beber cerveza fría, lo primero que pedíamos eran «quintos» fríos (ese era el nombre de la botella pequeña de Estrella Galicia), pero la respuesta siempre era la misma: «Fría non hai; o quinto, do tempo», hasta que se incorporaron los inmensos cubos de desechos llenos de hielo para enfriar los «quintos» y, posteriormente, las neveras eléctricas, que aseguraban una noche de bebidas frías, siempre que no se produjera un aluvión de peticiones en un periodo muy breve de tiempo.

Ese primer contacto con la cerveza en aquellas romerías fue con los «quintos do tempo», que, unidos a la goma con la que se adhería el papel dorado que rodeaba la boca de la botella, hacían que el sabor no resultara especialmente agradable al principio.

La aldea era pequeña, pero la romería, en torno al segundo domingo de agosto, agrandaba el mundo gracias a la pacífica invasión de hombres, mujeres y niños de cualquier edad y procedencia. Allí siempre había un momento y un tiempo para decir aquello que eras incapaz de expresar en una comida cotidiana o en cualquier reunión entre semana.

Han pasado muchos años, pero aún conservo la impresión de aquellas noches de romería en las que nadie quería someterse al estricto horario impuesto por nuestros padres y que intentábamos regatear a cualquier precio. De ahí, «josemariamaiztogores.com».

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