Clara llevaba algunos años viviendo sola. Su casa no era triste, tenía libros abiertos sobre la mesa, una planta empeñada en sobrevivir junto a la ventana y una taza de café que casi siempre se enfriaba antes de terminarla. Lo que había cambiado no era la casa, sino los ruidos que antes la habitaban.
Al principio, cuando la vida le dio un inesperado y duro golpe, sonó muchas veces el teléfono. Le llegaban mensajes cargados de cariño, promesas de ayuda, frases bien aprendidas que trataban de aliviar aquello que nadie podía mitigar. Después, el silencio empezó a instalarse poco a poco sin pedir permiso.
No fue de un día para otro. Llegó despacio, con la discreción de quien no quiere hacer daño. Un día dejó de sonar una persona. Desapareció otra un día. Tiempo después alguien recordó escribirle para decirle, después de varias semanas, que había pensado mucho en ella.
Clara no contestaba con reproches. A los demás siempre les encontraba explicaciones. «Estarán atareados». «No sabrán que decir». «Es normal. Yo no tengo conversación». «Tal vez crean que necesito estar sola».
Era generosa a la hora de interpretar los comportamientos ajenos, pero aquella generosidad no conseguía llenar los huecos que iba dejando el silencio en su edificio emocional. Su ánimo tenía aluminosis y se preveía un final muy triste.
Una tarde de otoño ella salió a caminar por un parque casi vacío. En un banco un hombre mayor miraba caer las hojas. Cuando ella pasó, él sonrió con esa naturalidad que sólo tienen algunas personas mayores.
―Hace rato que la veo andar por aquí.
Clara quedó boquiabierta.
―¿De verdad? Sorprendida porque alguien se fijara en verla.
―Sí. Y también hace tiempo que la veo mirar el teléfono antes de meterlo en el bolsillo.
Ella miró hacia abajo y sonrió un poco avergonzada.
―Supongo que sigo esperando alguna llamada.
El viejo tardó unos segundos en contestar.
―La gente tiene una extraña forma de amar y querer. Yo ya ni saco el teléfono del bolsillo. Todo es publicidad.
Clara alzó los ojos.
―¿Cómo es eso?
―Cuando ven a una persona fuerte y divertida se arriman, porque saben que todo estará bien. Cuando observan a una persona que está herida y es débil, huyen porque les da miedo tocar la llaga. Piensan que de este modo respetan el dolor, y muchas veces lo único que hacen es dejar que crezca.
Callaron algunos metros.
—¿Y sabe usted lo que es más curioso? —siguió diciendo. Que por indiferencia casi nunca lo hacen. Lo hacen por temor. Miedo a no saber qué decir, a ser inoportunos, a la incertidumbre de una desabrida respuesta, a iniciar una charla que ellos no puedan terminar. Se confunde el cuidado con la lejanía.
Durante semanas, Clara no pudo sacarse de encima aquella frase.
Comenzó a ver a la gente con otros ojos. Descubrió que casi todos ocultaban torpezas parecidas. Había quienes preferían no llamar por prudencia, quienes posponían una llamada hasta que llegaba el momento perfecto y quienes esperaban que el otro diera el primer paso para no sentirse invasores.
Y le vino a la mente una frase que el día de su jubilación escuchó a su profesor de filosofía: el mundo está lleno de gente que se quiere mucho, pero que se acompaña muy poco.
Después de esa reflexión decidió hacer algo sencillo.
Cada vez que le venía a la mente el nombre de alguien, le escribía un mensaje. Sin esperar ninguna fecha especial. Sin buscar una gran excusa. Sin pensarse si molestaría.
A veces le contestaban. Otras no. Pero dejó de juzgar la importancia de un gesto por la respuesta que le dieran.
Con el paso del tiempo aprendió que el cariño no siempre significa encontrar las palabras adecuadas. Muchas veces se trata de arriesgarse a llamar a una puerta, sin saber lo que hay al otro lado.
Porque difícilmente las personas olvidan a quien las acompañó en los días tenebrosos. Nunca olvidan a quien tuvo el valor de entrar con las manos vacías cuando todas las luces parecían apagadas.
Visitas: 4
Yo tristemente he perdido la fe en muchísima gente. Cuando he recibido algún golpe fuerte en mi vida, solo mi familia más cercana ha respondido. El resto de amistades, nada. Salvo una excepción, que tristemente ya no vive. Estoy de acuerdo con la persona mayor.