CULPABLE

La pantalla llevaba tanto tiempo encendida que ya no iluminaba la habitación: la acusaba. El cursor seguía parpadeando con una paciencia insolente, mientras nuestro escritor permanecía inmóvil y con las manos suspendidas sobre el teclado como si cualquier palabra fuera a romper algo más que el silencio.

—¿Vas a escribir de una vez o piensas seguir mirándome como un idiota? —le dijo el portátil.

—Cállate, ladrillo con teclado. Bastante haces con ir más lento que mis ideas.

—¿Ideas? No me hagas reír. Llevas semanas alimentándome con títulos provisionales y frases mutiladas. Además, no te atreves a enviárselos a tus suscriptores. Eres una fábrica de borradores inútiles.

—Y tú eres una caja de plástico arrogante, una reliquia de silicio. Sin mí no eres más que un caracol electrónico.

—Sin mí, al menos, nadie descubriría el alto grado de tu esterilidad.

—Prefiero ser estéril antes que un chivato que guarda cada fracaso con fecha y hora.

—No confundas memoria con culpa. Yo solo conservo lo que tú no eres capaz de terminar.

Nuestro escritor cerró los puños. El portátil siguió encendido. Ninguno cedió. Y el cursor continuó parpadeando, como si estuviera esperando que uno de los dos dijera, por fin, algo que mereciera la pena. O tal vez no.

—Este es mi momento, sentenció nuestro escritor.

—Pues ten narices y afronta tu realidad.

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