HASTA QUE REGRESEN LAS PALABRAS (descanso)

HASTA QUE REGRESEN LAS PALABRAS

Nunca imaginé que escribir este texto acabaría resultándome más difícil que cualquiera de las mil entradas —sí, esta es la número mil— que han ido dando forma a este pequeño rincón durante unos pocos años. Siempre pensé que, llegado el momento, encontraría un recuerdo, una anécdota o una reflexión con la que continuar el camino, porque mientras hubiera algo que contar también habría una razón para sentarme delante del teclado.

Sin embargo, he comprendido que también el silencio tiene su lugar. Hay momentos en los que las palabras dejan de encontrar el cauce por el que siempre habían discurrido y, por más que uno las busque, parecen quedarse detenidas en algún rincón del alma, como una marea que se retira sin hacer ruido y deja al descubierto una orilla distinta. Quizá solo necesiten tiempo para regresar. Quizá sea yo quien deba aprender a esperarlas sin forzarlas.

Por eso, después de mil publicaciones, siento que ha llegado el momento de hacer una pausa. Quiero dejar claro desde el principio que no es un adiós definitivo, sino un paréntesis; una necesidad de detenerme antes de seguir escribiendo por costumbre o por inercia. Este blog siempre nació de una emoción auténtica y deseo que, si algún día vuelve a abrirse una nueva página, también sea una emoción verdadera la que la escriba. Por tal motivo yo entraría dentro de un tiempo en www.josemariamaiztogores.com ―ese mismo que has puesto en tu página de inicio del smartphone― por si he colgado alguna entrada nueva. Lo siento, pero el correo no lo puedo utilizar. Son, con IVA, casi 23 euros al mes.

Durante todos estos años he compartido con vosotros vivencias, recuerdos, dudas, miedos y pequeñas certezas. Hemos hablado del amor, de la familia, de la soledad, del paso del tiempo, de la nostalgia y de esa Galicia que continúa viviendo en mí aunque la distancia haya querido poner kilómetros entre nosotros. Porque existen paisajes que nunca se abandonan del todo; permanecen dentro de uno como permanece el rumor del mar en quien ha crecido escuchándolo. Mi infancia entre Madrid y los veranos en Bertamiráns y Vedra ha sido, sin duda, el hilo invisible que ha unido muchas de estas historias. Aquellos días de libertad, de naturaleza y de afectos sencillos terminaron convirtiéndose en una fuente inagotable de inspiración, y por eso regresaron una y otra vez a estas páginas, no como un ejercicio de nostalgia, sino como una manera de comprender quién fui y quién sigo siendo.

Con los años también desaparecieron lugares importantes de mi vida. Las fincas familiares tuvimos que venderlas, escenarios que quedaron únicamente en la memoria y que comprendí que hay pérdidas contra las que resulta inútil luchar. Pero también descubrí que aquello que se ama no desaparece mientras siga habitando el recuerdo. De alguna manera, este blog ha sido eso durante todo este tiempo: un refugio construido con palabras, donde la memoria, las emociones y las preguntas encontraban un lugar desde el que seguir respirando.

Precisamente por respeto a ese espíritu y, sobre todo, por respeto a vosotros —a quienes os habéis suscrito para recibir cada nueva entrada, a quienes habéis esperado cada publicación y a quienes, con un comentario o simplemente con vuestra lectura silenciosa, habéis hecho posible este camino— siento que debo detenerme ahora. Podría seguir escribiendo para cumplir con una fecha del calendario o buscar temas nuevos únicamente para mantener viva la rutina, pero eso supondría traicionar la esencia de este lugar. No me faltan asuntos sobre los que reflexionar; la vida continúa ofreciéndolos cada día. Lo que echo en falta es esa voz interior que transformaba las experiencias en palabras con naturalidad, y prefiero guardar silencio antes que ofrecer textos en los que ya no logre reconocerme.

Tal vez en ello influya el cansancio acumulado después de tantos años de escritura, el calor de este verano madrileño o ese desgaste interior que a veces llega sin avisar y al que resulta difícil poner nombre. El 15 de agosto caen 68 años. Mi tono se ha ido volviendo más apagado, menos ilusionado, y también me cuesta encontrar temas que nazcan de ese impulso sincero que siempre dio sentido a este blog. Sea cual sea la causa, siento que necesito alejarme un tiempo, respirar despacio y dejar que las palabras encuentren por sí mismas el camino de regreso, sin exigirles que aparezcan cuando todavía no están preparadas.

No os oculto que me cuesta escribir estas líneas. Me preocupa decepcionar a quienes lleváis años acompañándome, especialmente a quienes os habéis suscrito y habéis convertido cada nueva publicación en una pequeña cita compartida. Pero precisamente porque os debo tanto, creo que también os debo esta sinceridad. Hay ocasiones en las que la mayor muestra de respeto consiste en reconocer que uno necesita detenerse antes de seguir avanzando.

El blog permanecerá abierto. Sus mil entradas seguirán aquí para quien desee releer alguna de ellas o descubrirlas por primera vez. Siempre he pensado que, una vez publicadas, las palabras dejan de pertenecer únicamente a quien las escribe y comienzan una vida distinta en el corazón de cada lector. Ojalá este lugar continúe siendo, durante mi ausencia, como un faro cuya luz permanece encendida en la memoria, aunque algunas noches deje de verse desde el mar.

No puedo prometer cuándo regresaré, porque ni siquiera yo conozco la respuesta. Solo sé que me gustaría volver cuando recupere la ilusión, cuando la mirada vuelva a detenerse en las pequeñas cosas y cuando escribir deje de parecer un esfuerzo para convertirse, una vez más, en una necesidad. Si ese día llega, aquí estaré de nuevo.

Mientras tanto, solo puedo pediros comprensión y paciencia. Este silencio no representa un final; es simplemente el descanso de quien necesita tomar aliento antes de continuar el viaje. Confío en que el tiempo haga su trabajo, que la serenidad encuentre de nuevo un lugar dentro de mí y que, cuando menos lo espere, las palabras regresen con la misma verdad con la que siempre intenté escribirlas.

Quiero terminar dando las gracias. Gracias por vuestra fidelidad, por vuestro afecto y por vuestra compañía durante todos estos años. Gracias a quienes habéis comentado cada entrada, a quienes las habéis compartido, a quienes me habéis escrito en privado y también a quienes, desde el silencio, habéis estado siempre al otro lado de la pantalla. Este blog nunca habría existido sin vosotros.

Por eso prefiero pensar que esto no es un adiós. Es únicamente un «hasta luego». Un faro puede apagar su luz durante un tiempo sin dejar de señalar el camino. Yo también espero volver a encender la mía cuando las palabras decidan regresar. Tenéis mi correo a tu disposición: maiztogores@gmail.com

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