Me come viva la prisa,
no conozco salvación;
aún no nace lo que escribo
y ya pide publicación.
Digo: «Voy a releerlo
con paciencia y con rigor»
y al minuto ya lo cuelgo
como un gallo fanfarrón.
Después vuelvo a contemplarlo
con cara de profesor:
«¡Qué fantoche el que ha escrito
tan solemne chapuzón!»
Tres erratas en un verso,
cuatro comas al montón;
menos mal que no me examina
ningún viejo inspector.
Pasé media vida diciendo:
«Releed con atención;
la primera versión siempre
suele pedir revisión.»
Y ahora hago justamente
la más digna excepción:
predico agua cristalina…
y bebo vino peleón.
Fui profesor de Lengua.
¡Menuda contradicción!
Corregía hasta los puntos
de la Constitución.
Hoy el móvil me pregunta:
«¿Seguro?». Y digo: «¡No!».
Pero aprieto el mismo botón
como un santo tentador.
Las gafas sobre la frente,
buscándolas por el salón;
si aparece la cordura,
que me pida dirección.
Voy a comprar cuatro huevos,
vuelvo con queso y turrón;
la memoria hace novillos
desde la jubilación.
Prometí vivir despacio,
como merece un señor;
y no paro ni sentado,
que ya tiene maldición.
Abro el folio para un verso;
acabo viendo el buzón,
el tiempo, las esquelas
y un vídeo de un salmón.
Lo releo cuatro veces.
Cinco… ya me da calor.
A la sexta estoy cambiando
lo que estaba mucho mejor.
Si releo veinte veces,
pierdo hasta la vocación;
acabo pidiendo disculpas
por usar el español.
Quevedo, desde su tumba,
se desternilla de humor:
«¡Mucho látigo en la lengua
y muy poco corrector!»
Mis antiguos estudiantes,
si conservan la lección,
deben de partirse el pecho
viendo mi transformación.
«Porque el longevo docente
¡vaya ejemplo, vive Dios!
Es más rápido escribiendo
que pensando lo que escribió.»
Pero tampoco me aflijo,
ni reclamo absolución;
quien no mete nunca la pata
es porque nunca salió.
Así seguiré escribiendo,
con orgullo y con rubor:
primero meto la gamba
y luego pido perdón.
Y si alguien me afea el rumbo,
le contesto, socarrón:
«No corráis tanto a juzgarme,
¡que aún estoy en corrección!»
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