«EL TERRENITO DE RAFO» (cuento) (terminado)

«EL TERRENITO DE RAFO» (CUENTO)

Rafo y María habían logrado una compenetración absoluta. Hablaban el mismo idioma sin necesidad de palabras y sus silencios rimaban. Sus voluntades se trenzaron como hilos de un mismo tejido y eran dos viajeros que, sin saberlo, llevaban el mismo mapa.

―Venga, José María, deja de decir cursiladas y vete al grano, a la historia, que es lo que les interesa a los lectores. Qué manía con tus alardes de metáforas edulcoradas de una afectación superferolítica.

Congeniaron como dos ríos que, tras recorrer caminos distintos, descubren que siempre estuvieron destinados a compartir el mismo cauce.

Concertaron un viaje a Santiago de Compostela. Dormirían en el excepcional y muy personal Hotel Rúa Villar, que se encuentra a 20 metros de la catedral. Como el viaje sólo tenía dos días de estancia, Rafo ideó en Madrid un itinerario por Santiago y por sus alrededores: A Maía y el mítico Pico Sacro. La comida y cena se repartían entre el 42 de la rúa del Franco, el Restaurante Enxebre y el Camilo de la rúa da Raíña. Los desayunos en el Café Casino de la rúa del Villar.

Como Rafo no conducía, alquilaron un coche en el aeropuerto para que lo pilotara María, una experta conductora en carreteras de todo tipo, dada su afición a viajar por carreteras comarcales.

Cuando ya estaban lanzados por la carretera que transita los lugares de Lavacolla, Sabugueira y San Lázaro, Rafo se decidió a contarle un secreto a María.

―María, cuando mañana recorramos el valle de A Maía, te voy a enseñar, un terrenito que tengo en la aldea de Ortoño, hermoso lugar con sabor a Rosalía de Castro porque allí pasó su infancia. Lo heredé hace unos años, cuando falleció mi querido tío Filoso.

María abrió los ojos como platos y su vehemencia le hizo explotar con palabras y expresiones de todo tipo.

―¡Pero, hombre de Dios! ¿Y cuánto tiempo pensabas tenerme en vilo sin decirme semejante cosa? ¿Cuándo ibas a contármelo? ¡Eres un cerdo! ¡Un capullo de manual! Todo el santo día lloriqueando con que no tienes un duro, con que la vida está muy cuesta arriba, con que si el sueldo no llega… ¡y resulta que tienes un terreno en propiedad! ¡Vaya, vaya! Además, precisamente por la zona con más futuro de los alrededores de Compostela. ¿No viste el periódico de ayer? Seguro que sí, porque, como te gusta calificar a un compañero de trabajo, eres una rata de biblioteca.

Una vez que María arrancaba a hablar, era como intentar detener el Ulla en plena crecida. No había presa que aguantase semejante torrente de palabras.

―Mira que eres reservado, pero esto ya es otro nivel. Con razón, ahora lo entiendo, desaparecías algunos fines de semana. ¿Qué más me falta por descubrir de ti? Silencio expectante. No sé si enfadarme o aplaudir lo bien que sabes callarte las cosas. ¿Qué será lo siguiente? ¿Una casa escondida en la montaña?

―No exageres, mujer. Tú de un terrenito haces un palacio en la Castellana.

―¡Déjate de cuentos! No sé qué me molesta más: que tengas el terreno o que jamás confiaras en contármelo.

―No exageres, te repito. Te estás desmadrando de una forma absolutamente alocada.

―¡Se nota que eres de letras! ¿Sabes lo que vale hoy un metro cuadrado por Bertamiráns? Eso crece más deprisa que los tojos después de la lluvia, como decía tu alcalde, según tus palabras. Como sea como yo me lo imagino, ya puedes ir despidiéndote de los problemas económicos.

Rafo sonrió con esa media sonrisa tan gallega que no aclara nada y despista mucho. Siguió indicándole la ruta que ya estaba a punto de terminar.

―Espera un poco. Las cosas no son exactamente como tú te las imaginas.

―¡Ay, qué paciencia hay que tener contigo! Siempre igual. Si fuera mío, ya habría llamado a tres constructoras, a cuatro inmobiliarias y hasta al alcalde con un ofertón que sería incapaz de rechazar. ¡Con lo que me gusta a mí mover papeles cuando huelen a dinero!

―No cuentes con la pasta de la langosta antes de tener la nasa llena.

―¡Eso, eso! Y de paso la acompañamos con un albariño.

―Ya estás desvariando. Precisamente por eso no quería decírtelo.

―¡Déjate de refranes y de filosofías baratas! Vamos de una vez a ver ese terrenito. Seguro que es mucho mejor de lo que dices.

―Pues venga, gira ahora a la derecha.

Mientras avanzaban por los caminos estrechos entre fincas, muros de piedra cubiertos de musgo y robles centenarios, María seguía construyendo castillos en el aire.

―¿Ya has pensado qué vas a hacer con él? Porque tú eres muy capaz de dejar pasar una fortuna por pura pachorra. Mira que eres de los que esperan sentados a que las cosas se resuelvan solas. Como venga una promotora y te encuentre despistado, acabas vendiéndolo por cuatro perras.

Rafo optó por guardar silencio. Conocía demasiado bien a su amiga. Cuando cogía carrerilla, lo más inteligente era dejarla terminar. Interrumpirla solo servía para que hablara el doble.

Ella, además, desconocía completamente aquella zona, así que caminaba convencida de que cada curva los acercaba a una finca espectacular.

Rafo, mientras tanto, iba pensando para sí:

«Esta mujer se está haciendo una película tan épica que cuando vea la realidad le va a dar un soponcio. Pero mira qué feliz va… Da hasta pena quitarle la ilusión.»

María seguía.

―Yo ya me imagino aquí un chalet precioso. Bueno… mejor dos. Uno para vivir y otro para alquilar. O igual unos adosados. ¡Madre mía! Y pensar que llevas años diciendo que eres pobre… ¡Si vas a resultar un terrateniente disfrazado de profesor!

―No corras tanto, María, te estás pasando siete pueblos.

―¿Y por qué no? Igual hasta puedes jubilarte antes. ¿Quién sabe? Lo mismo acabas invitándome a marisco todos los fines de semana.

―Eso sí que sería un milagro.

Al poco rato llegaron.

Rafo le dijo que se detuviera bajo un hermosísimo carballo.

―Ya estamos.

María miró alrededor. Frunció el ceño. Volvió a mirar. Sólo había bonita capilla y un cementerio.

Después volvió la cabeza hacia Rafo.

―No empieces con bromitas. Que con el dinero no se juega.

Frente a ellos se alzaba el viejo cementerio parroquial de San Xoán de Ortoño.

Rafo señaló tranquilamente hacia el interior.

―Te lo repito. Ahí está mi terrenito.

María tardó unos segundos en reaccionar.

―Entonces… entonces… ¿lo que tú tienes… es…?

―Sí.

―¿Una sepultura?

―Exactamente. Mi parcela familiar.

María abrió la boca, la cerró, volvió a abrirla y durante unos instantes pareció que las palabras, por primera vez en su vida, se le habían perdido por el camino.

Luego explotó.

―¡Pero tú eres un truhan! ¡Un embaucador! ¡Un caradura! ¡Un artista del engaño! ¡Me has tenido haciendo cuentas, repartiendo millones, construyendo chalés y hasta escogiendo las cortinas del salón! ¡Mira que eres retorcido! ¡Eso no se hace! ¡Me has dejado con el culo al aire!

Imitando la voz de Rafo, añadió con sorna:

―«Voy a enseñarte un terrenito que tengo…»

Lo miró con una mezcla de rabia y ganas de reír.

Rafo ya no pudo contenerse y rompió a carcajadas.

Al final, incluso María terminó riéndose, aunque solo un poco. Lo justo para no darle el gusto de creer que la broma había sido buenísima.

Hicieron una visita muy respetuosa y emprendieron el camino de regreso.

Durante todo el regreso a Santiago condujo en un silencio sepulcral, algo absolutamente insólito en ella.

Rafo llegó incluso a preocuparse.

Hasta que, justo antes de entrar en el hotel, María lo señaló con el dedo, entrecerró los ojos y dijo con toda la solemnidad del mundo:

―Escúchame bien, Rafo… Por las ánimas benditas de los estudiantes que, según tu historia, depositan todos los cursos sus deseos al pie de la imagen de Jesús en el Huerto de los Olivos en la capilla de la Corticela, te juro que esto me lo vas a pagar. Aunque tenga que esperar a que ocupes ese terrenito tuyo. Por estas.

Visitas: 4