TRASTORNO DE DESASOSIEGO SOCIAL.- MUTISMO POR ANGUSTIA O BLOQUEO CONVERSACIONAL.- CONDUCTA DE EVITACIÓN.- AGORAFOBIA.- ANSIEDAD EMOCIONAL DE DESEMPEÑO INTERPERSONAL.
El padre la «cagó» cuando lo bautizaron. Se enfrentó a toda la familia y al mismo sacerdote, no porque no fuera religioso el nombre seleccionado, no, sino porque lo había elegido secretamente y en contra de la madre y de las familias materna y paterna. Gregorio. En griego tiene el significado de «velar» o «estar despierto». No. Ni por el Papa San Gregorio Magno ni por San Gregorio de Nazianzo. No. Hubo asistentes que dijeron que era un nombre sonoro y atractivo, pero el gesto se torció cuando, empeñado en dirigirse a los asistentes, expresó unas razones en nada sensatas.
Elegí llamarle Gregorio porque durante mucho tiempo viví obsesionado con Kafka, o quizá no obsesionado, pero sí acompañado por él, que es una forma más peligrosa de quedarse. Leí «La metamorfosis» demasiadas veces, las suficientes para dejar de pensar en un hombre convertido en insecto y buscar la sensatez en todo lo que le rodeaba. Gregor Samsa nunca fue un escarabajo, o sí, qué importa. Era la casa, era el silencio, era la manera en que una familia dejó de reconocer a quien seguía siendo el mismo. Siempre me pareció absurdo y, precisamente por eso, verdadero.
¿El nombre por el personaje? Creo que no, aunque también creo que sí. Lo escogí porque Gregorio suena anterior a cualquier explicación, como si hubiera sobrevivido a algo. Porque Gregor se quedó dando vueltas por mi cabeza durante años hasta que el nombre dejó de pertenecer a una novela y empezó a parecerme una posibilidad. Me gusta pensar que uno puede heredar un nombre sin heredar su destino, aunque nunca se sabe. Quizá todos acabamos despertándonos una mañana convertidos en aquello que los demás ya habían decidido que éramos.
Así que la elección de Gregorio no fue por un homenaje. O sí. Más bien porque algunas lecturas terminan mudándose a la vida sin pedir permiso, y cuando tuve que elegir un nombre para mi hijo descubrí que ese llevaba años esperándome, escondido entre las páginas de un libro que nunca terminé de cerrar.
Nadie rechistó porque no hay razón más poderosa y convincente que el argumento irracional. El sacerdote no quiso intervenir porque, en sus palabras, se escudó en el Papa San Gregorio Magno, y en toda la carga religiosa que tiene el nombre.
La adolescencia y la edad adulta de Gregorio fueron una metáfora de una montaña rusa porque se sucedieron con ritmo cansino, pero constante, los éxitos, las reprimendas, los fracasos, las juergas, el espíritu noctámbulo, los madrugones irracionales, el fútbol, el trabajo, varias mujeres, el desprecio por todo lo relacionado con él, los complejos, las envidias, el bloguicida, el derroche, el cine y las pellas, el miedo a los médicos y una constante pasión por la lectura, así como por escribir textos que sabía que iban a ser un rotundo fracaso. Entre otras cosas.
Esta enumeración ―GPTZERO dirá que es AI― no da más de sí porque su vida hasta la jubilación pasó sin pena ni gloria y con algunas circunstancias que si él quiere destapar aquí estaré yo para narrarlas.
Cuando una tarde Gregorio deambulaba cual alma en pena por las retorcidas calles del Madrid antiguo ―acababa de cobrar la primera paga de jubilado y no sabía muy bien cómo celebrarlo, si es que había que celebrar algo―, vio de pronto en la calle de la Cabeza, junto al portal, una placa que decía: Dr. Concepción Crispín Castaña, Catedrático Honorario de Psicología Hiperanálitica, Perito en Traumas Retroactivos, Experto en Agorafobia de Pasillos Anchos, Decano Vitalicio del Centro Nacional de Pensar Demasiado y Miembro Fundador de la Academia Internacional de Conclusiones Precipitadas. 4º sótano izquierda.
Sin dudarlo ni un momento allí fue. Bajó, bajó y bajó. La humedad le hizo dar un respingo, pues le vino a la memoria la película Aguirre, la cólera de Dios, en la que la expedición por el Amazonas convierte la humedad en un personaje más, reforzando la locura y el aislamiento. Tocó el timbre de la consulta con insistencia y fue recibido por una mujer que parecía la ama de llaves de Rebeca. Siniestra y ácida. Lo encaminó al gabinete donde estaba el doctor, que lucía un bigote de lápiz ―aquel que era muy fino y recortado linealmente, siguiendo el perfil del labio superior― y le daba un estilo elegante y sofisticado. La enfermera erró la puerta con cierta violencia, como si quisiera garantizarse que de allí no se escaparía.
La consulta se prolongó durante dos agobiantes horas, pero Gregorio salió feliz porque por fin alguien le enunció un claro diagnóstico: «Padece un trastorno de ansiedad social con un marcado bloqueo conversacional en las interacciones presenciales y una intensa conducta de evitación, agravados con los años por un conjunto de rasgos obsesivos y una progresiva reducción de su mundo relacional».
Sale de la consulta como un hombre nuevo, pero con los mismos síntomas. Mira su teléfono y tiene un sinfín de guasaps: la familia, los amigos y los compañeros. ¿Tengo tantos? No lo sabía. Suponen que, por fin, tendrá tiempo para estar con todos ellos. Le hablan de viajes, de comidas de domingo, de cines y de reuniones que durante años el trabajo había postergado. Según él.
Nadie imagina que pueda ocurrir justamente lo contrario, que se produzca una especie de efecto boomerang, como lo bautiza él nada más ver la primera conversación.
Poco a poco empieza a excusarse. Primero falta a una celebración familiar, a un funeral y a un viaje, luego a una boda y a todo aquello que huele a reunión. Y, sin comerlo ni beberlo, se desencadena una sucesión cada vez más frecuente de ausencias. Todas ellas con el mismo argumento: una exacerbada timidez y un miedo pavoroso, casi angustia y pánico, a todo contacto social. Ve que don Concepción atinó con el diagnóstico, pero no le puso ningún remedio. Así se entiende que en su tarjeta de presentación ponga 0 fracasos.
Al cabo de unos meses, sus faltas dejan de sorprender y empiezan a molestar. Cada vez más. Alguien dice que se ha vuelto raro y que está «zumbado». Una persona muy allegada habla de mala educación, frente a su padre, que era dispuesto, comunicativo y atento con todo el mundo. Otro insinúa que siempre ha sido un poco orgulloso, antipático y selectivo. Las palabras, cuando se repiten mucho, terminan pareciendo verdades.
Pero Gregorio no se aparta de los demás por orgullo. Tampoco por desprecio. Ni por altanería. Lo hace porque cada futuro encuentro representa para él una prueba que nunca consigue superar. No importa que sean diez personas alrededor de una mesa o solamente dos en un salón silencioso. En cuanto siente la presencia física del otro, algo se cierra dentro de él. Las ideas, que unos minutos antes acudían con naturalidad, desaparecen sin dejar rastro. Las frases se rompen antes de llegar a los labios. Entonces baja la vista, sonríe cuando no sabe qué hacer y espera, con una paciencia casi dolorosa, que alguien ocupe el vacío de su silencio. Y los plantones se suceden en tropel. Y escribe en su diario: con los miles de libros que he leído ―sí, miles― y no soy capaz de hacer un comentario de unos de ellos cuando estoy con alguien…
Lo curioso es que nada de eso sucede cuando habla por teléfono. La voz, sin el peso de las miradas, encuentra un camino despejado. Es capaz de conversar durante horas ―no tanto, amigo, no tanto―, de recordar anécdotas, de discutir sobre un libro o de reírse de cualquier tontería. Con el guasap ocurre algo parecido. Escribe despacio, con un mínimo de inteligencia y hasta con una ironía que sorprende a quienes solo lo conocen a través de la pantalla. En su blog publica artículos cuidados, llenos de personajes curiosos, donde las palabras parecen obedecerle con una fidelidad que la vida cotidiana le niega. ¿Y el soneto dedicado al bloqueo literario?, le dice su alter ego. ¿Y el romance descalzo a la pereza?
Durante algún tiempo lucha contra esa contradicción. Se obliga a lidiar contra el miedo porque, piensa, acabará cansándose antes que él. Sucede exactamente lo contrario. Cada intento de encuentro lo deja más exhausto que el anterior. Sin salir de casa le aplasta la sensación de haber representado un papel imposible, como un actor que ha olvidado el texto en mitad de la función. Una tarde comprende que ya no puede seguir sufriendo esos ataques y toma una decisión que medita durante semanas: romper con nadie. Continúa con el teléfono, escribe mensajes afectuosos y nunca olvida una fecha importante. Simplemente deja de intentar presentarse. Ya no.
Las explicaciones no sirven de mucho. Habla de un miedo que ni él mismo entiende del todo. Dice que el problema no son las personas, sino la cercanía de las personas. Que no teme una conversación, sino el peso de una presencia. Sin embargo, cuanto más intenta explicarse, menos lo comprenden. Le recomiendan fuerza de voluntad, distracciones, viajes, optimismo. Nadie acepta que un hombre culto, razonable y sereno pueda sentirse derrotado por algo tan invisible como es el miedo a la timidez.
Y, sin embargo, él sabe que esa derrota existe. También sabe que una parte de ella nace de sí mismo. Convive desde hace años con prejuicios pequeños que se han hecho enormes, con manías que crecen en silencio, con obsesiones que primero parecen inofensivas y después acaban organizándole la vida entera. No ignora su falta de lógica. Esa es, quizá, la mayor de sus desdichas: comprender el mecanismo de la prisión sin encontrar la llave de la puerta.
Quizá es él quien le transmite a su hermana esa cautela frente al mundo. Nunca llegarán a saberlo. Lo cierto es que son dos fotocopias de distinto sexo, pero del mismo comportamiento. Hay sentimientos que se contagian sin hacer ruido, igual que la humedad avanza por una pared hasta que un día alguien descubre la mancha.
Desde fuera, su vida parece empobrecida. Desde dentro posee una calma que muchos envidiarían sin reconocerla. Lo triste no es que Gregorio encuentre refugio entre sus libros y sus rutinas. Lo verdaderamente triste es que quienes más lo quieren prefieran pensar que se ha vuelto insensible antes que admitir que existen miedos para los que la voluntad, por sí sola, nunca ha sido suficiente.
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