ANTES DE LAS PALABRAS

Siempre he pensado que las palabras llegan tarde. Antes de ellas existe un territorio silencioso donde nacen los recuerdos, las pérdidas y los miedos. Allí es donde vivo desde hace algún tiempo, como si la vida me hubiera enseñado que lo verdaderamente importante rara vez encuentra una frase exacta.

La soledad ya no me asusta. A los veinte años era una condena; ahora es una habitación donde puedo escuchar el ruido del tiempo. A los sesenta y siete años uno descubre que el reloj ya no avanza hacia las promesas sino hacia la memoria. Se empieza a vivir más de lo vivido que de lo esperado. No es tristeza. Es otra forma de mirar.

Durante muchos años creí que el amor era una fuerza capaz de sostener cualquier edificio. Después comprendí que incluso las construcciones más sólidas terminan resquebrajándose. El desamor no llega de golpe. Entra despacio, como la humedad en una casa antigua. Un día descubres que las conversaciones ya no iluminan, que los silencios pesan demasiado y que dos personas pueden dormir bajo el mismo techo habitando países distintos.

Quizá por eso la nostalgia se convierte en una compañía discreta. No añoro solamente a quienes ya no están. Echo de menos al hombre que fui. El muchacho que creía que de mayor siempre habría tiempo para empezar de nuevo. Qué extraño resulta recordar ciudades, voces, viajes o tardes insignificantes que entonces parecían eternas y que hoy sostienen buena parte de mi vida.

Escribir tampoco ha sido nunca un acto completamente solitario. Necesito la mirada de los demás, una conversación, una fotografía olvidada, el rumor de una cafetería o una música lejana. Las palabras nacen en silencio, pero crecen entre las personas. Cuando intento escribir encerrado durante demasiado tiempo, el lenguaje se seca como un río en verano. Necesito la respiración del mundo para encontrar mi propia respiración.

Las grandes ciudades prometen anonimato y acaban regalando ruido. Viví muchos años creyendo que la velocidad era una forma de felicidad. Después comprendí que la prisa solo consigue que lleguemos antes al cansancio. Ahora busco calles donde todavía sea posible escuchar unos pasos, parques donde el viento siga teniendo voz y bancos desde los que mirar a la gente sin necesidad de participar en su carrera.

Tal vez hacerse mayor consista precisamente en eso: aprender a elegir el silencio frente al estruendo. No porque uno renuncie a la vida, sino porque empieza a distinguir lo esencial de lo accesorio. A los sesenta y siete años ya no necesito demostrar nada. Prefiero comprender.

Y, sin embargo, continúo escribiendo. Lo hago porque todavía existen emociones que se resisten a desaparecer si alguien les presta una página. Escribo para conversar con quienes ya no puedo abrazar, para ordenar los días que aún me quedan y para recordar que, antes de las palabras, siempre hubo una emoción esperando ser nombrada.

Quizá ese sea el verdadero oficio de escribir: acercarse lentamente a aquello que nunca terminaremos de decir.

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