Rafo pasó unos años oscuros y un tanto descontrolados. Él no me quiere decir con exactitud los años en los que perdió el norte y se sumergió en un carrusel de bares nocturnos de mínima categoría. Él, que siempre se ha esmerado en aparentar una estética elegante y cuidada, durante esos años encontró una serie de pubs en los que las noches eran anárquicas y desmesuradas en todo momento.
El aire en el club era un denso cóctel de humo, sudor y perfume barato, pero Rafo solo percibía la presencia de Soledad. La había visto días antes, pero nunca se había atrevido a dirigirse a ella.
Estaba al otro lado de la pista, perfilaba una silueta que se movía con la música, su vestido rojo era una segunda piel que prometía más de lo que cubría.
Rafo, se sorprendió como si hubiera intercedido Zeus, porque aceptó su invitación en forma de guiño de ojo prolongado. Se autoengañó y se justificó a sí mismo diciendo que era por pura curiosidad. Pero ahora, viéndola más cerca, el huroneo se transformó en algo más visceral.
Su figura voluptuosa se realzaba con un elegante traje rojo entallado que abrazaba sus curvas con precisión y confianza. El escote sutil insinuaba sin exagerar, mientras que la tela satinada resplandecía bajo la luz, revelando un equilibrio entre vulgaridad y sensualidad. El escote del traje era pronunciado pero cuidado, mostrando lo justo con una clase chabacana pero no tosca. Las mangas ajustadas enmarcaban sus brazos firmes, mientras que la cintura entallada resaltaba la forma de reloj de arena que definía su figura. El vestido, de caída recta hasta la rodilla o quizá con una ligera abertura lateral, sugería movimiento con cada paso que daba, dejando entrever unas piernas torneadas que se elevaban sobre unos tacones altos, desgastados y afilados.
Su cabello caía en cascada, largo y ondulado, oscuro como la noche o quizás teñido en tonos caoba que brillaban bajo la luz. Se movía con una mezcla de poder y sensualidad que no necesitaba exageración: bastaba su andar firme, el vaivén sutil de sus rudas caderas y la mirada segura con la que recorría el lugar. Sus ojos, intensos y ligeramente entrecerrados, parecían analizarlo todo, y sus labios, gruesos y perfectamente delineados en rojo profundo, se curvaban en una sonrisa enigmática, cargada de intención.
Su presencia imponía sin esfuerzo. No necesitaba levantar la voz ni hacer gestos exagerados para que se notara su presencia; de hecho, el silencio le sentaba bien. Donde ella estaba, el ambiente cambiaba: las conversaciones bajaban de volumen, las miradas se desviaban hacia ella, y creaba un aire de expectación, como si algo importante estuviera a punto de ocurrir.
Más que bella era poderosa y contundente. Había una fuerza interna en su forma de estar que hacía evidente que no buscaba agradar: se vestía de rojo porque quería, se mostraba porque lo elegía, y su estilo reflejaba una confianza que no se aprendía, se conquistaba. Era el tipo de mujer que no se olvidaba fácilmente, no por lo que decía, sino por lo que transmitía de impudicia y atrevimiento.
Soledad se abrió paso entre los cuerpos. Cada paso, una provocación silenciosa. Cuando se detuvo frente a Rafo, el espacio entre ellos vibró con una electricidad palpable. Su voz, un susurro ronco apenas audible sobre el estruendo de la música, le llegó directamente al oído.
―Rafo, pensé que te acobardarías. Me he equivocado. Nos vimos el otro día en una situación semejante y estaba convencida de que no querías nada conmigo.
Una sonrisa ladeada y peligrosa apareció en el rostro de Rafo.
―Nunca me subestimes, Soledad. Especialmente cuando hay un desafío de por medio. Y menos si el desafío eres tú. ¿O ya no te acuerdas cómo te despediste? Hablaste de un desafío. Yo me escaqueé. Estoy arrepentido.
Ella soltó una risa baja y gutural, un sonido que se deslizó por su piel como el licor.
―Me gusta eso. La noche es larga, Rafo. Y mis ganas… insaciables. Se deslizó un poco más cerca, su muslo rozando el suyo a través de la tela. El calor que emanaba de ella era un fuego que amenazaba con consumirlo.
―¿Y qué tienes en mente, Soledad?, preguntó Rafo, con voz más grave, y una mirada fija en el leve temblor de sus pechos bajo el vestido.
Soledad inclinó la cabeza, dio un giro de cabeza brusco y su cabello oscuro y suelto le rozó el cuello, erizando los vellos de su nuca.
―Lo que te atrevas a imaginar. Pero primero, un pequeño juego. De su diminuto bolso sacó una flor de jazmín y, con una lentitud exasperante, la acercó a la solapa de la chaqueta de Rafo.
El aroma embriagador del jazmín llenó el espacio entre ellos, mezclándose con el de su propia piel. Sus dedos, finos y seguros, se demoraron en la solapa, la punta de uno de ellos rozando apenas la tela de su camisa, casi tocando su pecho. Rafo contuvo el aliento. La cercanía era una tortura para él porque su cuerpo no era la de un hombre fornido y vigoroso, como esperaba ella. La intensidad de sus ojos, una invitación descarada.
―Estas son las reglas del juego, susurró ella, con unos ojos anhelantes de romper la distancia. No podemos tocarnos con las manos. Solo con la intención. Con la mirada. Con el deseo que no podemos nombrar. Y veremos quién se rompe primero.
Rafo sonrió, una sonrisa lenta y oscura.
―Me parece un juego interesante. Pero te advierto, Soledad, que soy un animal cuando me provocan en… soledad.
Ella se echó un poco hacia atrás, sus ojos explorando cada rasgo de su rostro, deteniéndose en sus labios, luego en sus ojos.
―Eso lo veremos. El premio es… la rendición total.
La noche avanzó, y el juego se transformó en una danza cruel y excitante. Sus miradas se cruzaban a través de la pista de baile, se buscaban en los reflejos, en las sombras. Rafo la observaba y pudo comprobar que cada movimiento de Soledad era una afrenta directa a su autocontrol. Ella, por su parte, le devolvía la mirada con una intensidad que prometía cada fantasía. El baile de Rafo era tosco, rudimentario y patán.
En un momento, cerca de la barra, Soledad deslizó su mano abierta por la espalda de Rafo, a apenas un milímetro de su piel, sin llegar a tocarlo. El calor que emanaba de su palma, la promesa de su tacto, fue una agonía deliciosa. Rafo sintió un escalofrío que le erizó el cuerpo. Se inclinó, su aliento caliente rozando su oreja.
―Estás jugando con fuego, Soledad.
Ella rio, un sonido bajo y ronco, mientras la mano aún suspendida, prolongaba la tortura.
―¿Y tú, Rafo? ¿Estás listo para quemarte?
La atmósfera estaba hirviendo. Cada palabra, cada mirada, cada respiración se sentía como una caricia prohibida. El juego de la contención se volvía más salvaje a cada minuto. La línea entre el deseo puro y la prohibición se desdibujaba, dejándolos a ambos prisioneros de su propio desafío.
Los minutos se estiraban como horas, cada uno cargado de una tensión casi insoportable. Rafo vio a Soledad bailar, la tela roja del vestido tensándose con cada giro, revelando y ocultando. Sus caderas se movían con una cadencia hipnótica, una invitación silenciosa que él sentía en cada fibra de su ser. Él la siguió con la mirada, notando cómo su cabello oscuro se agitaba, revelando la curva de su cuello, una línea delicada que él anhelaba explorar.
En un instante, mientras la música cambiaba a un ritmo más lento y sensual, Soledad se acercó de nuevo. Esta vez, se detuvo tan cerca que Rafo pudo sentir el calor de su aliento en su cuello. No había espacio entre ellos para el aire, solo para la electricidad cruda.
―¿Sigues en pie, Rafo?, susurró, su voz como una seda enardecida y su aliento cosquilleando su piel.
Rafo se obligó a responder con una voz que parecía un ronquido bajo.
―Aún de pie, Soledad. ¿Y tú? Pareces… tentada. Veo que caes tú primero.
Una sonrisa maliciosa se extendió por sus labios.
―Siempre. Pero el juego es el juego.
Sus ojos, oscuros y brillantes, bajaron por su pecho, demorándose en el nudo de su corbata, húmedo por el sudor que los invadía. A Soledad le atraía ese aroma y la excitaba verle la camisa ligeramente desabrochada. Se inclinó un poco más, y Rafo juró que sintió la ligera presión de su pecho contra el suyo, una presión tan sutil que podría haberla imaginado.
Entonces, con un movimiento casi imperceptible, Soledad deslizó su pie. La punta de su zapato de tacón rozó el interior del muslo de Rafo, justo donde la tela del pantalón se hacía más delgada. Fue un roce fugaz, un destello, pero el efecto fue devastador. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, y su pulso se aceleró.
Rafo cerró los ojos por un instante, saboreando la prohibición y la promesa de ese contacto. Cuando los abrió, Soledad lo miraba, sus labios curvados en una sonrisa triunfante, sus ojos una chispa de picardía. Ella había roto su propia regla, o al menos la había llevado al límite. Y él, Rafo, sintió una descarga de adrenalina que lo hizo anhelar más y la tocó, caliente y nada recatada.
―Tramposa, murmuró Rafo con una voz apenas audible.
Soledad se encogió de hombros, con una expresión inocente y diabólica a la vez.
―Son las reglas del juego, Rafo. Quien se rinde primero… pierde. Se alejó un paso, pero la huella de su roce, la promesa no cumplida, permanecía en el aire entre ellos, densa y casi insoportable.
La música del club pulsaba el ambiente a su alrededor, pero Rafo solo escuchaba el eco de ese roce, el susurro de su voz, la promesa inaudita de lo que podría venir si el juego terminaba. El filo del deseo se había clavado hondo, y la noche, apenas comenzaba.
Ella, en el umbral de la puerta del club, lo miraba ansiosa y sin vergüenza alguna. Rafo dudó, pero se acercó a la barra, pagó las consumiciones y salió camino de la estela que había dejado Soledad. Por el aroma era muy fácil seguirla.
Al día siguiente, en el colegio, cuando lo vieron con una cara con unas gigantescas ojeras, sus compañeras le preguntaron reiteradas veces por la causa de dichos socavones. El, con una elegancia proverbial les dijo:
―Ha sido una noche muy personal. Lo que pasó (o no pasó) no tiene nada que ver con el colegio. A veces las cosas simplemente fluyen de una manera sorprendente, y no hay necesidad de hurgar en ello.
―Pero…¿la conocemos?
―¿A quién?
Y recogió sus libros para seguir con las clases que marcaba su horario.
Visitas: 0