—¿Eres feliz, Rafo?
La pregunta llegó sin solemnidad, pero le obligó a bajar la vista.
—A veces.
—Eso no es ser feliz.
—Quizá sí.
—No. Es tener momentos agradables.
—¿Y qué sería ser feliz?
—Despertarse sin desear estar en otro lugar.
—¿Tú te despiertas deseándolo?
—Casi todos los días.
—Entonces cambia de lugar.
—No es tan sencillo.
—Antes decías que el dinero era libertad.
—La libertad económica no elimina las demás prisiones.
—Pero permite abrir algunas puertas.
—A veces solo permite elegir una celda más grande.
Sonrió.
—Eso lo diría yo.
—Llevas horas contaminándome.
—¿Y tú eres feliz?
—He dicho que a veces.
—¿Cuándo?
Pensó en sus alumnas entrando en el aula. En su padre regresando de una visita médica con un bolígrafo que algún paciente le había entregado como pago. En su madre luchando contra la depresión mientras preparaba la cena. En ciertas tardes de lluvia, corrigiendo trabajos junto a una ventana. En algunas mujeres a las que había amado sin saber conservarlas a su lado. En los domingos por la mañana, cuando la ciudad parecía conceder una tregua.
—Cuando consigo olvidar que tengo que serlo —respondí.
Moncha lo observó con una mezcla de interés y tristeza.
—Eso ha sonado muy bien.
—No sé si es verdad.
—Las frases que suenan bien casi nunca lo son del todo.
—¿Y tú? ¿Cuándo eres feliz?
—Cuando gano.
—¿Solo entonces?
—También cuando estoy a punto de ganar.
—¿Y después?
—Después pienso en lo siguiente.
—Eso no parece felicidad.
—Se le parece durante unos minutos.
—¿Nunca deseas descansar?
—Constantemente.
—Pero no descansas.
—No sé hacerlo sin sentirme culpable.
—¿Culpable ante quién?
Moncha tardó en contestar.
—Ante la mujer que podría llegar a ser.
—Tal vez esa mujer está agotada de esperarte.
La expresión de Moncha cambió. Por un instante pareció enfadada, aunque no con Rafo. Se llevó una mano a la frente y cerró los ojos.
—A veces me pregunto cuándo será suficiente —dijo—. Qué cargo, qué sueldo, qué despacho, qué reconocimiento me permitirá pensar que ya he llegado. Pero cada vez que consigo algo, el lugar al que debía llegar se desplaza unos kilómetros.
—Entonces no estás avanzando hacia una meta.
—¿Hacia qué?
—Huyes de algo.
—¿De qué?
—Eso no puedo saberlo.
—Inténtalo.
—Tal vez huyes de volver a ser aquella niña que no podía hacer que su madre se levantara de la cama.
Moncha abrió los ojos.
No se movió. Su rostro quedó inmóvil, despojado de la ironía y de la seguridad con las que se había protegido durante toda la mañana.
—Es posible —dijo.
—Moncha…
—No te disculpes otra vez.
—No pretendía analizarte.
—Sí pretendías.
—Quizá.
—Los profesores también necesitáis sentiros útiles.
—Mucho.
—¿Y qué haces cuando no puedes ayudar?
—Me quedo junto a quien sea.
—¿Aunque nadie te lo pida?
—Sobre todo entonces.
Moncha volvió la cara hacia la ventana.
—Eso podría enamorar a alguien.
—O asfixiarlo.
—Por fin empiezas a entender los riesgos.
—Tú podrías enamorar a alguien también.
—Ya lo he hecho.
—Quería decir que podrías dejar que alguien te amara.
—Eso es más difícil.
—¿Por qué?
—Porque ser amada significa ser vista. Y ser vista significa que alguien acabará encontrando aquello que tanto esfuerzo me cuesta ocultar.
—¿Qué ocultas?
—Que tengo miedo casi todo el tiempo.
La confesión no fue acompañada por lágrimas ni por un temblor de voz. La dijo con serenidad, como si estuviera leyendo el resultado de una auditoría.
—¿Miedo a qué?
—A equivocarme. A enfermar. A perder el trabajo. A convertirme en mi madre. A no tener más hijos y arrepentirme. A tenerlos y arrepentirme también. A hacerme vieja en una casa demasiado silenciosa. A elegir a un hombre y descubrir que he elegido mal. A no elegir a ninguno más y pensar que debí conformarme.
—Eso es mucho miedo.
—La ambición necesita combustible.
—El miedo no es un combustible limpio.
—Pero funciona.
—Hasta que destruye el motor.
Moncha soltó una risa breve.
—Siempre vuelves a tus alumnas.
—¿Qué quieres decir?
—Hablas conmigo como hablarías con una estudiante que ha trabajado demasiado para un examen.
—No. Con ellas soy más cuidadoso.
—¿Y conmigo por qué no?
La pregunta tenía un sentido que iba más allá de la conversación.
—Porque contigo no quiero fingir que sé más que tú.
—Podrías fingirlo. A muchos hombres les sale de manera natural.
—Nunca he sido bueno representando seguridad.
—Por eso te recordaba.
Se quedaron mirándose.
El ruido de la cafetería pareció alejarse. Rafo vio una pequeña línea junto a sus ojos que no existía a los dieciocho años. Vio el cansancio que el maquillaje no ocultaba del todo. Vio también la muchacha que había permanecido junto a la ventana de aquella casa, rodeada de personas que conocían las reglas de un mundo al que yo no pertenecía.
Pensó que deseaba besarla.
No como se desea conquistar algo ni como se intenta recuperar una oportunidad perdida. Deseaba besarla porque llevaba horas escuchando su voz y porque, a pesar de todas sus diferencias, sentía que una parte de ella se había acercado silenciosamente a una parte de él.
Tal vez Moncha lo comprendió.
Levantó una mano y tocó con los dedos el borde de mi taza.
—¿Qué pasaría si te besara? —preguntó.
Rafo no supo si hablaba en serio.
—Probablemente llegaríamos todavía más tarde.
—No me refiero a esta mañana.
—Yo tampoco.
—¿Pensarías que significa algo?
—Sí.
—Ese es el problema.
—¿Para ti no significaría nada?
—Significaría demasiado durante unos minutos y demasiado poco mañana.
—No puedes saberlo.
—Me conozco.
—Quizá te conoces solo en las circunstancias que has repetido.
—Y quizá tú te enamoras de la posibilidad de salvar a las personas.
—No quiero salvarte.
—¿Estás seguro?
Pensó en ello.
—Quiero conocerte.
—Eso es aún más peligroso.
—¿Por qué?
—Porque podrías conseguirlo.
Su mano permanecía cerca de la de Rafo. La distancia entre ambas era tan pequeña que bastaba mover un dedo para tocarla.
—¿Tú quieres conocerme? —preguntó Rafo.
—Sí.
—Entonces estamos en el mismo peligro.
—No exactamente.
—¿Cuál es la diferencia?
—Tú estás dispuesto a cambiar tu vida por una emoción.
—No he dicho eso.
—Has faltado al trabajo por primera vez en doce años.
—No sabes que sea la primera vez.
—Lo es.
—¿Cómo puedes estar segura?
—Por la forma en que miras el reloj. Un hombre acostumbrado a faltar no mira la hora con esa sensación de culpa.
Se rio.
—Y tú has aplazado una reunión.
—Yo aplazo reuniones constantemente.
—Pero no por conversaciones.
—No.
—¿Entonces?
Montse retiró la mano.
—Entonces esta mañana ha sido excepcional.
—Las cosas excepcionales pueden repetirse.
—Si se repiten dejan de serlo.
—O se convierten en una vida.
Le sostuvo la mirada.
—Eso es lo que más miedo me da de ti.
—¿Qué?
—Que dices esas cosas y pareces creerlas.
—Las creo.
—Una vida no se construye con frases.
—Tampoco con informes trimestrales.
—Se construye con decisiones.
—Estamos tomando una.
—No. Estamos retrasándola.
La camarera dejó la cuenta en una bandeja pequeña sin que se la hubieran pedido. La cafetería necesitaba la mesa. Llevaban allí más de tres horas.
Montse miró el papel.
—Invitabas tú —dijo.
—Eso dije en la calle.
—Hace diecisiete años no habrías podido pagarla sin pensarlo.
—Ahora también tengo que pensarlo.
—Pero la pagarás.
—Con enorme elegancia.
Sacó la cartera. Montse no hizo el gesto ritual de ofrecerse a compartir la cuenta. Le permitió invitarla, quizá porque comprendió que aquel detalle pertenecía menos al dinero que a la memoria del muchacho que no se había atrevido a pedirle su número.
Mientras esperaba el cambio, ella volvió a ponerse el abrigo.
—¿Dónde tienes que ir ahora? —pregunté.
—A la oficina.
—¿Aún?
—El día no ha terminado porque nosotros hayamos perdido la mañana.
—Yo iré al colegio.
—¿Qué les dirás?
—Que me encontraba mal.
—No será del todo mentira.
—No me encuentro mal.
—Todavía no.
Salieron de la cafetería.
La calle Juan Bravo era ya otra. El tráfico avanzaba con impaciencia, las aceras estaban llenas y el sol se reflejaba en los escaparates. Permanecieron junto a la puerta, obligados a regresar a sus respectivas vidas.
Moncha buscó algo en su bolso y sacó una tarjeta.
—Aquí tienes mi teléfono.
La sostuvo entre los dedos un poco temblorosos.
Su nombre aparecía impreso sobre el cargo que ocupaba, seguido por el nombre de la empresa y varios números. La tarjeta era gruesa, sobria y exacta. Parecía representar todo aquello que los separaba.
—Esta vez no he tenido que pedírtelo —dijo.
—Has tardado diecisiete años. No podía seguir esperando.
—¿Debo llamarte?
—Eso se hace normalmente cuando alguien te da su número.
—No te pregunto qué se hace normalmente.
Moncha miró hacia la calzada. Un coche negro estaba detenido unos metros más allá. El conductor aguardaba.
—Llámame —dijo—. Pero no hoy.
—¿Por qué no?
—Porque hoy confundiríamos la intensidad con la verdad.
—¿Y mañana?
—Mañana quizá confundamos el miedo con la prudencia.
—Entonces, ¿cuándo?
—Cuando puedas hacerlo sin pensar que vas a salvarme.
—No pienso eso.
—Y cuando yo pueda contestarte sin preguntarme si estás dispuesto a seguirme.
—Tampoco no me has pedido que te siga.
—Todavía.
El conductor salió del coche y abrió la puerta trasera. Elena dio un paso, pero se detuvo.
—Rafo.
—¿Sí?
—No eres un simple profesor.
—Y tú no eres solo una mujer de éxito.
—No he dicho que lo fuera.
—Pero necesitas que los demás lo crean.
—Tal vez.
Se acercó a ella.
Durante un instante pensó que se besarían. Moncha no retrocedió. Podía ver el reflejo de la calle en sus ojos. Levantó ligeramente el rostro y Rafo sintió la tentación de terminar aquella mañana con un gesto que simplificara todo lo que habían dicho. Pero no lo hizo. Ella tampoco. Se abrazaron.
Fue un abrazo largo, más íntimo que un saludo y más prudente que un beso. Sintió el cuerpo de Moncha contra el suyo, la presión de sus brazos y su respiración junto a su cuello. Durante unos segundos dejaron de ser el profesor y la directiva, el hijo del médico y la hija del banquero, el hombre que temía conformarse y la mujer que temía detenerse.
Eran dos personas cansadas de protegerse.
Cuando se separaron, Montse mantuvo las manos sobre sus brazos.
—Habría sido más fácil si no me hubieras gustado —dijo.
—A mí también.
—No pareces disgustado.
—No he dicho que quisiera que fuera fácil.
Sonrió.
—Esa es otra diferencia entre nosotros.
—¿Tú siempre eliges lo fácil?
—No. Elijo lo difícil cuando puedo medir la recompensa.
—¿Y conmigo no puedes?
—Contigo ni siquiera sé qué estoy arriesgando.
—Quizá por eso merece la pena.
Moncha negó con la cabeza, aunque seguía sonriendo. Entró en el coche. Antes de que el conductor cerrara la puerta, se inclinó hacia él.
—No esperes otros diecisiete años.
La puerta se cerró.
El automóvil se incorporó al tráfico y desapareció al doblar la esquina. Se quedó en la acera con la tarjeta en la mano.
Después caminó hacia el colegio. Llegó cuando estaba terminando la cuarta clase. En los pasillos, las alumnas discutían y se diversificaron hacia las diferentes optativas bajo la mirada de los profesores que acudían a sus respectivas clases. Algunas lo saludaron desde lejos. La directora le preguntó si se encontraba mejor.
—Sí —respondió—. Mucho mejor.
Entró en el aula de tercero. Las estudiantes tardaron varios minutos en sentarse. Una había olvidado el libro. Dos discutían por un bolígrafo. Una muchacha lloraba discretamente porque había suspendido un examen. La vida, indiferente a las revelaciones, continuaba exigiendo pequeñas cosas.
Escribió en la pizarra la fecha y el título de la lección.
Los movimientos de vanguardia: causas, características y consecuencias. Mientras explicaba que ninguna transformación podía comprenderse atendiendo a una sola causa, pensó en Moncha.
Pensó en su ambición y en mi prudencia. En su necesidad de avanzar y en su deseo de permanecer. En las cosas que admiraban el uno del otro y en aquellas que, con el tiempo, quizá habrían llegado a despreciar.
Pensó en besarla. Pensó en no llamarla. Pensó en llamarla aquella misma noche.
Durante toda la clase notó la tarjeta dentro del bolsillo de su chaqueta, como si tuviera peso y temperatura.
Al terminar, la muchacha que había suspendido se acercó a su mesa.
—¿Puedo hablar con usted?
—Claro.
Le contó que sus padres estaban separándose, que no podía estudiar, que apenas dormía y que tenía miedo de repetir curso. La escuchó. No miró el reloj. No intentó ofrecerle una solución inmediata. Permaneció allí mientras ella hablaba.
Cuando terminó, respiró profundamente.
—Gracias —dijo—. Pensaba que me iba a decir que tenía que esforzarme más.
—Ya te estás esforzando. Lo que sí es cierto es que tienes una situación personal muy complicada. No tienes que hacer mucho más de lo que ya estás haciendo.
La muchacha salió del aula. Se quedé solo.
Sacó la tarjeta de Moncha y la colocó sobre la mesa, junto a los exámenes sin corregir.
Por primera vez comprendió que sus diferencias no consistían en que ella fuera ambiciosa y él no. Ambos deseaban vencer al miedo y dejar algo después de ellos. La diferencia estaba en el lugar donde habían decidido buscarlo.
Moncha quería transformar el mundo para demostrar que era capaz de dominarlo. Rafo intentaba acompañar a unas pocas personas mientras el mundo las transformaba.
No sabía cuál de los dos se equivocaba. Quizá ambos. Quizá ninguno.
Guardó de nuevo la tarjeta. No la llamó aquella noche. Tampoco al día siguiente.
Esperó varias semanas, cuando la ciudad estaba en silencio y no tenía clases que preparar ni reuniones que evitar. Se sentó junto al teléfono durante casi media hora. Marcó el número. Antes de pulsar el último dígito, pensó en todas las razones por las que una relación entre ellos podía fracasar. Después pensé en la calle Juan Bravo a las ocho de la mañana, en una cartera de exámenes cayendo al suelo y en una mujer que todavía recordaba su chaqueta de pana.
Pulsó el último número. El teléfono sonó una vez. Dos. Tres.
—¿Sí?
Era su voz.
—Soy Rafo.
Hubo un breve silencio.
—Has tardado —dijo Moncha, muy cabreada.
—Solo cuatro tres semanas.
—Y diecisiete años.
—¿Tienes tiempo para un café?
Moncha rio suavemente al otro lado de la línea.
—Mira, Rafo, de cafés estoy saturada. Dudó, pero colgó el teléfono, se sentó a su mesa de trabajo para terminar la valoración de los objetivos que la nueva fusión le había propuesto el jefe.
Rafo se quedó consternado. Había entendido que para Moncha tres semanas eran lo mismo que diecisiete años.
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