A las ocho de la mañana, la calle de Juan Bravo todavía no había decidido qué clase de día iba a ser. Madrid despertaba con esa brusquedad disciplinada de las ciudades que no conceden tiempo para la duda. Los autobuses avanzaban con las luces encendidas, las persianas metálicas de algunos comercios empezaban a subir y, desde el interior de las cafeterías, escapaba un olor a café tostado, pan caliente y productos de limpieza. La noche se retiraba de las fachadas, aunque en algunos portales permanecía una sombra azulada, como si la madrugada se resistiera a abandonar del todo la ciudad.
Rafo caminaba hacia el colegio. Llevaba una cartera de piel llena de exámenes y, colgada del hombro, una bolsa demasiado usada en la que había metido dos libros, un cuaderno de notas y un bocadillo envuelto en papel de aluminio. Vestía una chaqueta de pana marrón, una camisa clara y unos zapatos que necesitaban cambiar las tapas. Había salido de casa con tiempo suficiente porque no soportaba llegar tarde a clase. La puntualidad era una de las pocas formas de autoridad que ejercía sin incomodidad.
A esa hora pensaba ya en sus alumnos.
En el chico de segundo de bto que se dormía sobre el pupitre porque sus padres trabajaban de noche y él cuidaba de sus hermanos pequeños. En la muchacha de dieciséis años que escribía poemas en los márgenes de los apuntes. En el compañero de Matemáticas que llevaba una semana sin hablar con nadie. En la reunión de evaluación que tendrían por la tarde. En las preguntas que quizá nadie formularía y que, sin embargo, determinarían la vida de algunos alumnos.
No pensaba en el amor. No pensaba en el pasado. No pensaba en aquella fiesta de diecisiete años atrás, celebrada en la casa de un gran hombre que había invitado a su familia por una relación familiar, no sabía si cercana o lejana.
Su padre era médico. Un médico de los que todavía visitaban a los enfermos en sus casas y, en demasiadas ocasiones, por no decir siempre, se olvidaba de cobrarles. Atendía con la misma paciencia al director de un banco que a un oficinista ramplón. Había curado a tantas personas sin interés que era imposible dudar del espíritu filantrópico que regía su comportamiento.
La madre de Rafo estuvo varios días decidiendo qué vestido ponerse. Su padre acudió con el mismo traje oscuro que utilizaba para las bodas, los entierros y las cenas del colegio de médicos. Rafo tenía dieciocho años y pasó toda la noche intentando que no se notara que se sentía fuera de lugar.
La casa era demasiado grande, las lámparas demasiado brillantes y las conversaciones estaban llenas de nombres que él desconocía. Los invitados hablaban de viajes, inversiones, universidades extranjeras y veranos en lugares que para Rafo pertenecían al territorio de los mapas. Procuraba no tocar nada. Sostenía una copa de refresco y observaba a los demás con la cautela de quien había entrado por error en una película.
Entonces la vio. Estaba junto a una ventana, conversando con dos muchachos que parecían seguros de haber nacido para ocupar el centro de cualquier habitación. Llevaba un vestido azul oscuro y el cabello recogido. No era la más llamativa de las jóvenes de la fiesta, pero sí la única que miraba a su alrededor como si estuviera buscando algo que no podía encontrar allí.
En algún momento sus miradas coincidieron. Después los presentaron. Hablaron apenas unos minutos. De los estudios, de los libros, de la música que sonaba. Ella dijo que quería conocer el mundo. Rafo respondió que quería comprenderlo. Se rieron de la diferencia, aunque por entonces no sabían que aquella frase contenía ya una advertencia. Se llamaba Moncha. La fiesta terminó. Demasiadas miradas.
Durante los años posteriores pensó algunas veces en ella, pero no de manera constante ni dolorosa. Bueno, miento. Estuvo días y semanas sin dormir. Intentó verla, pero no lo logró. Incalculable el número de veces que pasó por su portal, pero no coincidieron nunca. Era uno de esos recuerdos que aparecen sin ser llamados: una ventana iluminada, un vestido azul, una voz que decía que el mundo era demasiado grande para conformarse con una sola vida.
Y, sin embargo, aquella mañana de noviembre, al levantar la vista, sin mirar al hospital que tan mal recuerdo le proporcionaba, la reconoció como si hubiera sido el mismo día en el que se conocieron.
Se pararon los dos. Uno frente al otro. El tiempo había transformado su rostro, pero sin desmerecerlo en absoluto. Llevaba un abrigo gris de corte impecable, unos zapatos de tacón bajo y un maletín negro. El cabello, más corto que en su recuerdo, le rozaba la mandíbula. Consultaba la hora en un reloj pequeño y elegante mientras sostenía el teléfono entre los dedos.
Había algo en su postura —la espalda recta, la cabeza ligeramente inclinada, la impaciencia contenida— que le devolvió a Rafo de golpe a la muchacha de la fiesta familiar.
Los peatones se impacientaron. Rafo, pasmado y tembloroso, la miraba sin saber si debía presentarse. Ella no sonrió enseguida. Primero frunció apenas el ceño, como si tratara de ordenar las piezas de un recuerdo remoto. Después sus ojos se abrieron con una sorpresa casi infantil.
—¿Rafo?
Oír su nombre en su voz produjo en él una emoción desproporcionada. Fue como descubrir que una parte de su juventud había continuado existiendo en algún lugar.
—Moncha.
Nos quedamos inmóviles en mitad de la acera, obligando a los demás a rodearlos. Alguien protestó. Un hombre con prisa golpeó la cartera con el brazo y se abrió saltando a la vista el grueso de exámenes.
—Sigues llevando papeles —dijo mientras le señalaba una hoja llena de anotaciones rojas.
—Y tú sigues observándolo todo.
—No sabía que lo hiciera.
—Lo hacías en aquella fiesta. ¿O es que no te acuerdas del colutorio bucal?
Lo miró sonrojada con atención.
—Te acuerdas.
—De algunas cosas.
—Han pasado muchos años.
—Diecisiete.
—Los has contado.
—Al verte saltaron como un muelle.
Sonrió. Fue una sonrisa rápida, pero bastó para borrar durante un instante la distancia entre nosotros.
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
Levanté la cartera.
—Voy a trabajar. Doy clase en un colegio que está a unas manzanas.
—¿Eres profesor?
—Desde hace unos cuantos años.
—Entonces lo conseguiste.
—No recuerdo haberte dicho que quisiera serlo.
—Dijiste que querías comprender el mundo. Enseñar parece una forma bastante ambiciosa de intentarlo.
—¿Y tú? Dijiste que querías conocerlo.
—También lo estoy intentando.
Miró otra vez el reloj.
—Tengo una reunión a las nueve y media.
—Yo una clase a las 8:15.
Deberían haberse despedido. Era lo razonable. Dos antiguos conocidos se encuentran por casualidad, intercambian algunos datos, prometen verse otro día y continúan caminando hacia sus respectivas obligaciones.
Pero ninguno de los dos se movió.
—Podríamos tomar un café —dijo Rafo.
La invitación salió de su boca antes de que pudiera someterla al juicio de la prudencia.
Moncha miró hacia el extremo de la calle, como si allí la aguardara una respuesta. Rafo se mosqueó. La espera el marido, se dijo en voz baja.
—Solo uno —dijo—. Tengo tiempo para uno.
La cafetería estaba casi vacía. Había una barra de madera oscura, varias mesas redondas y un espejo antiguo detrás de las botellas. Un camarero colocaba las tazas con movimientos lentos, todavía protegido de la urgencia del mediodía. En una esquina, un hombre leía el periódico. Cerca de la puerta, dos mujeres hablaban en voz baja.
Eligieron una mesa junto a otra ventana.
Rafo dejó la cartera en el suelo. Moncha apoyó el maletín a sus pies y se quitó el abrigo. Vestía un traje azul marino y una blusa blanca. Todo en ella parecía elegido para no dejar nada al azar.
—Un café con leche —pidió Rafo.
—Café solo —dijo ella—. Largo.
El camarero se marchó.
Durante unos segundos guardaron silencio. En la calle, la gente pasaba deprisa detrás del cristal, ajena al hecho extraordinario de que dos personas pudieran reencontrarse después de diecisiete años.
—¿Te gusta enseñar? —preguntó Moncha.
—Sí.
—Has respondido muy rápido.
—Porque es verdad.
—También se puede responder rápido para no pensar.
—Me gusta enseñar —repetió—. No me gusta todo lo que rodea a la enseñanza, pero me gusta estar en el aula.
—¿Qué es lo que no te gusta?
—La burocracia. Las reuniones innecesarias. Tener que reducir a un número lo que un alumno sabe o puede llegar a saber. La sensación de que todos hablan de educación salvo quienes pasamos seis horas diarias con los estudiantes.
—Eso ocurre en todas las profesiones. Los que toman las decisiones suelen estar lejos de sus consecuencias.
—¿También en la tuya?
Moncha apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Trabajo en una empresa de consultoría. Empecé en el departamento financiero. Ahora dirijo un equipo y participo en operaciones internacionales.
—Suena importante.
—Lo es.
No había vanidad en su respuesta. Tampoco modestia. Pronunció aquellas palabras como quien presenta un dato.
—¿Te gusta? —preguntó.
Ella tardó un poco más que Rafo en contestar.
—Me gusta ser buena en lo que hago.
—No es exactamente lo mismo.
—No. Pero a veces basta.
Llegaron los cafés. Moncha abrió un sobre de azúcar, lo sostuvo sobre la taza y, después de dudar, volvió a dejarlo intacto.
—¿Cuánto te pagan? —preguntó.
Me reí.
—Diecisiete años sin vernos y esa es tu cuarta pregunta.
—La tercera.
—¿Las cuentas?
—Siempre.
Le dijo aproximadamente cuál era su sueldo. Elena no hizo ningún gesto evidente, aunque vio que parpadeaba una vez, lentamente.
—No es mucho.
—No.
—¿Y te basta?
—Depende de lo que uno considere suficiente. El día 15 estoy mojama.
—Esa respuesta suele significar que no basta.
—Compro libros, salgo muchísimo, visto bien y se acabó.
—No he preguntado si sobrevives. He preguntado si te basta.
La observó.
—¿A ti te basta lo que ganas?
Montse sostuvo mi mirada.
—Gano mucho más de lo que imaginaba a los dieciocho años.
—No has respondido.
—Veo que he iniciado un camino peligroso.
—Mis alumnos seguirían preguntando.
—A mí no me basta —admitió finalmente—. Pero no porque necesite más cosas.
—¿Entonces?
—Porque el dinero no es solo dinero. Es libertad. Es capacidad de elegir. Es no tener que pedir permiso. Es poder abandonar un lugar cuando deja de convenirte.
—También puede ser una forma de no abandonar nunca.
—¿Qué quieres decir?
—Que cuanto más tienes, más cosas temes perder.
Moncha tomó un sorbo de café.
—Eso lo dicen normalmente quienes no tienen demasiado.
—Probablemente. Por eso lo digo yo.
—¿No eres ambicioso, Rafo?
La pregunta lo incomodó más de lo que esperaba.
—Sí lo soy.
—No lo parece.
—Porque tú llamas ambición a ascender.
—¿Y tú cómo la llamas?
—Aspirar a hacer algo bien. Intentar que mi trabajo tenga sentido. Conseguir que un muchacho que cree que no sirve para nada descubra que eso no es cierto.
—Eso es vocación.
—La vocación también puede ser ambiciosa.
—Pero no cambia tu posición.
—Quizá no quiero cambiar de posición.
—Todo el mundo quiere.
—Mi padre no.
Elena recordó enseguida.
—El médico.
—Sí.
—Mi padre hablaba de él. Decía que era el único hombre capaz de hacerle sentirse avergonzado por pagar una factura.
—Mi padre no quería avergonzar a nadie.
—Precisamente por eso lo conseguía.
Sonreí.
—Sigue pasando consulta, aunque debería haberse jubilado.
—¿Todavía no cobra a sus pacientes?
—A algunos.
—¿Y tú lo admiras?
—Mucho.
—¿Nunca te enfadó?
La pregunta me sorprendió.
—¿Por qué iba a enfadarme?
—Porque la generosidad tiene consecuencias para quienes viven cerca del generoso. Tu padre podía permitirse despreciar el dinero, pero tu madre y tú también vivíais de lo que él decidía no cobrar.
No respondió inmediatamente Rafo.
—Nunca lo había expresado de aquella manera. Mi padre era para mí un hombre bueno, y la bondad, cuando uno la contempla desde niño, parece una cualidad sin costes.
—Claro.
—Pero nunca nos faltó lo necesario.
—Otra vez surge lo necesario.
—¿Qué tienes contra esa palabra?
—Que a menudo sirve para hacer una virtud de la renuncia.
—¿Y qué tienes tú contra la renuncia?
—Que casi siempre la presentan como algo noble quienes no se atreven a reconocer que han tenido miedo.
Se miraron.
La atracción empezó allí, o quizá había empezado en la calle, o diecisiete años antes. No era aún un deseo claro, sino una forma especial de atención. Rafo percibía cada movimiento de sus manos. Ella observaba su rostro como si buscara contradicciones. Se desafiaron porque era una manera aceptable de acercarse.
—¿Crees que yo tengo miedo? —preguntó Rafo.
—No te conozco lo suficiente.
—Pero lo sospechas.
—Sospecho que eres un hombre que ha construido una vida en la que casi nada puede decepcionarlo.
—Eso parece una acusación.
—Lo es un poco.
—¿Y tú has construido una vida que puede decepcionarte constantemente?
—Por supuesto.
—¿Y eso te parece mejor?
—Me parece más honesto.
El camarero pasó cerca de la mesa. Moncha miró el reloj. Eran las ocho y veinticinco.
—Deberíamos irnos —dijo.
—Sí.
Ninguno hizo ademán de levantarse.
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