Madrid olía distinto entonces. Todavía no era esa ciudad europea, limpia y ordenada, que algunos aseguran que es ahora. Muchos edificios conservaban las cicatrices de años difíciles y se cubrían de andamios, como si la ciudad tratara de reparar a toda prisa una juventud demasiado castigada.
Un buen amigo dice que aquel Madrid se parecía al París de los años sesenta. No sé si es verdad. Lo que sí recuerdo es que parecía vivir con la sensación de que cualquier cosa podía suceder antes del amanecer.
Todavía no existían aplicaciones que decidieran con quién cenabas o junto a quién terminabas desayunando. Había que salir. Había que exponerse. Había que dejarse ver.
Rafo tenía un Nokia 3310, resistente como un ladrillo, que le permitía concertar citas sin que nadie en casa escuchara sus conversaciones y sin tener que esperar turno delante de un teléfono público.
Tenía algo más de treinta años y un sueldo que apenas llegaba a conocer su cuenta corriente. Para el día cinco, el dinero ya se había transformado en una americana nueva, una camisa italiana, unos mocasines impecables, taxis, cenas y copas invitadas a personas cuyos apellidos, con frecuencia, olvidaba antes de terminar la semana.
Cuando alguien le reprochaba que se había convertido en un manirroto, repetía siempre la misma teoría:
—El dinero solo sirve para comprar tiempo y recuerdos. La vida es demasiado incierta para privarse hoy por un futuro que quizá no llegue. Prefiero invertir en experiencias y calidad de vida antes que acumular dinero.
Durante años creyó que aquella frase encerraba una filosofía valiente. Hoy sabe que era, sobre todo, una manera elegante de justificar su incapacidad para pensar en el mañana.
Había confundido vivir el presente con desentenderse de los compromisos vitales y sus consecuencias.
La noche comenzó donde empezaban casi todas: en Tula.
No era el mejor local de Madrid ni el más exclusivo, pero sí el punto de partida de una generación que quería comerse el mundo antes de que amaneciera. O que fingía querer comérselo para no reconocer que no sabía muy bien qué hacer con él.
Nada más acercarse a la barra, el camarero le sonrió.
—¡Hombre, Rafo! Ya era hora.
Había escuchado aquella frase cientos de veces. Entonces le gustaba pensar que lo echaban de menos. Mucho más tarde comprendió que, en demasiados sitios, no recordaban a la persona, sino al cliente que gastaba sin preguntar y dejaba propinas desproporcionadas.
Dentro sonaba música a un volumen elegante, suficiente para obligarte a acercarte al oído de otra persona, pero no tanto como para convertir la conversación en un grito. Las luces azuladas suavizaban las caras y el humo dibujaba una niebla permanente sobre las cabezas. Todavía se fumaba en casi todas partes. Rafo era uno de los grandes ahumadores del local. Manejaba su mechero Zippo con una habilidad que entonces le parecía distinguida. Encender un cigarrillo, ofrecer fuego, sostenerlo entre los dedos mientras escuchaba: todo formaba parte de un personaje que había construido con paciencia.
El camarero dejó un cubata sobre la barra antes de que lo pidiera.
—El de siempre.
—Sabía que vendrías —comentó otro habitual con quien había compartido demasiadas juergas y muy pocas conversaciones verdaderas.
Rafo entregó un billete grande.
—Quédate con el cambio.
No era generosidad. Era imagen. Necesitaba que lo vieran como alguien seguro, despreocupado y próspero. Cuanto más inseguro se sentía por dentro, más dinero gastaba en demostrar lo contrario.
Vestía una camisa blanca perfectamente planchada, americana azul marino entallada, pantalones vaqueros de marca, reloj de acero y un perfume que llegaba unos segundos antes que él. Nunca llevaba nada demasiado estridente. Había aprendido que la elegancia no necesitaba levantar la voz.
También repetía otra de sus máximas:
—La ropa cara puede complementar una buena imagen, pero no la crea. Lo importante es la actitud, el porte y la personalidad. La percha pesa más que la marca.
La contradicción era evidente, aunque entonces no pudiera verla. Afirmaba que deseaba ser valorado por quien era, pero dedicaba una parte desproporcionada de su vida a decidir cómo quería que lo vieran.
En menos de diez minutos había saludado a media sala.
Un abogado recién divorciado y lleno de deudas. Dos hermanos que habían abierto una inmobiliaria en Arturo Soria y no conseguían vender un piso. Un relaciones públicas que fingía conocer a todo Madrid. Una actriz que empezaba a tener algún minuto en series mexicanas. Y tres camareros que competían por atenderlo.
Madrid era una ciudad inmensa para quien caminaba por ella de día, pero extraordinariamente pequeña para quien salía por las noches.
Un conocido le preguntó una vez:
—Tanto trasnochar… ¿cómo lo lleva un profesor de un colegio de monjas?
Rafo sonrió con incomodidad y puso su conocida cara de jugador de póquer.
—Duermo poco, tiro de café, no armo broncas y procuro que no se note al día siguiente.
—¿Y nunca sospecha nadie? ¿Compañeros, alumnas, padres?
Hubo un silencio breve.
—Si alguien intuye algo y me lo dice, no se lo aclaro. Tampoco doy explicaciones por iniciativa propia. Prefiero que piensen que soy un soso relamido antes que un nocturno con ganas de juerga.
—¿Silencio absoluto?
—Silencio absoluto. Entro en el aula, doy clase, asisto a todas las reuniones y cumplo con mi trabajo. Lo demás se queda fuera.
Entonces le parecía que separar ambas vidas demostraba control. Ahora sabe que, en realidad, vivía dividido.
Por las mañanas hablaba a sus alumnas de responsabilidad, esfuerzo y futuro. Por las noches gastaba su sueldo como si el futuro fuera una superstición. Cumplía con sus obligaciones profesionales, sí, pero empezaba a comprender que cumplir no siempre significa vivir de acuerdo con aquello que se enseña.
Terminó la primera copa sin darse cuenta. La segunda llegó sola.
Después apareció Carlos.
—¿Nos movemos?
Rafo miró el reloj. La noche apenas estaba calentando.
Pagaron sin preguntar cuánto era y se subieron al coche de Carlos.
El paseo de la Castellana parecía otra ciudad a aquellas horas. Los semáforos cambiaban para nadie y las luces de los edificios convertían el asfalto en un río brillante.
—¿Dónde vamos?
Rafo sonrió.
—Donde esté la gente guapa.
No había GPS. No hacía falta. Todo el mundo conocía el recorrido. De Tula a otro local. Después a otro. Y luego a uno más. Era una peregrinación por el Madrid de los escaparates caros, las puertas selectivas y las barras interminables.
En cada entrada sucedía lo mismo.
—Buenas noches, Rafo.
—¿Cómo estás?
—Pasa, hombre. Tú siempre eres bien recibido. Nunca hacía cola. No preguntaba si había sitio. Pertenecía a aquel ecosistema. O eso creía.
Con los años descubriría que pertenecer no consiste en que un portero recuerde tu cara, sino en que alguien note sinceramente tu ausencia. Y cuando dejó de frecuentar aquellos locales, casi nadie preguntó por él.
Dentro coincidió con un empresario que acababa de vender una promotora para evitar un embargo. Saludó a un futbolista que había sido suplente toda su carrera, pero que aquella noche se comportaba como una estrella. Más tarde apareció un diseñador de moda mediocre rodeado de varias modelos tan inseguras como altivas.
Todos parecían vivir mejor que los demás. O, al menos, todos dedicaban un enorme esfuerzo a aparentarlo.
Las conversaciones eran siempre parecidas: qué coche pensabas comprar, dónde irías a esquiar, en qué playa pasarías agosto, qué restaurante se pondría de moda y quién se separaría de quién.
Todo era futuro, aunque casi nadie tuviera el presente en orden.
Madrid era un gran teatro en el que cada persona interpretaba una versión mejorada de sí misma.
Rafo también actuaba. Sabía escuchar. Sabía hablar. Sabía hacer reír. Sabía retirarse antes de resultar pesado y desaparecer cuando las preguntas se acercaban demasiado a la verdad. Y, sobre todo, sabía mirar.
Nunca era el primero en acercarse a una mujer. Prefería esperar una sonrisa, una mirada repetida o un comentario casual junto a la barra. Después hacía que todo pareciera sencillo.
Aquella noche habló con una arquitecta que acababa de regresar de Milán y tenía el estudio vacío; con una periodista de moda que firmaba breves noticias sin importancia y necrológicas; y con Luisa, una odontóloga en prácticas que juraba que nunca salía entre semana.
Era miércoles.
Con las tres consiguió que la conversación pareciera la más importante de la noche. Poseía ese talento: hacía sentir especial a quien tenía delante, aunque diez minutos después estuviera empleando la misma atención con otra persona.
Entonces consideraba aquello una habilidad. Hoy le avergüenza reconocer que, en muchas ocasiones, no escuchaba para conocer a las personas, sino para descubrir qué necesitaban oír. No mentía de forma abierta, pero administraba la verdad. Mostraba solo la parte de sí mismo que podía resultar atractiva y escondía todo aquello que pudiera exigir compromiso.
Había confundido seducir con conectar. Y ser deseado con ser querido.
Terminó marchándose con Luisa.
Salieron sin llamar la atención y se subieron al Ford Fiesta de ella. Rafo entró de un salto, cerró la puerta con el hombro y dejó el bolso de Luisa en el asiento trasero.
—¿Sabes adónde vamos? —preguntó Luisa.
Rafo negó con la cabeza.
—Mejor. Conduzco yo.
Salieron de la ciudad antes de que despertara el tráfico. Las calles fueron quedándose vacías y el motor encontró un ritmo tranquilo. Luisa bajó la ventanilla. Entró aire frío. Se recogió el pelo con una goma y tomó una carretera secundaria.
Rafo no preguntó.
Le gustaba presentarse como un hombre que aceptaba cualquier aventura. Mucho después comprendió que aquella docilidad no siempre era valentía. A veces era una manera de no decidir, de no hacerse responsable de nada y de dejar que la noche eligiera por él.
El asfalto se estrechó entre campos. Pasaron un puente, dos granjas y una gasolinera abandonada. En una curva apareció un camino de tierra. Luisa se metió por él levantando una polvareda inmensa. El coche rebotó varias veces y ella se reía cada vez que el Fiesta crujía.
Al final del camino había un claro. Se bajaron. No había nadie. Solo el viento y el ruido de los árboles. Caminaron hasta una vieja cantera inundada. El agua estaba inmóvil. Se sentaron sobre una roca sin hablar. Luisa sacó dos latas de refresco del coche y le lanzó una.
—No está mal para un plan improvisado.
Rafo asintió.
Durante unos minutos, lejos de la música, de las luces y de las miradas, sintió una incomodidad que no supo identificar. El silencio le obligaba a estar presente. Ya no podía esconderse detrás de una ocurrencia, una copa o un gesto calculado.
Miró el agua oscura y pensó que aquella mujer sabía poco de él. La verdad era que casi nadie sabía mucho.
Había dedicado tanto esfuerzo a resultar interesante que apenas se había permitido ser sincero.
Una hora después regresaron al coche. Se recompusieron con la naturalidad de quienes desean fingir que nada tendrá consecuencias.
Tuvieron suerte porque nadie los vio. O eso creyeron.
El Fiesta arrancó sin protestar. Deshicieron el camino entre polvo y curvas. Cuando alcanzaron la carretera principal comenzaba a clarear. O quizá fueran las copas.
Luisa encendió las luces y ambos empezaron a cantar Cadillac solitario, de Loquillo.
—¿Repetimos otro día? —preguntó ella.
Rafo dijo que sí con un movimiento de cabeza. No quería dejar de cantar. Ella sonrió mirando al frente.
—La próxima vez conduces tú.
Rafo volvió a asentir.
No era cinismo. Era ligereza. La facilidad con la que prometía volver nacía de su incapacidad para detenerse a pensar si realmente quería hacerlo.
—Si te fías de un tío que no tiene carné.
Durante años dejó muchas puertas entreabiertas. No siempre porque deseara regresar, sino porque le costaba renunciar a la posibilidad de seguir siendo deseado.
El teléfono sonó tres veces.
—¿Dónde estás? ¿Estás con la Dientes? Venid. No cambiamos de sitio. Os esperamos aquí.
Rafo no corrigió el apodo. Tampoco defendió a Luisa. Se limitó a reír.
Ese pequeño gesto, aparentemente insignificante, sería uno de tantos que recordaría después con vergüenza. No hacía falta insultar a alguien para faltarle al respeto. A veces bastaba con consentir que otros lo hicieran.
Madrid entero parecía moverse en la misma dirección.
A las cuatro de la mañana terminaron en uno de esos locales donde la música bajaba de volumen y las conversaciones subían de intensidad.
Los camareros ya no preguntaban. Seguían sirviendo.
Rafo apoyó los codos sobre la barra y contempló el reflejo de las botellas. Por un instante pensó que llevaba varios años viviendo exactamente igual. Trabajaba para permitirse aquellas noches. Aquellas noches justificaban el esfuerzo de cada mañana.
Nunca había ahorrado. Nunca había pensado demasiado en el futuro. Tampoco había entregado dinero en casa ni se había preguntado si alguien podía necesitar de él algo más que su presencia ocasional.
Mientras otros invertían en viviendas, él decía que invertía en historias. Durante mucho tiempo estuvo orgulloso de esa frase.
Ahora sabe que muchas de aquellas historias eran apenas anécdotas repetidas con nombres diferentes. Había coleccionado noches, pero muy pocos vínculos. Había llenado agendas, barras y ceniceros, mientras dejaba vacíos los espacios donde se construyen las cosas importantes.
El dinero desaparecía. La ropa pasaba de moda. Los locales cerraban.
Y algunos recuerdos que entonces le parecieron inolvidables terminaron mezclándose unos con otros hasta convertirse en una sola madrugada interminable.
Cuando salieron, todavía no había amanecido del todo. La Castellana estaba casi vacía. El aire fresco tenía ese olor imposible de explicar que solo existe entre las cinco y las seis de la mañana.
Un barrendero empujaba su carrito. Un repartidor descargaba periódicos. La ciudad cambiaba de turno. Los que empezaban el día se cruzaban con quienes se resistían a terminar la noche.
Rafo se aflojó el nudo imaginario de una corbata que no llevaba. Respiró hondo y miró al cielo.
Entonces sonrió.
Creía que aquella vida no duraría siempre, pero que aún no había llegado el momento de abandonarla. Pensaba que todavía quedaban demasiadas noches por gastar. Hoy comprende que no gastaba las noches. Se gastaba a sí mismo.
Cada madrugada regresaba un poco más cansado, un poco más vacío y un poco más lejos del hombre que decía querer llegar a ser.
Durante años confundió el ruido con la felicidad, la atención con el afecto y la falta de límites con la libertad. Creyó que vivir intensamente consistía en no negarse nada. Tardó demasiado en comprender que también se vive al renunciar, al cuidar, al permanecer y al asumir las consecuencias de los propios actos.
No se arrepiente de haber conocido aquel Madrid.
Se arrepiente de la persona que eligió ser dentro de él. De las veces que utilizó su simpatía para evitar la sinceridad. De las promesas pronunciadas sin intención de cumplirlas. De las mujeres a las que hizo sentirse únicas durante una hora y prescindibles al día siguiente. De las personas que lo quisieron mientras él estaba demasiado ocupado tratando de gustarles a todos. Y, sobre todo, se arrepiente de haber tardado tanto en reconocerlo.
Como siempre, aquella mañana llegó solo a casa.
Introdujo la llave con cuidado, cerró la puerta y permaneció unos segundos inmóvil en la oscuridad.
Entonces el silencio no le pareció importante.
Hoy sabe que aquel silencio intentaba decirle algo.
Le advertía que una vida rodeada de gente también puede ser una vida solitaria. Que no basta con ser recibido en todos los locales si nadie conoce de verdad quién regresa a casa. Que las noches terminan, las luces se apagan y los personajes, tarde o temprano, tienen que quitarse la americana y mirarse al espejo.
Rafo tardaría años en hacerlo.
Pero cuando por fin fue capaz de observarse sin excusas, entendió que el arrepentimiento no servía para borrar el pasado.
Servía para no repetirlo.
Y quizá cambiar no consistiera en negar al hombre que había sido, sino en asumir su culpa, pedir perdón cuando todavía fuera posible y esforzarse cada día por no volver a comportarse como él.
Aquella fue la primera verdad que Rafo aprendió demasiado tarde: no estaba aprovechando la vida. Estaba huyendo de ella.
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